Falsa alarma



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Capítulo 11


Savannah estaba sentada en un rincón del bar, y una aureola de silencio la envolvía como un campo de fuerza, mientras alrededor el aire estaba saturado de ruidos estridentes. Del tocadiscos brotaba la música estruendosa. Las bolas de billar chocaban y la gente gritaba para ser escuchada por encima del estrépito general. Savannah no prestaba atención a nada de todo eso. La cólera hervía en su interior, un sentimiento cálido, amargo y mordiente.

La llamada telefónica de la Clínica Saint Joseph había interrumpido el instante que ella compartía con Cooper, más o menos como un boletín de noticias indeseado. De pronto, la señora Cooper estaba pasando por un mal momento. Por favor, ¿el señor Cooper podía venir? Y él había estado allí la mañana entera y la mitad de la tarde. Perra egoísta y codiciosa. No era suficiente que lo tuviese atrapado mentalmente; además, tenía que apoderarse físicamente de su persona.

—La odio —susurró Savannah, con un sentimiento tan intenso que casi no podía contenerlo.

Nadie advirtió que ella hubiese hablado. Nadie le prestaba la más mínima atención.

Bebió un trago de su vodka con agua tónica y paseó lentamente la mirada por el salón, mirando a través de los cristales oscuros de sus gafas. El lugar estaba atestado por tratarse de una noche del domingo. Gracias a Laurel. Laurel. La heroína de todos. La pequeña salvadora de todos.

La cólera se agravó un poco más, y chisporroteó como si se hubiese arrojado un poco de alcohol sobre las llamas. La ironía era demasiado cruel. Laurel era lo que era a causa de Savannah. Era la mujer casta y pura porque Savannah había sido su salvadora, su protectora.

Volvió la mirada dura hacia el mostrador, donde su niña estaba siendo homenajeada y agasajada por T-Grace y los clientes habituales. Y Jack Boudreaux estaba al lado de Laurel, y era el caballero más inverosímil que ella hubiese visto jamás. La niña debía estar en su hogar, meditando, escondida, debilitada y sintiendo la necesidad de la comprensión y el apoyo de su hermana más fuerte. Maldita sea. Día tras día se la veía más fuerte, y así destruía la posibilidad de Savannah de ser la más poderosa, de representar de nuevo el papel de protectora, de superar el nivel de la ramera de pueblo para ser una persona importante.

Se apoderó de una caja de fósforos depositada sobre la mesa y la mutiló mientras miraba cómo Jack se inclinaba sobre Laurel y le tocaba el hombro y le acariciaba la espalda, y se inclinaba más cerca para murmurar algo a su oído, y después echaba hacia atrás la cabeza y se reía mientras ella le golpeaba juguetonamente el hombro.

Ese miserable cajun jamás había murmurado nada al oído de Savannah. Ella le habría ofrecido la experiencia de su vida, pero él jamás había demostrado el más mínimo interés en ella, fuera del coqueteo casual que era su técnica acostumbrada con todas las mujeres que poblaban la tierra. Sí, ahora estaba demostrando su interés por la niña, y eso no agradaba en absoluto a Savannah.

—Maldita seas, muchacha —murmuró Savannah, y bebió el resto de su copa.

Ma belle, ¿me habla a mí? —Leonce se inclinó sobre ella desde atrás, y deslizó una mano huesuda sobre el hombro de Savannah para acariciarle el seno.

La cicatriz de Leonce la repelía. Constantemente atraía su mirada sobre los grotescos montículos de carne en cada extremo y la punta deforme de la nariz. Cierta vez había escuchado la versión de que una mujer lo había herido con una botella rota; pero al parecer Leonce no guardaba rencor al sexo. Le agradaba todo lo que llevara bragas.

Chere, pagaré lo que deseas si te desnudas conmigo.

Puta. Savannah, no eres más que una puta...

Su cólera irrumpió, destruyendo la fachada del hastío. Ella no estaba en venta. Hacía lo que deseaba, cuando lo deseaba y con quien le agradaba, porque esa era su voluntad. Lo cual la convertía en una mujer fácil, no en una puta. La cruel distinción le quemó el estómago como una úlcera, y los sentimientos confusos y antagónicos se retorcieron y agitaron en su pecho, y la presión aumentó como el vapor de un radiador.

Necesitaba desahogarse con alguien, y aferró la barba de Leonce y la retorció cruelmente, arrancando un aullido a su dueño. Leonce retrocedió trastabillando apenas ella lo soltó y cayó sobre un jugador de billar que se preparaba para usar el taco. El jugador lo golpeó con el taco y descargó sobre Leonce una cascada de insultos.

Leonce ignoró al otro y fijó la mirada a Savannah, mientras se frotaba la mejilla.

—¿Por qué demonios ha hecho eso?

Savannah se puso de pie, y de un puntapié volcó la silla.

—Cara Cortada, vete a la mierda. Guarda tu dinero para pagarte un cerebro, estúpido.

Levantó su vaso y lo arrojó a Leonce, y cuando éste lo esquivó el vaso le golpeó el hombro.

—¡Perra loca! —le gritó Leonce, mientras las risas y las burlas resonaban detrás—. ¡Maldita perra loca!

Savannah lo ignoró, se apoderó de su bolso y comenzó a buscar un hombre. No necesitaba conformarse con Leonce Comeau; había muchos hombres más jóvenes y apuestos que apreciarían su compañía y su experiencia. Su mirada se posó en Taureau Hebert, que estaba cerca de allí y entretenía a sus amigos con el relato de su último roce con el guardabosques.

Hacía un tiempo que ella le había echado el ojo. No en vano lo apodaban «el Toro». Era un joven fornido de veintitrés años, y parecía que éste era el momento perfecto para ponerlo a prueba.

Pero cuando Savannah comenzó a moverse, balanceando las caderas y sacudiendo los cabellos desordenados, mientras concentraba toda su considerable energía en la maniobra que ahora preparaba, Annie Delahoussaye-Gerard entró en el cuadro, y los hombres que rodeaban la mesa de Taureau volvieron la cabeza para inspeccionar el escote de la muchacha, mientras ella servía las copas y coqueteaba con todos.

Savannah rechazó el ansia desordenada de gritar. Este era su territorio. ¿Qué se creía esa jovencita barata y vulgar?

Era joven y bonita. Y tenía una sonrisa luminosa y una risa alegre. Como su madre, T-Grace, Annie prefería sus ropas un poco estrechas, y malcubría sus curvas considerables con vaqueros apretados y pecheras ajustadas que dejaban poca libertad a la imaginación. Un montón de cadenas de fantasía colgaba de su cuello y además ella usaba un anillo barato en casi todos los dedos. No tenía el más mínimo estilo, pensó amargamente Savannah mientras acariciaba la larga hilera de perlas auténticas que usaba, y brevemente consideraba la posibilidad de ahorcar con ellas a la bonita Annie Gerard.

Esa perrita no tenía derecho a andar olfateando a los hombres del bar. Tenía su propio hombre, su marido. Savannah olvidaba, muy cómodamente para ella, que Tony Gerard —el marido de Annie— acababa de salir de la cárcel del distrito, adonde había ido a parar por golpear a su esposa; y en el aire flotaban los rumores acerca de un posible divorcio.

Se acercó a la mesa y se deslizó entre Taureau y la camarera; con el brazo rodeó el cuello grueso y curtido de Taureau, como si hubieran sido antiguos amantes. No hizo caso de la expresión sobresaltada de Taureau, y miró hostil a Annie.

—Querida, ¿por qué no me traes otro vaso de vodka con agua tónica? Esa es aquí tu tarea, ¿verdad?

Annie entrecerró sus ojos oscuros y apoyó la bandeja vacía en la cadera redonda.

Mais sí, ése es mi trabajo —dijo Annie, mirando de arriba a abajo a su adversaria con un gesto de desprecio maldisimulado—. ¿Y cuál es el tuyo, grand-mere? ¿Importunar a los jóvenes?

Savannah no escuchó las obscenidades que brotaban de sus propios labios. Teniendo ante los ojos una niebla rojiza se arrojó sobre la camarera, y aferró un puñado de cabellos oscuros. Movió el otro brazo en un golpe salvaje y certero que tocó de lleno la oreja de Annie.

Taureau y sus amigos saltaron de las sillas, totalmente desconcertados. Alguien gritó por encima del trompeteo del tocadiscos:

—¡Una pelea de gatas!

Hubo otro grito:

Grand rond!

E instantáneamente se formó un círculo de espectadores alrededor de las dos mujeres, que cayeron sobre una mesa enviando al aire botellas y vasos. La cerveza se derramó sobre el suelo de madera, de modo que todo el lugar se convirtió en una superficie resbaladiza, con cierta ventaja para Annie, que calzaba zapatillas.

Savannah no advirtió que estaba resbalando. Sus percepciones se habían deformado seriamente, y su visión apenas tenía en cuenta la figura de su adversaria; oía únicamente un caos de sonidos —gritos, alaridos y golpes. No sentía nada —ni la mano de la otra mujer que le arrancaba los cabellos, ni las uñas que se le hundían en la carne, ni el pie de Annie que le golpeaba el tobillo—; sólo sentía la cólera ardiente en su interior. Se volvió y manoteó y gritó, tratando de aferrar lo que pudiera de Annie Gerard, y las dos giraron, e irrumpieron en el círculo de espectadores como muñecas de cuerda descontroladas.

T-Grace lanzó un grito que era una mezcla de manifestación de furia y de proclama de guerra mientras salía de su refugio detrás del mostrador, golpeando con los codos a todos los que no se apartasen inmediatamente de su camino. Se zambulló en el grupo de gente, gritando a todo pulmón , con los ojos saliéndosele de las órbitas mientras corría no a salvar a su hija, sino a su vajilla y sus muebles. Annie podía cuidarse sola.

Laurel se movió en el taburete para ver cuál era la causa de la conmoción, y sintió que se le oprimía el corazón en el pecho cuando un vestido rojo y blanco atrajo su mirada.

—¡Dios mío, Savannah!

Sin pensar en su propia seguridad, descendió del taburete y avanzó hacia el grupo. Jack juró por lo bajo y aferró a Laurel por detrás, y la apartó de su camino. Se mezcló con las combatientes en el mismo instante en que lo hizo T-Grace, y los dos bailotearon de aquí para allá, tratando de sujetar a las antagonistas para separarlas.

Veterana de las trifulcas, T-Grace no se mostró diplomática ni cosa parecida. No vaciló en descargar unos cuantos golpes por propia cuenta, y aferrar un puñado de cabellos de Savannah, mientras trataba de apartar a su hija menor de la lucha que estaba destrozando el bar e impidiendo que se atendiesen los pedidos de bebidas.

Jack se acercó por detrás a Savannah y deslizó un brazo entre las dos mujeres, y lo que consiguió fue que lo mordiesen. Un codo le tocó el ojo izquierdo, y reabrió la herida que había sufrido con el coche de Savannah. Rechinó los dientes y lanzó una maldición, al mismo tiempo que se preguntaba qué demonios lo había impulsado a mezclarse en ese embrollo. Él no era un combatiente; era un observador. Si dos mujeres querían arrancarse los cabellos, la costumbre de Jack era apartarse un poco y recoger notas mentales. Se estremeció y maldijo en francés cuando un tacón afilado se le clavó en el empeine. Esta vez no necesitaría recoger notas mentales; su cuerpo sería un testigo fiel de las complejidades de un combate entre mujeres de la taberna. Un codo se le hundió en las costillas, y Jack rezongó y trató de sostenerse mientras sus pies resbalaban sobre la cerveza derramada.

Laurel vacilaba en la periferia de la acción, y se le contraía el estómago, y su respiración era como tener dos puños duros, golpeándole los pulmones. El sentimiento de ansiedad le apretaba la garganta, y los pensamientos inconexos se desplazaron en su mente como fragmentos de una granada. Ni siquiera había percibido la presencia de Savannah en el salón. Verla así, enredada en combate con otra mujer, era algo demasiado surrealista para creerlo. Se llevó una mano a la boca y se mordió con fuerza la uña, mientras los ojos se le llenaban de lágrimas.

De pronto, se oyó una explosión en el salón y siguió un coro de gritos, y todos permanecieron absolutamente inmóviles durante una fracción de segundo. Laurel tuvo la certeza de que se le detenía el corazón, y de que una de las mujeres había disparado y alguien había muerto. Pero las combatientes se separaron; Jack apartó a Savannah, y T-Grace a su hija. Todos se volvieron hacia el mostrador.

Ovide sostenía un humeante calibre 38 en la mano. El arma apuntaba al techo, y un reguero de polvo de yeso descendía de él. La cara del camarero parecía impasible, como siempre. Tenía el aspecto de algún ridículo personaje de historieta, con los bigotes tipo foca descendiendo a los lados de la boca y los mechones de cabello blanco saliendo por las orejas. No dijo una palabra cuando sus clientes lo miraron, y en cambio depositó el arma bajo el mostrador, se apoderó tranquilamente de un vaso y continuó secándolo con el trapo que no había abandonado ni por un instante.

T-Grace sacudió fuertemente a su hija.

—¡Qué me dices! ¡Peleándote con los clientes!

Annie se limpió un hilo de sangre que manaba de su nariz, y su mirada todavía irritada se clavó en Savannah Chandler.

Maman, ella empezó.

T-Grace interrumpió a su hija con una expresión salvaje.

—No quiero oír una palabra más. ¡Vete de aquí! ¡Lávate un poco! —Empujó a su hija hacia el cuarto de baño de damas, y batió palmas mientras se volvía hacia el resto de la gente—. Allons danser! —ordenó mientras Roddie Romero y los Rockin'Cajuns entonaban sus dolientes canciones en el tocadiscos.

Los clientes del bar regresaron a las actividades anteriores, y varías parejas tomaron en serio la orden de T-Grace y se dirigieron a la pista de baile para calmar la excitación practicando un ejercicio violento.

La adrenalina continuaba recorriendo el flujo sanguíneo de Savannah. Se sentía desorbitada e irracional, y no le importaba en absoluto quién la veía o lo que pensaba. Dirigió a Jack una mirada por encima del hombro.

—Jack, si querías ponerme las manos encima, lo único que necesitabas hacer era decirlo.

Él la soltó bruscamente. Tenía la cara marcada por un gesto severo. Sacó un pañuelo del bolsillo de los pantalones y lo ofreció a Savannah.

—Te sangra el labio —dijo.

Savannah se limitó a mirarlo, y ahora parecía la imagen misma de la temeridad. Con un gesto muy lento e intencionado, se pasó la lengua sobre el labio inferior, y de ese modo se lamió la sangre.

—¿No quieres hacerlo por mí, Jack? —murmuró con un gesto seductor, balanceándose para beneficio de su interlocutor—. Seguro que estas cosas te agrandan, ¿verdad? Como escribes esos libros sanguinarios y horrendos, la cosa termina gustándote, ¿no es así, Jack?

Jack no dijo nada. Había pensado más de una vez en la posibilidad de sucumbir a los encantos de Savannah Chandler, pero siempre había algo que lo inducía a detenerse en el último instante. Una cautela instintiva lo había llevado a mantener la distancia. No había comprendido hasta ese momento qué era el miedo. No de la mujer, sino de lo que ellos podían hacer si se unían. Ella lo arrastraría al abismo, y entonces sólo le bon Dieu sabría lo que sucedería mientras se hundían en la locura. Este pensamiento le provocó un escalofrío en la espalda.

—Jack, tú y yo pertenecemos a la misma raza —murmuró Savannah sosteniendo la mirada del hombre.

Laurel se acercó a su hermana, y estaba pálida como la tiza, asustada y furiosa, temblando cuando extendió la mano para tocar el brazo de Savannah.

—Dios mío, ¿estás bien? ¡Estás sangrando! Por Dios, Savannah, ¿en qué pensabas?

Savannah rechazó el contacto y miró hostil a su hermana.

—No pensaba —respondió—. Ésa es tu especialidad, nena. Tú piensas, yo actúo. Quizá si alguien pudiese unirnos, formaríamos una persona entera.

Dio media vuelta y se inclinó para recoger el bolso de cuero rojo que estaba en el suelo, en absoluto preocupada porque el borde de su vestido se había elevado hasta dejar a la vista el trasero desnudo. A Laurel se le cortó el aliento, y avanzó un paso hacia su hermana con el fin de bajarle la falda si podía.

—¡Savannah, por Dios...!

Savannah resopló burlonamente mientras sacaba de su bolso un cigarrillo y un delgado encendedor de oro.

—Dios nada tiene que ver con esto, nena —dijo mientras encendía. Aspiró hondo, y envió el humo al techo sin apartar los ojos de Laurel—. De todos modos, Dios es un sádico. ¿No lo habías advertido? —Sonrió amargamente, con un gesto que cobró todavía más dureza por la mancha de sangre que le cubría parte del labio inferior—. Dios bromea a nuestra costa.

Satisfecha porque había dicho la última palabra, se volvió sobre los zapatos de tacón alto y caminó hacia la puerta del frente, con tanta calma como si nada hubiera sucedido.

—Esa mujer se meterá en problemas —dijo T-Grace con la voz vibrando de rabia. Estaba de pie al lado de Laurel, con las manos en la cintura y las botas de vaquero de color azul eléctrico bien separadas. Su cabellera roja se inclinaba peligrosamente hacia la izquierda. La cara correosa estaba teñida de color, y los ojos oscuros parecían salírsele de las órbitas, de modo que se hubiera dicho que una mano invisible le apretaba el cuello.

Laurel no se molestó en discutir esa opinión. Sintió que se le oprimía el corazón ante la idea de que probablemente la afirmación era correcta. Savannah parecía decidida a destruirse de un modo o de otro, y Laurel no sabía cómo impedirlo. Deseaba creer que podía evitar eso. Deseaba creer que todos podían controlar sus propios destinos, pero al parecer ella no controlaba nada. Sentía que estaba tratando de detener un tiovivo que giraba desenfrenado, mediante el simple recurso de extender la mano y sujetarlo. Y cada vez que lo tocaba, el tiovivo la arrojaba al suelo.

—Lo siento, señora Delahoussaye —murmuró—. Por favor, envíe a la casa de mi tía la cuenta por los daños.

T-Grace, convertida instantáneamente en la madre sustituta, pasó un brazo sobre los hombros de Laurel y le palmeó la espalda.

Chere, no te preocupes. No tienes nada de qué culparte, pues nos ayudaste con ese maldito Jimmy Lee. Ven, ven a comer un plato de cangrejos. Eres tan pequeña que podría llevarte en brazos.

Mientras se abrían paso a través de la gente, T-Grace aferró el brazo de Leonce y le ordenó que atendiese el mostrador. Leonce se quitó el sombrero panamá e insinuó una reverencia cortesana, y los faldones de su camisa hawaiana casi tocaron el suelo. Se enderezó con una gran sonrisa en la cara con la barba a lo Van Dyke, y asestó un golpe en el hombro de Jack.

—¡Qué les parece, interviniendo en peleas de gatas salvajes! ¿Y ahora qué harás, Jack? ¿Un número con mujeres y caimanes?

Jack miró a su amigo con el entrecejo fruncido, alargó la mano con un gesto rápido y se apoderó del sombrero de Leonce, y se lo puso en su propia cabeza, de modo que Leonce mostró su calvicie.

—Estás celoso porque fuiste el que llevó la peor parte.

La cara de Comeau se ensombreció al recordar, y su cicatriz se tiñó de rojo, como una especie de indicador de su malhumor. Trató de recuperar el sombrero, pero Jack lo esquivó.

—Vete al infierno, Boudreaux —dijo.

—Eso querrías —replicó riendo Jack—. Vamos, tcheue poule, ve a echar agua al licor.

T-Grace se volvió en redondo y tiró de la oreja a Jack, y le desvió el sombrero.

—Amiguito, aquí no aguamos nada.

T-Grace apenas aminoró el paso y se dirigió a una puerta lateral poco usada, mientras ladraba órdenes a una camarera e indicaba a su marido que se acercase. Laurel sonrió, y pensó que la cena era tan divertida que bien valía la pena olvidar todo lo que había sucedido. Jack se frotó la oreja y le dirigió una mirada de censura bajo el borde del sombrero de paja, una mirada atenuada por un guiño.

Salieron y cruzaron un tramo del estacionamiento hasta llegar a la orilla del bayou, donde había una mesa de madera y varias sillas de jardín, separadas del patio de una coqueta casita pintada de verde con el típico altar lleno de flores de la Virgen María. El lugar estaba iluminado parcialmente por baratas linternas chinas de plástico, que alternaban con luces amarillas sostenidas por dos estacas. El sol había descendido, pero aún no era noche. El bayou estaba surcado por rayas de suave luz dorada y sombras traslúcidas.

Ovide se acomodó en una silla y no dijo nada mientras T-Grace supervisaba la provisión de alimentos depositada sobre la mesa de madera. Laurel permaneció detrás, insegura, sin saber muy bien por qué se la consideraba una invitada. Consultó su reloj y comenzó a retirarse.

—Aprecio la invitación, señora Delahoussaye, pero creo que me retiraré. Tengo que encontrar a Savannah...

—Déjela en paz —ordenó T-Grace—. Chere, sea o no su hermana, lo único que ella le traerá son problemas. —Satisfecha con su propia afirmación, se volvió hacia Laurel con las manos en jarras, y una expresión de simpatía en los ojos—. Mais sí, tiene que amarla, pero ésa hará lo que se le antoje. Siéntese.

Jack apoyó las manos sobre los hombros de Laurel y la acercó a la mesa de madera.

—Siéntese, querida. Nos costó mucho atrapar estos cangrejos.

Ella obedeció, no porque tuviese apetito o deseara complacer, sino porque no deseaba pensar en lo que haría si encontraba a Savannah. Deseaba hablar, pero la conversación se convertía invariablemente en discusión. Cuando Savannah sufría uno de sus ataques, era imposible razonar con ella. Sintió un dolor en el fondo de los ojos, y los cerró brevemente para calmar el sufrimiento.

—Coma —dijo T-Grace, presentándole un plato. Tenía un montón de cangrejos hervidos, patatas hervidas y maquechou, maíz con pedazos de tomate y pimienta. Los aromas intensos y sabrosos se elevaron hasta la nariz de Laurel, y su estómago gimió a pesar del escaso apetito que ella había tenido dos segundos antes.

Jack depositó el sombrero panamá sobre el extremo de la mesa y se sentó en el banco al lado de Laurel, en realidad demasiado cerca, de modo que su muslo rozó el de la muchacha, y su ingle presionó la cadera de Laurel. Ella sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.

—T-Grace, ella es una debutante —dijo Jack—. Probablemente no sabe comer un cangrejo si no tiene nueve clases de tenedores de plata.

—Sé hacerlo —replicó Laurel dirigiéndole una mirada por encima del hombro.

Desafiante, arrancó la cola del cangrejo, hundió los pulgares en la articulación y abrió el animal para mostrar la carne blanca, que extrajo y comió con los dedos. El sabor era maravilloso, y se le hacía la boca agua mientras recordaba. De pronto, en el recuerdo evocó a su padre devorando cangrejos en el festival de Breaux Bridge, con los ojos cerrados con una suerte de respetuosa satisfacción, mientras en su cara se dibujaba una ancha sonrisa.

—¿Serás una auténtica cajun y sorberás la grasa de la cabeza?

Ella rechazó la memoria agridulce y miró a Jack con el entrecejo fruncido; él la rodeaba con los brazos y le robaba comida del plato.

—Boudreaux, ve a sorber la grasa de tu propia cabeza. Eso te ocupará un rato.

A Ovide se le agitó el bigote. T-Grace descargó la mano sobre el brazo de su propia silla de jardín, y dijo:

—Jack, me agrada tu muchacha. Tiene bastante fibra para manejarte.

Laurel intentó sin éxito apartarse de Jack.

—Señora Delahoussaye, me temo que usted está equivocada. Jack y yo no estamos relacionados. Somos únicamente... —Vaciló, sin encontrar la palabra adecuada. Amigos parecía demasiado íntima, conocidos demasiado lejana.

—Podrías decir que somos amantes y que después lo confirmaremos —murmuró él con voz sombría y seductora, acariciando la oreja de Laurel mientras trataba de apoderarse de otro cangrejo.

T-Grace continuó hablando, sin preocuparse por la definición de Laurel. Identificaba a una pareja cuando la veía; esos dos se arreglarían más tarde o más temprano.

—Una muchacha tiene que tener fibra, como nuestra Annick... es decir, Annie. De tanto en tanto se enreda en una riña, pero sabe cuidarse, ¿eh? Nuestra Annie es una muchacha buena, y sabe lo que es un hombre bueno. No como su maman.

Alargó la mano para palmear afectuosamente el hombro de Ovide, y su rostro duro ahora expresaba afecto. Ovide emitió un gruñido que podía haber sido aprobación o dolor de cabeza, y arrojó al agua una cascara de cangrejo. Se oyó un crujido en la oscuridad cuando un pez se apoderó de la cascara.

—En esta casa hemos criado siete hijos —anunció orgullosamente T-Grace—. Ovide y yo trabajamos todos los días para formar un buen hogar, para tener un negocio bueno. Y ahora este maldito Jimmy Lee viene a traernos problemas, y dice que la Taberna de Frenchie es el origen del pecado. Por mi parte, desearía enviarlo al lugar de donde viene el pecado. Ovide enfermará de úlcera de tanto preocuparse por lo que piensa hacer ese Jimmy Lee.

Palmeó de nuevo el hombro de su marido y le acarició los cabellos grises desordenados que le cubrían la cabeza y le caían sobre las orejas. Dirigió una mirada astuta a Laurel.

—Entonces, chere, ¿nos ayudará con este asunto?

Había llegado el momento. Laurel se sintió atrapada, con Jack de un lado y T-Grace mirándola desde el otro. Se movió sobre el banco, y lo único que ahora deseaba era escapar. Sacudió la cabeza mientras renunciaba a la cena y se retiraba del banco.

—Señora Delahoussaye, creo que ya hablamos de esto. No estoy ejerciendo mi profesión...

—Ya no tiene práctica —dijo secamente T-Grace—. Le conviene aceptar.

Laurel emitió un suspiro de frustración.

—Realmente, lo único que tiene que hacer es llamar al alguacil la próxima vez que el reverendo Baldwin se meta en su propiedad.

—¡Ah! ¡Como si ese chacal obstinado estuviese dispuesto a molestarse por nosotros!

—Es la autoridad...

—Querida, tú no comprendes —musitó Jack. Volteó la pierna derecha sobre el banco y estiró los pies hacia adelante, apoyando los codos sobre la mesa—. Duwayne Kenner sólo viene corriendo si uno se llama Leighton o Stephen Danjermond. Tiene muchas reuniones importantes y no puede molestarse con la gente vulgar. No se ensuciará las manos con Jimmy Lee y su Iglesia de los Lunáticos a menos que se lo ordene un juez.

—¡Eso es absurdo! —exclamó Laurel, volviéndose hacia Jack—. Es...

Él enarcó el entrecejo.

—Es el modo de ser de las cosas, querida.

—Juró defender la justicia —arguyó Laurel.

—No todos lo hacen con la misma convicción que tú demuestras.

Ella no dijo nada y permaneció inmóvil un momento, y la comprensión comenzó a traspasarla como una corriente eléctrica. Él no tenía esa convicción. Jack dictaba sus propias normas y probablemente las infringía impunemente. Se burlaba del sistema, se burlaba de la gente que trataba de que fuese eficaz. Pero sabía que ella no compartía el mismo criterio.

La observó, con sus ojos oscuros y la expresión intensa. Intentaba adivinar lo que Laurel pensaba. Y ella sintió que esos ojos la penetraban hasta el fondo del alma. Se volvió bruscamente hacia T-Grace.

—Aquí en el pueblo hay varios abogados...

—Que no sirven para nada —dijo T-Grace. Dejó su plato en el suelo, traspasando su cena a Huey, que salió de su refugio bajo la mesa de madera y reclamó los cangrejos. T-Grace ignoró al perro, y su mirada dura se centró en Jack. Se acercó a él con las manos en la cintura, el mentón desafiante.

—Jack podría ayudarnos, pero aquí está, sentado sobre su hermoso traserito...

—¡Por Dios, T-Grace! —estalló Jack. Se levantó del banco con tal brusquedad que lo volcó, y el perro salió disparado buscando un refugio seguro. Se inclinó sobre su acusadora, enrojecido y furioso porque ella lo desafiaba—. ¡Me expulsaron del colegio de abogados! ¿Qué demonios puedo hacer?

—Oh, nada, Jack —dijo ella con voz suave y burlona, sin ceder un milímetro—. Todos sabemos que lo único que usted quiere es pasarlo bien. —Atreviéndose más que lo que habría hecho un hombre, levantó una mano y le palmeó la mejilla delgada—. Vaya a divertirse, Jack. No se moleste con nosotros. Nos arreglaremos.

Jack se volvió y describió un círculo, buscando el modo de dar salida a la cólera que rugía en su interior. Deseaba gritar con toda la fuerza de sus pulmones, mugir como un animal herido. Se apoderó de una botella de cerveza que estaba sobre la mesa y la arrojó, y por poco alcanza el altar de la madre de Dios, y pese a todo la furia continuaba ardiendo en su interior.

—¡Mierda!

T-Grace lo miró con sus ojos antiguos y sensatos.

—Está bien, Jack. Todos sabemos que usted no se compromete. Que no asume la responsabilidad de nada.

Él la miró hostil, deseando sacudirla hasta que esos ojos saltones se salieran de las órbitas. Maldita mujer, maldita porque lo obligaba a sentirse como... ¿qué? ¿Un canalla, un cobarde? ¿Un inútil, una basura que para nada servía?

Bon a rien, T-Jack... bon a rien.

Eso era. Un inútil. Le habían metido en la cabeza esa fórmula desde que había tenido edad suficiente para hablar. Y había demostrado su validez en repetidas ocasiones. De nada servía que se irritase ante la verdad.

Su mirada se posó en Laurel, que permaneció inmóvil, con los brazos cruzados y los grandes ojos azules muy redondos detrás de las gafas. La defensora de la justicia. Dispuesta a sacrificar su reputación, su vida privada, su carrera, todo por la causa. Dieu, lo que ella debe pensar de mí... y todo eso es cierto.

Ahí estaba la ironía —y él sabía apreciar muy finamente la ironía—, pues él era todo lo que T-Grace denunciaba e incluso algo peor; él era exactamente lo que deseaba ser, y ahora la imagen que él había creado se volvía contra su persona —o él se volvía contra la imagen—, y le parecía insoportable.

—No necesito esto —rezongó—. Me voy de aquí.

Laurel lo vio alejarse, hasta cierto punto conmovida por su explosión. Una parte de ella deseaba seguirlo, reconfortarlo, preguntarle la razón de su actitud. Pero Laurel, eso no es inteligente. Tenía un buen caudal de dificultades propias sin necesidad de asumir la carga de los problemas más sombríos de Jack Boudreaux... o los aprietos en que se encontraba la Taberna de Frenchie...

Pero cuando se volvió hacia T-Grace, no pudo negarse. Se dijo que no era un problema tan complejo. Nada más que una visita al tribunal, un par de llamadas telefónicas. No estaba enfrentándose con el mundo. Sólo con un par de personas honestas y laboriosas que necesitaban un poco de justicia. Sin duda ella tenía fibra suficiente para eso.

—Está bien —dijo con un suspiro—. Veré lo que puedo hacer.

Por una vez, T-Grace se quedó muda, y a lo sumo consiguió sonreír y asentir. Ovide se levantó de su silla y se sacudió los restos de cáscara de cangrejo del vientre. Apoyó una ancha mano sobre el hombro de Laurel, la miró en los ojos y susurró:

Merci, pichouette.




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