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Después de la séptima vuelta, me indicaron desde el box que pasara. Al finalizar la octava me dirigí hacia allí. Paré. Neubauer y Niebel vinieron hacia mí.



  • ¿Cómo ha ido?

  • Muy bien, doctor Niebel – contesté -. He quedado muy satisfecho de la máquina, pero hubiera podido sacar mejor rendimiento en las curvas si la pista hubiese estado mejor diseñada.

Me pareció que esta observación no agradó al doctor Niebel. Neubauer no dijo nada. Los mecánicos me ayudaron a bajar y volví a mi automóvil, procurando no cojear y apoyarme lo menos posible en el bastón. Me hubiera gustado mucho preguntar cómo habían resultado los tiempos, pero no quise correr el riesgo de verme humillado.

El joven de la libreta, el que Neubauer apartó, vino hacia mí y murmuró un nombre que no pude entender. Le miré. Era pálido, rubio y se peinaba hacia atrás; sus ojos miraban tras los vidrios de unas gafas sin montura. Tenía los ademanes de un animal nervioso y acosado.



  • Le felicito, señor Caracciola – me dijo -: ha estado usted soberbio.

  • ¿Si? – le contesté en el tono más indiferente posible, mientras mi corazón batía con mayor rapidez.

  • En la última vuelta ha marcado los doscientos treinta y cinco por hora – me comunicó -. Mejor tiempo que el de los entrenamientos de ayer.

  • Bien; lo celebro – repuse, reteniendo mis deseos de darle un abrazo.

  • ¿Y cómo anda eso? – me preguntó señalando mi pierna con el lápiz.

  • Estupendamente – le contesté -. Realmente, tan bien que muy pronto volveré a patinar sobre hielo.

Fui al automóvil y me senté tras el volante. El joven continuaba a mi lado. Se apoyó en la ventanilla.

  • ¡Caramba, doscientos treinta y cinco! ¡Eso es un tiempo estupendo de veras!

Volví a darle gracias y estreché otra vez su mano. Después arranqué.

Me encontraba muy bien; Ni aun después de la prueba de Nürburgring, en 1931, me había encontrado de aquella manera. Las cosas iban arreglándose. Podía conducir, e incluso podría haber obtenido mejor rendimiento de aquel automóvil.

Solamente había una nube oscura n el horizonte. ¿Resistiría una carrera de tres o cuatro horas conduciendo a fuertes velocidades? Tuve la suerte de que la casa Mercedes decidió no participar aquel año en la prueba del Avus, por lo que pide reservarme sin llamar la atención del público.

Inscribí mi nombre por primera vez en el Gran Premio de Alemania. Llegó el día de aquella difícil prueba y luché tenazmente con Stuck por obtener el primer puesto. Me situé por fin en cabeza, mas mi motor falló y me vi obligado a abandonar. Sólo había corrido media carrera, por lo que aun ignoraba si podía resistir una de quinientos kilómetros.

En agosto me inscribí en la carrera en cuesta del collado de Klausen. Era ésta una carrera de tan sólo 22 kilómetros. El único contrincante de quien podía temer era Hans Stuck, que montaba un Auto-Union.

Me obsesionaba otro pensamiento: en 1932 batí el récord de aquella prueba, y nadie había obtenido luego mejor tiempo que el mío. ¿Y si batiese mi propio récord? Con esto demostraría que había recuperado mi antigua forma; que incluso la había superado.

Los días del entrenamiento fueron tristes y lluviosos. Las nubes ocultaban las cimas de las montañas y jirones de tupida niebla descendían hasta los valles. La pista estaba resbaladiza. Las motocicletas y los automóviles deportivos partieron antes que nosotros. Todos conducían con mucho cuidado, por lo que las velocidades alcanzaban una media inferior a la de los años anteriores.

La carrera se celebró el domingo, bajo los rayos de un sol espléndido. Aquella carrera no era para mí una de tantas. Tenía conciencia de que había de emplearme a fondo, así que conducía a toda velocidad desde la misma salida. No vi a ninguno de mis contrincantes; tan sólo oía el rugido de mi motor y durante varios minutos conduje despegado de los demás. Cuando llegué a la meta, había batido mi propio récord. Había sido el más rápido; veinte segundos más rápido que tres años antes. Era evidente que volvía a ser el hombre de antes… en aquella corta carrera.

CAPÍTULO XIV
Me inscribí en el Gran Premio de Italia, en Monza. La carrera tenía que celebrarse en septiembre. Era el último GP del año y tenía alrededor de quinientos kilómetros. Llegamos a Milán a finales de agosto: Brauchitsch y Fagioli eran los otros compañeros de equipo. Auto Union estaba representado por Stuck, Momberger y el príncipe Leiningen; y Alfa por Varzi, el conde Trossi y Chiron. Maserati mandó a Nuvolari.

Era un verano cálido en extremo. Nos encontrábamos diariamente. Los italianos habían reconstruido la pista de modo que formase un intrincado conjunto sinuoso, lleno de curvas muy cerradas y de amplios virajes de suave peraltado. Era preciso manejar sin pausa el cambio y el freno; apenas podía dejarse de la mano la palanca del cambio de marchas.



  • Es realmente una carrera de montaña sin montañas – dijo Bubi Momberger. Sin embargo, en ella se podía cronometrar buenas velocidades.

Los de Alfa obtuvieron tiempos de 2’ 25’’ a 2’ 28’’ por vuelta. Yo logré 2’ 24’’, pero Stuck nos superó a todos, pues rebajó el tiempo hasta 2’16’’.

La tarde anterior a la carrera los corredores de Mercedes nos reunimos en un bar de Milán. Neubauer teorizó acerca de nuestras posibilidades. Siempre lo hacía así, y lo hacía con amorosa atención; pero yo no estaba de humor para escuchar aquello y salí a dar una vuelta. Tenía bastantes preocupaciones con mis propios asuntos. ¿De qué me servirían aquellos puntos de táctica si mi pierna no resistía?

La noche era húmeda, el cielo estaba nublado y un presagio de lluvia llenaba el ambiente. No se veía brillar ninguna estrella. Me dirigí a la plaza del Duomo. Las calles estaban llenas de gente que se movían ruidosamente. La noche era tan calurosa y pegajosa, que la ciudad era un inmenso baño de vapor. La blanca catedral resplandecía con el brillante fulgor de los proyectores y sus agujas se perdían en el cielo oscuro. Por las puertas de los bares entraban tormentas de luz y rumores de voces, a las puertas de las casas la gente tomaba el fresco.

Cené con otros compañeros en un restaurante de la ciudad. Éramos rivales en la lucha, pero nos unían lazos de amistad y gozábamos de nuestra mutua compañía. No acostumbrábamos a hablar de nuestros automóviles, lo mismo que nadie gusta de tratar de asuntos íntimos. Por lo general la charla versaba sobre las carreras anteriores. Aquella noche Brivio nos relató sus andanzas por Suecia y nos habló de sus propias supersticiones, que, dicho sea de paso, son comunes en Italia. Cierta vez llegó tarde a los entrenamientos y tomó parte en la carrera sin ninguna esperanza. Aquella mañana entró por la ventana un gorrión que se posó en la mesa en que desayunaba. Esto le desanimó, pues se dice que los pájaros sólo entran en las habitaciones de los muertos. Sien embargo, Brivio ganó aquella prueba.

De modo tan indolente como elegante, nuestro amigo Trossi aguantaba un chaparrón de preguntas sobre su automóvil particular, recién construido de acuerdo con sus deseos y caprichos.

Así, por ejemplo, le aconsejábamos que continuara entrenándose de noche, pues así tendría más tiempo de día para intentar que su motor arrancase. Cada cual hablaba de sus propias experiencias; y como muchas veces habíamos corrido juntos, era frecuente que con una carrera hubiese tema de conversación para todos, aunque las inevitables diferencias para cada caso en particular.

Uno había tomado parte en la prueba con un automóvil malo: al de otro fallaba el freno, y la dirección de un tercero era demasiado dura. Pero a todos les guiaba el propósito de no abandonar; y si se llegaba a estar colocado en la delantera, obtener la victoria.

Nadie sino los pilotos sabe qué inmensa fuerza de voluntad es necesaria – a pesar de los malos ratos, de las gafas, de dolorosas ampollas en las manos, de los pies inflamados, de los costados llagados – para resistir una carrera. Charlábamos como amigos, y el día siguiente lucharíamos por el triunfo.

El año anterior aquella reunión había estado aún más concurrida. Chiron comentó lo alegre que fue, cómo se obligó a cantar a Campari, cómo se burlaron de él por el esfuerzo con que lograba introducir su corpachón en el pequeño hueco del monoplaza Alfa. Antes de la carrera no paraba de admirar el cronómetro ofrecido como premio por la casa Pirelli, y decía que después de la carrera – que pensaba ganar - , se compraría dos iguales por lo menos. Ordenó a los mecánicos que tuviesen preparado un pollo asado, pues estaba seguro de que volvería hambriento como un lobo. Pero no regresó de la primera vuelta; ni tampoco Borzachinni. Aquel día, antes de la segunda prueba, los pilotos fueron advertidos de que en la Gran Curva había un charco de aceite, pero que se había procurado limpiar la pista. Se había esparcido arena sobre el charco. Cuando empezó la tercera carrera, al atardecer, aquel defecto estaba corregido en apariencia. Campari y Borzacchini tomaron la salida a toda velocidad.

Un silencio de muerte invadió las tribunas. Lo que había sucedido parecía increíble. No obstante, la carrera continuó.

Sólo quedaban como rivales Czaikowsky y Leboux. El público había comprendido que era justificado que no tomaran siquiera la salida: tan deprimidos estaban los ánimos de los corredores. Chiron nos explicó que Leboux trató de pactar con Czasikowsky para no lanzarse a toda velocidad sino hasta las últimas vueltas, pues era muy aventurado desafiar nuevamente a la suerte de aquel nefasto día. Pero Czaikowsky rehusó.

Tampoco él volvió de la última carrera. Se estrelló en el mismo lugar que Campari y Borzsacchini.

Los cadáveres de los tres corredores recibieron solemnes exequias. Ramas de abeto pendían de las paredes, y era tan grande el número de coronas y de flores que era imposible ver los ataúdes. Sus amigos desfilaron en silencio, y el público se agolpaba respetuosamente ante los muertos héroes de las carreras.

Mas nosotros, sus compañeros, conservábamos viva su memoria. Recordábamos sus palabras; hablábamos de ellos como si no se hubieran ausentado para siempre.

Nos habíamos encariñado especialmente con el tímido y aniñado Borzacchini. No había logrado ganar mucho dinero; cuando en Trípoli alcanzó un considerable premio, sus amigos le atormentaron sin parar con sus bromas. Durante la tertulia en el restaurante, Chiron nos explicó que vio a Borzacchini en los boxes momentos antes de la salida fatal. Llevaba una cartera de piel bajo el brazo. Con su característico gracejo, Chiron nos explicó que fue hasta él diciéndole:

“¡Dios mío! Esta carrera debe de pesar mucho. ¿Llevas ahí tus millones?” Borzacchini guiñó un ojo y repuso: “Naturalmente; nunca los suelto de la mano.” Insistí: “¿Pero qué haces con tanto dinero?” “Voy a contártelo – me susurró al oído - : cuando estoy solo en mi habitación, cierro las ventanas, cierro la puerta, me cercioro de que no hay nadie dentro, y entonces, empiezo a contar los billetes. Cuando estoy seguro de que no falta ninguno, pongo el marcha el ventilador y me pongo a danzar entre los billetes de mil liras que revolotean.”

Ésta fue una de las anécdotas que se contaron aquella noche. La muerte de un camarada no era para nosotros una cosa horrible: nos parecía que iban a reaparecer en cualquier momento para unirse a la tertulia. Varzi ya había bebido su décimo café exprés. Sus amigos habían vaciado la sexta botella de champaña. Los pequeños ojos negros de Chiron se cerraban, y yo bostezaba. Era hora de acostarse. Si no, podría retrasarse la carrera, e incluso podría empezar sin alguno que hubiera quedado dormido.


  • “Camarieri, conto!

La luna brillaba entre un claro de nubes y sus rayos iluminaban la catedral, que relucía como si fuera una fantástica estructura lunar. Fui directamente al hotel y me acosté en seguida. Pero no podía conciliar el sueño. Hacía un calor pegajoso, húmedo, que se infiltraba por todas las aberturas.

¿Y si también yo me matase en aquella curva? “Otra víctima en la carrera de Monza”, dirían los periódicos; y no pude evitar pensar cuántas víctimas habían caído en las pistas. Pero ésa debe de ser una buena y rápida manera de morir, pensé; por lo menos no se pasa por una prolongada agonía. Volvía también al problema que tanto me angustiaba: ¿resistiría? ¿Podría resistir toda la prueba mi pierna enferma?

La vía del tranvía formaba una curva ante mi ventana. Toda la noche estuve ojeando el chirriar de los frenos y los golpes del trole en los cables tendidos. No pude dormir hasta la madrugada.

El siguiente día, el de la carrera, la temperatura fue aún más elevada. El viento había despejado de nubes el cielo, por lo que el sol abrasaba de un modo implacable.

Llegamos a los boxes a las once. La tarde anterior se habían sorteado los puestos de salida; me correspondió uno bien situado en la primera línea. A mi lado estaban Varzi y Brivio; detrás Nuvolari y Stuck. Había quince automóviles y, según el parecer de los expertos, podía hacerse toda suerte de conjeturas sobre el desarrollo de aquel Gran Premio. Consideré que lo mejor sería no cansar demasiado mi pierna paseando por allí, por lo que opté por sentarme en el automóvil.

Estábamos situados frente a las tribunas; desde aquel sitio la multitud componía un gran espectáculo. Todos los asientos estaban ocupados y el público se apiñaba. Desde la pista, aquello parecía un campo de trigo mecido por el viento.

Tocaba una banda militar, en competencia con el tartamudeo de los motores. Los mecánicos los pusieron en marcha y se apartaron. El general Baistrocchi se adelantó con la bandera de señales en la mano. La levantó; flameaba el viento. Después, bajó la bandera.

Ya estábamos rodando. Dos automóviles blancos me pasaron veloces; después uno de los rojos. Las curvas eran tan ceñidas que era forzoso decelerar hasta cincuenta kilómetros por hora. Cuando por segunda vez pasé por el box, me mostraron el siguiente aviso:


STU-FAG-VAR-CAR
Por consiguiente, Stuck iba en cabeza, pero Fagioli le pisaba los talones. “Al fin y al cabo – pensé-, es uno de los nuestros”. Cambié, aceleré, desembragué, volví a cambiar. Aquel circuito era muy peligroso. Había calculado que serían precisos, durante sus quinientos quilómetros, cambiar de marcha unas 2.500 veces. Me acercaba al automóvil rojo que me precedía. Varzi. ¡Era terrible la valentía con que aquel compañero tomaba los virajes!

Silbaba el viento a ambos lados del parabrisas, en tono cada vez más agudo.

Vuelta sexta.

Aquello fue inesperado: Fagioli se detenía en el box. ¿Podría volver a salir? De no ser así, yo sería el único corredor con Mercedes.

Vuelta séptima.

En la curva situada en frente de las tribunas alcancé a Varzi. Ante mí sólo estaba Stuck. Iba aumentando la velocidad. ¡Tenía que alcanzarle!

Vuelta décima. El marcador señalaba:

STU


CAR – 20 seg.

LEI – 6 seg.

El calor era insoportable. El sudor que resbalaba por mi frente me irritaba los ojos. Empezaba a dolerme la pierna, pero con un dolor soportable, ¿y si aumentaba?

Solamente pensaba en conducir, conducir, conducir…

Cada vez que pasaba por delante del box, Neubauer levantaba la bandera. Esto quería decir: ¡de prisa, más de prisa! Fagioli tuvo que abandonar. Su coche estaba ahí, parado. Lo vi, de refilón, al pasar.

Vuelta duodécima. Otra vez indicaciones:

STU.

CAR – 13 seg.



Por consiguiente, había ganado siete segundos. Neubauer continuaba gesticulando, agitaba los brazos: de prisa, de prisa, más de prisa…

Vuelta veinticinco.

El dolor en mi pierna iba en aumento. Traté de ignorarlo. Veía que el cuentarrevoluciones marcaba casi 6.000 r.p.m., e igualmente me daba cuenta de que delante estaba el que era preciso alcanzar.

Vuelta treinta. Las indicaciones del box me señalaron que iba a diez segundos de Stuck. De repente sentí un intenso dolor. Al cambiar me di en el codo un tremendo golpe con la estructura del coche. Me dolía endiabladamente, tuve la impresión de que se me hinchaba el brazo; de que se volvía más y más grueso.

Vuelta treinta y cinco. Las indicaciones del box me indicaban que Stuck sólo me llevaba una ventaja de ocho segundos.

Vuelta cuarenta… Stuck primero, Caracciola segundo, con treinta y cinco segundos de difrencia. Era inútil: ¡no podría alcanzarle! Mi cuerpo estaba entumecido; era una masa sudorosa. Solamente tenía conciencia del brazo y de la pierna. Cada vez que apretaba el pedal sentía como si se clavase un cuchillo en el muslo. ¿Tendría que entrar en el box y abandonar?

¡NO!

Si abandonaba, sería como si abandonara mi propio ser. Apreté el acelerador; más de prisa aún.



Vuelta cincuenta…

STU.


CAR – 20 seg.

¡Veinte segundos! ¡Gracias, Dios mío: otra vez veinte segundos! A pesar de todo había recuperado algunos segundos. “De prisa: más de prisa”, me indicaba Neubauer con la bandera de señales.

Vuelta cincuenta y cinco. A dieciocho segundos de Stuck. ¡Era una carrera infernal!

Me dolía de tal modo la pierna que temí desmayarme de un momento a otro. No importaba. La única cuestión era llegar hasta el final.

Vuelta cincuenta y seis, vuelta cincuenta y siete, vuelta cincuenta y ocho…

En aquel momento me separaban de Stuck solamente doce segundos. Podía verle. Tan pronto estaba dentro de mi vista su automóvil blanco, como desaparecía en la siguiente curva.

Vuelta cincuenta y nueve: Stuck se dirigió al box para repostar y cambiar de ruedas.

Me puse en cabeza. ¡Iba a estallar la lucha final! Pero ya no podía más. Exigía de mí más de lo humanamente posible. Parecía como si me aserraran la pierna.

¿Qué podía hacer?

¿Admitir que ya era un inválido, que no podía resistir una carrera?

¡No! ¡Nunca!

Me di otro golpe en el codo, tan fuerte como el primero. Apenas sentí el dolor: las diabólicas punzadas de mi muslo anulaban toda otra sensación.

Vuelta sesenta. Me dirigí hacia el box y paré. Los mecánicos vinieron corriendo.


  • ¡Fagioli, que me releve Fagioli! – grité-. ¡Rápido: hemos de mantener el primer puesto!

Iban a cambiar las ruedas, pero con la cabeza dije que no.

  • Nada de eso; las gomas aguantarán – exclamé con un griñido, pues mi garganta estaba reseca.

Fagioli entró de un salto en el automóvil. El motor roncó y partió velozmente. Continuaba en primera posición, pues Stuck aún no había pasado.

Me fui hasta el fondo del box, andando muy derecho y esforzándome por no arrastrar la pierna. Hacía allí mucho frío y todo estaba en silencio. Me quedé solo. Los otros, afuera, estaban pendientes de la carrera.

Me senté en un bidón y extendí mi miserable pierna. Los coches pasaban rugiendo. Fagioli continuaba primero.


  • ¿Qué le ha pasado? ¿Algo malo?

El doctor Glaeser, el médico de la pista, estaba ante mí. No podía hablar; señalé en silencio mi brazo derecho. Con gran cuidado me sacó el brazo de la manga. El codo estaba cubierto de sangre, negro y azul, y terriblemente hinchado.

El doctor me vendó el brazo. Para mí era indiferente cualquier cosa que hicieran a mi cuerpo. Solamente tenía una obsesión, más dolorosa que todo lo demás: No has ganado; no has podido resistir…

Llegó hasta mí el eco de los aplausos y la voz aflautada de Neubauer, que dominaba todo otro sonido:


  • ¡Bravo, Luigi, Bravo!

Había ganado Fagioli. Era italiano, y por consiguiente, aquella era una victoria popular. El público gritaba con júbilo cuando fuimos a la tribuna para recoger el premio.

CAPÍTULO XV


Preferí no ir a la montaña aquel invierno. El recuerdo del año anterior estaba demasiado vivo en mi corazón. Decidí hacer un viaje por los Estados Unidos. Quería ver cómo andaban por allí los asuntos de las carreras. Los pilotos americanos tenían una fama fabulosa. Se decía que obtenían velocidades fantásticas. Pero, aunque pareciera extraño, ninguno de los que habían venido a Europa alcanzó éxitos que valiera la pena.

En el muelle de Nueva York me esperaba un representante del Automóvil Club y el ex campeón Jorge Robertson. Sabían que llegaba y se empeñaron en recibirme a mi llegada.



  • ¿Cómo está usted? – me dijo Mr. Robertson -. ¿Ha tenido un buen viaje?

Tenía una personalidad interesante. Era el tipo de deportista elegante, de facciones aguileñas. Me dijo en seguida que estaba a punto de comenzar la construcción de un autódromo cerca de la ciudad.

  • Un autódromo en forma de ocho, en el que desde cualquier localidad se podía contemplar perfectamente todo el circuito.

Fuimos al hotel, y desde allí a un club elegante. Robertson me explicó la diferencia existente entre las carreras europeas y las americanas.

  • En Europa ustedes construyen automóviles con cinco y seis marchas. Nosotros construimos exclusivamente coches aptos para correr mucho, con sólo dos marchas. Cuando las pistas no están de acuerdo con las características de los vehículos, cambiamos las pistas, no los coches. Me dirá usted, ¿y el arte de conducir? De acuerdo, sí, pero aquí la gente lo que quiere es velocidad. Solamente ansían ver correr mucho.

Robertson me invitó a cenar. Vivía en un magnífico departamento de la Quinta Avenida. Cuando me dirigí hasta allí caía una ligera lluvia. La acera estaba cubierta desde el portal hasta el bordillo por un dosel, y además alfombrada. Un portero de uniforme con cordones dorados abrió la puerta del coche y me condujo hasta el ascensor, que subió raudo y silencioso. De un golpe subimos hasta el piso treinta y dos. Salí y me encontré dentro del living de Robertson. Vino hacia mí y me acogió calurosamente.

  • ¡Hola, viejo!

Fui presentado a los demás invitados. Al principio creí que estaban tratando de burlarse de mí, pero acabé por darme cuenta de que todos hablaban con sinceridad. Hacían siempre las mismas preguntas, como si antes se hubiesen puesto de acuerdo.

  • ¿Cómo le fue el viaje? ¿Se quedará entre nosotros algún tiempo? Nos gustaría que fuese así y nos visitara.

Después, un apretón de manos y la presentación de otro invitado que repetía lo mismo que los anteriores.

Casi todas las mujeres parecían cortadas por el mismo patrón. Casi todas eran rubias, de largas piernas y de aspecto agradable. Había una gran cantidad de bebida, y a media noche todo el mundo estaba de un humor festivo. Reían muchísimo de cosas cuya gracia, por más que hiciera, yo no sabía apreciar.

Después de medianoche me despedí de Robertson. Le expliqué que iba a partir temprano por el país y que tenía que levantarme al amanecer. No se enfadó. Me dio una carta de presentación para Pop Meyers, porque le dije que deseaba conocer la pista de Indianápolis. Después insistió en que presenciara una carrera de “midgets”.


  • En Europa no hay nada parecido – me dijo.

Bajó conmigo en el ascensor, y nos despedimos y prometí visitarle otra vez cuando volviese de Nueva York.

Al amanecer al día siguiente partí en mi Mercedes. Cuando salí de la ciudad respiré con alivio. Era una fresca mañana de enero; el aire era puro y brillante como el cristal y un pálido cielo azul cubría el paisaje. Se divisaba una gran extensión de terreno llano. En el horizonte se juntaban la tierra y el cielo, y cuando la carretera se prolongaba recta se tenía la sensación de que uno ascendía hasta las nubes.

Las carreteras eran soberbias, anchas rectas y bordeadas de árboles. Como aún era muy temprano, la carretera estaba casi desierta. Sólo me crucé con unos cuantos ruidosos camiones, cargados de productos agrícolas, que se dirigían a Nueva York.

Pero después de atravesar Middletown vi por el espejo retrovisor que venía un Ford. No había duda de que intentaba pasarme, y a mí nunca me ha gustado que me pasaran. Creo que esto proviene de las características de mi profesión. Así que aceleré hasta cien kilómetros por hora y luego hasta ciento veinte; pero el Ford continuaba detrás de mí; incluso parecía que me ganaba terreno.

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