Falsa alarma



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Capítulo 24


La noticia del segundo asesinato recorrió Bayou Breaux como un huracán que después de pasar dejaba la estela de la destrucción emocional y provocaba el miedo colectivo.

Al mediodía en el pueblo no había nadie que no hubiese escuchado varias veces el relato basado en la versión de Chad Garrett. Era el tema del día en los salones de belleza y con las manicuras del local de Yvette, donde pocos días antes Suzette Fourcade le había arreglado las uñas a Savannah. Suzette se sentía tan inconsolable a causa del dolor histérico que le provocaba la pérdida de una amiga, y la idea de haber tocado las manos de alguien que después había sido asesinada. Yvette esperaba que llegase la orden de Prejean: tendría que enfrentarse a la ingrata tarea de arreglar los cabellos de Savannah y de aplicarle el maquillaje para su última aparición pública antes del eterno descanso.

La historia fue relatada acompañando el café y los bollos en el local de madame Collette, donde Ruby Jeffcoat pontificó acerca de las desgracias que acechaban a las jóvenes que usaban las faldas tan cortas que se les veía el trasero, y sin ropa interior; y Marvella Whatley volvía a llenar distraídamente las tazas mientras su mente repasaba los años durante los cuales había servido pastel de ruibarbo y Coca Cola a las jóvenes Chandler.

Los viejos sentados en su banco, frente a la ferretería, agitaban la cabeza ante el estado del mundo, y miraban la calle con ojos lacrimosos que expresaban irritación y miedo, además de la frustración de sentirse demasiado viejos para proteger a los seres amados o vengarlos. Y en el depósito de Alimentos y Semillas de Collins, los muchachos palmeaban al aturdido Ronnie Peltier, y se reunían en el cuarto destinado al descanso del personal para repetir los relatos de Ronnie y de otros acerca de sus aventuras sexuales con Savannah. Ella era una leyenda en la población masculina de Partout. Si no hubiese sido un episodio tan horrible, su muerte sensacional casi habría parecido un desenlace apropiado.

A lo largo y a lo ancho del pueblo los detalles del crimen eran desmenuzados, escudriñados, analizados y comparados con los detalles de la muerte de Annie Gerrard. Las dos habían sido estranguladas. Ambas habían sido violadas, o eso creían todos; acerca de esa cuestión el alguacil guardaba silencio. Ambas habían soportado la clase de horrores que los habitantes de Bayou Breaux nunca habían pensado que un ser humano podía infligir a otro. Pero alguien había concebido ese tratamiento. Alguien lo había hecho. Y el rumor decía que habían hallado el cadáver de Savannah Chandler con la página de un libro en la mano. Un libro llamado Ilusiones perversas, de Jack Boudreaux.

Jimmy Lee Baldwin oyó el rumor, elevó los ojos al cielo y formuló una plegaria de agradecimiento.

—Jamás nadie supo cómo tratarlo —afirmó Clem Haskell, mientras introducía en su café el tercer terrón de azúcar. El doctor Broussard lo perseguía para recomendarle que redujese el consumo de calorías y de ese modo eliminase el salvavidas que llevaba en la cintura; pero él cultivaba la caña de azúcar, y el infierno se congelaría antes de que nadie lo convenciese de que introdujese edulcorantes químicos en su café o en cualquier otro sitio. Los edulcorantes provocaban cáncer, y quién sabe cuántas cosas más, de eso estaba seguro. Su cucharita repiqueteó contra el platito, y Haskell elevó la taza y la acercó a los labios, formulando mentalmente el deseo de beber algo más fuerte para fortificar sus nervios. Lástima que el reverendo y Baldwin mirase con malos ojos las bebidas alcohólicas.

March Branford tomó con el tenedor un pedazo de pastel de cerezas y lo miró, con su apetito completamente amortiguado a causa de las imágenes de las mujeres muertas que aparecían ante él como las escenas de un filme.

—¿Qué clase de mente perversa escribe esta clase de basura? No puede ser un hombre normal, temeroso de Dios —se aventuró a decir, mientras depositaba el tenedor y se rascaba el lóbulo de la oreja—. El Señor nunca quiso que el hombre se beneficiase con la perversidad. Éste es el trabajo del demonio, ni más ni menos.

—Así es, Diácono Branford.

Jimmy Lee asintió con un gesto sabio y melancólico, paseando la mirada sobre el círculo de oyentes reunidos en el local de madame Collette, mientras se pasaba la lengua sobre los bordes lastimados de dos fundas de porcelana. En ese lugar no había ni una sola persona que no se sintiera nerviosa. Dos crímenes en cuestión de días. Annie Gerrard aún no había descendido a su tumba, y ahora moría la pobre Savannah Chandler. La gente necesitaba una explicación. Querían que alguien fuese culpable. Deseaban estar en condiciones de apuntar con el dedo y decir: Él lo hizo. De ese modo podrían dormir por la noche. Jack Boudreaux parecía un candidato apropiado.

—¿No dije lo mismo a todos ustedes la última vez que nos reunimos para orar? —preguntó Baldwin, tratando de evitar el ceceo a través de las roturas del trabajo que el dentista había realizado en su boca—. Esos libros son el producto de una mente perversa. Los vómitos ponzoñosos de Satán.

Ken Powers sabía muy bien lo que eran los «vómitos ponzoñosos». Su hijastro Rick escuchaba la música de los grupos de rock, algunos de los cuales se llamaban Megadeth y otros la Banda de los Asesinos. Eran una pandilla de chiflados de cabellos negros de los cuales solamente emanaban mensajes satánicos. Y precisamente por ello el muchacho estaba completamente corrompido. No respetaba ni a Dios ni al hombre. Introducía en la casa revistas pornográficas y quién sabía lo que hacía con esa pandilla de sinvergüenzas que eran sus amigos. Probablemente todos leían los libros de Jack Boudreaux y representaban las escenas de sexo y violencia, con la música de rock trompeteando en el trasfondo.

—En el momento en que compró la casa de esa prostituta, comprendí que había algo extraño en este hombre —dijo Ken, apoyando los codos sobre la mesa e inclinándose hacia el reverendo, con la cara redonda y rosada reluciente de convicción. Ken era un buen cristiano, y deseaba que todos lo supieran. Por Dios, él y Nan y el resto de sus hijos demostrarían a todo el pueblo que eran personas rectas. Poco importaba la mala semilla que Nan había traído de su primer marido.

—Compró la casa de una prostituta que murió de muerte violenta. Escribe acerca del mal, la bajeza y el pecado. Y ahora, una de nuestras propias hijas que ha caído en desgracia aparece muerta, con la página de uno de sus libros en la mano. Es un signo, una señal del propio Lucifer.

Jimmy Lee inclinó la cabeza y unió las manos sobre la mesa de fórmica.

—Amén, diácono Powers. Si consiguiéramos que nuestro buen alguacil Kenner viese la luz...

Mientras sus diáconos discutían quién de ellos tendría el honor de representarlos ante el sheriff, Jimmy Lee se pasaba la lengua sobre los dientes arruinados y deseaba que Jack Boudreaux realizara un hermoso viaje al infierno, pasando por la penitenciaría de Angola.

En ese mismo momento, Jack estaba de pie en el balcón de L'Amour, mirando hacia el bajou, y soportando una especie de infierno que Jimmy Lee Baldwin jamás había conocido, el infierno de la conciencia. Había recorrido las calles vacías del pueblo después de separarse de Laurel, tratando de aclararse las ideas, y había acabado en el local de madame Collette para beber una taza de café, precisamente cuando entraba el grupo de clientes que debía desayunar. Ruby Jeffcoat no había perdido tiempo para informarle de las novedades, con los ojos relucientes de maliciosa complacencia. Louise, hermana de Ruby, trabajaba en la oficina del alguacil, y tenía una versión de primera mano. Un loco había salido a matar a Savannah Chandler, y había dejado en la mano una página de los libros de Jack clavada en el pulgar de la víctima, de modo que no volase a causa del viento.

El resto de los detalles sabrosos había resbalado sobre Jack. Este no oyó una sola palabra acerca del modo en que Chad Garrett había comenzado a vomitar e iniciado una reacción en cadena con los hombres de la comisaría que estaban en el lugar del hecho. No escuchó el primer sermón del día pronunciado por Ruby acerca del modo en que las mujeres que se comportaban como putas estaban provocando el tipo de muerte que había recaído sobre Savannah Chandler. No oyó el repiqueteo de las tazas de café o la resonancia de los cubiertos sobre la vajilla. Permaneció sentado allí, frente al mostrador, sintiendo que soportaba una experiencia abstracta, y algunos fragmentos de lo que Jimmy Lee Baldwin había dicho cruzaban su cabeza como relámpagos. ...mentes inestables... cometen actos inenarrables...

Savannah había muerto. Ese espíritu salvaje y torturado se había ido, acosado y abandonado como un trapo viejo. Una mujer tan vibrante, que desbordaba necesidades y odio. Jack casi no podía concebir que tanta energía sencillamente hubiese dejado de existir.

No, no sencillamente. En su muerte no había existido nada sencillo. Había sido un episodio prolongado y horrible. ...mentes inestables... actos inenarrables... Y la habían encontrado con una página de uno de los libros de Jack en la mano.

Se preguntó estúpidamente qué libro, qué página, y evocó en su mente cien escenas distintas de muerte que habían pasado de su imaginación a sus dedos y a las páginas de un libro. ¿Cuál era la que Savannah había tenido que soportar?

Furioso consigo mismo, volvió a su dormitorio y se sentó frente al escritorio. Jack no escribía para inspirar; escribía para entretener. Escribía para exorcizar sus propios demonios interiores, no para inducir a otros a abandonar sus escondrijos. No podía considerársele responsable porque alguien lo hubiese usado como excusa para asesinar. Si no hubiese sido su libro, se habría tratado de una canción escuchada por la radio, o de una voz en la televisión, o de un mensaje telepático proveniente de Dios. Siempre podía desplazarse hacia otro la culpa.

Caramba, él lo sabía muy bien, ¿verdad? No era responsable; siempre era la culpa ajena.

Su mente de escritor evocó muy fácilmente la imagen de Savannah que yacía muerta en el bayou, con los ojos sin vida clavados en un cielo implacable. Maldiciendo cruelmente, barrió el escritorio con el brazo y envió a volar restos, páginas manuscritas, notas garabateadas, una declaración de regalías, lapiceros, broches. Se apoderó de un montón de ejemplares de Ilusiones perversas y arrojó los libros uno por uno a través de la habitación, con toda la fuerza posible, y así derribó un vaso de agua y envió al suelo de madera una lámpara de cristal.

No quería tener a Savannah Chandler en la cabeza. No deseaba a Laurel Chandler en su corazón. No quería la responsabilidad, no podía aceptarla. Lo había demostrado en repetidas ocasiones. Era el hijo de su padre, el producto de la debilidad de su madre y del odio de su viejo.

Y ahora tendría otro cadáver en la conciencia.

Uniendo las manos sobre la cabeza, aulló su cólera y su dolor, con los ojos fijos en el centro de yeso del techo.

¿Por qué? Cuando no pedía nada a nadie, cuando había renunciado a la esperanza de tener la clase de vida con la cual siempre había soñado... ¿por qué continuaban presionándolo? Había hecho todo lo posible para evitar los compromisos emocionales. Había aclarado a todos que no podía confiarse en él. Sin embargo, allí estaba, metido hasta las orejas en ese enredo. La frustración lo endureció y tembló en su interior. Con los ojos desorbitados y el pecho agitado, se volvió en busca de algo sobre lo cual descargar sus sentimientos.

Laurel estaba en el umbral de la puerta.

Al verla, todo lo que bullía en el interior de Jack se detuvo y suavizó instantáneamente. La cólera que lo había envuelto se disipó, y él se sintió desnudo y vulnerable, y el corazón le latía con excesiva fuerza en el pecho. Ella parecía un niño pequeño con sus vaqueros abolsados y la camisa arrugada. Los ojos, tan cálidos y azules, dominaban la cara pequeña y pálida.

—Savannah está muerta.

—Lo sé.


Laurel cruzó los brazos y se castigó ella misma porque deseaba que él se le acercara y la abrazara. Para eso había ido allí, en busca de consuelo y para escapar del sonido del llanto y de la campanilla incesante del teléfono. Los periodistas que buscaban una historia, los amigos que llamaban para expresar su sincera simpatía, los habitantes del pueblo que manifestaban compasión fingida para apaciguar su curiosidad mórbida. Había venido para escapar de la atroz agitación de los policías que revisaban la habitación de su hermana, y se llevaban su automóvil, y formulaban preguntas redundantes hasta que ella deseaba echarse a gritar. Laurel había venido buscando un momento de paz, pero cuando su mirada se paseó sobre los destrozos provocados por la cólera de Jack, experimentó la deprimente sensación de que allí no encontraría nada de lo que buscaba.

—Voy a la funeraria de Prejean para verla.

—Dios mío, Laurel...

—Tengo que hacerlo. Ella... —Parpadeó y se apartó del tiempo presente, y esbozó una mueca ante el gusto amargo—. Ella era mi hermana. No puedo permitir que se marche... sola...

Las lágrimas le enturbiaron la visión, y desdibujaron su imagen de Jack. No deseaba derramar lágrimas, por lo menos todavía. Ni frente a otra persona. Después, cuando llegase la noche y ella hubiese atendido todas sus obligaciones, cuando estuviera sola. Completamente sola... Ahora tenía que ser fuerte, exactamente como había sido al morir papá. Claro que cuando papá había muerto, Laurel había podido contar con la ayuda de Savannah.

No llores, nena. Papá se ha ido, pero siempre nos tendremos la una a la otra.

Aspiró una bocanada de aire y trató de rechazar los recuerdos, confeccionando una lista mental de las cosas que necesitaba hacer. Ver a Savannah, comprobar que se realizaban los arreglos y que el señor Prejean tenía las ropas necesarias para vestir a Savannah, y que se ordenaran rosas rosadas. Las rosas rosadas eran las favoritas de Savannah. Querría muchísimas rosas, aseguradas con cintas de satén blanco.

El dolor la atacó en el costado, como un ariete, y la conmovió, pulverizando la fuerza que mejor o peor la había sostenido durante la interminable entrevista con Kenner y Danjermond. Laurel cayó de rodillas entre los restos que habían caído del escritorio de Jack y hundió la cara en las manos, sollozando mientras ese dolor se le clavaba como una sucesión de dagas.

—¡Oh, Dios mío, está muerta!

Jack no se permitió pensar en su propio sufrimiento, en sus propias necesidades, en la distancia que había decidido poner entre él mismo y Laurel. No podía ver que se desintegrara sin hacer nada. No tuvo valor para alejarse. El amor que nunca hubiera debido permitir que arraigara en su persona le obligó a permanecer allí, y lo empujó hacia Laurel.

Se arrodilló a su lado y la atrajo hacia él, y cerró con fuerza los ojos al oír el llanto de la joven. Los sollozos sacudían el cuerpo de Laurel, y por eso mismo él cobraba aguda conciencia de la pequeñez de la muchacha, de su fragilidad. La acunó contra su pecho, como si ella estuviese formada por cristal, y le acarició los cabellos y le besó la sien, y la meció, canturreándole suavemente en un idioma que no sabía muy bien si ella entendía.

—¡La echo tanto de menos... tanto! —exclamó Laurel, sintiendo en su garganta una masa de dolor y remordimiento.

Los sentimientos la colmaron, se expresaron en el dolor de sus huesos y sus músculos, como un virus. La pérdida. Esa terrible sensación de pérdida, un vacío tan implacable como el acero en su interior. Habían pasado apenas unas horas, y sin embargo el sentimiento de soledad era aplastante.

¿Por qué? Esa sola pregunta se manifestaba constantemente. La muerte de Savannah parecía tan insensata, tan sádica. ¿Qué clase de Dios permitía semejante crueldad? ¿Porqué? Era la misma pregunta que se había formulado veinte años antes, cuando le habían arrebatado a su padre. Y tampoco entonces nadie había podido contestarla.

Quizás eso era lo peor. Laurel tenía una mente lógica y práctica. Si una cosa tenía sentido, si había una razón que la justificara, ella al menos podía entender. Pero las cosas que venían de la nada desafiaban a la lógica. No había razón ni explicación que le aportasen un poco de consuelo. De modo que ella se quedaba con las manos vacías; no tenía a qué aferrarse, ni siquiera a la esperanza, porque en un mundo en que cualquier cosa podía suceder en cualquier momento, lo que era imprevisible rechazaba la esperanza y dejaba en su lugar el miedo.

—¡Odio esto! —murmuró con la cara apretada contra el hombro de Jack—. Odio estos sentimientos. ¡Dios mío, ojalá jamás hubiera regresado!

Jack la acunó, abrazándola con fuerza.

—Querida, no habría importado. Nada habría cambiado.

Laurel pensó en las chucherías que el asesino había dejado para ella, y reflexionó. ¿Las habría enviado a otra persona? ¿Habría asesinado a la única hermana de otra mujer?

Al margen de la respuesta, se sentía atrapada por la carga de la culpabilidad; cualquiera fuese la respuesta, alguien debía morir. La responsabilidad recaía sobre Laurel, exactamente como en el Condado de Scott. Laurel creía que ella hubiera dado cualquier cosa por la posibilidad de salir, pero al mismo tiempo sabía que no hubiese aprovechado la oportunidad si se le ofrecía. Estaba atrapada por su propio sentido del deber y el honor, aferrada aquí a otra pesadilla.

—Cambiaría todo lo que tienes que soportar si pudiera —dijo en voz baja Jack.

Jack, que afirmaba que no era el héroe de nadie, estaba dispuesto a retroceder y a cambiar la historia en beneficio de Laurel. Ella abrazó a Jack y lo sostuvo con fuerza, incluso sabiendo que no era el hombre que le estaba destinado. Pero la necesidad y el conocimiento chocaron en Laurel, y la necesidad se impuso por el momento.

—Podemos irnos unos días —murmuró Jack—. Salir de esto. Conozco una cabaña en el Bayou Noir...

—No puedo.

Laurel se irguió un poco, parpadeando a Jack a través de las lágrimas. Se pasó una mano por los ojos y se peinó los cabellos con los dedos.

—Yo... no puedo ir a ninguna parte. Tengo cosas que hacer... arreglos... —Tragó saliva y expresó la verdadera razón de su actitud—. Tengo que descubrir quién hizo esto. Alguien tiene que pagar.

—¿Y tú tienes que ser la persona que lo descubra? —dijo Jack con voz dura, y ahora su sentido de responsabilidad se enfrentaba con su egoísmo. La deseaba sana y salva y toda para él, sino definitivamente, al menos por poco tiempo—. Tenemos un alguacil que puede ocuparse de esa tarea.

—El asesino no está enviando a Kenner los trofeos de sus conquistas —dijo sombríamente Laurel—. Ya me envió tres.

La noticia afectó a Jack con la fuerza de un golpe dado con un bate de béisbol, dejándolo incrédulo, un poco aturdido, un poco asqueado. Un asesino había elegido a Laurel. Jack se sentó sobre los talones, con la boca floja y los dedos tensos mientras sostenía el brazo de Laurel.

—¿Qué te envió?

—Un pendiente. No sé a quién pertenece. Y el collar de Annie Gerrard. Esta mañana encontré un collar de Savannah en mi bolso.

—¡Dios santo, Laurel! ¡Eso justifica todavía más que debes salir de aquí!

—Jack, ¿eso es lo que tú harías? —Arqueó una ceja, mirándolo con tanta intensidad que él dejó caer las manos y desvió los ojos—. ¿Te escaparías? No lo creo. Aunque te agrada representar esa comedia, no creo que lo hicieras. Por mi parte, sé que no puedo.

—¿Prefieres acabar con un pañuelo de seda atado al cuello? —dijo brutalmente Jack, las manos temblándole ante la idea de que alguien pudiera hacer daño a Laurel. La inquietud provocó el temblor de su cuerpo. Nunca hubiera debido enredase con ella. De todas las mujeres que podía haber tenido, en definitiva le interesaba la que trataba de sostener sobre los hombros el peso del mundo.

—No soy de las que le interesan —dijo Laurel—. No soy promiscua.

—Has estado acostándote conmigo, ¿verdad, tite chatte?

Laurel se encogió ante el filo sardónico de la voz de Jack.

—Eso es distinto.

Él se encogió de hombros, en un gesto exagerado.

—¿En qué es distinto? Apenas me conoces, nos acostamos juntos. Mantenemos relaciones sexuales. ¿En qué es diferente? ¿Crees que este asesino se dedicará a partir un cabello en el aire?

—¡Basta! —exclamó Laurel, odiando a Jack porque subestimaba la experiencia que ellos habían compartido. Incluso si él no deseaba llamarlo amor, era algo más que sexo. En todo caso, no pertenecía a la misma categoría que lo que Savannah había compartido con gente como Ronnie Peltier y Jimmy Lee Baldwin. Los dedos de Laurel se cerraron sobre alguno de los papeles que Jack había apartado de su escritorio en su acceso de cólera, y ahora los levantó y los arrojó a Jack, un gesto que simbolizaba más la futilidad que la furia.

—Me sorprendes —dijo Jack, dando rienda suelta a su cólera. Era mejor enojarse que no temer. Era mejor rechazarla antes que aferrarse a ella cuando sabía que de todos modos, en definitiva, la perdería—. Crees que eres la mujer maravilla, o algo por el estilo. Si sucede algo malo, crees que podrías haberlo impedido, crees que tendrías que resolverlo, crees que tendrías que imponer la justicia.

—¡Oh, discúlpame por ser una persona responsable!

—Eso no es responsabilidad, es arrogancia.

Laurel ahogó una exclamación cuando el golpe la alcanzó de lleno.

—¡Cómo te atreves a decirme eso! —dijo, y su voz se convirtió en un murmullo tembloroso que alcanzó más intensidad y volumen con cada palabra—. ¡Te sientas aquí, en esta cárcel privada que te compraste, bebes una botella tras otra y asumes la culpa de una persona que se suicidó! Todo lo que sucedió fue tu culpa... Pero no, a decir verdad no es tu culpa, porque tu padre fue un hijo de perra. Debemos traerlo aquí para formular todas nuestras acusaciones.

—No podemos —gritó Jack, inclinándose hacia Laurel.

—¿Por qué no? —respondió Laurel, afrontando la mirada de Jack.

—¡Porque yo lo maté!

Como una marioneta a la cual le cortaron las cuerdas, Laurel cayó al suelo, aterrizando sobre el montón de páginas manuscritas y notas garabateadas, completamente atónita.

—Con mis propias manos —murmuró Jack, mostrando las manos a Laurel, los dedos largos y elegantes que se movían hacia un lado y hacia el otro.

Se puso lentamente de pie, y una extraña calma se manifestó en su rostro. Había deseado desembarazarse de Laurel. ¿No era lo que él mismo se había dicho mientras recorría las calles desiertas del pueblo en la bruma gris que precedía al alba? Amarla le dolía demasiado, y el desenlace, que era inevitable, le parecería todavía más desgarrador. Ésta era su oportunidad para romper, la posibilidad de demostrar a Laurel de una vez por todas quién era exactamente él. Y después, ella podría alejarse.

—Golpeó a mi madre, y esa fue la gota que desbordó el vaso. Me empujó y derribó muchas veces, sin pensar siquiera que llegaría el momento en que yo no sería minúsculo y débil.

Pareció que los ojos de Jack se volvían hacia su propio pasado, y que todo lo veía como si se tratase de la escena de una película, la cocina sórdida que olía a grasa, su madre acurrucada junto al fregadero sucio, Blackie abalanzándose sobre ella con el brazo levantado.

—Me apoderé de una plancha de hierro que estaba sobre la hornilla, fue lo primero que encontré cerca y lo descargué sobre él, y le destrocé el cráneo —dijo sin rodeos, como si necesitara expresar todos los sentimientos para acallar la historia.

»No creo que mi intención fuese matarlo —dijo, aunque después de tantos años aún no estaba seguro.

»Dios sabía que con mucha frecuencia había deseado la muerte de Blackie, y que deseaba acabar con el miedo y la vergüenza.

»Le había advertido que no continuara castigando a Maman. Finalmente, tuve la fuerza suficiente para detenerlo. Era todo lo que quería... que él cesara, que él nos dejase en paz.

Resopló y contuvo la respiración un momento, tratando de rechazar la reaparición de los sentimientos infantiles, y utilizando la antigua amargura como combustible para continuar adelante.

—Y mientras mi madre se sentó en el suelo, con la sangre manando de su nariz rota, llorando frente a este hombre que había abusado de ella y de sus hijos durante diecisiete años, yo embarqué su cuerpo en nuestro bateau. Llevé al viejo Blackie a dar un paseo por el pantano, até un ancla a su cuerpo y lo arrojé a las aguas más profundas y oscuras que pude hallar. No necesitaba un entierro decente, porque de todos modos se marchaba directamente al infierno. No necesitaba mezclar en el asunto al alguacil. Todos dijimos que había salido en busca de diversión y nunca había regresado.

»Querida, ésta es la clase de hombre a quien tú crees amar —dijo Jack finalmente, con voz grave y dura. Miró a Laurel, y el dolor le desgarró el corazón mientras tomaba nota de la impresión y el horror que se manifestaban en la cara de la joven.

»¿Crees que me conoces? ¿Crees que me tienes bien clasificado? ¿Te parece que quizás hay algo que merece ser amado bajo todas estas cicatrices? Piénsalo otra vez. Maté a mi propio padre, empujé a mi esposa al suicidio. Ejercí una profesión donde se me pagaba para mentir y engañar, y pasé a otra que induce al asesinato a las mentes retorcidas. —Una sonrisa amarga le torció la boca—. Sí, chere, si hay un tipo notable, tienes que enamorarte de un hombre como yo.

Ella no dijo una palabra, y se limitó a permanecer sentada mirándolo con los ojos muy abiertos, y Jack comprendió que hubiera pagado el más alto precio para ser la clase de hombre que ella necesitaba. Un pensamiento amargo. Un pensamiento absurdo. Él era el hombre que ella menos necesitaba. Laurel merecía un héroe, un caballero de armadura reluciente, no un mercenario gastado, no un hombre agobiado por los fantasmas. Él era simplemente la peor clase de canalla. Lo que ahora estaba haciéndole a Laurel era la prueba absoluta de ello. Dieu, acababa de perder a su hermana, y ahora él estaba destrozándole el corazón sólo para rescatar lo que quedaba del suyo propio.

Uno de los papeles caídos sobre el suelo atrajo la mirada de Jack, y él se inclinó y lo recogió, y en sus labios se dibujó la lamentable caricatura de una sonrisa mientras leía su propia escritura. Había olvidado por completo el motivo interior que lo había inducido a conocer a Laurel. En realidad, había realizado a lo sumo un esfuerzo simbólico para creer en esa pobre maniobra. Pero allí estaba, en blanco y negro, y el papel llegaba en un momento muy oportuno, para completar la tarea que él había iniciado: arruinar definitivamente sus posibilidades con Laurel.

—Mira —murmuró, entregando al papel a Laurel—. Aquí tienes la clase de hombre a quien has acudido en este momento trágico para ti. Lamento que no me creyeras la primera vez que te lo dije.

Laurel no miró el pedazo de hoja de cuaderno que sostenía en la mano. Se incorporó lentamente, sosteniéndose sobre sus piernas débiles, y vio cómo Jack se alejaba. Él salió al balcón sin mirar hacia atrás, y Laurel sintió que al salir había llevado consigo el corazón de su visitante. Cuando ella finalmente miró las notas garabateadas al descuido, comprendió que él había desaparecido del balcón para acercarse a las aguas oscuras del bayou.

Laurel, obsesionada con la justicia. La carga de la culpabilidad proveniente de antiguos pecados, reales o imaginarios. Reprime la femineidad (sin éxito) con ropas abolsadas, etcétera. Reprime la sexualidad (un conflicto cabal con el futuro héroe). Una fascinante dicotomía de fuerza y fragilidad. Sólidos vínculos con el padre muerto.

Necesito tener detalles acerca del caso que la desequilibró. ¿Los acusados eran culpables? ¿Ella necesitaba que lo fueran? ¿Por qué? ¿Puede suponerse que hubo episodios de abuso en su pasado?

Un perfil del carácter. Él había estado estudiándola, redactando notas para referencia futura. La mirada de Laurel cayó sobre el suelo, y vio los recortes periodísticos entre las hojas de papel de máquina y de papel pautado. Los titulares se destacaban como si hubieran sido tridimensionales: La fiscal del Condado de Scott grita: Al lobo, al lobo. Se rechazan los cargos. Chandler renuncia.

Laurel jamás hubiera podido creer que cabía lastimarla más que lo que ya estaba. Y se hubiera equivocado. Una nueva punzada de dolor se le clavó en el costado. Eso sucedía en un plano distinto que el ocupado por el dolor de perder a Savannah; pero era no menos áspero, no menos ácido.

No era que él no le hubiese advertido, se dijo Laurel, y sus pestañas trataron de contener una nueva oleada de lágrimas. No era que ella no hubiese formulado sus propias advertencias. Jack no era el hombre apropiado para ella. Ése no era el momento. Por desgracia, Laurel no había conseguido que su corazón escuchase.

—¿Fue todo grano para el molino? —preguntó Laurel, y se acercó con movimientos lentos y temblorosos al ventanal francés abierto—. ¿Cuando hicimos el amor? ¿Cuando lloraste y me hablaste de Evie? ¿Y la muerte de Annie, y la de Savannah... todo es material para el próximo libro de gran venta?

El pensamiento la aturdió.

—Todo lo que hicimos juntos, todo lo que nosotros... yo... sentí... —Arrastró las palabras, porque la perspectiva era demasiado cruel—. Te equivocaste de vocación, Jack —dijo amargamente—. Debiste ser actor.

Él no dijo nada en su propia defensa. Se limitó a permanecer de pie con las manos apoyadas en la baranda del balcón, los anchos hombros inclinados, los ojos fijos en el bayou. Tenía la expresión dura, cerrada y remota, como si lo hubiesen llevado a un lugar sombrío, solitario o torturante, que era un ámbito existente en él mismo. Laurel deseaba golpearlo. Quería arrancarle una confesión, una confesión que refutase la prueba condenatoria que él mismo le había proporcionado.

Pero no lo golpeó, y él no desmintió una sola palabra de su testimonio. No había un solo juez en el país que no lo hubiese condenado, en todo caso, al menos por delitos del corazón.

—Creo que demostraste tu tesis —murmuró Laurel—. Eres un canalla, y un individuo que usa a la gente. No me convienes.

Laurel salió al balcón, abrumada porque el día podía ser tan bello, porque los pájaros podían cantar. Debajo, el bayou se desplazaba, un flujo perezoso de chocolate. Huey estaba durmiendo en la orilla.

—Sé que no puedes evitar las cosas que influyeron sobre tu persona —dijo Laurel, mirando a Jack a través de una bruma acuosa que le confería el aspecto más de un sueño que de un ser real.

»Ninguno de nosotros puede hacerlo. Savannah no pudo cambiar el hecho de que nuestro padrastro la utilizó como su prostituta personal. Yo no puedo cambiar el hecho de que lo sabía y jamás hice nada al respecto —reconoció con la voz sofocada por el dolor.

»Pero, ¿sabes una cosa, Jack? Que me cuelguen si acepto que no somos capaces de superar todo eso y convertirnos en seres mejores.

»Escribe todo eso en tu libro, Jack. —Elevó el mentón y las lágrimas descendieron por sus mejillas, y Laurel deslizó el papel plegado en el bolsillo posterior—. Y por lo menos, ten la decencia de regalarme un final feliz.

Sostenida sólo por el orgullo, se volvió y se separó de Jack... salió de L'Amour... donde quedaba su corazón destrozado.




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