Falsa alarma



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Capítulo 18


Tony Gerrard estaba sentado frente a la mesita, en la habitación utilizada para los interrogatorios, y parecía un hosco muchachote de dieciséis años a quien acababan de detener. Tenía muy largos los cabellos negros rizados, y el ancho mentón mostraba la sombra de la barba. Las mangas de su descolorida camisa de trabajo habían sido cortadas para enseñar los bíceps musculosos y adornados con los dibujos artísticos de un maestro del tatuaje. Sobre el brazo izquierdo tenía dibujado un caimán, que parecía recobrar vida cuando Tony extendía la mano en busca de un cenicero para depositar su cigarrillo. El caimán se extendía y retorcía, y después regresaba a su postura natural.

A decir verdad, Tony no había cambiado nada durante los diez años transcurridos desde que había abandonado el colegio secundario. En el aspecto físico había madurado temprano, y alcanzado su estatura total de un metro setenta con la correspondiente masa de músculos, apenas las hormonas comenzaron a activarse. Pero desde el punto de vista psicológico no había madurado en absoluto. Su carácter era todavía el de un adolescente inestable e imprevisible. Utilizaba su pene como una máquina perforadora, y su idea de un rato agradable incluía invariablemente los deportes, el humor más grosero y enormes cantidades de cerveza.

Había afrontado distintas dificultades desde la época del colegio secundario, pero a su propio juicio los problemas nunca habían sido muy graves, unos cuantos automóviles destruidos, a veces una pelea a puñetazos. Dos veces lo habían detenido por maltratar a Annie, pero nunca la había lastimado seriamente. El tribunal nunca había querido escucharlo, pero la verdad era que ella siempre daba tanto como recibía. Era una auténtica gata montesa.

Sonrió un poco al recordar cómo ella le arrojaba envases de cerveza y lo cubría de insultos. Pero la sonrisa se transformó en un nudo de dolor cuando pensó que Annie nunca más volvería a arrojarle nada a la cabeza.

Miró la sencilla alianza de oro que tenía en la mano izquierda, y no pudo apartar los ojos del anillo, no pudo dejar de moverlo hacia un lado y hacia el otro en el dedo.

—Tony, puede quitarse ese anillo y guardarlo —dijo el alguacil Kenner, apoyando un pie en el asiento de la otra silla puesta frente a la mesa. Apoyó los antebrazos en su propio muslo y miró de reojo a Tony, y se sintió agotado y nervioso. Había dormido dos horas desde el momento de descubrir el cadáver—. Ya no está casado.

Tony se limitó a resoplar y desvió la mirada.

—El divorcio habría sido más barato —dijo Kenner, observando al hombre con los ojos entrecerrados—. No necesitaba llegar a esto. Pero ahora, muchacho, pagará el precio. Enviarán su bonito trasero a la Penitenciaría de Angola y allí se quedará el resto de su miserable vida.

Tony parpadeó al sentir el escozor en los ojos, pero sin mirar a Kenner musitó:

—Yo no la maté.

—Seguro que lo hizo. Acababa de pasar seis semanas en nuestro hotelito municipal a causa de esa dama. Dispuso de seis semanas para acumular bastante presión. Salió de la cárcel, fue a vengarse, perdió los estribos...

—Yo no la maté.

—Dígame, Tony, ¿qué se siente cuando uno ajusta un pañuelo al cuello de una mujer y la asfixia? ¿Le miró la cara? ¿Vio cómo cambiaba de color, observó cómo se le salían los ojos de las órbitas en el momento en que supo que el hombre con quien se había casado quería matarla?

—¡Cállese!

—Tony, ¿le agradaron los sonidos que brotaron de la garganta de su mujer?

—¡Cállese!

—¿O le gustó más cuando ella le rogó que ya no usara más el cuchillo?

—¡Cállese! —estalló Tony y se puso de pie, enviando al suelo la silla. La cara se le contorsionó de rabia y escupió saliva al gritar—. ¡Mierda, cállese de una vez!

Kenner se abalanzó como un lobo, aferrándolo por el cuello y hundiendo las yemas de los dedos. Cuando Tony jadeó, porque el dolor le recorrió la columna vertebral, Kenner se inclinó más, invadiendo todo lo que podía el espacio personal del detenido.

—¡No, cállese usted, estúpido! —gritó en el oído de Gerrard—. Cállese y siéntese. —Soltó el cuello de Tony y enderezó la vieja silla de madera, justo a tiempo para recibir el cuerpo del muchacho.

Tony golpeó el asiento de la silla con tanta fuerza que tuvo la sensación de que una pelota de béisbol le había tocado los testículos. Otro enjambre de puntos rojos y azules bailoteó frente a sus ojos. Tragó con dificultad y apoyó los codos sobre la mesa deteriorada, e inclinó la cabeza y se frotó débilmente la nuca. Lo que quedaba de su cigarrillo humeaba en el cenicero, y el olor le provocaba náuseas.

Kenner se acercó a un viejo escritorio de metal verde que ocupaba un rincón de la habitación, y retiró de allí un sobre de papel. Se tomó su tiempo, convencido de la necesidad de debilitar las defensas del sospechoso. Tony Gerrard deseaba salir de ese cuarto. Que creyera que eso no sucedería muy pronto. Que pensara que el motivo era que los policías creían disponer de todo el tiempo del mundo para interrogarlo, porque estaban seguros de que él había cometido el asesinato.

—Tony, usted es un montón de mierda —murmuró Kenner, mientras hojeaba la carpeta—. Qué modo terrible de torturar a la víctima.

—Yo no lo hice —murmuró Tony tocándose el puente de la nariz. Deseaba llorar, y por eso odiaba a Kenner. Quería salir de esa habitación sofocante. Necesitaba dejar de pensar en Annie y en palabras como «tortura» y «asesinato».

—Bien, todos saben que usted la castigaba.

—Pero jamás habría... —Se interrumpió y tragó dificultosamente cuando de pronto recordó lo que había escuchado en el pueblo. Todos hablaban de lo que esos paseantes habían descubierto—. Yo jamás habría hecho eso. Nunca.

—¿Se refiere a esto? —Kenner sacó las fotografías de la escena del crimen, y las depositó sobre la mesa.

Durante un segundo prolongado y terrible Tony contempló fijamente el cadáver de su esposa, y su cerebro catalogó las tremendas atrocidades, el pañuelo ajustado al cuello, los cortes que el cuchillo había practicado en los dedos, y en el vientre y los muslos. En ese segundo las imágenes quedaron grabadas para siempre en su memoria. La piel, de una palidez antinatural, manchada de cardenales, se abría en algunos lugares y estaba desgarrada en otros. Y los ojos. Esos hermosos ojos castaños, congelados en una mirada de puro horror.

—Probablemente tiene peor aspecto que cuando usted arrojó el cuerpo —dijo fríamente Kenner—. Estuvo un par de días en el bayou. Por suerte quedó algo, a pesar de los peces y los caimanes y...

Tony apartó las fotos de la mesa con un grito de angustia, y después se volvió y vomitó sobre el suelo, y le dolieron las entrañas al ver rápidamente las imágenes.

—¡Annie! ¡Dios mío, Annie! —gritó, y los sollozos le desgarraron el corazón. Se incorporó a medias, agobiado por el dolor terrible de la pérdida, y se apartó de la mesa para arrodillarse en el rincón.

Kenner frunció el entrecejo y suspiró. Recogió las instantáneas evitando mirarlas, y las devolvió a la carpeta. El aroma cálido y ácido del contenido del estómago de Tony le quemó la nariz, pero eso no fue lo que le dejó un gusto desagradable en la boca.

Había deseado que Gerrard fuese culpable, sinceramente creía que podía haber cometido el delito. Una confesión habría justificado los malos tratos a los cuales ya había sometido a Tony Gerrard. Era mucho más satisfactorio atormentar a un culpable que a un marido dolorido.

—Puede irse —dijo con voz grave, y a su vez salió de la habitación.

Se abrió la puerta contigua que daba al corredor, y apareció Danjermond, sereno y controlado, de ningún modo afectado por lo que había visto a través del vidrio transparente.

—Dios mío, usted es un canalla cruel —dijo con voz suave.

Kenner vio que el fiscal se acomodaba la manga de la camisa y ajustaba los gemelos de ónix.

—No —dijo—. Quien mató a Annie Delahoussaye-Gerrard es un canalla cruel. Mí único interés es atraparlo.

Danjermond lo miró bajo el entrecejo fruncido.

—¿No cree que Gerrard sea culpable?

Kenner sacudió la cabeza, sacó un cigarrillo del bolsillo de la camisa y se lo llevó a los labios.

—Ya lo ha visto usted.

—Podría ser una actuación teatral. O quizá lo que presenciamos fue el remordimiento más abyecto.

—Si está actuando, se merece el maldito Premio de la Academia. —Encendió un fósforo y lo acercó a su cigarrillo, protegiéndolo con la mano como si estuviese afrontando un intenso viento. Para expulsar el sabor y el olor agrios que se prolongaban en sus sentidos, respiró hondo el humo y lo exhaló por las fosas nasales—. Llamé al alguacil del distrito St. Martin, donde encontraron a la última muchacha muerta.

Arrojó el fósforo al suelo y lo aplastó con la punta de la bota.

—Atraparé a ese hijo de puta —juró—. Nadie hace eso en mi distrito y se sale con la suya.

Las comisuras de los labios de Danjermond se curvaron en una sonrisa sardónica, sin alegría.

—Aprecio su actitud. Los asesinos que andan sueltos por ahí tampoco benefician mi carrera.

Kenner le dirigió una mirada dura, y los ojos eran estrechas ranuras en la cara delgada y curtida.

—A la mierda con su carrera, Danjermond. Tengo esposa y dos hijas. Si este maniático viene a olfatear mi territorio, lo destrozaré.

Se volvió y caminó hacía su oficina. Danjermond se puso a la par de Kenner, y su paso era ágil y elegante al lado del balanceo de vaquero del alguacil.

—Kenner, nuestros ciudadanos pueden sentirse agradecidos porque usted tiene la sensibilidad de un toro de lidia.

—Sí, y soy tan tosco que puedo aceptar eso como un cumplido.

Miró a través de la ventana el interior de su oficina y se detuvo frente a la puerta, y la jaqueca en un instante le lastimó las sienes cuando alcanzó a ver el perfil de Laurel Chandler a través de las persianas.

—Mierda. Justo lo que necesito. Probablemente ha venido aquí para decirme que el culpable es Jimmy Lee Baldwin.

Danjermond miró a través de las persianas, y observó los rasgos femeninos de la cara de Laurel Chandler y el gesto decidido del mentón. Estaba sentada en la silla puesta junto al escritorio de Kenner, con las piernas cruzadas, y mientras él observaba la joven se inclinó para rascarse un punto de la pantorrilla protegida por la media.

—Tiene reputación de ser... obstinada.

Kenner rezongó y aplastó el cigarrillo en la tierra de un naranjo puesto en una maceta junto al escritorio de su secretaria.

—Tiene reputación de traer problemas, y yo no deseo soportar más de los que ya tengo.

Laurel salió de su entrevista con Kenner sintiendo que había soportado tres asaltos de un combate con un boxeador mañoso y sucio. Por qué ese hombre había ganado una elección era algo que superaba la capacidad de comprensión de la joven. Ciertamente no había apelado al recurso de seducir a los votantes. Era más probable que temiesen no votar por él. En primer lugar, él la había criticado por haber invadido su oficina. Después llegó el tema de «Tengo mejores cosas que hacer». Se calmó solo marginalmente cuando ella se explicó, y aclaró que los Delahoussayes no comprendían el procedimiento, y sólo deseaban que alguien los representara.

De mala gana proporcionó a Laurel los mínimos detalles posibles relacionados con la investigación. A causa del carácter prioritario del caso, ya estaban realizando la autopsia. No sabía cuándo entregarían el cuerpo. No quiso revelar si disponían de pruebas físicas concretas. No se habían practicado arrestos.

—Usted interrogó a Tony Gerrard.

Él la miró con los ojos entrecerrados. Laurel ni siquiera alcanzó a ver las pupilas. Un músculo se contrajo en la mejilla de Kenner.

—Alguacil, todos lo saben. Éste es un pueblo pequeño.

Él encendió un cigarrillo y se tomó su tiempo retirando el fósforo de la caja, y aspirando la primera bocanada de humo.

—Lo trajimos aquí. Charlamos un rato.

—Imagino que usted sabe que su esposa había mantenido relaciones con otros hombres.

—¿Quiere decirme que todos estuvieron en esto? ¿Que fue una maldita conspiración? Usted tiende a usar esa clase de argumento.

—No estoy diciéndole nada.

Él la había clasificado como un caso mental, y todo lo que ella decía Kenner lo convertía en el parloteo absurdo de una mujer histérica. No le habría creído aunque ella le hubiese dicho que la tierra era redonda. Por supuesto, en su condición de hombre primitivo probablemente alimentaba dudas al respecto. Una perversa insinuación acerca de la clase de animal que se refugiaba en la familia de Kenner se formó en la cabeza de Laurel, y ella sonrió fugazmente ante la imagen mental de los orangutanes de ojos entrecerrados y con cigarrillos sostenidos por un par de labios inexistentes.

—He visto condenar a gente sobre la base de una sonrisa como ésa.

Danjermond salió de la habitación que tenía el surtidor de agua, y pareció que emergía de la nada. El corazón de Laurel pegó un brinco, pero ella consiguió evitar que se manifestase su temor. Elevó los ojos hacia el fiscal de distrito, y pensó que el regocijo que se manifestaba en esos ojos verdes era irritante e inadecuado, exactamente lo que seguramente había parecido su propia sonrisa.

—Por lo menos, me multarían —dijo Laurel con una expresión renuente—. Difamación psíquica del carácter.

Él se tocó la cabeza.

—No está en los códigos del estado de Luisiana.

—Entonces, conservaré mi libertad mientras Kenner no sepa adivinar el pensamiento.

—Creo que sus cualidades corresponden a otros sectores.

Laurel cruzó los brazos, y permitió que una parte de su cólera se manifestase en la respuesta.

—Sí, estoy segura de que es un mago con la cachiporra de goma y las armas, pero ése no es mi concepto de un episodio agradable.

—¿No? —sonrió Danjermond, y entonces el sonido se apagó y un denso silencio se interpuso entre ellos como un manto húmedo. La mirada de Danjermond cobró un carácter reflexivo, y se clavó en la cara de Laurel, buscando y esperando.

—¿Qué sucede, Laurel? —preguntó con voz suave.

Algo en la pregunta del fiscal determinó que a Laurel la lengua se le pegara al techo del paladar. Tuvo la sensación, mientras contemplaba esa cara serena, extrañamente apuesta, de que él estaba repasando en su cabeza una serie de cuadros posibles. Calientes, oscuros, eróticos. Alrededor de ellos, la atmósfera de pronto pareció cargada por la potente sexualidad de ese hombre. Laurel sintió que esa atmosfera la envolvía, y también sintió que penetraba la falda y la blusa que tenía puestas, y que se insinuaba bajo la seda. Un delicado estremecimiento de excitación le recorrió el cuerpo, seguido de cerca por algo parecido a la repugnancia. No estaba muy segura de entender ninguna de las dos reacciones.

—Podemos conversar el asunto mientras almorzamos —dijo Danjermond con voz serena, y su mirada se demoró en la boca de Laurel, como si estuviera imaginándola mientras ella mordía una fresa roja muy madura. Con los dedos de una mano acarició la elegante corbata de seda que llevaba puesta, y era la caricia de un amante. La voz de Danjermond se suavizó hasta alcanzar la textura del terciopelo—. O después.

—Señor Danjermond, me parece una sugerencia muy inapropiada —dijo fríamente Laurel, deseando fervorosamente que otra persona entrase en el vestíbulo y quebrase la tensión sexual, o por lo menos la presenciara. Y al mismo tiempo tuvo la extraña sensación de que otros no podrían ver lo que ella sentía, ni percibirlo. Las señales que él emitía eran sólo para ella.

Danjermond deslizó las manos en los bolsillos de sus pantalones marrones, y sonrió con esa sonrisa de felino omnisciente que inducía a Laurel a sentir que él era una forma de vida superior que había adoptado el disfraz de un simple mortal sólo por divertirse.

—No creo que yo haya quebrantado ninguna regla cuando la invité a almorzar.

De nuevo él había maniobrado limpiamente, encerrándola en un rincón. Cuando comprendió eso, se sintió irritada. Si ella deseaba argumentar contra esa afirmación, tendría que ser la que trajese a colación el tema de la tensión sexual y las propuestas implícitas.

O quizás ella sólo estaba imaginando todo el asunto. Tal vez sentía tanto rechazo ante la idea de que Vivian viera en Danjermond a un posible yerno que interpretaba en ese sentido todo lo que él decía. De cualquier modo, no deseaba enfrentarse a él; no disponía de la energía necesaria.

—Gracias por la invitación —dijo con voz suave—. Pero me temo que ya tengo otros planes.

Danjermond enarcó un entrecejo. Su mirada pareció intensificarse. Y sus ojos verdes relucieron como piedras preciosas iluminadas por el sol.

—¿Otro hombre?

—Mi tía. Aunque el asunto no le concierne.

Él le mostró una ancha sonrisa perfectamente equilibrada, simétrica, luminosa y clara, con la elegancia que ella imaginaba que había sido la característica de todos los Danjermond desde los tiempos del Renacimiento.

—Me agradaría saber si hay competencia.

—Ya se lo dije antes —replicó Laurel con un gesto impaciente—. En este momento no deseo implicarme con nadie.

La palabra «mentirosa» resonó en su cabeza, y ella tuvo la sensación clara de que Stephen Danjermond también la escuchaba. Pero él tendría que sacar sus propias conclusiones. Laurel no estaba dispuesta a mencionar el tema de Jack Boudreaux. Y ese día sinceramente deseaba no haberlo escuchado jamás.

—A veces nos suceden cosas que en realidad no preveíamos, ¿verdad, Laurel? —dijo Danjermond.

A él no le agradaba el rechazo. Laurel alcanzó a percibir un levísimo filo en la voz suave y cultivada, y detrás de la sonrisa afable, los ojos del fiscal tenían una frialdad que sugería la existencia de un carácter irritable. Lástima. Ella no tenía ninguna intención de comprometerse con él ni emocionalmente ni de cualquier otro modo.

—Annie Delahoussaye ciertamente recibió algo que no esperaba —dijo Laurel, pasando sin vacilar al tema profesional. Dios santo, era abrumador que el asesinato pareciera un tema más seguro que las relaciones personales.

—Laurel, ¿usted está aquí en representación de la familia? Para tratarse de una persona que afirma que no está interesada en regresar al trabajo, ciertamente dedica mucho tiempo a visitar el edificio del tribunal. —Pareció casi divertido o complacido, y Laurel supuso que ese hombre esperaba en actitud altanera que ella volviese arrastrándose a solicitarle el empleo que le había ofrecido antes.

—Los padres de la víctima me pidieron que fuese el enlace con el departamento del alguacil —dijo—. Por supuesto, se sienten abrumados, y Kenner no se muestra muy franco, sin hablar del hecho de que la simpatía es un concepto completamente ajeno a su persona.

Danjermond asintió con aire reflexivo.

—Es un hombre duro. Él le diría que en su trabajo no hay lugar para la simpatía.

—Sí, bien, pues se equivocaría.

—¿Eso cree? —preguntó Danjermond, con una expresión de duda en el rostro—. A veces, la simpatía puede equipararse a la debilidad y la vulnerabilidad. Puede llevar a una persona a situaciones en que la perspectiva se deforma y el sentimiento ocupa el lugar de la lógica. En la facultad de Derecho nos enseñan que no debemos permitir un compromiso emocional, ¿no es así, Laurel? Como usted bien sabe, los resultados pueden ser desastrosos.

Como ella había descubierto por propia experiencia en el condado de Scott.

Si él hubiera usado un bisturí, no habría podido diseccionarla con más limpieza. Y lo había hecho con enorme sutileza, al parecer sin esfuerzo. Y tampoco en este terreno Laurel podía decir algo sin incriminarse ella misma. Tuvo la clara sensación de que él estaba castigándola por haber rechazado su invitación; pero difícilmente hubiera podido acusarlo. Lo mejor que ella podía hacer era reconocer la derrota frente a un antagonista para quien ella no era rival y salir cuanto antes de allí. Ella dirigió a su reloj una ojeada, en una actitud bastante grosera, y dijo sin rodeos:

—Oh, es muy tarde. Tengo que irme.

Danjermond la saludó con una burlona reverencia.

—Hasta que volvamos a vernos, Laurel.

Laurel salió del edificio del tribunal sintiéndose maltratada. El encuentro con Kenner había sido desagradable, pero no podía hablar con Stephen Danjermond sin sentir que había entrado en la jaula del tigre. Él era un hombre apuesto y carismático, pero tenía una fuerza, un ego, un carácter que provocaba la inquietud de Laurel. Esta vez, él había extendido el brazo y la había golpeado con su garra elegante, y ella sentía que las uñas la habían lastimado con cortes tan afilados y seguros como los que podía producir una navaja. Agradeció a Dios el hecho de que nunca se vería obligada a enfrentarse a él en la sala del tribunal.

El Acura se encontraba estacionado a la sombra de un roble, sobre el límite del estacionamiento reservado para el tribunal. Laurel se instaló detrás del volante, y la tensión que la había perseguido toda la mañana finalmente se alivió, y ahora ella sintió que era una especie de charco de jalea derretida. Miró hacia la calle un momento, y contempló a los ancianos de piel curtida por los años y el tiempo que estaban sentados en el banco frente a la ferretería.

Se reunían allí todas las mañanas con sus sombreros de verano y las camisas de manga corta y los tirantes sosteniendo los pantalones oscuros abolsados. Laurel sabía que las caras habían cambiado en el curso de los años, pero podía recordar a los viejos que se sentaban allí cuando ella era una niña pequeña. Ocupaban sus lugares en el banco para contemplar el movimiento de la jornada, intercambiar noticias y chismorrear. Hoy se les veía sombríos, serios, atentos a todos los automóviles que pasaban, vigilantes frente a los extraños. Una mujer salió de la tienda, sosteniendo de la mano a una hija a la cual probablemente la víspera consideraba demasiado mayor para dispensarle ese trato.

Ahora, el caso de Annie Delahoussaye estaba en muchas mentes.

¿Estaba en la de Jack?

—Mierda —murmuró Laurel, y sus pestañas descendieron y una sensación de fatiga se instaló en todos sus músculos y sobre todo en el corazón. La imagen de Jack llegó a su mente sin que ella lo autorizara... la expresión pensativa y angustiada en los ojos, el rostro duro. Ella había visto esa expresión toda la noche, y oído su voz dura y borrosa: Tengo sobre mi conciencia un número suficiente de cadáveres...

Quizá se había referido a su trabajo, pero de todos modos Jack había representado el papel del mercenario cínico cada vez que ella traía a colación el tema. Escribía obras de horror por el dinero. Afirmaba que no tenía dificultades para distinguir los hechos de la ficción. Los pensamientos de Laurel de pronto se centraron en que él mencionaba muy poco su vida como abogado de la Tristar Chemical. La cual ciertamente no era una ocupación violenta. De todos modos, siempre que ella tendía a olvidar el asunto, algo la obligaba a reconsiderar el tema. Según la versión del propio Jack, había cometido graves errores y arrastrado en su caída a la empresa. ¿Por qué?

La intuición le dijo que podría encontrar algunas de las respuestas que estaba buscando precisamente en Houston, donde la Tristar tenía su central. Allí Laurel tenía conocidos, y podía realizar una llamada telefónica... El sentido práctico le dijo que se abstuviera. Se encontraría mucho mejor si dejaba en paz a Jack y sus estados de ánimo. Sin duda, él tenía problemas que debían ser muy complejos, o en los cuales él podía sumergirse, una actitud que parecía ser su preferida. La unión de los dos sería una experiencia desastrosa. Pues ambos acabarían heridos, cada uno buscando en el otro una fuerza que sencillamente no existía. De todos modos, él no la deseaba. Por lo menos, en un sentido permanente. Se habían entretenido un rato, habían «pasado un momento agradable», como decían los cajun. Y eso era todo lo que Jack deseaba.

Laurel accionó la llave del encendido, y el motor del automóvil y el aire acondicionado comenzaron a funcionar. ¿Cuántas veces había dicho ella que no buscaba una relación? No estaba en condiciones emocionales de mantener un vínculo de esa clase. Que ella hubiera aceptado a Jack como amante era un asunto completamente distinto, un modo de realizar una experiencia vital, de unirse a un hombre para su propio placer. Se dijo que no deseaba otra cosa de él, y al pensar así hizo todo lo posible por olvidar las reacciones que Jack provocaba en ella al abrazarla.

El almuerzo consistió en tomates rellenos y ensalada fresca, para la cual nadie parecía tener apetito. Estaban sentados frente a la mesa recubierta por una lámina de vidrio en la galería del fondo, contemplando el terreno donde las antiguas plantas florecían ahora que se habían eliminado las malezas dañinas, y las flores nuevas crecían cada vez más saludables y coloridas.

Laurel consideró que, consciente o inconscientemente, Caroline había decidido comer allí porque de ese modo todos estaban rodeados por afirmaciones positivas de la vida y la belleza, en momentos en que todo el pueblo no hablaba de otra cosa que no fuese la muerte y la fealdad. Podían sentarse y sentir que la brisa soplaba bajo los árboles y a lo largo de la galería, trayendo consigo el denso perfume de los olivares y la gardenia. También podían escuchar las canciones de las currucas, y observar la abundancia de vida del jardín y compensar de ese modo los pensamientos referidos a la muerte.

—Por mi parte, no sé adonde va a parar este mundo —rezongó Mamá Pearl, meneando la cabeza. Sacó de su tomate un buen pedazo de pollo con un golpe feroz del tenedor, pero no se lo llevó a la boca. Dejó a un lado el tenedor, suspiró y se pasó la mano regordeta sobre los labios, como conteniendo las palabras que un momento antes estaba dispuesta a pronunciar. Cuando los ojos se le llenaron de lágrimas, miró hacia un rincón del terreno y contempló la vieja fuente de piedra, con sus querubines de caras sucias jugando alrededor de la base.

Caroline jugó con su ensalada, moviendo una aceituna negra de un lado para el otro con los dientes de su tenedor. Su acostumbrada actitud imperiosa parecía amortiguada, contenida por el peso de los acontecimientos; pero ella todavía era la jefa de Belle Riviere, el fundamento de la casa, y se ponía a la altura de la ocasión del mejor modo posible. Respiró hondo para reanimarse, y cuadró los hombros bien formados bajo la blusa de suave tejido blanco.

—El mundo ha sido un lugar violento desde los tiempos de Caín —dijo en voz baja—. Hoy no es peor. Parece que lo es porque la violencia ha golpeado tan cerca de nuestro hogar.

Mamá Pearl dirigió a Caroline una dura mirada de desaprobación y apartó su cuerpo de la mesa, después de retirar su silla.

—Dígaselo a T-Grace Delahoussaye. Tengo que ir a ver cómo está mi pastel.

Gruñendo por lo bajo entró en la casa, y el vestido de algodón estampado rojo se le movía con cada paso. Caroline la vio alejarse, y se sintió impotente para hacer algo que aliviase el dolor, la preocupación y la cólera que molestaba e irritaba a todos, y conseguía que los temores estuviesen casi a flor de piel. Se volvió para mirar a Laurel, que estaba picoteando su ensalada de pollo.

—¿Cómo te sientes, querida?

—Muy bien. —La respuesta fue automática. Caroline la ignoró y esperó paciente algo que se aproximase más a la verdad.

Resignándose a lo inevitable, Laurel dejó a un lado su tenedor y apoyó los antebrazos sobre el cristal frío de la mesa.

—Me siento más fuerte que antes —dijo, un tanto sorprendida por su propio reconocimiento—. Pero con todas las cosas que han sucedido... todas las cosas a las cuales me veo arrastrada... una parte de mi ser desearía mucho huir hacia un lugar donde no conociera a nadie.

Con un gesto de amor que implicaba la oferta de apoyarla, Caroline extendió la mano sobre la mesa y unió sus dedos a los de su sobrina.

—Pero no harás tal cosa.

Alejarse ahora, cuando ya había dado su palabra a los Delahoussaye y había un estado de tensión entre ella misma y Savannah, era adoptar una actitud cobarde. No podría irse y vivir consigo misma.

—No, no me iré.

Caroline le apretó la mano, con el corazón desbordante de amor y simpatía.

—Tu padre se habría sentido muy orgulloso de ti —dijo con la voz ronca a causa de las súbitas lágrimas—. Yo me siento orgullosa de ti.

Laurel no pudo recordar una sola cosa que justificara cierta dosis de orgullo, pero no lo dijo. Durante un minuto no dijo nada, temerosa de echarse a llorar. Durante un momento prolongado miró un racimo especialmente hermoso de clemátides púrpuras que crecían alrededor de uno de los pilares de la galería, y continuó aferrando la mano de su tía, saboreando el contacto y la fuerza que le transmitía una persona que la amaba incondicionalmente.

Sospechó que ese día muchísima gente de Bayou Breaux prestaba especial atención a la familia, pues ahora sabía que los seres amados podían morir sin haber revelado muchos sentimientos, sin haber realizado muchos sueños. Hoy, la vida debía parecer más preciosa, más urgente, algo que había que preservar y saborear.

Consiguió volver a controlar sus sentimientos, y suavemente separó sus dedos de los de Caroline, y buscó el montón de correspondencia que había recogido en la oficina de correos, de camino al tribunal.

—Hoy han llegado para ti algunas cartas que parecen interesantes —dijo mientras revisaba la correspondencia. Separó varios sobres de buena calidad, cada uno con un matasellos distinto, Biloxi, Nueva Orleans, Natchez, todos escritos con una elegante caligrafía femenina, y uno oliendo suavemente a jazmín.

Caroline aceptó las cartas, y una suave sonrisa curvó sus labios mientras se ponía las gafas para leer sobre la nariz fina y respingona y examinaba las direcciones.

—Qué agradable tener noticias de los amigos en un día tan terrible.

—¿Antiguas amigas de la escuela? —preguntó Laurel con expresión cautelosa mientras observaba atentamente a su tía, que utilizaba un cuchillo de mesa para abrir la misiva rosada—. ¿O relaciones comerciales?

—Hum... sólo amigas.

Laurel criticó su propia conducta y la curiosidad que manifestaba. La intimidad de Caroline sólo a ella le concernía. Por supuesto, Savannah le hubiese preguntado sin rodeos.

—No puedo creer que Savannah duerma hasta tan tarde —murmuró, mientras se preguntaba si no había llegado el momento más propicio para comenzar a reparar los desgarros producidos en la relación entre ambas. Las discusiones parecían mezquinas e inútiles en presencia de la muerte, y la vida parecía tan finita... Podían aprovechar el resto del día y viajar en automóvil a Cypremort Point para pescar cangrejos marinos y ver el golfo al anochecer. Se sentarían juntas para recibir en la cara la caricia de la brisa salada, y conversar y observar cómo el viento empujaba la hierba mientras las gaviotas se desplazaban en el cielo.

—¿Crees que puedo atreverme a despertarla, con el pretexto de entregarle su factura de Visa?

—¿Hum? Oh... —Caroline apartó los ojos de su carta—. Querida, Savannah no está aquí.

—¿Adónde ha ido? —preguntó Laurel, irritada porque el día perfecto que ella había imaginado tendría que sufrir una postergación—. Más exactamente, ¿cómo salió? Yo he usado el automóvil toda la mañana.

—No estoy muy segura. Quizá un amigo la llevó. No puedo aclarártelo, porque yo estaba en la tienda. ¿Tenían algún plan?

—No. Solamente habíamos hablado de la posibilidad de pasar un rato juntas. Ayer ella deseaba hacer algo, y entonces apareció Jack.

—Sé que ayer se fue enojada —dijo Caroline, al mismo tiempo que doblaba una hoja de papel de carta rosado—. Entiendo que no aprueba que veas al señor Boudreaux.

—No creo que Jack sea el problema de Savannah. —La preocupación se manifestó en la expresión de la cara de Laurel y en su entrecejo fruncido.

Se debatió un momento con los pensamientos que habían estado turbándola desde el estallido de Savannah, y finalmente llegó a la conclusión de que era mejor decir lo que sabía.

—Savannah me preocupa. Parece tan... cambiante. Se la ve animada un momento, y deprimida al siguiente. El domingo riñó con Annie Gerrard. ¡A golpes! Tía Caroline, temo por ella. —También pensó: y por mí misma. Hasta cierto punto. La niña que había en ella siempre había dependido de Savannah, y esa niña se sentía perdida ante la perspectiva de que Savannah ya no merecía su confianza.

Caroline apartó las cartas y se quitó las gafas, con una expresión severa en el rostro.

—Durante un tiempo estuvo viendo a un psiquiatra de Lafayette. Creo que ese hombre hubiera podido ayudarla, pero ella lo abandonó.

Por supuesto. Del mismo modo que nunca conservaba un empleo o nada de lo que pudiera significar una ayuda o un sentido de propósito sin relación con el sexo. Las manos de Laurel golpearon la superficie de la mesa, y sintió deseos de tener algo en lo cual descargar parte de la cólera impotente que se acumulaba en su interior.

—Está decidida a permitir que el pasado gobierne su vida, determine quién es ella, lo que es. El otro día tuvimos una disputa horrible. Perdí los estribos, pero me irrita ver que arruina su vida por algo que terminó hace quince años.

Durante un momento Caroline no dijo nada. Permaneció sentada en silencio, jugando con uno de los gruesos aros de oro que colgaban de sus orejas, y dejó que la afirmación de Laurel flotase en el aire, no para su propio beneficio, sino para el de su sobrina.

—Dime —preguntó al fin—, ¿en tus sueños todavía ves a esos niños del condado de Scott?

El brusco cambio de tema conmovió un segundo a Laurel. La pregunta evocó el recuerdo de las caras, y Laurel tuvo que realizar un esfuerzo para devolverlas al pequeño recinto donde intentaba mantenerlas encerradas durante el día.

—Sí —murmuró.

—Pero eso ya está muerto y enterrado —dijo Caroline—. ¿Por qué insistes en ello?

—Porque yo les fallé —dijo Laurel, tensa a causa del sentimiento de culpa—. Fue mi culpa. Merezco que el recuerdo me persiga...

—No —la interrumpió bruscamente Caroline, y los ojos oscuros se iluminaron por la fuerza de sus sentimientos—. No —repitió, suavizando el tono—. Hiciste todo lo posible. El desenlace no estaba en tus manos. No podías controlar al fiscal general y modificar la falta de pruebas o lo que hacían otros miembros de la comunidad, y sin embargo te culpas y permites que esa parte de tu pasado te torture.

Laurel no intentó discutir acerca de su propia culpabilidad. Sabía cuál era la verdad. De todos modos, lo que su tía intentaba demostrar tenía poco que ver con ella.

—¿Estás diciendo que Savannah se atribuye la culpa del abuso? —preguntó, incrédula ante la idea—. Pero lo que sucedió fue culpa de Ross. Él la forzó. Savannah no puede creer que tuvo la culpa.

Caroline se pasó suavemente la yema del dedo sobre el pómulo y enarcó delicadamente una ceja.

—¿Crees que no? Savannah es una criatura hermosa, sensual y sexual. Siempre lo fue. Incluso en su niñez ejercía cierto poder sobre los hombres, y lo sabía. ¿Crees que ella misma no se culpa porque atrajo a Ross, o que Ross no aprovechó todas las oportunidades de echar la culpa a Savannah? Él es y siempre ha sido un hombre débil, que se atribuye méritos que no le corresponden y rechaza la crítica como el lomo de un pato repele el agua.

Una nueva oleada de odio a Ross Leighton surgió en Laurel, y la joven reconoció que gran parte de su cólera respondía al hecho de que nunca se había obligado a Ross a pagar su culpa. Jamás se había hecho justicia. Parte de la responsabilidad correspondía a la propia Laurel, como ella bien sabía, y el sentimiento de culpa que eso provocaba era terrible.

¡Si por lo menos ella hubiese tenido el valor de hablar a su madre o a la tía Caroline! Pero no había sido así. Vivian continuaba ignorando las atrocidades de su esposo. Caroline había descubierto la verdad varios años después del hecho. No se había hecho justicia a Savannah. Y por eso Laurel había pasado la vida entera buscando justicia para otros.

¡No intento expiar nada!

Dios mío, qué mentira. Que hipócrita era.

Caroline se levantó de su silla con un gesto elegante, y guardó las cartas en un amplio bolsillo de la falda amarilla que caía desde la minúscula cintura y le cubría las pantorrillas. Rodeó la mesa y apoyó los brazos sobre los hombros de Laurel, abrazándola con fuerza desde atrás.

—Laurel, el pasado siempre nos acompaña —dijo con voz dulce—. Es una parte de nosotros que no podemos ignorar o abandonar. Y no siempre es fácil dejarlo atrás, que es el lugar que le corresponde. Más vale que lo recuerdes bien, y que se lo recuerdes a tu hermana.

Depositó un beso sobre la sien de Laurel y entró, dejándola sola en la galería, escuchando el canto de los pájaros y reflexionando.

Cuando sus pensamientos se persiguieron unos a otros en su cerebro con la intensidad suficiente como para provocarle jaqueca, Laurel volvió a mirar la correspondencia y repasó la serie de facturas y de peticiones de diferentes congregaciones. Al final del montón había un sobre blanco que no tenía dirección, remitente o nada por el estilo.

Desconcertada, abrió el sobre y sacó no una carta, sino un barato collar de oro del cual colgaba una pequeña mariposa dorada. Alzó la cadena y miró cómo la mariposa giraba y se balanceaba, y la recorrió un extraño estremecimiento, como un viento helado que llegaba de otra dimensión para acariciarle la piel.

Los engranajes de su mente giraron automáticamente, buscando la explicación más lógica al collar. Pertenecía a Savannah aunque los gusto de su hermana eran mucho más caros. Lo había olvidado en el asiento del automóvil. Pero, ¿por qué llegaba en un sobre?

Ninguna respuesta satisfacía todos los interrogantes, y ninguna explicaba el nudo de nervios que se agarrotaban en la base de su cuello.

En su oficina del edificio del tribunal, Duwayne Kenner estaba inclinado sobre el escritorio, y sentía que las sienes le martilleaban y que su estómago era un foco de acidez. Se inclinó sobre las copias enviadas por fax y referidas a los crímenes cometidos en los cuatro distritos restantes. Sus ojos se posaron sobre las fotografías que el alguacil de St. Martin había traído, y que mostraban a Jennifer Verret, a quien habían encontrado muerta la mañana del sábado, estrangulada con un pañuelo de seda y mutilada. Del lado opuesto del escritorio, Danjermond tenía una actitud pensativa e imprimía un movimiento giratorio al anillo de sello de su dedo.

—Para mí no hay dudas —rezongó Kenner con la voz enronquecida por dos cajetillas de Camel—. Estamos tratando con el mismo asesino.

—¿Todo concuerda?

—Hasta aquí. Tendremos más detalles cuando lleguen los informes del laboratorio de Annie Gerrard, pero aquí está todo: el pañuelo de seda, el mismo tipo de heridas infligidas con el cuchillo. Lo que es más importante, hay detalles que no aparecieron en el periódico, y que eliminan la posibilidad de que alguien copie el método.

—¿Por ejemplo?

—Por ejemplo, las marcas en las muñecas y los tobillos, y el hecho de que a cada mujer les arrebataron del cuerpo algunas joyas. A ese maldito canalla le agrada llevárselas como recuerdo —masculló, y los ojos se le convirtieron en ranuras cuando pensó en el salvajismo que un ser humano podía manifestar frente a otro—. Bien, por Dios, lo atraparé. Juro que lo atraparé.


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