Falsa alarma



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Capítulo 12


La luna de medianoche proyectó una pátina plateada sobre los árboles, y la bruma se deslizó, suave y blanca sobre la superficie del agua oscura.

Muchas mujeres temían al pantano. Muchos hombres lo temían. Pero no asustaba a Savannah. Aquí ella sentía algo distinto del miedo. Algo antiguo. Algo que la atraía y le conmovía la sangre.

Ese lugar había sido siempre su refugio. Aquí venían ella y su hermana para escapar de la casa y la infelicidad que allí reinaba. Aquí Savannah se sentía libre. Sentía que era parte del pantano, como un animal, un venado o un gato montes, o una serpiente. Deseaba quitarse las ropas y quedarse desnuda, y ser una criatura del Atchafalaya.

Cediendo a ese deseo primario, se quitó el vestido, lo depositó sobre la tapa del motor del automóvil, y deslizó las manos sobre las curvas de su cuerpo desnudo. Se lamió el labio inferior, herido cuando él la había abofeteado, tirándole hacia atrás la cabeza y llenando instantáneamente su boca con el sabor áspero y espeso de su propia sangre.

—Jimmy Lee, no eres más que un pervertido —le dijo, y los latidos de su corazón se aceleraron mientras él la ataba a la cabecera de hierro de su cama utilizando el cinturón de su pantalón.

—Y tú eres una perra en celo — había contestado él penetrándola totalmente, con la fuerza del castigo.

Ahora, durante un momento ella cerró los ojos e imaginó lo que sería acostarse allí, sobre el colchón de hojas secas y recibir al amante en su cuerpo, bajo la luz de la luna del bayou. Se aparearían como lo hacían todos los animales, sin sentimientos de culpa, sin inhibiciones, regodeándose con la mera excitación del acto. Ella gritaría extática, y sus gritos se mezclarían con la misteriosa cacofonía de sonidos que recorría el pantano durante la noche.

La imagen mental arrancó un gemido a su garganta y le provocó el sufrimiento de la necesidad, una necesidad que Jimmy Lee no había podido calmar a pesar de que la había gozado de muchos modos, de todos los modos que un hombre podía usar con una mujer. Era una necesidad que un hombre no podía satisfacer, una necesidad que arraigaba profundamente en el núcleo de la persona de la propia Savannah. Con movimientos nerviosos desplazó el peso de un pie al otro, y deslizó una mano sobre el vientre. Y durante un instante regresó a su cuarto de Beauvoir, y el hombre que la devoraba hambriento era su padrastro. Ella gritaba ante el ataque, no a causa del ataque a su cuerpo, sino a los sentimientos antagónicos que la agobiaban. Su cuerpo reaccionaba frente al contacto del hombre, y le ardía y le dolía. Al principio eso no le había agradado mucho, pero con el tiempo había llegado a ver que Ross tenía razón, estaba hecha para eso, era buena en eso. Pero el placer que recorría su cuerpo traía consigo una vergüenza abrumadora. Ella era una prostituta. Y eso era todo lo que sería jamás. Eso era todo lo que un hombre podía amar en ella, el sexo.

Sollozó un poco sintiéndose atrapada, pero desechó la sensación, y aceptó que las palabras de Ross tranquilizaran su corazón inquieto.

Eres bella, Savannah. Eres mucho más mujer que tu madre. Te deseo constantemente. A veces creo que enloqueceré de tanto que te necesito...

La necesitaba. La necesitaba. La buscaba. Las palabras le infundían una sensación de poder y ella la aceptaba y se aferraba a esa sensación.

Echó hacia atrás la cabeza, mostró su cara a la luna, y los cabellos desordenados le cayeron sobre la espalda. La inquietud se acentuó, y ahora era mucho más intensa. La agitación de los sentimientos la dominó, y caló profundamente en ella. Necesitaba... necesitaba... necesitaba...


La necesidad acucia al depredador. No la necesidad de alimento, sino de sustento de otra clase. Necesidad de sangre, el gusto de la muerte. Necesidad de castigar, el deseo de infligir dolor. De ver cómo el dolor crece lo mismo que un cáncer, y en lugar de una simple reacción es algo que todo lo consume. Necesidad de controlar. De representar el papel de Dios.

Jugar. Un juego. La idea suscita una sonrisa. La sonrisa provoca un escalofrío en la presa. En cada juego hay un perdedor. El que está atado, aquel a quien se tiene cautivo, sabe cuál es el resultado antes de que empiece el juego. Para la víctima no hay juego, sólo expectación, dolor, terror, y ella ruega que llegue la muerte. Por favor, la muerte. Pronto...

Nadie oye sus gritos. Nadie acude en su ayuda. En el pantano no hay salvadores. Aquí la crueldad es un modo de vida. La muerte es tan usual como la serpiente. El peligro oculta la belleza. No hay salvación. Ni justicia. La vida. La muerte. El cazador y el cazado.

El cuchillo reluce a la luz de la luna. El filo corta delicadamente, con habilidad, y se mueve como un arco sobre las cuerdas del violín. La canción que ejecuta tiene un timbre agudo y misterioso. Humano. Un preludio de la muerte.

Y en definitiva, el instrumento se acallará. La presa sucumbirá. Morirá como el depredador cree que debe morir: desnuda y mancillada. Otra prostituta muerta, que debe pudrirse en el pantano. Un final adecuado, un lugar adecuado. Y el depredador se alejará en la embarcación, silencioso y seguro, el secreto compartido únicamente con los árboles y las criaturas de la noche...

Laurel se sentó súbitamente, temblorosa y fría, con la piel lustrosa de sudor, y el corazón latiéndole desordenadamente. La pesadilla se disipó mientras Laurel se afirmaba en la realidad, pero los sonidos provocados por el llanto de los niños todavía arrancaban ecos a su mente, y ahora la obligaron a abandonar el lecho. Se acercó al armario y sacó otra camisa de gran tamaño, mientras intentaba expulsar de su cerebro el último resto del sueño. Temblaba violentamente y su estómago estaba anudado con un residuo de angustia, y ella maldecía por lo bajo, tratando de rechazar la debilidad.

Su mano rozó el frasco de tranquilizantes guardado bajo la ropa interior, recuerdo de su permanencia en Ashland Heights. El doctor Pritchard le había dicho que las tomase cuando necesitara ayuda para dormir; pero ella no las había utilizado. Por muy intensa que fuese su necesidad de los tranquilizantes, no deseaba consumirlos. Eran una muleta, otra debilidad, y ella estaba horriblemente cansada de sentirse débil.

Se cambió de prisa y salió al balcón, con la esperanza de reanimarse gracias al aire fresco de la noche. Pero sintió denso y cálido el aire, sin atisbos de brisa. Cruzó los brazos sobre el pecho para evitar el temblor, caminó hasta los ventanales franceses de la habitación de Savannah y se asomó. La cama estaba desordenada, la lujosa manta oro y rubí era un montón desordenado sobre el colchón, las almohadas de satén con bordes de encaje habían sido arrojadas como por descuido sobre el suelo. El resto de la habitación evocaba el sello inequívoco de la domesticidad de Savannah, en la forma de las prendas interiores tiradas y las ropas retiradas del armario y abandonadas en favor de algo más colorido, más excitante, más erótico, más vulgar.

Una leve sensación de miedo se impuso a los restantes sentimientos que se acumulaban en la garganta de Laurel, más o menos como una mescolanza de textos que se repetían en su mente: ¿asesinatos?... Cuatro los últimos dieciocho meses... Mujeres jóvenes de dudosa reputación... Ésa se meterá en problemas...

Masticó con fuerza la uña del pulgar, mientras trataba de rechazar el ansia de llamar a la policía. Era absurdo que se apresurase a extraer conclusiones. No había nada extraño en que Savannah estuviese fuera de la casa cuando eran más de las dos o para el caso toda la noche. Podía haber estado en un sitio cualquiera, con un hombre cualquiera.

¿Con un asesino?

—Basta —se dijo, y su voz era un murmullo áspero mientras trataba de contener el pánico irracional. Maldición, ella no era una persona irracional. Era lógica, razonable y práctica. ¿No era eso lo que la había salvado a pesar de haber crecido en la atmósfera envenenada de Beauvoir?

Eso y Savannah.

Su mirada se posó de nuevo en la cama y Laurel se apartó bruscamente y caminó hacia la escalera que descendía hacia el patio; su paso era enérgico y tenía un propósito definido.

Se sentía insegura, inquieta. La noche en el local de Frenchie la había desconcertado, desde el encuentro con Baldwin hasta la riña provocada por Savannah y el discurso de Jack en relación con el papel que ella había aceptado representar en favor de los Delahoussayes. A decir verdad, eso era probablemente lo que la inquietaba más. Al día siguiente tendría que acercarse al edificio del tribunal, y analizar el modo de resolver el problema de Jimmy Lee Baldwin. Tendría que volver a trabajar, como si nunca se hubiese retirado, como si jamás hubiese abandonado avergonzada su última misión. Debía entrar en los salones de la justicia y enfrentarse a las secretarias, al ujier del tribunal, al juez, a otros abogados... a Stephen Danjermond.

Había estado analizando esa perspectiva mientras volvía caminando de la taberna de Frenchie a su casa. Como Jack no aparecía, y los últimos rayos del sol aún rechazaban las sombras del anochecer, se había dirigido a pie a Belle Riviere, con la esperanza de que el ejercicio eliminara parte de la angustia y la duda. Pero apenas había caminado dos calles cuando un Jaguar verde botella se acercó a la acera, y el cristal de la ventanilla del copiloto descendió con un zumbido.

—Laurel, ¿puedo llevarla a algún sitio? —Stephen Danjermond se inclinó sobre los asientos de suave cuero gris del automóvil y la miró, y sus ojos verdes relucieron como joyas en la luz cada vez más tenue del anochecer. Sonrió, y la sonrisa armoniosa y perfectamente simétrica incluyó un matiz de disculpa—. Por mucho que me agrade destacar cómo ha disminuido el índice de delitos en el distrito de Partout, no deseo ver que una dama corra riesgos.

—Por lo que sé, bien podría correr riesgos con usted —dijo Laurel con voz tranquila, manteniendo los puños hundidos en los bolsillos profundos de sus pantalones cortos.

Danjermond la miró con cierto aire de decepción y un toque de regocijo.

—Laurel, creo que usted sabe que eso es imposible.

Ella lo miró con un rostro inexpresivo, tratando de disimular su confusión. Se habían conocido hacía muy poco tiempo, pero quién sabe por qué ella sabía que si le señalaba ese hecho, él a lo sumo se sentiría más regocijado todavía. Laurel sentía como que él le llevaba un paso de ventaja en el tiempo, de modo que ella se incorporaba a la representación de la obra pero no recitaba su texto en el momento oportuno. Si él podía desconcertarla tanto en una sencilla conversación, enfrentarse a él sería terrible en el curso de un careo. Stephen Danjermond era un hombre destinado a hacer grandes cosas.

Laurel abrió la puerta del Jaguar y se sentó en el asiento mullido.

—Señor Danjermond, no le conozco en absoluto —murmuró, y su tono fue tan misterioso como su expresión.

—Me propongo corregir esa situación.

Él permitió que el automóvil se deslizara a lo largo de la calle desierta, un momento silenciosa, el Jaguar tan discreto como una cabina a prueba de ruidos. Ya no tenía el traje hecho a medida, que había sido reemplazado por una camisa tejida del color del jade y un par de pantalones marrones; pero aún así se le veía inmaculado, perfectamente vestido.

—La cena con sus padres fue una ocasión interesante —dijo.

—No son mis padres —protestó automáticamente Laurel, y se sonrojó mientras él la miraba enarcando un entrecejo en un gesto de interrogación—. Lo que quiero decir es que Ross Leighton no es mi padre. Mi padre falleció cuando yo era pequeña.

—Sí, lo sé. ¿Cómo murió?

—Un accidente en los cañaverales.

—Usted le profesaba mucho afecto. —Lo dijo como una afirmación, no como una pregunta. Laurel no dijo nada, y se preguntó cómo era posible que él supiera ese detalle, y pensó en lo que Vivian podría haberle revelado. También se preguntó si él estaba enterado de los planes que Vivian tenía en relación con los dos.

Él le dirigió otra mirada reflexiva.

—Su aversión a Ross —explicó—. Sospecho que usted nunca aceptó que él ocupase el lugar de su padre. Cuando un niño pierde a un padre amado, el resentimiento ante un usurpador es una reacción natural. Aunque yo hubiera dicho que a esta altura de las cosas ya debería haber superado todo eso. ¿Quizás hay algo más?

La respuesta era que el asunto no le concernía, pero Laurel se abstuvo de decirlo. Sus cualidades profesionales estaban un poco oxidadas, pero sus instintos eran los mismos de siempre. Los de Danjermond estaban muy afinados. Él no mantenía conversaciones, sino encuentros de ajedrez verbal. Nunca estaba fuera de servicio. Cada diálogo era una oportunidad de ejercitar su mente, de afinar sus cualidades combativas. Ella sabía a qué atenerse; había vivido en la misma situación. Y solía mostrarse tan aguda, tan concentrada como Danjermond. Sabía que una respuesta a esa pregunta agravaría la curiosidad que él sentía.

—Lamento la escena que mi hermana provocó —dijo como de paso—. A Savannah le encanta el dramatismo.

—¿Por qué lo lamenta? —Él detuvo el Jaguar al ver el semáforo en rojo en la esquina de Jackson y se volvió para mirar a Laurel—. Usted no es la persona que provocó la conmoción. Usted no puede controlar los actos de su hermana, ¿verdad, Laurel?

No. Pero deseaba ejercer ese control. Lo necesitaba. Necesitaba que los elementos que formaban su mundo ocuparan cada uno su lugar. Sin confusiones, sin sorpresas desagradables.

La mirada de Danjermond se clavó en ella.

—Laurel, ¿usted es la guardiana de su hermana?

Ella rechazó el pensamiento y se autocastigó mentalmente por no haber visto los peligros implícitos en el tema hacia el cual se había dejado llevar.

—Por supuesto, no hay nada de eso. Savannah hace lo que le agrada. Sé que no se disculpará por molestar a los que asistieron a la reunión de Vivian; por eso, yo lo haré. Mi único propósito fue salvaguardar las formas de la etiqueta.

—Ah —sonrió Danjermond, mirándola interesado—, los derechos de la etiqueta... y usted recoge el guante. Laurel, en otra vida usted podría haber sido un caballero de la Mesa Redonda. Sir Galahad el Bueno, fiel a su riguroso código de honor.

Pareció que eso lo divertía, y Laurel se irritó. ¿Quizá se creía demasiado cortés, demasiado culto en vista de las costumbres antiguas y provincianas de Bayou Breaux —él, que era el hijo privilegiado de una antigua fortuna de Nueva Orleans?

—La hospitalidad es parte de las costumbres sureñas. Seguramente a usted le enseñaron que no debía interrogarse a un huésped —dijo ella con voz dulce, pasando a la ofensiva.

Él pareció sorprendido y complacido ante la maniobra de Laurel.

—¿Yo estaba interrogándola? Creí que estábamos conociéndonos.

—Conocerse suele ser un proceso recíproco. Usted no me ha dicho nada de su propia persona.

—Discúlpeme. —Le ofreció una sonrisa deslumbrante ¿que sin duda había aturdido a más de una joven sencilla de la región. Laurel recordó que ella no era una joven sencilla, y nunca lo había sido—. Me temo que me pareció una criatura tan interesante y encantadora que perdí la cabeza.

La sinceridad de su voz era demasiado lisa, demasiado perfecta para ser real. Laurel tuvo la inquietante sensación de que nada en este mundo podía conmover a Stephen Danjermond. Se manifestaba esa sensación de calma en su persona, en los ojos, en el núcleo de su ser. Laurel se preguntó si alguna vez algo podía llegar a penetrarlo.

—Las lisonjas no lo llevarán a ninguna parte, señor Danjermond —dijo ella, y desvió la mirada para contemplar su imagen reflejada en el espejo del automóvil—. Esta noche no tengo un aspecto muy atractivo.

—Laurel, está provocando un elogio.

—Señalando un hecho. Los elogios no me interesan.

Él entró por el sendero que llevaba al almacén utilizado como garaje de Belle Riviere, y detuvo el Jaguar en el Parque.

—El sentido práctico y el idealismo —dijo, volviéndose hacia ella y deslizando distraídamente el brazo sobre el respaldo del asiento—. Una mezcla sugestiva. Fascinante.

Los dedos de Laurel se curvaron sobre el picaporte de la puerta mientras él la estudiaba con esos ojos de mirada tranquila y firme.

—Me alegro de poder divertirlo —dijo ella en el tono más seco del mundo.

Danjermond meneó la cabeza.

—Laurel, usted no me divierte. Me desafía. Usted es un desafío.

—Usted consigue que yo me sienta un juego de adivinanzas.

Él rió al escuchar esto, pero de pronto el intercomunicador comenzó a llamar.

—Ah, bien, el deber me llama —dijo con un suspiro de pesar, y oprimió un botón de la pequeña caja negra que ocupaba el espacio entre ellos—. ¿Puedo pedirle que me facilite un teléfono?

Él llamó desde la intimidad del estudio de Caroline y salió inmediatamente después, dejando a Laurel dominada por una mezcla de alivio y tensión residual. Ella había temido la posibilidad de tener que presentarlo a la tía Caroline y a Mamá Pearl, y de tener que soportar una taza de café y la correspondiente conversación. Había escapado a ese destino, pero la tensión persistía.

Y perduró mientras caminaba por los senderos embaldosados del jardín, con los pies descalzos. No estaba en condiciones de soportar a un hombre como Stephen Danjermond. Era un tigre esbelto, cultivado y en la plenitud de sus fuerzas, y ella no se sentía más fuerte ni más valerosa que un gatito. Que Vivian los considerase una pareja armónica era una auténtica pesadilla.

Incluso si hubiese estado en su mejor forma, Laurel no habría deseado ninguna relación personal con él. Se sentía incómoda frente a esos fríos ojos verdes y a la voz suave y arrastrada, que nunca modificaba su timbre o su ritmo. Se dominaba demasiado, cuando ella sentía que estaba cayendo por la empinada ladera de una colina y tratando desesperadamente de encontrar un sostén. Suponía que él era intensamente masculino.

Evocó de pronto la imagen de Jack, una imagen no solicitada, sombría y pensativa, intensa. Terriblemente masculina en un sentido más básico y primitivo que Stephen Danjermond... y al pensar en él el deseo la conmovió.

Era extraño. Nunca se había sentido atraída por los muchachos perversos, por seductor que fuese el brillo de los ojos y por picara que fuese su sonrisa. Era una persona que vivía ateniéndose a las normas, que se ajustaba a ellas sin importarle las consecuencias. No existía una sola norma que Jack Boudreaux no estuviese dispuesto a ignorar, a omitir o a esquivar. Ella había sido siempre una fuerza activa del mundo, y tendía a afrontar los problemas. El credo de Jack era evitar todo lo posible la responsabilidad, echarse a dormir y pasarlo bien. Laissez le bon temps rouler.

No era lógico que ella sintiera frente a él algo diferente del menosprecio; pero de eso se trataba. Allí estaba la atracción, intensa cada vez que él la miraba. Algo enérgico, magnético, más allá del control de Laurel. Y eso determinaba que de nuevo ella se inquietase. Jack significaba problemas y dificultades. Un hombre con secretos en los ojos y una faceta oscura que él disimulaba con mucho esfuerzo. Un hombre cuyos instintos más bajos discurrían a poca distancia de la superficie. Peligroso. Ella lo había pensado más de una vez.

—¿Estás pensando en mí, querida?

Laurel se sobresaltó y se llevó la mano al corazón mientras giraba en redondo. Jack estaba del lado interior del portón, con el cuerpo apoyado en un gesto indolente sobre el poste de ladrillo. Las sombras caían sobre su cara, pero Laurel comprendió que él espiaba la reacción de su interlocutora, de modo que ella realizó un esfuerzo de voluntad para relajarse y mantener la calma.

—A ti te importa poco cuánto vendes —dijo secamente Laurel—. Tú escribes novelas de horror porque te encanta molestar a la gente. Estoy segura de que eras la clase de niño que se esconde en el armario y asusta a su madre cada vez que ella pasa cerca.

—Oh, me escondía con bastante frecuencia. —Habló con voz muy suave, y Laurel casi tuvo la sensación de que estaba imaginando la escena. Una voz grave y borrosa, saturada de un antiguo sentimiento de amargura—. Mi viejo cierta vez me encerró un par de días en un armario. Pero nunca intenté asustar a nadie. Mais non. Mi hermana, Maman y yo, en realidad, casi siempre estábamos muy asustados.

Sus palabras, dichas como de pasada, golpearon a Laurel con la fuerza de un martillo. En esas pocas oraciones había pintado un cuadro vivido y terrible de su niñez. Con esas pocas palabras él había provocado en ella un sentimiento de compasión por el niño pequeño y atemorizado.

Él surgió de las sombras y pasó a la luz plateada, con las manos en los bolsillos y los anchos hombros encorvados. Se le veía deprimido y agotado. Laurel no tenía idea de lo que Jack había estado haciendo en el período transcurrido desde que había salido de la Taberna de Frenchie, pero en todo caso algo había agotado su energía y dibujado arrugas de fatiga en su cara.

—Oh, Jack...

—No —dijo bruscamente Jack, rechazando la simpatía de Laurel—. Ya no soy un niño pequeño.

—Lo siento.

—¿Por qué? ¿Tú fuiste Blackie Boudreaux en otra vida? —Sacudió de nuevo la cabeza, y avanzó un paso—. Non, 'tite ange. Tú no estabas allí.

No, ella estaba muy atareada tratando de sobrevivir a su propia pesadilla, pero no quería decirlo, no quería revelar ese pensamiento... jamás lo había compartido con nadie.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Laurel—. ¿Qué estás haciendo a esta hora?

—Merodeando. —Él sonrió lentamente, y su mirada se deslizó desde el extremo superior de la cabeza de Laurel hasta los minúsculos dedos de los pies—. Estoy buscando a las damas que se pasean en camisón.

Laurel se alegró de la escasa luz, porque de ese modo él no pudo ver que se sonrojaba de la cabeza a los pies. Había olvidado su estado de desnudez. Ahora que Jack se lo había señalado con tanta elegancia, ella tenía cabal conciencia de que bajo una fina camisa que era más corta que una minifalda, llevaba puestas nada más que unas bragas color lavanda. La sonrisa de Jack se acentuó, y él frunció el entrecejo.

Laurel cruzó los brazos y lo miró hostil.

—La gente puede recibir un tiro si anda paseándose por los jardines de las casas en medio de la noche.

Jack paseó de nuevo su mirada por el cuerpo de Laurel, y se detuvo en las curvas llenas de los pechos.

—Hum... querida, me parece que tú no estás armada, pero de todos modos podrías ser peligrosa, para mi cordura —gruñó.

Laurel trató de apartarse de Jack, y descubrió que él había maniobrado para encerrarla entre una estatua sin brazos de una diosa griega y el banco donde la había sorprendido leyendo su libro.

—No sabía que tu cordura estuviese en tela de juicio —dijo sarcásticamente Laurel—. El consenso general parece ser que tú estás loco.

Él sonrió y se acercó un poco más a Laurel.

Tite chatte. Tú tienes mucha gracia. Acércate, y demuéstramelo.

Él no le permitió negarse, y acortó la distancia que los separaba y le robó un beso, abrazándola con un gesto rápido. Laurel reaccionó con una mezcla poco usual de deseo e irritación. El malhumor desplazó a la tentación, y ella comenzó a levantar la rodilla para demostrarle que hubiera sido sensato solicitar permiso. Jack reaccionó instantáneamente, y tomó distancia al mismo tiempo que empujaba a Laurel. Antes de que ella pudiese comprender lo que él estaba haciendo, se encontró extendida sobre el cuerpo masculino en el banco de piedra, con el mentón sobre el pecho de Jack y los ojos redondos a causa del asombro.

Él se sentó con la espalda apoyada en la pared, un pie afirmado en el banco y otro en el suelo. Sonrió a Laurel.

—Muy bien, querida, haz lo que quieras conmigo.

—Te agradeceré que me dejes libre —dijo puntillosamente Laurel, empujando el pecho de Jack.

—No —murmuró Jack, sosteniéndola y evitando que ella se incorporase bruscamente y huyese. Quería retenerla, necesitaba sentir sobre su cuerpo la suavidad de las formas femeninas. La acercó más hacia sí mismo y le acarició la oreja con los labios, mientras con una mano le masajeaba suavemente la espalda—. Quédate —murmuró—. No te vayas, querida. Es tarde, y no quiero estar solo conmigo mismo.

La fuerza física de Jack no la habría retenido, pero la necesidad que se manifestaba en su voz era un asunto completamente distinto. Era algo sutil, entremezclado con hilos de humor; pero de todos modos allí estaba. Laurel permaneció inmóvil, y sus ojos buscaron los de Jack a la luz de la luna, y lo miró extrañada, con cierta cautela.

—Jack, nunca sé quién eres —dijo ella en voz baja.

Realmente, ella no deseaba saber quién era Jack, pensó él mientras contemplaba la bonita cara redonda con sus delicados rasgos patricios y la boca que era como un capullo de rosa. De haber sabido todo lo que había en él, no habría permanecido allí. Si llegaba a enterarse de algo respecto a su persona se apartaría completamente y Jack nunca podría retenerla, ni complacerse sintiendo su cuerpo pegado a él; nunca tendría la posibilidad de hundirse, aunque fuese brevemente, en el tierno éxtasis del beso.

Esta noche no podía correr ese riesgo. Había dedicado demasiado tiempo a examinar lo que quedaba de su conciencia y a flagelar lo que quedaba de su alma. Se sentía demasiado castigado, demasiado golpeado, y ella era demasiado bonita y demasiado buena.

Demasiado buena para un tipo como tú, Jack.

Ella lo miró con esos ojos oscuros como la medianoche, inciertos como los de un niño. A pesar de todo lo que ella había afrontado, aún rodeaba a su persona una aureola de inocencia, como un perfume tenue. Parecida a Evie. Dios santo, ¡cómo sufría al pensar así! Si la tocaba, mancharía la inocencia de Laurel, la destruiría como había destruido a Evie. Pero él no poseía fuerza suficiente para ser noble, no era tan bueno que pudiera hacer lo que correspondía. Era un canalla, un hombre dispuesto a usar a otros y algo peor, un hombre atrapado entre lo que era y lo que deseaba. Y estaba tan cansado de sentirse solo...

—No confías en mí —murmuró, apartándole suavemente los cabellos de los ojos. Con la yema de los dedos rozó la línea delicada del pómulo—. No tienes que confiar. No soy bueno para ti.

La advertencia quedó reducida a nada a causa de la tristeza de su cara. Su boca astuta y atractiva se curvó en una semisonrisa que expresaba cinismo y al mismo tiempo fatiga. Los ojos oscuros parecían tener cien años. El perverso Jack Boudreaux. El demonio vestido con vaqueros azules. El canalla convicto y confeso. Advertía a Laurel que se apartase. Él no veía la paradoja, pero Laurel sí. No quería ser el héroe de nadie, pero estaba dispuesto a salvar de su persona a Laurel.

Laurel había pasado una parte muy considerable de su vida con personas que afirmaban ser buenas y no lo eran. Jack afirmaba ser malo; pero si hubiera sido realmente malo ella lo habría sabido, lo habría sentido, no habría deseado que él la besara, la tocase, la retuviese mientras la noche los cubría con su calidez y su fragancia.

Él es peligroso...

Sí, ella así lo había pensado. Y si el propio Jack no era peligroso, seguramente lo era lo que ella sentía cuando ese hombre estaba tan cerca. No podía caer en sus redes, no podía permitir que la sedujese su cuerpo, o su alma manchada, o su ansia de lo prohibido. En la vida de Laurel no había lugar para un sinvergüenza. Ella no podía permitir que le rompiesen de nuevo el corazón. Aún estaba tratando de reunir los pedazos después de la última vez que se le había quebrado.

Laurel podía sentir que latía, que martilleaba contra el pecho de Jack a través de la fina tela de la camisa blanca que ella usaba, y de la negra que él se había puesto. Laurel contuvo la respiración y contó los latidos, sus ojos sobre los de Jack, preguntándose por qué ella no aceptaba su propio consejo y se alejaba.

—Bien, caramba —murmuró Jack acercándola más—, si no quieres creerme, más vale que te lo demuestre.

El beso fue una caricia carnal desde el principio. Ni áspera ni agresiva, pero cálida. Ardiente. Francamente sexual. Los labios húmedos y tibios se unieron a los de Laurel, abriendo, invitando y ofreciendo. Él movió la lengua lentamente sobre el borde interior de los labios de Laurel, y después entró más profundamente, tanteando y explorando. Laurel trató de contener la respiración, pero se impregnó del aliento de Jack, cálido y perfumado por el sabor del whisky.

El calor la invadió, seguido por las manos de Jack. Él deslizó sus manos sobre la espalda de Laurel, provocando escalofríos, originando nuevas sensaciones, descendiendo más y más. El deseo se acentuó en ella rechazando la cordura, abriendo pasos a reacciones más instintivas. Ella arqueó el cuerpo contra el de Jack y se zambulló en el beso. Se perdió en el momento. Deslizó las manos sobre los mechones sedosos de los cabellos negros, y aplicó su boca a la de Jack, en el momento mismo en que las necesidades ignoradas demasiado tiempo de pronto alzaron la cabeza. Las manos de Jack se deslizaron sobre las nalgas de Laurel, masajeándolas y acariciándolas. Atrapó el borde de la camisa y lo alzó, y sus nudillos recorrieron los músculos tensos de la espalda de la joven, y se deslizaron por los costados de la caja torácica.

Laurel sintió que recorría aturdida el espacio, mareada, aferrada a su única ancla. De pronto, se encontró acostada sobre la espalda, sin más techo que un cielo tachonado de diamantes y ramas adornadas con enredadera; y Jack estaba sobre el seno de Laurel, y su lengua le acariciaba el pezón, y sus labios presionaban suavemente. La sensación era increíble y originaba algo salvaje en el interior de Laurel, y le arrebataba toda posibilidad de control...

El control. El pánico se acentuó en ella. Jamás perdía el control. No podía perder el control. No era una criatura apasionada... como Savannah.

—No. —La palabra brotó como una bocanada de vapor. Laurel tragó saliva y lo intentó de nuevo, empujando los anchos hombros de Jack mientras el sentimiento de culpa y el temor y una docena de diferentes emociones se retorcían en su pecho y como enredaderas le apretaron los pulmones y el pecho—. Jack, no.

La mano de Jack se detuvo cuando sus dedos estaban deslizándose bajo la cinturilla que sostenía las bragas. Levantó los ojos oscuros y relucientes para encontrar la mirada de Laurel, su boca apenas encima del capullo tenso e hinchado del pezón. Laurel tensó todos los músculos, luchando contra el deseo de permitir que él continuase. Su vientre temblaba bajo la mano de Jack, y el territorio que lo circundaba ansiaba recibir el contacto. Ella volcó sobre su propia cabeza una dosis abundante de vergüenza, para apagar el fuego.

¿Qué demonios le pasaba que sucumbía a los encantos de un disipado como Jack Boudreaux? Y nada menos que sobre un banco de piedra del jardín de su tía. Apenas lo conocía, no confiaba en él, ni siquiera estaba segura de que le agradara.

Jack la miró, y observó el relámpago de pánico, la oleada de culpabilidad. Aumentó la presión de su mano sobre el vientre de Laurel apenas un poco, preguntándose qué haría ella si él trataba de aprovechar la ocasión.

—¿Por qué luchas con tanta fuerza contra algo que tu cuerpo desea tan intensamente? —murmuró con voz seductora, mientras se inclinaba sobre ella—. Querida, me deseas, y yo te deseo. —Desplazó su peso, presionando su miembro erecto contra la cadera de Laurel como prueba de su afirmación.

—Yo... no quiero. —Laurel trató de contener el impulso de pánico. Mantuvo los ojos fijos en los de Jack, como si ese contacto en cierto modo le otorgase cierto grado de control. Absurdo. Él pesaba casi cuarenta kilogramos más. Podía tomar lo que deseara, como los hombres habían estado haciendo desde el principio de los tiempos.

Tu menti, mon ange —murmuró Jack sacudiendo la cabeza—. Te mientes a ti misma, pero no me engañas.

Sus dedos se flexionaron sobre ella, y las yemas apenas rozaron el mechón de rizos castaños que cubría la femineidad de Laurel. Ella contuvo la respiración, mientras la necesidad la recorría como un relámpago. Los ojos de Jack se mantuvieron fijos en los de Laurel, y él deslizó la mano dos o tres centímetros más para tocar la depresión tibia y húmeda de la femineidad.

—Creo que has demostrado tu afirmación —dijo amargamente Laurel, con las lágrimas de frustración y vergüenza brotando de sus ojos—. Eres un canalla. Y de todos modos te deseo. Eso está muy claro.

La antigua cautela se manifestó de nuevo en la expresión de Jack, y extrajo su fuerza de un pozo profundo y oscuro que existía en su personalidad.

Oui —dijo. Acercó su mano al vientre de Laurel y la cubrió con la camisa. Alisó suavemente la tela, con un gesto de pesar curvando los labios—. Y ahora dispongo de toda la noche para preguntar por qué llegué a hacer todo esto.


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