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Aquel domingo, también perdió Chiron. Pero presté poca atención a la carrera. Estaba demasiado apesadumbrado por lo de Merz.

El doctor Putti iba todos los días a verme. Entraba con la brusca cordialidad de un médico muy alterado; siempre de buen humor, observaba mi perna, que yacía como un muerto dentro de la escayola, y me decía:


  • Bien, todo irá perfectamente… - y volvía a desaparecer, mientras los faldones de su bata ondeaban tras él como banderas.

Pasé cinco meses, un día y otro. Llegó el momento en que el médico jefe llegó acompañado de dos enfermeras. Me quitaron el yeso, me subieron a una camilla y me llevaron al departamento de rayos X. Me tomaron radiografías desde todos los lados, y después volvieron a meterme en la cama. Por la tarde vino Putti y me anunció animadamente:

Apreté los dientes y no respondí. ¿Qué podía decir? Otro mes con aquello puesto; ¡y me lo decía como si fuera un chiste! Pero yo yacía allí, enterrado vivo. Los motores bramaban, los automóviles, corrían por las blancas carreteras de Alemania, Italia, Francia, y yo no podía estar con ellos.

Cuatro días después Putti partió para América, a fin de participar en un congreso. El médico jefe le remplazó.

Cuatro semanas después me quitaron nuevamente el yeso, me dieron permiso para levantarme. Apoyado en dos muletas, penosamente, intenté andar, pero no pude. Apreté los dientes. Al siguiente día una enfermera me llevó en una silla de ruedas por el oscuro vestíbulo del hospital.

Cuando uno se encuentra lleno de salud no piensa en los dolores y sufrimientos que existen en el mundo; y por esto me impresionó la procesión de miserias que desfilaba ante mí. Surgían de las sombras hombres y mujeres con muletas o en sillas de ruedas, con piernas artificiales o con blancos vendajes en muñones de brazos; cruzaban en silencio y volvían a desaparecer en los sombríos porches del viejo convento.

Un par de días antes supe que Givannini también había ingresado en el hospital, debido a un ataque de uremia. Un caso muy desesperado, me dijo la enfermera.

Al cabo de unos pocos días fui a verle cojeando en mis muletas. Estaba solo en una pequeña habitación oscura. Había cruzado las manos sobre el pecho y miraba fijamente hacia lo alto. Me senté al lado de la cama. Al verme entrar no dijo nada, solamente me saludó con los ojos. Deseaba consolarle, animarle.



  • Bueno, viejo camarada – le dije -, aquí nos tienes encerrados; ¿qué te parece? Creo que esta temporada los demás habrán de componérselas como puedan.

Movió la cabeza, despacio, penosamente.

  • Esto se acaba para mí, Rudi.

Hablaba en un ronco susurro. Apenas podía hablar; estaba muy débil. Se destapó y me enseñó sus piernas, informes, hinchadas, que colgaban inertes de su extenuado cuerpo.

  • El agua… sube… sube, y cuando llegue aquí – señaló entonces el corazón – todo habrá acabado.

Volvió a taparse y se quedó inmóvil. Cerró los ojos.

  • ¿Puedo hacer algo por ti? – le pregunté.

Movió los párpados, después se apoyó en los codos y me dijo, con gran esfuerzo y dificultad:

  • Sí, puedes hacer algo por mí. Puedes decirle al doctor que me dé algo con que pueda acabar de una vez. Bastante morfina para ayudarme en aquel momento.

Se dejó caer en la almohada y cerró los ojos. Parecía como si hubiera muerto.

Le dejé silenciosamente. Fuera me esperaba Carlota, y entre ella y la enfermera me llevaron otra vez a mi habitación. Al día siguiente no visité a Giovannini.

CAPÍTULO XII


  • Ahora, ya lo ves – me dijo carlota -, cada día irás encontrándote mejor. _ Me hablaba sonriéndome, pero había lágrimas en sus ojos.

Al tercer día otra vez los rayos X. El jefe médico del hospital y el radiólogo estuvieron conmigo, pero no hicieron ningún comentario.

Por la tarde el doctor vino a verme. Llevaba en un gran sobre las radiografías de mi pierna.



  • Mire esto – me dijo, señalándome un punto del clisé -. El cartílago no se ha consolidado en la fractura.

  • ¿Qué quiere usted decir?

  • Que la pierna no está en situación de soportar el peso de su cuerpo – dijo-. Sería mucho mejor proceder la intervención. Le pondríamos un tornillo para asegurar la parte fracturada.

Me negué con un gesto de cabeza.

  • Entonces, habrá de ser escayolado otra vez, por lo menos un mes – dijo con firmeza.

  • No.

  • Muy bien; entonces tendrá que soportar las consecuencias. En estas circunstancias no puedo ordenar otro tratamiento.

Se fue, pero cuando estaba en la puerta, volvió y me dijo:

  • Señor Caracciola, tiene usted que ser razonable. No hay otra alternativa. O bien espera a que el cartílago se endurezca para que sus huesos puedan sostenerle nuevamente, en cuyo caso sería necesario enyesarle hoy mismo, o se deja intervenir.

No le contesté y miré a Carlota. Estaba de pie junto a la cabecera de la cama. Agarraba tan fuertemente los barrotes que sus nudillos estaban lívidos. Lloraba en silencio

El doctor esperaba una respuesta. Al final saludó rígidamente y se fue.



  • Deja que te operen, Rudi – exclamó de repente Carlota. Ya no lloraba calladamente; su cuerpo se estremecía en sollozos.

  • ¿Y qué pasará si la fractura continúa sin soldarse? ¿Cómo podré continuar conduciendo?

  • Rudi, ¡ya o podrás conducir más!

  • ¿Qué dices, qué estás diciendo?

Me miró horrorizada. Repitió, casi con obstinación:

  • No, ya no podrás conducir más. El doctor me lo dijo: el muslo, el cuello del fémur, está destrozado.

  • ¿Quién te lo dijo?

  • El doctor Trentini.

Mi cuerpo pareció quedar paralizado ante aquella revelación. Un frío terrible se deslizó desde mi corazón a todo el cuerpo.

  • ¿Crees que no debiera haberlo dicho?

  • Sí, claro que sí.

Calló. Todo mi ser se rebelaba contra aquella estúpida crueldad del destino. No; aquello no podía ser, ¡no debía ser!

  • Pero, ¿por qué tienes que estar siempre pensando en conducir? ¿No podrías empezar otro asunto? Hay fantásticas cosas que puedes hacer…

  • Por favor, no continúes.

Carlota no comprendió lo que significaba para mí el roncar de los motores a la salida, el agudo zumbido del compresor y el raudo deslizarse por encima del reluciente asfalto. Este veneno de la velocidad, ¡el más implacable y frío, pero el más hermoso de los venenos concedidos al hombre! Se tranquilizó cuando logré sentarme a su lado y la consolé. La había herido y estaba dolido de haberlo hecho. Le estreché la mano.

  • Haré otra tentativa… Esta noche hablaré con el radiólogo. Si opina lo mismo que el doctor, mañana por la mañana me dejaré enyesar otra vez.

Solicité poder hablar con el doctor especialista en rayos X. Confirmó en todos sus extremos el diagnóstico de su superior. Al día siguiente mi pierna estaba otra vez enyesada.

Dos días más tarde murió Giovannini, y tres semanas después el profesor Putti regresó de América.

Sostuvimos una larga conversación. Le expuse francamente lo que pensaba, o sea que había perdido toda mi fe en la ciencia de la medicina y que confiaba solamente en mi sana constitución. Se sonrió.


  • Existen tres factores, señor Caracciola – me dijo -, que pueden convertir un hombre enfermo en otro lleno de salud: la fe, la fuerza de voluntad y la medicina. Creo que el que tiene más fuerza de los tres es la medicina.

Le estreché la mano. Apreciaba de veras a aquel hombre. Estaba por encima de su profesión y la consideraba con cierto cariño escéptico; quizás por esa misma razón era un gran médico.

Dos semanas más tarde salí del hospital. Andaba con dos muletas y una pierna me dolía muchísimo con cada paso. Carlota y yo fuimos a Lugano, n donde unos amigos tenían una casa. Lugano es un punto caluroso y soleado, y yo necesitaba calor y sol para mi pierna enferma.

La casa de mis amigos se hallaba cerca del lago. Pasaba sentado en la terraza todo el día, mirando cómo se reflejaban en el agua las montañas y las movedizas nubes; era un continuo juego de luces y de sombras que no me cansaba de contemplar.

A mediados de noviembre me llamó por teléfono Neubauer, desde la casa Mercedes me preguntó cómo me encontraba y si pensaba conducir la temporada siguiente.

- Sí – le contesté.

- ¡Estupendo, estupendo! – dijo Neubauer, y me preguntó si podría venir a pasar con nosotros el próximo fin de semana.

- Naturalmente – le contesté -: no deje de hacerlo.

Mi excitación fue en aumento durante los días que precedieron a aquel sábado. Me había reclamado Mercedes. Esto quería decir que la casa construía nuevamente automóviles de carreras; quería decir también que les interesaba que yo volviera a correr para ellos.

Acosé al médico de Lugano para que sustituyera los vendajes por otros más livianos. Con ayuda de Carlota me puse unos pantalones y ensayé ante el espejo el modo de andar, tal como hacen los actores. Nadie había de darse cuenta de que aún sentía dolor al caminar.

Llegó el sábado. Carlota fue a la estación a recibir a Neubauer, mientras yo esperaba en casa. Oí cómo se detenía el automóvil ante el portal. Fuertes pisadas ascendieron la escalera; se abrió la puerta y Neubauer fue hacia mí con los brazos abiertos. Me adelanté cojeando. Me dio unos cariñosos manotazos en la espalda y me dijo alegremente:



  • Rudi, ¡mi buen Rudi! ¡Qué contento estoy de verte otra vez andando!

Su cara resplandecía de alegría, pero sus oscuros ojos me estudiaban de pies a cabeza. Nos sentamos.

  • Bueno – empezó -, no hagas más conjeturas. Sí, volvemos a construir coches de carreras. Las cosas están mejorando en Alemania, y, claro, las empresas ¡vuelven a las carreras! – Puso la mano sobre mi dolorida rodilla, pero no hice ningún gesto -. ¿Qué te parece, Rudi? ¿Te gusta todo esto? ¿Podrás conducir?

  • Claro que puedo conducir – dije con toda tranquilidad -. Me entusiasma el pensarlo; pero todo depende de la clase de contrato que se me ofrezca.

Frunció la frente con asombro.

Puesto que supuse que llevaba un contrato, le pregunté abiertamente de qué clase sería el que la empresa me ofreciera. Agitando los brazos, me contestó:



  • Realmente, Rudi, no lo sé. Será mejor que vayas a Stuttgart y tratas de eso con el doctor Kissel. He venido solamente como amigo, con la intención de poder pasar unas horas felices con vosotros.

En realidad pasamos pocas horas felices. Me dolía cruelmente la pierna; parecía que se hubiese aflojado el yeso, y tenía la desagradable impresión de que Neubauer observaba cada uno de mis pasos para calibrar cómo se portaba mi “puente trasero”. Regresó a Stuttgart el día siguiente y dijo en su informe: “Caracciola continúa en baja forma. Por ahora no podemos contar con él”.

Cuando me enteré, no me enfadé en absoluto. Conocía aquellos negocios. Neubauer había actuado en interés de la empresa. Un hombre de negocios no puede permitirse tener sentimientos. Para él las personas sólo tienen importancia funcional: si alguna no puede desempeñar su cometido de modo ordenado, debe abandonar su plaza. Es una ley muy dura, tan implacable como es en la naturaleza la lucha por la existencia y la supervivencia. Pero esta norma no admite excepciones de los hombres que se han consagrado a la máquina.

En enero partí para Stuttgart y firmé un contrato que no hubiera aceptado un año antes. Pero entonces, estaba tumbado en una cama del hotel, incapaz de levantarme, agotado, después del viaje. Había hecho un gran esfuerzo y la pierna lo acusaba con grandes dolores. Debido a todo esto, firmé. Lo hice sin resentimiento e incluso con gratitud. Después de todo, consideradas las circunstancias, era una nueva oportunidad que la casa me proporcionaba.

Poco tiempo después regresé a Arosa con Carlota. “¡El sol, mucho sol!, era lo que me había aconsejado el médico que consulté en Stuttgart.

En aquellas montañas había mucho sol. Resplandecía el día entero en un cielo de color azul-acero y se reflejaba millares de veces en las nevadas cúspides. Habíamos alquilado una casa pequeñita en la que vivíamos los dos solos. Pasaba el día tumbado en el balcón, mientras Carlota se cuidaba de la casa. Aquellos días eran como los primeros de nuestro amor. Hablábamos de nuestras ilusiones para el futuro y de todo lo que haríamos cuando pudiera conducir de nuevo. Por las tardes, paseábamos juntos, cada día era un poco más largo el paseo. Rodeaba el cuello de Carlota con un brazo y con el otro me apoyaba en el bastón. Prefería salir al atardecer, pues así, durante el ejercicio, no me veía nadie.

Carlita era una entusiasta del esquí. Después de los largos meses pasados en Bolonia, le ilusionaba la idea de poder hacer una larga excursión en esquí con algunos de nuestros amigos. Cuando se lo propuse, se negó, pues no quería dejarme solo; pero tras mucho insistir logré convencerla.

Partió una mañana para realizar aquella excursión. Convinimos en que aquella tarde le esperaría en la estación. Hacia las cinco llegó el tren, pero ella no, ni ninguno de sus compañeros. Me entristecí y, cojeando, regresé a casa. Me senté junto a la ventana, esperando. La tarde languidecía. Aún había luz en las montañas, pero en los valles reinaban ya suaves y azules sombras. No encendí la luz. La habitación estaba muy oscura; vi aparecer las primeras estrellas y una luna que parecía un bote que navegase sobre las cimas del este.

A las siete me llamaron desde Lenzerheide, una estación alpina. La telefonista me dijo que los de la excursión regresarían en el último tren. Un accidente les había obligado a permanecer allí más tiempo de lo pensado.

- ¿Qué clase de accidente…?

No lo sabía.

El último tren llegó a las nueve y media. Desde la ventana del dormitorio veía la estación. Vi cómo llegaba el tren, con las ventanillas iluminadas trepando por la montaña. Después se paró. La blanca plazoleta ante la estación oscureció de multitud.

Encendí las velas y volví al comedor. Eran las diez menos cuarto. Abrí la ventana y miré. El aire frío de la noche hizo estremecer la llama de las velas.

Un esquiador, cargado con los esquís, ascendía por el camino. La nieve crujía bajo sus botas. Cuando le vi desde lejos creí que se trataba de Carlota, pero cuando estuvo más cerca comprobé que era un hombre. Llegó a la casa, se descargó de los esquís y los dejó en un farol. Después se dirigió a la entrada de la casa.

Cerré la ventana, tomé una vela y salí tan de prisa como pude. Cuando llegué al rellano, llamaron.



  • Entre, ¿quiere? – Mi propia voz me sonó extraña.

Se abrió la puerta y aquel hombre subió las escaleras. Alcé la vela para alumbrarle. Era un hombre joven, uno de los compañeros de la excursión.

  • Buenas noches, señor Caracciola.

  • Buenas noches.

  • Deseaba…

De pronto se detuvo y me miró. La luz de la vela daba de lleno en su rostro. Leí todo en sus ojos.

  • ¿Carlota? – pregunté, y él asintió.

  • ¿Muerta?

La palabra brotó de una seca garganta. Él asintió. Fui hacia la barandilla. Quedamos mirándonos fijamente en silencio. La escalera estaba oscura; la vela temblaba en mi mano. Bajo aquella luz, sus rostro parecía exánime, como la de un muerto. Empezó a hablar:

  • La avalancha cayó sobre ella… Tenía que haberse dado cuenta. Se dejó coger de lleno. Probablemente sufrió un ataque de corazón.

Seguimos mirándonos en silencio. De repente dio media vuelta y bajó corriendo las escaleras, como si alguien le persiguiera. Abajo, con un portazo, cerró.

Volví al comedor y apagué todas las velas. Todas, excepto la que llevaba en la mano.


CAPÍTULO XIII
Chiron, sin avisarme, fue un día a visitarme. Yo estaba acostado, en una habitación a oscuras. No le esperaba. No esperaba a nadie.

Arrojó su chaqueta encima de una silla y se sentó a mi lado. No me habló para nada de la desgracia, lo que en mi interior agradecí mucho.



  • “Bon jour, Rudi” – me dijo. Habló con toda sencillez, como si hiciera pocos días que nos habíamos visto -. ¿Te gustaría dar la vuelta de honor en Mónaco? Me lo dijo Nogués que los de allí querían escribirte. Pero yo dije que no; ¡nada de escribir! Vendría a buscarte.

Le dije que no, que de ninguna manera.

Se puso en pie y fue hacia mí. Me puso las manos en los hombros y me dijo:



  • Rudi, un día u otro tienes que salir de esta cueva, eres joven; ¡no puedes retirarte aún!

Estuvo hablándome durante media hora. Finalmente le dije que sí.

Llegué a Montecarlo a la una de la tarde del día de la carrera. Estaba señalada para las tres. Hacía un magnífico día de primavera. Las blancas calles de la ciudad relucían bajo la luz de aquel sol, y el azul del mar se extendía hasta el horizonte. No me dirigí al circuito hasta un poco antes de empezar la carrera. Cuando pasé por delante de las tribunas, una muchacha tiró un ramo de flores dentro de mi coche. El presidente se levantó y me dio la bienvenida. También muchos espectadores se levantaban para saludarme.

Al pasar ante los boxes conduje muy despacio. Los automóviles estaban ya alineados, y los mecánicos les prodigaban los últimos cuidados. Durante todo el recorrido de mi vuelta me emocionó el rugido de la puesta en marcha de los motores.

En las bocacalles la gente aplaudía y vociferaba. Vi el sitio donde me estrellé, las rocas que destrozaron mi pierna.

Pasé lentamente por la recta al lado del mar; pude oír cómo chocaban las olas contra las rocas y sentí la fresca brisa que venía del agua. ¡Hacía un tiempo magnífico para una carrera!

Continué conduciendo. La pierna derecha empezaba a dolerme. Tenía que manejar el acelerador y el freno con el pie izquierdo. Cuando regresé a la línea de salida, los automóviles estaban a punto, situados en cuatro filas, los rojos vehículos italianos, los azules franceses. Paré, salté del coche y los contemplé. Conocía a todos aquellos que estaban a punto de arrancar.

Estaba el pequeño Nuvolari, con su flexible figura de torero, y Chiron, el gran campeón francés, con su mono azul claro y el pañuelo rojo blanco. Varzi, con el cabello peinado con raya en medio y el eterno cigarrillo humeante en los labios. Earl Howe, el veterano entre los corredores amateurs ingleses, con sus vivarachos ojos sonrientes, en aquel momento sin su habitual paraguas gris. Muy cerca de Howe, en un reluciente Bugatti, Moll, el nuevo valor francés, y más allá, Fifí Etancelin. También vi a DDreyfus, que otra vez había vencido en Montecarlo, y a Faroux, a punto de dar la salida; Faroux, el más grande periodista del automovilismo francés, celebre en todo el mundo por sus objetivos comentarios sobre todo lo referente a las carreras, un caballero en todos los conceptos.

Faroux levantó la bandera, aullaron los motores y una nube de humo me envolvió. Bajó la bandera y arrancaron. Contemplé cómo salían en un grupo compacto; cómo desaparecían en una nube de humo. Di la vuelta, paré ante la tribuna y salí de la pista. Volver a las carreras me emocionó más de lo que había supuesto. Aquel era mi mundo; allí era donde yo debía estar. Un hombre es corredor lo mismo que otro es cazador, más por instinto que por raciocinio. He despreciado siempre a los muchachos que se sientan al volante sólo para perseguir el logro de una buena jubilación. O se es piloto de carreras por vocación, o no se es, sin términos medios.

Era necesario que volviera a conducir, pues sólo así podía soportar la vida. ¿Pero qué sería de mí si al intentarlo fracasara? Me dolía la pierna, a pesar de haber conducido durante tan poco tiempo. ¿Sería capaz de soportar una carrera de trescientos, cuatrocientos o quinientos kilómetros? Aun así, era preciso que volviera a conducir para que la vida se me hiciera soportable. ¿Pero qué pasaría si al volverme a sentar ante el volante no pudiera competir en lucha contra los jóvenes, contra los fuertes? Sería como si reconociera mis heridas con un puñal. Sabía muy bien lo que dirían: Caracciola ya no está en la forma de antes…, es demasiado viejo… no tenía que haber vuelto al deporte…

Pero yo tenía que recuperar lo perdido. Tenía que ser otra vez dueño de mi cuerpo. De otra forma, la vida carecía de objetivo.

¿Qué otra cosa podía hacer yo? ¿Volver a ser un comerciante, un vendedor de automóviles? Aquello podía ser una solución para los que sólo corrían para ganar dinero. Para mí las carreras eran algo más elevado. Que sonría la gente y se encoja de hombros ante la idea de que unos hombres arriesgan sus vidas por ser más rápidos que otros durante unos segundos. Para mí, la única felicidad consiste en estar sentado al volante, agazaparme tras el parabrisas y estar atento a la bandera de salida, y arrancar.

Y después, las horas sobre la pista: el aire silba y los motores rugen. Dejar de ser aquel hombre que tiene herida la pierna y triste el corazón; convertirse en otro que domina trescientos, cuatrocientos caballos de fuerza. Uno es la voluntad que rige aquella criatura de acero; piensa por ella, sus ritmos son uno sólo. El cerebro trabaja con la misma velocidad y precisión que aquel corazón de acero. Sino, el monstruo se convierte en dueño y os destruye. Había de conducir. Era lo único que me importaba.

Era imposible retroceder. Tenía que conducir de nuevo. ¡Tenía que hacerlo! ¡Tenía que hacerlo!

Dos semanas más tarde llegó un telegrama de la casa Mercedes: entrenamientos en el Avus a punto de empezar. El nuevo modelo, el 34, iba a ser probado.

Fui a Berlín. Llegué por la tarde al hotel en donde Neubauer y el director, el proyectista del coche, me estaban esperando.

Continuaba ayudándome con un bastón. Neubauer continuaba examinándome. Llevaban allí dos días con Brauchitsch y con Fagioli, que habían empezado a entrenarse con el nuevo modelo. Obtuvieron unos tiempos aceptables, pero no sensacionales. Yo tenía que empezar la mañana siguiente a las once. Pregunté si podría empezar antes, pues no quería que mi reaparición fuese sensacional en la prensa. Vi cómo Neubauer y Niebel cambiaban una rápida mirada. Después Neubauer me dijo:



  • ¡Pues claro, Caracciola; todo lo que quieras!

El día siguiente por la mañana nos encontramos en el Avus.

Cuando yo llegué ya estaban allí los demás. Neubauer, Niebel y los mecánicos. El coche también, pequeño y blanco. Lo encontré muy atractivo, muy parecido al monoplaza que siempre había soñado.

Era una hermosa mañana de mayo. El cielo tenía un tono azul pálido. Brillaba el sol en las copas de los árboles, y nos envolvía un agradabilísimo olor de resina.

Llegué en mi automóvil junto al bólido, bajé y me dirigí hacia él apoyándome en mi bastón. Los mecánicos me ayudaron a sentarme al volante. Noté que el corazón me subía a la garganta.

Un hombre joven, con una libreta de notas en la mano se me acercó, pero Neubauer hizo que se apartara. Un fotógrafo de prensa disparó. Un mecánico puso en marcha el motor y se apartó de un salto. Salí. Di la primera vuelta conduciendo con mucho cuidado, estudiando la pista. La pierna me dolía un poco, pero el dolor era soportable.

Aceleré. El coche alcanzó más velocidad. Los árboles de ambos lados se transformaban en una pared gris verdosa. La blanca cinta de la pista parecía estrecharse cada vez más, y el silbido del aire se convirtió en un agudo zumbido.

¡Gracias, Dios mío! La cosa marcha bien. ¡Podía conducir!

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