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  • Eso es lo que hay que hacer si se quiere que una mujer enloquezca por uno – me dijo von Berck; y a fe que sabía de lo que hablaba.

Fuimos al hotel el miércoles por la tarde. Era un día lluvioso. La gran sala donde se servía el té y se bailaba estaba a media luz. Allí estaba Carlota.

No sentamos cerca de ella. Von Berck hizo un gesto con la mano – de modo que se viese una gran pulsera de oro con forma de cadena – y pedió el té.. Los músicos atacaron un fox lento y Von Berck , tal como habíamos acordado, solicitó un baile a Carlota. Los seguí con la mirada mientras se deslizaban por la pista. Tenía una figura bonita y grácil. Los dos formaban una atractiva pareja.

Paró la música. Berck volvió a nuestra mesa, se enjugó la frente con un pañuelo perfumado y me dijo:


  • El próximo baile es para usted. Aprovéchelo bien, Caracciola.

Era un tango. Fui hacia ella sintiendo un ligero temblor en las rodillas. Carlota asintió con la cabeza y se levantó sonriendo. En seguida nos encontramos bailando


  • ¿Conduce usted coche? – le pregunté.

  • No.

  • Pero, ¿le interesa el automovilismo?

  • Un poco –repuso.

El saxofonista apartó su instrumento musical, se apoderó de un megáfono y cantó:

  • “Te quiero tanto…” – con pasión capaz de derretir las piedras. Y luego suspirando: - “Te quiero…”

Aquello era exactamente lo que yo quería decir. Carlota sonrió:

  • Usted es un gran piloto de carreras: ¿no es cierto?

  • Así, así – le dije.

  • Su amigo me ha hablado de usted.

  • ¿De veras?

  • “No puedo olvidarte…” –cantó el saxofonista. El traje y el cabello de Carlota exhalaban una fina y vaporosa fragancia de verbena, casi imperceptible.

  • No es usted muy hablador – observó Carlota.

Sonreí con torpeza.

  • Me gustaría que me viera conducir en alguna carrera – le dije.

  • ¿Por qué?

  • Pues porque creo que entonces me tendría en más consideración.

No podía ser una frese más torpe; y para colmo había hablado en voz ronca.

Primero, me miró con asombro, y luego rió. Tenía los dientes hermosos e iguales, y al reír pude ver el sonrosado interior de su boca. Acabó el baile y la acompañé hasta su mesa.



  • Bueno, ¿qué tal ha ido? – preguntó Von Berck.

Me encogí de hombros. En aquel momento me era imposible poder decir nada.

Pocas semanas más tarde gané en Freiburg una carrera en pista, y después otra en Forstenried. Todo se reducía a copas y coronas de laurel, lo que no es suficiente para mantener a una esposa.

Me hubiese gustado inscribir mi nombre en algún Gran Premio; pero por el momento no podía ni soñarlo. Cuando le hablaba de estos asuntos a Herzing se limitaba a mover la cabeza y me decía que las grandes carreras no eran para hacer experiencias: debían ser reservadas para las figuras consagradas.

Poco después nos fuimos. Los días siguientes Carlota y yo nos encontramos a menudo, hasta que ella salió de Dresde.

Pese a todo, se produjo lo que yo apenas me atrevía a esperar. Mis éxitos durante el año 1924 no pasaron inadvertidos. Fui el primero en la prueba en cuesta en Praga, el primero en mi clase y con el mejor tiempo absoluto del día.

Después corrí en Nideggen y en otra carrera en cuesta en Eifel. El circuito era tan difícil y tortuoso que podía compararse con la Targa Florio de Sicilia. Excepto dos breves rectas, todo lo demás eran curvas. Unas ochenta en cada vuelta.

La prueba para turismos y coches deportivos tuvo lugar un sábado. El tiem`po fue frío y ventoso durante los entrenamientos. El día de la carrera fue aún peor, pues se aproximaba tormenta. Ráfagas de viento barrían la pista. Un sábita racha me hizo perder la dirección; salí de la pista y choqué con un árbol. Mi automóvil sufrió bastantes desperfectos… ¡y yo había puesto mi ilusión en participar la siguiente mañana en la categoría de automóviles de carreras!

Pero también aquella vez me protegió la suerte. Una vez acabada la prueba del sábado, los mecánicos trasladaron el vehículo a Colonia y lo repararon durante la noche. Fue preciso suprimir los faros y los guardabarros. El domingo por la mañana mi Mercedes volvió a estar a punto. Gané esta carrera y con ella el Tourist Trophy alemán de 1924.

Por la tarde me dirigí a Remagen, donde mi madre me recibió con un gran abrazo.

En agosto tuvo lugar la prueba del collado de Klausen, en Suiza. El circuito tiene casi veintidós kilómetros; es el más largo, y me atrevería a decir que el más bello y diverso de los de montaña. El equipo de Mercedes estaba completo. Salzer y Merz conducían automóviles de carreras; yo, uno deportivo. Otros conductores independientes, como Kluge, granjero, Clemm, fabricante de papel, y Adolf Rosenberger también conducían Mercedes deportivos. Era una invasión de Mercedes. No patrocinaba el director Max Sailer, que llegó con un gran “seis cilindros” construido por el Dr. Porsche. Sobre el chasis se hallaba una enorme caja llena de todo género de piezas de repuesto para nuestros vehículos.

Estábamos reunidos en un pequeño hotel del valle de Lin, a los pies de Klausen. Después de los entrenamientos nos juntábamos en la taberna, un lugar agradable y algo ruidoso, con paneles de madera clara y mesas acordes con la decoración.

Otto Merz era la figura principal entre los ruidosos y alegres pilotos. Tenía la fuerza de un oso, y le encantaba exhibirse. Cuando yo estaba sentado a la mesa, absorto en mis asuntos, pasó su manzana entre mis piernas, asió el travesaño posterior de mi silla y me levantó en el aire, mientras yo pataleaba y reía. Kluge, Clemm, Rosenberger y algunos otros rodeadorn asombrados a Merz, que por fin me depositó en el suelo.




  • Caballero – dijo a gritos -, ¿quién se atreve a apostar conmigo? Digo que cogeré un clavo y de un solo golpe lo clavaré en la mesa, de tal manera que la punta saldrá por debajo. Por cada milímetro que sobresalga el clavo de la madera, gano una botella de champaña.

Se oyeron murmullos de incredulidad. El tablero tenía unos conco centímetros de grueso. Guardé silencio. Sabía que Merz era capaz de hacerlo, pues lo había visto otra vez.

  • Muy bien – dijo Kluge-: acepto la apuesta, aunque me cueste diez botellas de champaña. ¡Me gustará ver cómo te las arreglas!

Merz tomó un grueso clavo de unos quince centímetros de largo, lo sujetó con los dedos medio y anular, oprimió la cabeza del clavo con la palma de la mano y levantó el brazo para dar un golpe que retumbó en la habitación. Estaba clavado, y clavado profundamente. La punta sobresalía cuatro milímetros. Kluge encargó, por consiguiente, cuatro botellas de champaña, que decidimos guardar para después de la prueba, fuere para celebrar la victoria o bien para consolarnos por la derrota. Pudimos beber victoriosos, pues Merz fue primero en la máxima categoría y yo vencí en la de automóviles deportivos.
Por fin llegó el día en que quedaron colmadas todas mis esperanzas. Podía participar en los 800 km del Gran Premio de Italia. Mi papel se reducía al de suplente; pero de todos modos, estaba inscrito.

Los principales pilotos eran Werner, ganador de la Targa Florio, [b]Alfred Neubauer[/b] y los amateurs conde Masetti, de Italia, y el conde Zborowski, de Inglaterra, los cuales tenían que conducir los nuevos Mercedes de 8 cilindros, dos litros, diseñados por el Dr. Porsche.

Dos semanas antes de la carrera nos encaminamos a Monza. Fui encargado de conducir el gran seis cilindros de la caja con las piezas de recambio, que debía llegar intacta a Monza. Durante la primera noche de camino debía encontrarme, en Suiza, con Neubauer.


  • Werner se aloja siempre en uno de esos pequeños albergues del valle del Sihl, en Sihlbrugg – me dijo Meubauer -. Vayamos allá porque es seguro que encontraremos buena cocina. Mañana, por el paso de San Gotardo, iremos a Milán.

Decidimos pasar la noche en Sihlbrugg. En cuanto nos sentamos a la mesa, Neubauer llamó a la camarera.

  • Dígame, señorita, ¿qué vino acostumbra a beber el señor Werner cuando se hospeda aquí?

  • ¿El señor Werner? – dijo sonriente-. El señor Werner no bebe otra cosa que champaña.

Pasar el San Gotardo conduciendo aquel automóvil cargado con la caja de repuestos no era propiamente una diversión. Era poco apropiado para aquellas curvas, por lo que tuve que luchar con toda mi fuerza para poder dirigirlo por aquel pedregoso, estrecho y polvoriento camino.

Llegamos a Milán por la tarde, cansados, sucios, pero indemnes. El Hotel Marchesi, donde teníamos reservadas habitaciones, estaba situado en un idílico extremo del Parque de Monza. Mas no quedaban libres habitaciones individuales, por lo que Neubauer y yo hubimos de compartir una doble.

Los mosquitos que procedían del parque eran inaguantables. A pesar de los espesos visillos, aquellas criaturas sedientas de sangre entraban a bandadas y se posaban en las blancas paredes.

Cuando llegó la hora de acostarnos, Neubauer y yo nos escurrimos en la habitación con la luz apagada. Corría a la ventana y la cerré. Neubauer encendió la luz y, armados de zapatillas, empezamos una auténtica batalla contra los mosquitos. Si subíamos a las camas podíamos atacar a los del techo. Por lo menos exterminamos sesenta mosquitos. Las paredes mostraban huellas de que otros huéspedes habían emprendido cruzadas parecidas. En resumen, podíamos dormir en paz.

Durante los entrenamientos no tuve ocasión de poder conducir. Costó mucho trabajo ajustar los coches, hasta tal punto que los pilotos titulares apenas dispusieron de tiempo para entrenarse. Me dediqué a observar a los automóviles Alfa Romeo, que parecían más potentes que los nuestros.

Ascari era un hombre de apariencia impresionante. Conducía un Alfa y era el adversario más temible.

El 19 de octubre de 1924, a las diez de la mañana, dio comienzo el Gran Premio de Italia, con 800 km de recorrido. Ascari arrancó como una exhalación. Yo tenía el mejor asiento como espectador, pues subí al tejadillo de nuestro departamento. Werner y el conde Zborowski no pudieron arrancar en el primer momento; los motores no quisieron ponerse en marcha.

Por fin logró salir Werner, y después Zborowski.

Ascari, con su Alfa, si situó destacado en cabeza. Los seguidores Campari y Werner, y más lejos Masetti, los tres con Mercedes. Luego iba el grupo formado por Minoia, Neubauer y Werner. En la vuelta diecisiete, Werner se detuvo en el box para cambiar bujías. Una pérdida de cinco u ocho minutos.



  • ¡Caracciola! – me llamó Sailer -. ¡Baje, venga, salga!

Fingí que el ruido de los motores no me dejaba oír, y bajé sin apresurarme del tejadillo. Cuando llegué, Werner ya había partido. Neubauer se detuvo también para cambiar bujías. Se detuvo Merz: cambió bujías.

Ascari casi volaba. Batió el récord de la vuelta, a la velocidad de 147 kilómetros por hora.

Después de los primeros 400 km, los Alfa Romeo se detuvieron para repostar. Ascari tenía mucha prisa por arrancar de nuevo. Olvidó que había llenado por completo el depósito y que por consiguiente había variado el centro de gravedad. Al abordar una curva el coche patinó, se atravesó en la pista, pero en el último momento Ascari pudo dominarlo. El conde Masetti abandonó en la vuelta 42 por rotura del conducto de la gasolina. Zborowski repostó en la vuelta 47 y cambió neumáticos. Después se situó detrás de Ascari. Nada más desaparecer de nuestra vista, oculto por la primera curva, vimos una gran polvareda. La gente corrió agitando los brezos. Zborowski se había estrellado. En la famosa y estrecha curva de Lesmo reventó el neumático delantero derecho y el automóvil chocó con un grueso poste. Le llevaron al hospital con el cráneo fracturado y poco después murió.

Ascari cruzó la meta con varias vueltas de ventaja sobre los demás. Entonces supimos la muerte de Zborowski. Max Sailer levantó la bandera para que Werner y Neubauer pararan en señal de luto por la muerte de un camarada de equipo y gran deportista.

A principios de siglo, el padre del conde Zborowski sufrió un accidente mortal en el sur de Francia. Conducía un Mercedes en una carrera en cuesta.

Al parecer, el accidente tuvo origen en que uno de los gemelos de la camisa del conde se enredó en el volante, lo que durante un momento le hizo perder la dirección.

El Gran Premio había acabado. Estaba contento por no haber pasado por la dura prueba de conducir en aquellas desgraciadas circunstancias
El año 1925 me proporcionó 8 victorias con mi Mercedes, entre las cuales 4 en carreras en cuesta y la de Batschari en Baden-Baden. Pero tampoco aquel año tuve la satisfacción de tomar la salida en un Gran Premio.

CAPÍTULO VI


En jonio supe que la casa no tenía intención de participar en el Gran Premio de Alemania de 1926, que debía disputarse en el circuito de Avus, porque la fecha coincidía con el Gran Premio de Europa, en el circuito de Lasarte en San Sebastián, y por asuntos de exportación concedía más importancia a esta carrera.

Pedí permiso a Herzing para trasladarme a Stuttgart. Como hacía dos años, me encontré ante la puerta tapizada del director; pero esta vez entré y expuse en persona mi petición. Durante dos horas bombardeé al director con solicitudes, promesas y argumentos de todas clases, hasta que logré disipar todas sus dudas.

Me concedió un coche. No obstante, no representé a la firma. Tan sólo era Rodolfo Caracciola; un independiente que corría por cuenta propia y que, si no vencía, soportaría solo – por lo menos ante el público – el peso de la derrota. Rosenberger, el otro piloto de la Mercedes, condujo bajo idénticas condiciones.

Una semana antes de la carrera salí para Berlín. Con el fin de ahorrar me hospedé en un pequeño hotel del centro. Cada mañana me entrenaba en el Avus.

Era aquél un verano lluvioso. Los días eran grises sin que luciera en ningún momento el sol. No pude dar ninguna vuelta sin que las ráfagas de lluvia azotasen la pista. Por las tardes regresaba al hotel empapado y muerto de cansancio. Estaba deprimido, pues, según lo rumores que llegaban a los boxes, Minoia, Chassagne y urban-Emmerich lograban mejores tiempos que yo, y además sabía que Rosenberger también corría con mayor velocidad.

El viernes, durante el entrenamiento, se produjo un terrible accidente. En la vuelta meridional, Plate y Heine chocaron. Plate sufrió graves heridas y Pinoli, su copiloto, murió en el acto. Pasé por allí un minuto después del accidente. Unos camilleros conducían a Plate, mientras Pinoli yacía en el suelo en el mismo lugar en que había muerto.

Bajé del automóvil y le miré. Era la primera vez, en mi vida, que veía un cadáver. Estaba tendido de espaldas, con los brazos abiertos como si estuviera clavado a una invisible cruz. En sus abiertos ojos se reflejaba el cielo. El agua de lluvia se esparcía por su rostro. Vino un camillero y lo cubrió con una lona. Solamente quedaron al descubierto los pies, calzados con blancos zapatos de lona.

Era una visión desconsoladora. Volví tembloroso al hotel y procuré no pensar en aquellos zapatos blancos.

Carlota llegó aquella misma tarde, cariñosa y llena de excitación. Había leído en los periódicos todo lo que se refería a los entrenamientos, y había subrayado los párrafos en que se citaba mi nombre. No eran muchos. Para los técnicos, los favoritos eran Rosenberger, Minoia, Riken, con un NAG, y Urban-Emmerich. De mí sólo decían que quizás eljoven Caracciola podría dar una sorpresa.


  • Si ganaras – me dijo Carlota - , obtendrías diecisiete mil marcos y una copa de oro.

Se había enterado de ello por la prensa.

El domingo empezó con un sol brillante. La salida estaba señalada para las dos de la tarde; pero cuando, hacia la una, nos dirigimos al Avus, vimos por el oeste unos amenazadores nubarrones plomizos.

La carrera estaba dividida en tres categorías. Primero los vehículos más potentes, y luego los nuestros. Esperábamos frente a la tribuna. Intenté localizar a Carlota entre aquella masa de gente, pero era imposible reconocer a nadie en aquel oscilante mar de cabezas.

Contemplé la pista. El asfalto se extendía negro y liso bajo la luz gris de la tarde. Llegó el momento de la salida. A lo lejos, en la gran curva, desaparecían los primeros automóviles. Los demás partieron, pero yo permanecí en mi puesto, ante las tribunas, sin lograr hacerlo. Salzer, mi copiloto, palideció.

El motor no quería ponerse en marcha.


  • ¡Vamos, rápido, salta afuera y empuja! – grité.

Saltó y empezó a empujar. Oprimí el acelerador, pero el motor no respondía. Sentí cómo se empapaban de sudor mis manos por causa de la excitación. Por fin funcionó el motor. De un salto, Salzer se situó a mi lado y arrancamos.

Seguimos la pista, que desaparecía tras una verde masa de pinos. Cambié, disminuí velocidad, aceleré otra vez; pero todo lo hacía de manera mecánica. Estaba terriblemente deprimido; nada me importaba. Otro corredor se haría con la victoria; yo habría de limitarme a contemplar la batalla de los demás. Me llevaban un minuto de ventaja, y sabía de lo que eran capaces Rosenberger y Minoia.

Continué corriendo; pasé por delante del box, seguí la recta hasta la vuelta sur, después seguí por la otra recta hasta llegar cerca de Halensee, en el gran recodo del norte.

Empezó a llover cuando pasé por cuarta vez por delante de las tribunas. Al principio eran unas pocas gotas grandes; pero después arreció, y luego el coche atravesó una verdadera rociada. En un instante quedamos empapados hasta los huesos. Pero lo peor fue que la pista se hizo resbaladiza como si hubiese sido enjabonada, con aquella peligrosa viscosidad que habíamos temido durante los entrenamientos. Conduje, empero, y seguí conduciendo. La lluvia empañaba el parabrisas y las ruedas despedían cascadas de agua. Cuando volví a pasar ante el box vi un gran grupo en nuestro puesto; dos coches habían aparcado en la franja de césped que dividía la pista.

Disminuí algo de velocidad y me mantuve en los 160 km. Consideré que era mejor llegar al final, aunque fuese el último, que abandonar. Debía esa atención a la firma.

Estábamos en la octava vuelta. Pasé ante el palco de la prensa… Ante la caseta de los cronometradores…

Sentí aquello como un mazazo.

Un coche se había estrellado en la caseta. La pista estaba llena de trozos de cristal y metales retorcidos. Un hombre yacía en el suelo y otros llegaban corriendo. Deseé detenerme, pero mi deber era continuar.




  • ¿Quién es? – pregunté gritando a Salzer.

  • Me parece que es Rosenberger.

Rosenberger, mi compañero. Por consiguiente, era yo el único que continuaba corriendo con un Mercedes.

En la siguiente vuelta paré en el box para repostar. Nuestro principal proyectista, el Dr. Porsche, , estaba allí con Sailer. No de una manera oficial, empero, puesto que no corríamos en nombre de la empresa Mercedes, pero querían atender a los protegidos de la firma.




  • ¿Qué ha pasado? – pregunté ansiosamente -, ¿Rosenberger?

El Dr. Porsche asintió con la cabeza.

  • ¿Grave?

  • No, leve.

No quedé convencido. El coche tenía que haber chocado contra aquel cobertizo con una fuerza terrible.

Reprendí la carrera. Alrededor del palco de la prensa se apiñaba una masa humana. Mientras corría pude ver cómo extendían a alguien en una ca,illa.

Proseguí.

La lluvia no cedía, por lo que la pista estaba tan resbaladiza que no podía sino fijar toda mi atención en la tira de reluciente asfalto. Brillaba como si fuera de piel de foca.

Vuelta novena… Décima… Corríamos por la gran recta. Al otro lado un coche azul empezó a patinar, atravesó ante nosotros la franja de césped y, como un rayo azul, acometió a los espectadores.

Era preciso no mirar atrás. ¡Era preciso continuar corriendo!




  • ¿Quién ha sido?

Salzer se encogió de hombros.

Undécima vuelta…

El motor no funcionaba bien; fallaba una bujía. Fue necesario, pues, volver a parar en el box. El reglamento señalaba que sólo el piloto podía intervenir en la reparación del coche. Abrí el capó y desenrosqué la primera bujía. Quemaba. La arrojé al Dr. Prosche, que permanecía en el fondo. La examinó con lupa, movió la cabeza y me la devolvió. Otra bujía; después la tercera. Mis manos temblaban nerviosamente.


  • Ningún defecto; no, no puedo encontrar ninguno – decía el Dr. Porsche.

Los demás continuaban corriendo. Pasaban uno detrás del otro, rugían los motores, dejando detrás nubes de gases quemados. La quinta bujía, la sexta, la séptima… finalmente ¡la octava! Rápidamente enrosqué una bujía nueva, cerré el capó, salté a mi asiento, y arrancamos.


  • Un minuto y medio – me dijo Salzer, y repuso el cronómetro de paro en el parabrisas.

Un minuto y medio; ¿tenía alguna finalidad continuar corriendo? Vuelta doce, trece. La lluvia había cesado. Se había producido otro accidente en la curva sur. La barandilla que resguardaba a los espectadores estaba rota; se veía una ancha brecha entre el público.

Poco a poco fueron apareciendo trechos secos en la reluciente pista de asfalto. Aceleré hasta unos 200 km/h. Adelantamos a otros automóviles, o quizás sería mejor decir a bastantes, puesto que sus conductores no querían arriesgarse; ya se habían producido demasiados accidentes. Pero ni aun manteniendo aquella velocidad tenía probabilidades de vencer.

Un minuto y medio… ¡No podría recuperarlo!

Corríamos, corríamos… No sabía cuál era nuestro puesto en la clasificación, ni quiénes nos precedían y nos seguían. Era como correr perdido en la niebla, solitario y sin orientación. Nuestra única brújula era el sentido del deber. De vez en cuando Salzer me hacía señas como si quisiera decirme: “¡Aprisa; corre; más aprisa…!” Mas ya había llegado al límite de lo que podía rendir el motor; no era posible forzarlo más sobre aquella traidora pista.

Vuelta dieciocho, diecinueve, veinte… por fin la última. Me pesaban las piernas y los brazos; mis ojos estaban cansados. No valía la pena continuar.

La meta.


Frenamos. Nos detuvimos.

Salí lentamente de mi asiento, con pesadez, con las piernas temblorosas. Me sentía cansadísimo, desanimado, reventado. Las ropas empapadas se me pegaban al cuerpo. De repente, empezó la gente a correr hacia mí. En las tribunas el público se puso en pie y gesticuló alocadamente. Salzer vino corriendo.




  • Rudi, ¡victoria! ¡Victoria! – gritaba desde lejos.

Se oyó el himno nacional; se izó la bandera alemana, y alguien me envolvió en una enorme corona de laurel. Miré a Salzer; el me miró, y de repente estallamos en una risa desbordada. La gente nos miró con asombro, y también estalló en risas. Empecé a estrechar manos, a recibir ramos de flores. Los fotógrafos. Dimos la vuelta de honor.

Buscaba con la vista a Carlota. No pude verla; no había venido a felicitarme.

Me sentí defraudado. Me despedí de prisa del Dr. Porsche y refresé al hotel. Quería tomar un baño, refrescarme, ponerme ropa limpia y seca. Cuando empezaba a desvestirme, llamaron a la puerta. Era Rathmann.


  • Rudi –exclamó -, hijo mío, ¡esto es algo grande! Estoy de veras orgulloso de ti.

Quiso abrazarme; le aparté con un gesto.

  • Deja estar todo esto; olvídalo – le dije -. He tenido suerte y nada más.

Buscó una silla, pero acabó por sentarse en la cama.

  • Bien, mi querido Rudi – dijo -, ahora quiero participar de tu éxito. Has ganado diecinueve mil marcos. Mañana mismo venderé mi fábrica de muñecas, de modo que yo también tendré diecisiete mil marcos. Juntamos ese dinero y abrimos un salón de venta de automóviles en Kurfuerstendamm. Rudolf Caracciola, vencedor del Gran Premio de Alemania, vendedor de coches. Si esto no atrae a los clientes, es que no conozco a mi Berlín. ¿De acuerdo?

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