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Llegué a ciento cincuenta. Llegué a un cruce con la línea del ferrocarril y disminuí la velocidad. Me alcanzaba el Ford. Vi por el espejo que cruzó las vías sin aminorar la suya. “Bueno – pensé -: ¡si es que te empeñas en dejarme atrás…!” Reduje más la velocidad. No valía la pena luchas con un contrario tan incorrecto. El Ford me adelantó; estaba ocupado por dos agentes de la Guardia Nacional. Después de alcanzarme, uno de ellos me hizo signos para que parara. Paré y ellos también.

Uno de los agentes se acercó a mi automóvil. Era joven, de rostro sano y simpática sonrisa casi infantil. Llevaba un ancho sombrero y un revólver que al andar le golpeaba la cadera. Me saludó y, sonriendo, me pidió el permiso de conducción.

Se lo enseñé. Me dio las gracias, me lo devolvió y después me preguntó, siempre con su sonrisa, si podía dar la vuelta y acompañarles hasta Eaton. Quise preguntarle el porqué, pero no pude, pues había subido ya al coche. Así pues, volvíamos por nuestro camino.

A la entrada de Eaton se encontraba un pequeño edificio de ladrillo rojo. Nos detuvimos. Salí y el joven policía me abrió la puerta. Entramos en una habitación casi completamente desnuda; solamente había allí una mesa y una silla donde se sentaba un hombre de edad madura, con el caballo blanco y una cara del color rojizo del vino de Borgoña. Al entrar nosotros bajó los pies de la mesa, cerró una novela policíaca de llamativa portada y me miró con unos herméticos ojos grises.

Lo agentes saludaron y uno de ellos le dijo:


  • Exceso de velocidad, mi teniente.

  • ¿Cuánta?

  • Cerca de ochenta millas, señor.

Se volvió entonces hacia mí.

  • ¿Es verdad?

  • Sí.

  • Veinte dólares.

  • Soy extranjero y no sé a qué la velocidad máxima puedo conducir – le dije.

  • La velocidad máxima es de cuarenta y cinco millas – me explicó -. ¿Quiere pagar o prefiere un juicio oral?

Le miré. Perecía un hombre reposado y benévolo. Pensé que aquella falta me costaría mucho más en cualquier otra parte.

  • Prefiero pagar.

  • Muy bien –me contestó.

Tomé dos billetes de diez dólares de mi cartera y los dejé en la mesa. Abrió un cajón y los guardó.

  • Muchas gracias – y volvió a su novela de detectives.

Con esto se despidió de mí.

Los agentes me acompañaron hasta la puerta. Uno tuvo la intención de indicarme el camino más corto para llegar a la próxima ciudad. Cuando marché, los dos, con las manos puestas en las alas de sus sombreros, me saludaron.

Tenía la intención de ver una carrera de “midgets” en Chicago; pero cuando paré en Middletown me encontré con que en aquella población se celebraba una. Vi el cartel que la anunciaba en un restaurante. Era un cartel impresionante; de entre una nube de polvo, salía un automóvil directamente disparado contra el que lo miraba. Pregunté dónde se celebraba aquella carrera; me dijeron que en la pista situada a las afueras de la cuidad. Eran las tres y media, y la carrera había empezado a las tres. En seguida salí para allá.

Podía saberse desde lejos dónde estaba la pista, pues ante ella aparcaban gran cantidad de vehículos: quizás más de cuatro mil, según calculé. La profesión de conductor de “midgets” es muy apropiada para romperse la cabeza. Muchos arriesgados muchachos han perdido la vida en este feroz deporte, pero quien tiene la suerte de no sufrir accidentes puede obtener ingresos considerables en tan sólo un año.

Estudié aquellos diminutos automóviles con mucha atención. Eran pequeños, monoplazas, estrechos, cuidados de una manera exquisita hasta enlos más mínimos detalles. Cada vehículo que tomaba la salida era una verdadera joya. El chasis y la carrocería se construían con materiales ligerísimos; todo estaba hecho a mano y se evitaba todo lo que podía aumentar el peso.

Todo lo que no fuera motor, tenía que ser de poca consistencia, pues, a lo peor, todo aquel conjunto quedaría destrozado a la primera vuelta. Estaban rodeados de parachoques especiales a fin de no engancharse unos a otros. Los pilotos se ataban a los asientos para evitar ser arrojados a la pista al chocar o volcar, pues si no serían atropellados por los siguientes “midgets”. Era obligatorio usar fuertes cascos protectores.

Era casi grotesco el contraste entre los pequeños coches y las atléticas figuras de los conductores. Los pilotos sobresalían de sus monturas, y yo me preguntaba cómo se las componían para comprimirse en los asientos. Muchos llevaban altas botas de piel con que protegerse las piernas en caso de que se quemase el automóvil.

La salida era parecida a la de una carrera de caballos. Tan pronto como se habían situado, el encargado de la bandera daba la señal de arranque y trepaba a un alto asiento desde donde seguía el desarrollo de la competición. Separados por unos pocos centímetros, los automóviles patinaban en las curvas. Después de unas cuantas vueltas fueron disgregándose los vehículos. Los pilotos de renombre, poco a poco, lograron adelantar al resto, animados por los gritos de los espectadores. Yo mismo, contagiado de la excitación, grité:



  • ¡Adelante! ¡Acelera! ¡Venga…!

Ni siquiera me pareció raro que mi vecino de asiento acompañase sus gritos golpeando con un periódico la cabeza del espectador que se hallaba ante él; la víctima no parecía enterarse.

Pero no todo era entusiasmo. Algo más flotaba en aquel ambiente; algo siniestro, amenazador. Los espectadores estaban pendientes de algo que tenía que suceder.

La atención se polarizaba en dos coches: uno negro y otro rojo. Éste iba a la rueda del negro, pegado a él, pero no intentaba adelantarlo. Ese coche rojjo era el que gozaba de las simpatías del público.

A mi lado estaba un puñado de muchachos, que deduje que eran pilotos novatos. Sus rostros estaban tensos; miraban con atención el rugiente remolino de la pista. Parecían halcones en espera de la presa.

- Pero, ¿qué es lo que les pasa a estos dos? – les pregunté, indicando con la mano a quiénes me refería.

Uno de aquellos jóvenes se volvió hacia mí y los demás también me miraron.



  • Hoy sí que le atrapará – me dijo el muchacho, y todos empezaron a sonreír.

Desgraciadamente, el “midget” negro intentaba separarse de su perseguidor, pero el rojo le seguía de cerca como convertido en su sombra.

  • ¿Pero qué intenta hacer? –pregunté al muchacho, y le di un cigarrillo. Lo tomó, y sin mirarme, me contestó:

  • Pues que Bob, el conductor del coche negro, cortó una vez el paso a Joe, el del coche rojo, y éste se rompió una pierna. Ahora está buscando la revancha. Hacía mucho tiempo que estábamos esperando esta ocasión.

Mientras hablaba, seguíamos mirando a la pista. Reinaba en aquellos momentos un silencio profundo entre los espectadores. Pero, de pronto, el automóvil rojo derrapó. En la línea de meta se encendió la luz amarilla en señal de advertencia. En aquel momento sucedió lo que se esperaba. Los dos vehículos chocaron, volcaron y quedaron con las ruedas al aire. Brotaron llamaradas. Los camiones extintores de incendios corrieron hacia el punto del accidente, y se hizo parar a los demás coches.

Tras grandes esfuerzos se extrajo de un asiento al conductor del “midget” rojo. Aún llevaba escayolada la pierna; por suerte, tan sólo quedó un poco chamuscada. Parecía que el otro corredor estaba herido más gravemente. Los sanitarios le llevaron en una camilla a la tienda- enfermería. Unos empleados arrastraron de la pista lo que quedaba de los dos vehículos.

Todo había sucedido con pasmosa rapidez, mucho más de prisa que lo que se tarde en contarlo. Los demás automóviles se habían agrupado en la salida, y un andante, vestido con un mono anaranjado, iba y venía, empujando a unos y otros para ayudarles a arrancar. Alrededor de la pista volvían a zumbar los motores.

Lentamente me marché. Estaba aturdido. Aquellos jóvenes pilotos eran algo increíble; intrépidos, osados y excelentes conductores. Debían de pensar lo mismo que la mayoría de nosotros: ¡nunca me pasará nada!

Encontré mi automóvil, partí y me dirigí por la autopista, hacia Pittsburg. Durante algún tiempo continué oyendo el rumor de la carrera. Desde lejos semejaba un enjambre de abejas zumbando alrededor de la colmena.
CAPÍTULO XVI

Llegué a Indianápolis y me dirigí en seguida al hotel. Al día siguiente llamé a Pop Meyers. Cuando supo que me interesaba ver la pista del autódromo, me dijo que iría a buscarme media hora después.

Me cambié de ropa; bajé al vestíbulo y encontré a Pop, que con puntualidad americana estaba esperándome. Le reconocí en el acto, por las muchas fotografías de todo lo relativo a Indianápolis había visto. Era igual que en ellas: carra llena y bien afeitada, cabellos blancos y unos amables ojos azules tras unas gafas sin montura.

Le saludé, tomamos unas copas y hablamos de las carreras europeas. Después nos fuimos en su “packard”.

El autódromo está a unos diecisiete kilómetros de la ciudad. Durante el camino empezaba a llover, y cuando llegamos, una ventolera azotaba la pista. En aquel momento la vista era deprimente. El enorme óvalo con enormes hileras de vacíos asientos, el conjunto de la inmensa construcción de ladrillo, la pista brillante por la lluvia, y en último término, desnudos árboles que se doblegaban por la fuerza de la borrasca: sólo tenía cualidades de ruina, como si fuera un desierto circo romano.

- ¡Ah, si lo viera durante las carreras! – exclamó Pop Meyers con un amplio gesto de la mano-. ¡Ciento setenta mil espectadores sentados por todas partes! Incluso en los árboles. Los chicos trepan a los mástiles de las banderas. Se abre aquella gran puerta y la banda militar entra tocando. El año pasado tocaron seis bandas. Dan una vuelta a la pista y después se detienen ante la tribuna principal. Todo el mundo se pone en pie y guarda tres minutos de silencio en memoria de los que han entregado sus vidas en aras del deporte.

Abajo, a lo largo de la pista, soportaban la lluvia unas barracas de madera destinadas a garajes, boxes y almacenes de repuestos.

- Tendría que haberlos visto – dijo Pep Meyers, señalando los tristes barracones, que parecían restos de una feria rural – hace tres semanas, un poco antes de la carrera. ¡Qué hermosos eran! Aquellos días, los muchachos están siempre allí, trabajando día y noche, con el afán de apurar sus máquinas. La mayor parte conduce vehículos de la misma marca, pero cada uno se las arregla para modificar algún detalle, para introducir alguna invención suya en que depositan sus esperanzas. Veinte mil dólares, señor Caracciola, es una buena cantidad de dinero para aquellos chicos. Todos trabajan semanas y semanas con el sólo incentivo de aquella esperanza. Algunos han tenido que esperar años y años.

“¡Y los entrenamientos, señor Caracciola! Tendría que estar aquí cuando el comité regulador dirige las vueltas de clasificación y los muchachos esperan a lo largo de la pista. En el momento en que un corredor queda, por cualquier causa, fuera de la pista, todos corren a ocupar su puesto. Basta con que el jefe de un equipo castañetee los dedos para que se presenten diez, veinte chicos dispuestos a arrancar; chicos a quienes no les importa un comino sus propias vidas y que arrancan como si fueran unos posesos. Alguna vez sucede que algunos de estos jóvenes conductores de los que nadie sabía nada, se lleva a su casa un premio. Nuestro lema es: “¡Démosle una oportunidad!”

Me asombré. ¡Qué maravilloso país y qué maravillosos sistema! Recordé cuán difícil me había sido convertirme en corredor. ¡Qué largo y áspero camino recorrí antes de que me dejasen ponerme al volante de un automóvil de carreras! Aquí le basta a un jovenzuelo con presentarse, y con un poco de suerte podía conseguir la victoria.

La lluvia arreciaba. Nos guarecimos en el automóvil y regresamos a la ciudad. Durante el camino, Pop Meyers me explicó muchas más cosas acerca de su autódromo; yo pensaba en mis primeros tiempos con Alfa y en los malos ratos que los veteranos de aquella casa me hicieron pasar.

CAPÍTULO XVII


Nunca había pensado en abandonar mi profesión. Pero ahora comprendía que si fallaba en otra carrera – si mi pierna no resistía- , no podría hallar una alternativa. Tendría que abandonar definitivamente la pista.

La siguiente carrera tuvo lugar en Trípoli, en la primavera de 1935. Debíamos embarcar en Nápoles, donde fui sólo en mi automóvil. Al pasar por Brescia rememoré las Mil Millas. Una vez logré ganar aquel premio, algo que parecía imposible para los extranjeros.

Obtuve la victoria con un blanco Mercedes SSK, y pasé por Berscia loco de contento.

También estuve allí hace tres años, cuando empecé a conducir para Alfa. Reviví aquellos momentos… la avería en Verona, y cómo mi mecánico y yo en plena madrugada, recorrimos aquella ciudad desconocida en busca del representante de Alfa Romeo. Por fin dimos con él y llamamos a la puerta de su casa hasta que logramos que se despertase. Apareció descalzo, embutido en un largo camisón blanco. Tan pronto como nos reconoció se dio enorme interés en ayudarnos; se puso un pantalón y nos proporcionó un Fiat con el que llegamos a Brescia, meta de la prueba, cuando acababa de salir el sol. Las tribunas estaban vacías y en el frío amanecer parecían totalmente desiertas. Los últimos automóviles habían llegado la tarde anterior; nadie nos esperaba. Estábamos a punto de marcharnos cuando una pequeña figura femenina se dirigió hacia nosotros. Había permanecido toda la noche acurrucada en un rincón. Vino corriendo.

Era Carlota. Me abrazó apretando su cara contra la mía. Temblaba; su cara estaba fría como el hielo. Sus lágrimas me humedecieron las mejillas. Carlota comprendió entonces cuán duro es ser la esposa de un piloto…

Bien, todo aquello estaba muy lejos… muy lejos… Ahora había partido de Bolonia, por Florencia y Roma, en dirección a Nápoles, y luego embarcaría para Trípoli, donde tenía lugar la próxima carrera. Para mí era necesario ganarla; constituía para mí algo vital.

Por dondequiera que pasara enormes carteles anunciaban la Lotería de Trípoli, la gran lotería de treinta y seis millones que se hacía en combinación con los resultados de la carrera. En cada esquina, un viejecito, o una mujer, o un inválido, vendía billetes a doce liras. Todos los italianos habían apostado en aquella carrera.

En Nápoles encontré a los demás: Brauchitsch, Fagioli y Neubauer. Habían llegado medio día antes, y anaquel momento se dedicaban a beber unos vermuts en el bar del hotel. Me recibieron con gran alborozo, pues no nos habíamos visto desde Monza, ya que durante el entretiempo había realizado mi gira por los Estados Unidos. Cenamos en el hotel y embarcamos muy pronto. Zarpamos a las diez de la noche.

Llovía. No se veía ninguna estrella, solamente las luces del muelle; y en el negro firmamento se reflejaban las llamas del Vesubio.

Parecía como si el buque hubiera sido fletado tan sólo para los conductores. También habían embarcado los de Auto Unión y los de la Escudería Ferrari, que conducían automóviles Alfa Romeo. Nos reunimos en el bar de la cubierta superior, y allí bebimos y revivimos muchas cosas pasadas.

Neubauer se sentó sobre una pila de salvavidas y, a guisa de Neptuno, nos soltó una arenga. Los italianos bebían chianti como si les pagaran a destajo, y cuanto más avanzaba la noche más gritaban y alborotaban todos. Hice esfuerzos por portarme del mismo modo, más me cansé y salí a cubierta.

El viento soplaba fuerte; una cortina de espuma partía de la proa. El mar tenía un color negro y profundo. Me dirigí a la cubierta superior de segunda clase, en donde, cubiertos de lonas grises, estaban nuestros automóviles. Sobre ellos lucía una linterna que pendía de un mástil. Parecían un rebaño de enormes corderos dormidos.

Junto a nuestros vehículos se hallaban los de Auto Union y los Alfa Romeo. Me adentré en el grupo de automóviles y curioseé. Se acercó a mí un hombre: un mecánico de Alfa que estaba de vigilancia. Le conocía de vista, por mi estancia en Milán.


  • Buenas noches, señor Caracciola. “Tuto bene”?

  • Sí, gracias.

Nos recostamos en la barandilla.

  • ¿Cómo van los Alfas de dos motores? – le pregunté.

  • Los motores muy bien – repuso -, pero los neumáticos se gastan mucho, me parece que por mucho peso.

Le ofrecí un cigarrillo y también encendí otro.

Estuvimos un rato mirando las negras aguas que surcábamos rápidamente. Después volví a la cubierta inferior.

Me senté en un rollo de cuerda y continué absorto mirando la inmensidad del mar. El barco dejaba tras sí dos estelas de espuma. Podían verse unos momentos; luego desaparecían engullidas por la oscuridad de la inacabable noche. Desde el bar llegaban fuertes voces. No pude entender de qué hablaban, aunque me di cuenta de que todo el mundo estaba alegre. ¿Regresarían todos de Trípoli? ¿O abriría la muerte otro hueco en nuestras filas?

¡Qué pocos quedaban de los que empezamos hacía doce años! Stuck, Brauchitsch, Varzi, Nuvolari, Chiron. Los demás eran muchachos pertenecientes a una nueva generación. El estar detrás de un volante devora rápidamente la vida de un hombre. Es algo así como si el corazón del motor acelerase nuestras vidas hasta su propio ritmo; como si nuestra sangre y nuestros nervios se agotaran más de prisa.

Muertos, estrellados, retirados… Sí, algunos retirados; ¿pero qué se hace entonces? ¿Verse transformado en un ciudadano como los demás? ¿Cuidar flores en cualquier apacible rincón, o empezar la aventura de los negocios? Se hace muy difícil poderse imaginar todo esto, casi imposible de imaginar. Pero entonces, ¿qué es lo que hay que hacer?

Para nosotros la vida tiene una sola finalidad: hacer acopio de las últimas energías y continuar luchando hasta el final.

Supongamos que mi cuerpo fallara; que mi pierna no resistiese, esta vez, la siguiente, las otras. O que, por hacerse uno viejo, no pudiese estar al nivel de los jóvenes que le apartan del camino. Que uno estuviese gastado, acabado, quemado. Entonces, ¿qué?

A lo lejos empezaba a despuntar el día. Era una mañana gris. Tuve un escalofrío y descendí al camarote.

Subí a cubierta a las once. Las nubes habían desparecido y la mañana era brillante, soleada. Mis compañeros estaban en cubierta, tumbados en unas butacas. Neubauer permanecía entre ellos. Se había echado el sombrero sobre la cara y tenía la barriga al aire. Se dedicaba a exponer la estrategia de las carreras. Se dirigía hacia donde se encontraba Fagioli, porque le consideraba posible vencedor.

Por la mañana siguiente divisamos la costa, y muy pronto apareció Trípoli ante nuestra vista. El viento soplaba desde el sur y arrastraba un calor seco y sofocante que oprimía los pulmones y hacía sudar por todos los poros del cuerpo.



El cielo tenía un color gris amarillento, y bajo aquel cielo, la ciudad parecía francamente blanca. Al acercarnos vi que el aire estaba cargado de polvo, un polvillo rojizo, que irritaba los ojos y hacía rechinar los dientes a cada palabra que pronunciaba.

  • Esto es sabor a África – dijo Fagioli riendo.

En el puerto había una hilera de coches de caballos de una sola plaza. Cada uno de nosotros alquiló uno, y todos nos dirigimos al hotel. Recorrimos una espléndida avenida que seguía la playa, con blancas casas y cúpulas a un lado y el mar al otro. La avenida lucía una espléndida hilera de altas palmeras agitadas por el viento. Mas el “ghibli” tenía sobre la escena un velo de polvo que extinguía todos los colores.

El magnífico hotel estaba decorado con madera de cedro y mármoles. Era un edificio construido por el gobierno italiano. Apenas llegué, subí a mi habitación, pero no pude pegar un ojo en casi toda la noche. El terrible calor me oprimía el pecho como si fuera un saco de arena húmeda. Varias veces, al encender la luz, vi cómo unas nubecillas de polvo rojizo flotaban sobre el suelo de la habitación.

Los entrenamientos empezaron la mañana siguiente. La pista estaba alejada de la cuidad entre inmensas salinas. En la meta se levantaba una alta torre blanca como la nieve que sobresalía de los graderíos de piedra como un obelisco.

Todos los participantes acudieron el primer día de los entrenamientos. Continuaba soplando el “ghibli”, pero no con la misma fuerza que el día antes. Mas el polvillo rojo aún no se había disipado.

Los de los Alfa arrancaron primero. Cuando aquellos pequeños automóviles rojos desaparecieron tras la cortina de polvo de la arena del desierto, llegó nuestro turno. Primero Fagioli, después yo y por último Brauchitsch. Fagioli tomó la delantera y aumentó la velocidad vuelta a vuelta. Tras de mí, por el espejo, , veía a Brauchitsch. Durante la sexta vuelta éste se detuvo, y el la octava vi que Fagioli también se detenía en el box. Entonces decidí acelerar. Al correr la décima vuelta el coche se estremeció con una sacudida: el neumático de una rueda trasera había estallado y colgaba en tiras. Tuve que detenerme ante el box.


  • ¿A que velocidad iba? – pregunté mientras me quitaba las gafas-

  • Tres minutos cuarenta y cinco segundos – me dijo el mecánico -. La vuelta más rápida.

Miré a Neubauer.

  • ¿Par qué? – tronó -. ¿Qué pasará si todos los neumáticos estallan?

Dietrich, el especialista de Continental, estaba de pie a mi lado. Su bigotuda faz mostraba aspecto de preocupación.

Es el calor –dijo -: se come la goma.

Cerca de nosotros se preparaban para salir los automóviles de Auto Unión. El ruido de los motores impedía toda conversación. Por fin arrancaron, Varzi el primero y Stuck inmediatamente después.

Neubauer controló la salida con su cronógrafo. Permaneció de pie mirando atento la pista. Contemplé el neumático destrozado. Estaba bastante mal: la cubierta había saltado y quedaba al descubierto la tela interior.

Dietrich vino a mi lado.


  • Si esto le ha sucedido a usted, señor Caracciola, tenemos que suponer que a los otros les sucederá lo mismo.

Un lejano zumbido se convirtió en un gran estruendo. Eran los automóviles de Varzi y Stuck.

  • Tres minutos cincuenta y dos – exclamó Neubauer -, con salida parada

Varzi y Stuck dieron vueltas y más vueltas. Parecía como si entre ambos disputasen una carrera privada. Corrían ya la décima vuelta, en apariencia sus neumáticos no acusaban el esfuerzo.

En nuestro box reinaba un silencio absoluto. Habíamos entrado en él para guarecernos del calor y del “ghibli”. Solamente Neubauer permanecía fuera, aguantando el ardiente sol y midiendo las velocidades que obtenían los conductores de Auto Union. Se había echado el sombrero hacia atrás, y dos grandes manchas de sudor se marcaban en la espalda de su camisa gris. Dio la vuelta y vino hacia el box. En su rostro se acusaba excitación.



  • La vuelta más rápida de Varzi, tres minutos treinta y seis segundos. La de Stuck, tres minutos treinta y cuatro – dijo entre dientes dirigiéndose a nosotros. En aquel momento pasó Stuck y el rugido de su motor atronó todo.

  • ¡Tres treinta y tres! – gritó Neubauer sin volver la cabeza. Su excitación no le hizo descuidarse de cronometrar aquella vuelta.

Se dieron por terminados los entrenamientos de aquel día y nos dirigimos al hotel.

Por la tarde nos reunimos n el vestíbulo del hotel, un lugar tranquilo y fresco. Las cortinas estaban echadas; se podía oír el suave murmullo de una fuente en el patio. Afuera el “ghibli” continuaba soplando.



  • Tendremos que cambiar tres veces de ruedas – dijo Neubauer, pegando golpes con un lápiz en la mesa de mármol -. Sí, señor von Brauchitsch: he dicho tres veces..
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