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Brauchitsch, aún soñoliento, dijo que bueno.

Neubauer empezó a teorizar:



  • Esto significa, señores, que por lo menos tendremos que perder un minuto tres veces, porque aunque logremos igualar nuestro récord de treinta segundos por rueda es preciso calcular sobre la base de un minuto, habida cuenta del paro, salida y alguna cosa más. Y ahora, señores, escúchenme. Estoy seguro de que Auto Union sólo tendrá que cambiar dos veces. Sí: por lo que he comprobado hoy, pueden acabar con sólo estos dos cambios. Podrán comprender fácilmente ustedes lo que esto significa. Pase lo que pase, tendremos desde un principio un minuto de desventaja. El minuto que nos veremos obligados a perder en el box.

Dirigió una mirada a cada conductor. Todos callamos.

Todo lo que nos explica tiene mucho sentido, pensaba yo. Pero, no obstante, hay muchos imprevistos… podrían ocurrir muchas cosas en una carrera. Por ejemplo, que mi pierna no resistiera… y otra vez recaía en mi obsesionante problema.

Neubauer inclinaba la cabeza sobre su block de notas. Estaba efectuando cálculos.


  • Por consiguiente, señores, tendríamos que dar las vueltas en un segundo y medio más de prisa que los demás si queremos conservar alguna posibilidad.

  • Si no, ir más despacio y así no desgastar tanto los neumáticos – dijo Brauchitsch, levantándose y yéndose hacia el bar. Neubauer hizo un ruido de desaprobación con la boca, y con eso se dio por terminada la lección teórica.

Por la noche fuimos al barrio indígena. Paseamos por aquellas estrechas callejuelas y entramos en un café en que, según se decía, bailaba desnuda una muchacha árabe. El lugar era caluroso, lleno de humo y de soldados coloniales italianos. La muchacha no era árabe y bailaba mal. Además, no iba desnuda.

Bebimos café turco mientras Neubauer volvía a calcular las revoluciones por minuto máximas que podíamos lograr sin peligro para los motores. No fue una noche muy divertida.

Por último les dije adiós y fui solo donde estaba aparcado mi automóvil. Monté y di una vuelta por la costa, por los alrededores de la ciudad.

Brillaba la luna, pero el “ghibli” continuaba soplando, y me encontré rodeado de polvillo. La luz de la luna se hacía incierta al atravesarlo, de manera parecida a la niebla nocturna del norte de Europa. Me dirigí a la pista y di otra vuelta por ella. Fui muy despacio, reconstruyendo todas las observaciones hechas durante los entrenamientos. En cierto momento paré, salté del automóvil y quité una piedra del centro de la calzada. Podía suceder que por la mañana la brigada de limpieza no se diera cuenta de ella. Me quedé un rato allí escuchando el murmullo producido por la resaca, que llegaba a mis oídos por encima del viento. Tenía el mar al alcance de la mano.

Volví a subir al automóvil y regresé. Todo aquello me había tranquilizado un poco. El día siguiente podía ser el que lo decidiera todo, y era mejor cualquier decisión que la incertidumbre de los pasados meses. Sería desde luego una verdadera mala suerte que fallase el motor o que un reventón me obligase a abandonar la carrera. Entonces habría de volver a esperar. Y no había nada peor que aquella espera.

CAPÍTULO XVIII


La carrera de los millones de liras estaba señalada para el día siguiente. El “ghibli” no nos abandonaba. Cuando nos colocamos en la línea de salida, el cielo tenía un color amarillo como el azufre.

Esperamos de pie al lado de los automóviles. Desde las tribunas llegaba el intermitente sonido de las bandas de música, interrumpido a veces por el rugir de un motor, y en la caseta de los cronometradores se sorteaban los puestos. Traté de escuchar un momento: quería saber quién se cuidaba de mi clasificación; pero no pude entender ni una sola palabra. De los altavoces brotó la voz del locutor que llegaba a nosotros como ininteligibles ladridos.

Estábamos esperando al Mariscal Balbo, el gobernador. Me cupo en suerte estar en la tercera línea, al lado de Varzi. Finalmente el mariscal llegó, precedido por una escolta de doce motocicletas, y entró en el circuito precedido por una escolta de doce motocicletas, y entró en el circuito en su gran automóvil. Tocaron “Giovenezza”. El público se puso en pie y los soldados alineados al pie de las tribunas adoptaron la posición de firmes.

Balbo se paró justamente al lado de los pilotos. Pasó entre las filas, se detuvo ante cada uno de nosotros y nos dirigió algunas palabras. Conmigo habló en alemán:



  • ¿Vuelve usted a estar en buena forma?

  • Sí. Excelencia.

  • Muy bien – me dijo - . “In bocca lupo!” – y continuó pasando entre nosotros. Era un hombre delgado, de talla mediana, con el cabello y la barba cobrizos. Andaba muy erguido, con pequeños pasos rápidos. Subimos a nuestros automóviles.

El gran reloj situado encima de nuestros boxes señalaba las tres menos tres minutos. Cuando faltaba un minuto, el mariscal Balbo dio una orden a uno de los soldados que hacían guardia a sus espaldas. El soldado saltó a la pista y corrió.

Se pusieron en marcha los motores, y los mecánicos se hicieron a un lado.

La pista estaba libre. Balbo levantó la bandera. Aparté de él mi vista y la fijé en la luz situada en la tribuna de los cronometradores. Creo que este sistema es más rápido, pensé. En cuanto aparezca la luz verde, salir. Aparte de esto, no pensaba en nada más. Cuatro, tres, dos… ¡luz verde! Embragué y el automóvil salió disparado adelantando a los demás. Estaba en cabeza tan sólo arrancar.

Entré en la recta a todo gas. Todo se había ejecutado automáticamente, como tantas otras veces, puesto que cada movimiento había sido ensayado. Además, conocía tan bien la pista que habría podido conducir dormido.

La blanca torre, las tribunas, los boxes, habían quedado atrás. No hubo ninguna señal en los boxes durante la primera y segunda vueltas; cuando la tercera, por primera vez:
CAR

NUV


VAR
Por consiguiente, los italianos me seguían. Se produciría una dura batalla si aumentasen la velocidad. Tenía que ir más rápido, más rápido… Cuarta vuelta:
CAR

VAR


NUV
El de Milán había adelantado, pues, nuevamente al de Mantua. Me pisaba los talones y era un gran adversario. ¡Además en un Auto Union!

Vuelta sexta: otra vez la blanca torre, la enorme estructura de las columnas. De pronto la rueda delantera izquierda pareció adelgazar y oí cómo algo colaba detrás de mí: la cubierta se había desprendido. Quité gas y frené cuando estaba delante del box.

Un automóvil me pasó: Varzi.

Tomé un trago de agua, me enjugué la frente con una toalla húmeda… llegaron zumbando los vehículos de Stuck y Fagioli. Unos cuantos golpes más del martillo de cobre en la rueda delantera y arranqué. Perdí veinte segundos; gracias a Dios, tan sólo veinte. Stuck y Fagioli no estaban muy lejos aún. Atravesaba la nube de polvo que habían dejado detrás en el viraje.

Otra vuelta: VAR, CAR-13. Había recuperado, pues, siete de los veinte segundos perdidos. Y Varzi quizás tendría que parar.

Aún continuaba corriendo la octava vuelta, por la recta que bordea la playa. Noté una gran sacudida en el automóvil. No pude ver lo que era pero lo sentí muy bien. La banda de rodadura de un neumático posterior se había desgajado. Aún podía conservar el dominio del automóvil. ¡Despacio pues! Un automóvil blanco me pasó: Stuck o Fagioli, no podía asegurar cuál de los dos. Entonces empecé a darme cuenta del calor que hacía. Tenía la ropa pegada al cuerpo y los labios secos y resquebrajados.

¡A box! Neubauer gritó, levantando los brazos al cielo, pero no podía oírle. Tenían que cambiarse las cuatro ruedas. ¡Llenar el tanque, también! Empleamos en esto un minuto y diez segundos. Durante aquellos momentos pasaron ocho automóviles. Primero tres, aislados, y después los restantes en grupo. Fui a pasar al décimo puesto.

Sentía cierto temblor interno. Uno de los mecánicos me gritó al oído:



  • Los neumáticos de los demás también se harán papilla. ¡Ya lo verá! ¡Al tiempo!

Neubauer, con cara de muy mal humor, no paraba de mirar el cronómetro.

Un minuto y diez segundos. Tan pronto arranqué, un automóvil blanco me adelantó, como un rayo, en plena curva: Varzi, de Auto Unión. Acababa de batirme en una vuelta completa. Me sería ya imposible atraparles y recobrar aquella vuelta perdida. Era realmente desesperador, y sólo seguía corriendo por el honor de la casa.

Acorté distancias poniéndome a la rueda de Varzi; después le pasé, ¿pero había alguna utilidad en ello? El calor era inaguantable. La cabeza me zumbaba y mi lengua estaba tan seca como una tira de cuero. Estaba rabiando de sed, y no tenía ninguna esperanza de poder hacer nada.

No esperaba esto. Pensaba que el destino me reservaba aquel día una respuesta clara. Y la realidad era que iba quedando atrás por el absurdo accidente de un neumático reventado. La pierna respondía por el momento. De vez en cuando me dolía un poco la coyuntura de la cadera, pero no tanto como para fastidiarme. La sed era mucho peor.

Continué guiando. No sabía qué puesto ocupaba en la clasificación. Estaba en la pista, sí; ¿pero en qué puesto? El box guardaba silencio, no me hacían ninguna señal. Ya no se preocupaban por mí.

Duodécima vuelta… Varzi se dirigió a box y paró. Probablemente debía de ser también cuestión de los neumáticos. ¡Ah, que sepan los de Auto Unión lo que se siente cuando a uno se le despoja del liderato! Al pasar vi las señales de nuestro box: Fagioli iba primero con una ventaja de treinta y seis segundos… Bien; siquiera alguno de los nuestros iba delante.

Junto a la gran curva, entre las pitas de la maleza, estaba un automóvil volcado con las ruedas al aire. Cien metros más lejos, dos sanitarios llevaban a alguien en una camilla. ¿Quién era? ¿Muerto?, ¿herido? Un instante después los perdí de vista.

Vuelta dieciséis… Otra vez aquella sacudida. No necesitaba mirar para saber lo que había sucedido: otro neumático trasero. Estaba un poco antes del comienzo de la gran recta al lado del mar. Allí estaba un box de emergencia. Fui para allí. Vieron desde lejos cómo venía y literalmente saltaron sobre el automóvil. Bebí con avidez el agua templada que me dieron.



  • ¿Quién ha ido a parar dentro de las pistas?

  • Brivio.

  • ¿Muerto?

  • No…

  • ¿Mal herido?

El mecánico se encogió de hombros. No lo sabía.

Los automóviles continuaban pasando. Blancos, rojos, de uno en uno, a pares, luchando por sus puestos. En aquel depósito trabajaron con rapidez, y en menos de un minuto volví a rodar por la pista.

Un minuto, lo que significaba que por lo menos llevaba cuatro minutos de retraso con respecto al primero. No servía para nada, pero tenía que continuar. No tendría que haber bebido tanta agua. El sudor corría por todo mi cuerpo y tenía la boca tan reseca como antes.

Vuelta dieciocho… Había mucho bullicio en boxes. Se veía que muchos automóviles se habían visto forzados a parar. Adelante, adelante. En el kilómetro 8, junto al mojón indicador, ardía un automóvil al lado de la pista. Un automóvil blanco; es decir, un alemán.

Vuelta veinte… Una señal desde el box, la primera después de tanto tiempo. ¡Gracias a Dios!

VAR


FAG

DREY


CAR- 2´36

Por consiguiente, estaba situado en cuarta posición. Había recuperado un minuto y veinticinco segundos en menos de cinco vueltas. ¡Muy bien! Por consiguiente, aún quedaban esperanzas. Existía la sombra de una oportunidad. Esto hacía preciso agotar todo lo que pudiera dar de sé el automóvil. Iba tan veloz que parecían parados los pequeños Alfas que adelanté. Alcancé, al menos, los 270 kilómetros por hora. Durante la vuelta veinticinco, nuevamente otra señal para mí en el box. Estab en segunda posición detrás de Varzi, que llevaba un minuto y treinta y dos segundos de ventaja. Por lo tanto, había ganado otro minuto y cuatro segundos en las últimas cinco vueltas.

¿Convenía aumentar aún más la velocidad? No, calma. Piensa con claridad, con exactitud, me decía. Si apretaba más, mis neumáticos estallarían nuevamente. No tendría tiempo de cambiar, pues la carrera acababa en la vuelta cuarenta. Después de la vuelta veintisiete me dirigí al box para cambiar las cuatro ruedas. Tenía que ser la última vez. Con ellas pensaba correr hasta el final.

El mismo Neubauer me puso una toalla mojada en la cabeza.



  • Andas muy bien, Rudi – me dijo -. Continúa así.

  • ¿De quién es el auto que se quema?

  • De Stuck.

Las ruedas fueron cambiadas en tiempo récord, en menos de un minuto. Corría otra vez. Durante aquellos segundos nadie me había pasado. Varzi llevaba la delantera por un minuto y cuarenta y cinco segundos. Con los nuevos neumáticos aumenté la velocidad, hasta el punto de que Neubauer, con ademanes, me indicó desde el box que fuera más despacio.

En la vuelta treinta, mi distancia a Varzi había bajado a cuarenta y dos segundos. Tómatelo con calma, me dije; mantente así. Ahora los neumáticos tienen que durar ¡hasta el final! Por el espejo vi que me seguía un automóvil rojo. La distancia que nos separaba disminuía. ¡Era Nuvolari!

Reflexioné rápidamente. Si le dejaba pasar con su Alfa, no sería realmente una amenaza para mí; y por otra parte, aquellos dos viejos antagonistas, furiosos rivales de siempre, se enzarzarían en una lucha entre los dos, y en ella, Varzi quizás perdería sus últimas reservas.

Dejé que Nuvolari me pasara en el viraje, y así comenzó la lucha entre aquellos dos. Durante dos vueltas, ambos estuvieron corriendo rueda contra rueda. Una y otra vez el de Mantua intentaba adelantar a Varzi, y una y otra vez volvía a retrasarse.

Nuvolari tuvo que detenerse por la cuestión de los neumáticos. Desde el box me indicaron nuevamente:

VAR


CAR

Pero la distancia entre nosotros dos se había alargado en un minuto.

Vuelta treinta y cinco. ¿Qué es lo que yo había calculado mal? ¿Es que Varzi estaba conduciendo con neumáticos de acero? ¡Ah! Tuvo que detenerse en el depósito de emergencia. Pero arrancó antes de que pudiera darle alcance. Sin embargo, la distancia se había reducido a catorce segundos.

Aún faltaban cinco vueltas más. El coche de Varzi ya estaba delante de mí; podía verle y alcanzarle. ¡Debía alcanzarle! Tenía que aumentar, pues, la velocidad, sin temer las consecuencias que ello me pudiera reportar. El blanco automóvil de Auto Unión me precedía cien metros. Vuelta treinta y ocho… ¡Lo alcancé! En la curva le adelanté: pero aún no estaba todo acabado, pues iba pegado, a mi rueda, tan cerca, que veía su rostro a través del retrovisor. No lograba despegarme. No había sistema de evitar que estuviera pegado a mi cogote. Cuando volví a pasra por delante de box me indicaron:

CAR

VAR


Pero comprendía que lo que hacía el de detrás era ir a mi ritmo y esperar el momento oportuno para atacarme.

Vuelta treinta y nueve:

CAR

VAR


Tampoco esta vez nos daban referencias de tiempos, tan juntos íbamos. Empezamos la vuelta cuarenta. Cuando pasamos ante las tribunas vi que el público estaba de pie gesticulando. Venía ya la gran curva y, después de las tribunas, la recta al lado de la playa…y por último mi perseguidor abandonó la lucha. El automóvil blanco había desaparecido del espejo. Solamente veía entonces la blanca torre, las tribunas… ¡la meta!

Fue tan grande el ímpetu con que realicé aquel esfuerzo que hube de dar una última vuelta, aminorando la velocidad para poder detenerme por fin en el box.

Durante unos momentos estuve como paralizado. El motor había callado. Todo estaba extrañamente tranquilo a mi alrededor. Me quité las gafas y miré hacia las tribunas. El público estaba aún inmóvil, mirando fijamente a la pista y me hicieron señas; los demás esperaban a Varzi.

Y de repelente me vocearon los nuestros, Neubauer y los mecánicos, y entre ellos mi entrañable Waiz. Aquel muchachote estaba fuera de sí: me arrancó literalmente del asiento, me abrazó, me estrujó y me besó en ambas mejillas. Dos mecánicos me subieron en hombros y, de esta manera, me llevaron hasta el box. No paraba de estrechar manos por todos los lados, pero aún me sentía entumecido.

De pronto me di cuenta: ¡Victoria! ¡Gracias, Dios mío! Era algo indescriptible, imposible de comparar con nada… con nada. El sol… la gente… todo era bueno, ser yo mismo, sí, esto era lo más maravilloso.; volvía a ser el de antes, podría luchar como los demás: Podrían venir días buenos o tristes; vendrían victorias y derrotas; tendría contrarios importantes y débiles; estaría contento o me sentiría desgraciado. Mas lo esencial era que continuaba existendiendo: Había desaparecido la sombra que oscurecía todo. Volvía a contar entre mis camaradas.
¡Ah, antes de que se me olvide! El jefe de los ordenanzas del Ministerio de Hacienda, Gaetano Giacomini, había apostado al mismo número que había correspondido a mi automóvil. El billete le costó 10´50 liras en vez de 12. Pasó toda la carrera, junto con su familia, pegado a un receptor de radio. Había prometido a sus amigos que si ganaba el premio de seis millones de liras repartirían entre ellos un millón. Antes de la vuelta veinte, empezó a lamentarse de que había perdido. Después, cuando hube ganado, poco menos que enloqueció. Pidió permiso a su jefe, y la familia salió de la ciudad. Quizás por superstición, quería comprobar el automóvil con que había ganado. Así que, por cosas del azar, le convertí en seis veces millonario.

CAPÍTULO XIX


¡Luchas y victorias, éxitos y fracasos! Antiguos compañeros desaparecían; otros nuevos entraban en la lid. El ritmo se apresuraba; la batalla era más dura, más implacable, a medida que pasaba el tiempo. En 1935 la suerte estuvo de mi parte, pues vencí en siete Grandes Premios y dos grandes pruebas más, con lo que me proclamé campeón de Alemania y campeón de Europa.

En 1936 el joven Bernd Rosemeyer cosechó victoria tras victoria. El campeonato de Europa fue suyo.

El 1937 fue para mí un año muy importante. Aquel año gané mi más importante premio: mi mujer. Una mujer a la que conocía desde hacía muchos años. Durante algún tiempo formó parte de la pléyade de aficionados europeos a las carreras de automóviles. Todos nosotros la queríamos y respetábamos, tanto por su constancia como por su ayuda. Alicia Hoffmann-Trobeck era tan conocida por su facilidad en hablar diversos idiomas como por su maestría en el uso de los cronógrafos. Nadie podía superarla en el manejo de un cronógrafo doble, con el que registraba todos los tiempos de todos los corredores. En fin, que manejaba el reloj con igual maestría que yo el volante.

Había estado en Montecarlo cuando sufrí aquel terrible accidente. Fue intérprete mío y de la casa en las conversaciones con los doctores de la clínica.

También había ido a Arosa, con mi hermana Ilse cuando murió Carlota; y cuando conducía de nuevo, estuvo cerca de mí en todas las competiciones.

En el transcurso de los cuatro años siguientes la vi repetidas veces, en carreras, o en París, o en Berlín, y fui dándome cuenta de que era la compañera ideal para mi vida. Cuando regresé de América estaba convencido de ello. Tenía que transformarse en mi mujer; en “Baby” Hoffmann-Trobeck. En nada más.

Baby es la más sensata, la más optimista de las personas. Es pequeñita; muchas veces me he preguntado de dónde extrae tanta energía y fibra esa frágil criatura.


  • Es fácil comprenderlo – dice -: soy una mezcla de sangre de vikingos y acero sueco.

Ríe al decirlo, pero es cierto. Ha soportado toda la tensión que representa nuestra nómada existencia, y también, sin quejarse, se conformó con mi vida siempre expuesta a inesperados accidentes. Siempre se mostraba confiada, llena de esperanzas, siempre segura de que el sol reaparecería tras las más oscuras nubes.

Nos casamos en junio, en Lugano. Mis amigos, el doctor Guillermo Haspel, que más tarde fue dierector general de Daimler Benz AG, su esposa Bimbo y Hans Joachim Benet, el popular corredor de grandes distancias, fueron nuestros testigos. Aquel mismo día fuimos a nuestro nuevo domicilio. Era increíblemente hermoso. Estaba situado en el magnífico Tessino. Y además, iba allí con una mujer que me cuidaba me proporcionaba la paz y tranquilidad que precisaba para continuar estando en mi mejor forma.

La noticia de nuestro casamiento cayó como una bomba. Nadie había sospechado que Baby se casaría otra vez, u nadie se había percatado de que ella y yo tuviésemos planes en tal sentido.

Tres días después de nuestro casamiento fuimos a Bermen, de paso para Nueva York, donde pensaba participar en la competición Roosevelt. Cuando pasamos por el muelle, los compañeros de Auto Unión y Mercedes estaban en la barandilla mirándonos con anteojos. También estaba allí el nuevo matrimonio Rosemeyer, el pequeño Von Delius y el jefe de carreras doctor Feuereissen, así como también Dick Seaman y Alfred Neubauer. Éste se sentía realmente encantado de vernos unidos.



  • Siempre creí que madame Hoffmann debiera venir con nosotros a Nueva York para ayudarnos – dijo -. ¡Y ahora resulta que Rudi se ha casado con ella a la chita callando y nos la ha traído!

A primeras horas de la mañana, Bernd Rosemeyer irrumpió en nuestro camarote para entregarnos un hermoso jarro de peltre como regalo de bodas. Fue él quien ganó aquella carrera en un Auto Unión; Seaman, con Mercedes, quedó en segundo lugar. Yo fui en cabeza desde la salida, pero al final tuve que abandonar porque se me estropeó el compresor. ¡La vida me enseñó otra vez que todo no eran flores! El primer premio era de 20.000 dólares. ¡Lo bien que nos hubieran ido para la instalación de nuestra nueva casa!

- Bueno, también ese muchacho podrá emplearlos muy bien – me dijo Baby -. Va a poner casa y le hará falta un montón de cosas.

Más adelante gané los Grandes Premios de Alemania, Suiza y Checoslovaquia, y la primera parte del Avus. A finales de temporada, dos segundos lugares y algunas otras honrosas clasificaciones.

Fui proclamado campeón de Europa, campeón de Alemania y, sobre todo, fui un esposo feliz. Todo aquello transcurrió durante aquel tan importante año 1937.

En la fábrica estaban trabajando con gran intensidad. Las energías y posibilidades de los técnicos e inventores estaban rindiendo al máximo. La fiebre se propagó a la sección de producción. En los laboratorios de ensayos de Untertuerkheim las luces no se apagaban en toda la noche.

A principios de enero de 1938 recibí una carta de la casa. Ya estaba a punto el nuevo modelo, el que se había construido expresamente para batir el récord de velocidad pura. Sólo faltaba probarlo en la autopista Frankfurt-Darmstadt. Hasta entonces, Rosemeyer conservaba el récord a 400 km/h, con Auto Unión. Mercedes quería superarlo.

El intento se fijó para la madrugada del 28 de enero. Aún era de noche cuando llegué. La luna lucía como una hoz sobre el bosquecillo de pinos de la línea de salida. La escarcha lo cubría todo. La autopista aparecía absolutamente blanca, y los pinos brillaban trémulamente a la luz de la luna.

Desde lejos distinguí la línea de salida. Algunas luces se movían de un lado para otro. Distinguí la voz de Neubauer, que daba órdenes a los mecánicos. Marcaron todo el recorrido.

Salí del automóvil y me dirigí hacia un pequeño grupo situado al borde de la pista. Allí estaban Sailer, ingeniero jefe, Neubauer y Brauchitsch. Iban muy abrigados, pues el frío era tan intenso que una nube de vapor acompañaba a la voz. Les saludé.


  • Bien, ¿cómo marcha esto?

Sailer señaló al automóvil.

  • Esperamos que todo marche bien.

El automóvil era enorme; se asía al terreno como un agazapado monstruo de cuatro ruedas. Su brillante pintura plateada palidecía extrañamente a la luz de la mañana. Lo examiné con atención y en seguida me agradó. Parecía que las ruedas hubiesen desaparecido en la carrocería; semejaba desaparecido dentro del cuerpo de la carrocería, y parecía una ballena blanca. Era imposible tomar una curva con aquella especie de bestia acorazada; sólo podía avanzar en línea recta, como un proyectil.

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