Falsa alarma



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Capítulo 4


Jack despertó bruscamente, y su cabeza golpeó contra el atestado escritorio de caoba y se echó hacia atrás para evitar la máquina de escribir, una Underwood negra manual que había sido la almohada el último rato ¿cuánto tiempo? ¿Una hora? ¿Dos? ¿Tres? Miró alrededor, parpadeando para proteger los ojos de la luz que se filtraba a través del dosel de ramas de roble y de las cortinas de encaje de la ventana. Se frotó las manos sobre la cara delgada y se aclaró la voz, y esbozó una mueca cuando percibió el sabor de la cerveza rancia que le impregnaba la boca. Con los dedos se alisó los cabellos negros lacios que eran demasiado abundantes y demasiado largos para la Louisiana meridional en esa época del año.

El viejo reloj depositado sobre la repisa de la chimenea del dormitorio marcaba los segundos ruidosa e implacablemente, y ahora mereció la mirada atenta de Jack. Las once y media. La gente respetable de Bayou Breaux estaba despierta y trabajaba desde hacia varias horas. Jack no recordaba haber regresado a su casa. Quizá lo había hecho a medianoche. O tal vez ya era de madrugada cuando había pasado el umbral de la vieja casa que los habitantes locales denominaban L'Amour.

Dirigió una mirada reflexiva a la pesada cama de cuatro postes con su cortinaje puesto de manera descuidada detrás de la cabecera tallada. Quizá había una mujer dormitando entre las sábanas arrugadas. Jack tenía el confuso recuerdo de una mujer... grandes ojos azules y la cara de ángel... fuego y fragilidad...No había ninguna mujer en su cama, pero lo mismo daba. No estaba de humor para dedicarse a la retórica de la mañana siguiente. La cabeza le dolía como si alguien la hubiese molido a martillazos.

Su último recuerdo era de Leonce llevándoselo fuera de la taberna de Frenchie. Después, podía haber ido a cualquier sitio, y protagonizado cualquier episodio. El dolor le golpeaba las sienes, como dos punzones de picar hielo, cuando intentó recordar. Pensó que era extraño, y su boca se curvó ante la ironía: bebía para olvidar. ¿Por qué no podía dejar las cosas exactamente como estaban?

—Porque eres perverso, Jack —masculló, y su voz era un susurro ronco, más áspero que de costumbre a causa de una noche entera dedicada a cantar en un salón donde el noventa por ciento de las personas fumaba sin control.

Se levantó de la silla vieja y crujiente que estaba frente al escritorio, y su cuerpo a su vez crujió y gimió por su cuenta después de Dios sabía cuántas horas en la postura sentada. Se estiró con toda la gracia de un gato grande y delgado, se rascó el vientre desnudo, vio que el último botón de los vaqueros descoloridos estaba desabrochado, pero lo dejó así.

La página que estaba en la máquina de escribir atrajo su atención.

Él la arrancó y la examinó, frunciendo sombríamente el entrecejo ante las palabras que sin duda le parecieron joyas en el momento de escribirlas.



Ella intenta gritar mientras corre, pero tiene los pulmones de fuego y se agitan como fuelles. De su garganta brotan únicamente sonidos patéticos, que malgastan una energía preciosa. Las lágrimas le enturbian la visión y ella trata de contenerlas parpadeando, de enjugarlas con la mano, de tragarlas porque forman un nudo que le estorba la garganta mientras corre entre los matorrales densos.

La luz de la luna apenas se filtra a través del dosel de árboles. Es una luz surrealista, de pesadilla. Las ramas la golpean, le cortan la cara y los brazos. Los dedos de los pies tropiezan con las raíces del roble y las almezas que bordean el terreno suave y húmedo; y ella tropieza, y vuelve la cabeza para ver si la muerte está realmente muy cerca.

Demasiado cerca. Demasiado serena. Demasiado intencional. Su corazón late con tanta fuerza que parece próximo a estallar.

Retrocede y tropieza, y trata de evitar que se le lastimen las piernas. Sus manos se aferran a las raíces y se hunden en el colchón de hojas secas. Los dedos se cierran sobre el cuerpo grueso y musculoso de una serpiente, y ella grita en un intento de escapar de la cabeza triangular y los colmillos relucientes que la atacan. El hedor del pantano le satura la nariz mientras el sabor de cobre del miedo le reviste la boca. Y la muerte se aproxima. Implacable. Cruel. Perversa. Sonriente...

Basura. Solamente basura. Con una exclamación de disgusto, Jack estrujó la página y la arrojó en la dirección general del cubo de los papeles, un antiguo jarrón chino que quizá valía una pequeña fortuna. No lo sabía, y no le importaba. Lo había encontrado en el desván, sepultado bajo una década entera de prendas desechadas y comidas por la polilla. Al parecer, había estado allí bastante tiempo, pues hasta un tercio de su altura estaba ocupado por los restos de los ratones muertos, descompuestos y esqueléticos que habían caído allí en el curso de los años y después no habían logrado salir.

Jack poseía antigüedades porque la vieja y decrépita casa había llegado con ellas, no porque poseyese refinamiento cultural o fuese un consumidor conspicuo o especialmente apreciativo de las cosas hermosas. Las cosas materiales habían perdido importancia para él con la muerte de Evie. Su perspectiva del mundo había variado radicalmente, para peor. Otra ironía. La mayor parte de sus treinta y cinco años había luchado con uñas y dientes para alcanzar un estatus en que pudiese poseer «cosas». Ahora estaba allí, y no le importaban en absoluto.

Dieu—murmuró, sacudiendo la cabeza y estremeciéndose a causa del dolor—, el viejo Blackie seguramente está sentado en el infierno y se ríe de mí.



No vales para nada, pequeña rata ¡Gran inútil, no es una broma!

La voz le llegaba desde el pasado, desde su niñez. Una voz que provenía de un lugar que estaba más allá de la tumba. Se estremeció al recordar esa voz. Una respuesta condicionada, incluso después de tanto tiempo. Con mucha frecuencia, una observación agria de Blackie Boudreaux se había visto complementada con un revés sobre la boca.

Jack abrió el ventanal y se inclinó sobre el marco, la pintura suave y blanca, fresca contra la piel desnuda del hombro. Sus ojos se cerraron cuando aspiró el perfume suave y verde del boj, el aroma fragante de la magnolia y la wisteria y una docena de otras plantas en flor. Y detrás de ese incienso espeso estaba el aroma sombrío e insidioso del bayou, fertilidad, descomposición y peces. Los perfumes, la caricia de la brisa cálida contra la cara, el coro de las aves en un instante lo obligó a retroceder en el tiempo.

Se vio a los nueve años, pequeño y esmirriado, descalzo y con la cara sucia, huyendo como un ladrón de la choza de papel alquitranado que era su hogar. Huyendo de su padre para refugiarse en el pantano, y sus pies desnudos golpeaban el sendero de tierra.

En el pantano podía ser cualquiera, hacer lo que quisiera. No había límites, ni normas cuyo incumplimiento le reprochasen. Podía conquistar una isla, convertirse en monarca de los caimanes, ser un famoso criminal en fuga. En fuga por matar a su padre, lo que habría hecho si hubiese sido más corpulento y más fuerte...

—Mierda —murmuró, mientras regresaba al dormitorio.

Dejó abiertas las puertas y caminó hacia el cuarto de baño, un antiguo vestidor que había sido transformado por un propietario anterior de L'Amour allá por los años veinte. Todavía mostraba los accesorios originales de porcelana blanca y los mosaicos. Lo cual no significaba mucho, en vista de que todos estaban manchados por el tiempo, rajados y descascarillados. Felizmente, lo único que Jack les exigía era que funcionasen.

Con el movimiento de una llave, la caja de música que estaba detrás del viejo inodoro comenzó a sonar, y se oyeron los acordes de la pieza de Zachary Richard Ma Petite Fille Est Gone. Pese al hecho de que agravaba su jaqueca, Jack automáticamente movió el cuerpo al compás de la música, mientras llenaba de agua fría el lavabo. La música desafiaba la inmovilidad con su ritmo constante y el acordeón cálido y la guitarra dulzona.

Después de respirar hondo, Jack se inclinó hacia delante y metió la cabeza en el lavabo, y un minuto después emergió maldiciendo en francés y sacudiéndose como un perro mojado. Dirigió una mirada larga y crítica al espejo, contemplando la posibilidad de afeitarse mientras el agua caía del extremo de su nariz aquilina. Peinó hacia atrás los cabellos mojados y así descubrió la frente ancha y alta. Las cejas negras se unieron sobre los ojos castaños y sanguinolentos. Las arrugas rojas de aspecto colérico señalaron su mejilla donde varias partes de la «almohada» le habían marcado la piel.

En el estado actual parecía un hombre duro y mezquino, una expresión que él no permitía ver a muchas personas. La pandilla del local de Frenchie conocía a Jack, el Animal de las Fiestas. Jack, el hombre de la sonrisa franca. Jack, el mujeriego. No conocían a este Jack, como no fuera a través de sus libros, y los habría sorprendido que Jack Boudreaux, a quien el mundo editorial denominaba el nuevo «Maestro de lo Macabro», fuera su Jack.

Resopló e inclinó la cabeza a un lado, y una semisonrisa le delineó los labios.

No importa, amigo mío —murmuró—. No importa.

Cuando alargaba la mano para tomar el cepillo de dientes, la música de la radio se interrumpió en mitad del coro.

—Acabamos de recibir la noticia —dijo el locutor, y su tono generalmente jovial ahora pareció tenso y neutro a causa de la gravedad de la información—. El noticiario KJUN acaba de saber que ha aparecido otra víctima, en apariencia obra del Estrangulador de Bayou. Esta mañana, a eso de las siete, dos pescadores de la región del Bayou Chene, en St. Martin Parish, descubrieron el cuerpo de una joven no identificada. Aunque las autoridades todavía no han formulado una declaración, las fuentes fidedignas en la escena del hallazgo han confirmado las semejanzas entre esta muerte y otras tres acaecidas en la Louisiana meridional durante los últimos ocho meses. El cuerpo de la última víctima, Sheryl Lynn Carmouche, de Loreauville, fue descubierto...

Jack extendió la mano y oprimió el botón. La frenética música de violín de Michael Doucet apareció instantáneamente en los altavoces, quebrando la tensión y rechazando las sombrías noticias. Jack ya disponía de noticias sombrías en cantidad y calidad suficientes. Disponía de una existencia al alcance de su mano, que podía caerle en la cabeza como una tonelada de ladrillos cuando se le antojara. No le interesaba reunir más material a partir de fuentes externas.

«No te comprometas». Ése era su lema. Ése y el tradicional grito de guerra cajun: laissez le bon temps rouler. No deseaba enterarse de la existencia de jóvenes muertas en Loreauville. No podía devolver la vida a Sheryl Lynn Carmouche. Sólo podía vivir su propia existencia y era lo que pensaba hacer, comenzando con un gran plato de mariscos y una botella de algo frío en la Taberna.

La transpiración se deslizó entre los pechos de Laurel, y la joven se arrodilló sobre la tierra recién removida. El sudor le perlaba la frente y una gota cayó por su nariz. Se llevó a la cara la mano protegida por un guante sucio, y se limpió la transpiración, dejando en su lugar una mancha de lodo.

Nadie hubiera dicho que era la abogada otrora agresiva, un hecho que le venía como de perillas. Deseaba sumergirse en el trabajo manual irreflexivo. Deseaba pensar únicamente en sencillas tareas físicas como remover la tierra y plantar flores. Sospechaba que cuando terminase su labor en el patio la gente diría que se había bañado en la tierra. En el mundo había cosas peores en las cuales sumergirse.

Escarbó la raíz de un nuevo arbusto de azalea con una pequeña azada de mano y vertió un poco del abono especial que Bud Landry y el invernadero le habían enviado —una mezcla secreta, Dios sabía cuáles eran sus ingredientes— que ga-ran-ti-za-ba que todo crecería.

Deseosa de recomponer lo que el sabueso Huey había arruinado, había acudido al local de Landry a las siete y media, y había llegado un instante antes de que Bud abriese la puerta de la tienda. Que una parte de su ser se hubiese mostrado igualmente ansiosa de evitar el encuentro de muchas personas en el camino era una verdad que ella prefería ignorar.

Había pasado la mayor parte de la mañana barriendo los destrozos de la víspera y supervisando la instalación de un nuevo portón al fondo del patio. Se había detenido a lo sumo el tiempo indispensable para sorber el té helado que Mamá Pearl le había traído; en cambio, había barrido, rastrillado y apilado. Había conseguido recoger los restos, una carga cada vez, llevándolos al borde del pequeño campo abierto que se extendía hacia el este de la propiedad de la tía Caroline, donde había amontonado todos los residuos del trabajo de los dos primeros días; y allí quemaría todo antes de que se convirtiera en refugio de serpientes y roedores.

Anotó mentalmente la necesidad de llamar al municipio y verificar si necesitaría un permiso. En Bayou Breaux nadie se había preocupado jamás por ese tipo de formalidad, pero los tiempos cambiaban. Hacía años que no vivía allí. Por lo que sabía, el lugar podía haber sido invadido por yuppies que huían de la vida suburbana. O la Liga Junior podía haber decidido que el cuidado del medio ambiente era la onda del futuro... mientras no interfiriese con las actividades comerciales e industriales de los maridos. Laurel bien podía imaginar a su propia madre encabezando la cruzada contra el pueblo bajo que quemaba los matorrales, mientras Ross Leighton contaminaba el bayou con los productos químicos destinados a evitar que los insectos atacasen sus cultivos de caña de azúcar.

El recuerdo de Vivian borró lo que quedaba de la sonrisa de Laurel. Ya llevaba cuatro días en Bayou Breaux y no había ido de visita a Beauvoir. Esa actitud no se toleraría mucho tiempo más. No deseaba visitar el hogar de su infancia o a la gente que residía allí, pero había algo que se denominaba el deber con la familia, y Vivian conseguiría que la opinión general se volviese contra Laurel si no realizaba pronto la peregrinación esperada.

La idea no le agradaba. El hecho de que tuviera que tratar con Vivian y Ross, aunque fuese únicamente para sentarse a la misma mesa a cenar con ellos, había bastado para moverla a reconsiderar la sensatez de su retorno. Pero la necesidad instintiva de un lugar conocido se había impuesto a su aversión a la idea de ver a su madre y su padrastro.

La posibilidad de encontrar su propio refugio, un lugar donde su anonimato fuese absoluto, había sido demasiado seductora y no había podido resistir la tentación. ¿Ir a un sitio donde la única compañía sería ella misma? Pero se trataba de una compañía que ella no deseaba tener en ese momento. Había ansiado la tranquilidad de la formidable personalidad y el amor incondicional de Caroline Chandler. Había sentido la necesidad de ver a Savannah. Había añorado las intromisiones y las exageraciones de Mamá Pearl. El encuentro ocasional con Vivian y Ross había parecido un castigo bastante pequeño si tenía que pagar el privilegio de regresar al hogar.

Haciendo gala de considerable fuerza de voluntad cerró la puerta al tema y concentró la atención en otras cosas. Sus manos apisonaron la tierra alrededor de las raíces de la azalea. Los olores del abono fresco y las plantas verdes le saturaron la nariz. En el jardín, las abejas zumbaban perezosamente sobre una maraña de desordenados rosales que crecían junto a la pared de ladrillo. Un quinteto de Mozart provenía del receptor de radio que había dejado en la galería de la casa.

El calor se acentuó un poco. Laurel sudaba más que antes. Las nubes en el cielo se retorcieron y enroscaron en el firmamento azul, empujadas por una tranquila brisa que venía del Golfo. El quinteto terminó y comenzó el noticiario, que señaló el comienzo de la hora del almuerzo.

—Completamos el noticiario de la hora: el descubrimiento de otra víctima, al parecer...

Laurel movió la cabeza para escuchar mejor, pero se interrumpió el anuncio. Savannah estaba en la galería, las manos enjarras, los ojos protegidos por un par de gafas ahumadas. Se había recogido los cabellos en un moño del cual se desprendían varios mechones que descendían sobre el cuello y el mentón, y se había vestido con su habitual elegancia utilizando una minifalda que destacaba las curvas de sus caderas y sus partes posteriores, una especie de seda blanca que conseguía enseñar más de lo que cubría. Un diamante del tamaño de un guisante colgaba sobre el escote profundo, exactamente debajo del collar que papá le había regalado unos años antes; y de las muñecas colgaban varias pulseras de oro, mientras su dueña desplazaba impaciente su peso de un zapato de tacón alto al otro.

—Nena, ¿se puede saber qué es exactamente lo que estás haciendo?

Laurel se apartó los mechones de los ojos y esbozó una sonrisa.

—¡Jardinería! ¿A ti qué te parece?

Abandonó sus herramientas y se enderezó, y antes de dirigirse hacia la galería se sacudió la tierra que se había pegado a las rodillas de sus vaqueros abolsados. Mamá Pearl la perseguiría como una gallina vieja y gorda si se atrevía a entrar así en la casa.

—Has pasado los dos últimos días arreglando el jardín —dijo Savannah, frunciendo el entrecejo—. Te agotarás. ¿Tu médico no te dijo que descansaras?

—La jardinería te descansa psicológicamente. Necesitaba realizar una tarea física —dijo Laurel, mientras se quitaba las zapatillas y se acercaba a su hermana. Con tacones altos, Savannah podía dominarla desde cierta altura. Laurel siempre se había sentido pequeña y menuda en presencia de Savannah. Hoy se sentía como un pillete desaliñado, y esa sensación la complacía enormemente.

Savannah olfateó y en su cara se dibujó una cómica expresión de repugnancia.

—Caramba, ¡hueles como una pocilga a mediodía! Si necesitabas hacer ejercicio físico hubiéramos podido salir de compras. Tu guardarropa está pidiendo una excursión a Nueva Orleans.

—Tengo muchas prendas.

—Y entonces, ¿por qué no las usas? —preguntó severamente Savannah.

Laurel se miró la informe camisa de algodón y los vaqueros abolsados que disimulaban todos los detalles de su cuerpo. La mayoría de las ropas que había traído consigo estaban destinadas a proporcionarle comodidad más que elegancia.

—No sería muy práctico que atendiera el jardín con tacones altos —dijo secamente mirando el atuendo de su hermana—. Y si tuviera que inclinarme con esa falda, probablemente me arrestarían por provocar a los vecinos.

Savannah volvió los ojos hacia L'Amour, la casa de ladrillos que antaño había sido elegante y que se levantaba a cierta distancia detrás de la Belle Riviere, a orillas del bayou. Curvó los labios llenos, en un gesto de áspero regocijo.

—Nena, no podrías escandalizar a ese vecino aunque lo intentases.

—¿Quién vive allí? No creí que nadie quisiera comprarlo, en vista de la historia del lugar y el estado en que se encontraba la última vez que lo vi.

L'Amour había sido construida a mediados del siglo xix para una dama notoria por su acaudalado amante casado. De acuerdo con las versiones —y el relato tenía muchas variantes— ella había muerto a manos del hombre cuando éste descubrió que se había enredado con un vulgar trampero cajun. Laurel había crecido escuchando relatos acerca de la maldición que pesaba sobre el lugar. En muchos años nadie había vivido allí.

—Jack Boudreaux —contestó Savannah, y su sonrisa adquirió un matiz sexy al pensar en él—. Escritor disipado, canalla y sinvergüenza. Y cuando llegue a tener bastante edad, imagino que también será un degenerado. Vamos, muchacha —dijo volviéndose hacia la casa—. Báñate, que te llevaré a almorzar.

Jack Boudreaux. Laurel permaneció de pie en la terraza, con los ojos fijos en L'Amour. Su pulso se había acelerado un poco cuando la asaltó, sin esfuerzo de su parte, una serie de recuerdos de la noche precedente. La voz enronquecida por el whisky y la sexualidad sin tapujos. Los ojos oscuros chispeantes y los dedos de músico, cálidos y elegantes, recorriendo su cuello, los dedos audaces y perversos. Respiró sorprendida cuando el deseo se avivó y recorrió su cuerpo, sinuoso e insidioso como el humo.

—Nena, ¿no vienes?

Laurel movió bruscamente la cabeza, y el sonrojo le tiñó las mejillas, como si ella hubiese sido una escolar culpable. La inquietud se manifestó en el rostro de Savannah; la joven levantó las gafas ahumadas y las aseguró a la frente.

—Creo que has estado demasiado tiempo al sol. Tendrías que haberte puesto un sombrero.

—Estoy bien. —Laurel sacudió la cabeza y evitó la mirada de su hermana—. Pero me daré una buena ducha fría antes de que salgamos.

Sí, una ducha fría, pensó impresionada por su propia respuesta ante la mera mención del nombre de ese individuo. Por Dios, no era que le hubiese agradado el encuentro. La había irritado, y en definitiva ella se había comportado como una tonta. La mortificación hubiera debido ser su reacción al escuchar las palabras «Jack Boudreaux».

Se duchó rápidamente, y se vistió con unos pantalones cortos a cuadros azules y una blusa de algodón azul sin mangas. Apenas habían pasado diez minutos cuando descendió la escalera y entró en la sala, una habitación de paredes rosadas, con el tipo de detalles elegantes que ponía a Belle Riviere a la altura de las más hermosas residencias antiguas del Sur.

—...esa pobre muchacha de St. Martin Parish —dijo Caroline en voz baja. Estaba sentada en su «trono», un sillón Luis XVI bellamente tallado, tapizado con damasco rosa. Después de pasar como siempre la mañana del sábado en la tienda de antigüedades, Caroline se había instalado en su asiento, se había quitado los zapatos blancos y negros de tacón alto, dejándolos sobre la alfombra de color borgoña, y apoyado los pies minúsculos sobre un taburete al que una mujer del siglo xviii sin duda había revestido con un protector tejido a la luz de una lámpara. Un alto vaso de té helado había sido depositado sobre una delicada mesa Sheraton ovalada, a su izquierda.

—He apagado la radio antes de que ella pudiese escuchar —dijo Savannah, con voz que tenía el acento de la conspiración. Se sentó de costado en el sofá de pelo de camello, y se inclinó hacia su tía, cruzando las largas piernas desnudas.

—¿Antes de que yo pudiese escuchar qué? —preguntó Laurel.

Las dos mujeres volvieron bruscamente la cabeza, con los ojos agrandados por un sentimiento de culpable sorpresa. La expresión de Savannah pasó a la irritación en una fracción de segundo.

—Hubieras debido tardar por lo menos veinte minutos antes de estar lista —dijo contrariada—. Y habrías tardado eso si te hubieses molestado en usar maquillaje y te hubieses peinado bien.

—Hace demasiado calor para usar maquillaje —dijo secamente Laurel, que a su vez comenzó a irritarse en una actitud defensiva—. Y me importa un rábano mi cabello —continuó, aunque automáticamente levantó una mano para recoger detrás de la oreja unos cuantos mechones húmedos—. ¿Qué era lo que no queríais que yo oyese?

La tía y la hermana intercambiaron una mirada que agravó todavía más la molestia de Laurel.

—Querida, una de las noticias —dijo Caroline, acomodándose mejor en su silla. Se alisó la falda del vestido de puntitos blancos y negros y lo hizo con movimientos lentos e indiferentes, como si no tuviese nada más importante en la mente—. No vimos la necesidad de inquietarte con eso. Nada más.

Laurel cruzó los brazos y se detuvo frente a la chimenea de mármol blanco.

—No soy tan frágil que sea necesario evitar que escuche las noticias —dijo, y la tensión se manifestaba en el temblor de su voz—. No necesito que me defiendan del mundo. No tengo un estado mental tan precario que pueda desintegrarme ante el más mínimo tropiezo.

En el momento mismo de hablar sintió el sabor desagradable de la mentira en su boca. Sí, en efecto, había llegado allí para que la protegiesen. Apenas la víspera se había derrumbado al discutir con un borracho sin importancia acerca de un perro sin importancia. Era una mujer débil. Se estremeció, tensando los músculos contra esa palabra, contra ese pensamiento.

—Por supuesto, no pensamos tal cosa, Laurel —dijo Caroline, que se puso de pie con la elegancia y la apostura de una reina. Los ojos oscuros tenían una expresión serena, una especie de espíritu práctico mezclado con un sentimiento de compasión—. Has venido aquí a descansar y tranquilizarte. Sencillamente pensamos que sería más fácil alcanzar esos objetivos si no te uniesen al cúmulo de conjeturas acerca de estos asesinatos.

—¿Asesinatos?

—Cuatro durante los últimos dieciocho meses. Jóvenes de... dudosa reputación... las encontraron estranguladas en el pantano, en cuatro parroquias distintas, por suerte no en Partout.

Le dio la información con frases cortas y el mínimo detalle posible. Ahora que Laurel ya sabía de qué se trataba, Caroline no veía lógica en esquivar el tema con elegantes eufemismos. Ciertamente, su sobrina había lidiado con casos iguales o peores en su cargo de fiscal acusadora. Pero tampoco Caroline creía necesario ofrecer un cuadro exagerado de torturas y mutilaciones, que era precisamente lo que habían dicho los diarios. Solamente abrigaba la esperanza de que el caso no atraería la atención de Laurel. Después de la situación que había vivido en el condado Scott, no necesitaba zambullirse en otro tema candente de sexo y violencia.

—¿Todos los asesinatos fueron cometidos en Acadiana? —preguntó Laurel, limitando las posibilidades a las parroquias que formaban el Triángulo Francés de Luisiana.

—Sí.


—¿Hay sospechosos? —La pregunta era casi automática en ella, lo mismo que indagar por la salud del otro.

—No.


—¿Acaso...?

—Eso no te concierne, nena —dijo ásperamente Savannah. Se levantó del sofá y caminó hacia adelante, y su irritación no hizo nada para atenuar el movimiento de sus caderas—. No eres policía, y no eres fiscal, y esas muchachas ni siquiera están en tu jurisdicción, de modo que bien puedes olvidarlas. ¿Me oyes?

Laurel estuvo a un paso de decir a Savannah que ella no era su madre, pero prefirió callar. Habría sido una declaración ridícula. En muchos aspectos, Savannah era para ella más una madre que lo que había sido Vivian. Además, Savannah solamente intentaba protegerla.

Con las manos en jarras, dominó su carácter y suspiró para aliviar un poco su irritación.

—No tengo la menor intención de resolver una serie de crímenes —les aseguró—. Vosotras sabéis que por el momento estoy muy ocupada atendiendo mi propia salud.

—Tonterías —dijo Caroline, inclinando la cabeza—. Tienes muy buen aspecto. Pero queremos que concentres tus esfuerzos en la recuperación de tu salud, y eso es todo. Eres una Chandler —dijo, acomodándose de nuevo en el trono y alisando los pliegues de su falda—. Estarás perfectamente si tu obstinación no te lleva a cometer tonterías.

Laurel sonrió. Para eso había ido a Belle Riviere, para estar cerca de la inconmovible fortaleza y la feroz decisión de Caroline. En Bayou Breaux había algunos que la comparaban con un toro de lidia, comparación que complacía inmensamente a la tía Caroline.

Caroline Chandler era amada y odiada por todos los que la conocían, y se sentía muy orgullosa de provocar reacciones tan intensas, fueran las que fuesen.

—Vamos a almorzar, tía Caroline—dijo Savannah, mientras se ponía al hombro la correa de su bolso. Las Ray-Bans volvieron a su lugar, encaramadas sobre el puente de la nariz—. ¿Vienes? Mamá Pearl ha ido a una reunión de la iglesia.

—Gracias, no, querida. —Caroline sorbió su té y sonrió enigmáticamente—. Esta tarde estoy invitada a almorzar con una persona amiga en Lafayette.

Savannah se acomodó mejor las gafas y miró a Laurel con el entrecejo fruncido. Laurel se limitó a encogerse de hombros. Los amigos de Caroline en otras ciudades nunca tenían nombres... o, si a eso vamos, tampoco tenían sexo. Como nunca había estado casada, o siquiera comprometida seriamente con alguno de los varones locales, las preferencias sexuales de Caroline habían sido durante mucho tiempo motivo de conjetura entre los chismosos de Bayou Breaux. Y ella siempre se había negado altiva y obstinadamente a responder a la pregunta en un sentido o en otro, y había dicho que a nadie le importaba lo que ella era o no era.

—¿Qué piensas? —preguntó Savannah mientras se acomodaban en los asientos del Corvette rojo descapotable.

—No pienso —dijo automáticamente Laurel mientras se ajustaba el cinturón. Savannah conducía del mismo modo que hacía su vida.

Savannah sonrió perversamente mientras introducía la llave en el encendido y ponía en marcha el coche deportivo

—Oh, vamos, nena. ¿Me dirás que nunca intentaste imaginar a la tía Caroline haciéndolo con alguno de sus amigos?

—¡Por supuesto que no lo imaginé!

—Qué mojigata eres. —Enfiló por la calle tranquila y bordeada de árboles que llevaba directamente al centro de la ciudad. Belle Riviere era la última casa antes de que el camino se extendiese entre tierras de cultivo y el pantano. Pero incluso en la calle misma, donde las casas estaban una al lado de la otra, la única actividad parecía ser el balanceo de las enredaderas que colgaban de los árboles como estandartes desgarrados.

—Que no quiera imaginar a mis parientes en un acto sexual no me convierte en mojigata —rezongó Laurel.

—No —dijo con ironía Savannah—. Pero sin duda te convierte en la persona más original de la familia, ¿verdad?

Apretó el acelerador y el coche descendió volando por la calle, con un alarido del motor. Laurel clavó los ojos en el camino y combatió el ansia de llevarse la mano a la boca para morderse el pulgar.

El sexo era el tema que menos le interesaba comentar. Hubiera preferido que no existiese. Le parecía que el mundo sería un lugar mucho más agradable sin sexo. Ciertamente, habría sido un mundo mejor para los niños por quienes había luchado en el Condado de Scott, y para muchos otros. Trató de imaginar lo que Savannah hubiese logrado con su vida, si no hubiese sido una criatura tan sexual.

Esos pensamientos atrajeron a muchos otros que surgieron en la superficie y le provocaron una punzada en el estómago. Trató de orientar la atención hacia las escenas conocidas frente las cuales pasaban con la velocidad del sonido: un bloque de casitas de estilo rancho, cada una con un altar a la Virgen María en el patio del frente. Un altar tras otro formados por viejos recipientes cortados por la mitad y enterrados en el suelo. Las flores prosperando desordenadamente alrededor de los pies de los totems blancos de la Santa Madre. Un bloque de casas de ladrillo que habían sido restauradas en los últimos años. El centro de la localidad, con su mezcla de vidrieras antiguas y otras más «modernizadas».

No se volvió para mirar el edificio del tribunal cuando pasaron al lado, y se concentró en cambio en la congregación de ancianos de cuerpo retorcido y piel curtida por el tiempo que parecían haberse sentado frente a la ferretería durante las últimas tres décadas, para chismorrear y observar atentamente a los extraños.

Las escenas eran conocidas, pero no reconfortantes; no eran como ella las deseaba. Se sintió un poco apartada de todo lo que estaba viendo, como si lo hubiese contemplado a través de la ventana, incapaz de tocar, de sentir la calidez de la gente o el solaz de una prolongada relación con el lugar. Las lágrimas afluyeron a sus ojos, y Laurel sacudió un poco la cabeza, reflexionando amargamente en la defensa de su estado mental que ella había realizado ante Caroline y Savannah en la sala. Qué porquería. Se sentía frágil como el cristal antiguo, débil como un gatito.

—A decir verdad, no tengo mucho apetito —murmuró, y hundió los dedos en el tapizado de cuero beige del automóvil para evitar que las manos le temblasen a causa de la tensión interior. En su fuero íntimo las fuerzas dinámicas y la debilidad se desplazaban y luchaban la una contra la otra.

Sin molestarse en usar la señal de intermitencia, Savannah entró en el estacionamiento que estaba al lado del local de madame Collette, uno de la media docena de restaurantes de la ciudad. Ocupó un lugar en cierto ángulo entre un sedán Mercedes y un oxidado Pinto. Apagó el motor y guardó las llaves, dirigiendo a Laurel una mirada que combinaba en partes iguales una petición de disculpas y una expresión de simpatía.

—Lamento haber hablado del tema. Lo que menos deseo es molestarte. Hubiera debido saber a qué atenerme. —Extendió la mano y arregló un mechón de cabellos de Laurel que se había secado en un ángulo extraño durante el viaje desde la casa a la ciudad, y lo colocó detrás de la oreja de su hermana en un gesto inequívocamente maternal—. Vamos, querida, pidamos una porción del pastel de ruibarbo de madame Collette. Como en los viejos tiempos.

Laurel trató de sonreír y paseó la mirada sobre el edificio gris, manchado por el tiempo, que se elevaba en la esquina de Jackson y Dumas. La casa de madame Collette daba frente a la calle y se prolongaba hasta el bayou, con un comedor cubierto que se elevaba a cierta altura sobre el agua.

El restaurante no tenía un aspecto muy impresionante con su techo de chapas oxidadas y la vieja puerta azul colgando de los goznes, pero había funcionado constantemente desde hacía mucho tiempo, hasta el punto de que sólo los más viejos de Bayou Breaux recordaban a la original Collette Guilbeau, una mujercita de quien según se decía mascaba tabaco, llevaba un revólver de seis tiros y curtía los cueros de caimán con un cuchillo que le había regalado Teddy Roosevelt, el mismo que cierta vez se había detenido a comer un bocado mientras se dirigía a cazar en el Atchafalaya.

El pastel de ruibarbo en el local de madame Collette. Una tradición. Recuerdos tan agridulces como el pastel. Laurel pensó que hubiera preferido sentarse en la terraza de Belle Riviere, recluida en el patio, pero respiró hondo y desabrochó el cinturón.

Savannah encabezó la marcha, y desfiló por el corredor a lo largo de la hilera de reservados de vinilo rojo, las caderas meneándose perezosamente y atrayendo las miradas de todos los varones del lugar. Laurel la siguió, con las manos en los bolsillos de los pantalones cortos abolsados, la cabeza inclinada, las gafas demasiado grandes deslizándose por la nariz, sin tratar de llamar la atención pero provocando de todos modos miradas de curiosidad.

Los aromas de las especias calientes y el pescado frito saturaban el aire; eran los olores que Laurel siempre asociaría con el local de madame Collette. Los ventiladores colgaban del techo, en el mismo lugar que ocupaban casi desde hacia ochenta años. Los mismos taburetes de tapizado rojo sobre metal cromado que Laurel recordaba de su niñez estaban frente al mismo mostrador largo, con su enorme dinosaurio, es decir la caja registradora y la vitrina donde se exhibían los pasteles. Los mismos viejos clientes se sentaban frente a las mismas mesas en las mismas sillas torcidas.

Ruby Jeffcoat estaba apostada detrás del mostrador, como siempre había estado, controlando los recibos de la hora del almuerzo, vistiendo el mismo uniforme blanco y negro que siempre había usado. Aún se la veía delgada, con la redecilla negra cubriendo pulcramente el peinado y los labios pintados con un matiz de rojo que rivalizaba con los cuadrados de los manteles.

Marvella Whatley, que parecía un poco más regordeta y con más años que lo que Laurel recordaba, estaba poniendo las mesas. Podían verse algunas hebras grises entre los mechones negros de sus cabellos bien cortados. Una sonrisa iluminó su cara oscura cuando se distrajo un momento de su tarea.

—Hola, Marvella —dijo Savannah, moviendo los dedos a la camarera.

—Hola, Savannah. Hola, señorita Laurel. ¿Qué pedirán?

—Hemos venido a comer el pastel de ruibarbo —anunció Savannah, sonriendo como un gato que se dispone a devorar un plato de crema fresca—. Pastel de ruibarbo y Coca-Cola.

Frente al mostrador, Ruby Jeffcoat miró la falda corta y las largas piernas desnudas de Savannah y resopló indignada, y se irritó tanto que su boca adoptó la forma de una herradura. Marvella se limitó a asentir. No había muchas cosas que molestaran a Marvella.

—Enseguida les serviré. El pastel está saliendo del horno. Y les aseguro que madame Collette se superó con ese pastel.

La mesa que Savannah eligió finalmente estaba al fondo, en la habitación protegida por mamparas, donde los platos y los vasos abandonados indicaban que ellas habían llegado después de la avalancha de clientes que venían a almorzar. En el bayou, una lancha de aluminio pasaba con un par de pescadores que regresaban después de pasar la mañana en el pantano. Entre los juncos, sobre la orilla más alejada, estaba una garza, mirando pasar el bote, inmóvil como una estatua sobre el fondo de enredaderas anaranjadas y plantas de café.

Laurel aspiró hondo el aire cargado con los aromas de la cocina de madame Collette y el olor más sutil y áspero del agua oscura que estaba detrás de la habitación del fondo del restaurante, y decidió calmarse un poco. El día era perfecto, cálido y soleado, el cielo convertido ahora en una bóveda vibrante de azul purísimo sobre la espesura de árboles, arbustos y matorrales de la orilla opuesta. Robles y sauces. Palmeras, enramadas que se extendían como manos de dedos largos. No tenía adonde ir, nada que hacer, salvo pasar el día contemplando el bayou. Y había gente que hubiera pagado mucho por ese privilegio.

—Bien —ronroneó Savannah mientras examinaba el salón a través de los cristales de sus Ray-Ban—, ¿qué te parece? El hijo favorito de Bayou Breaux en persona.

Laurel inspeccionó la sala. En la mesa más alejada se había instalado la otra persona que ocupaba el lugar, un hombre de aspecto rudo, corpulento y rubio, con los cabellos desgreñados de un modo que sugería que se los peinaba con los dedos. Podía haber tenido cincuenta años. O quizá más. Era difícil decirlo. Tenía el aspecto de un atleta: los hombros anchos, las manos grandes, una vitalidad que desafiaba la edad. Estaba inclinado sobre un cuaderno de notas, y lo miraba severo a través de un par de anticuadas gafas redondas con montura dorada. Su expresión mostraba una fiera concentración mientras garabateaba. Una alta jarra de té helado estaba a su izquierda, sobre el linóleo a cuadros rojos y blancos, al alcance de la mano, como si su plan fuese permanecer sentado allí el día entero, llenando y vaciando el vaso mientras trabajaba. Laurel no lo reconoció, y se volvió hacia Savannah con una expresión que revelaba su ignorancia.

—Conroy Cooper —dijo fríamente Savannah.

Laurel reconoció instantáneamente el nombre. Conroy Cooper, hijo de una prominente familia local, ganador del Premio Pulitzer. Había crecido en el Bayou Breaux, y después se había trasladado a Nueva York para escribir historias aclamadas por la crítica acerca de la vida en el Sur. Laurel nunca lo había visto en persona, ni había leído sus libros. Suponía que sabía todo lo que necesitaba acerca de la vida en el Sur. Lo había escuchado contando cuentos por la radio una o dos veces, y recordaba, no los relatos, sino su voz. La voz grave y bien timbrada y suave, la voz de la vieja cultura sureña. Lenta y reconfortante, tenía el poder de atraer y seducir y confortar, todo al mismo tiempo.

—Regresó hace pocos meses —explicó Savannah en voz baja, como si se tratase de una conspiración.

Su mirada continuaba fija en Cooper, su expresión disimulada por los cristales de sus gafas ahumadas. Recorrió con la yema del dedo el vaso de Coca que Marvella le había llevado, un movimiento que recordó a Laurel la actitud del gato que mueve la cola cuando está irritado.

—Su esposa sufre del mal de Alzheimer. La trajo aquí desde Nueva York y la internó en el Sanatorio Saint Joseph. Por lo que oí decir, esa mujer ha perdido por completo su lucidez.

—Pobre mujer —murmuró Laurel.

Savannah emitió un sonido que parecía más bien el resultado de una indigestión que la expresión de su coincidencia.

Llegó el pastel, muy caliente, con la crema de vainilla helada que descendía por los lados y se reunía en el plato. Laurel comió obediente su porción. Savannah picoteó y jugó con el alimento hasta que la crema helada regresó por completo a su estado líquido y el pastel quedó convertido en una masa de terrones y costras rosados que parecían cartón húmedo.

—¿Sucede algo?

Savannah se sobresaltó al escuchar la voz de Laurel, y apartó su mirada de Cooper, que al parecer aún no la había visto.

—¿Qué?


Savannah esbozó una sonrisa luminosa y movió las manos.

—Nada. Sucede únicamente que mi apetito no es lo que solía ser.

—Oh, bien... —Laurel dirigió una mirada reflexiva a Cooper, inclinado sobre su cuaderno—. Estaba pensando en acercarme a la ferretería que está aquí cerca. La tía Caroline necesita una nueva manguera para el jardín. ¿Quieres venir?

—No, no, no —se apresuró a decir Savannah—. Puedes ir sola. Nos encontraremos en el automóvil. Pediré a madame Collette que me envuelva uno de estos pasteles y lo llevaré a casa para servirlo en la cena.

Savannah ensartó un pedazo de pastel húmedo y miró mientras Laurel salía por la puerta, dejándola sola con el hombre que sin el más mínimo esfuerzo le había capturado el corazón y parecía decidido a romperlo.

La cólera la recorrió como una oleada de calor, y la empujó a adoptar una actitud temeraria. Ella deseaba que él la mirase. Quería ver en él la misma ansia que ella sentía cada vez que lo veía, cada vez que pensaba en su persona. Deseaba ver el mismo anhelo intenso ardiendo en sus ojos. Pero ese hombre permanecía sentado allí, escribiendo, indiferente a Savannah, como si ella no hubiera sido más importante que una mesa o una silla.

Se puso de pie lentamente, se alisó la breve falda, y todos sus movimientos eran una manifestación de sinuosa sensualidad. Aunque de nada le sirvió, Cooper continuó garabateando, la cabeza inclinada, el entrecejo fruncido, firme el mentón. Savannah atravesó lentamente el salón, y los zapatos de tacón alto repiquetearon sobre el suelo cubierto de linóleo. Depositó sus gafas ahumadas al lado del cuaderno de Cooper, y con un movimiento lento alzó el borde de su falda, un centímetro después de otro, dejando ver los muslos suaves y lisos, y un mechón de rizos oscuros en la unión de esos muslos. Cooper saltó de su asiento, soltando el lapicero y casi volcando la jarra de té que tenía cerca del codo.

—¡Por Dios, Savannah! —Las palabras brotaron de su garganta en un murmullo áspero. Miró automáticamente hacia la puerta para comprobar si había testigos.

—No te preocupes, querido —ronroneó Savannah, elevando y descendiendo la tela sobre su ingle—. Aquí estamos sólo nosotros, los adúlteros.

Él extendió la mano sobre la mesa, con la intención de aferrar la falda y cubrir el muslo de Savannah, pero ella se apartó y con movimientos lentos se acercó al extremo de la mesa, siempre de espaldas a la puerta.

—Señor Cooper, ¿le agrada lo que ve? —murmuró con voz meliflua, la picardía centelleando en sus ojos celestes—. No está en el menú, pero le permitiré probar si usted lo pide de muy buen modo.

Emitiendo un suspiro, Cooper volvió a su asiento y miró mientras ella apoyaba una rodilla sobre la silla que estaba al lado. La impresión inicial se había atenuado, y su acostumbrada actitud serena volvió a manifestarse en él, tan agradablemente como la camisa vieja que vestía. El carácter de Savannah lo impulsaba a chocar. Si uno reaccionaba en exceso, sólo conseguía que ella se mostrase más ofensiva, como un niño perverso que quiere llamar la atención. De modo que él ocupó su asiento y trató de serenarse, sabiendo que vería el momento en que alguien entrase a tiempo para reaccionar antes de que el intruso pudiese sorprenderlos.

—Quizá después —rezongó—. Tal vez esta noche.

Ella esbozó una mueca, y lo miró con los ojos entornados.

—No quiero esperar tanto.

—Pero esperarás. Y así es mejor.

Él extendió la mano de nuevo, en un gesto lento y casual, y con las yemas de los dedos acarició un corto tramo de la pierna femenina; su intención era aferrarle el borde de la falda y bajarla a lo largo de la pierna; pero ella le atrapó la mano y la llevó entre sus muslos.

—Tócame, Cooper—murmuró inclinada sobre él, presionando la mejilla sobre la cabeza del hombre. Le enlazó el brazo derecho alrededor del cuello y pegó la cara de Cooper a sus pechos, mientras sus caderas comenzaban a moverse automática y rítmicamente contra la mano del hombre—. Por favor, Coop...

Se sentía caliente y sedosa, el cuerpo preparado para el sexo. Se movía atrevida contra el cuerpo del hombre. Cooper no dudaba de que ella lo hubiese montado allí mismo si él lo permitía, sin preocuparse en lo más mínimo de la posibilidad de que alguien los soprendiese. La idea ejercía una extraña atracción sobre la fantasía. Una atracción que era bastante real para su propio miembro, pensó Cooper con una mueca, mientras el deseo se acumulaba y latía. Pero no estaba dispuesto a seguirla en ese juego.

Pensó que quizás ese era el único rasgo que lo distinguía de los muchos hombres a quienes Savannah había atraído: a saber, que él se las arreglaba para imponer la voz de la razón en presencia de la abrumadora sexualidad de la mujer, en lugar de perderse en ella.

—Por favor, Cooper —jadeó Savannah. Con la punta de la lengua le acarició el borde de la oreja, jadeando apenas cuando el ansia formó un nudo en la boca de su estómago—. Méteme tu dedo. Hazme gozar.

La necesidad la envolvía como un viento del desierto y le calentaba la piel. Deseaba desgarrar su blusa y sentir la boca de Cooper, la boca húmeda y ávida en sus pechos. Deseaba empalarse en el miembro del hombre y enloquecer con el placer. Deseaba... deseaba... deseaba...

De pronto, él apartó su mano y se puso de pie, desprendiéndose de Savannah, y el deseo cristalizó en el duro sufrimiento de la frustración.

—Eres un canalla —escupió ella, estirándose la falda y enderezando el cuerpo. Un mechón de cabello le cayó sobre la cara y se pegó a la mejilla húmeda de transpiración. Lo apartó de nuevo y lo aseguró detrás de la oreja.

Cooper se quitó las gafas y comenzó a limpiar el vapor que las cubría, frotando metódicamente los vidrios con un pañuelo blanco limpio. La miró fijamente, los ojos azules como el zafiro, firmes como una roca.

—¿Soy un canalla porque no quiero realizar el acto sexual contigo en un lugar público?

Savannah lo miró con los ojos llorosos, furiosa porque él era muy capaz de avergonzarla.

—¡Ni siquiera me miraste desde tu mesa! Ni siquiera me saludaste con un poco de amabilidad.

—Estaba concentrado en otra cosa —dijo calmosamente Cooper.

Devolvió a su lugar las gafas, dobló el pañuelo y lo guardó en el bolsillo trasero de sus pantalones color caqui. Después, dirigió a Savannah una mirada más afectuosa, y las comisuras de los labios se le curvaron de un modo que era, a pesar de sus cincuenta y ocho años, un tanto aniñado e increíblemente seductor.

—Realmente, soy muy poco hombre si mi trabajo me absorbe de tal modo que me pierdo una de tus entradas, Savannah.

Extendió la mano y tocó la mejilla de la joven en un gesto de infinita gentileza.

—¿Me perdonas?

Maldición, ella lo perdonaba. Ese susurro bajo y cultivado le envolvía el cuerpo como un lienzo de seda. Hubiera podido enroscarse al lado de Cooper y escucharle hablar durante cien años, satisfecha nada más que de estar cerca. Rezongó de nuevo, y lo miró de reojo.

—¿En qué estás trabajando? ¿Un cuento corto?

Cooper se apoderó del cuaderno cuando ella intentó tomarlo, y lo cerró con una sonrisa forzada.

—Bien, querida, sabes que no permito que nadie lea mi trabajo. Caramba, ni siquiera mi representante puede hacerlo antes de que yo lo termine.

—¿Se trata de mí? —Las nubes de tormenta se agruparon, otra vez amenazadoras—. ¿O se trata de lady Astor? —preguntó con gesto petulante, con un movimiento de la cabeza, mientras se apartaba inquieta de la mesa.

Caminó a lo largo del tabique que separaba la habitación del resto del salón, indiferente a la deteriorada embarcación que transportaba una carga de incautos turistas por el bayou para internarlos en la sauna que era el pantano en mitad de la tarde.

—Lady Astor Cooper —se burló Savannah, con las manos en jarras—. Santa patrona de los esposos martirizados.

—Es mejor martirizarme con mi matrimonio que con mi miembro.

—¿Sugieres que eso es lo que yo hago? —preguntó Savannah—. ¿Qué soy una mártir del sexo?

Cooper apretó los labios y no hizo comentarios. Caminaban en un terreno peligroso. Tenía sus propias teorías acerca de las motivaciones sexuales de Savannah, pero de nada serviría revelárselas. Muy fácilmente podía imaginar que ella era presa del sentimiento de ofensa y la histeria, y que comenzaba a contratacar con su habitual ferocidad. Y Cooper no deseaba lastimarla. Pese a todos los fallos de la muchacha, se había enamorado de ella. La amaba en el más cabal sentido de la palabra.

—Bien, tengo novedades para usted, señor Cooper —dijo Savannah inclinándose hacia la cara del hombre, con su hermosa boca deformada por la acritud—. Me encamo porque me agrada encamarme, y si usted no quiere hacerlo, yo encontraré quién lo haga.

Él le aferró los brazos y la sostuvo así un momento, mientras ella jadeaba furiosa en la cara del hombre y de nuevo le empañaba los cristales de las gafas. Una tristeza muy honda lo traspasó, y frunció el entrecejo.

—Tú misma consigues sufrir, Savannah —murmuró.

Ella se estremeció por dentro, tratando de rechazar el escalofrío de la verdad. Maldito sea, Cooper la conocía. Clavó en ella esa mirada mundana y fatigada, esos ojos azules gastados por la experiencia, y comprendió que había tocado un nervio. Ella se apartó bruscamente de Cooper y, con un movimiento brusco, levantó de la mesa sus gafas ahumadas.

—Cooper, ahorra tu intuición para el trabajo literario —dijo con acritud—. Es el único lugar en que vives realmente. —Se puso las Ray-Ban, y dirigió a Cooper una sonrisa burlona—. Tenga usted muy buen día, señor Cooper.

Salió del local de madame Collette a paso de carga, envuelta en una nube de Obsession, sin molestarse en pagar la cuenta. Ruby Jeffcoat sabía quién era Savannah. Se limitaría a aumentar la cuenta pendiente y diría a todas las personas que encontrase que Savannah Chandler era una auténtica ramera, que se paseaba por la ciudad con una falda tan corta que apenas le cubría la entrepierna, y sin sostén.

Laurel se apartó del lado del Corvette mientras Savannah atravesaba furiosa el estacionamiento, dominada por la irritación, y sin traer el pastel de ruibarbo. Se la veía furiosa, y Laurel tenía la firme sospecha de que ese estado no guardaba ninguna relación con el restaurante, sino con uno de sus clientes. Conroy Cooper. Que tenía edad suficiente para ser su padre. Conroy Cooper, que estaba casado.

Oh, Savannah...

—Salgamos de una vez de aquí —rezongó Savannah. Arrojó su bolso detrás del asiento, abrió bruscamente la puerta del lado del conductor y se sentó detrás del volante.

Laurel apenas tuvo tiempo de acomodarse, y ya el Corvette estaba en marcha y se apartaba de la acera. Savannah hundió a fondo el acelerador, y el automóvil deportivo se abalanzó por la calle chillando y dejando una estela de caucho.

—¿A dónde vamos? —preguntó Laurel con el tono más neutro posible, en vista de que se veía obligada a gritar si quería que su hermana la oyese por encima del zumbido del viento y el rugido del motor.

—A la Taberna de Frenchie —gritó Savannah mientras retiraba los alfileres de sus cabellos de modo que estos quedasen sueltos—. Necesito una copa.

Laurel se ajustó el cinturón, sin molestarse en comentar el hecho de que al parecer no habría pastel de ruibarbo para la cena, al mismo tiempo que hacía cuanto estaba a su alcance para apartar de su mente el pensamiento de Jack Boudreaux.




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