Estereotipos y Actitudes: similitudes y diferencias



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Estereotipos y Actitudes: similitudes y diferencias


Laura Orsi

Universidad Nacional del Sur



orsilaura@yahoo.com.ar

En 1922, Walter Lippman establecía por primera vez una aproximación a los estereotipos. En su libro Public Opinión, se refería a los estereotipos como


the core of our personal tradition, the defenses of our position in society. They are an ordered, more or less consistent picture of the world, to which our habits, our tastes, our capacities, our comforts and our hopes have adjusted themselves. They may not be a complete picture of the world, but they are a picture of a possible world to which we are adapted. In that world people and things have their well-known places, and do certain expected things (…)The stereotypes are, therefore, highly charged with the feelings that are attached to them. (1922: Cap 7)
De su aproximación se desprende que los estereotipos implican una categorización social, lograda a partir de un proceso cognitivo que permite comprender el entorno social simplificando y sistematizando información que los individuos utilizarán para agruparse o diferenciarse. Asimismo, se aprecia que en su conformación interactúan dos componentes: uno personal, subjetivo, en tanto parte de los sentimientos, y otro social, histórico.

Desde la óptica que nos interesa, la asociación de un rasgo lingüístico con una característica no lingüística constituye un estereotipo que permite inferir datos -como edad y procedencia- y realizar juicios valorativos. En este sentido, el campo de análisis que se manifiesta es el propio de las investigaciones sobre actitudes lingüísticas. La actitud, basada en creencias -motivadas o no-, puede ser positiva o negativa –de aceptación o rechazo-, implicando una postura valorativa del hablante hacia fenómenos lingüísticos específicos, e incluso hacia dialectos y hasta diasistemas completos (v. López Morales, 1989:1231242). Así, siguiendo a Silva-Corvalán (2001:67), "el estudio de las actitudes subjetivas hacia la lengua es, pues, en cierta medida un estudio de los estereotipos lingüísticos".

Debido a las vinculaciones entre ambos conceptos, en relación especialmente con su conformación y las valoraciones implicadas, así como por la complejidad teórica que revisten, en este trabajo se propone una revisión bibliográfica de aportes fundamentales a su estudio, con el fin de establecer las principales similitudes y diferencias entre estereotipos y actitudes.
Estereotipos

A partir del trabajo de Lippman, en los años 1920, el concepto de estereotipo ha sido utilizado y analizado en diversos trabajos empíricos, y definido y reinterpretado por diversas teorías y disciplinas: diversos campos como la teoría de la acomodación, la psicología social, la sociolingüística, el análisis del discurso.

Desde la psicología social, fueron Henri Tajfel y John C. Turner quienes explicaron las relaciones entre diferentes grupos como consecuencias de un proceso cognitivo y general, un proceso de categorización que permite a un individuo identificarse como persona frente a otro. Para estos autores

Social categorizations are conceived here as cognitive tools that segment, classify, and order the social environment, and thus enable the individual to undertake many forms of social actions. But they do not merely systematize the social world; they also provide a system of orientation for self-reference: they create and define the individual´s place in society. Social groups, understood in this sense, provide their members with an identification of themselves in social terms. These identifications are to a very large extent relational and comparative: they define the individual as similar to or different from, as “better” or “worse” than, members of other groups. […] It is in a strictly limited sense, arising from these considerations, that we use the term social identity. (Tajfel y Turner, 2004 [1979]: 59)


Esta doble función de la categorización que implica, por un lado, sistematizar y orientar y, por el otro, identificarse y diferenciarse, provee al individuo de un modo de actuar socialmente pautado que se expresa por medio de respuestas cuasi instintivas superimpuestas por el código cultural. En estas respuestas el individuo o el grupo elige enfatizar o acentuar ciertos elementos -similitudes psicológicas, origen geográfico, ancestros, cultura, religión, valores, instituciones políticas o lengua-. Es ese énfasis en determinados elementos lo que lleva a la creación de estereotipos1.

Si bien el estereotipo resulta de una estructura cognitiva específica, siguiendo a Adam Schaff esa especificidad

consists inter alia in its combining the cognitive and the emotional factor, it is also a specific pragmatic structure, i.e. the element that underlies human action and hence is covered by the theory of human action. (Schaff , 1984:89)
De esta manera, el estereotipo se cimenta sobre una triple estructura ambivalente: la triple estructuración la proveen los elementos cognitivos, emotivos y conativos o pragmáticos que la conforman, y su ambivalencia se debe a que es
una forma de conocimiento e identificación que vacila entre lo que siempre está “en su lugar”, ya conocido, y algo que debe ser repetido ansiosamente. (Bhabha, 2007: 91)
Esta repetición, que a la vez actualiza el estereotipo y lo legitima, lo transmite como un patrón cultural que el individuo/grupo o la sociedad internaliza dentro de un sistema de valores –evaluaciones y normas- que inconscientemente influyen en el accionar individual. Esta transmisión se produce de manera simultánea con la adquisición del lenguaje durante la socialización primaria, y continúa en la secundaria. De esta manera, los estereotipos se fusionan con los conceptos, se confunde su naturaleza y se fortalece su funcionamiento (v. Schaff , 1984:93)

Desde el punto de vista sociolingüístico han sido numerosos los trabajos que abordaron de manera central o lateral el estereotipo entendido como una generalización


desfavorable, exagerada y simplista acerca de un grupo o una categoría de personas. La tendencia a estereotipar, es decir, a percibir y ordenar el mundo objetivo en términos de categorías sin excepciones, es típica de los seres humanos. (Silva Corvalán, 2001:108)
En este caso se subraya el aspecto negativo del estereotipo; sin embargo, en tanto son construcciones sociales relativas, el mismo grupo o categoría de personas será objeto de diferentes tipos de estereotipos según el grupo que los codifica y el contacto que éste ha tenido con el grupo categorizado. Esto significa, en cierta medida, que los estereotipos no son positivos ni negativos, sino necesarios.

Por otro lado, esta indispensabilidad radicada en la diferenciación e identificación resulta especialmente importante en tanto uno de las marcadores más visibles utilizados por los grupos es el lenguaje. De esta manera, un estereotipo lingüístico será “la asociación consciente de un rasgo lingüístico con una característica no lingüística” (Silva Corvalán, 2001:67). Al respecto menciona Gitte Kristiansen que los rasgos distintivos que relacionan grupos de manera consciente son conocidos como shibboleths, palabra cuyo origen se remonta a un pasaje bíblico frecuentemente citado

And the Gileadites took the passage of Jordan before the Ephraimites: and it was so that when those Ephraimites which were escaped said, Let me go over, that the men of Gilead said unto him, Art thou an Ephraimite? If he said Nay: then said they unto him, Say now, Shibboleth: and he said Sibboleth: for he could not frame to pronounce it right. Then they took him, and slew him at the passages of Jordan: and there fell at that time of the Ephraimites, forty and two thousand. (Kristiansen, 2003:79)
Este ejemplo, además de revelar la estructura tripartita y ambivalente del estereotipo, muestra cómo la asociación de un rasgo lingüístico y una categoría social o regional, identifica a miembros de una comunidad lingüística y social basado en relación inalterable entre el origen del hablante y su forma de hablar. En este sentido, es pertinente recordar a Labov quien clasifica

los diversos elementos que están inmersos en el cambio lingüístico según el tipo de evaluación social de que es objeto. Los indicadores son los rasgos lingüísticos que presentan una diferenciación social por edad o grupo social, pero que no presentan pauta alguna de variación estilística y que aparecen como dotados de escaso poder evaluativo. (...) Los marcadores (...) establecen una estratificación estilística y al tiempo social. Aunque pueden permanecer por debajo del nivel de control consciente, pueden producir respuestas regulares en los test de reacción subjetiva. Los estereotipos son formas socialmente marcadas, etiquetadas de forma notoria por la sociedad. (1983[1972]:387)


De esta manera el estereotipo lingüístico se encuentra extendido en la conciencia social de los individuos y posee una valoración previa.

Finalmente, debe mencionarse a van Dijk, quien propone una concepción de modelo similar a la que hasta aquí se ha desarrollado sobre estereotipo definiendo ese concepto como

representaciones mentales de las experiencias personales que se van almacenando a partir de acciones, hechos o situaciones específicas (...) caracterizan las construcciones de unos hechos subjetivos del pasado, presente o futuro; representan experiencias personales así como planes para la acción (...) Como interfase entre la cognición social y personal, los modelos son representaciones mentales que se usan para procesar (la producción del discurso o la comprensión) en ambos sentidos. Por un lado, los modelos emplean las cogniciones sociales en situaciones específicas, personales. Por otro, proporcionan la base para los procesos de generalización, abstracción y descontextualización que se activan en la formación del conocimiento y de las actitudes compartidas por miembros grupales. Las opiniones en los modelos son la base para la formación de actitudes. (van Dijk, 2008; 213-14)
En este sentido, el concepto de modelo para van Dijk es análogo al de estereotipo en tanto está formado por abstracciones que constituyen puntos de referencia cognitivos relativamente estables en relación a los cuales los individuos se posicionan y se evalúan.

Actitudes
En un estudio sociológico del prejuicio, Gordon Allport sistematiza las investigaciones sobre actitudes en relación con el concepto de prejuicio. Para él
una adecuada definición del prejuicio contiene dos ingredientes esenciales. Tiene que haber una actitud favorable o desfavorable, y debe estar vinculada a una creencia excesivamente generalizada (y por lo tanto errónea). (Allport, 1977 [1954]:27 resaltado en el original)
Asimismo, establece que la diferencia entre las creencias y las actitudes se basan en que las primeras pueden ser
hasta cierto punto atacadas y modificadas. Lo común, no obstante, es que tengan la proteica capacidad para acomodarse, de algún modo a la actitud negativa, que resulta mucho más difícil de alterar. [...] el sistema de creencias tiene la posibilidad de modificarse plásticamente para justificar la actitud más permanente. Es un proceso de racionalización, o sea de acomodación de las creencias a las actitudes. (Allport, 1977 [1954]:28 resaltado en el original)
Para Allport, así, la creencia acompaña a la actitud o valoración de un objeto o grupo hacia otro objeto o grupo.

La actitud definida en estos o similares términos, ha sido vinculada con una preparación o disponibilidad para responder. En esta distinción entre disponibilidad o respuesta concreta se basa la principal diferencia de modelos que han intentado conceptuar la actitud: la mentalista, que acentúa la disposición que puede o no transformarse en acto, y la conductista, que ve a la actitud solo como la respuesta en la que subyace la creencia y la valoración.

Es por esto último que Edwars considera a la actitud como una “disposition to react favourably or unfavourably to a class of objet” (1985:139). En la disposición a actuar como aceptación o como rechazo subyace la evaluación previa, implícita, realizada por el individuo. De cualquier manera, se entiende que esta disposición es más bien una predisposición ya que para que se actualice debe mediar la voluntad.

La conceptualización de actitud que de aquí se desprende interrelaciona formas de entender, sentir y actuar hacia un objeto o acontecimiento lo que constituye también un esquema tripartito. En el mismo sentido, Edwards explica que la actitud se compone de la siguiente manera “thought (the cognitive element), feelings (affective) and predisposition to act (behavioural)” (1985:139).

El primero de los componentes, el cognitivo, está formado tanto por las percepciones, creencias, valores, esquemas, experiencias, ideas e ideologías referidas a un objeto, como por la información que el individuo posee. De esta manera se entiende como la unidad menor de la estructura conceptual de la actitud, que incluye las características y los atributos asociados con el objeto en cuestión a la vez que especifica los objetos hacia los cuales se dirige la actitud. El segundo de los componentes reúne los valores emocionales -en pro o en contra de un objeto o situación social- relacionados con la creencia, se refiere al sentimiento para lo cual es necesario la existencia del componente previo. Finalmente, el tercero de los componentes, el conativo, es caracterizado como el componente activo de la actitud determinado por los otros dos componentes, en tanto las creencias relevantes y los valores emocionales se transforman en intenciones más o menos específicas de comportamiento. Considerando las tres dimensiones, una actitud puede estar bien desarrollada cuando está articulada cognitivamente y el balance afectivo y la orientación de la conducta son consecuentes. (v. Deprez y Persoons, 1987:125-7).

De esta manera, la actitud se puede definir como una predisposición a actuar ante un objeto determinado, relativamente persistente con cierta dirección e intensidad observables en la consistencia de las manifestaciones de conducta.  

El modo en que una actitud se desarrolla está inmerso en un contexto social, en tanto preexiste en la sociedad un sistema de creencias, valores, costumbres y normas compartidos. Así, se adquieren durante el proceso de socialización, por medio del cual el individuo las internaliza.

Uno de los aspectos en los que mayor énfasis se ha puesto en el estudio de las actitudes son sus funciones. Siguiendo a Deprez, Persoons, (1987: 128) se pueden distinguir cuatro: la función instrumental-utilitaria, que permite a las personas luchar para maximizar los premios en su medio y minimizar las penalidades; la función orientadora-cognitiva, que permite asignar una estructura adecuada al universo; la función afectiva-evaluativa, que posibilita al individuo dar una expresión positiva a sus valores centrales y conformar una identidad social determinada, y la función ego-defensiva, que el individuo utiliza como mecanismo de defensa para ocultar su yo real.

En este sentido se puede apreciar que la actitud se encuentra en estrecho vínculo con la identidad, si se considera que se define como

aquello que permite diferenciar un grupo de otro, una etnia de otra, un pueblo de otro [...] bien de forma objetiva caracterizándola por las instituciones que la componen y las pautas culturales que le dan personalidad, bien de forma subjetiva, anteponiendo el sentimiento de comunidad compartido por todos sus miembros y las ideas de diferenciación respecto de los demás. (Moreno Fernández, 1998:180)


Teniendo en cuenta que la lengua es portadora de formas y atributos lingüísticos y de significados y connotaciones sociales, que transmite y enfatiza normas y marcas culturales de un grupo, el psicólogo social, Lambert, a fines de la década del 60, vinculó actitudes con lenguas demostrando que a partir de la forma de hablar se puede identificar sexo, edad, lugar de origen, así como también evaluar la personalidad de los hablantes (v. Silva Corvalán, 2001:67). A partir del trabajo de Lambert se han realizado análisis de actitudes hacia el lenguaje entendiendo la mayoría de ellos a la actitud como

una postura crítica valorativa, del hablante hacia fenómenos lingüísticos específicos, e inclusive hacia dialectos y diasistemas completos. Las actitudes pueden estar basadas en hechos reales (...), pero en un gran porcentaje están basadas en creencias del todo inmotivadas. (...) Las creencias, sacadas de la realidad o no, no implican postura alguna. (López Morales, 1979:107-130)

En esta concepción de actitud subyace en principio la conciencia lingüística que todo hablante posee hacia su variedad, en tanto

los individuos forjan actitudes, del tipo que sea, porque tienen conciencia de una serie de hechos lingüísticos y sociolingüísticos que les conciernen. (Moreno Fernández, 1998:181.)

De esta manera, un individuo se caracteriza a sí mismo y a otros grupos y/o individuos según sea su forma de hablar o su adscripción a una variedad determinada; la actitud lingüística se refiere tanto a la lengua como al uso que de esa lengua se hace en la sociedad.

En tanto una actitud es la predisposición a actuar, se convierte en acto por medio de un estímulo que activa la conducta. Sus componentes cognitivos son importantes, ya que se conectan con los sentimientos y acciones de las personas, sin embargo, esto solo se puede observar en las respuestas del individuo.



Semejanzas y Diferencias


A partir de la exposición de cada uno de estos conceptos, se presenta de manera manifiesta que tanto la actitud como el estereotipo -sea social, sea lingüístico- se constituye ego- y etnocéntricamente.

Asimismo se presentan semejantes por la disciplina en la que se originaron: la psicología social. Desde esta se desarrollaron ambos conceptos, se establecieron sus estructuras y se fijaron sus funciones. Ambos conceptos presentan una estructura tripartita basada en componentes cognitivos, afectivos y pragmáticos y entre sus funciones se puede observar que permiten al individuo identificarse con otros grupos a la vez que diferenciarse.

Si bien el grado de detalle con que se ha procurado clasificar las funciones de las actitudes se presenta superior al que implica el mismo intento en el caso de los estereotipos, se pueden encontrar coincidencias fundamentales a este respecto. Ello se aprecia por ejemplo, en la relación con el citado trabajo de Deprez y Persoons (1987): la función instrumental-utilitaria y la función orientadora-cognitiva se derivan de la implicancia de sistematizar y orientar que posee la categorización, mientras que la función afectiva-evaluativa y la autodefensiva se asemejan a la función de identificación y de diferenciación del estereotipo en tanto este último resulta un vehículo que permite al individuo asegurar su pertenencia a un grupo, lograr mayor aceptación dentro del mismo y definir su identidad.

Finalmente, es similar el modo en que se adquieren -durante la primera socialización- y se transmiten culturalmente.

Se considera una primera diferencia la extensión en el uso de ambos conceptos. El estereotipo está conformado por rasgos que la sociedad en su conjunto le adscribe a un determinado grupo o sociedad, mientras que la actitud, si bien se puede ser socialmente compartida puede presentar variación interindividual.

Con ello se relaciona la rigidez del estereotipo, la permanencia de rasgos invariables a los cambios, que se enfrenta a la mayor mutabilidad de la actitud.

La medición del estereotipo -a través de lexemas recurrentes, por ejemplo- es bastante menos compleja que la de la actitud, ya que en la medición de esta última existe la posibilidad de que quede implícita (v. Alvar, 1986:13).

Asimismo, los conceptos se diferencian por cuanto el estereotipo es indispensable a la vez que ineludible para la vida, mientras que las actitudes se presentan como contingentes.



Conclusión


La revisión bibliográfica nos condujo a observar que solo una delgada línea divide ambos conceptos, en principio por pertenecer ambos a la misma “disciplina madre” que con la misma lógica construye conceptos en tiempos simultáneos. Estos conceptos llegan a la sociolingüística “transplantados”, y en la nueva disciplina se producen diferencias basadas en definiciones operativas según la óptica de cada autor. En este sentido, el uso de ambos términos no es coincidente entre los distintos aportes, lo cual confirma la necesidad de generar estudios que permitan desbrozar el campo, como el que este trabajo pretende alentar.

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van Dijk, Teun A.

2008 “Semántica del discurso e ideología” en: Discurso & Sociedad, Vol 2(1), 201-261, disponible en www.dissoc.org.





1 Categorization is believed to produce two basic, relatively automatic effects: the distortion of perception such that intragroup similarity and intergroup difference are accentuated, and evaluative and behavioural discrimination favouring the ingroup. Both are considered fundamental to stereotyping. (Oakes et al., 1994: 37)


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