Falsa alarma



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Capítulo 19


Uno de los rasgos más irritantes de Vivian estaba representado por sus intentos esporádicos de espontaneidad. Laurel recordaba las ocasiones, durante su niñez, en las que su madre se apartaba de la rutina cotidiana de los clubes y las responsabilidades cívicas y la vida como dueña y señora de Beauvoir y se dedicaba frenéticamente a hacer algo espontáneo, algo que le parecía terriblemente inteligente o divertido, pero que en definitiva rara vez era nada de eso. En sus incursiones siempre había cierto toque de desesperación y un conjunto de expectativas que jamás se realizaban. Nada parecido a los gestos espontáneos del padre de Laurel, que siempre eran maravillosos en un sentido o en otro, nunca se ajustaban a un plan, nunca revelaban la existencia de un conjunto de criterios o de objetivos.

—Aprovecha el momento y acepta lo que te dé —había dicho siempre su padre, mostrando en la cara apuesta una sencilla alegría de vivir.

Vivian siempre había aprovechado sus momentos con manos codiciosas y en cierto modo crueles, e intentado extraer de ellos todo lo que deseaba. Laurel siempre había compadecido a su madre precisamente por eso. La espontaneidad no era propia del carácter de Vivian. Que se sintiera obligada a intentarlo, y que lo intentase con excesiva intensidad, siempre había provocado la tristeza de Laurel, sobre todo cuando uno de los intentos fracasados de Vivian la llevaba a otro ataque de depresión.

Quizás ésa era la razón por la cual, cuando Vivían la llamó para invitarla a cenar —a cenar y a sostener una «charla de mujeres»— Laurel no consiguió encontrar una excusa durante esa breve oportunidad de cinco segundos que permite mentir por teléfono sin que el interlocutor lo advierta. O quizá sus motivos tenían más que ver con el día y sus propios pensamientos acerca de la familia y la inseguridad de la vida.

Savannah seguramente habría formulado un comentario agrio acerca del tema. Pero como Savannah aún no había regresado del lugar donde había pasado el día, Laurel no necesitó escucharla. Había aceptado la invitación con cierta resignación, e hizo todo lo posible para desconectar el mecanismo interno del autoexamen.

Se sentaron en uno de los pequeños y elegantes comedores del Club Wisteria, y charlaron mientras comían la codorniz rellena y el róbalo de mar fresco. El club ocupaba una mansión de estilo griego en lo que había sido otrora la más extensa plantación de índigo del distrito. La casa y los terrenos habían sido restaurados y mantenidos meticulosamente, incluyendo las cabañas de los esclavos que estaban a unos ciento cincuenta metros detrás de la mansión, y que ahora servían como depósitos de los artefactos de jardinería y lugar de descanso de los caddies, que con mucha frecuencia eran jóvenes negros. En Wisteria nadie se preocupaba por la posibilidad de ofenderlos con la comparación entre ellos y los esclavos, y no había otras personas de color que pudiesen ofenderse fuera del personal a sueldo, porque Wisteria era y siempre había sido y siempre sería una entidad exclusiva para blancos.

Laurel saboreó su róbalo de mar, y pensó anhelante en los cangrejos y los colores del cielo del Golfo al atardecer, y el sonido del mar y las gaviotas, y el latigazo del aire salino. En cambio, un diablo la miraba fijamente desde una fuente de porcelana de Limoges, el ventanal francés estaba cubierto por una cortina de terciopelo verde, un concierto de Vivaldi brotaba discretamente de los altavoces bien disimulados y se percibía en el aire la limpieza artificial del aire acondicionado central. Vivian estaba sentada en frente, completamente en su elemento, con los cabellos rubios bien peinados y una chaqueta de hilo azul intenso que hacía juego con el color de sus ojos. Bajo la chaqueta vestía una elegante camisa blanca, con rayas del mismo matiz de azul. De los lóbulos de sus orejas colgaban pendientes de zafiro.

—El mundo está loco —declaró Vivian, mientras saboreaba unos guisantes. Masticó delicadamente, como debía hacerlo una dama, interrumpiendo apenas el hilo de sus pensamientos para saborear la comida. Después de beber un trago de vino, retomó el hilo de la conversación y continuó—. Asesinan a las mujeres, de hecho, en el fondo de nuestras casas. Hay lunáticos que recorren la ciudad en medio de la noche. Dime como es posible que alguien quiera atacar al Sanatorio St. Joseph y asustar a esas pobres ancianas.

Laurel se inclinó hacia adelante enderezándose en la silla, dejando el tenedor inmóvil a pocos centímetros del pescado partido en trozos.

—¿El Sanatorio St. Joseph?

—Sí. —Vivian continuó hablando con la correspondiente repugnancia, mientras hundía el cuchillo en la codorniz y despedazaba el ave—. Pintaron obscenidades en la pared exterior de una de las habitaciones, ensuciaron de un modo terrible el prado, y ciertamente no quisiera explicar lo que sucedió en público ni en privado. Golpearon las ventanas gritando desaforadamente. Lo que alguien hizo allí fue una verdadera vergüenza.

—¿Atraparon al culpable? —preguntó Laurel con voz cautelosa.

—No. Ella huyó gritando en medio de la noche.

Un presentimiento recorrió la columna vertebral de Laurel.

—¿Ella?

—Oh, sí. Una mujer. ¿Qué me dices? Uno tiende a suponer que un hombre joven puede incurrir en esas barbaridades. ¿Pero una mujer? —Vivian se estremeció ante la idea de que el orden natural de las cosas se viese tan terriblemente alterado—. Como sabes, realizo un trabajo voluntario en la biblioteca. Y tenía que llevar libros al sanatorio. Ridilia Montrose colabora los miércoles con las actividades de coordinación. Recuerdas a Ridilia, ¿verdad, querida Laurel? Su hija Faith Anne fue la niña que sufrió una ortodoncia muy amplia, y que después acabó siendo elegida reina de la belleza. La que se casó con un financiero de Birmingham. Ridilia afirma que ciertamente era una mujer... eso fue lo que declaró el personal de la noche.



Vivían apretó los labios formando una fina línea de desaprobación y sacudió la cabeza, de modo que los zafiros se balancearon.

—Juro que están sucediendo cosas terribles... algunas personas se mezclan indiscriminadamente y después sus hijos crecen como animales salvajes. Y ya sabes, en la herencia se manifiesta —dijo, una frase que repetía con frecuencia. Y como siempre, Laurel rechinaba los dientes para contener la refutación que no debía formular—. De todos modos, la persona por quien más lo lamento es esa pobre Astor Cooper. Todo eso sucedió junto a su ventana. ¿Te lo imaginas?

Lo poco que Laurel había comido se convirtió en un bulto grasiento en su estómago.

—¿Astor Cooper? —consiguió decir con voz débil mientras su mente ordenaba los hechos incluso sin el consentimiento de la propia Laurel.

—Sí, su marido es Conroy Cooper, el ganador del Premio Pulitzer. Qué hombre tan encantador. Tan generoso con las organizaciones locales de beneficencia. Es una tragedia que su esposa esté tan enferma. Mira, padece el mal de Alzheimer. Y me dicen que su familia de Memphis es muy buena gente. Qué vergüenza. Ridilia dijo que el señor Cooper estaba completamente fuera de sí cuando se enteró del episodio de vandalismo. Como sabes, es muy fiel a su esposa...

Laurel depositó las manos sobre su regazo, rechazando el ansia de aferrar la mesa para dominarse. Mientras su madre estaba sentada enfrente y continuaba hablando del carácter maravilloso de Conroy Cooper, la misma voz venía del fondo de su mente y censuraba sus modales. Laurel, las damas jóvenes no apoyan las manos sobre la mesa... Y después recordó la cara de Savannah y su expresión astuta. Su esposa padece el mal de Alzheimer. La internó en St. Joseph... dicen que no sabe distinguir entre su cabeza y un agujero en el suelo.

La náusea le recorrió la garganta como un dedo helado. Se dijo que no podía ser, sencillamente no podía ser. Savannah tenía sus problemas, pero no apelaría a... Como para burlarse de su defensa, el recuerdo evocó la imagen de su hermana peleando con Annie Delahoussaye, gritando como un gallo de riña y girando como una peonza de un extremo al otro de la Taberna de Frenchie.

—¿Laurel? ¿Laurel? —El tono áspero de su madre la devolvió a la realidad. Vivian la miraba con el entrecejo fruncido—. André querría saber si has terminado con tu pescado.

—Lo siento. —Laurel trató de reaccionar, hundiendo la cabeza y alisando la servilleta desplegada sobre su regazo, sintiendo que tenía doce años, con los movimientos torpes por el miedo terrible a la vergüenza. Miró al paciente André, que la observaba con sus melancólicos ojos castaños en esa cara de sabueso—. Sí, gracias. Es excelente. Mis disculpas al chef porque no pude terminarlo.

Mientras retiraban la vajilla y sacudían el mantel, Vivian examinó a su hija y bebió su vino.

—He oído decir que esta semana has estado dos veces en el edificio del tribunal. Es decir, que te ven más que yo.

Un oído poco experto quizá no habría percibido el acento de censura. Pero Laurel lo recibió fuerte y claro.

—Lo siento, mamá. Me vi obligada a ayudar a los Delahoussaye.

—No es la clase de gente que...

Laurel alzó una mano para detener el flujo de palabras de su madre.

—Por favor, ¿podemos evitar esta conversación? No nos pondremos de acuerdo. Y las dos terminaremos enojadas. ¿No es mejor dejar el tema?

Vivian se enderezó en la silla adoptando una postura regia, con el mentón elevado y los ojos con el mismo destello frío que los zafiros de los aros.

—Ciertamente —dijo con voz seca—. Para el caso, poco importa que solamente desee defender tus mejores intereses.

Que Vivian jamás defendía otro interés que el suyo propio era una verdad que Laurel decidió que era mejor abstenerse de manifestar. Si provocaba a su madre a sostener una discusión en público, jamás seria perdonada. Una parte de su ser pensaba que eso no era importante; pero la verdad del asunto consistía en que Vivian era la única madre que Laurel tenía, y después de una vida entera de cuidarse para conquistar la aprobación de su progenitora, para manifestar lo que Vivian consideraba amor, probablemente Laurel no podría cambiar. Del mismo modo que Vivian nunca cambiaría.

El péndulo de los humores de Vivian varió de nuevo cuando desvió los ojos hacia la entrada del comedor. Como el sol que salía después de una tormenta, una sonrisa le iluminó la cara. Laurel se volvió para averiguar quién había conseguido realizar ese milagro, y tuvo que soportar ahora otra sorpresa desagradable.

—Stephen —dijo Vivian, alargando la mano enjoyada hacia Danjermond mientras este se acercaba a la mesa de las dos mujeres. El fiscal aceptó la mano y se inclinó para depositar en ella un beso cortesano. Vivian sonrió. Casi ronroneando se volvió hacia Laurel—. Mira, querida Laurel, ¡aquí está Stephen! ¿No es una sorpresa agradable?

Eso te crees. Laurel sonrió forzadamente.

—Señor Danjermond.

—Stephen, llegas a tiempo para el postre. ¿Te reunirás con nosotras?

Él le dedicó una sonrisa deslumbrante.

—¿Cómo podría rechazar una invitación para pasar un rato con dos de las mujeres más hermosas del distrito?

Vivian se sonrojó debidamente y movió las pestañas, y toda su reacción demostró que poseía una educación impecable en el arte femenino del coqueteo.

—Bien, esta mujer hermosa necesita empolvarse la nariz. Haz compañía a Laurel, ¿quieres?

—Por supuesto.

Mientras se alejaba de la mesa, Danjermond ocupó la silla vacía que estaba a la derecha de Laurel. Vestía, lo mismo que ella, las ropas que había usado en el tribunal esa mañana —el traje marrón, la camisa color marfil y la corbata elegante— pero se las había ingeniado para llegar a esa hora del día sin una sola arruga; en cambio, Laurel se sentía arrugada y deprimida. Había algo en la elegancia de ese hombre que provocaba en Laurel el deseo de peinarse y quitarse las gafas, pero se abstuvo de hacer ninguna de esas dos cosas.

—Laurel, está enojada conmigo —dijo sencillamente Danjermond.

Laurel cruzó las piernas y se alisó la falda, y se tomó su tiempo para contestar. Afuera, las nubes que venían del Golfo amenazaban lluvia. El viento agitaba las ramas de las palmeras que bordeaban la pista de golf. Laurel las miró a través de los ventanales franceses, reflexionando acerca de la sensatez de lo que se proponía decir.

—Señor Danjermond, no me agradan los juegos que usted juega —dijo al fin, mirando de frente los fríos ojos verdes del hombre.

Él enarcó el entrecejo.

—Laurel, ¿usted cree que mi presencia aquí es parte de una conspiración? A decir verdad, vengo a comer aquí con frecuencia. Reconocerá que debo comer, ¿verdad? Después de todo, soy un ser humano.

La luz de sus ojos bailoteó como expresando un regocijo secreto. Laurel no pudo saber si se reía de ella o de la idea de que él mismo era nada más que un simple mortal. En cualquier caso, ella no deseaba unirse a la broma.

—¿Algo nuevo con respecto al asesinato? —preguntó Laurel, jugando con el pie de su copa de agua.

Él tomó una rebanada de pan francés de la cestilla depositada sobre la mesa, cortó un pedazo y se acomodó mejor en la silla, con la perezosa arrogancia de un príncipe. Masticó pensativo y miró a Laurel.

—Kenner puso en libertad a Tony Gerrard. Cree que el asesinato es obra del Estrangulador del Bayou.

—¿Y usted qué cree? ¿No opina que Tony Gerrard puede haber intentado una imitación?

—No, porque si lo hubiese hecho se habría equivocado groseramente. Nuestro asesino es muy astuto. Por desgracia, Tony no lo es.

Danjermond retiró de su corbata una miga blanca y la dejó caer.

—Casi se diría que admira... al asesino.

Él la contempló con una expresión de suave reproche.

—Ciertamente, no es así. Reconozco que me intriga. Los asesinos en serie han fascinado durante años a los estudiosos de la ciencia penal. —Arrancó otro pedazo del pan fresco y caliente, cerró los ojos y paladeó el aroma intenso antes de metérselo en la boca. Al tragar, levantó las pestañas como si hubieran sido otros tantos velos de encaje negro—. Siento frente a esos crímenes el mismo horror que manifiesta todo el mundo, pero al mismo tiempo tengo... —buscó la palabra, y la manifestó limpia y pulcramente— cierta apreciación clínica de esa mente tan aguda.

Laurel recogió la impresión clara de que él estaba poniéndola a prueba. Sintió el poder de la personalidad de Danjermond que formaba una especie de arco sobre los dos, y que con uno de sus extremos se introducía en la mente de Laurel y la exploraba y examinaba.

—Laurel, ¿qué piensa de los tiburones?

El cambio de dirección de la charla fue tan brusco que ella consideró muy extraño no sentir una sacudida.

—¿Qué debo pensar de ellos? —preguntó irritada y desconcertada—. ¿Por qué tengo que pensar en los tiburones?

—Pensaría en ellos si estuviese a bordo de una embarcación en el océano —dijo Danjermond. Se inclinó hacia adelante en la silla y comenzó a interesarse cada vez más en el tema, con una expresión grave en la cara—. De todos los animales de la naturaleza, son los depredadores perfectos. A nada le temen. Matan con terrible eficacia. Los asesinos en serie son los tiburones de nuestra sociedad. Sin alma, sin temor a la censura. Depredadores. Inteligentes, crueles. —Tomó otro pedazo de pan y lo masticó con aire reflexivo—. Una comparación fascinante, ¿no le parece, Laurel?

—Francamente, creo que estúpida y peligrosamente romántica —dijo ella con aspereza al mismo tiempo que su mal humor comenzaba a dominarla. Sin hacer caso de las normas de la buena educación, apoyó los puños sobre la mesa y miró hostil al fiscal de distrito—. Los tiburones matan para sobrevivir. Este hombre mata por el puro y enfermizo goce de ver sufrir a las mujeres. Hay que detenerlo, y hay que castigarlo.

Danjermond examinó la actitud y la expresión de Laurel, la pasión que se manifestaba en su voz y asintió apenas, como un crítico que aprueba las cualidades de un actor.

—Laurel, usted nació para el cargo de fiscal —declaró, y después su mirada se acentuó, se intensificó como si hubiese sentido algo en ella. Con un movimiento lento y elegante se inclinó sobre la mesa, hasta que quedó un poco demasiado cerca—. ¿O la hicieron para eso? —murmuró.

Laurel afrontó la mirada temblando por dentro. El aire que los separaba vibraba con la potente sexualidad de Danjermond. Él estaba tan cerca que Laurel podía percibir el aroma de la colonia densa y exótica. En algún lugar fuera del ámbito de tensión que los encerraba a ambos, el trueno retumbó y de las nubes comenzaron a caer gruesas gotas de lluvia. El viento arrojó la lluvia bajo la terraza y salpicó los rectángulos de vidrio de los ventanales franceses.

—Laurel, usted me fascina —murmuró Danjermond—. Posee un asombroso sentido del ideal para tratarse de una mujer.

Vivian eligió ese momento para regresar a la mesa, y Laurel pensó que si nunca había agradecido otra cosa a su madre, por lo menos le agradecía esa interrupción. Stephen Danjermond lograba que el vello se le erizase en la nuca. Cuanto menos tiempo estuviese sola con él, tanto mejor.

Las acompañó a beber el café. Vivian pidió un postre y lo tomó satisfecha, al mismo tiempo que sostenía una charla política acerca de la inminente cena de la Liga de Mujeres Votantes. Laurel permaneció sentada, examinándose las uñas de los dedos y deseando estar en otro sitio. Sus pensamientos regresaron a Jack, y se preguntó, mientras contemplaba la caída de la lluvia, dónde estaba esa noche y qué sentía.

El juez Monahan y su esposa entraron en el comedor atrayendo la atención de Danjermond, y el fiscal de distrito abandonó a las dos mujeres en favor de esos interlocutores más influyentes. Mientras Vivían pagaba la cuenta, Laurel respiró hondo por primera vez en media hora.

Salieron juntas a la terraza y permanecieron mirando mientras los camareros salían bajo la lluvia para traer los automóviles.

—Ha sido encantador, querida —dijo Vivian, sonriendo benévola—. Me alegro de haber compartido esta cena, después del desagrado que sentí con tu hermana el domingo. Juro que a veces no sé cómo puede ser mi hija, en vista de su actitud.

—Mamá, no digas eso —replicó Laurel, y después suavizó la protesta con una petición—. Por favor.

En lugar de irritarse, Vivian decidió seguir hablando como si nadie hubiese mencionado a Savannah.

—Me alegro mucho de que Stephen haya podido estar con nosotras un ratito. Es un hombre muy prestigioso en estos ambientes y también en Baton Rouge. Con sus relaciones de familia y su talento nadie sabe hasta dónde puede llegar.

El Mercedes blanco de Vivian apareció bajo el pórtico, pero ella no intentó acercarse; en cambio, se volvió para dirigir una mirada astuta a su hija.

—Mientras yo atravesaba esta noche el salón comedor, no tuve más remedio que pensar que vosotros dos seríais una hermosa pareja.

—Aprecio la idea, mamá —mintió Laurel—, pero Stephen Danjermond no me interesa.

En los ojos claros de Vivian se manifestó un sentimiento de desaprobación. Extendió impaciente la mano y apartó un mechón díscolo de los cabellos de Laurel, y consiguió que ella sintiera que tenía diez años.

—No me digas que estás interesada en Jack Boudreaux —dijo con voz más dura.

Laurel se apartó de la mano de su madre.

—¿Importaría si fuese así? Mamá, soy una mujer adulta. Sí, puedo elegir a mis hombres.

—Sí, pero cometes errores tan desagradables... —dijo Vivían con un gesto mordaz—. He preguntado a Stephen acerca de Jack Boudreaux.

—¡Mamá!

—Me dijo que le prohibieron ejercer la profesión porque fue uno de los protagonistas del escándalo de los desechos químicos de la compañía Sweetwater en Houston.



Los ojos de Laurel se agrandaron automáticamente cuando oyó el nombre «Sweetwater». Satisfecha, Vivian continuó con verdadero placer:

—No sólo eso, sino que no es extraño que escriba esos libros tan atroces. En Houston todos dicen que mató a su esposa.

Si su madre dijo algo después, Laurel no lo escuchó. Tampoco oyó las palabras de despedida que llegaron en un murmullo, no sintió el beso obligatorio en la mejilla; vio únicamente del modo más abstracto que Vivían fue llevada hasta su automóvil y que el reluciente Mercedes blanco se hundía en las. sombras de la noche.

Permaneció en la terraza iluminada por las luces, ambarinas provenientes de las linternas antiguas que flanqueaban las elegantes puertas talladas de acceso al Club Wisteria. Más allá de los pilares que sostenían el techo, la lluvia repiqueteaba y rebotaba sobre el reluciente pavimento negro del sendero. Y ahora escuchó la voz de Jack. Tengo un número suficiente de cadáveres que pesan sobre mi conciencia...

Quería matar a alguien.

Jimmy Lee se paseó en ropa interior dentro de los límites de su bungalow caluroso y sórdido, sintiendo que la frustración lo dominaba y que era como un gorgoteo grave en el fondo de su garganta, mientras recordaba todos los obstáculos que surgían en su camino hacia la fama y la fortuna.

El televisor barato de segunda mano que había comprado en la tienda de Earlene estaba colocado sobre un viejo cajón, en un rincón. En lugar de su hora de gloria regular y programada, la pantalla estaba ocupada por la imagen de Billy Graham, embarcado en una cruzada para salvar a las almas comunistas paganas de Croacia. Un programa que era un vulgar refrito, exhumado para ocupar el lugar del fiasco grabado la víspera en la vieja estación de servicio de la Texaco.

Las líneas horizontales se entremezclaban y cortaban. Jimmy Lee asestó un golpe al televisor, pero eso sirvió únicamente para aumentar el volumen.

Maldiciendo, manipuló el mando a distancia y sólo consiguió romperlo. El control de su humor se quebró con la misma facilidad, y se apoderó de una lámpara cuya base imitaba la madera y la arrojó contra la pared, y el horrendo estrépito anuló a Billy Graham exactamente en mitad de su acceso de cólera contra las perversidades de la vida moderna.

Billy Graham. Jimmy Lee se apartó del televisor sin hacerle caso, pese a que estaba repiqueteando con la cólera del gran maestro televangelista. Ese tipo tenía un pie en la tumba. Era anciano, algo del pasado, no estaba en contacto con lo que los fanáticos de los noventa necesitaban. En pocos años más, Jimmy Lee sería el verdadero cruzado que recorrería el mundo, pidiendo a los fieles de todas las razas que se levantaran y marchasen, lo que era más importante, que se pusieran de pie y contasen su dinero.

Estaría allí, en la cima, en la cumbre, venerado. Y usaría únicamente trajes hechos a medida de seda blanca. Demonios, incluso ordenaría confeccionar a medida ropa interior de seda blanca. Le agradaba la sensación de la seda blanca fría. Tendría sábanas de seda, y cortinas y calcetines de seda blanca, y corbatas de seda blanca. La seda, la sensación del dinero y el sexo. Blanca, el color de la pureza y de los ángeles. La dicotomía lo incitaba.

Llegaría a eso, se lo prometió, sin importarle lo que tuviera que hacer, sin importarle los obstáculos en su camino. Inmediatamente su memoria evocó varias caras. Annie Delahoussaye-Gerrard, cuyo cadáver había desplazado a Baldwin en los noticiarios locales. Savannah Chandler, cuyo gusto por la aventura apartaba de su misión los pensamientos de Baldwin. La hermana de Savannah, Laurel la Virtuosa, que lo agobiaba como una maldición. Perras. Su vida estaba infestada de perras. No servían para nada, salvo para satisfacer las necesidades más bajas del hombre.

En la televisión, una hembra gorda y blanca parecida a Jonathan Winters con harapos, escupía un coro cuya letra decía: «Qué grande eres». En Jimmy Lee, el hambre devoradora se acentuó. La noche lo atraía como una mujer de la calle, cálida y tormentosa, tempestuosa, y ahora Baldwin maldijo a las mujeres con su mejor voz de televangelista, porque lo llevaban a la tentación.

Jack recorrió los terrenos de L'Amour, demasiado inquieto para quedarse encerrado entre cuatro paredes. ¿Cuánto tiempo hacía que no dormía? ¿Dos días? Había perdido la noción del tiempo, había perdido la noción de todo lo que no fuera los pensamientos acerca de la muerte y el mérito... y Laurel. No podía apartarla de su mente. Un honor tan indomable, un coraje tan firme. No podía dejar de pensar en ella. Era demasiado pura, demasiado valiente, demasiado buena.



Demasiado buena para gente como tú, T-Jack.

Dieu, qué ironía, qué situación tan retorcida, que el gesto de más profundo amor que él podía dedicar a Laurel fuese abstenerse de prestarle atención. Todo lo que él tocaba moría. Todo lo que él deseaba se marchitaba en su mano. No tenía derecho a tomar a Laurel como parte de su castigo por otros pecados.

Descendió por la orilla del bayou y permaneció a la sombra del roble, contemplando el agua reluciente y la piragua que se balanceaba al extremo del embarcadero. La noche cantaba alrededor de Jack, un coro de canto de las ranas y los insectos en los breves intervalos de un chaparrón al siguiente. La brisa agitaba los extremos del musgo que colgaba de las ramas, y el vegetal se balanceaba pesadamente, como las cuerdas de un patíbulo.

Pudo ver la cara de Evie colgando frente a él, pálida y bonita incluso en la muerte, con los bellos ojos negros acusándolo, coléricos y decepcionados. Evie, tan confiada, tan afectuosa. Él la había amado de un modo tan descuidado, había tomado tan a la ligera el don precioso que ella le había hecho de su corazón. Él era un canalla superficial y egoísta, había tomado todo lo que ella le había ofrecido como si hubiese estado en su derecho, parte de los despojos a los cuales tenía derecho a causa de su éxito.

La culpa que pesaba sobre él era más densa que todo lo que existía en este mundo. Presionaba sobre su ser desde arriba, desde adentro y desde todos los costados. Jack describió un movimiento circular, buscando una vía de escape sin encontrar nada. Trató de apartarse, pero encontró el tronco áspero del roble y la corteza le lastimó la espalda, atravesando la fina tela de la camisa mientras la culpa lo rodeaba cada vez más.

Inclinó la cabeza hacia atrás, cerró con fuerza los ojos para rechazar el dolor y las lágrimas ardientes se deslizaron sobre las sienes y le mojaron los cabellos. En su mente de autor no había adjetivos que le permitiesen describir la angustia, ni palabras que explicasen el dolor de su corazón.

Bon Diue, Evangeline, sa me fait de le pain. Sa me fait de le pain.

Murmuró las palabras incansablemente, como una suerte de canto áspero y quebrado en que pedía perdón, una oración solicitando alivio ante el peso terrible del remordimiento. Pero no se le otorgó perdón. Él sabía que no lo merecía porque, por mucho que lo lamentase, Evie estaba muerta para siempre. Y todos los sueños que ella había soñado también estaban muertos. Y todos los niños que ella había planeado amar jamás existirían.

Por culpa de Jack.

Sa me fait de le pain —masculló, y la cara se le contorsionó a causa del dolor. Se volvió hacia el tronco del árbol y apretó la mejilla sobre la superficie arrugada, y se aferró al árbol cuando el pesar le arrancó lágrimas con manos implacables.

La dulce, la tierna Evie, su esposa.

La dulce, la tierna Annie, que era como un miembro de su familia.

La dulce, la tierna Laurel...

El perverso Jack Boudreaux. Jamás bastante bueno. Un hombre que no merecía amor, que no estaba destinado a ser miembro de una familia. Un hombre a quien una mujer decente no podía querer. Un canalla, un sinvergüenza, un asesino.

Qué cruel mentira pensar que él podía tener algo. Era mejor desentenderse de todo antes de ver que algo tan precioso, algo deseado tan profundamente se le escapaba de las manos como humo, como por arte de magia... se le escapaba y se esfumaba en un instante.

Frágil como la vida... ahí estaba, y de pronto desaparecía en un abrir y cerrar de ojos.

Gimiendo suavemente a causa de la inquietud, Huey se acercó y metió el hocico en la mano que colgaba inerte al costado de Jack, tratando de ver dónde estaba el problema, o si era posible recibir un bocado. La lengua áspera y rosada del perro se deslizó vacilante sobre la palma de Jack, ofreciendo calidez y simpatía; y Jack retiró la mano.

—Fuera de aquí —rezongó, moviendo el brazo en dirección al perro.

El perro retrocedió con movimientos torpes, las orejas erguidas, la cabeza inclinada en una expresión de desconcierto. Gimió por lo bajo, e inclinó las patas delanteras y agitó la cola.

—¡Fuera de aquí! —rugió Jack.

Toda la cólera y el dolor que habían formado una esfera dura en su interior estallaron como una estrella que le recorrió el cuerpo en la forma de una rabia cálida y ardiente. De su garganta brotó un grito salvaje y Jack se arrojó sobre el perro, y la punta de su bota rozó apenas las costillas del animal. El perro emitió un ladrido de angustia y de pelea y se alejó dos o tres metros, y se agazapó mirando a Jack con sus ojos desiguales, con una expresión infantil de ofensa e inocencia.

—¡Fuera de aquí! —exclamó Jack—. ¡No tengo perro! No tengo perro —repitió, agotada la adrenalina, la voz convertida en un murmullo desordenado—. No tengo nada.

Y se volvió y se alejó del perro, se alejó de L'Amour y desapareció en las sombras de la noche.


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