Falsa alarma



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Capítulo 31


Jack recordó fragmentos y escenas que parecían provenir de un sueño. Una fuerza de voluntad que empujaba, incitaba, rogaba, maldecía, lo forzaba a mover los pies. Que diese un paso, y después otro. El dolor había cesado, pero persistía la debilidad o la sensación de que su mente y su cuerpo estaban separados. Recordaba que sentía como si su propia esencia flotase libremente, unida a su cáscara física por los hilos más delgados. Recordaba la intensa tentación de cortar ese nexo para dejarse llevar; pero Laurel lo obligaba a regresar. Recordaba que se había preguntado imprecisamente cómo era posible que ella fuese tan pequeña y a la vez tan fuerte.

Entre los fragmentos de recuerdos había un bote. Y lluvia. Lluvia y lágrimas. Laurel llorando sobre él. Él deseaba decirle que no llorase. No podía soportar la idea de que él era la causa de su llanto, pese a que sabía que había realizado esa hazaña más de una vez, porque era un canalla. Deseaba decirle muchas cosas, pero no alcanzaba a percibir nada más que el apremio. Las palabras brincaban en su cabeza como burbujas. Había olvidado el modo de utilizar su voz. La frustración lo agotaba.

La oscuridad, la luz, las voces murmuradas de los hombres y las mujeres con ropas blancas. No podía ser el paraíso; él no habría podido llegar ni siquiera hasta la puerta. Tenía que ser un hospital.

Las manos frescas que le tocaban el brazo y la mejilla. Los labios suaves y los murmullos de amor. Laurel.

Laurel había permanecido con él, según le había explicado la enfermera Washington mientras se movía de un lado al otro de la habitación, ordenando e inspeccionando todo. Era una mujer baja, rechoncha y sólida, con la piel de caoba y los pequeños dedos ahusados que le tomaban el pulso con los movimientos delicados de una experta. La señorita Chandler lo había visitado durante los días que Jack había pasado sumido en un sueño profundo. Pero la pobrecita ya tenía muchas cosas en que pensar, en vista de la muerte de su hermana, y la investigación del alguacil, y todo el resto. ¿Verdad que habían sido afortunados al escapar vivos? Que el señor Danjermond fuese un asesino... ¡Dios nos asista!

Jack comenzó a rechazar sus recuerdos de la charla de la enfermera mientras estaba de pie en el umbral de la puerta principal de su casa, y veía alejarse a Leonce. Mientras el Monte Carlo se distanciaba, su mirada se sintió atraída inexorablemente hacia Belle Riviere. En el centro de su cabeza dolorida estaba el pensamiento de Laurel. Ella se había sentado a su lado, le había besado la mejilla y murmurado que lo amaba. Él no merecía ese amor, pero sabía sin la más mínima duda que ese sentimiento lo había movido a aferrarse a la vida cuando fácilmente hubiera podido renunciar a todo. La voz de Laurel que le llegaba a través de la bruma, que le rogaba que viviese, que lo seducía con su propio amor.

¿Ella continuaría amándolo una vez pasada la crisis, o esa intensidad se desvanecería, de modo que prevaleciera la cordura sobre el desequilibrio que la había llevado a ver algo bueno en él? Jack había representado el papel de héroe a los ojos de Laurel. En realidad, se le había asignado un papel totalmente equivocado. La armadura no correspondía a su cuerpo. La descripción de la tarea era tan impropia en su caso que le habría parecido divertida si no hubiese sido lamentable.

Huey emergió bajo una maraña de arbustos de azalea descuidados desde hacía mucho tiempo y subió un peldaño o dos para oler la mano de Jack, y ofrecerle un lametón de bienvenida. Jack miró fijamente al perro, vio el par de ojos disparejos, y de mala gana le rascó la oreja. Huey gimió y con la cola golpeó los ladrillos.

—Eres toda la bienvenida que se me ofrece, ¿verdad, Huey? Eso es lo que me merezco por haber abandonado el refugio de mi casa.

Abrió la puerta y comenzó a pasearse por la casa, permitiendo que el perro lo siguiera. Huey lo abandonó para olfatear los viejos muebles cubiertos con fundas protectoras en busca de ratones. Jack respiró tan hondo como pudo y ascendió la escalera; cada peldaño le suponía un esfuerzo doloroso.

En cierto modo, había supuesto que se sentiría en su hogar apenas llegara a su dormitorio, pero cuando miró alrededor comprendió que ése no era su hogar. Continuaba siendo la casa de madame Deveraux. Jack sólo estaba haciendo tiempo allí. No había hecho mucho más que cambiar las sábanas de la cama. No había convertido esa casa en su hogar, pensó mientras se sentaba sobre el colchón, y se estremecía al sentir la punzada de la costilla rota y la cuchillada que había cortado el tejido alrededor. Era su cárcel, el lugar donde se dedicaba al autoexamen y manipulaba implacable el látigo de la autoflagelación. Lo único que había hecho para imprimir su sello personal a ese lugar era colgar todas sus corbatas de una rama del roble que crecía frente a la casa; y eso había sido más un signo de vergüenza que de libertad. Como una bandera en la puerta de una víctima de la peste, las corbatas advertían a quienes se aventuraban cerca que él no podía soportar una vida que necesitara corbatas de ninguna clase.

Otrora él había imaginado sueños de amor, había pensado en una familia y en el tipo de éxito que la mayoría de los hombres anhela, pero se le había demostrado de manera inequívoca que esa vida no estaba destinada a él. Esa vida le había explotado en la cara, y Jack había tenido que enfrentarse al hecho de que él era precisamente el hombre que había reunido la pólvora y encendido la mecha.



T-Jack, el inútil. Siempre había sido y siempre sería el inútil.

Una lección aprendida a muy elevado precio.

Lo que había reconstruido para él mismo en la secuela del caos era sencillo y seguro para todos los interesados, pensó Jack mientras contemplaba el complicado medallón de yeso del techo. Tenía sus escritos, sus amigos en la Taberna de Frenchie, y un número suficiente de amantes que le calentaban la cama cuando él así lo deseaba.

Tenía una casa vacía y un corazón vacío y nadie que los compartiera, salvo los espectros del pasado y un perro que no le pertenecía.

Jack rechazó el pensamiento con un esfuerzo que le provocó un estremecimiento del cuerpo para contener el dolor. Su vida era como un péndulo que oscilaba entre el sufrimiento y las reuniones festivas, y eso le venía muy bien. No era responsable ante nadie, no respondía por nada.

Y aun así, Laurel Chandler había conseguido enamorarse de él. La ironía del asunto era excesiva. Laurel, la campeona de la justicia, la defensora de la ley, enamorada de un hombre que había infringido irresponsablemente tantas leyes, de un hombre para quien la justicia representaba la sentencia al exilio emocional. Ella le ofrecía todo lo que él había deseado siempre, todo lo que según él mismo se decía jamás lograría tener.

Si Jack poseía una pizca de honor se apartaría, de modo que ella se enamorase de un hombre mejor de lo que él podría llegar a ser jamás.

La ceremonia religiosa fue privada. Laurel pensó: una bendición y una maldición. El dolor era demasiado profundo para compartirlo con personas a quienes apenas conocía, pero algunas de las heridas más profundas habían sido infligidas por las únicas personas presentes allí.

Se sentó con Caroline y Mamá Pearl en un lado de la capilla. Vivian y Ross se sentaron del lado opuesto, en el mismo banco, pero no juntos. Separados por un invisible muro de odio, y reunidos sólo por el intento mecánico de Vivian de presentar una fachada «normal» cuando había que ocultar feos secretos de familia. Vivian jamás confirmaría o negaría los rumores cuando comenzaran a difundirse, una dama no se rebajaba a ventilar en público la ropa sucia. Era más probable que se divorciara discretamente de Ross y continuara su vida como sí él jamás hubiera tenido nada que ver, dejándolo que afrontase solo el veredicto de la opinión pública.

No se estrecharon las manos, no hubo demostración de simpatía de Ross o deseo de manifestarla en Vivian. Por supuesto, Vivian siempre había considerado que las exhibiciones en público eran desagradables, incluso en momentos de necesidad. Si ahora ella las necesitaba, ese ansia era como un eco vacío en su interior, y no podía perforar la fría y bonita fachada que ella había perfeccionado a lo largo de cincuenta y tres años.

Ross miró con gesto neutro el ataúd, con su manto de rosas rosadas y helechos. Laurel se preguntó si él sentía remordimientos o sólo pesar porque después de tanto tiempo lo habían denunciado. De todos modos, Laurel no le habría permitido asistir; pero la decisión no había estado en sus manos.

Se preguntó de qué modo Ross afrontaría el vendaval de acusaciones y condenas cuando la historia del abuso se difundiese por doquier, y la propia Laurel se ocuparía minuciosamente de que llegase a ser una información del dominio público. Caroline le había dicho cierta vez que Ross era un hombre débil. Si había un Dios en el cielo, la vergüenza de esa verdad lo aplastaría.

El reverendo Stipple tuvo muy poco que decir como elogio. Laurel habría preferido que no dijese nada, pero era su iglesia, la iglesia en que ella y Savannah habían sido bautizadas, en la que el padre de ambas había prometido amar hasta la muerte a Vivian. La iglesia donde la muerte había determinado que ellas y la mitad del distrito acudiesen a despedir a Jefferson Chandler, antes de su viaje al otro mundo.

Contempló el pañuelo ribeteado de encaje que tenía en las manos, y recordó demasiado bien que Savannah se había sentado a su lado y le había tomado la mano y murmurado: Nena, papá se fue, pero siempre nos tendremos la una a la otra.



Siempre.

Ahora, la muerte había reunido de nuevo a esa gente cuyas vidas estaban unidas en un doloroso nudo de experiencia común.

Hacia el fin de la ceremonia, Conroy Cooper entró en la iglesia y se sentó solo. Laurel vio su mirada, la mirada de esos ojos azules profundos y sombríos cuando ella salía de la iglesia, y vio el dolor y el amor, y se le oprimió el corazón, porque de todos los hombres a quienes su hermana había conocido, había terminado por amar a aquel cuya nobleza lo ponía fuera de su alcance.

Cuando todos los demás ya habían salido, Laurel se demoró en las sombras del vestíbulo y vio que Cooper depositaba una sola rosa blanca sobre el ataúd. Durante un momento prolongado, él permaneció de pie, con la cabeza inclinada y una mano apoyada en la madera barnizada, despidiéndose en voz baja. Laurel lo había tachado de adúltero y condenado porque no había sido capaz de dar a Savannah el género de compromiso que ella deseaba. Pero Cooper había dicho que la había amado lo mejor posible, al mismo tiempo que trataba de mantener una promesa formulada a una esposa que ya no lo conocía. Había dado a Savannah todo lo que podía. No tenía la culpa si ella necesitaba mucho más.

No se sirvió café después de la inhumación. No hubo tiempo para atenuar el dolor charlando de los cultivos y los niños y las cosas cotidianas. Caroline la llevó de regreso a Belle Riviere en un viaje silencioso.

Mamá Pearl fue a su cocina para tranquilizarse con el conocido rito de la preparación de un recipiente de café noir. Caroline depositó las llaves sobre la mesa del vestíbulo, y se volvió y aferró las manos de Laurel.

—Subiré al piso alto a descansar un rato —dijo, con su voz enérgica suavizada por la tensión hasta convertirse en un murmullo—. Querida, deberías hacer lo mismo. Han sido unos días terribles.

Laurel se esforzó para mostrar una sonrisa valerosa y sacudió la cabeza.

—Estoy demasiado nerviosa para dormir. He pensado ir un rato al jardín.

Los ojos oscuros relucieron con la clase de amor y sabiduría que es patrimonio de una madre. Caroline asintió y oprimió los dedos de Laurel.

—Después de tus arreglos, ese lugar es muy bonito. Es un sitio apropiado para buscar un poco de paz.

Laurel no esperaba encontrar nada de eso, pero era cierto que en todo caso iría a buscarlo, y que quizás hallase algo.

Recorrió lentamente los senderos, con las manos hundidas en los bolsillos de su falda floreada. Una brisa irregular le envolvió el vuelo alrededor de las pantorrillas, y acarició sus hombros con los extremos del cabello. El día era cálido y brumoso, con un cielo que no atinaba a decidir si prefería ser una bóveda azul y diáfana o una colección de irritadas nubes grises.

A pesar de los caprichos del tiempo y la aureola de tristeza que se posaba sobre Laurel como una mortaja, el jardín ofrecía las mismas ventajas de siempre. Los perfumes intensos de las plantas verdes, los aromas suaves, y dulces de las flores que acariciaban los sentidos de Laurel, y trataban de suavizar y ofrecer consuelo. E incluso las malezas intentaban distraerla, recordándole que necesitaban que las cortase. Mañana, prometió, descendiendo por el sendero, buscando algo que no podía suponer que hallaría ahora mismo.

Sentía que una etapa fundamental y turbulenta de su vida había concluido bruscamente. Savannah se había ido. El secreto que ellas habían compartido todos esos años había sido desvelado. Danjermond había muerto y, si bien la investigación continuaba ahondando en las sombras oscuras de su pasado, y los titulares aún vendían periódicos, el desenlace definitivo ya era conocido. Entre el testimonio de Laurel y las pruebas halladas en su casa y en la escena del último episodio, se había llegado a la comprobación de que Stephen Danjermond, fiscal del distrito de Partout, hijo de los Danjermond de Nueva Orleans, había sido un asesino en serie.

Ella hubiera debido experimentar un sentimiento de clausura, pensó Laurel mientras se sentaba en el banco que ocupaba una esquina del jardín. Pero sentía más bien que algo había comenzado a desenredarse, a pesar de que había cabos sueltos arrastrándose por doquier. Savannah ya no estaba. Jamás se le ofrecería la oportunidad de reparar las grietas que se habían manifestado en la relación entre ambas; eso continuaría eternamente así. El secreto había sido revelado, pero ella continuaría siendo la hija de Vivían; Ross Leighton sería eternamente parte de su pasado, ya que no de su futuro. Danjermond había muerto, pero todas las vidas que habían sido tocadas por él quedarían indeleblemente marcadas por su traición.

Y estaba Jack. El hombre de quien ella no hubiera debido enamorarse. El hombre a quien amaba desesperadamente. El hombre que estaba decidido a pagar con su vida por los pecados de su pasado.

Si ella tenía cerebro en su cabeza, se apartaría, practicaría un corte limpio, empezaría de nuevo en otro lugar. Lo que había sucedido entre ella y Jack había sucedido con demasiada prisa, con demasiada intensidad. Al regresar a su hogar, lo que menos deseaba era establecer una relación, y Jack estaba lejos de ser el tipo de hombre que ella podía concebir en ese papel. Él había usado, abusado y burlado la profesión que otrora habían compartido. Ella no lo respetaba por eso, aunque respetaba su comportamiento, pese a que él afirmaba que sus motivos eran egoístas. Vivía una vida basada en el intento firme de evitar la responsabilidad, otro rasgo que irritaba el fino sentido del deber de Laurel; pero ella le había visto desafiar varias veces ese papel.

Ella continuaba viéndolo en su imaginación no como el macho disipado con la sonrisa perversa y el rubí en el lóbulo de la oreja, sino como el hombre solitario y perseguido cuyas necesidades ocultas se remontaban a una niñez sin amor. Ella continuaba sintiendo el dolor que agobiaba a Jack y que se había contagiado al corazón de la propia Laurel; el dolor de desear las cosas que él creía que no merecía.

Jack afirmaba que era un hombre que usaba a su prójimo, un sinvergüenza, un inútil para todo lo que no fuese la diversión; pero el hecho era que había salvado la vida de Laurel, y demostrado un heroísmo que era muy poco frecuente en este mundo.

Sí, Jack incluía dos personas claramente distintas. El problema consistía en convencer al Jack «malo» de que el Jack «bueno» existía y merecía que se le ofreciera la oportunidad de algo mejor que una vida a medias saturada de dolor.

Laurel cerró los ojos y echó hacia atrás la cabeza, y contempló el cielo mientras el sol jugaba al escondite con las nubes. Durante un momento imaginó una vida en la que ellos pudieran empezar realmente de nuevo, donde la gente en efecto dejase atrás el pasado y viviese más allá de las sombras, donde ella y Jack pudieran sencillamente alcanzar la felicidad sin prestar atención a toda la carga de la vida anterior.

—Querida, ¿soñando conmigo?

Laurel necesitó un momento para comprender que la voz no provenía del interior de su mente. Abrió los ojos y se movió en el banco, y lo vio allí de pie, apoyado en una de las estatuas sin brazos de la tía Caroline, con los vaqueros descoloridos y una camisa con la pechera abierta. Se le veía pálido bajo el bronceado, y había líneas de tensión bajo los ojos oscuros que se combinaban con la sombra de la barba, de modo que tenía un aspecto áspero y peligroso. En sus labios se dibujó la sonrisa de pirata, pero los ojos expresaban demasiado dolor, de modo que su fachada no pudo engañar a Laurel.

—¿Qué demonios haces aquí? —exclamó Laurel, poniéndose de pie—. ¡No me dirás que el doctor Broussard te dio de alta!

Él se estremeció un poco cuando el volumen de la voz de Laurel le martilleó la cabeza.

Mais non —rezongó—. En cierto modo me fugué.

—¿Cómo es posible que eso no me sorprenda?

—No es nada grave, tite chatte —masculló Jack, frotando el pulgar sobre la frente de la diosa—. Lo único que tengo es un terrible dolor de cabeza y una costilla rota.

Laurel lo miró, con las manos en jarras.

—¡Un pulmón colapsado! Un traumatismo en la cabeza y una puñalada y...

Bou Dieu! —exclamó Jack con fingida sorpresa, con los cabellos negros cayéndole sobre la frente, mientras la miraba con los ojos muy grandes—. En ese caso, quizá debería sentarme.

Pasó un brazo alrededor de la cintura de Laurel y la obligó a acompañarlo, y sus gestos eran rígidos y un tanto torpes, pero bastante eficaces como para inducirla a sentarse sobre sus rodillas, mientras él ocupaba el asiento que antes había sido usado por Laurel. Ella se apartó inmediatamente, pero movió las piernas y permaneció al lado del banco, al lado de Jack.

Jack frunció el entrecejo, y la miró de reojo.

—Seguramente estoy perdiendo mi toque especial.

Laurel resopló.

—Yo diría más bien que estás perdiendo la cabeza. Deberías permanecer en el hospital. ¡Caramba, ni siquiera habías recuperado la conciencia la última vez que te vi!

—Sobreviviré.

Abandonando el tema, él la miró y notó inmediatamente las sombras profundas bajo sus ojos. Ella difícilmente hubiera podido parecer más exquisitamente femenina o más frágil, como si fuera una pieza de porcelana muy valiosa. Esa fragilidad lo había atemorizado cierta vez, antes de descubrir la fuerza que la recorría como una serie de hilos de acero. Pero tenía la sensación de que la fuerza ahora estaba flaqueando.

—¿Cómo estás, querida? ¿Qué haces?

—Hoy ha sido el funeral de Savannah —dijo ella con voz serena.

Jack pasó un brazo sobre los hombros de Laurel y la atrajo hacia él, y depositó un beso sobre la cabeza de la joven. Era todo lo que necesitaba hacer. Laurel apoyó la mano abierta sobre el pecho desnudo y tibio, sobre el vendaje blanco que le inmovilizaba las costillas, y sencillamente se complació percibiendo el latido del corazón bajo la mano.

—Habría estado allí contigo, si hubiese podido.

Ella lo miró, con el rostro cuidadosamente inexpresivo mientras trataba de evaluar el juego de los sentimientos en él y entre ellos.

—No te gustan los funerales.

—Sí, bien... —Suspiró fijando la mirada en las rosas que trepaban por la pared de ladrillo, al lado de ellos—. Eso no impide que pierda amigos, ¿verdad? Sólo impide que yo sea la víctima.

—¿Eso es lo que somos? —preguntó tranquilamente Laurel—. ¿Amigos?

—Me salvaste la vida.

—Y tú salvaste la mía —replicó Laurel, poniéndose de pie para pasearse frente al banco con los brazos cruzados sobre el pecho—. En ese caso, ¿cómo estamos? ¿Ninguno debe nada al otro?

—¿Cómo deseas que estemos? —preguntó Jack, que percibió el tono duro de su propia voz, y por eso mismo se maldijo. No había ido allí para reñir con ella. Había ido para... ¿qué? ¿Porque no podía mantenerse lejos? ¿Porque creía que debía completar lo que había arraigado y se había enroscado alrededor de su corazón como la enredadera que crecía alrededor de las patas del banco? Jack, no puedes repicar y estar en la procesión.

—Necesito más —reconoció Laurel. Si esa actitud la convertía en una estúpida, pues era una estúpida. Sí demostraba que era débil, pues aceptaba su propia debilidad. Era la verdad. Una parte demasiado extensa de su vida había estado envuelta en mentiras. Dejó de pasearse y miró a los ojos a Jack, seria como un juez—. Jack, te amo. Insisto en decirme a mí misma que no debería amarte, pero no puedo evitarlo.

—Tienes razón, querida. —Rechinando los dientes para dominar el dolor, Jack se puso lentamente de pie—. No deberías amarme —murmuró él, y caminó hacia la salida, evitando mirar a Laurel. Si la miraba, jamás podría alejarse.

—No porque no lo merezcas, Jack —dijo Laurel, aferrándolo del brazo—. Porque sería más fácil abstenerme de ese amor. Pero cierta vez tuve una relación fácil, y quizá fue segura, pero no justa para ninguno de nosotros. Jack, no puedo seguir el camino fácil —murmuró Laurel, que ya estaba temblando íntimamente esperando la respuesta—. ¿Y tú?

—Por supuesto —dijo Jack, y su voz ahora sonó apenas un poco más áspera, y sus ojos se fijaron en un punto indefinido a media distancia—. Querida, ¿todavía no sabes a qué atenerte? Soy un cobarde y un sinvergüenza...

—No eres ninguna de las dos cosas —dijo enérgicamente Laurel—. Si fueras un cobarde, hoy me habrían enterrado junto a mi hermana. Si fueras un sinvergüenza, no te esforzarías tanto por mostrarte noble y por alejarte de mí.

Las lágrimas brotaron de los ojos de Laurel, y fueron como la coronación de sus emociones. Apretó con más fuerza el músculo macizo de los brazos de Jack, y sus dedos pequeños apenas marcaron la piel.

—En muchos aspectos, Jack Boudreaux, eres el mejor hombre que he conocido —dijo ella con voz ronca—. Me agradaría que me ofrezcas la oportunidad de demostrártelo.

Y él deseaba creerla. Por Dios, cómo deseaba creerla. La necesidad era una especie de dolor en su fuero íntimo, y en realidad él había pasado la vida entera tratando de ocultar eso. La necesidad de valer algo, la necesidad de ser importante para alguien.

Ahora cerró los ojos contra eso, aterrorizado ante la posibilidad de que las necesidades lo devorasen, aterrorizado por la posibilidad de que esto fuese un sueño, una broma cruel como todas las menudas esperanzas de su niñez habían sido una broma cruel. No tenía sentido que ella lo amase. No armonizaba con la línea argumental de su vida que se le ofreciera esta oportunidad de ser feliz. Tenía que haber una trampa. De un momento a otro la situación se le revelaría en toda su desnudez.

Permaneció de pie, esperando y mirando más allá de Laurel. El mentón le temblaba cuando comprimió los labios y los convirtió en una línea delgada. Parpadeó para aclarar su visión.

—Jack, ¿no has pagado bastante? —murmuró Laurel—. ¿Ambos no hemos pagado bastante?

—No lo sé. —Jack trató de encogerse de hombros, y se estremeció a causa del dolor—. ¿Quieres un marido? ¿Quieres hijos?

«Más que nada en el mundo», pensó Laurel. La idea de ofrecer a Jack una segunda oportunidad en relación con esos sueños, la idea de darle un hijo, y de que los dos creasen una vida completamente nueva que comenzaría sin errores ni pesares, era un deseo que ella apenas había comenzado a concebir.

—Quiero un futuro —dijo sencillamente Laurel, y sintió que ese deseo era demasiado precioso, demasiado frágil para manifestarlo—. Quiero superar el pasado. Quiero que me acompañes.

Una vida más allá del pasado. Una vida que, como él mismo se había dicho, sólo podía existir en sus sueños. Retrocedió un paso y se llevó una mano a los cabellos, y comenzó a acariciarse la nuca.

Laurel lo observó, conteniendo la respiración mientras su corazón latía aceleradamente.

Jack se volvió y la miró, y percibió toda la esperanza de Laurel, su miedo, su belleza dulce y pura.

—Me dije a mí mismo que si quedaba una gota de honor en mí, me apartaría de ti —dijo Jack con voz suave. Curvó los labios en una sonrisa torcida e irónica—. Por Dios, nunca supe por dónde empezar.

Laurel lo abrazó, sintiendo que se le desbordaba el corazón. Apretó la mejilla contra el pecho de Jack, y comprendió que él también estaba profundamente emocionado.

—Tienes más de lo que crees —murmuró.



—Tengo todo lo que necesito si te tengo a ti —dijo Jack, y acercó su boca a la de Laurel para darle un beso que era al mismo tiempo prenda de unión y comienzo, promesa y realización... y amor.


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