Estrategia de acción exterior una reflexión necesaria



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II.2.- De un mundo unipolar a un mundo multipolar.
Los fenómenos económicos, sobre todo si son de la magnitud y profundidad de los citados, se traducen tarde o temprano en cambios políticos. Esta nueva globalización se ha traducido en un aumento del poder político, de la influencia regional y global, de una serie de países de gran extensión geográfica y población. Se ha pasado en definitiva de un mundo unipolar a un mundo claramente multipolar.
La desaparición del bloque soviético hizo creer a algunos que la caída del Muro de Berlín iba a alumbrar un orden nuevo, definido por una sola superpotencia hegemónica. Se llegó a hablar del fin de la Historia. Se creyó que la "pax americana" iba a abrir una nueva era en las relaciones internacionales. Se sucedieron las conferencias internacionales sobre los más variados temas: la Cumbre de Río sobre el Cambio Climático (1992), la de Copenhague sobre el Desarrollo Social (1995), la de Pekín sobre la Mujer (1995), la de Nueva York sobre Objetivos del Milenio (2000). Se creyó que estábamos en puertas de una Sociedad de Naciones capaz de alumbrar un derecho de gentes aceptable por toda la humanidad.
El atentado contra las Torres Gemelas (2001) y hechos posteriores como la intervención en Afganistán (2001) y luego la invasión de Irak (2003) difuminaron este espejismo. Una sola potencia, por poderosa que sea, no puede definir en solitario los destinos del mundo. La proliferación de armas nucleares, las amenazas terroristas, los convulsos procesos de transición en muchos países probaron de una vez para siempre que los desafíos a la paz y la seguridad, los polos de inestabilidad no quedan contenidos en una localización geográfica, sino que tienen consecuencias directas para la seguridad de todos, por muy alejados que nos encontremos.
Los cambios no se han detenido en el paso a la multipolaridad. El segundo fenómeno que explica las mutaciones en las que estamos deriva de otro hecho singular: el poder y la influencia están cambiando de manos, y cada día aumenta la capacidad de actores no estatales de influir en la realidad internacional. Este fenómeno, que se ha dado en llamar de difusión del poder, es completamente nuevo y al contrario que la emergencia de nuevas potencias - y el paralelo declive relativo de las antiguas -, no tiene precedentes históricos.
En el origen de este nuevo status de individuos y de grupos sociales de muy diverso tipo se encuentran los avances tecnológicos y la radical disminución del coste económico de recibir y enviar información. Hoy en día, una persona puede influir en el proceso político y en las percepciones sociales, simplemente colgando una imagen en la red global. Lo que hasta hace apenas dos décadas necesitaba enormes, costosas y complejas campañas de propaganda, que sólo los grandes Estados y unas pocas compañías transnacionales podían financiar, puede ahora hacerse con un dispositivo conectado a internet. Esta capacidad de influir, de cambiar percepciones, se multiplica en las llamadas redes sociales, creando una forma de organización ajena a estructuras tradicionales como las fronteras o los Estados.

Pensar en tiempos de crisis
Las crisis, cuando son profundas y se alargan agónicamente en el tiempo, nos hacen preguntarnos sobre lo que creíamos verdades inconmovibles o perspectivas de futuro que dábamos por seguras. En otras palabras, las crisis hacen pensar, invitan a la reflexión. Nada perturba más al ser humano que la absoluta incertidumbre sobre su futuro.
Cuando la reflexión es de calidad, invita a la acción, a la reforma, a cambiar aquello que la propia crisis nos está gritando que ya no vale, que ya no funciona. En otras palabras: “nada peor que desperdiciar una buena crisis”. Todo parece indicar que en España se ha seguido el consejo, y la que comenzó en 2007 ha producido reflexión de calidad, que merece la pena leer y debatir. Resaltaremos dos proyectos españoles y uno europeo.


  1. El informe del Real Instituto Elcano “Hacia una renovación estratégica de la política exterior española”, de diciembre de 2013. Un informe encargado por el Ministerio de Asuntos Exteriores que recoge una reflexión profunda, al que contribuyeron muchas personas de prestigio y calidad intelectual, y al que este documento debe mucho.




  1. El informe de PwC España, de abril de 2014, elaborado por ESADE bajo la dirección de Javier Solana con el título “España en el mundo 2033. Cuatro escenarios para actuar ahora”. Si lo que se busca es pensamiento estratégico global, cómo éste refluye sobre la realidad española y cómo ofrecer, a partir de esas dos reflexiones, escenarios y recomendaciones para el futuro de España, este es un excelente texto. Recoge cuatro escenarios para el mundo en el año 2033, identifica el que considera más probable y a partir de ahí hace recomendaciones al Gobierno, a las empresas y la sociedad española.




  1. El gigantesco proyecto de la Unión Europea, al que han contribuido más de 1.500 personas, el proyecto ESPAS (European Strategy and Policy Analysis System), que pretende reflexionar sobre el mundo en 2030, la posición de la Unión Europea y formular recomendaciones al nuevo Presidente del Consejo Europeo, a la nueva Comisión y al nuevo Parlamento. Tres informes (geopolítica, economía, tendencias sociales) de obligada lectura y en los que el centro de pensamiento español FRIDE ha tenido una relevante participación.   

Finalmente, también consecuencia de la globalización, es la existencia de mayores cotas de interdependencia. En primer lugar, entre los Estados. No es sólo una cuestión económica. Es, ante todo, un fenómeno político. Se traduce en un profundo cambio de las relaciones entre los Estados mismos, que ahora se ven abocados, en un mundo de soberanía real cada vez más limitada, a colaborar para la solución de los problemas globales.



Pero junto a esta interdependencia clásica, hay una nueva forma de interconexión y dependencia mutua, ésta entre dispositivos y procesos, que constituye un fenómeno completamente nuevo. Es lo que se ha dado en llamar el "internet de las cosas". La consecuencia es que la interconexión de multitud de sistemas, que antes vivían separados, que operan cada vez más de forma automática, se traduce en la difusión vertiginosa y global de eventos, positivos o negativos, que antes permanecían más localizados. Esta interdependencia está modificando el entorno estratégico de una forma difícil de prever, en su futura evolución y en sus consecuencias.


II.3.- La crisis del multilateralismo
El tercer cambio, tras la globalización y la multipolaridad, es la crisis del multilateralismo. Las instituciones que han venido funcionando desde el final de la Segunda Guerra Mundial se ven cada vez más impotentes para dar respuestas satisfactorias a los grandes retos del presente, ya sea el Consejo de Seguridad en relación con los conflictos, o el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial afrontando las recurrentes crisis financieras o el problema de la pobreza.
La crisis del multilateralismo encierra un dilema básico: legitimidad frente a eficacia, órganos incluyentes que representan a la Comunidad Internacional en su conjunto, frente a instancias restringidas de mayor operatividad. El G-20 supone un avance en materia de representatividad y tamaño, que puede ayudar a suplir las deficiencias de los organismos anteriores, en particular como foro de cooperación principalmente económico, pero todavía debe someterse a la prueba del tiempo para comprobar si es capaz de dar soluciones a los desafíos que el mundo afronta.
Resultado de todo ello es que el mundo es cada vez más multipolar, pero todavía no se ha dotado de los mecanismos de gobernanza multilateral que pueden gestionar esta nueva realidad, que pueden transformar políticas de poder e influencia de suma cero, en sistemas de colaboración y cooperación, de suma positiva.
A los cambios geopolíticos se unen cambios sociales de alcance global que también contribuyen a moldear la nueva comunidad internacional. Las tendencias demográficas son los más relevantes. Junto a ello, procesos como el ascenso de la clase media en Asia, América Latina y África o la creciente urbanización son fenómenos positivos, que mejoran la vida de millones de seres humanos, y al mismo tiempo presionan sobre recursos básicos escasos como el agua. Tendencias como la agudización de las desigualdades sociales o la aparición de bolsas de desempleo estructural, consecuencia de la falta de adecuación entre las nuevas tecnologías y la renovación del tejido productivo, son también elementos perturbadores en el mundo que emerge.

II.4.- La crisis financiera mundial
Los profundos cambios que han acompañado a la crisis financiera es otro de los elementos que debemos tener en cuenta a la hora de definir una estrategia de acción exterior.
La crisis, de la que ahora estamos saliendo, tiene algunas semejanzas con la crisis de 1929, pero es importante subrayar las diferencias entre una y otra para no errar el diagnóstico. La crisis de 1929 nació en los Estados Unidos y tardó dos años en llegar a Europa; en 2008 sólo pasaron unas semanas entre la quiebra de Lehman Brothers y el colapso de Islandia. La crisis del 29 afectó sólo a los países desarrollados; la actual ha sacudido al planeta entero. No es aventurado decir que hemos asistido a la primera crisis de la globalización.
Génesis y evolución de la crisis
La situación, de la que hoy estamos saliendo a duras penas, empezó en un pequeño nicho del mercado financiero norteamericano, el de la titulación de créditos hipotecarios previamente concedidos a clientes sin historial crediticio. En otras palabras, una crisis hipotecaria en algunos – no en todos – de los Estados de los EEUU. La crisis no hubiese pasado de ser local si no fuese porque vivimos en un mundo muy interconectado. Los créditos, titulizados en forma de bonos o instrumentos financieros complejos, se habían colocado a inversores de todo el mundo.
Cuando los intereses empezaron a subir, y los activos inmobiliarios a bajar, comenzaron los problemas. Nadie parecía saber a ciencia cierta cuál era el porcentaje de activos tóxicos que había en el sistema financiero. El crédito dejó de fluir, el comercio mundial se paralizó y el desempleo empezó a subir muy rápidamente.
Los Bancos Centrales de todo el mundo acudieron en ayuda de las entidades financieras en apuros bajando los tipos de interés, inyectando masivamente liquidez e incluso adoptando medidas no convencionales como la flexibilización de las normas sobre garantías, o la compra de bonos - el hasta hace poco anatema de monetizar la deuda.
Cuando la intervención de los bancos centrales demostró ser insuficiente, los gobiernos también se vieron obligados a acudir al rescate de las entidades financieras sistémicas, las famosas “too big to fail” con inyecciones monetarias masivas que se tradujeron en sustanciales desequilibrios de las cuentas públicas.
La crisis, empezó siendo una crisis inmobiliaria local, mutó en una crisis Cuatro Escenarios para España del Informe "España en el mundo 2033"
Primer Escenario: “Gobernanza global” El mundo evoluciona hacia una gobernanza multilateral en la que distintos organismos gobiernan de forma coordinada y constructiva, mientras se afianzan los Estados Unidos de Europa. Es el escenario de mayor crecimiento económico, para el mundo y para España, aunque hay autores que sostienen que este escenario se traduciría en un aumento de las desigualdades entre naciones y dentro de las naciones.
Segundo: “Bloques regionales” Se crean nuevos bloques económico- políticos que compiten entre sí con cierta tendencia al proteccionismo. Una Europa económicamente muy cohesionada y especialmente influida por Alemania es uno de ellos. El crecimiento global se ve algo limitado por las medidas proteccionistas, pero el modelo social europeo se ve menos presionado y se salvaguarda una mayor redistribución de la riqueza. España crece de la mano de Europa.
Tercero: “Proteccionismo nacional” Claro retroceso del proceso de globalización, fortalecimiento del poder político nacional, en línea con una pequeña Europa a la carta. Es el escenario más redistributivo, pero de menor crecimiento económico global. Para España es, sin lugar a duda, el peor e implicaría redistribuir pobreza, ya que no se vuelve a crear empleo.
Cuarto: “Intereses económicos al mando” Perfila un mundo en el que los poderes políticos son cada vez menos autónomos ante las exigencias e implicaciones de la globalización económica. El crecimiento global es algo inferior a nuestro mejor escenario y la creciente desigualdad, todavía más exacerbada. Europa se fractura en dos velocidades.

bancaria global, para acabar convirtiéndose en una crisis de deuda soberana que todavía no hemos superado en su totalidad.


Las causas de la crisis.
En cuanto a la etiología de la crisis, sería un error pensar que todo se ha debido a un mal funcionamiento de los mercados financieros. El pinchazo de la burbuja inmobiliaria no fue sino el síntoma de una enfermedad que estaba afectando a los mercados de activos en general y que venía incubándose tiempo atrás por la concurrencia, entre otros, de los factores siguientes:


  1. Exceso de liquidez. Muchos países exportadores, con superávit por cuenta corriente – sobre todo, los productores de petróleo – se habían encontrado con mucho dinero, con excesos de liquidez, que colocaron en los mercados occidentales.



  2. Bajos tipos de interés. La Reserva Federal se embarcó en una política de tipos de interés muy bajos para remontar la crisis que siguió al atentado de las Torres Gemelas. Fue la etapa que Greenspan, uno de los principales responsables de la política seguida, calificó de “exuberancia irracional”.



  3. Apalancamiento. El dinero era tan abundante y tan barato que nadie arriesgaba un euro propio. Se invertía a crédito – inversión apalancada -, lo que multiplica el riesgo, el beneficio si las cosas salen bien y las pérdidas si salen mal. Y empezaron a salir muy mal.




  1. Debilidad de la regulación. La regulación de algunos segmentos del mercado financiero había sido bastante deficiente, especialmente en lo que se llaman en la legislación española fondos de inversión libre – o hedge funds - que, al carecer de límites legales en su exposición a activos o instrumentos de inversión, se convierten en fondos de alto riesgo - y en el área de los fondos de capital riesgo – el llamado “private equity”. El escaso rigor de los supervisores no hizo sino echar gasolina al fuego.




  1. Fallos de las agencias de calificación. Las agencias de calificación de riesgos - agencias de “rating” – no habían estado a la altura de su responsabilidad. Productos financieros muy complejos, y cuya rentabilidad dependía de segmentos del mercado muy especulativos, obtenían calificaciones de inversiones de máxima seguridad y confianza, con lo que eran colocados con facilidad en el mercado.



Es una ley de oro de la economía que cuando las disponibilidades de dinero para invertir superan las necesidades de los proyectos de inversión bien fundados y creadores de riqueza, el dinero termina inflando el precio de los activos mucho más allá de su valor real, sean viviendas, acciones cotizadas en bolsa, títulos de deuda o materias primas. La combinación de exceso de liquidez, bajos tipos de interés y ausencia de oportunidades de inversión productiva determinó una gigantesca colocación perversa de los recursos. Cuando eso sucede, tarde o temprano, la situación estalla. Y cuando tiene las proporciones de lo que se cebó durante los años 90 y los primeros del siglo, el estallido es una crisis profunda, de la que cuesta salir y recuperarse.



La revolución (inconclusa) en el terreno de las ideas
En los años que siguieron a la caída del Muro de Berlín se generaliza la idea de que la economía del libre mercado constituye la forma más civilizada de competencia entre los hombres; competencia que contribuirá a la postre a que los más hábiles suban hasta la cima. La puesta en práctica de estas ideas cristaliza en el llamado “consenso de Washington”: reducción del gasto público; reforma impositiva para ampliar la base imponible; liberalización de las finanzas; tipos de cambio competitivos; liberalización de las importaciones; promoción de las inversiones extranjeras; privatización de las empresas estatales; desregularización de la economía y protección de los derechos de la propiedad.
Los acontecimientos posteriores han contribuido a debilitar el optimismo inicial que una globalización exclusivamente basada en este modelo había suscitado. Como la evidencia empírica demuestra, no existe alternativa real a la globalización, pero una globalización de este tipo ha producido “daños colaterales” y, desde luego, no ha beneficiado a todos por igual.
Empiezan a surgir movimientos que cuestionan la globalización de la economía y abogan por un orden mundial diferente, cuyos perfiles no aciertan a definir. Son expresiones de protesta pero que no plantean alternativas realistas.
Sí las plantean quienes quieren armonizar la competitividad económica con la inclusión social y con la protección del medio ambiente.
Abogan, en primer lugar, por un modelo económico basado en dos pilares; el funcionamiento correcto de los mercados y el principio de compensación social. El correcto funcionamiento de los mercados exige, de un lado, la lucha contra los monopolios y las prácticas abusivas y, de otro, la promoción de las pequeñas y medianas empresas para asegurar la competencia.
Abogan, en segunda lugar, por armonizar el desarrollo económico con la protección al medio ambiente superando el individualismo liberal extremo, que concibe al hombre como rey de la creación y a la naturaleza como simple objeto a transformar con su trabajo.
Plantean también alternativas a la globalización ultraliberal los que abogan por una economía de mercado sujeta a un orden. Un orden que incluiría las reglas aplicables a las empresas - gobierno corporativo -, las reglas nacionales a las que deben sujetarse quienes actúen en el país, las reglas que disciplinan el mercado europeo y también las reglas aprobadas por la OMC para organizar el comercio internacional.
La crisis ha subrayado finalmente las dificultades de aplicar los mismos principios a la economía real que a la economía financiera. Los incentivos por los que se mueven una y otra son diferentes. Esta quizá sea la única certeza extraída de la crisis. El resto, sigue a debate.



Lecciones de la crisis financiera


La globalización presagia la reforma de muchas de las instituciones que hasta ahora han regido las relaciones económicas mundiales. Cambios en el orden financiero, en el orden comercial y en el concepto mismo del desarrollo.
La crisis financiera, que aún estamos sufriendo, la primera gran crisis de la globalización, augura cambios en el sistema financiero mundial, en las instituciones y en las reglas que hasta ahora han gobernado las finanzas mundiales. En un mundo globalizado hay problemas globales que exigen soluciones que sólo pueden ser globales.
Las entidades financieras tienen actualmente un grado de presencia mundial que hace necesario el diseño de reglas a esa escala. En los últimos años, los países sacudidos por la crisis y, en nuestro caso, también las instituciones de la Unión Europea, tomaron medidas de carácter urgente y extraordinario para evitar males mayores. Pero resulta patente que se precisa la cooperación de todos.
Para evitar que se repitan crisis financieras como la que todavía estamos sufriendo es necesario una política monetaria que evite excesos, crear nuevos marcos de regulación y supervisión financiera global para las entidades que actúen en varios países y reformar las instituciones económicas internacionales, reforzando o creando en su caso organismos multilaterales que representen de verdad a todas las economías y tengan capacidad de actuación.
En el caso de la Unión Europea lo que ahora toca es remodelar el marco regulador para poner las finanzas al servicio del crecimiento y el desarrollo y una economía real al servicio de la financiera.
En concreto se han avanzado ya cuatro medidas importantes:


  • Avanzar en la integración de los mercados financieros europeos para alcanzar un tamaño crítico que nos permita competir con éxito con Estados Unidos. Los mercados mayoristas están hoy bastante integrados pero queda mucho por hacer en los mercados minoristas.

  • Poner en marcha una auténtica diplomacia del euro. Al renunciar a tener una voz única, los europeos están renunciando a todas las ventajas que podría darles el hecho de ser titulares de la segunda moneda del mundo.

  • Reformar el marco normativo para restablecer la transparencia de los productos, las entidades y los mercados financieros. Restablecer la responsabilidad de los gestores para evitar dislates de estos últimos años. Y reforzar las facultades de supervisión de los reguladores.

  • Establecer unos mecanismos de alerta temprana y unos comités de crisis en los que participen los principales actores internacionales para adoptar en tiempo y forma las medidas de urgencia que se necesiten en caso de crisis.


II.5 Algunos cambios geopolíticos derivados de la globalización
Los fenómenos que acabamos de examinar han cambiado radicalmente el escenario mundial. Y, como en todo cambio, hay ganadores y perdedores.
La situación y perspectiva de los distintos países se analizará en el capítulo destinado a las áreas geográficas. Conviene, sin embargo, hacer algunos apuntes que ayuden a guiar la acción exterior española en los próximos años, en particular, el redespliegue de nuestro servicio exterior.
La situación de la Unión Europea y América Latina se describe en detalle al hablar de los objetivos de la acción exterior española. La descripción que se incluye en los siguientes párrafos es, por tanto, muy somera.
La población de los Estados Unidos es más joven que la población europea. El desempleo es más bajo que en Europa. La productividad es mayor, porque la inversión, el esfuerzo en la innovación tecnológica y el gasto en educación y formación son superiores a los europeos.
En los próximos años, EEUU alcanzará la autosuficiencia energética, y podría poco después convertirse en exportador neto de energía. Su interés en áreas productores (Oriente Medio, por ejemplo), será previsiblemente menor que el que tiene ahora.
Su situación geo-estratégica privilegiada, asomándose al Océano Atlántico y al Océano Pacífico, facilitará a los Estados Unidos seguir siendo durante muchos años la primera potencia del mundo. Sin embargo, tras una década de gran implicación y esfuerzo bélico y económico en Irak y Afganistán, la opinión pública estadounidense parece mostrar una cierta reticencia a embarcarse en nuevas empresas exteriores, algo que hay que interpretar, no en clave aislacionista, sino como una reorientación de prioridades. Así, EEUU se enfrenta al desafío de mantener su tradicional influencia en el continente asiático. El interés por Europa y el vínculo transatlántico podrían verse reforzados en ese marco y en el del siempre complejo diálogo con Rusia.
La Unión Europea no ha crecido los últimos años lo suficiente para absorber un desempleo que sigue siendo excesivamente alto ni para acortar distancias con nuestros competidores. Las tensiones demográficas serán mayores que en Australasia o América del Norte. Europa es también más dependiente desde el punto de vista energético. Los fallos en el diseño de la Unión Económica y Monetaria, puestos de manifiesto con la crisis económica global, son otra debilidad clave para explicar el retraso relativo.
Pero Europa sigue siendo una de las áreas más prósperas del mundo, con un mercado amplio e integrado de algo más de 500 millones de personas y un elevado poder adquisitivo del conjunto de la población (PIB per cápita medio en torno a los 25.000 dólares). Y que cuenta además con  buenas infraestructuras y  una estructura productiva bastante diversificada.
Todo ello proporciona una estabilidad institucional y una  capacidad de competir relativamente altas, como refleja el hecho de que su volumen de comercio –que ha logrado mantener a lo largo de la pasada década- representa aún hoy el 33% del comercio global.
En clave política y geoestratégica, Europa debe seguir desempeñando su papel histórico de punto de conexión entre regiones. Su capacidad de influencia seguirá estando ligada al concepto de “poder blando” (fijación de la agenda, influencia en los ámbitos tecnológico, cultural y académico, solidez y credibilidad de sus centros de pensamiento etc.). Tampoco cabe desdeñar su condición de centro natural de redes tales como la Commonwealth (54 países), la Francophonie (31 países en África), o los 400 millones de hispanohablantes que hay en el mundo, 37 de ellos en Estados Unidos.
A partir de la última década del siglo pasado, América Latina experimentó un crecimiento sostenido, con factores como la contención de la inflación que marcó décadas pasadas (entre 1986 y 1994 Brasil sufrió varios años con una inflación por encima del 40%), el mantenimiento de bajos niveles de deuda y un incremento en las exportaciones de materias primas (que, según datos de la OCDE, pasaron de suponer el 40% de las exportaciones de bienes en 2000 al 60% en 2011). El factor demográfico puede ser otra fortaleza, con un importante porcentaje de población en edad laboral en todos los países.
En la actualidad asistimos a una desaceleración del crecimiento económico latinoamericano, probablemente coyuntural, con un pronóstico del crecimiento del PIB para 2014 que se sitúa en el 2% para 2014 y 2,6% en 2015 para el conjunto del continente. En ello inciden cinco factores esenciales: la moderación en el precio de las materias primas, el descenso de los intercambios comerciales, las incertidumbres que rodean el clima financiero global (ralentización de la economía china, incertidumbres sobre la política monetaria de Estados Unidos, situación en la zona euro), las frágiles reformas estructurales y la insuficiente inversión en infraestructuras.
En clave política, Latinoamérica - que es, por factores históricos y lingüísticos, la región más unificada desde el punto de vista cultural- ha experimentado pasos de gigante hacia la democracia en los últimos treinta años. Su condición de vértice natural entre el Pacífico y el Atlántico le convierte en plataforma natural para las interacciones entre la región Asia Pacífico, Europa occidental y el continente africano.
El crecimiento en la región de Oriente Próximo y África del Norte aparece lastrado por la inestabilidad política, con su impacto negativo en la inversión privada y en la producción y explotación de los recursos energéticos, especialmente en los países árabes que se encuentran en periodos de transición.
En los países no exportadores de petróleo, los problemas estructurales no resueltos, las tensiones sociales (en particular los elevados índices de desempleo) y las cuestiones de gobernanza siguen cohibiendo los potenciales beneficios derivados del turismo, la inversión extranjera directa y las exportaciones.
En los países de la región que son exportadores de petróleo, el reto es reducir su dependencia excesiva de los hidrocarburos. La llamada revolución de las fuentes no convencionales y la eficiencia energética contribuyen a rebajar la presión alcista de los precios del petróleo. Se impone por ello, en estos países, la necesidad de reformas estructurales que lleven una diversificación económica y contribuyan a la creación de empleos en el sector privado.
La región de Oriente Próximo y África del Norte es, quizá, la que de modo más directo acusa el reto que supone la globalización, con lo que tiene de choque entre la modernidad del siglo XXI - por ejemplo, la difusión de las nuevas tecnologías en una de las regiones más jóvenes del planeta - y la oportunidad perdida del desarrollo político y económico en el siglo XX. Ese choque entre modernidad y atraso, entre juventudes urbanas deseosas de cambio y masas rurales sujetas a la influencia del radicalismo, se encuentra en el origen de muchas tensiones y conflictos.
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