Falsa alarma



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Capítulo 16


El sol brilló con luz amarilla, como una esfera suave e indiferenciada sobre el lado más lejano de la bruma de la mañana. Laurel estaba sentada frente a la mesa en la galería, y miraba a través del patio, más allá del portón principal y hacia el bayou, donde la bruma colgaba en tenues hilachas sobre el agua y se enroscaba como jirones de humo a través de los árboles. Miraba en dirección al bayou... y a L'Amour.

La vieja casa de ladrillo se elevaba majestuosa y sola, medio oculta por los árboles y los matorrales que habían podido crecer durante varias generaciones de descuido. De las ramas retorcidas de un roble colgaban dos docenas o más de corbatas, agitadas por la leve brisa, ella suponía que esas corbatas eran el testimonio del rechazo del mundo judicial por Jack. Ciertamente, ella ni siquiera lo imaginaba poniéndose corbata, y mucho menos un traje en su fase actual, el rebelde, el renegado. Pero se lo imaginaba más joven, más intenso, ansioso de demostrar su valor; la imagen se formaba con bastante facilidad. Jack, elegante con su traje cruzado de seda gris. Apuesto, pero con perfiles afilados. Educado, pero con cierta aureola propia del muchacho que ha crecido indisciplinado al borde del pantano.

Como una pantera domesticada, siempre en la proximidad de una sombra de su persona anterior, siempre con el aire de un ser peligroso envolviéndolo.

Laurel se preguntó qué lo había apartado de ese mundo al que con tanto esfuerzo había intentado conquistar. Y se preguntó si era sensato profundizar en el tema.

Se movió en el sillón tapizado, cruzó los pies bajo el asiento y alzó la taza de té con las dos manos para beber un sorbo. El resto de la casa pronto comenzaría a cobrar vida. Caroline sometería su cuerpo a las contorsiones de su yoga cotidiano. Mamá Pearl trabajaría en su cocina, ataviada con una bata de algodón y calzada con pantuflas; prepararía el café y un cuenco de fruta helada, y rezongaría sola acerca del estado del mundo mientras por la radio llegaban las noticias de la mañana. Pero por ahora, la galería y la mañana pertenecían a Laurel, y a ella le agradaba la paz. No había podido dormir después de las cuatro de la madrugada, y se había duchado y vestido con pantalones cortos color caqui y una blusa sin mangas de algodón blanco con un delicado cuello, y había bajado para observar el amanecer.

Había supuesto que sentiría cierta inquietud en relación con la noche que había dedicado a hacer el amor con Jack. Después de todo, nunca había sido una persona que se entregase a una pasión desmesurada —en realidad, había desdeñado y evitado esas experiencias. Pero ahora, sentada en la suave quietud del patio, no sentía pesar ni se recriminaba. Jack le había ofrecido lo que ella deseaba y necesitaba: no sólo sexo, sino sentirse liberada de otras tensiones, y ella había aceptado. Y había sido maravilloso...

—Las personas que se levantan tan temprano no deberían tener un aspecto tan feliz.

Savannah estaba de pie en el umbral del ventanal francés que comunicaba con el vestíbulo, y con su bata de seda color champaña parecía que estaba todavía aturdida por el sueño. Los cabellos le caían sobre los hombros en completo desorden, y alrededor de los ojos tenía manchas de maquillaje. Tenía mal aspecto, el efecto de la vida disipada. Como una mujer galante a la mañana siguiente, cuando los efectos del maquillaje se habían disipado. La excitación se había esfumado, el entusiasmo había desaparecido al mismo tiempo que la luna se ocultaba.

Se separó de la puerta y pasó a la galería, con los pies descalzos, una mano hundida en el bolsillo de la bata y la otra jugando con el corazón que colgaba de su collar.

Laurel trató de pensar en una respuesta inocua, pero no pudo dominar el dolor que aún sentía después del episodio de la víspera.

—¿Quieres beber una taza de té? —preguntó en voz baja.

Savannah sacudió la cabeza, y en sus labios se dibujó una sonrisa agridulce. Ésa era la niña, que apelaba a los buenos modales para ocultar sus sentimientos. Si todo el resto le fallaba, por lo menos sería una anfitriona elegante. Vivian seguramente debía sentirse orgullosa de ella.

—Deseo disculparme por lo que sucedió ayer. Dije muchas cosas que hubiera debido callar. —Las palabras brotaron en una avalancha de vergüenza y arrepentimiento. Sus dedos ajustaron el cinturón de la bata—. No debí mostrarme tan cruel, pero me sentía tan lastimada y mí enojo era tan profundo...

Laurel depositó la taza y se puso de pie, y la inquietud la indujo a fruncir el entrecejo.

—Mi intención no fue lastimarte, hermana...

—No, no se trata de ti, muchacha. Se trata de Cooper. —Posó los ojos en la mesa y miró a través de una nube de lágrimas, y se sintió tan frágil como la taza de porcelana de Laurel—. No sé qué puedo hacer —dijo, tratando de sonreír y agitando la cabeza ante la futilidad del intento—. Amo terriblemente a ese hombre.

Se volvió y se alejó unos pocos pasos, y aspiró profundamente los aromas dulces y húmedos del jardín, las flores y los olivos y el boj, aromas verdes y vibrantes de vida. Como si pudiese rechazar el sentimiento de desesperación que se aferraba a ella, se pasó las manos sobre la cara. Pero en su interior se manifestaron muchos otros sentimientos que brotaban como el agua de una fuente subterránea: culpabilidad y cólera, remordimientos y celos. Y no deseaba nada de todo eso.

Tratando de contener esas reacciones, se volvió hacia Laurel, que la miraba con los ojos muy grandes y una expresión grave en el rostro. Durante un instante ella fue la misma niña de cuerpo menudo que había buscado el amor y el apoyo de Savannah cuando no tenía otra persona a quien acudir; y por eso mismo Savannah experimentó una grata sensación de fuerza.

—No importa —dijo, intentando sonreír para tranquilizar a su hermanita—. No tiene nada que ver con nosotras. No permitiré que nada se interponga entre nosotras.

Laurel cayó en los brazos de su hermana, y se prometió que no diría una palabra de Conroy Cooper o de cualquier otro hombre con quien Savannah se enredase. No podía cambiar a Savannah, no podía cambiar el modo en que Savannah evocaba su propio pasado, y de todos modos esas no eran las razones por las cuales había vuelto al hogar. Había venido precisamente por esto, pensó mientras abrazaba a su hermana, en busca del amor y el apoyo incondicionales. Y eso tenía que funcionar en ambas direcciones. De modo que no comentó el olor del perfume rancio y del sexo rancio que se desprendía del cuerpo de Savannah.

—No permitiré que nada nos separe —dijo de nuevo Savannah con expresión vehemente, abrazando con fuerza el cuerpo delicado de Laurel.

—Por lo menos podrías permitir que hubiese aire entre nosotras —sonrió Laurel—. Estás sofocándome.

Savannah rió nerviosamente y aflojó su abrazo, retrocedió un paso, y apoyó las manos sobre los hombros de Laurel.

—Después de todo, me vendría bien esa taza de té. Podemos sentarnos aquí y charlar. Gracias a tu trabajo, el jardín ha recuperado su belleza. Trazaremos algunos planes.

Corrió de regreso a la casa y se dio prisa, como si temiese que pasara el momento y se nuevo se alzara entre ellas una muralla de tensión. Laurel volvió a ocupar su sitio, y tomó la caja de fósforos que había encontrado la noche anterior en el asiento de su automóvil. Suponía que era propiedad de Savannah. Movió la caja y la pasó de una mano a otra, distraídamente, simplemente para tener algo en qué ocuparse. Pasaron apenas cinco minutos hasta que Savannah regresó con una bandeja en la cual traía la tetera, una taza para ella y un plato cargado de bollos.

—Quedaron de ayer —dijo, distribuyendo todas las cosas sobre la mesa—. Los he metido en el homo para calentarlos y les he puesto un poco de azúcar. Come uno —ordenó, de pronto llena de vida y esperanza—. Mejor, media docena. Si alguien necesita consumir los productos de la cocina de Mamá Pearl, eres tú. Realmente, estás muy delgada.

Laurel depositó sobre la mesa la caja de fósforos y tomó un bollo del plato.

—Dejaste esos fósforos en el automóvil.

Savannah recogió la caja de fósforos y se acomodó mejor en su asiento; examinó distraídamente los fósforos mientras mordisqueaba uno de los bollos. Durante un momento no dijo nada, y después soltó la caja de fósforos.

—Uso encendedor —dijo.

Una indefinida sensación de incomodidad recorrió el cuerpo de Laurel. Dejó el bollo a un lado, sobre la servilleta, y su mirada pasó del rostro inexpresivo de su hermana a los fósforos. Sobre las palabras Le Mascarade y una dirección del distrito francés de Nueva Orleans se había dibujado una complicada máscara de Mardi Gras.

—Si no es tuya, ¿cómo llegó a mi automóvil?

La única respuesta fue un encogimiento de hombros. Savannah apartó su silla de la mesa y se puso de pie.

—Olvidé el azúcar para mi té —dijo.

Mientras volvía a la casa, Laurel examinó de nuevo la caja de fósforos, y un extraño escalofrío le recorrió la piel de los brazos.

Bonjour, mon ange. Para ti.

Laurel contuvo una exclamación cuando apareció ante ella una rosa roja perfecta. No había escuchado la aproximación de Jack, ni siquiera lo había visto de reojo. Su capacidad para aparecer y desaparecer como por arte de magia la inquietaba, y ahora Laurel entrecerró los ojos para disimular su irritación.

—Casi me provocas un ataque al corazón.

Jack frunció el entrecejo, inclinándose sobre ella y aspirando el limpio aroma de los cabellos de Laurel.

—¿Ése es el modo de dar las gracias al hombre que te trae flores?

Ella esbozó un gesto de desdén con un coqueto mohín, pero de todos modos aceptó la rosa.

—Probablemente la habrás robado de uno de los arbustos de la tía Caroline.

—De todos modos, es un regalo —dijo él, inclinándose más, con su mirada fija en los labios de Laurel

La expectación rozó la piel de su cuello como si hubiese sido un colibrí. Los dedos de la mano izquierda de Laurel se cerraron sobre el brazo de su sillón.

—¿Cómo puede ser un regalo si es algo que yo ya tenía?

Él inclinó la cabeza otra fracción de centímetro y acortó el espacio que los separaba. Las pestañas descendieron, gruesas y negras.

—¿No es la respuesta propia de una abogada? —murmuró—. Si te ofreciera la luna, probablemente querrías ver el título que acredita mi propiedad.

La respuesta que ella podía formular de nada servía. El pensamiento que ella podía tener en su cabeza desapareció cuando Jack unió su boca a la suya. La besó profunda, íntima, despaciosamente. Cálidos y firmes, sus labios frotaron los de Laurel y la obligaron a separarlos. Laurel se abrió a él sin vacilación, y su reacción la impresionó a ella misma, y después sintió que se derretía mientras Jack exploraba los perfiles sedosos de la boca. Él la exploró profundamente con la lengua, recordándole gráfica y francamente la intimidad que habían compartido la noche anterior.

Cuando al fin él retiró su boca de los labios de Laurel, emitió un ronroneo de satisfacción y después sonrió perfectamente.

—¿Por qué te sonrojas, ma jollie fille? —preguntó con la voz oscura y brumosa—. Anoche me diste mucho más que un beso.

—Pero probablemente no tenías público, ¿verdad, Jack? —preguntó Savannah con voz áspera. Apareció de pronto saliendo detrás de un pilar, y depositó un azucarero de plata sobre la mesa, sin apartar los ojos del visitante. Tomó la caja de fósforos roja y con ella se tocó la mejilla—. ¿O has llegado tan lejos con mi hermanita?

Él se enderezó con los ojos fríos, la cara convertida en una máscara de piedra.

—Eso no te interesa, Savannah.

—Sí, me interesa—replicó secamente Savannah—. Jack, no permitiré que te montes a mi hermanita.

—¿Por qué? ¿Porque antes no lo hice contigo?

Ella dejó caer la caja de fósforos y convirtió las manos en puños pegados a los costados del cuerpo, los músculos temblorosos, el color acentuándose en sus mejillas.

—Hijo de puta —dijo.

—¡Basta! —exclamó Laurel, empujando hacia atrás su silla y poniéndose de pie. Se volvió hacia su hermana, y una parte de su ser se sintió impresionado por el odio concentrado que vio en los ojos de Savannah mientras miraba a Jack, y otra parte demasiado irritada para prestar atención al asunto—. Hermana, aprecio tu preocupación. Pero soy una mujer mayor. Puedo cuidarme sola.

Savannah la miró parpadeando, y parecía tan aturdida como si alguien le hubiese asestado un golpe con un martillo.

—No, no puedes. Me necesitas.

—Necesito tu apoyo —aclaró Laurel—. No necesito que supervises mis salidas.

Savannah separó cuatro palabras del resto, formó con ellas una hilera y se las clavó en su propio corazón como una estaca. Yo no te necesito. La niña no la necesitaba, no la quería, prefería la compañía de Jack Boudreaux. El pánico le clavó las garras, y la furia brotó de las heridas cálida y roja como la sangre. Se le arrebataba la única posibilidad de hacer algo importante. Todo lo que deseaba estaba siempre fuera de su alcance. Cooper. Laurel. La niña se apartaba de ella por un hombre. Y ahora no le quedaba nada, no era más que otra mujer ligera de cascos, igual a muchas por el estilo que vivían en el sur de Luisiana.

—Después de todo lo que hice por ti —murmuró, y sus labios sensuales se curvaron amargamente ante la ironía—. Después de todo lo que hice por ti, no me necesitas.

Laurel la miró con la boca abierta.

—¡Eso no es lo que he dicho!

—Muy bien —continuó Savannah, en quien la réplica no produjo el más mínimo efecto—. Ve a divertirte con él y olvídate de mí. Yo tampoco te necesito. No eres más que una pequeña y desagradecida hipócrita. Y no comprendo por qué jamás me interesaste.

Las lágrimas brillaron como diamantes en sus ojos. Se mordió el labio inferior con los dientes, y la presión los tiñó de rojo.

—Jamás volveré a molestarte —prometió con la voz ahogada por el dolor—. Puedes contar con eso. Jamás.

—¡Savannah! —Laurel quiso seguirla después que ella se volvió y corrió hacia el interior de la casa, pero Jack se lo impidió.

—Déjala, querida. No está de humor para escuchar. Espera hasta que se calme.

Unos segundos después se oyó el motor del Acura en la parte lateral de la casa, y después llegó el chillido irritado de los neumáticos sobre el asfalto.

—¡Mierda! —Laurel se volvió y descargó el puño sobre el hombro de Jack, no para castigarlo sino porque necesitaba golpear algo, lo que fuese—. ¡No sé qué le sucede!

—Está celosa.

—No —murmuró Laurel, apoyándose en él cuando la cólera se calmó y dejó en su lugar un temblor de todo el cuerpo—. No es tan sencillo.

—Sí, bien... —Él emitió un suspiro y la abrazó, y apoyó el mentón sobre la cabeza de la joven—. C'est vrai, la vida es una perra. Jamás nada es sencillo.

Ciertamente, no lo era en la vida de Laurel. Parecía que ella estaba inexorablemente enredada en una trama de obligaciones. Jack deseaba liberarla aunque fuera un momento, darle una pausa... tenerla toda para él, de modo que pudiese fingir que ella le pertenecía.

—Excepto la pesca —dijo Jack, respondiendo al impulso que lo había llevado allí a una hora tan temprana—. ¿Estás dispuesta a salir a pescar conmigo, mapetite?

—Nunca dije que iría a pescar contigo —dijo Laurel frunciendo el entrecejo.

—Ciertamente, lo dijiste. Anoche. —Deslizó una mano bajo el mentón de Laurel, y sonrió satisfecho como un gato que se relame—. Lo murmuraste a mi oído mientras hacíamos el amor. Dijiste que podía llevarte adonde quisiera. Pues te llevo a pescar.

Salieron en una piragua que no inspiraba mucha confianza a Laurel. Esbelta y poco profunda como una vaina de guisantes, estaba fabricada con madera de ciprés, y bailoteaba como un corcho sobre la superficie oscura y aceitosa del bayou. Laurel permaneció en el embarcadero un rato largo, en actitud meditativa, mientras Jack cargaba en la popa los elementos de pesca.

—¿Estás convencido de que este artefacto es seguro?

—Oh, absolutamente —aseguró Jack, sumando un pequeño refrigerador a la carga depositada en la proa del bote. La piragua se hundió y balanceó en el agua, como si protestase incluso frente a una carga tan reducida. Despreocupado, Jack entró en la embarcación, acomodó los pies y extendió una mano para ayudar a subir a Laurel—. Un viejo amigo fabricó esta piragua para mí. Como él decía, «con esta embarcación podemos atravesar el océano».

Laurel tragó saliva mientras entraba en el bote y lo sentía temblar bajo sus pies. Cerró la mano sobre el bíceps de Jack durante un instante para mantener el equilibrio, y arrastrarlo consigo si caía al agua.

—¿Cuando lo dijo estaba sobrio? —preguntó.

—Es difícil saberlo —murmuró Jack mientras la ayudaba a sentarse en el asiento plano del bote. Encasquetó una gorra roja de béisbol sobre la cabeza de Laurel y se inclinó ágilmente sobre el asiento para moverla pértiga—. El viejo Lucky Doucet solía ser un tanto caprichoso.

Con la pértiga apartó el bote del embarcadero, y la piragua pareció deslizarse sobre el agua, elegante como un patín que corre sobre el hielo. Laurel respiró hondo y trató de relajarse.

—¿Solía ser? —Mientras se acomodaba la gorra demasiado grande para su cabeza, miró a Jack—. ¿Falleció?

—No, se casó. Tiene una hermosa esposa, una hijita y otro niño en camino.

—Un hombre activo —dijo secamente Laurel.

Un hombre feliz, pensó Jack, mientras hundía la bifurcación de la pértiga en el fondo lodoso y obligaba a avanzar a la piragua. En su pecho anidaba una suerte de anhelo denso y macizo, una especie de bola que ocupaba un espacio valioso; y él fruncía el entrecejo y hacía todo lo posible para destruirlo con el martillo mental del autocastigo. Había tenido su oportunidad, y la había desperdiciado del peor modo posible. No merecía otra ocasión.

Desechó los pensamientos sombríos y desvió su atención hacia Laurel y hacia la multitud de pequeños fragmentos que aún debía descubrir para completar su imagen de la muchacha. Ella ocupaba el duro asiento de la piragua en la postura de una debutante, y su mirada exploraba la orilla más lejana del bayou, donde un caimán tomaba el sol. Incluso con las prendas abolsadas y la gorra demasiado grande se la veía femenina y elegante, y Jack sintió un calor especial en su ingle, y ahora recordó cuan femenina le había parecido mientras él la cubría. Sacudió la cabeza ante esa idea, y una sonrisa se dibujó en una comisura de sus labios.

Ella no era su tipo. De ningún modo. Últimamente él solía interesarse por las muchachas de muchas curvas y modales desenvueltos, con pechos grandes y cerebros sencillos, mujeres que no le reclamaban nada más que un episodio agradable entre las sábanas. Jack no sabía lo que Laurel Chandler podía desear. La joven afirmaba que no quería nada de él y, sin embargo, Jack sentía que en ella había algo que lo atraía como un imán. El instinto le decía que su propia curiosidad podía ser peligrosa, pero la advertencia no tenía intensidad suficiente para desplazar a la atracción. Además, se dijo vanidosamente, no se comprometería más profundamente que lo que deseaba.

Pilotó la piragua en busca de un rincón que él apreciaba para pescar, un lugar donde los sauces sombreaban las orillas y los peces nadaban entre los bosquecillos de cipreses y surcaban las aguas perezosas que rodeaban los grupos de juncos y espadañas. Laurel rechazó el ofrecimiento de la pértiga, y en cambio sacó Ilusiones perversas del saco de lienzo que había traído consigo. La mañana pasó entre el murmullo de las cigarras, el gemido de una línea de pescar, el chapoteo de los peces que luchaban para evitar el futuro representado por una sartén. La conversación se convirtió en algo tan esporádico y superficial como la brisa.

Laurel comprobó que esa quietud era relajante después de la explosión de Savannah. Con un esfuerzo remitió al fondo de su mente los interrogantes acerca del comportamiento de su hermana, y trató de sumergirse en las páginas del libro de Jack. No fue difícil. A pesar de su apariencia, la de un sencillo muchacho cajun, era un escritor excelente, bien dotado y sagaz. Tenía la capacidad de introducir al lector en la anécdota, como si se tratara de atravesar un portal para llegar a otra dimensión del espacio. Las imágenes visuales eran claras, con adecuados contrastes, tridimensionales; las emociones eran tan fuertes y electrizantes que le dejaban un escozor en la piel. El miedo que se acentuaba de un párrafo a otro era casi insoportablemente intenso. El sentimiento de perversidad que reinaba supremo sobre todo el resto era al mismo tiempo sutil, insidioso y abrumador.

Eran impresiones profundas provenientes de un hombre que afirmaba que no le importaba mucho nada de lo que sucedía en el mundo alrededor de su persona, excepto la posibilidad de pasarlo bien. No, pensó Laurel, mirando mientras él arrojaba con gesto elegante la red en dirección al borde de la acumulación de nenúfares; esas impresiones, esas fantasías oscuras no provenían de Jack la figura central de las fiestas. Provenían del otro Jack. El hombre con la mirada ardiente y la aureola de peligro, el hombre que permanecía de pie, silencioso y atento tras la fachada del sinvergüenza.

—¿De dónde proviene? —preguntó ella mientras desplegaban una manta en la orilla, preparándose para almorzar.

—¿Qué?


—Lo que escribes.

Alrededor de Jack todo pareció silenciarse en una fracción de segundo, como si la pregunta de Laurel literalmente hubiese congelado a su interlocutor. Pero él reaccionó de prisa, y Laurel casi se convenció de que había imaginado la respuesta.

—Es todo inventado —dijo Jack, mientras alisaba una esquina de la manta a cuadros azules y blancos—. Querida, es lo que denominan ficción.

—No creo que te sientes, apoyes las manos en un teclado y consigas esto.

—¿Por qué no?

—Porque es demasiado bueno.

Él insinuó un gesto de rechazo.

—Es un talento, un truco, eso es todo. —Vaya si es un truco, pensó Jack con amargura. Uno se sienta frente a la máquina de escribir y se abre una vena, y sangra todo el veneno que hierve en su interior.

Laurel se inclinó sobre la manta, y examinó a Jack con la cabeza inclinada a un lado.

—Algunos escritores hablan de la actuación de acuerdo con el método. Es decir, viven mentalmente cada acto y cada sentimiento.

—Y otros te dirán que es como pintar ajustándose a un código.

—Y tú, ¿qué dices?

—Digo que tengo demasiado apetito para responder a tantas preguntas —respondió, y trató de acercarse a Laurel. Una sonrisa de picardía jugaba en las comisuras de sus labios y acentuaba los hoyuelos de las mejillas delgadas.

Con las terminaciones nerviosas en alerta roja, Laurel defendió su terreno cuando él se aproximó. Le pareció sorprendente el modo en que su propio cuerpo de mujer cobraba vida y tenía conciencia de los movimientos de Jack. Su corazón aceleraba los latidos, los senos eran más pesados y estaban cargados de electricidad.

—¿Qué hay para almorzar? —preguntó ella sin aliento mientras él se detenía a poca distancia, de modo que quedaron separados sólo por dos o tres centímetros de aire cargado de electricidad.

—Tú.


Jack arrancó de la cabeza de Laurel la gorra de béisbol con un movimiento de la muñeca, y entonces ella cayó en sus brazos, y se perdió en la caricia y en el beso. Un beso cálido y salvaje y juguetón, y él le hizo cosquillas cuando con las manos recorrió los costados de Laurel y regresó a los hombros y el cuello. Laurel respondió del mismo modo, sonriendo, gozando con el momento. Pensó vagamente que él intentaba distraerla del interrogatorio, pero de todos modos ella no era capaz de oponerse a ese método. El contacto con Jack desencadenaba una serie de necesidades que habían permanecido latentes en ella hasta la noche anterior. Ahora brincaban y saltaban, aturdidas ante la perspectiva de la libertad.

Con dedos torpes, Jack manipuló los botones de la blusa de Laurel, y finalmente consiguió quitarle la prenda y comenzó a depositar besos a lo largo del cuello y sobre el hombro. Allí, sujetó con los dientes la tira del sostén, y gruñó juguetón mientras presionaba hacia abajo. Laurel jadeó y gimió al sentir la lengua de Jack que le acariciaba la clavícula. Después, la boca de Jack estuvo sobre el seno de Laurel, y el deseo la penetró.

Permitió que él la acostase y gozó con las deliciosas sensaciones provocadas por Jack. Recorrieron su cuerpo en oleadas, de modo que ella se sintió incapaz de hacer algo más que sentir: el roce de la lengua sobre el pezón, el tironeo de los labios de Jack cuando la succionaba, el juego de los dedos de músico sobre la caja torácica.

Después de una dulce eternidad, él se apartó de los senos de Laurel y depositó sus besos sobre el vientre de la joven. Soltó el botón de los pantalones cortos, regalando besos a lo largo de la línea de piel que quedó expuesta cuando él bajó el cierre. Una vez eliminados los pantalones y las bragas él ascendió con sus besos por el interior de una pierna, mordisqueando, lamiendo, deteniéndose en la suave curva de la rodilla, y después en el área más sensible, allí donde el muslo se unía con la cadera.

Laurel se incorporó apoyándose en un codo, y extendió la mano hacia Jack, con la intención de que él la cubriese; pero Jack se limitó a aferrarle la mano y la besó, lamiéndola suavemente, provocándola con las caricias de las yemas. La mirada de Jack, cálida y magnética, aferró la de Laurel, y los ojos oscuros del hombre ahora relucían.

—Todavía no, querida —murmuró Jack, con una sonrisa impía que le curvó los rincones de los labios—. Quiero primero el postre.

Los ojos de Laurel se agrandaron cuando él inclinó la cabeza y la besó exactamente encima del retazo de rizos oscuros que protegía su carne más femenina.

—Jack, no —jadeó Laurel, tratando de rechazarlo.

Él le aferró las caderas y la mantuvo cautiva, y su respiración era un jadeo, cálido e insinuante sobre la ingle de Laurel mientras hablaba:

—Querida, no me digas que no. Quiero conocer cuán dulce eres. Quiero complacerte. Quiero prepararte para mí. Déjame.

Sin esperar el permiso, separó los tiernos pétalos de los labios del sexo y la besó varias veces, suavemente, besos nerviosos que le cortaban el aliento. Deslizó las manos bajo las nalgas de Laurel y la alzó, y apoyó de lleno la boca en ella, bebiendo ansioso la miel dulce y tibia del cuerpo femenino, explorándola, acariciándola, excitándola con los golpes lánguidos de su lengua.

Laurel gritó y cayó hacia atrás sobre la manta, y su mente registró aturdida el placer, la alegría puramente carnal. En su experiencia era un placer prohibido, algo que no había permitido a otro hombre. Jack estaba tomándose esa libertad como si tuviera pleno derecho a los secretos más íntimos de su cuerpo. La idea la emocionó de un modo que ella misma sabía que era inadmisible, y eso a lo sumo acentuaba la excitación. Laurel hundió los dedos en la seda negra de los cabellos de Jack. Sus caderas se arquearon y movieron, y se retorcieron buscando el mejor ángulo para facilitar el contacto óptimo con la boca de su compañero.

Una felicidad cálida y salvaje. Un éxtasis ilimitado y descontrolado. Una sobrecogedora liberación de las ataduras que antes la sujetaban. El placer de Laurel culminó brusca y enérgicamente, arrancándole gritos irrefrenables.

Jack también había perdido el control, y ahora se echó sobre ella y la penetró con un solo y enérgico empujón, llenándola y exigiéndole, provocando otro orgasmo explosivo que casi también a él lo llevó más allá del goce. La rodeó con los brazos y la aplastó contra su cuerpo, manteniéndose él mismo inmóvil, rechinando los dientes cuando los músculos de Laurel apretaron su miembro para lograr que Jack llegase a la misma dulce culminación.

Cuando los espasmos se calmaron, él comenzó a moverse lentamente, llevando a Laurel a otra culminación. La besó suave y tiernamente, compartiendo con ella el sabor prolongado de la dulzura de su propio cuerpo. Le apartó los cabellos de las sienes y sonrió en los ojos de la joven.

Laurel trató de devolver la sonrisa, y la respiración se le cortaba en la garganta con cada empujón profundo e intenso. Deslizó las manos sobre la espalda de Jack, sobre los músculos cálidos y fuertes, y se preguntó confusamente qué había sido de la camisa que él tenía puesta. Después, sus dedos tocaron las salientes tensas y redondas de las nalgas del hombre, y ahora ella dejó de preocuparse. Apretó el cuerpo de Jack y pellizcó, incitándolo a acelerar el ritmo hasta que él le elevó las caderas sobre la manta con cada acometida, hasta que ambos se sintieron casi frenéticos por la necesidad de una liberación a la cual cada uno llegó a poca distancia del otro.

Después dormitaron, agotados y satisfechos. Jack se acomodó de costado con una pierna cruzada sobre las de Laurel. Ella se volvió hacia Jack y apoyó la mano contra el pecho masculino; sentía demasiado calor para acariciarlo, pero necesitaba mantener el contacto con él. Y así permanecieron en silencio, en el calor, escuchando las cigarras y el canto de los pájaros, y el latido de sus corazones.

Un tardío estremecimiento de temor recorrió el cuerpo de Laurel. Temor por el control que había perdido de un modo tan absoluto. Temor por el placer increíble que él le había ofrecido. Un antiguo temor que arraigaba en una época de su vida en que el sexo era sólo una experiencia negativa. Ahora sabía a qué atenerse, pero los antiguos miedos nunca desaparecían del todo, sólo se ocultaban en rincones oscuros de la mente y esperaban la posibilidad de asomar la cabeza. Con un gesto intencionado desechó ese sentimiento y parpadeó para mirar a Jack.

Jack levantó una mano y tocó la mejilla de Laurel, y distraídamente le recogió un mechón de cabellos.

—¿A dónde irás, lite chatte? —murmuró, frunciendo el entrecejo.

—A ningún lugar importante —dijo ella, esquivando la mirada de Jack.

—¿Regresarás a Georgia?

—No.

—Pero en tu mente vuelves a ese lugar, ¿oui?



Ella pensó un momento en el asunto, meditando la sensatez de revelar algo acerca de ese período de su vida. Una parte de su persona deseaba preservar los secretos, ocultar el pasado, protegerse. Pero parecía irónico tratar de ocultar algo a un hombre que había compartido los lugares más íntimos de su cuerpo, que la había elevado a las vertiginosas alturas del placer y la había sostenido en sus brazos mientras flotando descendían al suelo. Ella le había abierto su cuerpo, y ahora le abría otra parte de su persona de un modo cauteloso y vacilante, sintiéndose más vulnerable que una virgen.

—A veces lo pienso —dijo al fin. Se sentó y comenzó a vestirse, pues no deseaba sentirse más desnuda que lo que era necesario.

Jack se puso los vaqueros y corrió el cierre, dejando abierto el botón.

—¿Puedes hablar de eso?

Ella se encogió de hombros, como si eso no fuera importante o difícil, aunque en realidad estaba lejos de ser ninguna de las dos cosas.

—Leíste la crónica del caso en los diarios.

—Leí parte de lo que los diarios quisieron publicar. Pero querida, tengo cierta experiencia de la vida. Sé que detrás de la noticia hay mucho más que lo que el diario está dispuesto a publicar.

Vestida, Laurel se sentó sobre la manta con los brazos rodeándole las rodillas y volvió los ojos hacia el bayou. Una flotilla de patos se desplazaba en formación cerrada, y esponjaba las alas y afirmaba las patas sobre el lodo. Cayeron al agua simultáneamente, y se desplazaron varios metros, y finalmente se alejaron graznando entre ellos.

—Todo comenzó con tres niños y un «club» que se reunía una vez por semana —empezó Laurel, preparándose para soportar lo que venía enseguida. Incluso ahora, varios meses después de que le hubieran retirado de las manos el caso, los detalles lograban deprimirla, las imágenes regresaban intensas y feas como siempre. Las manos se tensaron sobre los tobillos, hasta que los dedos palidecieron.

»Las acusaciones eran inverosímiles. Pornografía infantil. Abuso sexual. Se había obligado a los niños a jurar que guardarían el secreto. En presencia de los pequeños se había procedido al sacrificio de animalitos, los mataban y los despedazaban como demostración de lo que podía suceder si hablaban. Pero en definitiva tuvieron más miedo de lo que podía suceder si no hablaban.

»Vinieron a verme porque yo había visitado la escuela unas semanas antes. Hablé de la justicia, de hacer lo que correspondía y de luchar por la verdad —los labios se le curvaron en un gesto irónico—. Los pobrecitos me creyeron. Y yo creí en mí misma.

Aún podía verlos, con las caritas vueltas hacia ella en el gimnasio y los ojos redondos mientras asimilaban el sermón de Laurel acerca del orgullo y la nobleza de trabajar en pro de la justicia. Aún percibía ese sentimiento de orgullo y rectitud e ingenuidad. Aún creía que el derecho siempre se impondría si uno se esforzaba lo suficiente, si creía con bastante energía, si luchaba con un corazón limpio.

—Nadie deseaba que yo me ocupase del caso. Los adultos a quienes ellos acusaban eran personas por encima de todo reproche. Un docente, un dentista, un miembro del consejo de la iglesia metodista. Ciudadanos rectos y preclaros... sólo que todos eran pedófilos —dijo amargamente Laurel.

—¿Por qué creíste en la palabra de los niños?

¿Cómo explicarlo? ¿Cómo describir el sentimiento de empatía? Sabía lo que era guardar un secreto terrible, porque ella había tenido su propio secreto. Sabía el valor que se necesitaba para revelar un secreto, porque ella nunca había logrado demostrar ese coraje. El sentimiento de culpa se revolvió como un cuchillo en su interior, y Laurel cerró con fuerza los ojos para evitar el dolor. Ella nunca había demostrado la fuerza necesaria para enfrentarse al carácter imprevisible de su madre, o para arriesgar el amor que ella le profesaba.

Laurel, no se lo digas a mamá. No te creerá. Te odiará por decirlo. Sufrirá uno de sus ataques y la culpa será tuya.

Si ella no hubiera sido tan cobarde, si hubiera hecho lo que correspondía, si hubiese demostrado coraje...

Ante sus ojos apareció la imagen de Savannah, desgreñada y seductora, representando el papel de la prostituta con una trágica sensación de irremediable desesperación bajo la sensualidad.

Se puso de pie y se acercó al borde del agua deseosa de huir, no sólo de Jack y sus preguntas, sino de ella misma y su pasado. Él la siguió. Laurel adivinó que Jack estaba detrás, sintió su mirada sombría en la espalda.

—Laurel, ¿por qué les creíste?

—Porque me necesitaban. Necesitaban justicia. Era mi tarea.

La denegación de sus propios sentimientos originó una suerte de presión en su pecho, y la presión aumentó y aumentó, como un globo que se inflaba. Presionó sobre sus pulmones, le oprimió el corazón, le cerró la garganta, le afectó los globos oculares. Ella había luchado contra eso muchas veces. Se había irritado con el doctor Pritchard, porque él intentaba obligarla a hablar.

Yo no expiaba nada. Tenía que hacer un trabajo, y lo hice. Mi niñez nada tenía que ver con el asunto.



Él se limitaba a mirarla con esa expresión paciente que manifestaba tanto piedad como compasión. Y ella sentía deseos de apoderarse de uno de esos gruesos libros de psicología que estaban depositados sobre el escritorio para arrojárselo a la cara.

No vine aquí para hablar de historia antigua. Deseo que me ayude a resolver lo que está sucediendo ahora.

¿Pero no comprende, Laurel? Todo esto tiene que ver con el pasado. Usted no estaría donde está ahora si no fuese porque en cierto momento inició una experiencia, y después la continuó...

¡No intento expiar nada!

Ella intentó aspirar hondo, pero sus pulmones no pudieron aceptar el aire húmedo. La presión era tan intensa que Laurel se preguntó aturdida si ella simplemente estallaría.

Control. Ella necesitaba control.

Con un gesto brusco trató de desechar los restantes pensamientos y concentrarse en relatar simplemente los hechos de un modo que satisficiera a Jack y redujese al mínimo el compromiso emocional que ella soportaba.

—Trabajamos día y noche para reunir los materiales del caso. Había pruebas, pero nada de todo eso podía imputarse directamente a los acusados. Y siempre estaban reclamando la simpatía de la comunidad, y afirmando que eran víctimas de una caza de brujas, afirmaban que yo intentaba pisotearlos para de ese modo elevarme al cargo de fiscal general del estado. —Las manos de Laurel se convirtieron en puños apretados, pegados a los costados del cuerpo mientras ella intentaba expresar la furia que se acumulaba en su interior. Todo el cuerpo le temblaba con la intensidad del sentimiento.

—¡Dios mío, qué astutos, qué inteligentes, qué hipócritas!

Qué perversos.

¿Crees en el mal, verdad, Laurel?



Ella rechinó los dientes, para contener el grito.

...y el bien debe triunfar sobre el mal...

—En realidad, lo único que teníamos era el testimonio de los niños.

Laurel consiguió respirar, y sintió que los pulmones le estallaban.

—En general, no se cree que los niños sean testigos fidedignos.

Laurel, no te molestes en decirlo. Nadie te creerá.

—Parker, el fiscal del estado... —Ahora Laurel jadeaba, como si hubiese corrido demasiado lejos y demasiado rápido. Una fina pátina de transpiración le cubría la piel, que estaba pegajosa y fría—. Me quitó el caso... Era políticamente explosivo... Dijo que yo... que yo no podía manejarlo...

Jack se acercó más, y el corazón latía al unísono con el de Laurel, y latía por ella. Alcanzaba a percibir la tensión, que cargaba de electricidad el aire. Apoyó una mano sobre el hombro de Laurel, y ella se sobresaltó como si hubiera recibido una descarga.

—Hiciste todo lo posible —dijo Jack en voz baja.

—Perdí —murmuró Laurel, y sus palabras resonaron como un latigazo, y la angustia era casi palpable. Temblando violentamente, levantó los puños y los apretó con fuerza contra las sienes—. Eran culpables.

Chere, hiciste lo posible.

—¡No fue suficiente! —gritó Laurel.

Los patos partieron con un remolino de alas y salpicaduras de agua. Los airones y las garzas que habían estado vadeando los bajíos en busca de peces, desplegaron las alas y volaron sobre el bayou, chillando irritadas porque los gritos las molestaban. Laurel se apartó de los brazos de Jack y corrió por la orilla, tropezando y sollozando, intentando frenéticamente escapar, pero sin tener adónde ir. Cayó de rodillas sobre la tierra mezclada con arena, y se acurrucó convertida en una especie de acumulación de sufrimiento, mientras los sollozos le desgarraban el pecho.

Durante un momento Jack permaneció allí, asombrado ante la profundidad del sufrimiento de Laurel, asustado por el espectáculo. El instinto le advirtió que se apartase, como si hubiera sido un animal que siente los efectos del fuego. No deseaba acercarse demasiado, no quería arriesgarse a tocarla, pero un instante después de que ese pensamiento atravesara su mente, estaba arrodillándose al lado de Laurel y acariciándole la cabeza.

—Querida, no llores así —murmuró, y su voz era un susurro áspero—. Hiciste tu trabajo. Hiciste todo lo que podías. Uno gana ciertos casos y pierde otros. Así es el juego. Los dos lo sabemos.

—¡No es un juego! —replicó irritada Laurel rechazando la mano de Jack. A través de las lágrimas miró hostil a Jack—. Maldito seas, éste no es un juego para derrotar al sistema, es la justicia. ¿No comprendes? La justicia. No puedo encogerme de hombros y alejarme si el número que yo elegí no sale premiado. Esos niños contaban conmigo, esperaban que yo los salvase, ¡y fracasé!

Era una carga que representaba todo el peso del mundo, y ella se sentía aplastada por la presión.

Jack la abrazó tiernamente y la acunó. Le besó y acarició los cabellos, y trató de reconfortarla mientras el tiempo pasaba, silencioso y discreto.

La justicia, pensó cínicamente Jack. ¿Qué justicia existía en un mundo en que usaba y abusaba de los niños la misma gente que debía protegerlos y apoyarlos? ¿Qué justicia existía cuando una mujer tan noble y valerosa, tan sincera como la que tenía en sus brazos, padecía por los pecados ajenos? ¿Qué justicia permitía que un hombre como él fuese el único dispuesto a reconfortarla?

De acuerdo con la experiencia de Jack, la justicia no existía. Nunca había visto nada que demostrase su presencia. Como abogado, se le había enseñado a jugar el juego judicial como si se tratase de una complicada partida de ajedrez; él maniobraba y manipulaba, y utilizaba las tácticas y la astucia para beneficiar a su cliente. No se trataba de la justicia, sólo de la victoria a toda costa.

Pensó que si existía eso que llamaban justicia —y al pensarlo apretó con más fuerza a la mujer a la que abrazaba—, esa justicia tenía un sentido del humor realmente sádico.


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