Falsa alarma



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Capítulo 6


Jack saltó sobre la puerta y se instaló en el asiento del conductor, y sus manos elegantes se deslizaron sobre el volante forrado de cuero. El perro Huey a su vez ocupó el asiento del copiloto, con la cabeza erguida, los ojos disparejos luminosos, las orejas enhiestas, alerta y deseoso de aventura.

Laurel rodeó por delante el automóvil.

—¡Saque del coche de mi hermana a ese perro sarnoso! —gritó, abriendo la puerta. Trató de espantar al perro, pero este creyó que era un juego y gimió, y meneó la cola en la cara de Jack al mismo tiempo que se inclinaba y con su pata grande golpeaba la mano con la cual ella lo amenazaba—. ¡Fuera de aquí, chucho pulgoso, destructor de jardines, desobediente! —se inclinó hacia el interior del automóvil y trató de empujar el cuerpo del animal, mientras el perro se retorcía y giraba y acercaba su cara a la de Laurel y comenzaba a lamerla—. ¡Uf! —Laurel saltó hacia atrás, al mismo tiempo que se limpiaba de la cara la saliva del perro y miraba hostil a Jack—. Usted podría ayudar un poco más.

Él se encogió de hombros y sonrió.

—El perro no es mío.

Un gruñido brotó de la garganta de Laurel. Huey le dirigió una mirada incrédula, gimió un poco y saltó del Corvette. Jack se rió, divertido por la irritación de Laurel y satisfecho de ver en su expresión algo diferente del gesto sombrío que había tenido hasta un momento antes, cuando paseaba la mirada por el bayou.

La había seguido fuera del bar, intrigado por la reacción ante la súbita «cita« de Savannah. Después de ver cómo había atacado a Jimmy Lee BaLdwin, esperaba realmente ver que se volvía contra su hermana y le daba su merecido. No había previsto que encontraría a Laurel de pie junto al automóvil, con la mirada perdida en el vacío y en el rostro la máscara del dolor.

Aunque no era esa la razón por la cual se había adelantado y le había retirado de las manos las llaves del automóvil. Deseaba conducir el Corvette, y eso era todo. Había renunciado a su Porsche a la muerte de Evie. Era demasiado el símbolo de la actitud que la había llevado a la muerte.

No echaba de menos la posesión misma del automóvil, pero a veces le faltaba esa potencia desnuda, la sensación de una máquina potente bajo el cuerpo, una máquina que abordaba las curvas y avanzaba rugiendo por la autopista. Su todoterreno lo llevaba adonde necesitaba ir, pero no había nada semejante a un buen coche deportivo para desencadenar la fuerza salvaje de un hombre.

Por esa razón había arrancado las llaves de la mano de Laurel. No porque deseara reconfortarla. Caramba, ni siquiera sabía cuál era su problema. Y no quería saberlo. No deseaba comprometerse. Si ella rechazaba el gusto de Savannah en relación con los hombres —que abarcaba casi la totalidad del género— tendría que ventilar ese asunto con su propia hermana. Lo único que él deseaba de Laurel era divertirse un poco y la posibilidad de estudiar un carácter sugestivo.

Ella permaneció de pie mirándolo en actitud de sombría expectación, con la pequeña mano extendida.

—Las llaves, señor Boudreaux.

Él ya había metido la llave en el encendido, y ahora tenía los ojos bajos y miraba el pequeño caimán que se movía.

—Pero usted no sabe conducir este automóvil, ¿verdad, querida?

—¿Por qué lo dice?

—Porque si supiera ya se habría ido. Vamos, suba. La llevaré a su casa.

—No tengo la más mínima intención de ir a ninguna parte con usted. Entregúeme las llaves. Caminaré hasta mi casa.

—En ese caso, caminaré con usted —dijo obstinadamente Jack. Retiró las llaves y las guardó en el bolsillo de sus vaqueros al mismo tiempo que bajaba del coche—. Las damas bonitas no deben caminar solas por estos parajes —dijo dirigiéndole una mirada de preocupación, una actitud que ciertamente no estaba dispuesto a reconocer—. Pero se lo advierto, querida, Savannah no se sentirá muy complacida cuando sepa que usted dejó su automóvil preferido en el estacionamiento de Frenchie. No es probable que mañana por la mañana queden allí ni siquiera las ruedas.

Laurel contuvo un suspiro y calculó sus alternativas. Podía volver en coche a casa con Jack Boudreaux o caminar con Jack Boudreaux. No había servicio de taxis en Bayou Breaux, era una localidad de mil quinientos habitantes, que rara vez tenían prisa como para llegar a ninguna parte. No conocía en Frenchie a nadie que la llevase a su casa, y no era probable que la tía Caroline hubiera regresado de Lafayette para pedirle que fuese a buscarla.

—Las mujeres tampoco deben aceptar un viaje en automóvil con hombres a quienes apenas conocen —dijo al mismo tiempo que se acomodaba en el asiento del copiloto, con la mirada fija en Jack.

—¿Qué? —preguntó Jack apoyando la mano abierta sobre su pecho desnudo, la imagen misma de la inocencia ofendida—. ¿Usted cree que yo soy el Estrangulador de Bayou? Caramba.

—Podría serlo

—¿Por qué cree que es un hombre? Podría ser una mujer.

—Podría. Pero no es probable. Los asesinos en serie suelen ser blancos de sexo masculino en la treintena.

Él sonrió perversamente y le bailotearon los ojos.

—Bien, encajo en esa descripción. Pero querida, no necesito matar a las mujeres para conseguir lo que deseo.

Se inclinó hacia ella, y una mano se deslizo sobre el respaldo del asiento de Laurel y la otra avanzó sobre el tablero, acorralándola. El corazón de Laurel latió aceleradamente cuando él se aproximó, aunque el miedo no fue el sentimiento dominante. Hubiera debido ser, pero no lo era.

Esa extraña sensación de deseo y expectación le recorrió las vías nerviosas. Si se inclinaba hacia adelante, él la besaría. Vio la promesa en los ojos de Jack, y sintió algo salvaje y temerario y completamente extraño en ella, que se manifestaba como reacción, y la inducía a acortar la distancia y a aprovechar la oportunidad. Los ojos de Jack la desafiaron, su boca la atrajo, masculina, sexy, los labios entreabiertos en la sugerencia. El temor que sentía era respecto a sí misma, a esa atracción que no deseaba.

—Es poder, no pasión —murmuró Laurel, casi incapaz de hablar porque le faltaba la voz.

Jack parpadeó. Se había roto el encanto.

—¿Qué?

—Matan para sentir que ejercen poder. El poder sobre otros seres humanos les confiere una sensación de omnipotencia entre otras cosas.



Él volvió a recostarse en el respaldo del asiento y encendió el motor del Corvette, sus cejas se unieron reflexivamente mientras pensaba en lo que ella había dicho.

—Entonces, ¿por qué acepta viajar conmigo?

—Porque hay una docena de testigos en la galería, y me vieron reunirme en el automóvil con usted. Usted sería la última persona que me vio viva, lo cual le convertiría automáticamente en sospechoso. Los clientes del bar atestiguarán que yo rechacé sus avances. Eso, por lo que se refiere al motivo. Si usted fuera el asesino, podría afirmarse que ha sido estúpido de su parte salir conmigo de aquí para matarme, y si este asesino fuese estúpido, alguien ya lo habría descubierto.

Él frunció el entrecejo mientras aceleraba el automóvil.

—Y yo que pensé que todo era resultado de mi encanto y mi apostura.

—Los hombres encantadores no me impresionan —dijo ella directamente mientras se ajustaba el cinturón.

Mientras salía a velocidad lenta del estacionamiento con el automóvil, Jack se preguntó: Entonces, ¿qué es lo que la impresiona? ¿Una mente aguda, un hombre de principios? Tenía lo primero, pero no era lo segundo. Lo cual no le preocupaba. No estaba interesado en Laurel Chandler. Ella le traería muchos problemas. Y se trataba de una mujer demasiado rígida para aceptar a un hombre que pasaba la mayor parte de sus horas de vigilia en la Taberna de Frenchie. A diferencia de su hermana, que aceptaba a cualquier hombre en edad viril. Esas dos eran la noche y el día. Por supuesto, Jack se preguntaba la razón de esa diferencia.

Las hermanas Chandler habían sido educadas para representar el papel de las bellas sureñas. El viejo Blackie habría dicho que eran demasiado buenas para hombres como Jack. Demasiado buenas para un individuo que era un inútil, una resaca. Miró a Laurel que estaba sentada con las manos cruzadas y las gafas encaramadas en la naricita, y se dijo que el anciano seguramente habría acertado. Una mujer puntillosa y atildada. La señorita Ley y Orden, rebosante de moral y altos ideales y cualidades destacadas y de fuego y dolor y secretos en los ojos.

—¿Debo deducir de esa conversación con T-Grace que usted fue abogado? —preguntó Laurel cuando entraron por Duman y se dirigieron hacia el centro de la localidad.

Él sonrió, aunque el gesto no implicaba alegría sino cinismo.

—Querida, la palabra «abogado» es demasiado cortés para lo que yo era. Yo era un tiburón al servicio de la Tristar Chemical.

Laurel trató de conciliar la imagen tradicional del ejecutivo bien vestido con el hombre que estaba sentado en el asiento contiguo, con una gorra de béisbol encasquetada en la cabeza, la camisa hawaiana colgando abierta para revelar el cuerpo duro y bronceado de un boxeador de peso ligero.

—¿Qué sucedió?

Una sencilla pregunta, cargada como una escopeta dispuesta a disparar ¿Qué sucedió? Había tenido éxito. Había decidido demostrar a su padre que él podía hacer algo, ser alguien, ganar mucho dinero. No importaba que Blackie hubiese muerto mucho tiempo atrás y se hubiera hundido en el infierno. El fantasma del anciano lo había empujado. Había triunfado y, en definitiva, lo había perdido todo.

—Me volví contra ellos —dijo eludiendo el nervio de la historia. El dolor que aún soportaba a causa de Evie era su propio infierno íntimo. No lo compartía con nadie—. Un abogado renegado. Creo que uno de estos días lo convertirán en una película de las que pasan por la televisión.

—¿Qué quiere decir cuando afirma que se volvió contra ellos?

—Quiero decir que desaté los nudos que había atado para ellos en la estela de papel que los separaba de las actividades muy ilegales que eran el despacho y la eliminación de desechos peligrosos —explicó, no muy seguro del motivo por el cual hablaba con ella. La mayoría de las veces, cuando la gente preguntaba, Jack decía unas pocas frases, hacía una broma y cambiaba de tema—. Los Federales comenzaron a mirar con prevención a la empresa. La compañía me condenó y la Asociación Forense me expulsó.

—¿Fue eliminado del foro porque reveló al Gobierno Federal actividades ilegales y posiblemente peligrosas? —preguntó Laurel con una expresión incrédula—. Pero es...

—Así son las cosas, preciosa —gruñó Jack, y aminoró la marcha cuando el único semáforo de Bayou Breaux cambió al rojo. Descansó la mano en la palanca de velocidad, y miró duramente a Laurel—. Hermosa, no me convierta en héroe. No soy un santo. Perdí —dijo amargamente—. Choqué y me incendié. Caí convertido en una bola de fuego y arrastré conmigo a la compañía. Tenía mis motivos, y ninguno de ellos guardaba ninguna relación con causas tan nobles como la protección del ambiente.

—Pero...


—Pero, usted ahora piensa «Quizá después de todo este Jack no es tan malo», ¿verdad?

Su mirada cobró un sesgo astuto, reflexivo. Sonrió mientras ella frunció el entrecejo. A Laurel no le agradaba pensar que él podía leer tan fácilmente su pensamiento. Si hubieran estado jugando al póquer, él la habría desplumado.

—Bien, se equivoca, preciosa —murmuró Jack con voz opaca, la boca curvada en un gesto amargo mientras a ella se le agrandaban los ojos azuies—. Soy un individuo realmente perverso. —Después exhibió su famosa sonrisa, con los hoyuelos en las mejillas—. Pero soy un tipo muy divertido.

La luz aún no había cambiado al verde, pero él apretó el acelerador y el Corvette se abalanzó hacia adelante como un pura sangre a quien le dan la señal de la partida. Una camioneta que venía por Jackson tuvo que apartarse a un lado para evitar el choque. El chófer de la camioneta asomó la cabeza por la ventanilla y les gritó una serie de obscenidades. Laurel se aferró del reposabrazos y miró a Jack. Él rió mientras conducía el automóvil; se sentía perverso y temerario. La señorita Laurel Chandler necesitaba que la sacudiesen un poco, y él era precisamente el hombre indicado para hacerlo.

Atravesaron el distrito comercial, convertido ahora en una mancha confusa. Laurel alcanzó a ver el edificio del tribunal, y temió que el coche se cruzara con otro vehículo que saliera del estacionamiento; pero siguieron de largo sin incidentes y comenzaron a acercarse al límite del pueblo. Dejaron atrás las casas de ladrillo, los altares a la Virgen María, el atajo que llevaba a L'Amour, la Belle Riviera, y entraron en la zona rural, donde los plantadores luchaban con la Atchafalaya por el control de la tierra.

Un nudo de aprensión apretó la boca del estómago de Laurel. Había aceptado un riesgo calculado al subir al vehículo con Jack Boudreaux, pero creía que su lógica había sido válida. Ahora, comenzaba a pensar en otras posibilidades. Quizás el asesino no había sido inteligente, pero sí afortunado. Tal vez Jack sencillamente estaba loco. Nada de lo que él había dicho o hecho durante el breve lapso en que habían estado hablando podía convencerla de lo contrario.

Dios, ¿eso era todo? Ella había sobrevivido a muchos tropiezos y dificultades en su vida hasta ese momento, y había conseguido afrontar una especie de derrumbe nervioso para terminar destruida por un lunático expulsado de la profesión. Desechó el temor y la cólera la dominó.

—¿Qué demonios está haciendo? —gritó, volviéndose hacia él en el asiento. La aguja del velocímetro había salido de su campo visual.

—Querida, la llevo a dar un paseo.

Jack metió un casete en la radio y después se acomodó mejor en el asiento, con la mano derecha apoyada apenas en el volante, el brazo izquierdo sostenido por el marco de la puerta. Harry Coonick trompeteó por el altavoz Bésame. El camino se extendió ante ellos como una cinta, liso y sinuoso, bordeando los cañaverales y los bosquecillos, esquivando los ramales del Bayou Breaux. Pasaron frente a los callejones de acceso a las plantaciones y, a medida que transcurría el tiempo, la zona rural era cada vez más agreste.

Laurel miró hacia atrás, hacia la civilización que se alejaba de prisa, y se castigó mentalmente por haber aceptado un riesgo tan ridículo.

—¡No quiero ir a dar un paseo! ¡Quiero volver a mi casa! —gritó, golpeando con el puño el hombro de Jack—. ¡Vuelva inmediatamente!

—¡No puedo! —contestó él con un grito.

—¡Al demonio que no puede!

Jack comenzó a sonreírle de nuevo, pero se tragó la risa cuando ella metió la mano en el bolso y sacó una pistola.

—¡Por Dios!

—¡Detenga el condenado automóvil!

Parecía tan enojada que podía suponerse que era capaz de dispararle. Las cejas oscuras estaban unidas en un gesto furioso, y la linda boquita tenía los labios apretados para formar una línea blanca y fina. Las gafas se le habían deslizado por la nariz, y el viento le agitaba los cabellos y la obligaba a parpadear, pero nada de eso anulaba el hecho de que tenía una pistola Lady Smith de acero inoxidable sostenida por una de sus hermosas manos.

Él devolvió su atención al camino. Se acercaban demasiado rápido a una curva brusca. Jack soltó el acelerador y tocó el freno, pasando a la cuarta velocidad. El motor rugió protestando, pero el Corvette se sometió al control del conductor, y apenas se balanceó cuando abordaron la curva. Hubieran podido realizar la maniobra de no haber sido por el caimán que ocupaba la mitad del camino.

—¡Mierda!

—¡Aaaahhh!

Jack desvió el automóvil para esquivar el caimán, pero también saltó por el borde de la curva, y las ruedas del lado derecho golpearon la piedra y enviaron el coche fuera de la carretera. Jack luchó con el volante para mantener en línea el automóvil, y maldijo con los dientes apretados. El impulso los lanzó sobre el denso matorral, y el Corvette brincó y saltó como un caballo desbocado, y las ramas y los matorrales y los juncos golpearon el parabrisas. Finalmente, el coche fue a descansar contra la base de un gomero, y por pocos centímetros no se estrelló contra el tronco. Más allá del árbol, la tierra se convertía en agua.

—Dios mío, Dios mío —murmuró varias veces. Laurel Temblaba como una víctima de la fiebre. La pistola estaba a sus pies, y ella la miró fijamente, agradecida porque no le había quitado el seguro. Jack se inclinó hacia adelante y le sostuvo el mentón con la mano, y trató de que ella lo mirase.

—Dios mío, ¿está bien? ¿Se siente bien? —preguntó con voz dura y grave. Jadeaba como si hubiese transportado el automóvil sobre su espalda.

Laurel lo miró, conmovida.

—Está sangrando.

—¿Qué?

—Está sangrando.



Laurel alzó la mano y tocó una línea roja sobre el ojo izquierdo de Jack, y limpió la sangre con el pulgar. Él le aferró la muñeca y la apartó un poco para ver la sangre, y después se miró en el espejo retrovisor para comprobar el carácter de la herida.

—Seguramente choqué con el parabrisas.

—Debió usar el cinturón de segundad —murmuró Laurel, aún demasiado conmovida para mostrarse coherente—. Habría podido morir.

—Querida nadie me habría echado de menos —dijo Jack con expresión sombría, mientras trataba de abrir la puerta. Maldiciendo en francés, renunció y saltó por encima de la puerta para examinar los daños sufridos por el automóvil.

Un silbido ominoso resonaba bajo la larga tapa del motor, y un hilo de vapor surgía de allí. La pintura estaba deteriorada, arañada por los arbustos y las ramas que cubrían el terreno. Las ruedas estaban desalineadas, y sería un verdadero milagro que el chasis no estuviese torcido.

—Oh, caramba, Savannah me perseguirá con un garrote.

—No si yo lo alcanzo primero —dijo Laurel, desplazándose en una línea paralela al tablero para usar la puerta del lado de Jack. Podía abrir la suya, pero como el coche estaba muy cerca del tronco de un sauce era imposible usarla. Con los dos pies afirmados en el suelo blando y húmedo, miró a Jack con las manos en jarras y la furia arrancando llamas a sus ojos—. De todas las cosas estúpidas e irresponsables...

—¿Se refiere a mí? —Jack se tocó el pecho con las manos, en un gesto de incredulidad—. ¡Usted fue la que apuntó con la pistola!

—...propias de un retardado, un delincuente juvenil. No puedo creer que nadie esté dispuesto a... —Se interrumpió cuando él empezó a reír—. ¿Qué hace?

Él se limitó a reír con más intensidad, enjugándose los ojos y sosteniéndose el estómago. Laurel frunció el entrecejo.

—No veo que en todo esto haya nada que sea en lo más mínimo divertid.o

—Oh, sí realmente, usted tiene un sentido del humor propio de un abogado. —Jack se enderezó y trató de controlarse—. Todo el asunto es ridículo ¿No lo ve? Usted, una niña menuda y bonita, apuntándome con una pistola. Casi chocamos con un caimán. —Se interrumpió y de nuevo comenzó a reír.

Laurel lo miró, y sintió que su malhumor se atenuaba poco a poco. Estaban a salvo. El coche de Savannah había llevado la peor parte, pero nadie estaba herido. Cuando la cólera y el miedo se calmaron comenzó a percibir lo absurdo de la situación. ¿Cómo conseguía explicar eso? Se llevó una mano a la boca y se echó a reír.

Jack percibió el movimiento y oyó el sonido ahogado. Miró a Laurel, observó los ojos chispeantes y el movimiento de los hombros sacudidos por la risa, y sintió que de nuevo le habían asestado un golpe en la cabeza. Respondiendo a un impulso, extendió una mano y aferró la de Laurel, y sonrió como un idiota cuando ella lo contempló con una expresión alegre en la cara. Dieu, qué bonita era...

—No sé de qué me río —dijo Laurel avergonzada.

—No me importa. —Él sacudió la cabeza y se acercó más—. Pero querida, debería hacerlo con más frecuencia.

Ella tenía las gafas torcidas, y al acercarse más él se las quitó. Laurel cesó de reír... Cesó de respirar. Su mirada se clavó en la cara de Jack. Su cuerpo tenía cabal conciencia de la proximidad del hombre, y reaccionaba de modos instintivos y esencialmente femeninos: entibiándose, derritiéndose. Estaba apoyada en el lateral del automóvil, atrapada entre un objeto inconmovible y una fuerza irresistible. El levantó una mano para acariciarle los cabellos, e inclinó su boca hacia la de Laurel un centímetro tras otro.

Ella hubiera debido moverse y contenerlo. No sabía mucho de ese hombre, y lo que en el fondo sabía no era agradable. Era —¿cómo lo había denominado Savannah?— un escritor, un disipado, un vagabundo... Un hombre que tenía la reputación de un seductor, y un pasado que probablemente era por lo menos tormentoso. No tenía por qué tocarla, y ella no tenía por qué desearlo. Hubiera debido detenerlo. Pero no lo hizo.

Se estremeció al primer contacto con los labios de Jack, y parpadeó como si ese contacto le hubiese provocado un ataque. Él sostuvo la mirada de Laurel, con sus ojos oscuros e intensos que la hipnotizaban. Después, apoyó su boca en la de Laurel y el pensamiento se interrumpió. Ella cerró los ojos. Sus manos se cerraron sobre la tela de la camisa de Jack. Él la acercó más, inclinando su boca sobre la boca femenina, apoderándose de ella. Ante la primera introducción de la lengua del hombre, ella jadeó un poco y él aprovechó para introducirse lenta y profundamente en la dulce calidez de la boca de Laurel.

Ella sintió un sabor dulce y pensó que apretarse contra él era el cielo. Jack gimió más profundamente y presionó con más fuerza. El aroma de Laurel lo envolvió. No era un perfume caro, sino el olor del jabón y el polvo que usan los niños, y la combinación en la piel femenina de pronto parecía el perfume más erótico que hubiese encontrado jamás. Abrió las piernas y se acercó más, y el fuego recorrió el cuerpo de Jack cuando sus muslos rozaron los costados de Laurel, y su ingle presionó el vientre femenino.

Ella era menuda suave, femenina, y él la deseaba. La excitación lo dominó. Los testículos le dolían. Deseaba romper sus propios vaqueros y tomarla allí mismo, y poco le importaba dónde estaban. Deseaba esas piernas esbeltas y desnudas rodeándole sus propias caderas. Deseaba ver esa cara angelical cuando él la llenase.

La necesidad fue instantánea y más intensa que todo lo que él había conocido en mucho tiempo. Tan intensa que lo indujo a pensar, algo que en general evitaba hacer cuando estaba gozando de los encantos de una dama. Era absurdo desear de ese modo.

Absurdo...

Ella había sufrido una crisis nerviosa. Era vulnerable y frágil. Como había sido Evie.

El deseo se apagó como una llama sobre la cual de pronto se ha vertido un cubo de agua. Dios mío, ¿qué clase de canalla era él? No se molestó en contestar la pregunta. Era el tipo de hombre que tomaba lo que deseaba y nunca prestaba atención a otra cosa. Egoísta y concentrado en sus propias necesidades. No tenía derecho a tocarla.

Laurel abrió los ojos cuando Jack se apartó. Se sentía aturdida y débil, conmovida, como había estado cuando el automóvil al fin se detuvo. Como una mujer mareada, alzó una mano y se llevó los dedos a los labios, y los sintió calientes e hinchados, marcados por los besos. Sintió que la piel se le derretía —estaba cálida y húmeda— y después parpadeó y vio con no poca sorpresa que había empezado a llover.

El cielo había brillado el día entero con diferentes tonos de azul, como un hermoso zafiro que de pronto amortigua su color. El tiempo en la Atchafalaya siempre era caprichoso. Una tarde perfecta podía dejar sitio a un huracán hacia la noche, o a un tornado, o a una llovizna. Las lloviznas podían convertirse en aguaceros torrenciales en un abrir y cerrar de ojos.

—Deberíamos subir la capota del automóvil —dijo Laurel con voz inexpresiva, ahora, su cuerpo no obedecía las órdenes de su cerebro.

Jack tampoco se movió. Permaneció de pie bajo la lluvia, y se lo veía rudo y sexy. Se le había caído la gorra. Los cabellos negros relucían a causa de la humedad. El agua le caía por la nariz, y goteaba desde el mentón lastimado. De la herida en la frente ya no manaba sangre, y sólo quedaba una desagradable línea roja. Tenía los ojos oscuros e impenetrables, y Laurel se movió nerviosamente contra el lateral del automóvil.

—Yo generalmente no permito que los hombres me besen —se sintió obligada a explicar Laurel ni siquiera besaba la primera vez que salía con un hombre. Wesley había necesitado varios meses para llevarla a la cama, habían tenido que pasar meses antes de que ella confiase lo suficiente en él. El bulto muy evidente en la entrepierna de Jack le indicó que para él no era una prioridad la confianza que ella podía demostrarle. Era el tipo de hombre que tomaba lo que deseaba. Para él la actividad sexual era un elemento primano, un instinto fundamental. Era un varón fuerte y sano, ella era una mujer que se hubiese mostrado receptiva si él hubiera insistido. La idea le provocó un estremecimiento.

De pronto él sonrió, y de nuevo se le transformó la cara.

—Eh, no soy un tipo común y corriente —dijo, encogiéndose de hombros y abriendo los brazos con las palmas hacia arriba.

Trabajaron juntos para levantar y desplegar la capota del Corvette.

—Habrá que caminar en busca de ayuda —dijo Jack, levantando la voz cuando la lluvia se intensificó—. Este automóvil no nos llevará a ninguna parte, y la lluvia puede retenernos aquí la noche entera.

Laurel no dijo nada, y se limitó a caminar detrás de Jack de regreso a la carretera, feliz porque por lo menos no había signos de la presencia del caimán. Miró con atención el lugar, y se orientó por ciertas señales conocidas. Si uno continuaba avanzando por el camino de tierra que se internaba en los bosques, hacia el norte, finalmente llegaba al lugar donde Clarence Gauthier tenía sus perros de pelea. Un anuncio escrito sobre un pedazo irregular de madera estaba clavado al tocón de un roble que había sido alcanzado por un rayo y destruido veinte años atrás. «Aléjese - El intruso será devorado», decía el anuncio escrito con pintura anaranjada.

—Vamos, querida —dijo Jack indicando con un gesto el pueblo.

—No. —Laurel agitó la cabeza y se limpió la lluvia que le mojaba la cara—. Por aquí. —Se volvió y enfiló hacia el este.

—Preciosa, en esa dirección hay únicamente víboras y caimanes —protestó Jack.

La sombra de una sonrisa curvó las comisuras de los labios de Laurel. Serpientes y caimanes. Y Beauvoir, que era su hogar.

Beauvoir lograba que Tara pareciese una vivienda barata. Se levantaba al fondo de la tradicional avenida de robles antiguos y cubiertos de musgo, una joya del viejo Sur preservada inmaculadamente y pintada de blanco purísimo. Una elegante escalinata doble en forma de herradura llevaba desde el nivel del suelo a la galería alta de la casa. Seis columnas dóricas de ocho metros de altura se elevaban en línea recta en cada uno de los cuatro lados del edificio, y sostenían el saliente del techo de estilo caribeño. Las puertas de entrada, centradas en los niveles altos y bajos de la casa, tenían huecos principales y laterales, y estaban flanqueadas por dos conjuntos de puertas francesas, a su vez protegidas por persianas pintadas de verde intenso. Tres buhardillas con ventanas paladianas llamaban la atención sobre el techo de tejas que se extendía de extremo a extremo. Una cúpula de vidrio coronaba la artística arquitectura.

Beauvoir era un espectáculo que podía cortar el aliento de los conservacionistas. Laurel pensaba que también habría podido inspirar en ella respeto o amor si su padre hubiese vivido. Pero la plantación había quedado bajo el control de su madre al fallecer su esposo, y Vivian había considerado conveniente llevar allí a Ross Leighton. Laurel dudaba de que ella jamás pudiese sentir otra cosa que dolor y un sentimiento de tristeza y pérdida cuando miraba la fachada de Beauvoir, tristeza por la muerte prematura de su padre, por la niñez que ella había soportado en lugar de gozar, y pérdida por las generaciones de tradición que desaparecerían con Vivian. Ni Laurel ni Savannah volverían a vivir jamás allí. Los recuerdos eran demasiado ingratos.

Era una lástima. Quedaban pocas casas del mismo carácter. El fuego y la inundación habían destruido muchas en el curso de los años. El abandono se había cobrado su precio. El coste de mantener una casa de esa magnitud representaba una enorme carga financiera en una región que había sufrido demasiados períodos de escasez durante las décadas transcurridas después de la derrota de la Confederación. En los tiempos modernos, la codicia había reclamado casi todo el resto. Muchas hermosas residencias antiguas habían sobrevivido a todos los restantes avatares, sólo para caer abatidas por la piqueta de la demolición, dejando el sitio a los taladros de las empresas petroleras y a las fábricas de productos químicos.

Laurel caminó por el sendero, perdida en sus pensamientos, casi olvidada del hombre que estaba a su lado. Se sobresaltó un poco cuando él le habló.

—Si ésta es su casa, ¿por qué no vive aquí?

—Eso no le concierne, señor Boudreaux.

Otra vez señor Boudreaux. El ángel de ojos luminosos que lo había acercado al cielo con un beso ahora se retiraba en toda la línea.

—¿Del mismo modo que no es asunto mío si usted lleva un arma en su bolso?

Laurel dejó que el silencio fuese su respuesta. No tenía ninguna intención de decirle que el arma había sido un elemento necesario allá en Georgia, cuando las amenazas de muerte llegaban por correo con la misma frecuencia que los ofrecimientos de números de la lotería. Wesley se había sentido desconcertado al ver que ella llevaba un arma. Jack Boudreaux se había reído. Ella misma consideraba que la pistola era un signo de debilidad, pero de todos modos la conservaba, pues no deseaba prescindir de la segundad que le ofrecía.

—Usted no vive aquí. Savannah tampoco ¿Quién queda?

Ella continuó caminando un momento.

—Vivian. Nuestra madre. Y su mando, Ross Leighton.

Vivian. Jack enarcó el entrecejo ante el tono neutro de la voz de Laurel. No nuestra madre, Vivian sino Vivian. Un nombre dicho como si hubiera sido el de una conocida, a la cual, por otra parte, no se apreciaba demasiado. Allí había algo. Jack nunca se había dirigido a su madre si no era diciéndole Maman hasta el día en que ella había muerto. Era una cuestión de respeto y amor. En la voz y en la cara de Laurel no se manifestaba ninguna de las dos actitudes. Su expresión era tensa y no decía nada, y no era fácil ver sus ojos detrás de las gafas manchadas de lluvia.

Ella se había sumido en un silencio cada vez más profundo durante la caminata, y ni siquiera se había dejado provocar por algunas de las bromas de Jack, en cambio, se había mostrado cada vez más retraída y se había envuelto en un manto de silencio. El retorno al hogar no provocaba la tradicional y alegre reacción. El paso de Laurel no era más vivo a medida que se aproximaban. Caminaba como un prisionero a quien acompañan cuando lo devuelven a la penitenciaría.



Y tú mostrarías la misma actitud, Jack, si descendieses por ese sendero que lleva a la choza de cartón alquitranado de Bayou Noir.

No era la vivienda lo que importaba. Eran los recuerdos.

La revelación lo indujo a volver los ojos hacia la mujer que caminaba a su lado. Una residencia elegante no garantizaba la felicidad. Tal vez Laurel había tenido una niñez tan sombría como la del propio Jack. La posibilidad avivó el interés que había comenzado a crear cierto vínculo entre ellos, pero él sabía a qué atenerse, y ahora se apresuró a destruir de raíz lo que había comenzado a formarse. No quería soportar ataduras.

Un Mercedes sedán blanco se hallaba estacionado frente a la casa, y parecía un anuncio de la compañía fabricante del automóvil, un anuncio que esperaba que una pareja elegante saliera de la residencia para alejarse en ese vehículo lujoso, con el propósito de ir a cenar en un restaurante exclusivo. Laurel recordó que era la noche del sábado. Cena y baile en el club regional. La relación social con los iguales. En su carácter de abeja reina de la sociedad de Partout Parish, era la noche en que Vivian se presentaba ante los menos acaudalados. Y seguramente no le agradaría que interrumpiesen sus planes.

Laurel trató de suavizar el aumento automático del sentimiento de ansiedad mientras oprimía el botón iluminado que estaba frente a la puerta. Sentía los ojos de Jack fijos en ella, sabía que él se preguntaba por qué se sentía obligada a tocar el timbre de la casa en la que había crecido, pero no quiso explicar nada. Era demasiado complicado. Ella había dejado de sentirse bien recibida en esa casa la noche de la muerte de su padre. Beauvoir no era un hogar, era una casa. La gente que vivía allí merecía que se la considerase un grupo de extraños más que miembros de la familia. Y esos eran sentimientos que a su vez originaban una mezcla de emociones incluso más complicada, el resentimiento y la culpa luchaban en su fuero íntimo tratando de imponerse a su propia alma.

La criada que atendió la puerta era desconocida para Laurel. Lo cual no representaba una sorpresa muy considerable. Ni Vivian ni Ross eran el tipo de personas que inspirase mucha lealtad en su personal. Vivian despedía regularmente a sus criadas y sus cocineras, y las que ella no despedían generalmente se alejaban expulsadas por la personalidad del ama. Esta criada, una zombi pelirroja ataviada con un discreto uniforme gris, miró sin hablar a Laurel cuando esta se anunció, y se alejó sin decir palabra del frío vestíbulo blanco de la entrada, presumiblemente con la intención de ir a buscar a su ama.

—Qué muchacha tan agradable —murmuró Jack, esbozando un gesto.

Laurel no dijo nada. Permaneció en el mismo lugar del lado interior de la puerta, y la lluvia goteaba sobre el piso de mármol negro y blanco. Mientras Jack inspeccionaba el retrato del coronel Beau Chandler, que colgaba de un enorme marco dorado sobre una mesa Cbippendale lustrada, ella vio su propia imagen reflejada en el espejo biselado que colgaba de la pared del fondo, sobre otra mesa antigua muy valiosa, ésta equipada con un espejo al nivel del suelo —el que utilizaban las debutantes antes de la guerra para verificar el dobladillo de sus prendas y asegurarse de que no se les veían los tobillos. A Laurel no le preocupaban sus tobillos. Se estremeció cuando vio sus propios cabellos empapados y la blusa arrugada. Un sentimiento de ansiedad le oprimió el estómago. El mismo que había sentido cuando era una niña y volvía a casa después de jugar, con una mancha de hierba en el vestido.



«...¿qué te pasa, Laurel? ¡Qué vergüenza! Las niñas buenas no se manchan la ropa. Eres una Chandler, no una niña pobre y vulgar. Tu obligación es comportarte debidamente. Ahora ve a tu habitación y cambíate, y no vuelvas hasta que yo te llame. El señor Leighton viene a cenar...»

—Eh, preciosa, ¿se siente bien?

Ella volvió bruscamente la cabeza y miró a Jack, que la observaba con cierta precaución.

—Se diría que ha visto un fantasma —dijo él—. Tiene la cara más blanca que ese coche enorme que está allí afuera.

Laurel no le contestó. El sonido de una voz aguda y colérica llegó a sus oídos, y Laurel miró hacia la puerta que conducía al salón, y su presión sanguínea comenzó a aumentar con cada palabra que escuchaba.

—...te dije que jamás me molestes cuando me preparo para una cena.

—Sí, señora, pero...

—Olive, no me contestes.

El silencio se prolongó largamente, y la expectación flotó en el aire. Laurel se quitó las gafas y se pasó una mano sobre los cabellos, y al mismo tiempo se odió a sí misma por haber cedido al impulso.

«...sé una niña buena, Laurel. Siempre muestra tu mejor aspecto, Laurel...»

Vivian salió del salón. Ahora tenía cincuenta y tres años, pero todavía se parecía a Lauren Hutton, fría, elegante, la piel de alabastro y los ojos del color de la aguamarina. La cirugía plástica preservaba eficazmente la belleza externa que Dios le había concedido. Sólo un atisbo de arrugas a los lados de los ojos y ninguna cerca de la boca bien dibujada, que había sido pintada con un rojo intenso y seductor. Su cuerpo parecía tan esbelto y duro como un pedazo de mármol, y estaba vestido con una prenda de corte perfecto, en una seda verde esmeralda. El sencillo vestido acentuaba magistralmente las líneas perfectas de su cuerpo.

Los tacones de sus zapatos repiquetearon sobre el suelo de mosaico cuando se acercó a ella, atenta al broche del brazalete de diamantes que estaba cerrando. Ahora, irguió la cabeza y se llevó una mano hacia los cabellos rubios bien peinados, un gesto que Laurel recordaba de su propia infancia.

A Vivian se le agrandaron los ojos a causa de la sorpresa.

—Laurel, por Dios, ¿qué has estado haciendo? —preguntó, y su mirada recorrió la figura de Laurel, desde la cabeza mojada hasta las puntas de los zapatos de tela arruinados.

—Tuvimos un pequeño accidente.

—¡Dios mío!

La mirada de Vivian se desvió hacia Jack y se clavó en él, y la desaprobación emanaba de ella como una sucesión de ondas sonoras. Jack trató de afrontar esa mirada con un gesto insolente y una sonrisa lenta y sardónica. Tenía la camisa abierta. Estaba con las manos sobre la cintura de sus vaqueros, y había doblado una pierna. Finalmente se inclinó en un gesto que pretendió ser una reverencia burlona.

—Jack Boudreaux, para servirla.

Vivian lo miró un segundo más, sin duda contemplando la posibilidad de expulsarlo de la casa. Jack se habría echado a reír si no hubiera sido por Laurel. Sabía exactamente lo que Vivian Chandler Leighton estaba pensando. Él no encajaba en ninguno de los pequeños casilleros que ella solía atribuir a la gente. Era un sujeto notorio, desprestigiado; escribía novelas baratas para ganarse la vida y tenía un pasado tan sombrío como los remansos del Atchafalaya. Las mujeres como Vivian generalmente lo despreciaban por considerarlo un individuo de clase inferior, pero era repulsivamente adinerado. La aristocracia local no tenía una categoría oficial para la chusma adinerada.

—Señor Boudreaux —dijo Vivian finalmente, asintiendo en dirección al visitante, pero sin ofrecerle la mano. La sonrisa era la que, de acuerdo con la educación recibida, ella ofrecía a los yanquis y a los demócratas liberales—. He oído hablar mucho de usted.

Él sonrio malignamente.

—Estoy seguro de que nada de lo que escuchó es agradable.

Ross Leighton eligió ese momento para aparecer. Salió de su despacho al fondo del vestíbulo, con un vaso de whisky en la mano, y parecía más moreno y tenía un aspecto más distinguido con su traje de hilo marrón. Era un hombre de estatura mediana y cuerpo sólido, con la cara rojiza y los cabellos gris acero que peinaba hacia atrás, en un estilo que sugería vanidad

—Vivian, ¿tenemos compañía? —preguntó, acercándose al vestíbulo, el señor de la propiedad, el usurpador del trono de Jefferson Chandler. Exhibía en la cara una ancha sonrisa que tendía a engañar a demasiada gente. No engañaba a Laurel. Nunca lo había conseguido. Se sorprendió al reconocerla, y se acercó a ella sonriendo—. ¡Laurel! ¡Dios mío, qué aspecto! Pareces un ratón mojado.

Se inclinó para besarla en la mejilla y ella lo esquivó, y al moverse se le deslizaron las gafas y la joven alzó el mentón en un ángulo que expresaba desafío.

Jack observó interesado la escena. No había escuchado palabras de saludo o interés de ninguno de ellos, y si las miradas hubieran podido matar, Ross Leighton ya hubiera sido cadáver. Encantadora familia.

—Tuvimos un pequeño problema con el automóvil —dijo Jack, desviando de Laurel la atención de Leighton— ¿Podría facilitarnos un tractor? Si no retiramos el automóvil del lugar del pantano en que está, las aguas se lo tragarán esta misma noche.

—Es una noche poco propicia para usar un tractor —dijo Ross sonriente, en una actitud de condescendiente bonhomía.

Jack se pasó una mano sobre los cabellos húmedos, y después la apoyó sobre el hombro de Ross Leighton y esbozó una sonrisa tan falsa como la risa del hombre mayor.

—Ah, bien, no me importa mojarme un poco —dijo con voz un tanto aguardentosa—. No llevo un traje de quinientos dólares, ¿verdad?

Ross dirigió una mirada dolorida a la marca de la mano sobre el hombro de la chaqueta mientras volvía a atravesar el vestíbulo y entraba en su estudio, con el propósito de llamar al administrador de la plantación para ordenarle que acompañase bajo la lluvia a Jack.

Laurel los vio alejarse, y pensó que hubiera deseado estar en cualquier sitio menos allí. Todavía no estaba preparada para lidiar con Vivian. Habría deseado contar con un día más, quizá dos días, para acostumbrarse y reunir fuerzas. Por lo menos habría deseado tener un aspecto presentable en lugar de ser un ratón mojado. Maldito Ross Leighton, con esa observación casual había logrado que ella se sintiera de nuevo una niña de diez años.

—Laurel, ¿qué demonios haces con ese hombre? —preguntó Vivian en voz baja, con un gesto en el rostro que reflejaba su impresión. Se llevó una mano enjoyada al cuello, como para asegurarse de que Jack no se las había ingeniado para robarle el collar de diamantes y esmeraldas que lo adornaba.

Laurel suspiró y sacudió la cabeza

—Me alegro de verte, mamá —dijo con un débil atisbo de sarcasmo—. No te preocupes por nuestro bienestar. Jack se golpeó la cabeza, pero por lo demás estamos bien.

—Ya veo que estáis bien —replicó Vivian.

Se volvió y entró en la sala suponiendo que Laurel la seguiría, lo cual en efecto ella hizo, aunque de mala gana. Con un movimiento elegante ocupó una de las dos sillas tapizadas con muaré de seda color crema. Laurel ignoró la sugerencia implícita de ocupar la otra. Era una trampa. Ella estaba mojada, y cabía suponer que sucia. Sabía muy bien que no debía tocar los muebles mientras se encontrase en tan lamentable estado de desaliño. En cambio, ocupó el extremo más alejado del diván Reina Ana dorado, y esperó que comenzara el espectáculo.

—¡Hace días que estás en la ciudad y ni siquiera llamas a tu madre! —declaró Vivian—. ¿Adivinas lo que yo siento? —Suspiró delicadamente y agitó la cabeza, fingiendo que enjugaba lágrimas de dolor—. Caramba, esta misma mañana Deanna Corbin Hunt me preguntó cómo estabas, ¿y qué pude decirle? Recuerdas a Deanna, ¿verdad? ¿Mi querida amiga del colegio? ¿La que te habría escrito una carta de recomendación para ingresar en la fraternidad Chi-O sí tú no me hubieses destrozado el corazón negándote a aceptar?

—Sí, mamá —dijo Laurel con un gesto de obediencia y resignación, llenando un hueco en el monólogo—. Recuerdo a la señora Hunt.

—Imagino lo que todos piensan —continuó Vivian con los ojos bajos y una mano jugueteando con un hilo suelto que había aparecido en el brazo del sillón—. Mi hija vuelve a casa por primera vez en mucho tiempo y no viene a mi hogar, y ni siquiera se molesta en llamarme.

Laurel se abstuvo de señalar que los teléfonos funcionaban en ambas direcciones. Vivian estaba decidida a representar el papel de la madre trágicamente ignorada. De todos modos, nunca había sido mujer de entender las ironías.

—Lo siento, mamá.

—Deberías sentirlo —murmuró Vivian, y fijó en su hija los grandes ojos azules que expresaban el dolor más profundo—. Estaba agobiada por la preocupación, y no sabía qué pensar. Te lo juro, estuve al borde de uno de mis ataques.

El sentimiento de culpa presionó sobre la conciencia de Laurel, al mismo tiempo que la cínica que había en ella la calificaba de estúpida. Había dedicado toda su niñez a evitar el peligro de provocar en su madre uno de los «ataques» de depresión, y sus sentimientos la habían forzado a librar una contienda permanente entre la compasión y el resentimiento. Por una parte, pensaba que Vivian no podía ser más que lo que era; por otra, sentía que su madre utilizaba esa presunta fragilidad para controlar y manipular. Incluso ahora, Laurel no podía conciliar los sentimientos polarizados en su fuero íntimo.

—¿Qué crees que opinan mis amigos al ver que mi hija vive en el pueblo con su tía lesbiana en lugar de venir a mi casa?

—Tú no sabes si la tía Caroline es lesbiana —replicó Laurel, saliendo a defender a Caroline en una reacción más rápida que la que había tenido para defenderse ella misma—. ¿Y cuál sería la diferencia si lo fuese? —preguntó, apartándose del diván y de su madre y acercándose al armario de caoba donde media docena de botellones ocupaban una bandeja de plata. Formuló fugazmente el deseo de que su estómago pudiese soportar una copa, porque sin duda sus nervios hubieran podido aprovecharla en ese mismo momento. Pero se apartó de las bebidas y se acercó al ventanal, para contemplar la lluvia y las sombras cada vez más densas de la noche.

—A nadie le importa qué hace la tía Caroline con su vida —dijo—. Además, no veo que te quejes en vista de que otra de que tus hijas vive con Caroline.

Los labios perfectamente pintados de Vivian formaron una línea delgada.

—Hace mucho tiempo que dejé de preocuparme por lo que hace Savannah.

—Sí, eso es muy cierto —murmuró amargamente Laurel.

—¿Y eso qué importa?

Laurel se mordió el labio y controló su carácter. No tenía objeto continuar ahora en esa línea de conversación. Vivian era perfectamente capaz de negarlo todo. Jamás aceptaría la culpa en vista de que sus hijas no seguían el camino que ella había propuesto.

Laurel respiró hondo y se apartó de la ventana, y cruzó los brazos sobre el pecho, pese al hecho de que sus ropas estaban completamente empapadas.

—Pregunté qué tiene de malo Jack Boudreax.

Vivian le dirigió una mirada realmente escandalizada.

—¿Qué no tiene de malo? ¡Por Dios, Laurel! Ese hombre casi no habla el mismo idioma que nosotros. Sé de buena fuente que viene de la chusma, y eso no me sorprende, ahora que lo he conocido.

—Si vistiese un traje de hilo, ¿te parecería respetable?

—Si vistiese algo peor que una camisa le habría pedido que saliese de la casa —declaró Vivian con voz firme—. Y no me importa que sea muy famoso. Escribe basura, y es basura.

—¿Tú lo crees?

—Caramba, esta noche estás quisquillosa —dijo Vivian—. A decir verdad, yo te eduque de otro modo.

Se puso de pie y se acercó al armario para prepararse una copa. Por supuesto, con propósitos medicinales. Sacó pausadamente los cubitos de hielo de un recipiente plateado, utilizando unas tenazas también plateadas, y los dejó caer en un vaso de cristal.

—Sólo quiero guiarte, como lo haría una buena madre. Se diría que tú siempre sabes lo que más te conviene, pero yo hubiera pensado que tenías sensatez suficiente para evitar la relación con un hombre como Jack Boudreax. Dios sabe que tu hermana no vacilaría, pero tú. Después que soportaste tu pequeño problema, y todo eso, especialmente.

—Un pequeño problema —Laurel miró a su madre, que vertía ginebra sobre el hielo y lo diluía con agua tónica.

El aroma del licor llegó a su olfato. Fría, suave y seca como la ginebra, así era Vivian. Nunca turbaba la superficie de las cosas con algo tan feo como la verdad.

—Mamá, me derrumbé —dijo directamente—. Mi mando me dejó, mi carrera se fue al demonio y yo tuve una crisis nerviosa. Eso es más que un «pequeño problema».

Fiel a su naturaleza, Vivian seleccionaba las cosas que no deseaba comentar y las desechaba. Se sentó de nuevo en su silla, cruzó las piernas y bebió un sorbo de su copa.

—Laurel, el matrimonio te perjudicó. Además, Wesley Brooks era un hombre sin carácter. No puedes pretender que un hombre así afronte una tormenta realmente grave.

—Wesley era bondadoso y tierno —dijo Laurel en defensa de su ex marido, pero el argumento no impresiono en lo más mínimo a su madre.

—Una mujer debe contraer matrimonio con la fuerza, no con la suavidad —dijo Vivian—. Sí tú hubieses elegido a un hombre de tu propia condición, él habría insistido en que renunciaras a la abogacía y criases a sus hijos, y no habría sucedido ninguna de las restantes cosas tan desagradables.

Laurel sacudió la cabeza, asombrada ante la racionalización. Si ella se hubiese casado con un hombre que era socialmente un igual, un tonto y machista bien educado, habría podido evitar el contacto con el caso del Condado de Scott. Habría renunciado a la búsqueda de la justicia y se habría concentrado en cosas más importantes, por ejemplo elegir un juego de vajilla de plata y planear fiestas en el jardín.

—Mañana tenemos invitados a comer —Vivian consultó el fino reloj de oro que ella usaba, dejó a un lado la copa de licor y se puso de pie, alisando delicadamente las arrugas de su vestido—. La lista de invitados probablemente te permitirá encontrar acompañantes más apropiados que los que has tenido últimamente.

—Mamá, a decir verdad no deseo asistir.

—Pero Laurel ¡Ya le dije a la gente que estarías aquí! —exclamó, y su actitud pareció en efecto la de una adolescente malcriada y petulante—. No me negarás la oportunidad de salvar la cara con mis amigos, ¿verdad?

Estuvo al borde de contestar afirmativamente, pero prefirió tragarse la respuesta. Sé una niña buena, Laurel. Haz lo que corresponde, Laurel. Oye, Laurel, no molestes a mamá. Miró sus propios zapatos mojados, y suspiró con un gesto de derrota

—Por supuesto, mama, vendré.

Vivian ignoró el tono dolorido, y se dio por satisfecha con la respuesta. Una sonrisa floreció como una rosa en sus labios.

—¡Maravilloso! —exclamó, y de pronto desbordó de gozosa energía. Pasó a la mesa y después al espejo, y regresó alisándose la falda, inspeccionando sus propias pulseras, recogiendo las cosas que necesitaría durante la velada—. Nos sentaremos a la una como siempre, después de los servicios dominicales. Y ponte algo bonito, Laurel —añadió, dirigiendo una mirada de reojo al atuendo arrugado y mojado de su hija—. Bien, Ross y yo ya llegamos tarde a nuestra cena, de modo que debemos darnos prisa.

—Sí, mamá —murmuró Laurel, rechinando los dientes cuando su madre la besó en la mejilla—. Que te diviertas.

Vivian salió de la habitación con gestos regios e imperiosos, como una auténtica triunfadora. Laurel la vio alejarse, y se sintió impotente y derrotada. Si no hubiese sido tan cobarde, habría hecho lo mismo que Savannah: habría dicho a su madre que se fuese al infierno muchos años antes. Pero no lo había hecho. Y no lo haría. La pobre y patética Laurel, esperando todavía que su madre la amase.

Retiró un vaso del armario y pensó estrellarlo contra la chimenea; pero no pudo decidirse ni siquiera a hacer eso.

Laurel, no rompas nada. Mamá no te querrá. Laurel, no digas lo que no corresponde. Mamá no te amará. Laurel, haz lo que te ordenan o mamá no te querrá.

La puerta principal se cerró y ella escuchó el motor del Mercedes y los neumáticos del automóvil que avanzaban sobre la grava aplastada del sendero. Después, dejó de nuevo el vaso en su sitio, se llevó las manos a la cara y lloró.




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