Falsa alarma



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Capítulo 14


Laurel entró con su Acura en el Garaje de Meyette, y la idea de salir de la comodidad aportada por el aire acondicionado del automóvil la atemorizó. Se había quitado la chaqueta, pero el día sencillamente era demasiado caluroso para moverse. Era un día para pasarlo en una habitación oscura, acompañada por una música discreta y un buen libro. En todo caso, esa imagen persistiría en su cerebro y reluciría como un espejismo durante una hora, poco más o menos.

Savannah había llevado el automóvil de regreso a la casa con el tanque casi vacío y una colección de manchas de lodo cuyo origen sólo Dios conocía. Laurel había decidido que llenaría el tanque en el trayecto hasta la Taberna de Frenchie, y que lavaría personalmente el automóvil después que se hubiese atenuado el calor de la tarde. La perspectiva de hacer algo físico, sencillo y satisfactorio la atraía enormemente. Sólo ella y su automóvil a la sombra del sendero, un cubo y una esponja y una obra de Mozart como fondo...

Detuvo el automóvil junto a varios surtidores que la mayoría de las estaciones de servicio habían cambiado por modelos más recientes hacía diez años y descendió, dirigiendo una sonrisa al mecánico que asomaba la cabeza hundida bajo la tapa del motor de un Ford de color gris.

—Hola, señorita Chandler.

—Hola, Nipper.

—Enseguida estoy con usted.—De acuerdo.

Él le dirigió una sonrisa, mostrando los dientes blancos y fuertes que relucían en una cara delgada cubierta de grasa y transpiración. Nipper tenía veinticinco años y bajo la gorra asomaban unos cabellos intensamente rojos. Laurel pensó que probablemente era uno de los galanes locales cuando estaba limpio; pero ella siempre lo había visto trabajando en el motor de un automóvil y, por lo tanto, cubierto de grasa y aceite.

Meyette era el tipo de garaje que ahora existía únicamente en los pueblos pequeños. La gente de las ciudades se habría alejado de los edificios sórdidos y del garaje oscuro, sucio y cavernoso. Probablemente les habría parecido muy extraño el antiguo depósito de Coca-Cola, con su correspondiente refrigeración; pero de todos modos habrían preferido que les reventase la vejiga antes de pedir la llave del retrete, y habrían optado por morir de hambre antes de probar la salchicha elaborada en la casa que la señora Meyette vendía en el mostrador de la oficina.

Ese pensamiento sugería cierto margen de seguridad. Aunque la región cajun ahora atraía a muchos turistas, todavía existían ciertas áreas que nunca serían visitadas por los extraños.

La mirada de Laurel se posó en Jimmy Lee Baldwin, que estaba de pie en la galería del garaje con una botella de naranjada en la mano; y la palabra «violación» arrancó ecos a su cabeza. El placer que sentía en ese ambiente se amortiguó. No podía mirarlo sin pensar en las cosas que Savannah había dicho de su persona. Ese hombre era pegajoso y desagradable, por lo menos para ella. Su mera existencia implicaba una forma de violentar a las personas decentes. Predicar la salvación y participar en actos sexuales muy lascivos era un tipo de hipocresía que desencadenaba en ella una furia casi incontrolable.

Baldwin se apartó de la pared cuando ella se le acercó; deslizó la mano sobre los cabellos peinados hacia atrás, y al mismo tiempo sus labios dibujaron esa sonrisa demasiado ostensible, de modo que los dos actos parecieron un juego de causa y efecto. Se había empapado de transpiración la camisa blanca, y recogido las mangas en un inútil intento de combatir el calor. La corbata blanca estrecha colgaba del cuello, que estaba desabrochado. La raya de sus pantalones negros se había esfumado, y el efecto total era que Baldwin parecía un viajante de comercio arrugado y de dudosa reputación.

Señorita Chandler, qué agradable sorpresa—dijo. Limpió discretamente la humedad de la botella de refresco sobre el costado de sus pantalones y extendió la mano hacia Laurel. Había pensado mucho en Laurel Chandler esa mañana mientras descansaba en la cama, con el ventilador aireando su cuerpo desnudo mientras se recuperaba de las travesuras de la noche. Deseaba, si no podía tenerla como aliada, que por lo menos no apoyara a los Delahoussaye. Baldwin estaba dispuesto a deshojar la rosa de su propio futuro, pero cada vez que extendía la mano hacia la flor recibía un pinchazo doloroso.

Laurel lo miró con el entrecejo fruncido, como si él estuviese sosteniendo una rata muerta y sometiéndola a la inspección de su interlocutora.

—En todo esto, señor Baldwin, no veo nada que sea muy agradable.

Jimmy Lee apretó los labios, conteniendo el impulso de decirle que era una perrita pretenciosa. Retiró la mano y la apoyó en la cintura.

—No es necesario mostrarse hostil. Señorita Chandler, no somos enemigos. De hecho, podríamos ser aliados. Usted y yo luchamos del mismo lado. Contra el mal, contra el pecado.

Laurel casi se echa a reír.

—Reserve los sermones para los pobres tontos que creen en usted. No estamos del mismo lado, Baldwin. Incluso dudo de que pertenezcamos a la misma especie. Por lo que he oído y visto de usted, diría que está emparentado más estrechamente con las cosas que se arrastran bajo los tocones de los árboles arrancados de raíz. No pierda el tiempo tratando de seducirme. He lidiado con muchas serpientes, de modo que sé muy bien cuando estoy frente a uno de esos animales.

La furia se encendió en las entrañas de Jimmy Lee. Si en este mundo había una cosa que él no podía tolerar, era una hembra deslenguada. Habría pagado un alto precio por la posibilidad de cerrar la boca de ésta; pero una reacción de ese género habría perjudicado su carrera ascendente, y Nipper Calhoun estaba demasiado cerca y podía testimoniar.

Se encogió de hombros y miró fijamente a Laurel, con ojos castaños tan fríos y neutros como monedas.

—No es lo que he escuchado acerca de usted —dijo secamente—. Por lo que sé, usted es muy amiga de formular acusaciones al azar.

El golpe dirigido al orgullo de Laurel dio en el blanco, pero ella no se inmutó. No estaba dispuesta a concederle esa satisfacción.

—Poco importa lo que usted haya escuchado acerca de mi persona. Lo único que usted necesita oír es lo que dice el juez Monahan. A partir de hoy se le ordena abstenerse de molestar a los Delahoussaye, y se le prohíbe entrar en la propiedad de esta familia. Y me complace trasmitirle personalmente la noticia —dijo Laurel con una sonrisa desagradable—. Se le entregará la notificación por escrito. Señor Baldwin, que lo pase usted muy bien.

Se volvió y caminó en dirección a la oficina de Meyette, elevando en el aire la naricita respingona. Jimmy Lee la vio alejarse, y sintió que todos sus planes cuidadosamente trazados en relación con la gran campaña se derrumbaban como un castillo de naipes. Antes de que él pudiese controlarse, se había abalanzado sobre ella y cerrado una mano sobre el hombro de Laurel, con la intención de obligarla a volverse para decirle un par de cosas acerca de la actitud de la joven.

Jack emergió de las sombras del garaje, y enganchó la punta de su bota en el tobillo del predicador. Mientras Laurel trataba de desprenderse de la mano del hombre, Jack tiró hacia atrás y el reverendo cayó de boca en el suelo. A Baldwin se le cortó el aliento, y emitió un gruñido de dolor.

—Oh, lo siento, Jimmy Lee —dijo Jack sin la más mínima sinceridad—. Creo que no vi dónde ponía el pie.

Baldwin se apoyó en las manos y las rodillas, tosiendo y escupiendo tierra entre maldiciones. Dirigió una mirada cruel a Jack por encima del hombro, y tenía la cara enrojecida bajo la capa de suciedad.

Bon Dieu! —exclamó Jack manifestando una impresión exagerada—. ¡De sus labios brotan algunas palabras que yo jamás leí en la Biblia!

—Boudreaux, dudo de que usted jamás haya visto ni siquiera la tapa de una Biblia —rugió Jimmy Lee. Se puso de pie, y entretanto trató de sacudirse el polvo de las ropas. Sus ojos se clavaron en Jack con una mirada tan dura y fría como una bola de billar.

—Bien —dijo Jack—, quizá nunca la leí, pero miré las ilustraciones. —Le observó con aire inquisitivo, y se rascó la cabeza—. ¿Cree que Jesús también se bronceaba la piel con una lámpara especial?

Jimmy Lee lo miró un segundo, tratando de contener la rabia.

—¿Qué le parece, señorita Chandler? —Jack enarcó el entrecejo, mientras miraba a Laurel.

Laurel lo miró un momento, completamente desconcertada por su aparición, sin responder a la pregunta de Jack. No había esperado verlo allí, y aún no se había preparado para hablarle después de lo que había sucedido en el patio. Tenía tácticas archivadas en su cerebro para todos los tipos de situaciones judiciales, pero carecía de una estrategia para los encuentros casi sexuales. En su pasado no había una colección de amantes que le aportasen cierta experiencia. Su ex marido era el único hombre con quien había estado implicada seriamente, y aunque Wesley era un hombre recto e inteligente, un hombre bondadoso, no era el mismo tipo de hombre que Jack.

De modo que permaneció de pie, muda, vacilante, viendo cómo Jack sonreía con perverso regocijo. Él tenía desnudo el torso, y el hilo de vello de su vientre liso atraía la mirada de Laurel hacia los vaqueros descoloridos que encerraban las caderas estrechas y la virilidad del hombre. En cambio, ella concentró la atención en el helado de cereza que él sostenía con la mano izquierda; sus elegantes dedos de músico sostenían hábilmente el palillo, de modo que el alimento no le gotease sobre el cuerpo. Se lo llevó a la boca y sorbió una esquina, un gesto que aceleró considerablemente las pulsaciones de Laurel.

—Para mí este es un gran día —dijo Jack, y sus ojos oscuros relucieron malignos—. He podido ver a una abogada que enmudece y a un predicador de la televisión que por una vez muestra a todos su auténtica suciedad.

—Boudreaux, no tengo por qué tolerarle eso —dijo Jimmy Lee con la voz ronca y vibrante de cólera. Apuntó con el dedo a la cara de Jack—. El señor de los grandes éxitos editoriales. Usted no es más que una basura, un alcohólico sin importancia. Y todo el dinero del mundo no puede cambiar eso.

—No —dijo Jack, en una actitud engañosamente distraída, una pierna flexionada y la mano derecha en la cintura. Suspiró exageradamente e inclinó la cabeza—. Un hombre es lo que es.

En un abrir y cerrar de ojos aferró la pechera de la camisa de Baldwin y empujó al predicador contra la pared del edificio. La máscara de buen humor desapareció repentinamente de su rostro, reemplazada por una furia que ardía como carbón encendido en el fondo de sus ojos.

—Jimmy Lee, un hombre es lo que es. —Masticó las palabras con la cara a pocos centímetros de Baldwin—. Usted es una basura, un estafador. Y yo soy el tipo que le va a hacer tragar las pelotas y le va a bajar los dientes si alguna vez lo veo poner de nuevo la mano sobre la señorita Chandler. —El fuego le brilló un momento más en los ojos, y después lo reemplazó una sonrisa desagradable—. ¿He hablado claro, Jimmy Lee?

Soltó lentamente la pechera de la camisa de Baldwin. Sonriendo afablemente esbozó un intento simbólico de alisar la tela y sacudir parte de la suciedad, y después retrocedió y dejó caer las manos.

—Tal vez sea mejor que vuelva a su casa y se cambie, Jimmy Lee. No querrá que la gente lo vea, y piense que tuvo un encuentro con el demonio y perdió.

Se apartó unos pasos y empujó con el pie el helado que había dejado caer. Se desentendió por completo de Baldwin, sacó unas monedas del bolsillo y se dirigió hacia el pequeño refrigerador blanco que zumbaba laboriosamente al lado del depósito de Coca-Cola. Sentía los ojos de Baldwin que le taladraban la espalda, pero eso no le importaba. El telepredicador nada podía hacer para perjudicarlo. Jack no tenía una empresa comercial, y ya gozaba de mala reputación. Movió los ojos hacia Laurel.

—¿Quieres un helado, tite chatte?

—Boudreaux, está cometiendo un grave error —dijo Baldwin, con la voz temblorosa de cólera y humillación—. No le conviene meterse conmigo.

Jack le dirigió una mirada, y fingió que estaba horriblemente aburrido de toda la escena.

—Tiene razón, predicador, no quiero enredarme con usted. Tengo mejores cosas que hacer que quitármelo a usted de la suela de mis zapatos, de modo que más vale que se aparte de mi vista.

Jimmy Lee sacudió la cabeza, y en su rostro se dibujó un extraño gesto de asombro.

—Usted no sabe lo que está haciendo —murmuró, y después se volvió y caminó hacia su automóvil.

Laurel lo vio alejarse, y después se volvió hacia Jack, que ascendía los peldaños en dirección a la galería. Inclinó la cabeza a un lado y examinó a Jack. Ese hombre era un enigma, una maraña de contradicciones dentro de un cuerpo duro y apuesto. Como no le agradaba que lo escudriñasen, Jack se volvió parcialmente y examinó el interior del refrigerador.

—Para ser alguien que afirma que no desea convertirse en el héroe de nadie, parece que dedicas muchísimo tiempo a ayudarme —dijo Laurel.

Mais non —masculló Jack mientras extraía un helado—. Solamente estoy divirtiéndome un poco con Jimmy Lee mientras revisan mi carburador.

Jack se dijo que no deseaba que ella se dedicase a interpretar lo que él hacía. Pero la verdad desnuda era que él tampoco deseaba examinar muy de cerca esos actos. No quería profundizar mucho en la razón que explicaba el acceso de cólera que había sentido cuando Baldwin había puesto la mano sobre Laurel. No era el dueño de Laurel, jamás tendría derecho a ella, y por lo tanto no había motivo para que se sintiera celoso o excesivamente protector.

Respuesta condicionada. De eso se trataba. ¿Cuántas veces se había abalanzado sobre Blackie cuando el viejo ponía la mano sobre Maman o Marie? Muchísimas veces. También ellas habían dicho que Jack era su héroe. Pero no había sido nada más que un niño impregnado de cólera y odio. Pequeño, débil e inútil, y Blackie lo había expulsado a empujones la mayoría de las veces. Ahora ya no era pequeño ni débil. Cuando había empujado a Baldwin contra el edificio sintió una oleada de adrenalina y poder que aún ardía en sus venas.

Miró a Laurel mientras desenvolvía la golosina que había retirado del refrigerador, y trató de desactivar la concentración de la joven con una sonrisa amable.

—Además, yo no quería que tú desenfundaras tu arma y le disparases. El día es demasiado cálido para tener un cadáver al sol. —Esbozó un gesto de repugnancia y sonrió—. Querida, ¿qué clase de helado deseas? ¿Qué me dices?

Laurel entrecerró los ojos cuando él rechazó sin rodeos las preguntas que ella formulaba. Laurel deseaba una respuesta franca. Quería que él fuese bueno o malo, para encasillarlo o desecharlo. Pero Jack era un camaleón que cambiaba de un momento al siguiente, y los cambios la desconcertaban, de modo que siempre estaba preguntándose cuál era el auténtico Jack Boudreaux.

—Jack, creo que deberías decidirte —dijo—. ¿Eres un hombre bueno o un mal tipo?

Él encontró la mirada de Laurel, y tenía los ojos oscuros y relucientes.

—Querida, todo depende de lo que tú desees en mí —murmuró, la voz grave, con una textura que parecía seda cruda, áspera y suave al mismo tiempo, sugiriendo a una mujer que se arriesgase a tocarlo, tentándola, induciéndola a que se acercase un poco más.

El corazón de Laurel latió con más fuerza, y las terminaciones nerviosas que él había excitado y seducido la víspera se agitaron inquietas. Miró a Jack con el entrecejo fruncido.

—A ti no te quiero para nada —dijo.

Jack se inclinó sobre el refrigerador abierto, desafiando a Laurel a mantener su posición. Ella no se movió, aunque se le tensaron los hombros y se le endureció el mentón. Detrás de los cristales de las gafas demasiado grandes los ojos se le habían ensombrecido y ahora tenían el color del mar en la tormenta.

—Es bueno que no estés declarando bajo juramento, abogada —murmuró Jack.

Él estaba bastante cerca, y tenía audacia suficiente para besarla. La idea originó una sensación deliciosa en el cuerpo de Laurel. Ese hombre no le convenía. El propio Jack lo había dicho. La confundía y aturdía cuando ella necesitaba mantener el control de sus emociones.

—Cierra el refrigerador, Boudreaux—dijo sarcásticamente—, antes de que el aire caliente que sale de tu cuerpo derrita todos los helados.

Ella entró en la estación de servicio y pagó el combustible, y dedicó unos momentos para charlar con la señora Meyette, que preguntó por la tía Caroline y Mamá Pearl; le dijo que estaba demasiado delgada y la obligó a comprar algunas golosinas. Cuando salió, Jack no estaba cerca.

Se negó obstinadamente a admitir la decepción que sintió en ese momento. Tenía mejores cosas que hacer que practicar esgrima con él, y necesitaba suponer que también él tenía cosas mejores a las cuales consagrar su tiempo. Supuestamente era un autor de gran venta, pero al parecer nunca trabajaba. Laurel tenía la sensación de que él estaba siempre en la Taberna de Frenchie o tratando de molestarla. Y no se necesitaba la más mínima imaginación para pensar que pasaba el resto del tiempo durmiendo en una mecedora, con ese horrible perro acurrucado exactamente debajo.

Esforzándose como un demonio para rechazar la imagen de Jack, Laurel volvió a su casa, y después de quitarse los pantalones se puso una fresca falda de tela azul y una blusa de algodón muy suelta. La casa estaba en silencio y las cortinas corridas. Mamá Pearl había dejado una nota sobre la mesa del vestíbulo: He ido al club. En la olla hay judías rojas y arroz, ¡Coma! Lunes. El día dedicado al lavado de la ropa. Judías rojas y arroz. Laurel sonrió y se dijo que el respeto a la tradición la reconfortaba.

No vio indicios de Savannah. Laurel no supo muy bien si se sentía desilusionada o aliviada. No le agradaba que el recuerdo de la discusión de la mañana flotase en su mente como un humo acre; pero tampoco sabía cómo podían limpiar la atmósfera. Ambas habían dicho cosas que era mejor callar. No podían volver atrás y modificar lo que había sido la niñez de ambas. Laurel deseaba sepultar todo en el pasado, empezar de nuevo, pero Savannah arrastraba con ella su pasado como si hubiese sido una maleta enorme sobrecargada.

Y bien, nena. Le parecía volver a oír la voz de su hermana, colérica y acusadora. ¿Qué demonios estuviste haciendo toda tu vida?

Buscando la justicia.

E insistía en que había una diferencia. Ella era fiscal; su tarea era esa. No estaba intentando modificar el pasado. No se proponía expiar nada.

La palabra «mentirosa» cruzó su mente, y ella la apartó antes de que pudiese tener otro efecto que irritarle los nervios. Tenía que ocuparse de varios asuntos. Sin duda, cuando llegase a su casa encontraría a Savannah pidiéndole que la perdonase por las cosas desagradables que había dicho, y asegurando que no había pronunciado en serio esas frases. Ése era el curso que seguían generalmente las disputas entre las dos. Ese era el modo en que se manifestaba el carácter de Savannah: calor y frío, de la conflagración emocional al arrepentimiento en un relámpago. Probablemente ahora estaba pensando en la posibilidad de regresar a casa para saborear las judías rojas y el arroz, y pedir disculpas.

Eso era la felicidad, pensó Savannah, acostada allí con Cooper sobre un viejo colchón, separados del mundo en una cabaña de dos habitaciones que se elevaba sobre el agua verde lodosa del bayou. Le agradaba llegar allí en el viejo bote de aluminio de fondo plano sin decir una palabra a nadie, internándose en la maraña densa y lujuriosa para reunirse con Cooper.

Cuando había llegado allí, él estaba escribiendo en su cuaderno de notas, y le había explicado que preparaba notas para un programa de la NPR que se emitiría la semana siguiente desde Nueva Orleans. Ella había salido a su encuentro y había trazado planes para ambos; debían encontrarse en una de las casitas de la Maison de Ville para charlar acerca de las cenas en los restaurantes favoritos, de las compras que ella haría, de los clubes que podían visitar.

Ella lo amaba tanto que su propia pasión la asustaba. Eso era demasiado bueno para ser cierto. Demasiado bueno para ser suyo. El sexo con él era completamente diferente de lo que ella practicaba, de lo que buscaba con otros. En eso no había nada depravado, corrupto, disipado o degenerado. Con otros ella se sentía perversa y salvaje. Con Cooper sentía todas las cosas que había buscado a lo largo de su vida sin encontrarlas jamás. Se estremeció un poco ante la idea. Demasiado bueno para ser cierto.

—¿Te casarás conmigo, Cooper?

Las palabras parecieron manar directamente de su corazón desbordante, y en un instante cierta parte de Savannah deseó silenciarlas, porque en el fondo de su corazón sabía cuál sería la respuesta de Cooper.

El aire se estremeció unos instantes con el silencio y después con el gemido eléctrico de los grillos, y más tarde con la tensión de una respuesta implícita. Las lágrimas asomaron a los ojos de Savannah y le lastimaron el corazón como ácido, y de pronto pareció que todo se ensombrecía, y que ella se sentía como lo que todos decían que era, una ramera, una puta que no merecía el amor de un hombre bueno.

¿Por qué tienes que rebajarte de ese modo?

Nena, porque eso es lo que hacen las putas.

Salió de la cabaña sin decir palabra, odiando a Cooper, odiándose ella misma por lo que era... y por lo que jamás sería.




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