Falsa alarma



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Capítulo 30


—En general, me desagrada el compromiso —dijo Danjermond mientras ataba las manos y los pies de Jack—. Pero en situaciones especiales y urgentes uno tiene que ser flexible.

Laurel estaba sentada en un elegante sillón Hepplewhite de respaldo alto en la sala del frente, con las muñecas atadas a los brazos del sillón con tiras de seda blanca y los tobillos asegurados a las patas delanteras del asiento. Deseaba gritar, pero la seda le taponaba la boca, y por las comisura de los labios le brotaba la saliva, y literalmente le provocaba náuseas.

Observó a Danjermond con una extraña sensación de temor que se manifestaba en la base de su garganta, y un entumecimiento extraño y letárgico que la afectaba. Parecía un sueño. No, una pesadilla. Si ella podía creer que se trataba de una pesadilla, la situación no sería real. Era un truco de la mente. Laurel no podía decidir qué era mejor, si mostrarse alerta y aterrorizada ante la realidad de la situación, o si sumergirse en la inconsciencia, y creer que todo era un mal sueño.

Danjermond la miró como si hubiese esperado una respuesta a su declaración. Había dedicado un momento a quitarse la ropa de etiqueta y a vendar con cuidado la mano lastimada durante la pelea. Ahora vestía vaqueros negros, botas y una camisa negra amplia, un atuendo que le confería un aspecto de un hechicero moderno.

Había desplegado una manta sobre el suelo para evitar que la sangre de Jack manchase la alfombra oriental, y ahora comprobó varias veces las ataduras de su prisionero desmayado, para asegurarse de que podía inmovilizarlo.

La mirada de Laurel permaneció fija en Jack. No estaba segura de que él respirase. Se había mantenido inconsciente casi media hora. Absolutamente inmóvil. La sangre, pegajosa y roja, le apelmazaba los cabellos y confería un matiz vidrioso a su sien y la mejilla, como si hubiera sido caramelo que revestía una manzana; pero ella no podía saber si aún sangraba. Los muertos no sangran. Miró el pecho de Jack, y formuló el deseo de que se moviese.

—Habría preferido someterlo a juicio —continuó Danjermond. Se puso de pie con movimientos elegantes y levantó de la mesa del vestíbulo un vaso de borgoña, y reflexivamente tomó un trago del líquido, paladeando el sabor—. Ésa fue siempre mi intención. Un asesino desatado en Acadiana, un criminal que recorre sin control la comarca, y nadie es capaz de detenerlo, hasta que llega al distrito de Partout. Por eso dejé los cadáveres donde pudieran descubrirlos. Por supuesto, hay muchos modos de eliminar los cuerpos, y sin dejar el más mínimo rastro. Un hombre puede matar sin que lo acusen, y matar varias veces, si es inteligente, cuidadoso y frío.

Terminó su vino. El reloj de pie dio la hora. Las once. Jack continuaba inmóvil.

Con un suspiro, Danjermond alzó el cuerpo de Jack y se lo cargó al hombro. Sin decir una sola palabra a Laurel, descendió por el corredor en dirección a la cocina. Ella oyó que la puerta del fondo se abría y se cerraba, y después el silencio.

Dios mío, Jack, por favor vive, por favor vuelve. No deseo morir sola.

Sola. Como había estado Savannah, como Annie, como todas las restantes mujeres. Dios sabía cuántas. Danjermond había permitido que descubriesen seis cadáveres, porque eso convenía a sus planes. Podían existir docenas y docenas de víctimas, todas desaparecidas sin dejar rastro, tragadas por el Atchafalaya para no volver jamás a la superficie, con sus gritos reclamando compasión escuchados únicamente por el pantano.

El entumecimiento comenzó a desvanecerse, y un miedo muy agudo ocupó su lugar. Sintió que las lágrimas le quemaban los ojos. Habría dado cualquier cosa por sentir el bienestar de los brazos de Jack.

Jack no puede salvarte esta vez. Él había sido su héroe; el hombre que afirmaba que no era el héroe de nadie. Laurel lo amaba. Jamás tendría la oportunidad de que él aceptara ese amor, o de que se aceptara a sí mismo.

Una visión de la cara de Savannah atravesó flotando la mente de Laurel. El olor del formaldehido y el amoníaco mezclado con el olor penetrante de la muerte, con su pegajosa dulzura, bajo todo el resto. La mesa de acero inoxidable. La figura cubierta. El señor Prejean murmurando disculpas. La cara de Savannah... No como había sido en vida, sino como la habían deformado la muerte y sus secuelas.

La puerta del fondo se abrió y se cerró de nuevo. En la cocina sonaron ruidos de pasos; después, en el vestíbulo. Ella mordió con fuerza la mordaza, y trató de contener las lágrimas con las pestañas. No muestres temor. Él se alimenta del temor. Le infunde poder.

—Muy bien Laurel —dijo Danjermond, arrodillándose para desatarle los pies—. Daremos un pequeño paseo... —La miró, y sonrió como una serpiente—. A mi pequeño escondite en el campo.

Laurel comprendió que el gesto era al mismo tiempo inútil y absurdo, pero de todos modos descargó sobre él un puntapié con toda la fuerza posible, con el pie descalzo, y lo alcanzó exactamente en el diafragma. Danjermond cayó hacia atrás, jadeando al expulsar el aire de los pulmones, y la expresión de su cara justificaba el precio que él la obligaría a pagar.

Tosiendo, se arrodilló en el suelo y después se incorporó, sosteniéndose el vientre con un brazo. Se apoyó en la mesa del vestíbulo, y dirigió a Laurel una mirada de reojo que era odio puro y frío.

—Laurel, pagarás esto —masticó las palabras entre jadeos cortos y dolorosos.

Ella lo miró serenamente. No demuestres temor. Eso le confiere poder.

—Perrita atrevida —dijo Danjermond enderezándose con un movimiento lento. En esos ojos verdes se encendió un fuego, y se acentuó al acercarse a la joven—. Lo mismo que tu hermana —dijo, sonriendo—. Hasta el final. Me desafió. Creo que en cierto modo le agradaba la tortura. Había cierta... condición exultante en sus gritos. Y se reía —dijo en voz baja, inclinándose sobre Laurel, y tratando de mantenerse a un costado. Acercó su cara a la de Laurel, de modo que ella pudiera ver el perverso placer que se manifestaba en los rasgos del fiscal mientras hablaba—. Se reía cuando yo saqué el cuchillo y le corté los pechos.

Con un gesto lento extendió la mano y encerró un seno de Laurel, probando el peso, moldeando la forma. Frotó el pulgar sobre el centro duro del pezón, imprimiéndole un movimiento giratorio, con su mirada fija en la Laurel, y después comenzó a apretar los dedos, y a pellizcar y a pellizcar hasta que Laurel ya no pudo contener el gemido de dolor.

—Al final, estaba completamente loca —murmuró Danjermond.

Laurel se estremeció, temblando tanto de repugnancia como de miedo. Había supuesto que él la golpearía físicamente, pero esto era mucho peor. La tortura psicológica, la revelación de los detalles íntimos del asesinato de su hermana. Habría preferido que él la golpease. Y él lo sabía.

—Ella deseaba el sexo —dijo Danjermond desatando las muñecas de Laurel aseguradas al brazo del sillón—. Incluso cuando ya sabía que yo me proponía matarla, tuvo un orgasmo. Incluso cuando le aseguré el pañuelo al cuello, tuvo un orgasmo tan poderoso como jamás había visto ni veré.

Encontró de nuevo los ojos de Laurel, y la sonrisa leve curvó las comisuras de los labios grandes y sensuales.

—Por otra parte, dicen que la muerte es el afrodisíaco definitivo. Laurel, quizás usted también experimente esa clase de éxtasis.

Ella temblaba incontrolablemente cuando Danjermond la levantó de la silla y le ató las manos a la espalda. El recuerdo de Savannah flotó en su mente. Los pensamientos acerca de las escenas en que las dos eran niñas, antes de que Ross se mezclara en la vida de la familia y deformara los caminos que ellas debían seguir. En ese momento, ella lo odiaba tanto como ahora odiaba a Stephen Danjermond. Más aún. Pero de nada le serviría demorarse en el pasado. El presente implicaba un peligro claro e inminente. Necesitaría toda su energía, toda su fuerza —física y mental— para salir con vida de todo eso.

Danjermond la llevó fuera de la casa, saliendo por el fondo, y la acercó a la parte lateral de un viejo depósito de carruajes, utilizado ahora como garaje. Pasaron al lado del Jaguar, y se acercaron a un viejo Chevy marrón. Danjermond metió a Laurel en el asiento del copiloto, y cerró la puerta.

Mientras Danjermond rodeaba el vehículo por la parte delantera, Laurel se volvió con movimientos torpes y vio a Jack boca abajo en el asiento, detrás. Yacía inmóvil, con el cuerpo inclinado en un ángulo antinatural, los pies en el suelo detrás del asiento del conductor. La manta oscura había sido arrojada de forma descuidada sobre su cuerpo, y lo cubría desde el mentón hasta las botas.

En pocos minutos habían salido del pueblo, y no se habían cruzado con un automóvil ni con un transeúnte que hubiera podido prestarles atención. Cuando ya estaban bastante alejados del pueblo, solos en el camino del bayou, Danjermond se inclinó sobre ella y le quitó la mordaza.

Laurel escupió de la boca la almohadilla de tela, y miró con odio a Danjermond en la penumbra de la cabina.

—Usted no quedará impune —dijo con voz ronca, porque tenía ásperas la garganta y la boca.

Danjermond enarcó el entrecejo mientras ponía en funcionamiento el Chevy y reanudaba la marcha.

—Laurel, qué frase tan gastada. Y tan ridícula. Por supuesto, quedaré impune. Así son las cosas desde que tenía diecinueve años.

Él sonrió al ver la involuntaria exclamación de horror, como un adulto indulgente que se divierte con la ingenuidad de un niño.

—Yo era estudiante universitario —comenzó, inclinándose para introducir un cassette en el magnetofón. Equilibrada y serena, la música de Mozart brotó por los altavoces—. Por supuesto, era un alumno excelente, y me esperaba un gran futuro. Pero tenía ciertos apetitos sexuales que exigían discreción.

»Mi padre me inició, indirectamente, en los placeres de los aspectos más sombríos del sexo. Cuando era niño, cierta vez lo acompañé a visitar a su amante, y los observé a través de una ventana, fascinado y excitado por los juegos que compartían. Después, lo seguí muchas veces; eso fue antes de que comprendiese que él sabía a qué atenerse. Cuando yo tenía catorce años me permitió visitar solo a esa mujer. Con el propósito de que me iniciara debidamente.

»Desde temprano conocí los privilegios de la riqueza y la sabiduría de la discreción. De modo que vi que eso era mejor que satisfacerme con una condiscípula. Las prostitutas son mucho mejores cuando se trata de complacer a un hombre, y además se las puede reemplazar sin mucha dificultad. Me entusiasmé con una. La estrangulé mientras estábamos en lo más intenso de nuestra pasión.

»Jamás nadie sospechó de mí. ¿Por qué debían hacerlo? —concluyó—. Yo era el apuesto e inteligente hijo de una familia destacada, y ella no era más que otra prostituta que había caído víctima de los riesgos de su profesión.

Laurel escuchó, impresionada y repelida ante la falta de sentimiento de la voz de Danjermond. Era un hombre desprovisto totalmente de remordimientos, carente por completo de conciencia. Sin emociones y sin alma; el propio Danjermond lo había dicho aquel día en Beauvoir. Era inútil apelar a su sentido de la compasión o de la humanidad, porque no lo tenía. La fuga era la única esperanza que ellos tenían, y esa esperanza era tan tenue que casi no existía. Laurel no podía abandonar a Jack, y tampoco llevarlo consigo en el caso de que lograra huir. ¿Y qué posibilidades tenía Laurel, descalza y con las manos atadas a la espalda? Ninguna. Si Danjermond no la atrapaba, alguna otra cosa lo haría.

Salieron del camino del bayou y entraron en una estrecha carretera de tierra que se internaba en el pantano. Las ramas golpeaban los costados de la camioneta a medida que el vehículo se internaba por el sendero. La espesura era tan densa que los focos apenas la penetraban con su luz. Laurel se sentía aprisionada en los sombríos límites de la camioneta, aprisionada en un mundo extraño en el que Mozart desgranaba su música mientras un asesino le relataba tranquilamente su biografía.

Trató de recordar los desvíos que seguían, de calcular hasta dónde habían llegado, pero todo parecía deformado, el tiempo, la distancia, la realidad. Los brazos le dolían atrozmente porque los mantenía en una posición antinatural. Cada movimiento de la camioneta le provocaba una llamarada de dolor entre los omóplatos.

Miró hacia atrás, al asiento posterior y a Jack, y se sobresaltó cuando el ojo izquierdo de su amigo parpadeó un momento. Él vivía. Era algo, no mucho, pero quizá podía aferrarse a eso.

—Usted me sorprende, Laurel —dijo Danjermond.

Aminoró la marcha de la camioneta de modo que avanzó casi a paso de hombre, mientras él la conducía con destreza para atravesar un arroyo poco profundo. Cuando volvieron a subir y entraron en lo que parecía tierra firme, él la miró un momento, con la cara delgada iluminada por el resplandor de los instrumentos del tablero.

—Realmente no pensé que se metería en mi casa. Incluso después de que usted mintiera a Kenner, creía que se atendría demasiado «a la ley» como para hacer eso.

—Me importa un demonio la ley —dijo ella—. Creo en la justicia. Y haré lo que sea necesario para conseguirla.

Él sonrió, realmente complacido, y miró de nuevo hacia adelante mientras el sendero se desviaba y comenzaba a correr paralelamente a la orilla de un río.

—Yo tenía razón. Laurel, usted es mucho más fuerte que lo que usted misma creía. Es realmente una lástima que la haya sorprendido con pruebas que podrían incriminarme. Me habría agradado un juego más prolongado.

Seguramente Danjermond la habría obligado a vivir de nuevo todo el episodio del Condado de Scott —las acusaciones, la incredulidad, la desesperación, todo— y sólo para divertirse. Laurel deseaba atacarlo porque él creía que la vida y la muerte eran un juego. Deseaba denostarlo porque jugaba con el sistema que había jurado defender; pero le pareció que todo eso era inútil. Danjermond creía que estaba por encima de todo eso, de la ley, de las normas sociales. Y hasta el momento nada le decía que las cosas podían ser diferentes. Había engañado a todos, había conseguido cometer en repetidas ocasiones el más grave de todos los delitos, y nadie lo había descubierto.

—¿Qué hará con nosotros? —preguntó sin rodeos, pues llegó a la conclusión que era mejor saber que imaginar.

—Llevaré al alguacil al lugar de un horrendo asesinato y suicidio, del cual me enteré por un aviso anónimo. Finalmente, el pobre Jack enloqueció. No pudo soportar lo que le había hecho a usted misma. Se apoderó de un arma y se pegó un tiro.

De ese modo disimularía la herida en la cabeza que el propio Danjermond ya le había infligido. Y Laurel moriría exactamente como las otras habían muerto, de modo que Jack quedaría unido firmemente a la serie de crímenes. Danjermond se ocuparía de todos los detalles. Nadie cuestionaría el resultado.

—No tendrá el esplendor de un proceso —murmuró Laurel.

—No. Y en efecto, lo lamento. De todos modos, habrá abundante cobertura de los noticiarios regionales y nacionales, y por supuesto, en mi condición de fiscal del distrito seré el portavoz de las autoridades.

—Por supuesto.

—Laurel, no lo tome muy a mal —dijo Danjermond, mientras dirigía la camioneta hacia un cobertizo ruinoso que estaba escondido entre los árboles, y casi completamente disimulado por las enredaderas. Detuvo el motor y se volvió para mirar a Laurel—. No podía haber triunfado. No podía detenerme.

Laurel no dijo nada. Lo miró en el estrecho espacio de la cabina, recordando claramente el aspecto que él tenía durante aquella cena en la casa en que ella había crecido. Usted cree en el mal, ¿verdad, Laurel?

Sí, ella creía en el mal, y sabía sin lugar a dudas que ahora estaba contemplando el rostro de la perversidad.

Danjermond retiró de la camioneta a Jack, llevándolo a un lugar que estaba fuera del cobertizo y de la vista de Laurel. Ella se debatió para desprenderse de la cuerda de lienzo que le ataba las manos, mientras su mirada exploraba la cabina en busca de algún arma, ambos actos completamente inútiles. Danjermond regresó poco después, y la obligó a caminar adelante, a lo largo de la orilla lodosa, hasta un viejo bateau que se balanceaba entre los juncos.

Empujada por el fiscal, Laurel subió a la embarcación y se sentó sobre una lona negra, en el fondo plano del bote, mientras Jack yacía acurrucado detrás. Laurel se inclinó hacia atrás y pasó la yema de los dedos sobre el cuero gastado de las botas de Jack, tratando de reanimarse con su proximidad; y entonces sus dedos tocaron la protuberancia de un nudo.

Danjermond concentraba su atención en el motor fuera borda. Con un movimiento de su muñeca, encendió el motor y el bote comenzó a apartarse de la orilla.

El agua oscura relució como vidrio bajo la luz de la luna. Los cipreses y los túpelos surgían de la superficie lisa, rectos y sombríos, elevándose sobre el pantano. No muy lejos retumbaba el trueno, y el rayo relucía rojizo detrás de un banco de nubes. Hacia el sur, pensó automáticamente Laurel, mientras sus dedos manipulaban torpemente el nudo que tenía detrás. Una tormenta se acercaba desde el Golfo.

Una tormenta, pensó sombríamente Jack. ¿O era el rumor de su propia cabeza? Dieu, sentía la cabeza como un melón demasiado maduro que había tropezado bruscamente con el extremo de un martillo. Se impuso levantar los párpados —un esfuerzo monumental— y trató de ver lo que había alrededor. Un bote. Alcanzaba a escuchar el débil gemido de un pequeño motor fuera borda, y sentía el agua debajo, y olía los aromas descompuestos de la vegetación húmeda y putrefacta que prevalecía en el bayou.

Rechazando el ansia de gritar, movió la cabeza una fracción de centímetro, y trató de ver la imagen que tenía encima. Mujeres. Dos. Una. Dos. La forma se desdibujaba y multiplicaba, confluía pero no del todo. El esfuerzo disminuyó su fuerza, y Jack volvió a sumergirse en el olvido.

—El pantano es un lugar fascinante, ¿verdad, Laurel?

Laurel. Trató de recuperar la conciencia total, y el esfuerzo lo aturdió. Laurel. El peligro. Danjermond. La pelea con ese hombre retornó a Jack como una sucesión de fragmentos, y el recuerdo acentuó el dolor en la cabeza. Danjermond lo había golpeado con un objeto duro. Como mínimo tenía una contusión. En el peor de los casos, él estaba entrando y saliendo no de la conciencia, sino de la existencia. Se impuso enviar un mensaje de su cerebro a los dedos, de flexionarlos lenta, suavemente. Se movieron... eso le pareció.

Después descansó, y oyó fragmentos de conversación, más altos o más débiles, como una radio que tiene mala recepción.

—...un mundo perfecto en muchos aspectos —dijo Danjermond con la voz hueca y lejana, como si llegase después de recorrer un largo túnel.

—...para los depredadores...

—...la masacre sin sentido...

—...la emoción de la cacería...

—...hijo de puta sádico...

Jack casi sonrió al oír esto. Laurel. Era capaz de enfrentarse con un tigre y escupirle en la cara antes de que él la devorase. Su coraje siempre lo asombraba. No retrocedería frente a Danjermond. Pero él de todos modos la mataría.



Mientras yo estoy aquí y lo permito.

La cara de Blackie apareció en su recuerdo, burlona y provocadora. De nada sirves, T-Jack. Siempre fuiste y siempre serás un inútil.

La embarcación pareció girar bajo su cuerpo y la náusea se instaló en el fondo de su garganta. Veterano de las resacas, Jack rechazó las sensaciones, abrió los ojos y los concentró en la espalda de Laurel, hasta que el golpeteo en la cabeza fue tan estridente e implacable que le pareció extraordinario que nadie más lo oyese. Concentró toda su fuerza y realizó un intento de sentarse, pero en ese momento se apagó el motor y el bateau chocó suavemente contra un embarcadero. Jack perdió el equilibrio, cayó hacia atrás y gimió cuando su cabeza tocó el fondo del bote.

Laurel luchó contra el ansia abrumadora de volverse hacia el débil gemido. Mejor que no reaccionara. Si Jack estaba recobrando el sentido, ella no deseaba que Danjermond lo supiese. Necesitaban aprovechar cualquier ventaja, por pequeña que fuese. Laurel gimió a su vez, inclinando la cabeza a un costado, como si intentara aliviar un calambre en el cuello. Danjermond la miró, mientras amarraba el bote.

Habían avanzado hacia la tormenta mientras ésta se les acercaba. Ahora la tenían encima. El cielo retumbaba y crepitaba. La primera andanada de gruesas gotas de lluvia cayó sobre ellos, y Danjermond aferró a Laurel del brazo y la obligó a subir al ruinoso embarcadero. Las tablas gimieron y se hundieron, elásticas a causa de la carcoma, pero soportaron el peso cuando él se volvió y obligó a Laurel a descender del bote y a caminar hacia una choza de paredes revestidas con papel alquitranado, que vacilaba sobre pilotes a pocos metros del embarcadero.

La lluvia cobró mayor intensidad. El rayo quebró la oscuridad del cielo, y se abrieron las nubes, y los empaparon de lluvia. Jadeando, Laurel hundió la cabeza mientras el agua le bañaba la cara. Danjermond la obligó a ascender los peldaños, y sacó una llave para abrir el candado que mantenía cerrada la puerta.

La cabaña estaba completamente a oscuras, pero el olor de la sangre asaltó su olfato y formó un nudo en su garganta. Sangre humana. La sangre de su hermana. Laurel cerró con fuerza los ojos mientras el miedo la recorría como una oleada y la bilis ascendía hacia su garganta. Bajo el ruido de la lluvia en el techo de cinc, oyó que Danjermond se movía y encendía un fósforo.

—No es gran cosa, pero el lugar está seco —dijo él, representando el papel del anfitrión humilde. El regocijo se manifestó en su voz cuando extendió una mano y tomó el mentón de su prisionera—. Bien, Laurel, usted no es de la clase de personas que se oculta. Abra los ojos y afronte con valor su destino.

Él había encendido velas, media docena o más. Velas altas, con llamas que parpadeaban y bailoteaban, y la luz sinuosa iluminando el escaso contenido de una habitación de tres metros por cuatro. Un pequeño armario estaba junto a la pared, hacia la izquierda, y sobre su superficie deteriorada había un montón de cabos de vela. Una silla recta frente a ella. Más lejos, dos mesitas más pequeñas, de patas finas, una a cada lado de la cama, y ambas coronadas por una vela parpadeante.

Laurel vio todo esto mediante su visión periférica, y los hechos se ordenaron ellos mismos en su cerebro, mientras su atención se orientaba hacia la cama. De hierro. Hierro negro. Partes delgadas que tenían formas elegantes, en la cabecera y los pies. Los cuatro postes eran bajos, y se entrelazaban con líneas muy delgadas coronadas por remates de bronce pulido, que tenían la forma de una pala. Era un mueble hermoso. Siniestro. De la cabecera colgaban lazos de seda blanca. Una sábana de prístina seda blanca cubría el colchón, pero las manchas oscuras se manifestaban como sombras. Manchas de sangre.

Savannah había yacido en esa cama, y la había hecho sangrar hasta matarla. Y Annie. Y mujeres cuyos nombres ella jamás conocería. Y los gritos de las víctimas llenaban la cabeza de Laurel como los ecos de los espectros. El dolor de las mujeres se clavaba en el cuerpo de Laurel. Su pánico le atenazaba la garganta.

Sonó el trueno. El rayo iluminó el cielo más allá de la ventana, como si se hubiera encendido un foco. La lluvia comenzó a caer, tamborileando como una colección de clavos sobre el techo.

Más allá de la cabaña, se extendían kilómetros y kilómetros de espesura. Nadie que la ayudase. Nadie que oyese sus gritos. No había compasión. Ni justicia. Pensó en Jack, y en lo que podría haber sido si el destino se hubiese mostrado más bondadoso con ambos. Se preguntó oscuramente si nada de todo eso había estado al alcance de lo que los dos podían hacer.

Y entonces la mano de Danjermond se cerró sobre el brazo, y él la llevó hacia la cama.

La lluvia golpeó con la misma fuerza que el granizo, y el agua le mojó la piel, sacudiéndola y provocando su reacción. Un auténtico estrangulador. Jack tosió mientras el agua se acumulaba en el fondo del bote y le mojaba la cara.

El Estrangulador.

La palabra le ayudó a recuperar la conciencia, y Jack alzó la cabeza, gruñendo intensamente ante el dolor y el aturdimiento. Laurel. Había desaparecido. También Danjermond. Danjermond la mataría. Y tú yaces en un maldito bote, bajo la lluvia. De nada servía, era un inútil, el hijo de un hijo de perra.

Rechinando los dientes a causa del esfuerzo y el sufrimiento, trató de enderezarse, confundido al principio porque al parecer no podía mover los brazos. Los mensajes llegaban por oleadas, como un telegrama, mientras él rodaba sobre sí mismo y se ponía de espaldas, y recibía en la cara toda la fuerza de la lluvia. Tenía las manos atadas a la espalda. Y también los pies.

Pero había movido los pies. Eso le pareció. Ahora lo intentó, con cierto éxito. Estaban atados, pero no muy apretados. Bastante flojos, de modo que podía hacer algo. Bastante flojos, de manera que podía quitarse las botas y con ellas las ataduras.

La tarea agotó su energía y lo dejó jadeante y sofocado bajo la lluvia; pero logró liberar los pies. Lentamente rodó sobre las rodillas y trató de elevar la cabeza un par de centímetros cada vez. El dolor lo golpeó implacablemente, como si en el interior de su cráneo se hubiera descargado una maza; producía un ritmo sincopado con una premiosa urgencia.

Laurel. Tenía que llegar a Laurel. Si jamás había hecho algo útil en su vida, por lo menos ahora debía tratar de salvarla. Él moriría intentándolo o después, de eso no tenía la más mínima duda, pero debía intentarlo. Por ella... de modo que se enorgulleciera... para demostrarle que la amaba... no se lo había dicho... debía decírselo... ojalá pudiese lograrlo...

Los pensamientos se agitaron en su cerebro mientras trataba de incorporarse en el bote, y la oscuridad acompañaba sus movimientos. Todo tachonado de estrellas... prometiendo alivio... haciéndole señas... envolviéndolo...

Luchar contra ese hombre era inútil, pero Laurel de todos modos luchó. Era una cuestión de principios. De honor. No iría sumisamente a la muerte como la oveja al matadero del proverbio. No le facilitaría las cosas; haría todo lo posible para arruinarle el goce.

Apenas la mano de Danjermond se cerró sobre su brazo, Laurel se apartó bruscamente de él y se lanzó sobre la puerta. Él la persiguió, y se apoderó de la cola de caballo de Laurel y la tiró hacia atrás, con fuerza suficiente como para obligarla a rechinar los dientes. Laurel gritó, dolorida e irritada, y se revolvió contra él, atacando con los pies, golpeándole las rodillas y las canillas, todas las partes del cuerpo de ese hombre a las que podía llegar.

Los labios de Danjermond se retrajeron sobre los dientes en un gruñido primitivo, y el dorso de su mano cayó sobre un lado de la cara de Laurel, obligándola a inclinar la cabeza a un costado y provocando la aparición de una multitud de estrellas detrás de los ojos, y llevando el gusto de la sangre a su boca. La habitación pareció girar una vez alrededor de Laurel, y como no podía usar los brazos para mantener el equilibrio, la joven se inclinó a un costado y cayó. Sobre las rodillas, trató de desplazarse hacia la puerta, sin apartar un instante los ojos de ella, ansiosa de incorporarse, de correr, de huir. La adrenalina afluyó a su sangre como una droga, impulsándola incluso cuando Danjermond le aferró las muñecas maniatadas y la obligó a incorporarse y a retroceder, casi arrancándole los brazos de las articulaciones.

Pero la resistencia de Laurel se aquietó automáticamente cuando el brillo de una daga relució a la luz de una vela.

El corazón de Laurel golpeó con fuerza inverosímil, con una estridencia insoportable, cuando la hoja se acercó cada vez más a su cara. Un acero fino y elegante, como la mano que empuñaba el mango dorado. La hoja era un acero pulido que había sido grabado con complicados adornos desde la empuñadura hasta la punta. Hermoso y letal, como el hombre que lo sostenía.

—Laurel, preferiría que cooperases —dijo Danjermond, acercándose por detrás a su víctima, con la mano izquierda deslizándose sobre el mentón de Laurel y los dedos apretándole la carne. El cuchillo se acercó más y más. El timbre de su voz era el mismo tono parejo que siempre había conseguido irritar un nervio en ella; pero ya no carecía de sentimiento. La cólera vibraba en cada palabra cuidadosamente pronunciada, mientras acercaba la daga. La respiración de Laurel pareció paralizarse en sus pulmones cuando él acercó la punta del acero al extremo de la nariz de la joven.

—Laurel, sé una niña buena —murmuró Danjermond, moviendo apenas hacia abajo la daga. Desde el labio superior hasta el inferior. Permitió que el arma se detuviese en la depresión intermedia, como si contemplase la posibilidad de introducirla en la boca—. Sé que Vivían te educó para que fueses una niña buena.



Laurel, tienes que ser una niña buena. No traigas problemas, Laurel. Manten la boca cerrada y las piernas cruzadas, Laurel. En realidad, ella no creía que ésta fuera la situación en la cual su madre pensaba cuando imponía esas normas de comportamiento.

Laurel no dijo nada, temerosa de hablar y también de respirar, mientras la hoja descendía por el mentón, recorría el centro del cuello y llegaba al hueco vulnerable que estaba en la base. Si ahora ella se resistía, ¿Danjermond le cortaría el cuello y acabaría de una vez? Eso parecía preferible, pero no había garantías. Si ella esperaba y ganaba tiempo, aunque fuese un minuto o dos, ¿quizá podía descubrir otras posibilidades de escapar?

Afuera, la tormenta había pasado y seguido su camino en dirección a Lafayette, pero la lluvia persistía, golpeando el techo, tamborileando sobre la única y pequeña ventana, como una sucesión de dedos huesudos. ¿Qué posibilidad de sobrevivir tendría en el pantano? ¿Qué posibilidad la esperaba allí?

La daga descansó en el hueco de la clavícula, con la punta acariciando la piel delicada. La sensación le provocó náuseas. Laurel rechazó la necesidad, y sintió que la punta de acero mordía su piel. Cada célula de su cuerpo temblaba. Se sentía frágil como una ramita, a disposición del apretón brutal de Danjermond. Se le enturbiaron los ojos, pero contuvo las lágrimas y la histeria y defendió su equilibrio mental con toda su fuerza, y se aferró a esa esperanza mientras las palabras de Danjermond acerca de Savannah arrancaba ecos a su cabeza: al final, estaba completamente loca.

No le concedería esa satisfacción. Había asesinado a Savannah por deporte, para formar una pila con los cuerpos de sus víctimas y trepar de ese modo a la fama en una profesión de la cual se burlaba con cada célula de su cuerpo.

—Maldito sea —murmuró, aferrando su cólera y su odio y utilizándolos como escudos para rechazar el terror—. Maldito sea, y que el infierno se lo trague.

Danjermond se acercó más a ella, y puso su cara a la misma altura que la de Laurel, y frotó su mejilla contra la de su prisionera.

—Laurel, no creo en el más allá —murmuró, y descendió la daga sobre el pecho de la joven, entre los senos, donde el corazón de Laurel latía bajo la delgada tela de su camisa. Con un leve movimiento de la muñeca la punta perforó el algodón y tocó el seno—. Yo diría que si existe un infierno, está aquí y es ahora, y tú estás en él conmigo.

El grito brotó de la garganta de Laurel sin pensarlo ni desearlo cuando Danjermond inició un movimiento violento hacia abajo con la hoja, abriendo la camisa desde el cuello hasta el borde. Obedeciendo al instinto, ella retrocedió y chocó con el cuerpo largo y delgado del hombre, y sus manos presionaron el sexo agrandado de Danjermond. La mano izquierda del fiscal rodeó la cintura de Laurel y la sostuvo así, mientras él avanzaba su pelvis y elevaba lentamente la daga hasta el seno izquierdo de su prisionera.

Afilada como una navaja, la hoja rozó la redondez que estaba bajo el pezón y la sangre brotó, intensamente roja, y tiñó el borde del cuchillo, y rodó como una sucesión de perlas y salpicó el suelo. El dolor llegó unos segundos después, pulsante como los latidos del corazón. Y finalmente, las lágrimas se desprendieron de las pestañas y descendieron por las mejillas, como pálidos contrapuntos de las gotas de sangre que descendían por el pecho.

—Laurel, sé una niña buena —ronroneó Danjermond, frotándose rítmicamente contra ella. Laurel se estremeció de repugnancia mientras él acariciaba con la lengua la línea del cuello femenino hasta la oreja, y mordisqueaba suavemente el lóbulo—. Laurel, aquí no podrás hallar justicia —murmuró—. La única ley es mi ley.

La arrastró hacia la cama, ignorando la resistencia de Laurel. Con la daga cortó las ataduras que ligaban las manos de la joven, y con un movimiento rápido la acostó en la cama, y apoyó una rodilla en el centro del pecho de Laurel, para mantenerla sujeta con su peso. Utilizando los lazos que habían maniatado a otras víctimas a ese lecho de muerte, la aseguró a la cabecera de la cama.

—Lástima que llueva tanto —dijo Danjermond, hablando en un estilo coloquial, mientras se sentaba en la cama al lado de la joven y admiraba el espectáculo que ella ofrecía con sus ojos cargados de odio. Acercó la daga al ombligo de Laurel, y la elevó un tramo, recorriendo la carne temblorosa del vientre, y llegó a un punto entre los pechos—. Habría traído a Jack y tratado de despertarlo para que asistiese a la representación. Debería presenciar lo que su imaginación a lo sumo sugiere y ver la potencia del espectáculo; la seducción. En su fuero íntimo hay muchas sombras. Antes de morir, él debería presenciar la gloria desencadenada del espectáculo.

La hoja se deslizó bajo el cuello de la camisa de Laurel, y con un movimiento experto Danjermond dividió la prenda en dos partes. Con la punta de la daga retiró a cada lado la mitad de la prenda destruida, y ahora la joven quedó desnuda, expuesta a la observación de su verdugo.

—Hermosa —murmuró Danjermond, aplicando la hoja del cuchillo al seno ileso de Laurel—. Exquisitamente femenina.

—¿Qué le sucedió que odia tanto a las mujeres? —preguntó ella, ahogándose de repugnancia cuando él se mojó un pulgar en la sangre de la herida que había infligido, y con ella pintó primero un pezón y después el otro. Danjermond enarcó el entrecejo.

—No odio a las mujeres —dijo, y su voz sonaba divertida—. Ésta es mi afición. No se trata de nada personal.

—Creo que ser asesinada es algo muy personal.

Él se puso de pie con un suspiro, y rodeó el extremo de la cama para sentarse en una silla recta. Dejó caer la daga al suelo, a sus pies, y con movimientos tranquilos comenzó a desabotonarse la camisa.

—Bien, sí, creo que tu actitud es lógica, habida cuenta de todos los factores. Pero por otra parte, ése fue siempre tu problema, ¿verdad, Laurel? Tiendes a personalizarlo todo. Por eso tuviste tantas dificultades en Georgia. Manifestabas un excesivo compromiso personal. No podías ver el bosque a causa de los árboles. Ambos sabemos lo importante que es la perspectiva en la preparación de un caso. El fiscal acusador debe mostrarse frío, exhaustivo, distante. La emotividad a lo sumo consigue que la puerta quede abierta, facilitando las sorpresas promovidas por el enemigo. Como tú misma habrás descubierto, Laurel, soy un hombre muy minucioso. No tolero las sorpresas.

Sin advertencia previa, la puerta de la cabaña estalló hacia adentro, y el marco putrefacto se desintegró y entraron la lluvia y el viento, y con ellos el propio Jack. Su impulso lo introdujo varios metros en el interior de la cabaña y su cuerpo chocó con el asombrado Danjermond, antes de que el fiscal del distrito pudiera hacer algo más que volverse y mirarlo desconcertado. La silla de madera se desintegró bajo el peso combinado de los dos hombres, que cayeron al suelo.

Laurel pronunció el nombre de Jack y se debatió con el propósito de incorporarse, tratando de ver. Podía oír el ruido de la lucha, el roce de las botas en el suelo, los gruñidos y las maldiciones. En el fondo del corazón sabía cuál sería el resultado. Jack peleaba literalmente con las dos manos atadas a la espalda, y seguramente apenas tenía conciencia. Danjermond lo mataría, del mismo modo que la mataría a ella, a menos que se las arreglase para recuperar su propia libertad.

Se arrastró y contorsionó para acercarse a la cabecera de la cama, varios centímetros cada vez, evitando tensar las ataduras que la sostenían por las muñecas, tratando de alcanzar una posición que le diese cierto margen. Rechinando los dientes, concentró su esfuerzo en ignorar los sonidos de la pelea y en tratar de atender sus ligaduras. La seda. Suave, fuerte, lisa, resbaladiza. Las manos de Laurel eran pequeñas, de huesos finos, sus muñecas eran delicadas. Si concentraba la atención y realizaba los movimientos exactos, y no pensaba en las ligaduras debatiéndose...

Jack trataba de mantener sujeto a Danjermond con su propio peso, pero su fuerza decaía y retornaba en accesos irregulares, y su defectuoso sentido del equilibrio le dificultaba determinar qué era arriba y qué era abajo. Luchaba lo mejor posible con sus rodillas y los pies, descargando rodillazos y puntapiés cuando podía, ignorando el dolor que le atravesaba la cabeza y le mordía el costado.

Danjermond se retorció debajo de Jack, girando sobre sí mismo y empujando hacia arriba. Con la mano buscó la daga que había caído al suelo, y Jack volcó su peso sobre el fiscal, de modo que ambos cayeron sobre una mesa puesta contra la pared y la derribaron.

Las velas rodaron como clavos, y sus llamas lamieron todo lo que estaba en el camino y comenzaron a devorar hambrientas el viejo papel alquitranado que revestía las paredes de la choza.

Los hombres rodaron sobre el suelo para apartarse del fuego, siempre luchando por conquistar la supremacía. Jack logró golpear a su adversario en el vientre con la rodilla, pero Danjermond replicó con un puñetazo cruel que alcanzó el costado de la cabeza de Jack. El dolor desconcertó a Jack, que se hundió en la inconsciencia como un nadador que se arroja al fondo de un océano muy oscuro.

Luchó para evitar el desmayo, contuvo la respiración y trató de abrirse paso a través de las sombras, rechazando las luciérnagas que pululaban en su cerebro. La visión se le aclaró lo necesario para ver las llamas que lamían codiciosas la pared y tres versiones borrosas de Danjermond recortadas delante del resplandor. Tres demonios llegados del infierno. Tres Danjermond alzando el brazo, tres dagas relucientes, pugnando por alcanzar el cuerpo de Jack.

Se abalanzó sobre el hombre que estaba en el centro, y su hombro tocó la masa sólida en el mismo instante en que la daga se le hundía en la espalda. Sintió quebrarse una costilla, y después una extraña sensación de vacío en el pecho. La escasa fuerza que aún tenía lo abandonó y cayó pesadamente al suelo, pronunciando el nombre de Laurel.

Había fallado a Laurel, lo mismo que había fallado a Evie. Ahora podía morir con ese peso en la conciencia. Otra carga para llevar consigo en el camino al infierno. Alcanzaba a oír la voz de Laurel que lo llamaba, pero no podía contestar. Lástima que ella siempre había creído que Jack podía ser más que lo que era en realidad.

—¡Jack! ¡Jack! —Laurel gritó el nombre, y él lo oyó por encima del rugido del fuego que devoraba la pared de la choza. Ella lo gritó por tercera vez, ansiosa de oír la respuesta, pero sabiendo que él no podía contestar.

Ella había visto incorporarse a Danjermond, y cómo blandía la daga. Jack estaba muerto. Ella estaba sola. Poco importaba que ella hubiese conseguido liberar una mano. No dispondría de tiempo para desatar la otra. Danjermond ya estaba de pie. Se acercaba a ella. De la daga manaba sangre. La sangre de Jack. Y Danjermond sonreía como el propio Lucifer sobre el fondo de fuego.



No lo mires. Desata el nudo, desata el nudo. Llorando, tosiendo a causa del humo negro que comenzaba a descender del techo, ella se revolvió sobre la cama, manipulando la cuerda para soltarse la mano izquierda.

Jack levantó la cabeza una fracción de centímetro. Solamente pudo ver los pies de Danjermond. Avanzando hacia Laurel. De un profundo abismo interior consiguió sacar las últimas gotas de voluntad y coraje que poseía, y movió las piernas. Golpeó a Danjermond en el hueco de las rodillas, y las piernas del fiscal del distrito se doblaron bajo el peso del cuerpo, de modo que cayó de cabeza en las llamas.

Los gritos fueron terribles. Inhumanos. Envuelto en llamas, consiguió incorporarse e intentó frenéticamente correr, tropezando y cayendo sobre la cama. Laurel gritó y se apartó por el lado opuesto, mientras el cobertor de seda se encendía en un instante.

Laurel se apartó trastabillando de la horrible escena, ahogándose con el humo, con los ojos ardiéndole tan intensamente que ella apenas podía mantenerlos abiertos. Nada podía hacer por Danjermond. Y en ese terrible momento de fuego y humo ella no supo si lo habría intentado siquiera. Todo lo que sabía con cierta seguridad era que la cabaña estaba encendiéndose como una mecha, y que si ellos no se alejaban de prisa, compartirían el destino de Danjermond.

Agazapándose para evitar el humo más denso, rodeó el extremo de la cama y se arrodilló al lado de la forma caída de Jack.

—¡Jack! —gritó, el sonido casi cubierto por el rugido del fuego—. ¡Maldito seas, Jack, no te me mueras ahora!

Ella tiró del cuerpo, apretó los dientes y concentró todas sus fuerzas en la tarea de arrastrarlo hasta la puerta. Sus maldiciones y ruegos penetraron la bruma de la conciencia de Jack. Su decisión lo indujo a mover las piernas aunque no sabía muy bien si recordaba cómo hacerlo. Se aferró al sonido de la voz femenina, y al contacto con la mano y a la increíble fuerza de voluntad de Laurel, y usó todo eso para desplazar el cuerpo. En la puerta, se aferró del marco astillado y consiguió elevarse sobre sus pies.

—¡De prisa! —gritó Laurel, pasándole un brazo por la cintura, y tratando de soportar el peso de Jack, mientras descendían los peldaños y caminaban hacia el bayou.

La lluvia continuaba cayendo, pero no era rival para la madera seca y vieja de la choza. La cabaña iluminó el cielo nocturno como si hubiese sido una antorcha. El fuego la devoró como si el infierno se hubiese abierto para consumir toda la evidencia de las atrocidades que se habían ejecutado allí. Y para devorar también al verdugo, condenándolo a una justicia que era absoluta.

Débil, ahogada por el humo, trastabillando bajo el peso de Jack, Laurel cayó de rodillas sobre la margen lodosa y Jack se desplomó como una tonelada de ladrillos al lado de la joven.

—¡Dios mío, Jack! ¡No te mueras! —gritó Laurel, inclinándose sobre él—. ¡No te mueras! ¡Por favor, no te mueras!

Se inclinó sobre él, aullando, y sus lágrimas se unieron a la lluvia para salpicar la cara de Jack. Con las manos temblándole violentamente, le tocó la mejilla cubierta de hollín, los labios, tratando de sentir el aliento, tocándolo para encontrar el pulso en el cuello. ¿Era débil e irregular, o era ella misma?

Jack parpadeó y miró a Laurel. Trató de sonreír. Intentó respirar mejor.

—Eh, querida —murmuró, y después se vio obligado a respirar otra vez—. Quizá, después de todo, soy un tipo bueno.

Y entonces, la oscuridad se abatió sobre él como una manta de terciopelo, y Jack se entregó al sufrimiento.

Danjermond había muerto, pero todas las vidas que habían sido tocadas por él quedarían indeleblemente marcadas por su traición.




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