Este relato fue publicado en el semanal de Diario 16, el 5 de Marzo de 1989



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Este relato fue publicado en el semanal de Diario 16, el 5 de Marzo de 1989.

Esta fue la reseña: El relato “Usted” tiene detrás a una autora inédita, Esmeralda Berbel, que actualmente está terminando un libro de cuentos con una gran fuerza erótica. La narración que publicamos tiene un aire íntimo desconcertante y sugerente, a la vez que refleja la riqueza narrativa de esta autora novel.

Usted

A usted ya le pensé alguna vez. Pensé que usted volvería a verme, se posaría frente a mí y sonreiría. Usted tendría una sonrisa tosca y desgarbada. Aunque lo pensé fueron pasando los años sin que ningún eco de tormentas acudiera, no me llegaba nada de las noches partidas, pero le sabía cierto en algún lugar. Usted algún día desearía volver.



Todos estos años pensando en usted, en ese tejido promiscuo hilvanado tras la neblina marrón de mis ojos, que ha ido cosiendo a cada despertar un torso oscuro, un cuello viejo, una chaqueta desgarrada.

Hasta ahora todas las líneas las he ido viviendo sin que llegaran a torcerse nunca del todo, los círculos los he ido siguiendo sin que llegaran a ser nunca ovillo ni fibra de carcoma.

Cuando pienso en usted lo percibo como una sucesión de poros infiltrados en grasientos recovecos. Cuando pienso en usted creo que es como un sueño. Un sueño feo.

Un día usted llama. Temo que se vaya la luz, que los círculos me aprieten los extremos del cuello. Un día usted llama. Es aún mediodía, sin embargo, creo que es ya noche. Temo que usted se vuelva de nuevo.

Usted llega. Se sienta. Llega el olor de sus hombros. Preciso ese olor postergado en el último vello viscoso que emanan sus axilas.

Usted dice haber venido desde lejos para verme, yo no sé en qué fibra se extiende, dónde se recoge la impureza, qué parte exacta la hace cierta.

Usted, con las manos a punto de tocar los pies. Usted sentado frente a mí dice que soy hermosa, entonces me duele la espesura de su cuello, esa ruta desencajada donde aparecen las venas a punto de extinguirse. Me duele.

Usted tiene una piel rosada, fina, se contrae bajo la luz blanca del bar y pliegues yertos enmascaran un rostro deformado a mis ojos.

Usted no podría darse cuenta de lo que ocurre.

Mis ojos han cambiado delante de usted.

Sus brazos inflados caen a lo largo de las piernas enjutas y su pelo untado, estirado hacia atrás como si estuviera sostenido desde las cejas.

Usted se muestra correcto. Dice que nunca miente, que nunca ha mentido en su vida. Yo huelo el aroma de esas palabras que llegan con sabor a almizcle y sauna. Usted no va a conseguir nada, aunque diga que no miente.

Usted no sabe nada de estos años que he pasado sola, pensando y volviendo a pensar. Todos esos años equiparados de chasquidos.

Usted pregunta si no le conozco, digo, nada, no le conozco nada.

Quiero soplar, arrumbar el rostro que es aún ceniza, sepultar la invasión de su lengua, el enigma que me arrastra, el martirio de mirarle desde un fondo y seguir mirando. Quiero soplar junto a ese viento, hacer trizas mi sonido y caer muerta.

Usted empieza a hablar. Usted no para de hablar hasta que se hace de noche. Gorgoteo de palabras que caen inertes en mi vientre y vuelven a su boca espesa y luego se regodean en su ancho sexo carnoso que se expande a lo largo del pantalón y de las piernas, y de los pies.

Yo no me acuerdo de usted. No sé nada de usted.

Dice que ha venido desde muy lejos para verme. No sabe que no le oigo, que mi memoria arremete la imagen partida. Usted me ha roto.

Su ancho vientre pavoroso no le da siquiera la calidad de lo grotesco. Hay una mueca difuminada en su cara y en todo su cuerpo que no puedo apartar de mis ojos.

Usted dice que me ama como antes, me hundo en la silla mientras vuelve a insistir con su mano fósil que toca y se atreve a fosilizar a la mía. Yo me hundo más en la silla y más, me retiro estremecida por el líquido que desprenden sus dedos y deja el rastro en mis uñas, a la largo de la mesa un barniz pegajoso.

Usted dice que vuelve. Usted pide que yo vuelva. Me hundo más sintiendo caer la garra entumecida que sostiene su brazo y penetra en mi pecho. Estoy a punto de caer, de ser un ovillo en el mosaico, y cierro los ojos.

Usted ríe, y ríe más fuerte aún, cuando me ve sentarme en la silla asustada como si no supiera dónde estoy. Yo sé dónde estoy. Sé a qué tabaco pertenece ese humo. Sé y podría nombrar deprisa y sin pausa cada uno de los músculos de su cuerpo, cada olor, la brisa de su tacto y el sabor de su aspereza. Pero no me acuerdo de usted, por eso estoy asustada.

Su nariz es demasiado ancha y demasiado grande. Su nariz es un cobijo de granos que podrían explotar con solo mirarlos. Mientras me habla, su nariz parece dilatarse, las fosas nasales abiertas de orilla a orilla en todo su esplendor: nudos y borlas asoman. Es mi ojo. Es solo mi ojo.

Usted no para de hablar y de reír, yo bajo los ojos a cada carcajada para que no me salpique en las pupilas.

Veo sus pies espaciosos clavados a lo largo de todo el suelo y veo los míos pequeños, enfundados en el zapato, juntos, temerosos.

Sus manos repiquetean sin parar. Le digo que voy a irme, entonces calla, hay un silencio largo.

Usted me mira en silencio. Usted mira y dice que no ha olvidado nada.

Es usted muy correcto conmigo.

Antes tenía una piel fina, unos brazos delgados, un cuello altivo y blanco.

Ahora que usted parece darse cuenta, me duele cada línea que es testigo de esa presencia. De la presencia borrosa. Del tiempo.

Yo le veo. Ser oculto de bordes rotos. Traslúcido despojo de risa enmohecida, de mangas acicaladas en exceso, también raídas, los botones, las comisuras…

Es usted un hombre delicado.

Usted me mira y dice que ha vuelto de nuevo.

Me llega el olor de esa mezcla de aromas imprecisos y le digo que voy a irme, es ya de noche y voy a irme. Usted me muestra su mano, sus dos manos y me culpa. Me culpa de no verle, de no oírle y dice:

-¿Es ya de noche?

Le digo que sí, que es ya casi de noche.

-Seguro que cuando e encontraste también creíste que era de noche.

Le digo que sí, que creí que era de noche.

-¿Puedes al menos recordar cuando fuimos felices todos aquellos días y todas aquellas noches?

Usted pretende saber. Ahora que ha dejado de reír y repiquetear con las manos, ahora que casi no hay luz, usted quiere saber.

Usted mira como si quisiera desnudar, pero estoy segura de que no ve nada a través de mi ropa, y cree que voy a contestar.

Un alma sin calificación reside bajo su pecho que bombea lleno de quien sabe qué espantos, qué tinieblas. Bajo su pecho, una hilera de filamentos oscuros empiezan a crecer; rastrojos y forrajes penetrando a través de su camisa oscura, borneando el cuello de su chaqueta marrón, desgarrando el color, saliendo del alma a grandes brotes una hierba seca que florece hasta mi nariz, un semen oculto que me chasquea la cara. Cierro los ojos y la boca. Cierro la boca mientras usted espera.

-¿No puedes contestarme?

No puedo, los hilos me han sesgado los labios y me han cosido los ojos, no puedo contestarle.

De pronto, el forraje empieza a desaparecer. Mi ojo queda ensimismado en la penumbra marrón de ese ropaje.

Usted pregunta:

-¿Has olvidado todo?

-No –le digo- no he olvidado sus noches.

-Quiero que las recuerdes una a una, quiero que recuerdes también la tarde en que te envié rosas, miles de rosas cubiertas de anillos de todos los colores y tú viniste corriendo allí donde yo te esperaba, viniste a decirme…

Usted calla, usted calla porque no se acuerda. Usted calla y me mira como si tuviera miedo.

-Tengo miedo –dice.

Usted nunca ha podido tener miedo con esos pies tan grandes, con ese sexo rodeándole la entrepierna y todo el pantalón.

Usted nunca ha podido tener miedo porque usted miente. Usted tiene angustia, angustia de mentir. Usted durante toda su vida ha mentido.

Veo que siguen ahí los hierbajos, sin desaparecer del todo, minúsculos y encogidos como mis pies, como mis manos.

-No olvides que un día fuimos felices –dice.

Los ramajes se pliegan en mis párpados y desaparecen cuando ya me han hecho sangrar. Una fina gota cae por mi vestido y embetuna de rojo mis zapatos.

Usted y yo. Usted y yo y el llanto. El llanto y usted y las noches partidas. Usted y yo nunca quisimos ser felices.

-¿Has olvidado todo?

Yo empiezo a reír. Tal vez usted desearía que yo hubiera olvidado todo. Así no tendría que hacer preguntas, yo sería más culpable y usted confirmaría su dolor. Pero yo no he olvidado el color negruzco de los prismas, ni la duda de su vientre receloso. Solo me he olvidado de usted.

Usted, asombrado, pregunta por qué río. Le digo que no río de nada, solo de ese tiempo que me acusa y yo le oculto. Sigo riendo como usted lo hacía antes. Todo su grosor delante de mí enrojece y pide, pide una certeza, una respuesta.

Le digo que todos estos años he estado entretenida en una extraña búsqueda y nunca he tenido certezas.

Usted dice que ha recorrido durante dos noches un trayecto oscuro para verme en la luz. Usted nunca podría acercarse.

Usted y su ausencia desplegándose en mi destino como los bordes de un error.

Usted y