Europa en crisis Entre la reacción y el neorreformismo



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Europa en crisis

Entre la reacción y el neorreformismo1

por Santiago Lupe y Diego Lotito


La crisis capitalista internacional que estalló en 2007-2008 ha demostrado no ser una crisis cíclica más como sostenían los apologistas del capital, sepultando el triunfalismo burgués que acompañó la ofensiva neoliberal de la década de los ‘90.

La crisis capitalista actual ya está entrando en su octavo año. Si el epicentro inicial de lo que se ha denominado la “Gran Recesión” estuvo situado en los países avanzados (Estados Unidos y la Unión Europea), ya es un hecho que la misma ha entrado en una nueva fase, trasladándose a las llamadas “economías emergentes”, con la desaceleración del crecimiento de países como Brasil, Turquía y especialmente China2.

Esta crisis no solo ha tenido expresión en el terreno económico, sino que adquirió rápidamente contornos políticos. Una dinámica que dio lugar a nuevas tensiones geopolíticas, procesos de polarización y crisis política en los regímenes de los países centrales –dando lugar a nuevos fenómenos políticos por izquierda y por derecha–, así como la emergencia de una serie heterogénea de fenómenos de la lucha de clases.

Esta combinación de múltiples crisis se expresa agudamente en Europa. La crisis económica y la crisis social que afecta especialmente a los países del sur, persisten junto a crisis de desigual intensidad en los gobiernos y regímenes políticos de varios países, en un contexto de renovadas tensiones geopolíticas. Un complejo escenario al que se ha sumado desde mediados del año 2015 la “crisis migratoria” más importante en décadas, con casi un millón de refugiados ingresando por las rutas de los Balcanes y el Mediterráneo hacia el centro de Europa.

En términos globales, estamos asistiendo a diferentes manifestaciones de la crisis del proyecto mismo de la Unión Europea (UE), un proceso que se presenta profundamente cambiante e inestable, modificándose permanentemente las principales tendencias políticas que le imprimen su dinámica.

En el momento más álgido de la crisis griega, las “amenazas” sobre el futuro de la UE se manifestaron desde la izquierda, aunque de forma muy moderada debido a la estrategia conciliadora de Syriza y el resto de los reformismos europeos. Tras la capitulación sin lucha de Syriza ante la Troika (la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional), sin embargo, se impuso una relativa tendencia a la estabilización relativa de los regímenes y de los partidos del “extremo centro” –como los definió Tariq Ali– en los principales países de Europa.

Pero estas tendencias se han visto nuevamente trastocadas de manera brusca con la situación abierta tras los atentados del 13N en París. Sobre la base del crecimiento en varios países de tendencias euroescépticas de derecha y extrema-derecha en los últimos años, es desde este flanco que los embates hacia muchos de los gobiernos y regímenes europeos golpean ahora de forma más abierta y pronunciada.

Los brutales atentados de París han actuado así como un acelerador de las tendencias más profundas de la crisis en el seno de la Unión Europea, alimentando un giro hacia regímenes con rasgos más bonapartistas e impulsando a los partidos del “centro” a tomar el discurso y parte de la política de la extrema derecha para responder a la nueva situación. El giro guerrerista y neoconservador del gobierno de Hollande, la prolongación del “estado de excepción” en Francia –resuelta en la Asamblea Nacional con la escandalosa votación del Front de Gauche– y el ascenso electoral del Frente Nacional de Marine Le Pen en las recientes elecciones regionales, son una expresión rotunda de este cambio.

El giro reaccionario que se extiende en Europa, no obstante, se da en el contexto de profundas contradicciones y tensiones sociales que atraviesan al proyecto imperialista europeo, que dificultan su asentamiento y dan lugar a tendencias desiguales e incluso opuestas.

Los recientes resultados de las elecciones generales en el Estado español, donde la formación liderada por Pablo Iglesias, Podemos, ha quedado a pocos votos de superar al histórico PSOE –lográndolo en Cataluña, País Vasco y la capital, entre otros importantes territorios– irrumpen como expresión de una izquierdización canalizada por un proyecto reformista. Un escenario que suma complejidad a las diferentes salidas burguesas a la crisis del Régimen del ‘78 y reabre el debate sobre un “gobierno de izquierda”, aunque de darse este caso sería aún más a la derecha que el proyecto original de Syriza, pues solo sería posible junto a los social-liberales españoles.

En este marco, las tendencias a la polarización continuarán desarrollándose, desde el avance de nuevos gobiernos y formaciones de derecha y extrema derecha, hasta la continuidad de nuevas formaciones de la izquierda reformista como Podemos –o también el efecto Corbyn en Reino Unido y el Bloco de Esquerda en Portugal–, hasta la posibilidad de que frente a la ofensiva guerrerista europea se desarrolle un amplio movimiento contra la guerra imperialista, la xenofobia y en defensa de las libertades democráticas. Estas dinámicas están inscriptas en el próximo período y, de desarrollarse, plantearán nuevos desafíos y oportunidades a los revolucionarios internacionalistas.

El aumento de las tensiones geopolíticas y las contradicciones imperialistas

Las múltiples crisis que se acumulan en el viejo continente están generando una acelerada descomposición de la base de los Estados y los propios cimientos de la UE, poniendo en cuestión nada menos que la conquista más importante de la burguesía europea en los últimos cincuenta años, un entramado geopolítico nacido de la segunda posguerra y consolidado tras la caída de la Unión Soviética y los regímenes estalinistas de Europa del Este.

Desde el punto de vista geopolítico, la UE se encuentra tensionada desde múltiples flancos. Uno de los ejes de estas tensiones son los esfuerzos de Alemania por preservar su hegemonía en Europa, subordinando a su política –no sin serias dificultades– al resto de los Estados comunitarios y avanzando en la semicolonización de países periféricos como Grecia en un marco en el que no han desaparecido las tendencias a la disgregación del euro como moneda común.

Por otro lado, los enfrentamientos más o menos velados con Estados Unidos para dirimir quién pagará los costos de la crisis y por la dirección de la política hacia el Este de Europa y Rusia. La guerra en Ucrania, hoy en un impasse inestable, en la que Rusia –con un renovado papel en la política internacional– protagonizó el peor enfrentamiento con Occidente desde el fin de la guerra fría, es uno de los últimos escenarios en que se puso de manifiesto la precariedad de las relaciones interestatales dentro de la UE y con Estados Unidos.

Alemania tuvo un papel clave como desencadenante del conflicto ucraniano, que ya lleva casi dos años, promoviendo el avance de la UE sobre Ucrania y operando políticamente en el proceso que llevó a la caída del gobierno pro-ruso de Yanukovich. Sin embargo, por intereses económicos y estratégicos, su estrategia estuvo centrada en negociar una salida diplomática y no llegar a la ruptura de relaciones con Moscú, aunque sin dejar de impulsar sanciones a Rusia desde la UE.

Esta orientación del imperialismo alemán puso al descubierto las diferencias entre la UE y Estados Unidos –cuya política es más abiertamente hostil hacia Rusia– y dentro del propio bloque europeo. De hecho, Alemania y Francia, en contra de la política más ofensiva de Estados Unidos, ejercieron una fuerte intervención diplomática para impedir la escalada del conflicto a principios de 2015, a la vez que lograron disuadir al presidente estadounidense Barack Obama de profundizar la intervención militar, puesto que hubiera llevado a una mayor división dentro de la propia UE en torno a la política hacia Rusia.

Las tensiones geopolíticas que se acumulan en Europa no solo muestran los límites de la construcción del proyecto imperialista europeo, sino que se expresan permanentemente a través de nuevas y profundas crisis, tanto endógenas como exógenas, es decir, aquellas que provienen de una parte de su “patio trasero”: Siria, Oriente Medio y el Norte de África.

Las profundas contradicciones generadas por las intervenciones militares imperialistas que dejaron cientos de miles de muertos desde que Estados Unidos invadió Afganistán e Irak y la ruptura del equilibrio geopolítico histórico en Oriente Medio –un factor fundamental que explica el surgimiento de grupos como el Estado Islámico– hoy se trasladan dramáticamente al centro de Europa, tanto bajo la forma de una crisis migratoria de dimensiones históricas, como de atentados brutales y reaccionarios como los de París.

Esta situación potencia las dificultades de Alemania para mantener su hegemonía dentro del concierto de Estados europeos. El imperialismo alemán fue un polo de estabilidad relativa en la zona euro durante toda la crisis económica. Incluso logró contener –al menos momentáneamente– la crisis griega y las tendencias al “Grexit”, imponiendo a rajatabla su política al gobierno de Syriza, que capituló a las imposiciones imperialistas de Alemania y la Troika. Pero si la crisis de los refugiados ya está poniendo a prueba a la canciller Angela Merkel, los atentados de París y las mayores tendencias a la polarización política han extremado la fragilidad del ejecutivo alemán, que de profundizarse puede alterar enormemente los inestables equilibrios al interior de Europa.

Al mismo tiempo, la ofensiva guerrerista de Hollande le otorga a Francia un rol protagónico en la crisis y un papel dirigente del nuevo giro reaccionario europeo, el cual puede intentar utilizar para contrarrestar la hasta ahora casi indiscutida hegemonía alemana en Europa. Sin embargo, la burguesía francesa y su régimen no tienen la capacidad de ofrecer una salida de fondo a las contradicciones que están estallando y que pueden agravarse. Esta debilidad estratégica se patentiza en Oriente Medio. Por más que Francia incremente sus acciones militares, el imperialismo francés depende de la voluntad de otras potencias como Rusia y EE.UU. Su esfuerzo guerrerista rápidamente puede exponer sus fuertes vulnerabilidades, que serán explotadas por sus enemigos tanto en el tablero de Oriente Medio como en el territorio europeo y francés.



La crisis de los refugiados, espejo de la decadencia del proyecto europeo

La llamada “crisis de los refugiados”, ya considerada el proceso de migración más importante desde la Segunda Guerra Mundial, retrata brutalmente la decadencia del proyecto europeo. La actual oleada de refugiados es el resultado directo de la situación a la que el imperialismo ha llevado a la mayor parte de los países de Oriente Medio, Asia Central y África. Cientos de miles de refugiados buscan llegar a Europa escapando de la guerra y la destrucción generada por las propias intervenciones imperialistas y de sus agentes locales, el estancamiento de los procesos revolucionarios árabes y los avances contrarrevolucionarias de distinto tipo.

La reacción del conjunto de los gobiernos de la UE –incluido el gobierno de Alexis Tsipras en alianza con la derechista ANEL– ha sido la de reforzar todas las políticas antiinmigración en las fronteras y al interior de los Estados. Mientras se fortalecen las tendencias xenófobas y nacionalistas, el propio sistema Schengen está cuestionado. Austria y Hungría han levantado vallas “antirrefugiados”. Alemania ha reinstaurado los controles fronterizos y ha modificado sus leyes de asilo para hacerlas más restrictivas. El bloque de los países del Este europeo se niegan a aceptar las cuotas de refugiados impuestas por la UE. El triunfo de la derecha xenófoba en Polonia acrecienta esta tendencia reaccionaria en la región. Se reavivan las tensiones nacionales en los Balcanes.

Tras los atentados de París, todas estas tendencias se están intensificando, como ya apuntan las nuevas medidas del gobierno alemán, o de los gobiernos de Macedonia, Serbia y Croacia que han comenzado a restringir el acceso a los migrantes. El sueño de la Europa sin fronteras se muestra cada vez más al borde del abismo.

Al mismo tiempo, la clase obrera del continente va a ver engrosada sus filas por cientos de miles de nuevos trabajadores de otras naciones, que serán utilizados como mano de obra barata y un elemento de presión adicional para atacar sus condiciones de vida.

Ante esta situación, las burocracias sindicales hacen gala de su compromiso con los diversos Estados imperialistas, negándose a defender a todo este sector de la clase trabajadora o favoreciendo “treguas sociales” como en Francia. La izquierda reformista del continente clama humanitarismo, pero se niega a defender demandas democráticas elementales como la apertura de las fronteras o la igualdad plena de derechos para los refugiados e inmigrantes. Una situación que genera un peligroso caldo de cultivo para los prejuicios racistas en amplios sectores de la población y la clase obrera.



La crisis del “extremo centro”, entre el fracaso de Syriza, el ascenso de Podemos y el fortalecimiento de las tendencias por derecha

La crisis capitalista tuvo una profunda expresión en el terreno político como crisis de los gobiernos de las principales economías europeas y una tendencia al desgaste de los mecanismos de representación política burguesa. La imposición de brutales medidas de ajuste desde 2010 bajo los dictados de la Troika aceleró el desprestigio de los tradicionales partidos socialdemócratas (devenidos en partidos burgueses social liberales en la amplia mayoría de los países de la UE) y conservadores, con los que ha gobernado en forma alternada la burguesía imperialista en las últimas décadas. Son los partidos que Tariq Ali denominó el “extremo centro”: laboristas y tories en Gran Bretaña, socialistas y conservadores en Francia y el Estado español, las “grandes coaliciones” en Alemania, componentes de un sistema bipartidista en el que ya no existen diferencias fundamentales entre los partidos de centro-derecha y de centro-izquierda3.

Sin embargo, esta tendencia estructural se venía enlenteciendo después de la victoria política de Alemania y las principales burguesías de Europa sobre las masas griegas, imponiendo un nuevo memorándum, esta vez a través Syriza, que se transformó rápidamente en su agente “por izquierda”. Contra toda visión objetivista de algunos grupos de la extrema izquierda europea que tenían la ilusión de que una formación reformista como Syriza iba a ir más allá de lo que su dirección quería en su ruptura con las instituciones de la UE y el régimen griego –debido a un eventual crack y default en Grecia–, las burguesías imperialistas europeas utilizaron el temor a este escenario catastrófico para imponerle una capitulación en toda la línea.

En el Estado español, la bancarrota de Syriza disminuyó inicialmente las expectativas electorales de Podemos, según indicaban todas las encuestas. Al mismo tiempo, buena parte de los medios de comunicación del establishment operaron para fortalecer a Ciudadanos, un nuevo partido de la “derecha moderna” que se presentaba como la versión liberal de Podemos. Sin embargo, las últimas semanas de la campaña electoral dieron lugar a un sorprendente efecto “remontada” en las intenciones de voto a Podemos.

La exposición de la decadencia del bipartidismo –afectado por cientos de casos de corrupción y la responsabilidad de haber aplicado los planes de ajuste– y el fracaso de la “operación Ciudadanos”, le permitió a Podemos avanzar en la intención de voto hasta conquistar más de 5 millones de votos en las elecciones generales del 20 de diciembre, situándose en tercer lugar a menos de 350.000 votos de los social-liberales del PSOE. Una expresión distorsionada de las hondas aspiraciones sociales de millones en favor de demandas democráticas como el derecho a decidir –Podemos se impuso como primera fuerza en Cataluña y País Vasco– y contra la política de ajustes.

En un sentido contrario, los atentados de Paris han catalizado una tendencia al fortalecimiento de las tendencias por derecha y extrema derecha. Hasta ahora habíamos visto desarrollarse partidos eurófobos y ultraderechistas que buscaban aparecer a la ofensiva en distintos países (Francia, Reino Unido, Polonia, en menor medida Grecia), para intentar capitalizar la crisis del “centro”, al mismo tiempo que en otros (Hungría, Austria o Alemania) se vienen desarrollando importantes movimientos políticos racistas como el Pegida alemán.

Estos partidos pueden verse catapultados en el nuevo marco pos 13N. Un factor que explica que el centro rápidamente haya tomado parte de su discurso y políticas más reaccionarias, racistas y de reforzamiento del Estado nacional, como vemos en el caso del Partido Socialista (PS) de Hollande. Las pasadas elecciones regionales francesas son un claro ejemplo de ello. La asunción por parte del gobierno de Hollande de aspectos centrales del programa y discurso de la extrema derecha no ha logrado detener el ascenso de Marine Le Pen, que en la primera vuelta de las elecciones regionales obtuvo más del 30 % de los votos imponiéndose como la fuerza más votada.

En la segunda vuelta el llamado al “voto útil” del PS y de Los Republicanos (LR) contra el avance de la extrema derecha del Frente Nacional (FN), llegó a una parte del electorado de “izquierda” que había rechazado votar en primera vuelta “por la austeridad” y las políticas del gobierno del PS. Sin embargo, el “Frente Republicano”4 de Valls-Hollande obtuvo una victoria pírrica. Desde un punto de vista político, son las ideas del FN las que triunfaron, alimentadas por las políticas de los gobiernos tanto de “izquierda” como de “derecha” en el poder desde hace 30 años, aunque con la contradicción de que el FN no logra por ahora convertirse en una alternativa de poder.

A estas tendencias se suman además elementos preexistentes que dificultaban la recuperación de los regímenes políticos europeos, como la persistencia de la crisis económica y el retorno de tensiones nacionales: la cuestión nacional de Cataluña en el Estado español, en Gales y Escocia, o el referéndum sobre la permanencia en la UE en Gran Bretaña.

El caso catalán, el más candente en la actualidad, es el talón de Aquiles para el éxito de toda salida restauracionista del régimen español. Podemos se presenta como defensor de un referéndum por el “derecho a decidir”. Sin embargo, lo condiciona a su aceptación por las Cortes generales, es decir, a lograr el apoyo de las fuerzas del bipartidismo en crisis. Si bien el partido de Iglesias es el mejor ubicado para poder llevar adelante un proceso de negociación con las direcciones pequeñoburguesas y burguesas catalanas que desactive el movimiento democrático a cambio de mayor auto-gobierno, la profundidad de las aspiraciones a la autodeterminación no permiten vislumbrar un escenario fácil para la imposición de pactos por arriba.

En síntesis, el proceso de crisis del “extremo centro” burgués sigue abierto a distintos niveles, por izquierda y por derecha, con el Estado español y Francia como los de sus polos más dinámicos. Los atentados de París sitúan a distintas tendencias políticas de derecha y extrema derecha como posible relevo, al mismo tiempo que los partidos del centro asimilan su política para mantener su hegemonía.

Como decimos antes, la multiplicidad de crisis que se acumulan en Europa están generando una acelerada descomposición de la base de los Estados y los propios cimientos de la UE, condimentadas con tendencias cada vez mayores a la polarización política, así como al surgimiento de regímenes con rasgos bonapartistas.



De la Primavera Árabe al neorreformismo europeo

Después de décadas de ofensiva restauracionista burguesa y retroceso de la clase trabajadora a escala global (incluidas sus organizaciones de masas y la izquierda revolucionaria), el estallido de la llamada “Primavera Árabe” a inicios de 2011 abrió un nuevo período de la lucha de clases.

Si bien no tuvieron lugar revoluciones abiertas, la onda expansiva de la Primavera Árabe dio lugar a fenómenos muy heterogéneos que fueron desde procesos revolucionarios como el de Egipto y Túnez, pasando por guerras civiles reaccionarias con la intervención del imperialismo como en Libia y posteriormente en Siria, así como acciones masivas de resistencia obrera a las políticas de ajuste capitalista en Europa, y amplios movimientos juveniles y populares democráticos en diversos países (la Plaza Tahrir, los Indignados, Occupy Wall Street, #YoSoy132, etc.), tanto en el centro como en la periferia capitalista.

En Europa, especialmente en los países del Sur más afectados por la crisis de la deuda y donde la aplicación de duras políticas de ajuste tuvieron mayor impacto social, decenas de miles de jóvenes y trabajadores salieron a las calles en un prolongado proceso de luchas y procesos de organización5. Por la dureza de los ataques capitalistas y el nivel de la respuesta obrera y juvenil, Grecia y el Estado español fueron los países donde la lucha de clases tuvo, aunque con desigualdades, mayor expresión.

Desde el año 2010, cuando su economía se hundió generando una verdadera catástrofe económica y social, Grecia pasó por más de treinta huelgas generales, junto a infinidad de movilizaciones de masas y luchas parciales, experiencias significativas de ocupación y control obrero de pequeñas empresas, luchas obreras duras y prolongadas (como de los trabajadores de la Acería Griega) y fenómenos juveniles como el “Movimiento de las Plazas”, similar a los Indignados españoles que durante días ocupó la plaza Syntagma y rodeó el Parlamento.

En el Estado español, desde la emergencia del movimiento de Indignados en mayo de 2011, se desarrolló una dinámica de creciente intervención obrera, como mostraron las dos huelgas generales del año 2012, la lucha de los mineros, las mareas de trabajadores del sector público y luchas duras y prolongadas como las de Panrico, Coca-Cola, o más recientemente de las contratas de Telefónica-Movistar. A este proceso se sumaron fenómenos explosivos de rebelión juvenil y popular como los de Gamonal o Can Viés, movimientos como “Rodea el Congreso”, las movilizaciones contra la corrupción, las manifestaciones por la República tras la abdicación real, o las marchas del 22 de marzo de 2014 que reunieron a un millón y medio de personas en Madrid. El otro gran movimiento fue el que surgió en la Diada de 2012 en favor del derecho a decidir y la independencia de Cataluña, que a pesar del rol de su dirección burguesa de reconducirlo a una vía institucional, sigue latente6.

Pero si Grecia y el Estado español fueron los escenarios más álgidos de la lucha de clases europea desde el inicio de la crisis, no fueron los únicos. A ellos hay que sumar las movilizaciones en Italia en defensa del Artículo 18 y los convenios colectivos, la huelga general de 2012 en Portugal, la masiva huelga de empleados públicos en Gran Bretaña de 2011, las movilizaciones de trabajadores automotrices en Francia, una oleada que también tuvo sus coletazos en distintos países de Europa del Este, como la República Checa y Rumania. O más recientemente la rebelión de los obreros del automóvil de Turquía, las diversas luchas de trabajadores que vienen recorriendo Alemania como las de los ferroviarios, las trabajadoras de guarderías o de Amazon, y también los duros procesos de lucha obrera en Francia como los de los trabajadores de Air France, de los hospitales y de la limpieza de París.

A ocho años del inicio de la crisis todos estos procesos, sin embargo, fueron en gran medida desviados o derrotados. Las luces encendidas por los levantamientos de la Primavera Árabe hoy han sido apagadas bajo una combinación de desvíos “democráticos” y golpes de la reacción.

En Túnez, la cuna de los levantamientos y, junto con Egipto, el país en el que la clase obrera intervino como fuerza más o menos organizada, a principios de 2015 se formó un gobierno de coalición entre laicos e islamistas moderados del partido Ennahda, encabezado por un antiguo funcionario del derrocado Ben Ali, que terminó de sellar la confiscación de la revolución tunecina7.

En Egipto, donde tuvo lugar el proceso más profundo, el actual gobierno apoyado por las principales potencias como Estados Unidos o Francia, surgido de unas elecciones custodiadas por las armas del Ejército, ha impuesto una vuelta al pasado, al antiguo régimen en su versión más brutal. Con leyes antiprotestas, proscripción a partidos o grupos políticos y represión bajo el lema del “combate contra terrorismo” ha impuesto el orden barriendo el proceso que abrió la primavera árabe en el país, aunque aún no ha podido acabar con la resistencia obrera como lo muestra la huelga de los obreros textiles de Mahalla.

En Europa, la oleada de luchas obreras, juveniles y populares, fue contenida mediante una combinación de traiciones de las burocracias sindicales y desvíos electorales que abrieron expectativas de cambio político en amplios sectores de masas.

El caso griego es esclarecedor. A pesar de la inmensa combatividad y disposición a la lucha de la clase obrera y el pueblo griegos, que plantearon la posibilidad real de que la resistencia a los planes de ajuste pegara un salto cualitativo iniciando una dinámica hacia la huelga general política, este escenario fue evitado principalmente por la acción de las direcciones sindicales burocráticas mayoritarias (GSEE y ADEDY). Al mismo tiempo, los sectores influenciados por el Partido Comunista griego (KKE) y su rama sindical, el PAME, con relativo peso en algunos sectores del proletariado industrial como el portuario, sostuvieron una política autoproclamatoria y sectaria, que evitó el desarrollo del frente único obrero para enfrentar los ajustes.

Un proceso similar, aunque con menor intensidad y niveles de radicalización, se dio en el Estado español. El movimiento de los Indignados, en tanto movimiento democrático de carácter esencialmente juvenil y policlasista (ciudadano), se limitó a un cuestionamiento parcial de las formas políticas del Estado y las políticas de recortes, sin buscar en la clase trabajadora y los sectores populares más pobres el aliado fundamental para sus propósitos democratizadores. Aun así, una porción significativa de los jóvenes indignados formaron parte posteriormente, junto a sectores de la clase trabajadora, de las manifestaciones masivas y huelgas que mostraban la disposición al combate de amplios sectores. Esta dinámica tendiente a la unidad obrera, juvenil y popular fue bloqueada por la acción de las burocracias sindicales de CCOO y UGT, que desplegaron una estrategia de convocar a dos paros de presión de solo 24 horas sin continuidad, dejando pasar un ataque histórico como la última Reforma Laboral del gobernante Partido Popular, mientras impusieron el aislamiento de decenas de luchas duras por fábricas o sectores.

En Europa, como han demostrado los casos griego y español, el rol de las burocracias sindicales actuó como el principal obstáculo para la generalización de procesos agudos de la lucha de clases. Sin embargo, este no fue el único factor. La acción de los nuevos fenómenos reformistas –apoyados por sectores del reformismo “clásico” y lamentablemente también por sectores de la propia extrema izquierda–, que se fortalecieron en forma directamente proporcional en que la movilización social y la lucha de clases tendieron a declinar, fue a su vez decisiva para imponer desvíos electorales y pasivizar las tendencias más disruptivas de la lucha de clases.


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