Falsa alarma



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Capítulo 21


Laurel salió de la cama al alba y se vistió en silencio, iluminada por la tenue luz que atravesaba los ventanales franceses y las cortinas de encaje. Durante largo rato permaneció de pie frente a la puerta del balcón y miró a Jack, como un artista puede examinar su tema antes de llevarlo al lienzo; ahora, ella recogió todo lo que correspondía al hombre, a su disposición. La luz parecía tener el color y la consistencia de la arena fina, dorada y granulosa, y no parecía penetrar bien las sombras que envolvían la elegante cama de cuatro postes. Jack yacía tendido sobre el vientre, ocupando la mayor parte del lecho, con la cara hundida en el hueco de su propio brazo. La espalda bronceada era una escultura de músculos delgados y tensos. La sábana le cruzaba el cuerpo como una mancha blanca que cubría sólo una parte del muslo y las caderas. Una pierna estaba doblada por la rodilla; el muslo y las pantorrillas fuertes, masculinos, estaban salpicados de áspero vello oscuro.

Laurel memorizó lo que veía en ese momento, esa primera mañana que seguía al acto de amor con él. No le parecía que esa relación fuese ahora más sensata que lo que le había parecido durante la noche. No sabía a dónde la llevarían esos sentimientos, pero no deseaba negar ante ella misma lo que sentía. En el curso de su vida ya se había mentido bastante a sí misma. Pero no se lo había dicho a Jack, pues sabía sin que nadie se lo explicase que él no deseaba escuchar esa confesión.

El corazón le dolió al pensar eso, pero Laurel rechazó el dolor. Dejaría que las cosas siguiesen su curso natural. Los sentimientos eran demasiado nuevos, demasiado sensibles para ser pisoteados por algo tan prosaico como el sentido práctico, o una escena embarazosa la mañana que seguía al acto de amor.

Laurel se llevó dos dedos a los labios hinchados por los besos, y se preguntó cómo había llegado tan lejos y tan rápido con un hombre como Jack Boudreaux. Eran contrarios en muchos aspectos, demasiado parecidos en otros. Una unión inverosímil originada en el sufrimiento, reafirmada por algo acerca de lo cual ninguno de ellos quería hablar, el amor.

Sin duda, lo que él había manifestado en su contacto durante esa larga noche había sido amor. La ternura, el sentimiento intenso, la dulzura, la desesperación. Ella estaba segura, gracias a su mente lógica y analítica, de que todos esos componentes eran algo más que mera sensualidad; del mismo modo que estaba segura que Jack jamás lo reconocería, y que ella nunca pronunciaría la palabra. Ahora no. Sobre todo porque él estaba completamente seguro de que no merecía nada bueno. Laurel no intentaría atarlo a ella con palabras y sentimientos de culpa. Ya tenía culpa suficiente por su cuenta.

Sin que ella lo provocase, la asaltó el pensamiento de la esposa y el hijo que él había perdido, y sintió por él un dolor tan intenso que casi se echó a llorar. Sabía lo que era la pérdida, y sabía lo que era el sentimiento de culpa. Pensó en el niño castigado y sin amor que él había sido, y la niña asustada y maltratada emocionalmente que había en ella quiso extender la mano y acercarse un poco más a Jack. Y sabía también que si Jack hubiese sospechado algo de lo que ella estaba pensando, habría hecho todo lo posible para alejarla. Jack atesoraba su sufrimiento como un avaro, lo guardaba en lo más profundo de su ser y no lo compartía con nadie. De ese modo el dolor se fortalecía y era más poderoso y punitivo. Ella sabía a qué atenerse.

Dios santo, ¿por qué Jack? ¿Por qué ella tenía que enamorarse de un hombre como Jack en un momento así, cuando lo único que realmente deseaba era volver a incorporarse y encarrilar de nuevo su vida... encarrilarla de cualquier modo?

No obtuvo respuesta mientras el alba cubría el bayou con luces de color suave. No obtuvo más respuesta que el propio latido de su corazón.

En el marco del ventanal francés abierto, una pequeña araña negra tejía cuidadosamente una red de seda fina como un cabello, que relucía bajo la nueva luz con las cuentas de cristal del rocío matutino. Laurel la miró un momento, pensando en su renovado intento de crearse otra vida. Había regresado a su hogar para curarse, para recomenzar, y se sentía tan frágil y vulnerable como esa red recién tejida. Buscaba puntos de apoyo y trataba de recomponer aquello que habían destruido en su interior; pero la más leve fuerza externa volvería a desgarrar la trama, y otra vez ella se quedaría con nada.

Su mirada se volvió hacia Jack, que aún dormía —o fingía dormir— y sintió que ese tenue cimiento temblaba bajo su cuerpo. Con el corazón oprimido y dolorido, salió de puntillas de la habitación y abandonó la casa.

Cuando oyó el eco de la puerta principal que se cerraba, Jack se volvió lentamente y contempló las sombras de la mañana en el techo. Deseaba amarla. Su corazón le dolía tanto que casi se le cortaba la respiración. Después de todo ese tiempo, después de tantas y tan duras lecciones, le parecía sorprendente que aún pudiera ser vulnerable. Hubiera debido fortalecerse para evitar eso. Hubiera debido comprender que la noche anterior tenía que rechazarla. Pero había deseado tanto retenerla, reconfortarse aunque fuese un poco con su dulzura de mujer...

La había necesitado desde el principio. Jack sabía lo que era el deseo. Era sencillo, básico, elemental. Pero esto... esto era algo que nunca podía volver a confiársele. Y como él lo sabía, en cierto modo había pensado que no sería tentado. Ahora se sentía un tonto, traicionado por su propio corazón, y por eso mismo se castigaba implacablemente. Estúpido, egoísta, canalla... No podía darse el lujo de amar a Laurel Chandler. Ella merecía algo mucho mejor que lo que era Jack.

Y quizá una parte aislada y solitaria de su ser pensó, mientras el dolor de los golpes que él mismo se asestaba lo aturdía, quizá después de todo el sufrimiento que había soportado, merecía que lo dejasen en paz.

Laurel fue a su habitación pasando por el patio y el balcón, pues no deseaba que ninguno de los habitantes de la casa supieran que había regresado. Preocupada por las imágenes turbulentas de Jack y la noche que habían compartido, tomó una larga ducha caliente, y se vistió para la jornada con un par de pantalones cortos negros y una amplia camisa blanca. Apreció su propio aspecto en el espejo que estaba sobre la cómoda de madera de avellano, y vio una mujer con una expresión turbada en los ojos y los cabellos oscuros húmedos peinados hacia atrás.

Seguramente debía existir algún signo exterior de los cambios que ella había sufrido los últimos días: la fuerza que había recuperado defendiendo a sus nuevos amigos, la humildad recuperada después de que quedaran destruidas las ideas pomposas acerca de la vida de Savannah, la incertidumbre de su corazón acerca de su propio futuro. Hubiera debido exhibir una actitud más firme, pero en todo caso se la veía pálida y fatigada, y ahora recordó el viejo proverbio que afirmaba que las apariencias engañan.

Con un suspiro, volvió los ojos hacia la pequeña bandeja de porcelana depositada sobre la cómoda, donde estaba el montoncito de objetos que había encontrado poco antes. El ostentoso pendiente cuya propiedad nadie reivindicaba, la caja de fósforos de Le Mascarade que ella había encontrado en su automóvil, el collar que había llegado con el sobre blanco. A primera vista parecían cosas desconectadas unas de otras, inofensivas, pero algo en el aspecto de esos objetos, en el modo de llegar a manos de Laurel, la inquietaba. Las apariencias podían engañar. Un pendiente sin su compañero. Una caja de fósforos con un nombre que evocaba imágenes de personas disfrazadas. Un collar. No había otro vínculo entre esos artículos que el misterio de su origen.

Se apoderó del collar, y permitió que la fina cadena descansara sobre el dedo índice. La pequeña mariposa se agitaba y bailoteaba iluminada por la luz que entraba por la puerta. Volvió a decirse que probablemente pertenecía a Savannah. Ella lo había dejado allí en alguna ocasión en que la acompañaba un amante. Savannah era notoriamente descuidada con sus cosas. El hombre la había enviado... En un sobre sin dirección. No. Tenía que haberlo dejado en el automóvil. A menos que la oficina de correos de Bayou Breaux utilizara los servicios de adivinos, los sobres en blanco no llegaban a ninguna parte.

La solución obvia consistía sencillamente en preguntar a la propia Savannah. Olvidando la hora, Laurel atravesó el balcón que comunicaba con la habitación de su hermana y entró en el cuarto.

La cama estaba vacía. Las sábanas en desorden. Las mismas prendas abandonadas ocupaban la silla y el suelo. La misma sensación de inmovilidad que había observado la noche anterior, ahora se cernía húmeda y mohosa en la atmósfera.

El recuerdo de esa inmovilidad golpeó con fuerza a Laurel. Le había parecido tan surrealista que ella casi se había convencido de que era un sueño; pero ahora se le presentaba de nuevo, seguida muy de cerca por el sentimiento de pánico. Savannah no había dormido en esa cama. ¿Cuál era la última vez que un habitante de la casa la había visto? Había devuelto el Acura la noche del martes o la mañana del miércoles... ¿Cómo era posible que alguien lo supiera? El coche había aparecido en el sendero la mañana del miércoles, pero nadie había visto realmente a Savannah ese día.



¿Asesinatos?... ya eran cuatro los últimos dieciocho meses... mujeres de dudosa reputación... estranguladas en el pantano...

—Dios mío —murmuró Laurel mientras las lágrimas brotaban de sus ojos y se acumulaban en su garganta hasta que ésta comenzó a dolerle.

Cerró el puño sobre el pequeño collar, y se mordió un nudillo mientras las imágenes salvajes, terribles y antagónicas se erguían en su cabeza como restos empujados por un tomado. Savannah, muerta en algún rincón. Savannah, riñendo con Annie Gerrard, con los ojos vidriosos a causa de la sed de sangre. T-Grace gritando en la galería de Frenchie. Vivían relatando el episodio del vandalismo en el sanatorio de Saint Joseph. «La sangre habla». La sangre. La sangre de las heridas. Rojo sangre el color de la caja de fósforos de La Mascarade. La cara de Savannah pálida, sin expresión, mientras arrojaba la caja de fósforos sobre la mesa. Uso encendedor... Savannah, finalmente cayendo al abismo después de todos esos años, a causa de ese hijo de perra que era Ross Leighton. Savannah, usada por los hombres, por Conroy Cooper, por Jimmy Lee Baldwin, a quien agradaba atar a sus mujeres...

Todo giró y giró en la mente de Laurel como los pedazos de cristal de un caleidoscopio, y cada imagen era más fea que la precedente, y cada posibilidad demasiado terrible para ser cierta. Y por encima de todo eso la áspera voz de la lógica, criticando la actitud absurda de Laurel, su falta de fe, su falta de pruebas. Lo único que sabía realmente era que su hermana no estaba en casa, y que ningún miembro de la familia la había visto desde el martes. La única actitud lógica era salir a buscarla.

Se apoderó de la idea con un espasmo de alivio y decisión. No te derrumbes, haz algo. Consigue resultados. Resuelve el misterio.

Con la tensión concentrada, toda su persona convertida en una tensa bola de energía incrustada en su pecho, Laurel salió de la habitación y fue a su propio cuarto para calzarse y recoger su bolso.

Saldría por detrás, pensó mientras descendía los peldaños en dirección al jardín. Era inútil alarmar a la tía Caroline y a Mamá Pearl. Encontraría a Savannah y todo se arreglaría.

Mamá Pearl ya se había levantado, y se dirigía a la galería con una taza de café y un libro. Vio a Laurel en el instante en que la joven puso el pie en la planta baja.

—Niña, ¿qué haces levantada a esta hora? —preguntó con el entrecejo fruncido a causa de la inquietud.

Laurel esbozó una sonrisa y caminó hacia la puerta del fondo.

—Tengo mucho que hacer, Mamá Pearl.

La anciana negra expresó su disgusto frente a las mujeres modernas, y depositó el libro sobre la mesa.

—Ven a tomar el desayuno. Pesas tan poco que los cuervos te llevarán lejos.

—¡Quizá más tarde! —dijo Laurel, moviendo una mano, mientras se acercaba a la salida.

Le pareció que aún podía escuchar el rezongo de Mamá Pearl cuando ya había recorrido la mitad de la distancia que la separaba de L'Amour. Quizás era su estómago, pero lo dudaba; estaba muy acostumbrado a permanecer vacío. Por costumbre, extrajo una tableta antiácida de su bolso y la masticó como si hubiera sido una golosina.

Se había separado de Jack para evitar el engorro de la conversación matutina después de hacer el amor. Lo que había pasado entre ellos durante la noche había dejado muy atrás las palabras, para penetrar en un ámbito de territorio poco conocido. Pero ahora pisaba suelo firme. Deseaba pedir su opinión, utilizar su saber. Eso mal podía ser interpretado como una amenaza por un hombre que no deseaba entregar su corazón. A decir verdad, se parecía más bien a una diligencia de carácter comercial. O a un acto amistoso. Laurel deseaba el apoyo de Jack, y así lo reconoció cuando Huey apareció entre dos árboles y se le acercó con la lengua colgando por el costado de la boca, y un resplandor extraño en los ojos disparejos.

El perro se abalanzó sobre ella, empujándola contra la puerta principal. Mientras Laurel lo insultaba con una docena de adjetivos que denigraban su carácter y su estirpe, el animal se incorporó de nuevo, gimiendo juguetonamente y mordisqueando los cordones de los zapatos de la muchacha. Huey describió un círculo y se apartó de la casa, corriendo con movimientos desordenados, la cola entre las patas, sin duda complacido porque la veía. Laurel le habló severamente y él se acostó en el suelo, al pie de la escalera, y mostró la panza invitando a Laurel a que le rascara el vientre manchado de azul.

—Condenado perro —murmuró Laurel, cediendo e inclinándose para acariciarlo—. ¿No sabes cuando alguien está castigándote?

—El amor es ciego —dijo irónicamente Jack, al mismo tiempo que abría la puerta.

Vestía los mismos vaqueros arrugados. Sin camisa. No se había afeitado. En la mano sostenía una taza de café humeante. Cuando Laurel se incorporó, vio que el brebaje era oscuro como la noche. Aspiró el aroma intenso y trató de dominar la agitación de su pulso. Él no pareció complacido de verla. El hombre que la había abrazado y amado durante la noche ya no estaba, y lo reemplazaba el otro Jack, el que ella prefería no haber conocido, el hombre pensativo e irritable.

—Si tienes un poco de leche para cortar ese aceite de máquina que estás bebiendo, me vendría bien una taza.

Él la observó un momento, como si intentase descifrar los motivos que la impulsaban, y después se encogió de hombros y entró en la casa, dejando que ella lo siguiera como quisiese. Laurel caminó detrás de Jack por un largo corredor, y vio habitaciones que no habían sido usadas durante varias décadas. El empapelado manchado por la humedad. Las cortinas comidas por la polilla. Los muebles cubiertos con lienzos, y los lienzos cubiertos por el polvo.

Parecía que allí no vivía nadie, y ese pensamiento le infundió un extraño sentimiento de incomodidad. Ciertamente Jack, el autor más leído del New York Times, podía permitirse renovar y redecorar la casa. Pero Laurel no preguntó por qué no lo había hecho, pues tenía la sensación de que ya lo sabía. Castigo. Penitencia. L'Amour era su purgatorio personal. La idea le oprimió el corazón, pero Laurel no se acercó a él, pese a que lo deseaba. La indiferencia que Jack mostraba ante su presencia definía las reglas básicas de la mañana: ni acercamientos ni promesas.

Él la llevó a una cocina que, a diferencia del resto de la casa, era un lugar inmaculado. El rojo de las paredes se había decolorado y parecía tener el tono de la sopa de tomates; pero eran paredes limpias, sin telarañas. El refrigerador era nuevo. Los armarios y las mesadas de mosaicos grises estaban limpios y brillantes. El único signo de comida era una cuerda de cabezas de ajo, y otra de pimientos rojos que colgaban a cada lado de la ventana, sobre el fregadero; pero era un lugar donde podía prepararse la comida sin temor al envenenamiento.

Jack retiró una taza de la alacena y la llenó con el café contenido en un viejo recipiente esmaltado. Laurel se sirvió ella misma la leche, una excusa perfecta para espiar. Once botellas de whisky, un litro de leche, un frasco de encurtidos y tres cacerolas, cada una con un nombre distinto escrito sobre un trozo de tela adhesiva, como ofrendas presentadas en la feria de la iglesia. Sin duda, se trataba de algunas damas que lo cuidaban. La idea originó una mezcla de celos y regocijo.

Se inclinó sobre la mesa mientras removía su café.

—¿Has visto a Savannah después de la otra mañana, cuando salió a toda prisa?

Jack imitó la postura de Laurel, de pie a poca distancia de la joven. Ella esperó paciente la respuesta. Jack casi olvidó la pregunta cuando se dedicó a contemplar a su visitante. Sintió deseos de llevarla nuevamente al piso alto y de pasar las manos sobre los cabellos húmedos mientras la besaba y aspiraba el aroma de su piel. No lo haría, pero lo deseaba. Mucho. Demasiado. Bebió un sorbo de su café, y soportó complacido el golpe áspero y ácido de la achicoria.

—No. ¿Por qué?

—Yo tampoco. Y la tía Caroline o Mamá Pearl no saben nada. —Jugueteó con la cucharita mientras le temblaban los nervios del estómago. Clavó la mirada en el ombligo de Jack y en el vello oscuro que lo cubría—. Estoy un poco preocupada.

Jack se encogió de hombros.

—Sin duda, está con un amante.

—Quizá. Probablemente. Sólo que... —Vaciló cuando las sospechas y las teorías intentaron manifestarse. Deseaba compartir todo con él, pero Jack no estaba de humor para compartir nada, y ante la expresión pétrea de su rostro, ella no pudo decidirse a explicar más ampliamente lo que sentía. Estaba sola; precisamente lo que intentaba evitar reuniéndose con él— ...con todo lo que está sucediendo, preferiría sentirme un poco más segura.

—Querida, ¿qué pretendes de mí? —preguntó Jack sin rodeos—. Sabes perfectamente que no está en mi cama.

El silencio se prolongó entre ellos. Laurel lo miró hostil, y se dijo que era una tonta porque deseaba que él la amase, porque ella misma se permitía necesitarlo. La combinación de esos sentimientos de cólera la movió a desear una disputa.

—¿Por qué haces esto? —preguntó, depositando la taza sobre la mesa. Recorrió la mitad de la distancia que los separaba con las manos en jarras.

—¿Qué?

—Ser tan canalla.



Jack arqueó el entrecejo y sonrió.

—Querida, es lo que hago mejor.

—¡Oh, basta! —exclamó Laurel—. Es demasiado temprano para comenzar a decir esas tonterías. —Se acercó otro paso a Jack, y lo miró con los ojos entrecerrados—. ¿Qué te habías creído, Jack? ¿Qué había venido a pedirte que te casaras conmigo? —preguntó sarcásticamente—. Bien, no es así. Puedes tranquilizarte. Conservarás tu vocación por el martirio. Lo único que necesito es un poco de ayuda. Un par de respuestas francas me vendrían muy bien.

Él la miró hostil, mientras la flecha acerca del martirio daba en el blanco y lo irritaba. Cediendo a la necesidad de evitar el escrutinio de Laurel, Jack abandonó el café y atravesó la habitación para tomar una cerveza del refrigerador.

—¿Qué quieres que te diga? —preguntó, mientras destapaba la botella con un movimiento rápido de la muñeca—. ¿Que sé quién estaba montándose a tu hermana anoche? No lo sé. Si tuviera que arriesgar una hipótesis acerca de los candidatos posibles, tal vez tendría que entregarte una guía telefónica.

—Oh, magnífico —replicó Laurel. Atravesó la habitación como una tigresa. La furia burbujeó en su interior, y pidió a Dios tener corpulencia y fuerza suficiente para ajustarle las cuentas a Jack Boudreaux. Lo merecía, y ese acto habría contribuido mucho a calmar su propio orgullo herido—. Eres una gran ayuda, Jack.

—Ya te lo dije, querida, yo no me comprometo.

—Qué idiota —dijo ella, ahora casi pegada a Jack, alzándose hacía él y apuntándole con el mentón, un verdadero fuego en los ojos. Tal vez hubiera podido sentirse insegura al atravesar el terreno accidentado de la relación concertada poco antes; pero en una discusión sabía lo que debía hacer—. Jack, con todos mantienes una relación superficial... con la gente de la Taberna de Frenchie, con los Delahoussaye, con Baldwin, conmigo. Eres demasiado cobarde como para hacer algo más que mojarte los pies.

—¿Cobarde? —La miró al escuchar la palabra. Él describía su propia persona de muchos modos, y pocas de las palabras que utilizaba eran halagadoras. Pero cobarde no era un término incluido en la lista de diatribas.

Laurel insistió, disparando a ciegas, luchando guiada por el instinto. Sus actitudes estaban un tanto enmohecidas, y de todos modos nunca había sido eficaz para mantener una actitud objetiva en el curso de una discusión. Su corazón ahora se volcó en la pelea, un corazón sensible y desbordante de sentimientos nuevos. Las palabras brotaron de sus labios antes de que siquiera pudiese contenerlas.

—Cada vez que empieza a parecer que podrías tener la oportunidad de hacer algo bueno, vuelves la espalda y corres a refugiarte detrás de esa fachada que significa «no me importa nada».

—¿La oportunidad de hacer algo bueno? —dijo Jack con la mirada dura clavada en ella y el corazón oprimido en el pecho—. ¿Por ejemplo? ¿Nosotros?

Ella se mordió la lengua al escuchar la respuesta, pero de todos modos le brillaron los ojos. Jack maldijo por lo bajo y se apartó de Laurel. Esforzándose por adoptar una actitud de indiferencia calculada, Jack tomó un cigarrillo depositado sobre la mesa y se lo puso entre los labios.

Mon Dieu, un par de excelentes noches de pasión y de pronto...

—¡No! —exclamó Laurel. Elevó un dedo en un gesto de advertencia, y apretó con fuerza los labios para evitar que le temblasen—. No te atrevas. —Se tragó las lágrimas y trató de respirar—. No he venido aquí para discutir esto —dijo con voz tensa—. He venido porque creí que podías ayudarme, porque pensé que éramos amigos.

Jack exhaló una bocanada de aire y sacudió la cabeza.

—No puedo ayudar a nadie. —Ni siquiera a mí mismo.

Laurel se refugió en su propia compostura. Él no conseguiría que llorase.

—¿Sí? Pues bien, perdóname porque te he pedido que faltes a ese infame código de conducta —se burló—. Iré a preguntar inmediatamente a Jimmy Lee Baldwin si las últimas dos noches tuvo atada a mi hermana a su cama. ¡Llamaré a todas las puertas de las casas del distrito hasta que la encuentre!

Alzó una mano como si quisiera rechazar un ofrecimiento que nadie le formulaba.

—De todos modos, Jack, muchas gracias —dijo con amargura—, pero en definitiva no te necesito.

La vio salir como una exhalación de la cocina y bajar al vestíbulo, y ahora frunció el entrecejo y sintió que se le oprimía el pecho.

—Querida, eso es lo que siempre te dije —murmuró, y después se volvió y fue a buscar fósforos.

Cooper contempló el cajón donde guardaba su ropa interior, y frunció el entrecejo ante el conjunto de calzoncillos de algodón y las restantes prendas de seda que Savannah le había comprado. Levantó una camisa de seda blanca, colgándola del dedo y sacudiendo la cabeza. Se sentía muy estúpido cuando la usaba, demasiado viejo y demasiado adulto y con costumbres demasiado definidas. Pero cuando dejó caer la prenda en el cubo de la basura, al lado de la cómoda, experimentó un atisbo de pesar.

Esta vez ella no regresaría. La discusión destinada a terminar con todas las discusiones había concluido. Había terminado definitivamente, de una vez para siempre.

Lástima, pensó mientras miraba por la ventana. La había amado. Si al menos ella hubiese podido aceptar ese amor por lo que valía, si hubiese hallado la felicidad. Por supuesto, esa cualidad inquieta e insaciable había sido una de las cosas que desde el primer momento lo había atraído. Una mujer tan necesitada, tan desesperadamente ansiosa de calmar esa necesidad, tan absoluta y lamentablemente incapaz de llenar ese hueco en su corazón.

Suspiró mientras su memoria trazaba bocetos de la figura de Savannah, y su mirada se volvía hacia la ventana y absorbía los detalles del ambiente. El bayou era una faja verde botella más allá del jardín, y una vez pasadas las orillas se extendía la desordenada maraña del Atchafalaya. Un lugar salvaje y caprichoso como Savannah, imprevisible y engañosamente delicado, una manifestación de fragilidad disfrazada de implacable dureza.

Pensó que debía anotar esa imagen, pero no se decidió a abrir su cuaderno. En cambio, dejó escapar el texto y se ocupó de la preparación de su equipaje. Cinco pares de calzoncillos, cinco pares de calcetines, la corbata a rayas que Astor le había regalado la Navidad que había precedido al momento en que ella olvidó el nombre de su esposo.

Astor. Dios, qué diferente había sido ella de Savannah. Astor siempre había usado su fragilidad como una especie de hermoso adorno, como si hubiese sido el rasgo distintivo de una auténtica dama, un signo de linaje. Su dureza había estado adentro, una fuerza estoica que le había permitido asumir con dignidad las diferentes etapas de su propia declinación. Ella habría desaprobado a Savannah con un silencio cortés, con un gesto de la cabeza y un chasqueo de la lengua. Pero Cooper imaginaba que Astor habría perdonado sus pecados. No estaba tan seguro de que pudiese decirse lo mismo de él. Después de todo, había formulado una promesa a su esposa.

El sonido del timbre se introdujo en sus cavilaciones, y Cooper abandonó el armario y su colección de camisas para ir a abrir la puerta, sin sospechar que hallaría a Laurel Chandler en el umbral.

—Señor Cooper, soy Laurel Chandler —dijo ella en una actitud definida y concreta, sin sonreír, sin manifestar la más mínima sensibilidad en los ojos que estaban detrás de las gafas demasiado grandes.

—Sí, por supuesto —dijo Cooper. Recordó sus modales y se apartó de la puerta—. ¿Quiere pasar?

—Iré directa al grano, señor Cooper —dijo Laurel, sin hacer el más mínimo esfuerzo por entrar en la casa—. Busco a mi hermana.

Cooper suspiró hondo, con un gesto de fatiga, sintiendo que la edad y el peso de su infidelidad gravitaban sobre sus anchas espaldas.

—Sí, pase señorita Chandler, por favor. Me temo que tengo un poco de prisa, pero podemos hablar mientras preparo mi equipaje.

Decidida a sentir desagrado por él, Laurel entró y se encontró en el vestíbulo de un hermoso hogar antiguo, que albergaba con idéntica elegancia los viejos recuerdos de familia y un sentido intemporal de soledad. Todo estaba en su lugar, limpio y lustrado, pero no había quién lo viese. Un reloj de pie marcaba los segundos al comienzo de la escalera, y en realidad señalaba el tiempo que indicaba el fin de la familia. Cooper y su esposa no tenían hijos. Cuando hubieran desaparecido, también desaparecerían los Cooper y los recuerdos que habían forjado en esa casa a lo largo de generaciones.

Laurel dirigió una mirada dura a Conroy Cooper. Detrás de los lentes de sus gafas con marco dorado, él soportó el escrutinio de Laurel con los ojos más azules, más cálidos y melancólicos que ella hubiese visto jamás, y sonrió con un aire dolorido y pesaroso. No era difícil comprender lo que había atraído a Savannah. Era un hombre corpulento, fuerte y atlético pese a que debía tener cerca de sesenta años. Su cara probablemente había seducido a las damas en su juventud. Un mentón fuerte y una sonrisa aniñada. Ahora era un mapa marcado por las arrugas del sufrimiento y de la vida. No menos apuesto; más interesante. Permaneció allí, con sus pantalones arrugados, una pierna doblada, la cabeza inclinada a un costado. Una camisa gris le protegía los hombros y colgaba libremente sobre los pantalones.

—Estoy seguro de que usted conoce bien mi relación con su hermana —dijo, y esa voz suave y maravillosa cubrió a Laurel como un caramelo calentado por el sol. Ella trató de rechazar el efecto—. Y por eso mismo no tiene buena opinión de mi persona.

—Usted es un adúltero, señor Cooper. ¿Qué debo pensar de usted?

—Que quizá amé a Savannah lo mejor posible, al mismo tiempo que trataba de cumplir mi promesa a una mujer que ya no me recuerda, ni sabe nada de la vida que otrora compartimos.

Laurel apretó los labios y se miró la punta de los zapatos, evitando esos ojos serenos y azules.

—Savannah me dijo cierta vez que usted pensaba en términos absolutos —dijo Cooper—. El bien o el mal. Culpable o no culpable. La vida no es tan negra ni tan blanca como usted quisiera. Nada es tan absoluto en la realidad como lo es en nuestra mente durante la juventud.

—Usted ha dicho que la amó —repitió Laurel, deteniéndose en esa idea para rechazar el arrepentimiento que las palabras de ese hombre le habían inspirado. Irguió la cabeza y de nuevo lo examinó atentamente—. Ha dicho que la amó. Tiempo pasado.

—Sí. Eso terminó. —Se pasó la mano sobre los cabellos rubios y volvió los ojos hacia el reloj, que marcó unos cuantos segundos más—. No quiero ser descortés, pero debo estar en N'Awlins esta tarde. Si usted me disculpa, continuaré preparando mi equipaje.

Mientras ella lo seguía al dormitorio, la dominó una sensación parecida al deja vu. Los muebles eran grandes y masculinos. El olor del cuero y el betún para lustrar zapatos se combinaba con el débil aroma de la loción para después de afeitar. Como la habitación de papá, antes de que Vivían la desmantelase y la cediera a Ross.

Sobre el cubrecama blanco había una bolsa de cuero blando, y ella alcanzó a ver algunas prendas de algodón. Cooper se acercó al armario y eligió tres camisas, y las depositó ordenadamente en otra maleta que estaba en el suelo, cerca de la puerta del guardarropa.

—Quiso acompañarme en este viaje —dijo—. Por supuesto, tuve que negarme. Ella conocía muy bien los límites de nuestra relación. Y si usted cree que recibió bien mi respuesta, le señalaré que yo solía tener una colección de hermosas jarras que me había dejado mi abuelo. Las guardaba en ese gabinete, al lado de la puerta del dormitorio.

El gabinete estaba en un rincón; una estructura vacía sin vidrios a los costados, ni jarras antiguas en su interior. Todos los signos de la destrucción habían sido recogidos, pero Laurel podía imaginar fácilmente a su hermana arrojando la vajilla a la cabeza de Cooper. Era propensa a ese género de cólera, a ese tipo de violencia.

La tensión le apretó el estómago.

—¿Cuándo mantuvieron esa discusión? —preguntó volviéndose para mirar de nuevo a Cooper.

Él depositó un traje gris perla en la maleta y alisó las mangas.

—El martes. ¿Por qué?

—Porque no la he visto desde el martes por la mañana.

Cooper sacó otro traje del armario y lo colocó en la maleta, y frunció el entrecejo mientras imaginaba las respuestas posibles.

—Entonces, probablemente fue a N'Awlins. Sería bastante natural en ella creer que puede arruinar mi estancia en ese lugar.

—No tenía automóvil.

—Un amigo pudo llevarla. —Apretó los labios mientras cerraba la maleta—. U otro hombre. Usted podría preguntar en la Maison de Ville. A Savannah le gusta alojarse en esas casitas.

—Sí —murmuró Laurel—. Lo sé.

Habían estado allí la primavera anterior a la muerte de su padre. Una excursión de familia, una de las pocas que ella recordaba complacida. Aún podía escuchar a Vivian que explicaba que las estrellas del cine a veces se alojaban en ese lugar. Aún podía ver las casitas de gruesas paredes y el jardín, y oír el ruido y percibir los olores de Nueva Orleans como se los percibía a través de los sentidos de un niño.

Cooper cerró y aseguró la maleta. Laurel le miró las manos. Manos fuertes y gruesas, con las uñas bien cortadas. Las manos de un campesino o un carpintero, no las de un escritor. Un anillo de oro, manchado por el tiempo, adornaba el tercer dedo de la mano izquierda.

—¿Cómo está su esposa?

Él volvió bruscamente la cabeza, y los ojos le brillaron interesados y sorprendidos al mirar a Laurel. Depositó la maleta sobre la cama, al lado del bolso.

Laurel se mordisqueó distraídamente el pulgar, incómoda con el tema y el escrutinio de Cooper.

—Me enteré del incidente en Saint Joseph. Lo siento.

Cooper asintió con un movimiento lento, y le pareció interesante que Laurel se disculpase por la conducta de su hermana. Eran las dos caras de una misma moneda, una luminosa, la otra sombría; una empujada por la angustia a buscar la justicia, la otra entregada a extraños accesos de pasión. Laurel reprimía en ella misma todo lo que era femenino; Savannah lo acentuaba y agrandaba. Laurel guardaba todo en su fuero íntimo; Savannah no tenía límites ni control.

—Está bastante bien —dijo—. Una de las pocas compensaciones de su enfermedad es que olvida las cosas desagradables casi con la misma rapidez con la que suceden. En cambio, nosotros tenemos que continuar evocando los malos recuerdos, que persisten como el olor del humo.

El pasado se había esfumado, pero su marca era obstinada y ubicua. Una apropiada analogía, pensó Laurel mientras dejaba la casa.

Se sentó al volante de su automóvil y permaneció así un momento, y su mente trató de volar en ocho direcciones simultáneas. Cooper creía que Savannah había ido a Nueva Orleans. La conjetura no parecía muy acertada. Savannah siempre había considerado que un viaje a Nueva Orleans era un gran acontecimiento, algo que merecía mucha agitación y hacer y rehacer interminablemente el equipaje. Se lo habría dicho a la tía Caroline, habría prometido traer algo especial para Mamá Pearl, aunque fuese sólo para ver la agitación de la anciana. No se habría alejado como un ladrón en la noche, y eso al margen de quien la acompañase.

Para asegurarse, llamaría a la Maison de Ville, pero había otras posibilidades, y una de ellas era Jimmy Lee Baldwin.

Jimmy Lee se estiró sobre la cama en desorden, y subió. Se sentía casi completamente agotado. Olía a transpiración, con un fondo de alcohol y una capa de sexo. Sin duda, necesitaba una buena ducha antes de la reunión y el almuerzo con sus diáconos. Los diáconos. Caramba, esos tontos enloquecerían con el título.

—Jimmy Lee, de veras eres brillante —se burló, mirando el viejo ventilador de techo que trataba de mover el aire quieto—. Eres sorprendente. Realmente fantástico.

Era el signo del hombre que podía llegar lejos. Cuando las cosas se echaban a perder, Jimmy Lee encontraba el modo de suavizar la situación. El incidente de la estación de servicio de Texaco no se había orientado en la dirección que él deseaba; pero en definitiva el resultado lo beneficiaría. Jimmy Lee se encargaría de ello.

Había concebido la idea en medio de un episodio sexual desordenado y áspero. Por irónico que pareciera, tenía que agradecerlo a una prostituta. La respuesta a sus dificultades era lo que ella le había rogado, compasión, simpatía. Manipularía la simpatía de sus partidarios. No creía en la conveniencia de demostrar cierta simpatía personal. Había que atacar al cuello. Adelantarse a todos. Esos eran sus lemas. Pero el pueblo norteamericano por tradición profesaba simpatía al oprimido. Jimmy Lee conseguiría la ayuda que necesitaba; unos cuantos colaboradores se encargarían de reunir a la tropa, y el propio Jimmy Lee regresaría para hacerse cargo de la situación.

Sonrió perversamente al imaginar la situación. Las expresiones en esas caras crédulas y estúpidas, mientras él les abría su corazón y les hablaba de los problemas de su ministerio y de su campaña para acabar con el pecado. Su causa estaba siendo saboteada por Satán, que había adoptado la forma de Jack Boudreaux. Se sentía frustrado y se le obligaba a hacer el papel del tonto en cada ocasión, y a decir verdad no sabía si le quedaban fuerzas para continuar solo. Quizá si uno o dos hombres buenos se mostraran dispuestos a asumir parte de la carga en el papel de diáconos... Los ojos de los candidatos se agrandarían, y las caras relucirían al pensar en la gracia divina.

El momento era perfecto. El descubrimiento de una mujer mutilada en su propio patio trasero tendía a orientar los pensamientos de la gente hacia Dios y la venganza. Necesitarían un líder y una víctima propiciatoria, y Jimmy Lee se proponía ofrecerles ambas cosas.

Se sentó para apoderarse de la edición en rústica depositada sobre su mesa de noche, y volvió a acostarse, y comenzó a hojear las páginas.



La sangre manaba formando arroyuelos, goteando del cuchillo. Ella trató de gritar, pero el sonido vibró sólo en su propia mente. Tenía la garganta dolorida. La seda le llenó la boca, como el corcho aplicado a una botella, y la presión de la mordaza le retrajo los labios en una sonrisa macabra...

—Qué historia tan retorcida, Jack, amigo mío. —Sonrió mientras doblaba la esquina de la página.

Todo le salía a pedir de boca. Imaginó todas las posibilidades mientras se desnudaba y se duchaba en el cuarto de baño sórdido y estrecho. Jack Boudreaux sería acusado de los asesinatos. Y Jimmy Lee sería un héroe. Publicidad gratuita. Mucha correspondencia de los admiradores. Los fieles lo seguirían por doquier, haría por él lo que fuese necesario. Un sueño perfectamente maravilloso.

Mientras se vestía era un hombre feliz y satisfecho. Incluso tarareó unos pocos compases de un antiguo canto religioso mientras ajustaba el nudo de su corbata y retrocedía un paso para examinar su aspecto en el espejo colgado sobre el lavabo.

Tenía los cabellos castaños peinados hacia atrás, las mejillas perfectamente bronceadas y bien afeitadas. Esbozó una sonrisa, eufórico como siempre con el perfecto trabajo dental que tanto le había costado. A decir verdad, era la imagen misma de la perfección. La camisa y la corbata eran impecables, pero el nudo estaba un poco desviado. El traje tenía arrugas en número suficiente para conferirle el aspecto de un hombre un tanto fatigado. Respiró hondo y exhaló lentamente el aire, y se le hundieron los hombros y los músculos de la cara se convirtieron en una mueca de preocupación. Como toque final, se esponjó un poco los cabellos, y soltó algunos mechones que cayeron en desorden sobre su frente.

Los diáconos no sabrían qué era lo que les había caído encima.

Alguien llamó a la puerta, y Jimmy Lee decidió que esperase unos segundos, para ponerse a tono. Probablemente era uno de los elegidos que venía a visitarlo. Jimmy Lee había hablado con cierto acento de depresión cuando los había llamado esa mañana. Salió del cuarto de baño con la cabeza inclinada y las manos colgando a los costados.

Laurel Chandler lo miró sin la más mínima simpatía. Al parecer, había venido con la intención de provocar problemas.

—Señorita Chandler—dijo él, abriendo la puerta—. Qué sorpresa verla aquí.

—Sí, imagino que se sentiría menos sorprendido de ver a mi hermana —dijo Laurel. Cruzó el umbral, manteniéndose tan lejos de Baldwin como podía, sin darle jamás la espalda. Mirando de reojo realizó una rápida inspección del sórdido bungalow, y sus ojos se detuvieron un segundo en la vieja cama con el cabecero de hierro forjado.

Jimmy Lee cerró con fuerza la puerta. Con la cara cuidadosamente inexpresiva y la mirada fija en la mujer que lo veía con odio, abrió la chaqueta de su traje y cerró las manos sobre la cintura.

—¿Qué quiere decir eso? —preguntó.

—Exactamente lo que usted cree que significa.

—¿Sugiere que mantengo una relación con su hermana?

—No. Digo que usted practica el sexo y juega a maniatar a mi hermana.

Su reacción fue algo que combinó la risa incrédula y el asombro. La boca abierta, la cabeza inclinada, retrocedió un paso, como si las palabras de Laurel lo hubiesen golpeado físicamente, aturdiéndolo.

—¡Señorita Chandler, eso es sencillamente insultante! Soy un hombre de Dios...

—Señor Baldwin, sé exactamente qué es usted.

—Creo que no.

—¿Sugiere que mi hermana es una mentirosa? —lo desafió, afirmando las manos en las caderas estrechas.

Jimmy Lee se mordió la lengua y evaluó la situación. En su juventud se había enorgullecido de su capacidad para adivinar la situación del interlocutor. Lo que veía detrás de las gafas, en la profundidad de los ojos azules de Laurel Chandler, detrás del mal carácter y la inteligencia, era un atisbo de vulnerabilidad. Quizá ella no aprobaba la vida sexual desenfrenada de Savannah. Tal vez era tan mojigata como parecía serlo. Y también era posible que no confiase del todo en la cordura de Savannah.

Jimmy Lee suspiró con un gesto dramático y deslizó las manos en los bolsillos del pantalón, permaneció así un minuto, y después le dio la espalda, aunque no tan completamente que ella no pudiese ver que él fruncía el entrecejo, como si estuviese reflexionando.

—Mentirosa es un palabra muy dura. Creo que su hermana es una mujer muy perturbada. No niego que ha venido a verme. Y traté de aconsejarle.

—No lo dudo.

Con todo su cuerpo vibrando de cólera, Laurel se paseó lentamente por la habitación. Cuando llegó a los pies de la cama desordenada, se detuvo y cerró los dedos sobre el arco metálico. Estaba engrosado por capas de pintura vieja, y áspero en los lugares en que el óxido emergía. Laurel le dio un empujón para probar su solidez, y miró a Baldwin por encima del hombro.

—Los psiquiatras todavía se complacen usando un diván en sus sesiones. Creo que usted decidió avanzar unos pocos pasos más.

Empujó de nuevo la cama, pero le dio la espalda en el instante en que su imaginación comenzó a ver allí a Savannah, con las muñecas atadas.

También a Annie Gerrard le habían atado las muñecas.

Laurel introdujo la mano derecha en el bolso y apretó este contra su cadera, e imaginó que podía sentir el perfil de su pistola a través del cuero suave.

—¿Sabe lo que opino de los hombres que necesitan atar a las mujeres para sentirse superiores a ellas? —preguntó, regalando a Baldwin la misma mirada que había derrumbado la defensa de más de un acusado—. Creo que son basura sin esqueleto, seres deformados y despreciables.

Un músculo se agitó en la mejilla de Jimmy Lee. En los bolsillos sus manos se convirtieron en puños. Se le tensó el cuerpo a causa de la necesidad de usar esos puños.

—Ya le dije que jamás tuve relación sexual con su hermana. Sólo el Señor puede descifrar lo que sucede en una mente como la de Savannah. Estoy seguro de que es capaz de decir y hacer cualquier cosa. Pero le aseguro, como que Dios es mi testigo, que jamás le puse una mano encima.

—Dios es un testigo muy conveniente —dijo Laurel con sequedad—. Es difícil confrontar su opinión.

Las cejas oscuras de Baldwin se unieron en un gesto de asombro. Sólo le faltaba levantar un dedo y afirmar que ella era una blasfema.

—¿Usted puede dudar del Señor? —exclamó, incrédulo

Pero la representación no convenció a Laurel.

—Dudo de usted —dijo—. Vine aquí a preguntarle si ha visto a Savannah estos últimos días, pero creo que estoy perdiendo el tiempo si espero una respuesta franca. Quizás el alguacil Kenner tenga más suerte.

Apenas había dado tres pasos cuando la mano de Jimmy Lee le aferró el hombro. Laurel se volvió, arrancándole el brazo como le habían enseñado en la clase de defensa propia. Él la miró, pero no intentó tocarla otra vez.

—No he visto a su hermana —dijo, tratando de mantener una fachada de serenidad—. Ésa es la verdad, toda la verdad. No es necesario traer aquí al alguacil.

Laurel retrocedió otro paso hacia la puerta, y metió la mano en su bolso. El corazón le latía con fuerza. Le transpiraban las palmas de las manos. Deseaba ser capaz de sacar la pistola si era necesario.

—¿Por qué no quiere que venga aquí? ¿Tiene algunos esqueletos en su armario?

—Un escándalo es muy perjudicial en mi posición —dijo Jimmy Lee, acompañando la retirada de Laurel hacia la puerta—. Aunque no he hecho nada malo, la gente tiende a creer que donde hay humo hay fuego.

—Generalmente acierta.

—No en este caso.

—Ahorre saliva, Baldwin —dijo ella con expresión burlona—. No podría convencerme ni siquiera si convirtiese el agua en vino ante mis propios ojos. Usted es un charlatán y un estafador, y si yo no tuviera algo mejor que hacer con mi tiempo me ocuparía de que el mundo entero lo supiese.

Esa muchacha podía arruinarlo. El pensamiento golpeó con fuerza en el vientre a Jimmy Lee. Su estómago se convirtió en un nudo. Su esfuerzo para conquistar riqueza y gloria podía quedar en nada. Nadie creía a la hermana de Laurel, pero la gente por lo menos se detendría para escuchar a Laurel Chandler. Era posible que después diesen la espalda a lo que ella hubiera dicho, pues tenía la reputación de acusar sin fundamento; pero el daño sería irreparable.

La prensa concentraría la atención en él. A pesar del esfuerzo que siempre había realizado para pasar desapercibido, alguna prostituta lo identificaría en el noticiario y vendería una exclusiva sabrosa al Enquirer. Por Dios, ojalá nunca hubiese conocido a ninguna de las hermanas Chandler. Las dos eran unas perras y unas prostitutas. De buena gana hubiese estrangulado a ésta, la muchacha pretenciosa y virtuosa.

La imagen se manifestó en su cerebro como un relámpago, y de pronto el control que ejercía sobre sus nervios se quebró con un chasquido audible. Apretó las mandíbulas con un gruñido que llegó a ser aún más impresionante porque replegó los labios y exhibió los dientes demasiado perfectos. Una niebla roja se desplegó ante sus ojos, y él extendió la mano hacia Laurel al mismo tiempo que musitaba:

—Perrita inmunda.

Sintiendo el corazón en la boca, Laurel retrocedió para tener espacio. Ahora estaba apenas fuera del alcance de Baldwin, y sacó la pistola del bolso y la sostuvo a la altura del pecho, con las dos manos cerradas sobre la culata.

Jimmy Lee miró con ojos desorbitados la pistola

—¡Por Cristo! —exclamó.

—Amén, reverendo —rezongó Jack.

La adrenalina afluía a sus venas. Deseaba abrir la puerta, derribar a Baldwin y destruirlo por lo que le había hecho a Laurel, pero mantuvo bien controlado el machismo. Laurel y su pistola tenían la situación bajo control. Más o menos. Las manos de ella temblaban intensamente.

Con movimientos lentos y engañosamente perezosos, Jack abrió la puerta y se apoyó en el marco.

—Y si cree que ella no sabe usar el arma, será mejor que lo piense de nuevo, Jimmy Lee. Le arrancará las pelotas de un tiro y las arrojará a los perros vagabundos.

Jimmy Lee lo miró con una expresión de odio concentrado.

—Boudreaux, no lo he invitado a entrar.

Jack enarcó el entrecejo, regocijado.

—¿De veras? Bien, Jimmy Lee, ¿hará algo al respecto? Es posible que los señores Smith & Wesson tengan algo que decir.

—No es propio de usted... ocultarse detrás de una mujer —se burló Baldwin. Señaló con el dedo a Jack—. Recuerde lo que le digo, Boudreaux. No podrá ocultarse mucho tiempo más.

Jack adivinó por el brillo de los ojos de su antagonista que Baldwin tenía un naipe oculto en la manga. No sabía qué era, pero en el fondo tampoco le importaba mucho. Parpadeó en un gesto de fingido temor, y se llevó una mano al corazón.

—¿Oyó eso, señorita Chandler? ¿Por qué cree que el buen reverendo acaba de amenazarme? —Con la misma actitud descuidada, Jack se acercó y suavemente presionó sobre las manos de Laurel, de modo que la pistola apuntó al suelo—. Querida, tal vez convenga que esperes afuera. Creo que el reverendo Baldwin y yo necesitamos aclarar este pequeño malentendido.

Laurel lo miró, más interesada en saber por qué había aparecido que en lo que se proponía hacerle a Jimmy Lee Baldwin. Probablemente ella hubiera debido defender su posición, o bien obligado a Jack a salir con ella. Después de todo, la agresión era ilegal, y ella había jurado defender la ley. Pero volvió los ojos hacia Baldwin y experimentó un sentimiento primario y colérico, y por una vez dio la espalda a las normas y los reglamentos. No le agradaban las cosas que Baldwin había dicho acerca de Savannah... incluso si en el fondo de su corazón sabía que bien podían ser ciertas.

Devolvió la pistola a su bolso y, sin decir palabra se volvió y salió del bungalow.

Jack se llevó las manos a la cintura de los vaqueros, y esperó que el eco de la puerta al cerrarse se apagase antes de volverse hacia Jimmy Lee. Éste, que creía que la mejor defensa era una buena ofensiva, se apoderó de la botella casi vacía de brandy que estaba sobre la mesa de tres patas y la blandió como un garrote.

—Fuera de mi casa, Boudreaux.

—Antes mantendremos una breve charla. —Jack rodeó lentamente a Baldwin, acercándose a él de forma imperceptible. Su actitud no parecía amenazadora. Arrastró las botas sobre el linóleo con la cabeza inclinada, como si no tuviera nada mejor que hacer que contar las quemaduras de cigarrillo del suelo—. Bien, no sé qué le ha hecho a la señorita Chandler para inducirla a desenfundar su arma, pero ha tenido que ser algo malo... pues es una persona muy respetuosa de la ley.

—No le he hecho nada —rezongó Jimmy Lee, volviéndose para mantener a Boudreaux enfrente. Sus dedos se cerraron sobre la botella de brandy—. Es una mujer desequilibrada. Como usted sabe, estuvo internada en un asilo. Está loca, como su hermana.

Jack sacudió la cabeza en actitud de grave decepción, siempre desplazándose y girando, moviéndose un poco con cada gesto.

—Usted mancha el prestigio de una mujer buena e inteligente, Jimmy Lee. Incluso yo me siento molesto ante esa actitud.

Jimmy Lee de nuevo cambió de posición.

—Me importa un rábano qué es lo que le molesta, pedazo de basura del pantano.

Jack hizo un rápido movimiento hacia Jimmy Lee, y éste alzó la pesada botella de brandy. Lanzó el golpe complacido, imaginando que destrozaría la cabeza del cajun, pero erró, y en el proceso perdió el equilibrio.

Jack esquivó fácilmente la tentativa. Rápido y elegante como un gato, rodeó a Baldwin, aferró el brazo libre del predicador y lo retorció a su espalda, y lo empujó de cara contra la pared revestida de yeso. La botella de brandy cayó al piso y quedó destrozada, y el resto del licor mojó los zapatos de Baldwin.

—Le dije una vez que dejase en paz a Laurel Chandler —susurró Jack, con la boca a dos centímetros de la oreja de Baldwin—. No me obligue a repetirlo, Jimmy Lee. Yo no soy un hombre paciente.

Jimmy Lee trató de respirar. Se había golpeado la cara contra el yeso rugoso, y estaba seguro de que se le habían roto por lo menos tres de sus preciosas fundas dentales de porcelana. Mientras la sangre le latía en la cabeza y escupía saliva entre los dientes arruinados, maldijo a Jack Boudreaux, condenándolo al infierno e imaginando cien modos de torturarlo una vez que los dos estuviesen allí.

—Hablo en serio, Jimmy Lee —rezongó Jack retorciendo un poco más el brazo del predicador, y arrancándole un gemido—. Si usted continúa provocándole dificultades, le arrancaré las pelotas y las usaré como carnada para los cangrejos.

De nuevo empujó a Baldwin, y después retrocedió y se limpió las palmas golpeándolas sobre los muslos mientras Baldwin se incorporaba, aún de frente a la pared, y se masajeaba el brazo.

—Jimmy Lee, espero no volver a verlo.

Jimmy Lee escupió sobre el suelo un cuajaron de sangre y saliva, mezclado con fragmentos de porcelana.

—¡Boudreaux, usted es un hijo de puta! —gritó, a pesar del pulgar con el cual palpaba su dentadura.

Jack le dirigió un gesto con la mano y comenzó a alejarse del bungalow, al mismo tiempo que aspiraba profundamente el aire húmedo que le llegaba cargado con los aromas del bayou.

—No quiero saber lo que ha sucedido —dijo Laurel mientras se acercaba a Jack, apartándose de la base de un enorme y antiguo magnolio—. Si no sé nada, no podrán obligarme a atestiguar.

—Vivirá —dijo sardónicamente Jack. Caminaron hacia los vehículos que habían dejado estacionados en el jardín, al lado del maltratado Ford de Baldwin. Huey estaba sentado frente al volante del todoterreno de Jack, con las orejas como un par de triángulos negros y los ojos disparejos brillantes. Jack dirigió a Laurel una mirada de reojo—. ¿Estás bien?

Laurel lo miró.

—Jack, ¿qué haces aquí? Hace dos horas ni siquiera estabas dispuesto a responder francamente a mis preguntas, y mucho menos a acudir para salvarme.

Él frunció el entrecejo, encerrado en la trampa que él mismo había fabricado. Hubiera debido mantenerse al margen del asunto, pero sentado frente a su escritorio, fumando la primera cajetilla de Marlboro que se permitía en dos años y tratando de evocar a una musa violenta, no había podido apartar de su cabeza la imagen: Laurel atacando a Baldwin con el coraje de un león y la estatura de un gatito. Baldwin era un estafador, pero eso no significaba que no fuese capaz de hacer cosas peores, y por mucho que quisiera proceder de otro modo, Jack no podía permanecer indiferente permitiendo que ella corriese sola ese riesgo.

—Te seguí —reconoció de mala gana—. No deseo implicarme, pero tampoco quiero que te lastimen. Ya tengo suficiente sobre mi conciencia.

Demasiado tarde para eso, pensó Laurel mordiéndose el labio. Él ya la había lastimado de diferentes modos. Le destrozaría el corazón si ella le ofrecía la oportunidad y, aunque precisamente por eso creía ser una estúpida, una parte de su ser deseaba ofrecerle esa oportunidad. Pese a que sabía todo lo que sabía acerca de su persona. Incluso después de todo lo que ellos se habían dicho en la cocina de Jack. Cuando recordaba la ternura de ese hombre en la noche, la vulnerabilidad que se escondía tras la fachada dura y belicosa, era inevitable que deseara ofrecerle esa oportunidad.

—Caramba, señor Boudreaux —dijo sardónicamente Laurel, mirando con una especie de fingido asombro—, será mejor que cuide lo que hace. Uno podría deducir de una afirmación como la que acaba de formular que de veras le preocupa mi bienestar. Eso podría ser peligroso para su imagen de canalla.

—Deja de hacerte la astuta —musitó Jack con expresión sombría—. No me agradó que vinieses aquí completamente sola. Mira, el viejo Jimmy Lee quizá no sea tan inofensivo como parece.

—Es posible que de ningún modo sea inofensivo —murmuró Laurel, volviendo los ojos hacia el sórdido bungalow.

El reverendo Baldwin se complacía en las manifestaciones retorcidas del sexo, y tenía mal carácter. También poseía una cobertura casi perfecta. ¿Quién podía sospechar que un predicador fuese culpable de asesinato?

Asesinato. La palabra le provocó un estremecimiento. Ella había ido allí en busca de su hermana, y ahora estaba pensando en un asesinato. No debía permitir siquiera que los dos temas confluyeran en su espíritu. En ningún sentido.

—Bien, sean cuales fueren tus motivos, gracias por venir.

Se hubiera dicho que la relación entre ellos estaba más allá del formalismo del agradecimiento, y las palabras de Laurel flotaron desagradablemente entre ellos. Laurel se acomodó mejor las gafas sobre la nariz y caminó hacia su automóvil. Jack se encogió de hombros y cerró la mano sobre el picaporte del coche.

—Querida, ¿a dónde irás ahora a buscar problemas? —preguntó Jack, al mismo tiempo que se decía que era un estúpido por preocuparse.

—A la oficina del alguacil —dijo ella, que ya estaba preparándose para afrontar la experiencia—. Creo que él y yo necesitamos conversar un poco. ¿Quieres venir?

Era un ofrecimiento estúpido. Y ella no tuvo motivos para sentirse decepcionada cuando él rechazó la invitación, pero no deseaba destruir el frágil canal de comunicación que los unía. Absurdo. Incluso mientras censuraba su propia actitud, los dedos de Laurel se hundieron en el bolso y sacaron la caja de fósforos roja. Se la enseñó a Jack, sólo para sentir el contacto con los dedos del hombre.

—¿Sabes algo acerca de este lugar?

La expresión de Jack pareció congelarse al mirar la trabajada máscara negra y el título pulcramente escrito.

—¿Dónde la conseguiste? —preguntó.

Laurel se encogió de hombros, y se le secó la boca cuando percibió la tensión en el cuerpo de Jack.

—La encontré. Creo que Savannah la dejó en mi automóvil, pero ella no reconoció que le pertenecía. ¿Por qué? ¿Qué clase de lugar es?

—Es la clase de lugar adonde no querrías ir, querida —dijo sombríamente Jack devolviéndole los fósforos—. A menos que te agrade el castigo y el peligro.


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