Ezra de Girona. Comentario al cantar de los cantares prefacio de Josep Tarrés «Él oculta de la vista su trono y lo cubre de tinieblas»



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Muchos de ellos están, en efecto, presentes, como por ejemplo la ofrenda del primogénito (Éxodo XIII, 15): Como el faraón no nos dejaba marchar, el Señor hizo perecer a todos los primogénitos del país de Egipto (...) por ello yo inmolo al Señor todo lo que fecunda la matriz entre los machos y redimo al primer nacido de entre mis hijos, o a propósito del diezmo (Deuteronomio XIV, 23): comerás (...) el diezmo de tu trigo (...) para que aprendas a temer al Señor, tu Dios..., y hay otros muchos casos parecidos. Por el contrario, la Ley no evidencia otros muchos preceptos, como los sacrificios, el año sabático, el jubileo, la circuncisión, los deberes del corazón, las uniones prohibidas, los votos, los juramentos, las filacterias, los flecos, la consagración, el ramo de la fiesta de los tabernáculos, el cidro, la prohibición de recolectar el fruto del árbol antes de tres años, la mezcla de las semillas, la vaca roja y otras de las que precisaremos en su momento el sentido simbólico.

Debes saber que todos los preceptos dependen de dos principios: preceptos positivos y preceptos negativos. Los primeros proceden del atributo cuyo símbolo escrituario es la memoria, y los segundos de aquél cuyo símbolo es la observancia, siendo explícito que estos dos términos se corresponden con dos atributos del Santo, bendito sea. Así, aquél que cumple y realiza los preceptos del Señor procede del atributo del amor; este atributo es el grado sublime y la cualidad suprema que se corresponde con los preceptos positivos. Por el contrario, el hombre que se abstiene de hacer algo por temor a su Señor, procede del Temor, atributo inferior al del amor, del mismo modo que los preceptos negativos son inferiores a los positivos. En efecto, el hombre que no escatima ni su persona ni su fortuna para cumplir las órdenes de su Señor, no es comparable al que se abstiene de perpetrar una mala acción por temor de Él. Y nosotros sabemos desde nuestros doctores (Ketubot 86 a-b) que aquél que se niega a obedecer un precepto negativo no es castigado sino con la flagelación legal, mientras que aquél que es invitado a cumplir un precepto positivo, como por ejemplo la construcción de una cabaña durante la fiesta de otoño o la confección del ramo en similar ocasión, si se niega a ello, es sometido a servicios corporales hasta el momento de su muerte. Todo esto se remite a la memoria y a la observancia, pues el atributo de la memoria es jerárquicamente superior al atributo de la observancia, y lo mismo sucede entre las ramas que nacen respectivamente de ellos. Así como Abraham oró por su destino al atributo de Gracia, que corresponde a la memoria, y conoció con conocimiento real el nombre del Santo, bendito sea, y Dios le llamó por ello (Isaías XLI, 8): amigo Mío, pues el atributo de amor sólo se puede realizar por medio del conocimiento perfecto. Del mismo modo podrás constatar que muchos principios dependientes de los preceptos negativos derivan de preceptos positivos, de la misma manera que el temor deriva del atributo de amor; por otra parte, los principios que dependen de los preceptos positivos, derivan a su vez de preceptos negativos, porque la virtud del atributo de amor está incluido en el atributo de temor; este último deriva del primero y, no obstante, se encuentra integrado en él.66 

También debes saber que estos dos atributos intervienen en la composición de la naturaleza y en la constitución del hombre. Quiero decir con ello que como partes integrantes del hombre, encontrarás la virtud elementaria y fundamental de los preceptos positivos y de los preceptos negativos, que son respectivamente el agua y el fuego. El uno está a la derecha del hombre, y el otro a su izquierda, tal y como lo enseñan nuestros doctores en Sabath 119b: «De los dos ángeles que acompañan al hombre, uno es bueno y el otro es malo», y el sabio lo confirma cuando dice (Eclesiastés X, 2): el corazón del sabio está a su derecha, el del loco a la izquierda. David dice a este respecto (Salmos XVI, 8): Siempre llevo al Señor delante de mí, y no seré conmovido, pues Él está siempre a mi diestra, en otras palabras, no tropiezo, pues en un abrir y cerrar de ojos me aleja del camino torcido sólo con colocarse a mi diestra.

Y puesto que estos dos atributos, buena inclinación y mala inclinación, se corresponden con la orden y con la prohibición de la ley revelada, pertenecen al hombre por naturaleza; la ley y el gobierno fueron dados en un aparato de preceptos positivos y de preceptos negativos, con el fin de someter al hombre a una disciplina y guiarlo por la vía recta y los buenos hábitos, de modo que la mala inclinación estuviese subordinada a la buena inclinación y se anulase frente a ella. Así lo enseñan nuestros doctores (Berakot 54a) interpretando el pasaje de Deuteronomio VI, 5: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón: desde tus dos inclinaciones, la buena y la mala.

He aquí la intención que presidió en el momento de instituir los preceptos, los ritos del templo, las plegarias y los ayunos: rebajar la mala inclinación y volverla dependiente de la buena inclinación67 , de tal manera que el cuerpo, cuyo fundamento es el polvo, de una mala naturaleza, esclava de la pesadez que la atrae hacia abajo, se subordina a la virtud del alma, cuyo fundamento es vida, de naturaleza completamente buena y que tiende hacia lo alto.

Escucha atentamente las maravillosas enseñanzas que se desprenden de mis palabras, manténlas constantemente delante de tus ojos, pues constituye un enorme placer guardarlas en tu interior...

Los preceptos son pues los elementos esenciales de la ley, de la pureza y de la santidad; el hombre que se abandona a ellas se purifica y se santifica. El Cantar traduce esta idea diciendo: el aroma de tus vestidos es como el perfume del Líbano, pues los «vestidos» son los adornos y los senderos de la Sabiduría, formados por los seiscientos trece preceptos, con sus correspondientes reglas; esto es lo que simbolizan las palabras «como el perfume del Líbano», pues el perfume del que se trata constituye la prenda de la subsistencia de los dos mundos68  y de la vida de las almas.


(IV, 12) Ella es un jardín cerrado, mi hermana, esposa mía, una puerta cerrada, una fuente sellada.
La Presencia está simbolizada por un jardín. En efecto, el hombre planta el jardín y canaliza el agua para regarlo, y lo hace tan bien que el jardín produce diversas especies de hierbas y de bellas plantas. Del mismo modo, el cercado de la Presencia está formado por los dos querubines; las plantas son las setenta naciones, los árboles son los reyes, y todo esto recibe su susbsistencia de la fuente que brota de Edén, la Sabiduría, de donde las almas se elevan con júbilo; el curso de agua que fluye de la fuente, reparte sus aguas día y noche, sin interrupción; gracias a este curso el mundo subsiste, tal y como lo enseñan los sabios en el tratado Yoma 38b: «el mundo subsiste gracias a un solo justo, pues está escrito (Proverbios X, 25): un justo es fundamento del mundo».

Y en el mismo orden de ideas, nuestros doctores se expresan como sigue en Génesis Rabba 15, 6: «El Árbol de la vida tiene una duración de quinientos años, y todas las aguas de la creación toman sus diversos cursos por debajo de él. Rabí Judá enseña: en realidad este dicho no habla de las ramas del árbol, pues en su tronco están contenidas sus dimensiones».

Aquí se encuentra el río que sale de Edén para irrigar el jardín; éste marca el límite superior del mundo de las entidades separadas, tal y como está escrito (Génesis II, 10): aquí se divide y aparece con cuatro cabezas; el segundo verbo indica por su forma la permanencia de este estado de cosas. Otros textos de la Escritura expresan simbólicamente la misma idea (Salmos XLVI, 5): ¡Un río! Sus aguas alegran la ciudad de Dios, la más santa de las moradas del Altísimo, en donde (íb. CIV, 10): envía fuentes hasta los torrentes, las cuales caminan por entre las montañas, abrevan todas las bestias de los campos, y más tarde, en el Cantar de los Cantares (IV, 15): fuente de los jardines, pozos de aguas vivas, riachuelos que descienden del Líbano.

Nuestros sabios interpretan así este versículo: «fuentes de los jardines», se trata de Jacob que es una fuente para el jardín; «pozos de aguas vivas», se trata de Isaac; «riachuelos», es Abraham; y todo esto recibe su alimento del «Líbano», es decir, de la Sabiduría.

Considera el prodigio que supone esta interpretación, observa y comprende hasta qué punto las palabras de los sabios de Israel son perfectas y carentes de falta, conviene que sea así tratándose de maestros como ellos, cuyas palabras están todas inspiradas por el Espíritu Santo, y formuladas en símbolos destinados a desvelar el corazón de los inteligentes, depositarios de la tradición, y no destinados a los necios, a los estúpidos, a los espíritus vanos que toman las palabras de los doctores como si de fábulas sobre animales se tratase.

Por ello leemos en el tratado de Sanhedrín 38b, a propósito de Daniel VII, 9: «Seguí mirando hasta que fueron puestos los tronos. Rabí Akiba dijo: Uno para el Anciano de los días, el otro para David. Rabí José el Galileo replicó: Akiba, ¿hasta cuándo tratarás a la Presencia profanamente? He aquí cómo debe comprenderse: un trono para el enjuiciamiento estricto, otro para la justicia equitativa. Y Rabí Eleazar ben Azarya reprendió también a su colega: ¿Qué tienes tú que ver con la Aggada? ¡Acaba tus discursos y ocúpate de las cuestiones de la pureza levítica! He aquí cómo debe entenderse el texto: uno para el asiento, el otro para el escabel; un trono para sentarse, el escabel para poner sobre él sus pies». Es evidente que discutiendo así, nuestros sabios no habían llegado hasta lo esencial del problema; su controversia se limitaba a dilucidar el modo más apropiado para revelar el misterio. Esto sucede en varias ocasiones, en las que parece que nuestros doctores están en desacuerdo sobre cuestiones de este género. Las palabras gan na’ul, significan puerta cerrada. «Una puerta cerrada»: la luz no decrece, pues el vino se mantiene en la uva desde los seis días de la Creación.
(IV, 13-14): Tus caminos, vergel de granados

repletos de exquisitos frutos,

de heno y de nardo, de nardo y azafrán,

caña perfumada y cinamomo,

con todos los árboles de incienso,

de mirra y de áloes que desprenden

los más finos aromas.

El texto menciona aquí doce especies de aromas que se corresponden con los doce canales de los que dispone el Santo, bendito sea. A través de estos canales esparce y expande el perfume de la Sabiduría hacia los patriarcas69 .


(IV, 16) Levántate Aquilón, acude a mí Autan,

¡soplad sobre mi jardín para que destile sus aromas!

Que mi amado penetre en su jardín

y coma de sus exquisitos frutos.
«Levántate Aquilón», atributo del norte, gran fuego que devora el holocausto y las grasas. «Acude Autan»: el atributo del norte toma su parte cuando al atributo del sur le llega el momento de recibir su subsistencia; que el uno y el otro se vuelvan entonces conductores de la expansión y proporcionen al jardín el alimento y la subsistencia necesarios. He aquí el sentido simbólico de «soplad sobre mi jardín para que destile sus aromas». Los aromas son el flujo del esplendor de la Sabiduría y el crecimiento del Espíritu Santo que se va extendiendo mientras se aproxima a los patriarcas en pos del sacrificio.

Nuestros sabios hacen alusión a esta verdad cuando dicen: «levántate Aquilón» es el holocausto inmolado sobre el ala norte del altar; «acude Aután», son los sacrificios de paz ofrecidos al sur; «que destile sus aromas», es la ofrenda de incienso; «que mi amado penetre en su jardín», es la Presencia; «y coma de sus exquisitos frutos», son los sacrificios; los frutos deliciosos representan la flor de harina depurada de sus despojos. En el mismo orden de ideas, leemos en Levítico I, 17: es un holocausto, ofrenda consumada, aroma de sosiego para el Señor.



A este respecto, los sabios enseñan en la Torat Kohanim: «holocausto», la víctima debe ser inmolada con la intención de ofrecer un holocausto al décimo atributo, holocausto que se eleva hasta su lugar de origen; «ofrenda consumada» con la intención de aportar tales ofrendas, lo cual, desde la explicación de nuestro maestro, el Piadoso, simboliza las cosas corporales; «aroma» con la intención de ofrecer un aroma, las cosas corporales en las cosas espirituales; «sosiego», en vistas del sosiego, espíritu de expansión del retorno que es el escondrijo de su fuerza; «para el Señor», según la intención de Aquél que creó el mundo.

En pocas palabras, la intención del sacrificio era que cada atributo hallara su subsistencia. Esta intención presidió las ofrendas presentadas por los príncipes, los jefes de las tribus de Israel, en el momento de la consagración del templo (Números VII): doce cabras, doce carneros, doce corderos para el holocausto; doce machos cabríos, en vistas al sacrificio por el pecado. En efecto, todo retorna al Espíritu a través de los canales, que suman un total de doce. En cuanto al total de ganado ofrecido en ese día en sacrificio de paz, fue, según Números VII, 88: veinticuatro toros, el ejército de la izquierda, atributo del rigor, que es veinticuatro, sesenta carneros, sesenta cabras, sesenta corderos, que se corresponden con los sesenta grados, sesenta valientes, sesenta reinos.



La palabra que significa «sosiego», denota también el «descenso», pues la versión aramea, convierte el verbo hebreo que significa «descenso» en una palabra que se proxima a aquélla. Por medio de los sacrificios, el Espíritu desciende y se une a las «figuras santas»; es el acercamiento que se realiza gracias a la operación que, por esta razón, se designa por qorban, «acercamiento». De todo esto cobra su sentido el final: «Que mi amado penetre en su jardín, que coma sus exquisitos frutos».
(V, 1): He entrado en mi jardín, ¡oh hermana! ¡esposa mía!,

he recogido mi mirra y mi bálsamo, he comido la miel de mi panal, he bebido mi vino y mi leche.

¡Comed amigos, bebed y embriagaos, amados míos!
«He recogido mi mirra y mi bálsamo», el humo del incienso y el incienso de la oblación. «La miel de mi panal», sacrificios cotidianos y sacrificios suplementarios, sacrificios votivos y voluntarios, sacrificios para el pecado, sacrificios de reparación, primogénitos y diezmos. «He bebido mi vino y mi leche», libaciones y partes de los sacrificios menores. «Comed amigos», se trata de los sacerdotes; «embriagaos, amados míos», se trata de la comunidad de Israel. Así fue en tiempos de Salomón, cuando los israelitas no estaban confusos por las guerras, todos ellos justos, puros de pecado y de iniquidades, rindiendo culto jubilosamente y recibiendo la expiación gracias a sus ofrendas; la Presencia residía entre ellos, y se sentía dichosa como madre de sus hijos. El término «Esposa» aparece seis veces en este versículo; número que se corresponde con los seis «Salomón» que, en el Cantar de los Cantares, tienen valor de nombre divino. Esto es lo que sucede con el nombre de la Esposa, pues su naturaleza íntima consiste en la totalidad que integra los senderos y se encuentra sellada por el todo.
(V, 2) Yo dormía, pero mi corazón estaba en vela. Y se oyó la voz de mi amado que llamaba. ¡Ábreme hermana mía, mi amiga, paloma mía, perfecta! Porque está mi cabeza

cubierta de rocío y mis cabellos del relente de la noche.
La Presencia dice: «Yo dormía», en la cautividad de Babilonia, «pero mi corazón estaba en vilo», a la espera del tiempo de la liberación, cuando fuesen cumplidos setenta años de las ruinas de Jerusalén, es decir, dieciocho años después de la «visita» encargada de marcar el término de los setenta años acordados en Babilonia. «Y se oyó la voz de mi amado que llamaba»: esta parte de la frase significa de forma figurada la Gloria, que incitó a los profetas a predicar el retorno de Babilonia a Jerusalén. «Está mi cabeza cubierta de rocío», hace ya mucho tiempo que habito fuera mi casa. E Israel responde:
(V, 3) Ya me despojé de mi túnica, ¿acaso debo volvérmela a poner? Ya lavé mis pies, ¿acaso los debo volver a ensuciar?
«Me despojé de mi túnica», ya me despojé de mis engalanamientos; esta expresión designa de forma figurada la huida de la Gloria que en otros tiempos residió en mi seno. «Ya lavé mis pies»: me he establecido aquí, he construido casas, he plantado jardines y huertos, ¿acaso debo irme ahora de aquí?
(V, 4) Mi amado pasó su mano por la hendidura de la puerta,

y de repente mis entrañas se estremecieron.
La Gloria ha enviado severos castigos desde el cielo porque no he creído en las palabras de los profetas que predicaban el retorno70 ; ¡entonces vi que estas calamidades eran fruto del pecado!
(V, 5) Me levanté para abrir a mi amado

y mis manos destilaban mirra...
«Me levanté», figuradamente, para significar que una parte del pueblo cumplió el retorno. «Mis manos destilaban mirra»: terminé con éxito la reconstrucción del templo, tal y como leemos en Esdras VII, 14: los ancianos de los judíos continuaron con éxito la construcción, bajo la inspiración de Ageo el profeta, y de Zacarías, hijo de Iddo.
(V, 6) Abrí la puerta a mi amado

pero mi amado había desaparecido,

y pasó de largo.
«Abrí», expresión figurada que se refiere a la reconstrucción del templo, «pero mi amado había desaparecido, pasando de largo»: la Presencia dejó de residir entre ellos y la profecía cesó en Israel. En efecto, el final de la visión tuvo lugar cuarenta años después de la reconstrucción del templo, según lo enseñan nuestros sabios en el Seder Olam.

Alejandro de Macedonia murió tras reinar doce años; hasta entonces los profetas habían profetizado bajo la moción del Espíritu Santo; de ahora en adelante permanece atento y escucha las palabras de los sabios.

Y en el tratado de Yoma 21b: «Exhortando a los judíos a reconstruir el Templo, Ageo (I, 8) habla así en el nombre del Señor: «... reedificad la casa, lo agradeceré y seré con ello honrado». La grafía de este último verbo alude a las cinco cosas cuya ausencia distingue al segundo templo del primero: el arca, los urim y tumim, el aceite de unción, el fuego y la Presencia.

Ésta es la lectura correcta del pasaje. Por esta razón, continúa Israel, con la huida de la Presencia llegaron a mí numerosas y graves calamidades de manos de


(V, 7) las patrullas que rondaban la ciudad,
de los ángeles que rodean el trono de Gloria y que son los ejecutores de los decretos divinos. Por ello, según el mismo orden de ideas, en el capítulo 24 del Pirqé de Rabí Eliezer, leemos: «El Santo, bendito sea, habló así a los setenta ángeles que rodean el trono de Gloria (Génesis XI, 7): Vayamos, descendamos y confundamos aquí mismo su lenguaje».

En el mismo versículo (estos ángeles) son llamados: guardianes de los muros. Todo esto representa figuradamente las calamidades y las persecuciones que sufrió la nación judía por parte de los reyes de Yaván durante el periodo del segundo templo.

Debes saber que, según el decreto divino, cuatro reinos deben sojuzgar a Israel; la servidumbre de Egipto no se cuenta en este número, pues en esta época los israelitas aún no formaban una nación; no fueron llamados «pueblo del Señor» hasta el momento de entrar en tierra prometida y edificar el templo. Estos cuatro reinos fueron mostrados a Abraham, y mas tarde a Daniel. El «triple becerro» simboliza a Babilonia, es decir, a Nabucodonosor, rey de Babilonia. La «triple cabra» es Yaván, es decir, Alejandro de Macedonia, el macho cabrío de la visión de Daniel (VIII, 5). El «triple carnero», es la Media, es decir, Senaquerib, rey de Asiria, de acuerdo con el texto de Daniel VIII, 4: yo vi al carnero dirigir sus cuernos hacia el oeste, hacia el norte y hacia el sur. La «tórtola» es Roma, también llamada Edom.

El rey de Babilonia es triple, pues de esta raza han surgido tres reyes: Nabucodonosor, Evil Merodak y Baltasar; todo esto es confirmado por un pasaje de Jeremías (XXVII; 7): y todas las naciones se le someterán, y también a sus hijos, y a los hijos de sus hijos, hasta que llegue el tiempo de su tierra.



Yaván es triple macho cabrío, pues Alejandro, rey del norte, conquistó las otras tres naciones del mundo habitado sometiéndolas a su dominio, bajo la mirada del monarca universal que había sido Nabucodonosor, de lo que da testimonio Isaías (XIV; 9): hizo levantar de su trono a todos los reyes de las naciones.

El triple carnero figura la Media, cuyos dinastas fueron los reyes de Asiria Ciro y Darío, de lo que da testimonio un pasaje de Esdras (VI, 22): y celebraron con júbilo, durante siete días, la fiesta de los ácimos, pues el Señor los había consolado y había dispuesto en su favor el corazón del rey de Asiria para sujetar sus manos a la tarea de la casa de Dios... Como estos reyes eran del linaje de Sem, les fue ordenado que el templo fuese reconstruido bajo su autoridad, despues del fallido intento de Senaquerib para destruirlo71 .

El carnero es triple por otra razón: los reyes que simboliza habían sido antes reyes de Oriente, y después conquistaron las otras tres regiones. Muchos pasajes de la Escritura dan testimonio de ello, así Isaías XLVI, 11: Yo llamo de Oriente al ave de presa, y (XLI, 2): ¿A quién ha suscitado de Oriente? Y en Daniel VIII, 4 leemos: Vi al carnero dirigir la cornamenta hacia el oeste, hacia el norte y hacia el sur. Finalmente, en II Crónicas XXXVI, 23: Así ha hablado Ciro, rey de Persia: el Señor, Dios de los cielos, me ha donado todos los reinos de la tierra.

La tórtola es el símbolo de Roma, la infame. Es la cuarta bestia, formidable, poderosa, que fue mostrada en visión a Daniel. El visionario quiso ser instruido sobre ella (Daniel VII, 16 y 23): Me aproximé a uno de los que estaban allí y le pregunté acerca de la verdad de todo aquello (...) la cuarta bestia es un cuarto reino sobre la tierra, distinto del resto de los reinos, devorará toda la tierra, la hollará y la desmenuzará. De este texto Rabí Yohanan da la siguiente interpretación (Aboda Zara 2b): «La reputación de Roma se expandió por todo el universo».

He aquí el orden cronológico en el que los israelitas cayeron bajo estas dominaciones.

Senaquerib, rey de Asiria, también llamado rey de Media, había deportado a las diez tribus (2 Reyes, XVIII, 11): las instaló en Halah, sobre el Habor, río de Gozán y en las ciudades de los medos.

Al cabo de algún tiempo, Nabucodonosor, rey de Babilonia, deportó las tribus de Judá y de Benjamín. El profeta Isaías ya había predicho la caída de Babilonia por el dominio de los medos y la liberación de Israel bajo el reinado de Ciro. A este propósito, leemos en Isaías XIII, 17, XIV, 3-4, XLV, 1 y 13): He aquí que yo suscito contra ellos a los medos, que no sueñan con la plata (...) el día que el Señor te consuele de tu penar, de tus tormentos y de la dura servidumbre, entonarás esta sátira sobre el rey de Babilonia (...) así habla el Señor a su ungido, a Ciro, al que Él ha tomado por la mano derecha (...) él reconstruirá mi ciudad. Y la realización de estas profecías está relatada en el libro de Daniel (V, 30, VI, 1): En esa noche, el rey caldeo Balatasar fue asesinado, y Darío el medo recibió el reino. Reinó durante un año con el fin de completar los setenta años del imperio de Babilonia.

Durante el primer año del reinado de Ciro, Israel fue liberado quedando sometido al dominio de los reyes de los medos.

A continuación surgió el rey de Yaván, constituyéndose el reino de Alejandro de Macedonia, llamado «triple cabra» en el Génesis, y «macho cabrío» en la profecía de Daniel. Alejandro hizo la guerra con el «carnero», símbolo de los reyes de los medos en la persona de Darío el Persa, al que hizo pasar por el filo de la espada, tal y como está dicho en Daniel VIII, 7: el carnero no tuvo fuerza suficiente para resistirse a él. Los israelitas, tanto los de Babilonia como los de Jerusalén, quedaron sometidos al dominio de los reyes de Yaván, los cuales conservaron el poder sobre ellos durante ciento ochenta años, y el templo permaneció durante todo este periodo. Entonces se desató la guerra entre los griegos y Roma, según nos lo enseña una tradición consignada en el tratado de Aboda Zara 8b: «Los romanos libraron treinta y dos batallas a los griegos, pero no pudieron vencerlos hasta que se aliaron con los israelitas».




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