Evangelizados por la liturgia, enviados a renovar el mundo con misericordia



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EVANGELIZADOS POR LA LITURGIA,

ENVIADOS A RENOVAR EL MUNDO CON MISERICORDIA


  1. Introducción


I. La reforma litúrgica: Un balance positivo

2. El sentido de la liturgia.

3. Importancia de la Constitución conciliar sobre la Sagrada Liturgia, «Sacrosanctum Concilium».

4. La centralidad de la Palabra de Dios vivida e interpretada en la fe de la Iglesia.

5. La aportación del Catecismo de la Iglesia Católica.

6. Algunas dificultades.

7. Llamada a una cuidadosa recepción.
II. Liturgia y evangelización

8. Liturgia y vida.

9. Llamados a evangelizar.
III. De la eucaristía a la misericordia

10. La Eucaristía, sacramento del amor.

11. La Eucaristía y la dignidad de la persona humana. «Vuestro amor mutuo será el distintivo por el que todo el mundo os reconocerá como discípulos míos» (Jn 13,35).

12. El rostro de la misericordia.
IV Caminos de futuro para la pastoral litúrgica

13. Algunos retos para nuestras Iglesias diocesanas

  1. La participación activa de los fieles y la vivencia de la liturgia como base de la espiritualidad del cristiano.

  2. Intensificar una buena formación litúrgica.

  3. La Palabra de Dios y la oración litúrgica de la Iglesia.

  4. El ministerio de la homilía, fuente constante de renovación.

  5. La Música litúrgica. La segunda edición del Cantoral Litúrgico Básico.

  6. El Arte y el redescubrimiento de la dimensión espiritual.

  7. Favorecer un proceso de iniciación en la vida cristiana. El "primer anuncio".

  8. Transmitir el tesoro de la fe: niños y adultos.

  9. La Misa dominical. El encuentro con la comunidad.

  10. La penitencia cristiana y el sacramento de la reconciliación y del perdón.

  11. La celebración de las exequias cristianas.

  12. La piedad popular y la nueva evangelización.

14. Conclusión

Introducción


1. «La liturgia contribuye en sumo grado a que los fieles expresen en su vida, y manifiesten a los demás, el misterio de Cristo y la naturaleza auténtica de la verdadera Iglesia» (SC 2). En estas palabras, extraídas del prólogo de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, del Concilio Vaticano II (1962-1965), se encuentra el sentido y el objetivo de esta Carta Pastoral que dirigimos a los fieles de nuestras Iglesias diocesanas que peregrinan en Cataluña y a todo nuestro pueblo. Nos mueve a ello la conmemoración del centenario del 1er. Congreso Litúrgico celebrado en Montserrat el mes de julio del año 1915 y el inicio del Año Santo de la Misericordia, convocado por el Santo Padre Francisco con motivo del cincuentenario de la finalización del Concilio Vaticano II.
El movimiento litúrgico en nuestras Iglesias diocesanas empezó por aquel magno Congreso celebrado hace cien años en el Monasterio de Montserrat. Convocado por todos los Obispos de las diócesis catalanas y el P. Abad de Montserrat, Dom Antoni Mª Marcet, presidido por el Nuncio Francesco Ragonesi, y siendo el secretario el presbítero sabadellense, Dr. Lluís Carreras, el 1er. Congreso Litúrgico abrió un surco por el que discurrió un río fecundo de trabajo en favor de la liturgia al servicio del Pueblo de Dios, a fin de dar a Dios el culto que se merece.
Aquel Primer Congreso fue de gran importancia para introducir a los fieles de las Diócesis catalanas en la liturgia, facilitándoles la participación activa, para que la liturgia fuera la base fundamental y nuclear de su espiritualidad cristiana. También quería favorecer una mayor dignidad en las celebraciones de la fe católica, impulsando posteriormente muchas iniciativas que hicieron de Montserrat y de Cataluña un lugar de estudio y de reflexión litúrgica de referencia. A nivel internacional el Congreso fue una de las primeras realizaciones en sintonía con el movimiento litúrgico europeo y tuvo un intenso sello de romanidad.
Las crónicas levantan acta de su importancia y de la alta motivación litúrgica de los católicos catalanes de aquel momento. Asistieron más de 2.000 congresistas, entre los cuales Antoni Gaudí, Josep Puig i Cadafalch, o Lluís Millet i Pagès, y unos 480 presbíteros con el Arzobispo metropolitano de Tarragona, Mons. Antolín López Peláez al frente, y todos los obispos de la provincia eclesiástica Tarraconense que en aquel momento unía a todas las Diócesis con sede en Cataluña.

A este Congreso de 1915 siguió una época muy creativa de semanas litúrgicas y de canto gregoriano, exposiciones, promoción de scholae cantorum, publicación de libros, devocionarios y misales para que los fieles pudieran seguir la misa que se continuaba celebrando en latín, así como también impulsó una renovación de las artes aplicadas a la liturgia. Aparecía, ciertamente, la finalidad pedagógica y educativa de la liturgia. En las mismas conclusiones generales del Congreso de 1915 se decía expresamente que la liturgia era «el método más fecundo para la educación del espíritu y de la vida cristiana».1 Como es obvio, esta finalidad pedagógica, iba subordinada a la finalidad cultual y santificadora, sin perder nunca de vista la importancia de «la participación plena, consciente y activa» como más tarde afirmaría la misma Constitución sobre la Sagrada Liturgia del Concilio Vaticano II.


Juntamente con la renovación litúrgica hay que remarcar entre los frutos de aquel Congreso, el descubrimiento de los textos bíblicos como fundamento de la vida cristiana, favorecido por las traducciones que se empezaban a divulgar en lengua vernácula.
Muchas de las iniciativas y de la doctrina subyacente a este movimiento litúrgico, culminaron en la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II. De aquí que, aún en pleno Concilio, tuvo lugar el segundo Congreso Litúrgico de Montserrat el año 1965, impulsado por el Abad Gabriel M. Brasó, en un intento de aplicar a nuestras diócesis el espíritu de la liturgia que emanaba de la enseñanza conciliar. De este 2º Congreso surgió la Sociedad Catalana de Estudios Litúrgicos, filial del Instituto de Estudios Catalanes.
Más tarde, en el año 1990, con motivo del 25º aniversario del Concilio Vaticano II y del 75º aniversario del primer Congreso litúrgico de Montserrat, fue llevado a cabo un nuevo Congreso en Montserrat, entendido como un balance de la aplicación de la reforma conciliar, y que deseaba subrayar los pasos a realizar aún pendientes, desde los más teóricos y doctrinales -como, por ejemplo, la participación activa y fructuosa de los fieles-, hasta otros más concretos, como acabar la versión de los textos en la lengua del pueblo y el cantoral litúrgico oficial.2 A la ampara de este acontecimiento, los obispos de Cataluña publicaron una Carta pastoral con el título: «La liturgia, fuente de la vida espiritual».3
Después del IV Congreso Litúrgico de Montserrat que tuvo lugar el mes de abril de 2015 en Barcelona y en Montserrat, conmemorando el centenario del Primer Congreso, y en el contexto del Año Santo de la Misericordia con motivo del cincuentenario de la finalización del Concilio Vaticano II, así como del veinte aniversario de la clausura del Concilio Provincial Tarraconense (1995), queremos dirigir a los fieles cristianos una palabra de consuelo y de esperanza para subrayar algunos aspectos que ponen de manifiesto la importancia de la reforma litúrgica llevada a cabo por el Concilio Vaticano II, incidiendo especialmente en la finalidad educadora y catequética de la liturgia. La liturgia nos empuja a evangelizar, enviados a renovar el mundo con la misericordia y el amor del Señor, que nos llama a ser una Iglesia «en salida», como afirma nuestro Papa Francisco,4 es decir, a ser una Iglesia enviada a todas las periferias, que tiene cuidado amoroso, concreto y preferente de los más pobres y necesitados. Porque siempre la liturgia ha de ayudar a los creyentes a expresar el misterio de Cristo y la naturaleza auténtica de la verdadera Iglesia.


I. La reforma litúrgica: Un balance positivo
2. El sentido de la liturgia
Son muchos los teólogos y liturgistas que analizando el movimiento litúrgico iniciado ya a finales del siglo XIX lo justificaban como la reacción a la toma de conciencia que en la Iglesia se había debilitado el sentido de la liturgia. El valor básico del movimiento litúrgico, del que fue un exponente magnífico el primer Congreso Litúrgico de Montserrat, fue poner a la luz otra vez en la vida de la Iglesia, el valor y el sentido básico de la liturgia. Se trataba de un movimiento pastoral y espiritual, por más que también hacía aportaciones doctrinales importantes, íntimamente vinculado con el progreso de la eclesiología.
El movimiento litúrgico se proponía una entrada espiritual de los fieles en la celebración, a través del canto, de la asimilación como propia de la oración litúrgica, de la unión con el sacerdote en la ofrenda del sacrificio eucarístico, y de valorar la comunión frecuente, tan impulsada por san Pío X.

El Concilio Vaticano II fue la culminación de todo este proceso. La Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, lo sintetizó en una de sus expresiones más paradigmáticas: «La liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza» (SC 10).


Si Romano Guardini afirmaba que veía «nacer la Iglesia en las almas», se puede afirmar que, simultáneamente, a lo largo del siglo XX y gracias a la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, hemos visto renacer la oración de la Iglesia en el corazón y en los labios de los cristianos.

3. Importancia de la Constitución conciliar sobre la Sagrada Liturgia, «Sacrosanctum Concilium».
La Constitución sobre liturgia del Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, ha aportado unos grandes frutos para la vida de la Iglesia durante estos últimos cincuenta años. Por este motivo, conviene recordarlos y manifestarlos en el hoy de nuestras Iglesias. El Concilio se inició tratando la divina liturgia que, dentro de la concepción sacramental de la comunidad eclesial que es comunidad eucarística, se convierte en el corazón, la fuente y la cumbre de la vida cristiana.
Con este hecho, el Concilio afirmaba que «la principal manifestación de la Iglesia se realiza en la participación plena y activa de todo el pueblo santo de Dios en las mismas celebraciones litúrgicas, particularmente en la misma Eucaristía, en una misma oración, junto al único altar donde preside el Obispo, rodeado de su presbiterio y ministros» (SC 41).

La Constitución Sacrosanctum Concilium situaba más explícitamente la liturgia en el contexto de la teología de la historia de la salvación, de la que el misterio pascual de Cristo es la plenitud.


Además de las referencias a la presencia de Cristo en la Eucaristía y en los otros sacramentos, así como también en la persona del ministro que celebra, el Concilio subrayaba esta presencia en la proclamación de la Palabra de Dios, «pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es Él quien habla»; y también en todo el pueblo santo de Dios reunido para una acción litúrgica (SC 7), porque «donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos» (Mt 18,20).
La liturgia es a la vez el encuentro con Cristo, que actúa personalmente en su Iglesia, y, al mismo tiempo, es espera activa de la su venida en la gloria. Por ello en el marco de la reforma y el incremento de la Liturgia, el Concilio animaba a los fieles de una forma preeminente a fomentar la participación en la acción litúrgica «de una manera consciente, activa y fructuosamente» (SC 11), «y a la cual tiene derecho y obligación, en virtud del bautismo, el pueblo cristiano» (SC 14).
Esta participación activa se da especialmente en la Eucaristía, que ocupa en la liturgia el primer lugar, como fuente para la cual la gracia de Cristo se extiende a los fieles y como cumbre, ya que la finalidad última de la acción de la Iglesia es la santificación de los hombres en Cristo y la glorificación de Dios. Para esta finalidad, se convierte en absolutamente necesaria y conveniente potenciar la formación litúrgica. Es importante también remarcar cómo la Constitución conciliar se detenía a poner las bases y los límites de la reforma litúrgica, siempre dentro del marco eclesiológico adecuado.
4. La centralidad de la Palabra de Dios vivida e interpretada en la fe de la Iglesia.
La Constitución conciliar sobre la Liturgia propuso verdaderamente una recuperación en profundidad de «aquel amor suave y vivo hacia la Sagrada Escritura que atestigua la venerable tradición de los ritos, tanto orientales como occidentales» (SC 24). El propósito de una presencia más significativa de la Palabra de Dios en las celebraciones litúrgicas ha sido cumplido con la máxima fidelidad. Seguro que nunca, en toda la historia de la Iglesia católica, habíamos tenido como ahora una lectura bíblica tan abundante y tan pedagógicamente organizada. Los leccionarios actuales de la liturgia romana, con una presencia más abundante del Antiguo Testamento a fin de acentuar la unidad de los dos Testamentos, así como la recuperación del salmo responsorial, son una magnífica aportación a la formación bíblica de todos los fieles católicos.
Para los pastores, encargados de actualizar la Palabra de Dios en las homilías, esta abundancia de textos bíblicos es, al mismo tiempo, una ayuda y un reto. Con la obra conciliar, la Palabra de Dios ha reaparecido en la Iglesia de la forma que más le corresponde, es decir, como Palabra viva de Dios a los hombres. Es así como «en la liturgia, Dios habla a su pueblo; Cristo sigue anunciando el Evangelio. Y el pueblo responde a Dios con el canto y la oración» (SC 33).
Por este motivo, la Constitución Dogmática sobre la Divina Revelación del Vaticano II, Dei Verbum, que precede lógicamente aunque no cronológicamente a estas afirmaciones de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia, afirma que en «la Iglesia creyente y orante», «el Espíritu Santo hace resonar la viva voz del Evangelio», a fin de que también «por ella», esta voz llegue «al mundo» (DV 8). «Cristo no habla en el pasado, sino en nuestro presente, ya que Él mismo está presente en la acción litúrgica».5 En este punto, se aprecia también en toda su verdad la exhortación de la misma Constitución Dei Verbum citando una famosa afirmación de san Jerónimo: «El Santo Concilio exhorta con vehemencia a todos los cristianos [...], a que aprendan “el sublime conocimiento de Jesucristo” (Fl 3,8) con la lectura frecuente de las Sagradas Escrituras» (DV 25). Porque «el desconocimiento de las Escrituras es desconocimiento de Cristo».6
5. La aportación del Catecismo de la Iglesia Católica
Como afirmaba el recordado obispo auxiliar de Barcelona Mons. Pere Tena (1928-2014), que invirtió su vida en el fomento de la liturgia, el enriquecimiento más decisivo del sentido de la liturgia después del Concilio Vaticano II, «ha sido la del Catecismo de la Iglesia Católica (1992), y en él todos los apartados dedicados a la acción del Espíritu Santo en la liturgia, definida globalmente como opus Trinitatis [obra de la Trinidad]».7 «La celebración del misterio cristiano» ―segunda parte del Catecismo― se ponía en estrecha conexión con “La profesión de fe” ―primera parte― y con “La vida cristiana” ―tercera parte: Es el misterio de Cristo lo que la Iglesia anuncia y celebra en su liturgia a fin de que los fieles vivan de él y den testimonio del mismo en el mundo» (CEC 1068).
El texto del Catecismo recoge ampliamente la herencia de la Constitución conciliar sobre Liturgia, la reúne con las reflexiones de los últimos años y la enriquece con las aportaciones de la teología oriental. El resultado es una síntesis espléndida de aquello que profesa la Iglesia sobre el sentido de la liturgia. Por este motivo, los obispos invitamos a nuestras Iglesias diocesanas a releer estos pasajes del Catecismo. Es especialmente valioso el inicio de la primera sección, al exponer la liturgia como obra de la Santísima Trinidad (CEC 1077-1112).
Dentro de esta perspectiva, el Catecismo nos recuerda que «la liturgia es acción del “Cristo total” (Christus totus)». Porque «los que desde ahora la celebran participan ya, más allá de los signos, de la liturgia del cielo, donde la celebración es enteramente comunión y fiesta» (CEC 1136).


6. Algunas dificultades
Hay que tener en cuenta, sin embargo, que la reforma no se hace sin dificultades. Por este motivo, no podemos dejar de lado los obstáculos y malentendidos que el sentido de la liturgia ha sufrido durante estos años.
Por un lado, los que rechazando la obra del Concilio, se opusieron al Misal Romano promulgado por el beato papa Pablo VI en el año 1969. A veces se ha simplificado su posición, como si el problema fuera simplemente de poder retornar a la Misa de la reforma del Concilio de Trento, cuando, de hecho, existen problemas eclesiológicos más de fondo, como la aceptación de todos los documentos del mismo Concilio Vaticano II, los relacionados con la subsistencia de la verdadera Iglesia de Cristo en la Iglesia católica y en diálogo con las otras confesiones cristianas, o la misma libertad religiosa promulgada por el Concilio Vaticano II en el decreto sobre la libertad religiosa, Dignitatis humanae. Desafortunadamente, los esfuerzos de los papas, y principalmente, dentro del último decenio, el generoso intento del papa Benedicto XVI para conseguir la plena unión, no ha llegado aún a hacerse realidad.
Por otro lado, en nuestras diócesis, las dificultades surgieron principalmente a en el extremo opuesto por causa de quienes creyeron que la liturgia era simplemente un objeto para reformar, cuando en realidad era un sujeto capaz de reformar la vida cristiana que ponía en el centro de la vida y la pastoral el misterio pascual de Cristo.8
Este mal lo sufrieron sobre todo aquellos que pensaban que la reforma del Vaticano II era un reinicio de la vida de la Iglesia y, con respeto a la liturgia, no habían seguido personalmente ni espiritualmente el proceso del movimiento litúrgico del cual, precisamente, la Constitución Sacrosanctum Concilium era su culminación.
Además, el movimiento de desacralización y secularización no podía dejar de influir negativamente. La fuerte crisis de identidad del ministerio sacerdotal, la lenta y difícil entrada de una visión de la Iglesia como «misterio» (LG 1-8), llevó la liturgia en numerosas comunidades eclesiales hacia una dimensión exclusivamente antropológica y, por lo tanto, a una autocelebración de la asamblea. Esta idea, aunque por supuesto de una forma inconsciente, se encuentra en la base de aquella formulación acríticamente aceptada del sentido de la liturgia meramente como «celebración de la vida». El resultado práctico ha sido, en muchos casos, un descenso del sentido de adoración y de alabanza esenciales en toda celebración litúrgica.
7. Llamada a una cuidadosa recepción
Sin embargo, los episodios expuestos en el punto anterior, no pueden oscurecer la bondad y la validez de la reforma litúrgica tal y como ya hemos expuesto. Además, la reforma litúrgica contiene riquezas que hay que ir profundizando, como una mayor atención hacia el «ars celebrandi», la formación bíblica y litúrgica, o el sentido profundo de «la participación plena, consciente y activa» que ha de llevar verdaderamente a la vivencia del misterio en la propia vida cristiana de los fieles, convirtiéndose en luz del mundo y sal de la tierra (cf. Mt 5,13-16). El cambio generacional, que implica que prácticamente hayamos despedido a los grandes protagonistas del Concilio ―obispos, teólogos y expertos― y que se esté retirando de la escena a la primera generación que recibió el Concilio, nos obliga a dejar de hablar de la liturgia insistiendo en el antes y el después de la Sacrosanctum Concilium.
Hemos entrado en una segunda etapa de la recepción conciliar que se augura más serena, gracias a los buenos caminos recorridos por los que nos han precedido. De aquí que, con una hermenéutica interpretativa correcta, y con la distancia serena de los años transcurridos de reforma conciliar, necesitamos volver a los textos del Vaticano II que los Padres conciliares nos dejaron por herencia, para que, como afirmaba Benedicto XVI, «sean conocidos y asimilados como textos cualificados y normativos del Magisterio, dentro de la Tradición de la Iglesia».9

Cuando la Iglesia, ejerciendo su maternidad espiritual, entrega a cada generación «todo lo que ella es, todo lo que cree» (DV 8), presenta aquel «depósito viviente» que se convierte en principio constante de vida y de renovación y que es un depósito que nunca envejece, sino que, bajo la acción del Espíritu Santo renueva sin parar la juventud del cuerpo eclesial10.


Si la reforma conciliar la sabemos leer y acoger, y a la vez llevar a la práctica con paciencia y decisión, podrá ser y llegará a ser cada vez más una gran fuerza para la renovación siempre necesaria de la Iglesia.

II. Liturgia y evangelización
8.- Liturgia y vida
En la introducción de la Sacrosanctum Concilium, tratando del lugar de la liturgia en el misterio de la Iglesia, se afirma: «al edificar día a día a los que están dentro para ser templo santo en el Señor», «robustece también admirablemente sus fuerzas para predicar a Cristo y presenta así la Iglesia, a los que están fuera, como signo levantado en medio de las naciones, para que, bajo de él, se congreguen en la unidad los hijos de Dios que están dispersos, hasta que haya un solo rebaño y un solo pastor» (SC 2).

Hablar de liturgia es hablar de vida cristiana. Se trata de un binomio natural, dado que ambas se reclaman, se influencian y se benefician recíprocamente. El beato Pablo VI lo recordaba en las vigilias de la finalización del Concilio: «La Constitución Sacrosanctum Concilium no tiene por objeto tan solo la reforma de los ritos sagrados, sino que tiende a llevar hasta lo esencial a nuestra educación y nuestra expresión religiosa: a la Palabra divina, al dogma, al sacramento, al Cuerpo místico, a la oración comprendida y expresada por toda la comunidad, a Cristo, a Dios, a la Santísima Trinidad».11


Hay, por lo tanto, un lazo estrecho entre liturgia y vida cristiana, una vida que implica misión en el mundo, anuncio de la alegría de ser cristiano, de dar culto al Dios verdadero y de amarlo con todo el corazón y todas las fuerzas. De aquí que las acciones litúrgicas han de llevar adecuadamente a la vida de la comunidad, y esta vida reencuentra su sentido profundo y toda su fuerza en las mismas acciones litúrgicas. La misión eclesial se injerta en la fe verdadera que la Iglesia ha recibido en la transmisión apostólica, recobra su fuerza por el testimonio de vida cristiana y se alimenta por medio del culto en espíritu y en verdad que la liturgia explicita dentro de la comunidad eclesial. La Iglesia, con su doctrina, con su vida y su culto, perpetúa y transmite a cada generación todo lo que es y todo lo que cree, para que también cada generación y cada cristiano, con la gracia recibida en el bautismo, lo pueda hacer suyo y lo haga fructificar.
9. Llamados a evangelizar
La Constitución Sacrosanctum Concilium, en el momento de explicitar la enseñanza caudal que la liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia, añade inmediatamente: «pues los trabajos apostólicos se ordenan a que, una vez hechos hijos de Dios por la fe y el bautismo, todos se reúnan para alabar a Dios en medio de la Iglesia, participen en el sacrificio y coman la cena del Señor». Entonces, los fieles serán «arrastrados y encendidos a la apremiante caridad de Cristo»; y la gracia «que mana hacia nosotros de la liturgia y, sobre todo, de la Eucaristía como de la fuente», obtendrá la «santificación de los hombres» y la «glorificación de Dios» «a la cual las demás obras de la Iglesia tienden como a su fin» (SC 10).
Hay una total dependencia y relación entre el mismo Cristo, que es la luz de los pueblos, la Iglesia y la cumbre de la vida cristiana, que es la Eucaristía. Se trata de una cuestión muy importante, pero, principalmente, de una tarea permanente, así como de un compromiso especialmente urgente.

Nos lo han recordado no sólo los diversos documentos del Concilio Vaticano II, sino también las llamadas urgentes de los papas del posconcilio, desde el beato Pablo VI al actual papa Francisco, haciéndose eco del sentir de la Iglesia universal. Afirmaba san Juan Pablo II: «Gracias al Concilio nos hemos dado cuenta, con mayor claridad, de esta verdad: como la Iglesia «hace la Eucaristía» así “la Eucaristía construye la Iglesia”».12


La urgencia evangelizadora se manifiesta y se despliega desde la misma Eucaristía, donde se encuentra el centro, tanto de la vida sacramental como de la vida ministerial y apostólica de toda la Iglesia, pues « en la Sagrada Eucaristía se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia y [...] aparece como la fuente y cima de toda la evangelización» (PO 5). En la Eucaristía extraemos aquel alimento de vida que hace presente al mismo Jesús y que se nos da para que nosotros seamos Cristo mismo, es decir, que reproduzcamos su misma persona en nuestra propia vida.
La Eucaristía supone la evangelización y, al mismo tiempo, conduce hacia ella. La participación fructuosa en la Eucaristía ha de llevar al diálogo hacia fuera y a la acción comprometida de servicio en el mundo. Comemos a Cristo para poderlo anunciar con toda fidelidad y con el coraje que no teme ningún obstáculo, ni tiene miedo de dar la vida, como Cristo la dio. Se trata del diálogo como forma de vida y como método para la reconciliación entre los hombres. La Iglesia que celebra la Eucaristía se ve urgida a «salir hacia fuera», afirma el papa Francisco en su exhortación apostólica Evangelii gaudium: «La actividad misionera “representa aún hoy día el mayor desafío para la Iglesia”»; «no podemos quedarnos tranquilos en espera pasiva en nuestros templos»,13 dado que la Iglesia «vive un deseo inagotable de brindar misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia del Padre y su fuerza difusiva».14
Con este espíritu, y en adecuada interrelación entre Eucaristía y vida cristiana, el evangelizador encontrará la manera de que la Palabra se encarne en una situación concreta y de frutos de vida nueva, aunque en apariencia sean imperfectos o inacabados. Y añade el papa Francisco, subrayando los vasos comunicantes que debe haber entre liturgia y evangelización: « la comunidad evangelizadora gozosa siempre sabe «festejar». Celebra y festeja cada pequeña victoria, cada paso adelante en la evangelización. La evangelización gozosa se vuelve belleza en la liturgia en medio de la exigencia diaria de extender el bien. La Iglesia evangeliza y se evangeliza a sí misma con la belleza de la liturgia, la cual también es celebración de la actividad evangelizadora y fuente de un renovado impulso donativo».15

III. De la eucaristía a la misericordia
10. La Eucaristía, sacramento del amor
«Eterna es su misericordia», este es el estribillo que acompaña cada verso del Salmo 135 mientras se narra la historia de la revelación de Dios. En la Bula Misericordiae vultus, con la cual convoca el Año Jubilar de la Misericordia, el papa Francisco recuerda que este Salmo fue orado por Jesús al final de la Última Cena. Y añade: «Mientras instituía la Eucaristía, como memorial perenne de Él y de su Pascua, puso simbólicamente este acto supremo de la Revelación a la luz de la misericordia. En este mismo horizonte de la misericordia, Jesús vivió su pasión y muerte, consciente del gran misterio del amor de Dios que se habría de cumplir en la cruz. Saber que Jesús mismo hizo oración con este Salmo, lo hace para nosotros los cristianos aún más importante y nos compromete a incorporar este estribillo en nuestra oración de alabanza cotidiana: “Eterna es su misericordia”. Con la mirada fija en Jesús y en su rostro misericordioso podemos percibir el amor de la Santísima Trinidad».16

En efecto, en la Eucaristía se realiza el memorial de la Pascua y el Señor se da a su pueblo, bajo las especies del pan y el vino, llegando a ser, según la famosa expresión de San Agustín, «más íntimo a nosotros mismos que nuestra propia intimidad».17


Cada vez que participamos de la Eucaristía, de una manera consciente nuestra alma se abre a aquel amor que contiene y hace presente todo lo que Dios ha obrado por nosotros, y entonces puede nacer en nosotros mismos una viva respuesta de amor. No solamente «conocemos el amor», sino que nosotros mismos empezamos a amar (cf. 1Jn 3,16; 1Jn 4,16). De aquí que la Eucaristía, siendo como es el centro de la vida cristiana, por eso mismo es por excelencia el sacramento del amor y de la caridad.
La Eucaristía, afirma san Juan Pablo II, «significa la caridad, y por ello la recuerda, la hace presente y al mismo tiempo la realiza».18 Porque el auténtico sentido de la Eucaristía se convierte por él mismo en escuela de amor activo al prójimo. El pan se pone en la mesa para partirlo, repartirlo y compartirlo. No se puede separar la Eucaristía del compromiso personal y comunitario. Comulgamos para convertirnos en pan para los demás. Afirma el papa Benedicto XVI al inicio de la Exhortación apostólica Sacramentum caritatis: «Sacramento de la caridad, la Santísima Eucaristía es el don que Jesucristo hace de sí mismo, revelándonos el amor infinito de Dios por cada hombre. En este admirable Sacramento se manifiesta el amor “más grande”, aquel que impulsa a “dar la vida por los propios amigos” (cf. Jn 15,13)».19
11. La Eucaristía y la dignidad de la persona humana. «Vuestro amor mutuo será el distintivo por el que todo el mundo os reconocerá como discípulos míos» (Jn 13,35).

Debemos notar cómo la Eucaristía nos educa para este amor de una manera muy profunda, ya que demuestra qué valor no ha de tener a los ojos de Dios toda persona humana, nuestro hermano y nuestra hermana, si Jesucristo, el Buen Pastor, se ofrece a si mismo igualmente a cada uno, bajo las especies del pan y del vino. Por lo tanto, si la participación en la Eucaristía y nuestro culto eucarístico son auténticos, deberían hacer crecer en nosotros la conciencia de la dignidad de la persona humana, y nos deberían urgir a trabajar por esta dignidad de forma bien concreta. Entonces, la conciencia de esta dignidad se convertirá en el motivo más profundo de nuestra relación con el prójimo.


Debemos ser particularmente sensibles a todo sufrimiento y a toda miseria humana, a toda injusticia y ofensa, siempre buscando los medios para remediarlo de una manera eficaz. Nuestra Iglesia debe convertirse en una «Iglesia samaritana», como afirma repetidamente el papa Francisco. Este fue el profundo modelo de la espiritualidad del Concilio Vaticano II. De hecho, recogiendo claramente las páginas evangélicas, el Concilio incidió fuertemente en este punto y quería que consideráramos siempre en el prójimo la imagen de Dios, según la cual ha sido creado, dado que en el pobre se encuentra presente el mismo Cristo. Se trata del máximo humanismo al lado de la máxima trascendencia. Aquí se pone de relieve la categoría social y la dignidad del pobre y de los pobres. El prójimo, sin exceptuar a nadie, tiene que convertirse en «otro yo», teniendo en cuenta principalmente su vida y los medios para poder vivirla con dignidad (GS 27). Es «sobre todo» con «los pobres y cuantos sufren» que la Iglesia ha de compartir los gozos, las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres y las mujeres que encuentra cerca (cf. GS 1), entregándose sin desfallecer por ellos de todo corazón.
El «podéis ir en paz» del final de la celebración eucarística, ha de implicar en todo el Pueblo de Dios sentirse enviados al mundo con la paz recibida de Cristo y compartida con los hermanos en la celebración eucarística que acaba, síntesis de los bienes recibidos, y a la vez el compromiso de ir al mundo a dar la propia vida, como el grano de trigo, para sembrar la paz, que es la síntesis de todas las bienaventuranzas. La continuidad y prolongación de la Eucaristía en la vida cuotidiana, es hacer vida lo que hemos celebrado y adorado en la Iglesia, con los hermanos de fe. En la salutación final del celebrante que nos envía, hemos de poder captar la relación entre la Misa celebrada y la amplia misión cristiana en el mundo, llegando a abarcar a todas las periferias geográficas y existenciales, en una entrega que quiere abarcar a todas las situaciones donde los hombres y las mujeres necesitan escuchar el anuncio de la misericordia y del amor de Dios, que su “carne” sea abrazada por la vida nueva del Resucitado. Nosotros solamente somos sirvientes sin ningún mérito para que Jesús pueda entrar en las casas de las familias, en las casas donde hay enfermos, allí donde hay gente pobre, triste y sola. Él quiere acercarse y llevar su misericordia, su ternura y su paz a toda persona necesitada.
El alimento de la verdad nos impulsa a denunciar las situaciones indignas del hombre, en las que a causa de la injusticia y la explotación se muere por falta de comida, y nos da nueva fuerza y ánimo para trabajar sin descanso en la construcción de la civilización del amor. Los cristianos han procurado desde el principio compartir sus bienes (cf. Hch 4,32) y ayudar a los pobres (cf. Rm 15,26). La colecta en las asambleas litúrgicas no sólo nos lo recuerda expresamente, sino que es también una necesidad muy actual. Las instituciones eclesiales de ayuda y de solidaridad, en particular Cáritas en sus diversos ámbitos, prestan el precioso servicio de ayudar a las personas necesitadas, sobre todo a los más pobres. Estas instituciones, inspirándose y sacando coraje y fuerzas en la Eucaristía, que es el sacramento de la caridad, se convierten en su expresión concreta. Por ello merecen nuestra estimación agradecida y el estímulo por su compromiso solidario en el mundo.20
12 El rostro de la misericordia
El papa Francisco nos ha convocado a celebrar un Año jubilar de la Misericordia, con un profundo programa que nos ha regalado en su Bula de convocación “Misericordiae vultus” y que haremos bien de atender, también en sus aspectos litúrgicos, espirituales y pastorales.
La crisis que ha experimentado en estos decenios la comprensión y la praxis de la penitencia tiene su raíz en la crisis del hombre moderno que no reconoce en él ni la culpa ni la necesidad de conversión. Cuando en el ser humano carece la dimensión religiosa y se minimiza la responsabilidad moral de sus actos, difícilmente puede entender la profundidad del perdón de Dios.
Debemos trabajar para que la palabra del perdón pueda llegar a todos y que la llamada a experimentar la misericordia no deje a nadie indiferente. Las parábolas de la misericordia son el mejor ejemplo para comprender cuál es el rostro del hombre pecador y cuál es el rostro de Dios, revelado por Jesucristo, que no se cansa nunca de perdonar, de abrir sus brazos para acogernos, salvarnos y enviarnos como testigos de la misericordia.
La Iglesia, si quiere renovarse, ha de tomarse muy seriamente lo que profesa en el Credo: «la remisión de los pecados». Así, la Iglesia ha de ser para todos un ámbito de perdón y también el espacio de la celebración sacramental del perdón y la reconciliación. Preocupémonos de revitalizar el sacramento del perdón entre nosotros, porque nos ha de ayudar en el camino de vivencia de la liturgia con una conversión sincera y noble a Dios, que en Cristo ha demostrado cómo nos ama. Él quiere darnos la gracia sacramental de la reconciliación, y a nosotros nos corresponde acercarnos al trono de la misericordia, y acercar a él las nuevas generaciones, para que puedan experimentar esta gracia, crecer en el camino de la fe y de la coherencia de vida, y ser testimonios de humildad y de alegría en medio de nuestro mundo.
IV Caminos de futuro para la pastoral litúrgica.
13. Algunos retos para nuestras Iglesias diocesanas
Ja llegando al final de nuestra exhortación, teniendo presente el camino de pastoral litúrgica ya realizado y las aportaciones de los diversos Congresos litúrgicos de Montserrat, os queremos hacer partícipes de algunos retos que hemos de tener presentes en la pastoral litúrgica de nuestras Iglesias diocesanas.


  1. Pensamos que el reto más importante continúa siendo hoy, como lo era cien años atrás, favorecer la participación activa de los fieles y la vivencia de la liturgia como base de la espiritualidad del cristiano, procurando la participación consciente y activa de la asamblea y promoviendo la diversidad de ministerios litúrgicos en su seno. Y no escatimar esfuerzos para la mejora de estos servicios que se realizan en el interior de la comunidad cristiana.

  2. Asimismo, pensamos que hay que intensificar una buena formación litúrgica de los fieles, especialmente de los más jóvenes para los que la liturgia ha de ser también la fuente y la cumbre de su vida cristiana, y a la vez extender la acogida pastoral que les lleve al servicio eclesial y al compromiso social.

  3. Conviene que la Palabra de Dios transmitida en las Sagradas Escrituras tenga una presencia bien grande y valorada en la vida de nuestras Iglesias y que cada cristiano conozca los Evangelios y toda la Biblia y los haga objeto de su estudio, profundización y oración contemplativa, y le ayudará la práctica habitual de la lectio divina y de la oración con la Liturgia de las Horas, que extiende en diversos momentos del día las alabanzas y las acciones de gracias, y también el recuerdo de los misterios de la salvación. Amemos la oración litúrgica de la Iglesia y difundámosla en las comunidades parroquiales y en la vida personal.

  4. Obispos, presbíteros y diáconos hemos de hacer una seria evaluación del ministerio de la homilía. El papa Francisco nos ha dado unas preciosas indicaciones en Evangelii Gaudium tanto por lo que se refiere a su preparación como a su realización, para que la homilía sea «realmente una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento».21

  5. Deseamos una renovación del cultivo y difusión de la Música litúrgica, tan importante en Cataluña durante el siglo pasado, que favorezca la difusión del canto litúrgico y de la música en la liturgia. La segunda edición del Cantoral Litúrgico Básico, que los obispos acabamos de publicar, será una ayuda importante en este cometido.

  6. La Iglesia tiene necesidad del arte. La construcción de la Basílica de la Sagrada Familia, en el centro de la ciudad de Barcelona, es un icono de la belleza como clave del misterio y llamada a la trascendencia, como también lo son la multitud de catedrales, iglesias, monasterios, que la Iglesia cuida de su conservación. Deseamos ayudar a los artistas cristianos en el redescubrimiento de la profundidad de la dimensión espiritual y religiosa que ha caracterizado el arte de todos los tiempos, para que «se adentren con intuición creativa en el misterio del Dios encarnado y, al mismo tiempo, en el misterio del hombre»22.

  7. Somos conscientes de que las nuestras Iglesias han de favorecer un proceso de iniciación en la vida cristiana a los que no conocen a Jesucristo, que empiece por un "primer anuncio", guiado por la Palabra de Dios, y que conduzca hacia un encuentro personal y comunitario con Jesucristo; que lleve a una verdadera conversión; a una profunda pertenencia a la Iglesia local y a una fe madura; a la recepción de los sacramentos; al servicio de los pobres y a la misión.

  8. Queremos que todo el Pueblo de Dios profundice lo que dijimos en nuestro documento Transmitir el tesoro de la fe: « Este camino de la Iniciación cristiana hoy se hace de dos maneras distintas: una, la que corresponde a los niños que son bautizados en los primeros meses de su vida y que se recorre a través del proceso catequético y la posterior celebración de los sacramentos de la Confirmación y de la Eucaristía; la otra, más nueva y germinal, la de las personas aún no bautizadas (niños, jóvenes y adultos) que se desarrolla en el Catecumenado, cuyo término es la celebración de los tres sacramentos de la Iniciación» (n.16).

  9. Deseamos motivar a los cristianos para que participen activamente en la misa dominical y, si es posible, lo hagan en familia. La pascua semanal que es el domingo no puede ser vivida sin la participación activa en la Eucaristía. Los padres y madres, y también los abuelos, que celebran la Eucaristía con sus hijos y nietos, les transmiten la fe de la forma más pedagógica y estrechan también el vínculo de unidad entre ellos. Hay que perseverar y continuar en el camino de hacer de la misa la escuela de nuestra fe, del culto agradable a Dios y del encuentro con la comunidad más amplia y católica23.

  10. Deseamos que se comprenda mejor la penitencia cristiana y el sacramento de la reconciliación y del perdón. Pongamos todos los medios a nuestro alcance para que en nuestras Iglesias diocesanas pronto se haga realidad la palabra del papa Francisco en Misericordiae vultus: «Muchas personas están volviendo a acercarse al sacramento de la Reconciliación y entre ellas muchos jóvenes, quienes en una experiencia semejante suelen reencontrar el camino para volver al Señor, para vivir un momento de intensa oración y redescubrir el sentido de la propia vida. De nuevo ponemos convencidos en el centro el sacramento de la Reconciliación, porque nos permite experimentar en carne propia la grandeza de la misericordia» (n.17).

  11. La celebración de las exequias cristianas lleva a confesar nuestra fe en el misterio pascual y a manifestar el gozo de nuestra esperanza en la resurrección. Hay que estar atentos a no desvirtuarlas ni a desligarlas de su verdadera naturaleza. Las exequias pueden ser una ocasión providencial para la comunidad cristiana para reflexionar sobre el sentido de la vida y de la muerte, y especialmente para proclamar, en medio del dolor de la muerte, que Jesucristo es la resurrección y la vida.

  12. En nuestras diócesis, la piedad popular tiene una gran fuerza, por eso como dice el papa Francisco «estamos llamados a alentarla y fortalecerla para profundizar el proceso de inculturación que es una realidad nunca acabada. Las expresiones de la piedad popular tienen mucho que enseñarnos y, para quien sabe leerlas, son un lugar teológico al que debemos prestar atención, particularmente a la hora de pensar la nueva evangelización» (EG 126).


Conclusión
16. «La Iglesia no sólo actúa en la liturgia, sino que se expresa también en la liturgia, vive de la liturgia y saca de la liturgia las fuerzas para la vida. Y por ello, la renovación litúrgica, realizada de modo justo, conforme al espíritu del Vaticano II, es, en cierto sentido, la medida y la condición para poner en práctica las enseñanzas del Concilio Vaticano II, que queremos aceptar con fe profunda, convencidos de que, por su mediación, el Espíritu Santo “ha dicho a la Iglesia” las verdades y ha dado las indicaciones que son necesarias para el cumplimiento de su misión respecto a los hombres de hoy y de mañana.24
Estas palabras, escritas por san Juan Pablo II hace más de treinta años, devienen todavía muy actuales en el hoy de nuestras Iglesias que hacen camino en Cataluña.
En el marco de una recepción más serena y esperanzada de todo lo que hemos recibido del evento conciliar, manifestamos nuestro profundo deseo de que puedan hacerse vida en nuestras comunidades locales, ahora que hemos conmemorado el centenario del primer Congreso litúrgico de Montserrat y que celebramos el Año Santo de la Misericordia, con motivo del cincuentenario de la finalización del Concilio Vaticano II.
El reto que tenemos delante de nosotros es el de proseguir la renovación de la Iglesia, de acuerdo con la doctrina del Vaticano II, en el espíritu de una Tradición siempre viva. Para este cometido, es necesario que la liturgia sea cada vez más fuente de vida y luz de las conciencias de todo el pueblo cristiano, llamado también a convertirse en «sacramento de caridad» en nuestro mundo.
La liturgia nos hace conscientes también del reto de evangelizar nuestra tierra, haciendo conocer a los hombres y mujeres a Jesucristo, único y universal Salvador. Tal y como nos dijo Benedicto XVI en la homilía de la dedicación de la Basílica de la Sagrada Familia de Barcelona: «La Iglesia no tiene consistencia por sí misma; está llamada a ser signo e instrumento  de Cristo, en pura docilidad a su autoridad y en total servicio a su mandato. El único Cristo funda la única Iglesia; Él es la roca sobre la que se cimienta nuestra fe. Apoyados en esa fe, busquemos juntos mostrar al mundo el rostro de Dios, que es amor y el único que puede responder al anhelo de plenitud del hombre. Ésa es la gran tarea, mostrar a todos que Dios es Dios de paz y no de violencia, de libertad y no de coacción, de concordia y no de discordia»25.
Recurramos a Dios Padre, y a su Hijo amado, y al Espíritu Santo Defensor, por medio de las palabras del Magnificat de la Virgen María, que proclama su misericordia de generación en generación. Que el Espíritu Santo, por intercesión de la Santísima Virgen de Montserrat, renueve en nuestra vida la sorpresa eucarística por el resplandor y la belleza que brillan en el rito litúrgico, signo eficaz de la belleza infinita propia del misterio santo de Dios. Entonces, la Eucaristía nos hará redescubrir que Cristo muerto y resucitado se hace contemporáneo nuestro en el misterio de la Iglesia y en los pobres de este mundo, haciéndonos ser testimonios de su amor y de su misericordia a manos llenas.
Adviento 2015

1. «Conclusiones del I Congreso», núm. 5, en Los Congresos Litúrgicos de Montserrat 1915 y 1965: Documentación, Dosieres CPL 43, Barcelona 1990.

2. Cf. las Conclusiones del III Congreso: Documentos de Iglesia 539 (1991) 129-131.

3.Comunicación pastoral de los Obispos de Cataluña después del III Congreso Litúrgico de Montserrat: «La liturgia, fuente de la vida espiritual» (8-IX-1991): Documentos de Iglesia (DdI) 554 (1991) 614-617.

4. Francisco, Exhortación apostólica Evangelii gaudium(24-XI-2013), 20-24.

5. Benedicto XVI, Exhortación apostólica Sacramentum caritatis (22-II-2007) n. 45.

6. San Jerónimo, Comm. In Is., Prol.: PL 24,17.

7. Pere Tena, «La Constitución Sacrosanctum Concilium en los cuarenta años del Concilio Vaticano II», RCatT 32/1 (2007) 163-168; aquí, 167. Id., «Introducción a la Constitución Sacrosanctum Concilium», en Concilio Vaticano II, Constituciones, Decretos, Declaraciones. Edición bilingüe, Barcelona: FTC – PAM 2003, 27-44; aquí, 34.

8 Cf. Benedicto XVI Discurso en el Pontificio Ateneo San Anselmo, 6 de mayo de 2011

9. Benedicto XVI, Carta apostólica Porta Fidei (11-X-2011) n. 5.

10 . Cf. San Ireneo, Adv. haer., 3, 24, 1: SChr 211, 472-473 = PG 7, 966.

11. Pablo VI a un grupo de obispos italianos (6-XII-1965), citado por V. Noè, «El espíritu de la reforma litúrgica postconciliar», en AaVv., Espiritualidad litúrgica, Madrid: Cete 1986, 260.

12. Juan Pablo II, Carta a los obispos Dominicae cenae (24-II-1980), 4: DdE 303 (1980) 647. Cf. LG 11.

13. Francisco, Exhortación apostólica Evangelii gaudium, 15.

14. Ibíd., 24.

15. Ibíd., 24.

16. Francisco, Bula Misericordiae vultus (11-IV-2015) nn. 7-8.

17. San Agustín, Confesiones, III, 6.11.

18. Juan Pablo II, Carta a los obispos Dominicae cenae, n. 5: DdE 303 (1980) 649.

19. Benedicto XVI, Exhortación apostólica Sacramentum caritatis, 1.

20. Cf. Sacramentum caritatis n. 90.

21 Francisco, Exhortación apostólica Evangelii gaudium, n. 135. Véase también Congregación para el Culto Divino y la disciplina de los Sacramentos "Directorio homilético" de 29 junio 2014, en Documentos de Iglesia (DdI) 1055 (2015) 213-251.


22 Juan Pablo II, Carta a los artistas. 4 de abril de 1999.

23 Cf. Relación final del Sínodo de los Obispos al Santo Padre Francisco (24 octubre 2015) n. 87.

24. Juan Pablo II, Carta a los obispos Dominicae cenae, n. 13: DdI 303 (1980) 671.

25. Benedicto XVI, Homilía en la Dedicación de la Basílica de la Sagrada Familia de Barcelona, 7.XI.2010.


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