Falsa alarma



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Capítulo 13


Con el entrecejo fruncido, Laurel examinó su imagen reflejada en el espejo del vestíbulo. No había traído ropas apropiadas. A lo sumo, podía elegir una chaqueta de hilo bastante amplia sobre una blusa de seda blanca y un par de pantalones ajustados. El conjunto era más formal de lo que ella había planeado usar mientras estuviese allí, pero menos formal que lo que se hubiese permitido jamás usar en el curso de sus tareas. No servía.

Al parecer, estaba atascada en una suerte de pantano de situaciones inconvenientes. No deseaba afrontar situaciones que mental y emocionalmente fueran más gravosas que la jardinería, pero había dado su palabra a T-Grace y Ovide. No deseaba comprometerse con un hombre, pero se había agitado y movido en la cama hasta el alba pensando en Jack, soñando con Jack. Jack, con su sonrisa demoníaca; Jack, con su cavilosa intensidad; Jack, con los ojos oscuros fatigados que habían visto demasiado. Jack, que cuando la tocaba le encendía la sangre y con sus besos le cortaba la respiración.

¿Y si ella no se hubiese negado?

La calidez se difundió por todo su cuerpo. Sintió que se le paralizaba el corazón. Se acentuó el fruncimiento del entrecejo.

—Realmente pareces una abogada.

Laurel miró alrededor y al salir se cruzó con Caroline, que se había puesto un vestido de suave algodón estampado con vibrantes tonalidades de púrpura, rojo y verde, bien ajustado a la cintura y acampanado alrededor de las pantorrillas. De sus orejas colgaban aros adornados con amatistas. Los cabellos mostraban el peinado usual, una colección de rizos sueltos perfectos. Irradiando esa aureola de majestoso poder, parecía completamente segura de sí misma, ejerciendo un control absoluto. Laurel la envidió precisamente por eso.

—No deseo hacer esto —reconoció sombríamente Laurel.

Caroline pasó el brazo alrededor de la cintura de Laurel, tratando de reconfortarla.

—¿No te sientes preparada?

—No.


Alzó una mano para recoger un rizo de cabellos castaños y colocarlos tras la oreja de Laurel, y en ese momento sintió que el corazón le dolía un poco. Bajo el maquillaje discreto, tras los cristales de sus gafas demasiado grandes, Laurel tenía el aire de un niño que se disponía a afrontar el primer día de clase; trataba de mostrarse valiente, pero deseaba permanecer en su casa.

—Creo que quizá estás más preparada de lo que crees, querida —dijo amablemente—. Que sigas perdiendo tiempo no cambiará lo que sucedió. Nunca podrás conseguir que se haga justicia a esos niños. Creo que en ese caso lo mejor que puedes hacer es tratar de que haya justicia para otros.

Laurel suspiró apenas y se mordisqueó el labio inferior, de modo que se desprendió parte del lápiz de labios que acababa de aplicarse. No sabía qué decir. Sus sentimientos eran demasiado caóticos. Deseaba permanecer eternamente allí, sostenida por el brazo de Caroline, apoyada en el afecto de su tía. Para eso había regresado al hogar. No para enredarse con un charlatán religioso, ni para rechazar las maquinaciones de Vivian, ni para dejarse tentar por Jack Boudreaux. Había regresado en busca de amor, en busca de alguien que la juzgase con dureza mucho menor que la que ella aplicaba a su propia persona. Por primera vez en mucho tiempo experimentó el anhelo profundo de recuperar a su padre, que le resolvía todos los problemas infantiles con un abrazo y un beso y un pedazo de goma de mascar. Pero todo lo que le quedaba de él eran unas pocas y viejas instantáneas, el alfiler de corbata con el cangrejo, y su hermana Caroline.

Respiró lenta y profundamente, conteniendo las emociones, tratando de acumular fuerzas, paseando la mirada sobre los pocos objetos distribuidos sobre la mesa Chippendale y catalogándolos de modo que su mente tuviese en qué ocuparse, fuera de evocar recuerdos tristes: un teléfono de marfil de estilo francés, un vaso azul con un ramo de flores recién cortadas, una fuente de estaño en la que había depositadas un montón de llaves de automóvil, y un pendiente solitario.

—Todo estará bien —dijo, y su mirada se clavó en el pendiente. Tenía la forma de un corazón, y era un objeto grande, de plata manchada por el paso del tiempo, adornada con pedazos de cristal de color. Lo tomó de la fuente y lo usó como excusa para cambiar de tema—. ¿Es tuyo?

Caroline frunció el entrecejo al fijar los ojos en esa joya barata.

—Dios mío, no. Seguramente pertenece a Savannah. —Retrocedió un paso y dirigió a su sobrina una última mirada, sin que el intento de distraerla la hubiese engañado en lo más mínimo—. Vendrás a verme a la tienda después, si quieres hablar, ¿verdad?

Laurel asintió. Caroline levantó una mano y acarició suavemente la mejilla de su sobrina, y el pulgar rozó una de las profundas ojeras que la fatiga marcaba bajo los ojos de Laurel.

—Querida, sé que eres realmente muy fuerte —dijo en voz baja—. Y sé que triunfarás. Después de todo, eres una Chandler, y nosotros estamos formados con un material muy resistente. Pero no esperes recuperar el terreno todo en un solo día, y no olvides que si me necesitas estoy aquí.

—Gracias, tía Caroline —murmuró Laurel.

Caroline enderezó sus hombros estrechos, y en sus ojos oscuros hubo un destello, y una sonrisa astuta le curvó los labios.

—Gracias por nada. Trata de descargar un buen puntapié en salva sea la parte de ese predicador de la televisión.

Laurel miró regocijada a su tía y sonrió.

—Haré todo lo posible.

Cuando Caroline salía, Savannah descendió la escalera ataviada con un kimono de seda color ciruela, adornado con una banda de satén color marfil y anchos puños de satén del mismo color. Laurel estaba retocándose los labios frente al espejo, y cuando la vio descender trató de juzgar el estado de ánimo de su hermana. Savannah había regresado poco antes del amanecer, y era evidente que trataba de superar los efectos de la trasnochada. Se había aplicado una mascarilla azul para combatir la hinchazón de la cara, y bajaba la escalera de escalón en escalón en un movimiento cuidadoso. Tenía los labios hinchados y enrojecidos, y la cabellera desordenada le caía sobre los hombros.

Las miradas de las dos hermanas se encontraron en el espejo, y Laurel contuvo las preguntas que le vinieron enseguida a la mente, y las recriminaciones que eran su complemento inevitable.

—¿Este pendiente es tuyo? —Le enseñó el objeto con la forma de un corazón en el instante mismo en que se apartó del espejo.

Savannah no respondió mientras atravesaba descalza el vestíbulo. Miró inexpresiva el pendiente durante un momento, y lo movió con un dedo.

—Estaba en tu automóvil —dijo con voz neutra—. ¿Adónde vas?

—Al tribunal, para tratar de que Baldwin no continúe molestando a los Delahoussaye.

La respuesta golpeó brutalmente a Savannah. Laurel se dirigía al tribunal, y se comportaba como si hubiese recuperado su condición de abogada.

—Por Dios, nena, apenas los conoces.

—Sé todo lo que necesito saber.

—No tienes que ocuparte de los problemas ajenos. —Deberías permitir que yo te cuidara.

Laurel abrió su bolso y guardó el lápiz de labios y las llaves del automóvil.

—Y bien —dijo, encogiéndose de hombros—, resolveré este problema y después nadie oirá hablar más de mí. ¿Qué te parece?

—Una enorme falsedad —replicó Savannah cruzando los brazos sobre el pecho—. Deja que los Delahoussaye cuiden de ellos mismos. Saben defenderse muy bien. —En su boca se dibujó algo parecido a una sonrisa—. Ya lo viste ayer. Esa perra de Annie casi me provoca una calvicie.

Alzó una mano para masajearse el cuero cabelludo, y la manga de su kimono descendió hasta el codo. Los ojos de Laurel se clavaron en la muñeca de su hermana. La delicada piel de porcelana estaba lastimada y amoratada en varios lugares.

—¡Dios mío, hermana! ¿Qué te sucedió? —preguntó, apoderándose del brazo de Savannah para ver mejor.

Savannah apretó los dientes, y su expresión resultó más inquietante a causa de la máscara azul que tenía alrededor de los ojos.

—No querrás saberlo.

—¡Sí, lo quiero! ¿Qué demonios...?

—No —dijo fríamente Savannah—. Recuerdo claramente que me dijiste que no deseabas enterarte de mi vida sexual. No querías saber que Ronnie Peltier tiene un miembro que parece un martillo neumático, y que al reverendo le agrada jugar al juego de los latigazos, o que a mí me complace hacerlo con...

—¡Basta! —gritó Laurel. Rechazó el brazo de su hermana y retrocedió un paso, como si la confesión de Savannah fuete tan repulsiva que ella no pudiera soportar la idea de tocarla o respirar el mismo aire. El corazón le latió con fuerza en el pecho cuando los sentimientos que ella antes frenaba cuidadosamente se desbocaron y arrastraron con ellos a la lengua—. Maldita sea, Savannah, ¿por qué tienes que hacer eso? ¿Por qué tienes que rebajarte de ese modo?

—Porque soy una perdida. —Savannah lanzó la palabra como una daga, y su carácter anuló el escaso autocontrol que aún le quedaba. Se acercó a Laurel con los ojos entrecerrados detrás de la máscara y los labios contraídos—. No soy una heroína luminosa de ojos vivaces. Soy lo que Ross Leighton hizo de mí.

—Eres lo que quieres ser—replicó Laurel—. Hace quince años que Ross ni siquiera te toca...

—¿Cómo lo sabes? —se burló Savannah, obligando a Laurel a retroceder hacia la mesa del vestíbulo—. Quizá todavía me encamo con él dos veces por semana, en honor de los viejos tiempos.

—¡Cállate!

—¿Qué sucede, niña? ¿No quieres saber cómo abría las piernas para beneficio de nuestro querido y viejo padrastro, de modo que tú no tuvieras que hacer lo mismo?

Las palabras se clavaron como agujas en el corazón de Laurel. El antiguo sentimiento de culpa la envolvió como una mortaja, y su cólera la agujereó, desgarrándola como si hubiese sido un gato montes.

—Yo no ejercía el más mínimo control sobre lo que Ross te hacía —dijo con voz ahogada por la emoción—. No puedes culparme, ni puedes culparte. Es estúpido que pases el resto de tu vida castigándote por algo que estaba más allá de tu control.

Savannah retrocedió, y la expresión bajo la máscara era una combinación de cinismo e incredulidad.

—Dios mío, ¿verdad que eres una pequeña hipócrita? —dijo en voz baja—. ¿Qué demonios estuviste haciendo en el curso de tu vida?

Laurel la miró, aturdida y débil. Sintió débiles las rodillas, y el estómago la oprimía, cerrándose como un puño.

Mamá Pearl irrumpió en el vestíbulo, secándose las manos regordetas con un trapo de cuadros rojos: un gesto de hostilidad le cruzaba la frente en sucesivos pliegues de piel oscura.

—¿Qué demonios sucede aquí? —preguntó—. Lo único que se oyen son gritos y maldiciones que podrían lastimar los oídos del Todopoderoso. ¿Qué sucede?

Savannah contuvo su mal humor y mostró una expresión imperturbable, mientras se ataba el cinturón de su kimono.

—Nada, Mamá Pearl —dijo serenamente. Retiró de sus cabellos una hoja seca y la apretó entre los dedos—. Solamente vine a pedir un poco de té.

Mamá Pearl buscó la confirmación de Laurel. Esta enderezó sus gafas y recogió el bolso, y la mano le temblaba visiblemente.

—Tengo que irme —masculló, negándose a encontrar la mirada de nadie y concentrando sus esfuerzos en el mantenimiento de una apariencia de control.

Salió de la casa y se sumergió en el calor de sauna de la media mañana, pensando que después de lo que acababa de afrontar la excursión al tribunal sería un verdadero placer.

El aire acondicionado de la oficina del alguacil estaba perdiendo la batalla contra el sol del mediodía que entraba esplendoroso por la ventana. El alguacil Duwayne Kenner se encontraba de pie detrás del escritorio con las manos sobre la cadera, supervisando los inútiles intentos de dos operarios de mantenimiento que trataban de instalar una nueva persiana veneciana.

—Enderecen ese maldito sostén —rezongó—. Y el de la izquierda debe estar un centímetro más alto que el de la derecha. ¿Qué demonios están pensando... creen que pueden inclinar todo el edificio del tribunal para que la maldita cortina caiga derecha?

El operario de mantenimiento de la derecha miró por encima de su hombro robusto, y parpadeó para rechazar la transpiración que corría por su frente oscura y reluciente y se le metía en los ojos. Su camisa azul estaba empapada en la espalda y los costados, y los faldones sobresalían por la cintura de los pantalones, y permitían entrever una cantidad generosa de rollos adiposos alrededor del vientre. Aspiró hondo y masculló lo que se esperaba de él.

—No, señor.

El otro —más joven, más delgado, más musculoso y más negro— endureció la mandíbula ante el tono prepotente del alguacil y soltó el extremo de la persiana que él sostenía, de modo que el sol candente dio de lleno a Kenner en la cara.

—¡Cristo! —El alguacil retrocedió de prisa un paso, inclinando la cabeza al lado y cerrando los ojos. El distintivo asegurado al pecho de su uniforme caqui manchado de transpiración relucía como oro.

El joven negro habló moviendo apenas los labios.

—Disculpe, jefe Kenner —dijo con un rezongo exagerado.

—Tu trasero negro lo lamentará —gruñó por lo bajo Kenner. Se volvió y dijo algo acerca del despilfarro del dinero de los contribuyentes en los programas de igualdad de oportunidades, y miró a la joven que había llegado a la oficina unos buenos cinco minutos antes para hablar con él.

Laurel Chandler, la hijastra de Ross Leighton. Si bien el alguacil gozaba del favor de Leighton, no tenía ninguna prisa para escuchar a la muchacha. En el pueblo todos la conocían. Había formulado acusaciones absurdas en Georgia, arruinado el caso, perdido la chaveta en relación con el resultado. Traía problemas. Él podía oler los problemas a un kilómetro de distancia. Incluso si llegaban envueltos en perfume.

Laurel se sentó en la silla destinada a los visitantes, y la transpiración le corrió por los costados del cuerpo y entre los omóplatos. La chaqueta de hilo estaba arrugada, y ella sentía un profundo mal humor. Aunque sus esfuerzos durante la mañana se habían desarrollado bien, tenía la sensación de que Kenner representaba algo muy distinto. De su persona se desprendía la aureola inequívoca del campesino inculto. Parecía haber cumplido los cincuenta años, y era duro y musculoso, con el cuerpo delgado de un vaquero. Sus cabellos canosos comenzaban a ralear de prisa, pero ella dudaba de que nadie se burlase de él por esa causa. Si Kenner tenía sentido del humor, el Ku Klux Clan era el abanderado de los negros.

La miró con ojos duros y expresión sombría, y su impaciencia saturó la atmósfera alrededor; su boca formó una línea dura que habría enorgullecido a Clint Eastwood.

—¿Qué puedo hacer por usted, señorita Chandler? —preguntó en un tono neutro que indicaba tanto la intensidad de su interés como la falta de voluntad para hacer nada en absoluto por ella.

Laurel aspiró profundamente el aire sofocante, cargado de sudor, y se movió en el asiento.

—Deseaba llamarle la atención sobre la situación que existe entre los Delahoussaye de la Taberna de Frenchie y el reverendo Jimmy Lee Baldwin. El reverendo estuvo molestándolos y perjudicando sus actividades comerciales. Hablé del asunto con el juez Monahan.

Kenner apoyó su trasero flaco en un rincón del escritorio, se apoderó de un paquete de Camel sin filtro y sacó un cigarrillo.

—Parece que es una situación difícil —dijo, moviendo el cigarrillo mientras arrancaba un fósforo y lo encendía.

—Baldwin no sólo está convirtiéndose en una molestia, sino que calumnia a los Delahoussaye y les impide comerciar libremente.

El alguacil aspiró profundamente el humo del cigarrillo, fingiendo que meditaba los hechos que ella le suministraba.

—No ha lastimado a nadie, ¿verdad?

—¿Ése es su criterio para iniciar una acción? —preguntó fríamente Laurel—. ¿Usted espera hasta que alguien apela a la violencia física?

Con los ojos convertidos en ranuras, Kenner dejó salir dos hilos de humo por su nariz delgada y señaló con un dedo a Laurel, mientras sacudía la ceniza sobre el linóleo barato que cubría el suelo.

—Óigame, señorita, hago un muy buen trabajo en este distrito. Alrededor encuentran los cadáveres de las muchachas como si fueran papeles arrojados al suelo, y los traficantes de drogas abundan como las serpientes en los cañaverales. Usted no verá nada de eso aquí, y le diré por qué. Porque sé muy bien a quién tengo que darle puntapiés en el trasero.

—Estoy segura de que así es.

—Puede creerlo. —Aspiró el humo del cigarrillo y por encima del hombro miró a los operarios de mantenimiento que provocaban un tremendo escándalo con la persiana—. Y le diré lo siguiente: tengo mejores cosas que hacer con mi tiempo que andar persiguiendo a ese maldito predicador y diciéndole dónde puede mear y dónde no puede.

Laurel se puso de pie con un movimiento elegante, alisando las arrugas de sus pantalones y tratando de controlar su irritación.

Kenner no era el primer bruto con quien tropezaba.

—Alguacil, no me importa dónde mea —dijo con voz tranquila—. No me importa dónde hace nada, mientras no lo haga en la Taberna de Frenchie. El juez Monahan ha conseguido un mandamiento provisional hasta que puedan completarse las formalidades. Como usted es un hombre activo, espero que haga todo lo que esté a su alcance para lograr que el reverendo Baldwin respete el mandamiento.

Kenner dirigió una mirada dura a Laurel, y los músculos del mentón le temblaron. El cigarrillo ardió entre sus dedos, y los hilos de humo azul se elevaron en el aire quieto.

—Señorita Chandler, sé quién es usted —dijo con voz suave—. No necesito que una mujer dotada de una imaginación excesiva recorra mi distrito gritando al lobo cada vez que se vuelve y no le agrada el aspecto de alguien.

La burla llegó a destino. Laurel se puso tensa, tratando de endurecerse y movilizar su orgullo, y aprovechar parte de la fibra que había sabido utilizar allá en el condado de Scott. Levantó el mentón, y afrontó imperturbable la mirada de Kenner.

—Alguacil, no formulo acusaciones en el aire. Si yo grito al lobo, pronto aparecerá un lobo que vendrá a morderle su delgado trasero.

El hombre emitió un gruñido burlón, y aplastó su cigarrillo y miró de nuevo a los operarios de mantenimiento, que habían cesado de trabajar para presenciar el enfrentamiento.

—¡Muevan esos traseros perezosos e instalen esa maldita cortina antes que me dé un golpe de calor!

Laurel se volvió y caminó hacia la salida, rechinando los dientes mientras se le anudaba el estómago y sus nervios le provocaban un temblor tardío. El vestíbulo era un lugar más fresco y más oscuro. El tribunal había sido construido antes de la Guerra Civil, y por tratarse de una localidad de las proporciones de Bayou Breaux, era una estructura imponente, tres plantas de ladrillo con columnas dóricas y una amplia escalinata al frente. Adentro, los corredores eran anchos y altos, y en los techos los viejos ventiladores giraban perezosamente para mover el aire húmedo. Las paredes de yeso verde oscuro estaban adornadas con una galería de imágenes de ciudadanos prominentes del pasado.

Durante un momento, Laurel se inclinó contra el yeso frío y rugoso y descansó los ojos, deseosa de relajarse. No importaba lo que Kenner pensara de ella. Su opinión no representaba una gran sorpresa. Imaginaba que mucha gente la compartía. La fiscal que gritó al lobo. El titular todavía la irritaba, todavía le provocaba el deseo de replicar con aspereza, de atacar a quienes habían dudado de ella.

Yo no me equivocaba. Ellos eran culpables.

No estaba equivocada, pero había fracasado. Eso era lo peor. Saber que esos niños sufrirían un destino terrible porque ella no había podido demostrar el caso.



Laurel, nadie te creerá... Laurel, no se lo digas a mamá...

Durante un instante volvió a tener doce años, y estaba de pie a la puerta del salón, viendo cómo Vivian se entretenía arreglando las flores. El secreto estaba allí, en su interior, una gran masa de palabras que le sofocaba la garganta. La advertencia de Savannah resonaba en sus oídos: Laurel, nadie te creerá. No se lo digas a mamá. Sólo conseguirás que se enoje contigo... Una sensación de temor impotente la dominó como si hubiesen sido un par de manos heladas, que se debatían con el sentido de justicia de la propia Laurel. Deseaba hablar, creía que debía hacerlo, pero se limitaba a permanecer allí, mirando cómo Vivian fruncía el entrecejo y se agitaba, y su humor se deterioraba visiblemente porque las flores no le agradaban...

Aspirando el aire como hace un nadador poco antes de zambullirse, Laurel se apartó de la pared y entró en una habitación de techo bajo donde gorgoteaba una fuente de agua. Se inclinó y bebió el agua fría, excesivamente clorada, y se humedeció los dedos y mojó las mejillas. Desechó los recuerdos, y buscó en su bolso las tabletas tranquilizantes.

Tendría que ir a la Taberna de Frenchie y explicar la situación a T-Grace y Ovide. Tal vez debiera detenerse en la tienda de antigüedades y explicar a la tía Caroline que todo había salido bastante bien.

—¿De nuevo trabajando, Laurel?

Se sobresaltó al oír la voz de Stephen Danjermond. No lo había oído cuando se aproximó, pues seguramente estaba muy concentrada en sus propios pensamientos. Cerró el bolso y retrocedió un paso.

—Sólo estaba haciendo un favor a los amigos.

—¿Los Delahoussaye? —preguntó Danjermond, y su sonrisa dijo a Laurel que ya conocía la respuesta. Permaneció parcialmente en la sombra, con la cara medio en la luz y medio en la oscuridad, como la figura de un sueño. Laurel pensó que el efecto era inquietante.

—Las noticias viajan de prisa en una localidad como ésta —dijo Danjermond mientras metía las manos en los bolsillos de sus pantalones bien cortados—. Charlé con el juez Monahan cuando almorzamos. Está muy impresionado por usted.

—Estaba impresionado por la idea de molestar al reverendo Baldwin —dijo Laurel—. Hace unos años su madre entregó una fortuna importante a un hombre de las mismas características de Baldwin, y después se descubrió que ese individuo había gastado las contribuciones de su rebaño en perreras con aire acondicionado y en retiros espirituales en las playas para nudistas de la Riviera francesa.

—Laurel, usted se subestima. Estuve conversando con él acerca de la posibilidad de que usted venga a trabajar para mí. La idea le agradó.

La idea no agradó a Laurel. Que Danjermond comentase con otro las perspectivas de Laurel parecía algo demasiado presuntuoso. Frunció el entrecejo.

—Ojalá usted no hubiese dicho nada. Ya le expliqué, señor Danjermond, que no estoy contemplando por ahora el retorno al trabajo profesional.

La expresión de Danjermond no varió en absoluto. La tenue sonrisa persistió en sus labios, y los fríos ojos se clavaron en ella.

—Pero, Laurel, usted está pensando en la necesidad de que se haga justicia, ¿verdad? La denominación del cargo tiene poco que ver con eso. Usted es lo que es.

Tal como él lo decía, la cosa tenía un aire de inevitabilidad, como si la pequeña comedia humana de este mundo activo y agitado fuese en realidad superflua para la esencia de la vida. Podían eliminarse todos los adornos, y cada uno se vería reducido a su esencia misma. Ella era la defensora de la justicia.

—Eso es lo que más le importa, ¿verdad?

Laurel se reservó la respuesta, pues intuyó que en cierto modo ella podía aportar una ventaja a Danjermond en la partida de ajedrez que estaban sosteniendo. Acomodó mejor sobre el hombro la correa de su bolso y se volvió hacia la puerta.

—Debo marcharme —dijo—. Tengo que explicar lo que sucede a T-Grace y Ovide, y asegurarme de que Baldwin recibe el mensaje. No confío mucho en que Kenner asuma la tarea.

El regocijo iluminó los ojos de fiscal de distrito, y le ensanchó la sonrisa. Se volvió y caminó con ella hacia la puerta, acortando sus pasos largos y desenvueltos para mantenerse a la par de Laurel.

—Supongo que no ha habido amor a primera vista entre usted y Duwayne.

—Es un racista, un machista y un estúpido —dijo Laurel sin rodeos.

—Y es muy eficaz en su trabajo.

—Porque sabe a quién debe darle un puntapié en el trasero. Sí, eso fue lo que me dijo.

Salieron al ancho pórtico. Una brisa caprichosa soplaba entre las columnas, desordenando los cabellos negros de Danjermond y jugando con el extremo de su corbata color borgoña. Laurel reconoció que ese hombre tenía una figura apuesta, atlética y elegante, perfectamente adaptada al traje de medida y al marco representado por la puerta de acceso al palacio de la justicia. Podía llegar lejos sólo con su aspecto, y más lejos todavía con una mente tan afilada y astuta como la suya. A decir verdad, Laurel no podía culpar a su madre si veía en ese hombre a un posible yerno. Habían educado a Vivian de modo que creyese en las uniones destinadas a fortalecer los lazos de familia y a mejorar la posición social de los interesados. Stephen Danjermond debía satisfacer completamente los requerimientos de Vivian. Para ella era una unión mucho más conveniente que, por ejemplo, Jack Boudreaux...

—Vea —dijo Danjermond—, si tiene que lidiar con Kenner, puede apelar a un recurso.

Laurel frunció el entrecejo.

—Bien, en realidad no creo que de aquí a unos días pueda llegar a crecerme un pene.

Danjermond se echó a reír, complacido por el lenguaje directo de Laurel. La gente nunca esperaba que ella manifestase su pensamiento, y suponía que como era menuda y bonita por eso mismo debía considerársela tímida y retraída. Ella había utilizado más de una vez en beneficio propio esa premisa errónea.

—¡Dios no lo permita! —Él levantó una mano y la cerró sobre el mentón de Laurel, y su pulgar le acarició la mejilla y despertó en ella una serie de reacciones. La sexualidad, la sensualidad, zumbaban en el aire alrededor de Danjermond, como si de pronto él hubiese liberado todo el poder de su magnetismo. La miró fijamente, y sus ojos verdes relucieron.

—Usted es delicada, hermosa, exquisita tal como está ahora. Inteligente y directa, desbordando integridad.

—Kenner cree que soy una metomentodo. —Se apartó de él y se volvió para mirar hacia la calle, pues no deseaba darle a entender que el contacto físico la inquietaba.

—Hablaré con él.

—No. —Laurel lo miró de reojo—. Gracias, yo asumo mis propias luchas.

Esa sonrisa de conocedor de nuevo apareció en las comisuras de los labios de Danjermond. Devolvió las manos a los bolsillos del pantalón.

—Sí, así es, Laurel. Es lo que consta en su hoja de servicios. —Su mirada cobró un carácter reflexivo. La brisa cesó—. La batalla que usted libró en el Condado de Scott... ¿hubiera debido ganarla?

Laurel tuvo que esforzarse para rechazar la oleada de sentimientos evocados por una pregunta tan directa. Sí, ella hubiera debido ganar, por los niños, por el derecho. Pero no había tenido fuerza suficiente, y en definitiva el mal se había impuesto.

—Eran culpables —dijo, y sin dirigir una sola mirada más a Stephen Danjermond, comenzó a descender los peldaños.




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