Falsa alarma



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Capítulo 8


Savannah aceptó con bastante buen talante el desastre que había recaído sobre su Corvette. Pero no le agradó saber quién había conducido el automóvil.

—¿Jack? —Enarcó el entrecejo, y el cuerpo se le endureció lenta pero visiblemente y se le puso rígida la espalda. Estaba sentada sobre la cama de Laurel, y tenía puesta la bata de seda color champaña, abierta sobre una enagua de encaje negro; parecía un anuncio de una novela de aventuras con los cabellos despeinados y los labios hinchados de tanto besar.

—¿Qué demonios estabas haciendo en el camino del bayou en compañía de Jack Boudreaux?

—Es la pregunta que yo me formulé mientras corríamos a una velocidad cercana a la del sonido —gruñó Laurel, mientras se examinaba ella misma con ojo crítico en el espejo de cuerpo entero.

Se había puesto una falda de tela suave, con un dibujo de rosas color malva y hojas verde intenso sobre un fondo marfil. El dobladillo estaba cerca de los tobillos. La pérdida de peso provocaba una catástrofe en el guardarropas. Pero tenía que arreglarse con lo que había. No había traído muchos conjuntos buenos. En todo caso, el suéter liviano de algodón rosado que tenía puesto era lo bastante abolsado como para disimular el adelgazamiento de la cintura. Emitió un suspiro de resignación y utilizando el espejo miró a su hermana.

—No sé conducir ese coche. Él me ofreció... No, me ordenó —se corrigió, irritada de nuevo ante la prepotencia del hombre. Si él no hubiese sido tan atrevido, ella nunca habría acabado besándolo y mirando el techo en mitad de la noche, porque se sentía tan nerviosa.

Savannah frunció el entrecejo, pues de pronto había sufrido un acceso de celos. Frenchie era su territorio, el lugar donde ella reinaba sobre los hombres. Jack Boudreaux era un miembro de su corte. No le agradaba la idea de que él estuviese olfateando el suelo alrededor de su hermanita, sobre todo cuando todavía no se había dedicado a olfatear alrededor de la propia Savannah. Y tampoco le agradaba la idea de compartir a Laurel. Laurel había vuelto a casa para recibir afecto y comprensión de su hermana mayor, no de Jack Boudreaux.

—Ese hombre provoca problemas —dijo, y se puso de pie con movimientos elegantes para acercarse a Laurel—. Mantente apartada de él.

Laurel le dirigió una mirada de curiosidad por encima del hombro, mientras Savannah jugaba con el cuello de encaje de su suéter.

—Ayer me pareció que estabas encantada con él.

—Una cosa es que yo esté encantada con él. No quiero que practique contigo su seducción. Ese hombre es un canalla.

Savannah, la gran protectora. Siempre vigilando a Laurel, pero nadie vigilaba a Savannah. Para Savannah un canalla era bastante bueno. También un jugador fullero diez años menor que ella, o un ganador del Premio Pulitzer que estaba casado y que tenía edad suficiente para ser su padre. Laurel rechazó el ansia de decir algo que sabía que después podía pesarle. Amaba a su hermana, deseaba para ella algo mejor que la vida que Savannah había elegido personalmente, pero ahora no era el momento de decirlo. Ya tenía motivos suficientes de preocupación en vista de la cena que la esperaba, y a la cual no deseaba asistir.

—Dijiste que era escritor ¿Qué escribe?

—Oh —canturreó Savannah con una sonrisa perversa curvándole los labios y chispeándole los ojos—. Novelas de horror deliciosamente sanguinarias. El tipo de cosas que induce a preguntar cómo hace ese hombre para dormir por la noche. Nena, ¿nunca visitas la librería? Jack casi siempre está en la lista de los bestseller.

Laurel no podía recordar la última vez que había leído algo que no se refiriera a los temas jurídicos. El caso había devorado todo su tiempo, y expulsado de su vida el resto, aficiones, amigos, marido, perspectivas... De todos modos, no tendía a leer la clase de libros que mantenía a la gente con los ojos muy abiertos, atenta al más mínimo ruido nocturno. No necesitaba pagar para horrorizarse y deprimirse. Afrontaba un buen número de horrores de la vida real. La depresión era algo que ella podía conseguir gratis.

Trató de reconciliar su imagen de Jack, el pianista, el ladrón de automóviles y de besos, con su imagen mental de lo que debía ser un creador de novelas de horror, y no pudo. Pero había otro Jack, el hombre de quien había percibido rápidas imágenes en momentos casuales. Un hombre más duro y más sombrío, con una intensidad interior que la desconcertaba. Nada más que recordar a ese hombre le provocaba un extraño temblor, y por eso mismo evitó continuar pensando en él y se concentró, en cambio, en el tema inmediato.

Se miró de nuevo en el espejo, y llegó a la conclusión de que parecía una niñita jugando a la modista con las ropas de su madre. Lo cual no significaba que Vivian jamás le hubiese permitido nada por el estilo. Savannah rebuscó en un cajón de la cómoda y retiró dos imperdibles. Formó un par de pliegues en la cintura de la falda y los aseguró cubriéndolos con el borde del suéter.

—Adaptación instantánea. El truco practicado por las antiguas modistas —dijo con expresión distraída mientras estudiaba atentamente a Laurel.

—¿Por qué no te dedicaste a eso? —preguntó Laurel.

—Te prestaré mis nuevos pendientes de oro —murmuró, y después irguió la cabeza—. ¿A qué te refieres? ¿La creación de modelos?

—Con esa agencia en Nueva Orleans podías ganar mucho dinero.

Savannah resopló y elevó un hombro en un gesto casual, mientras recogía un pincelito para maquillaje y una borla y distribuía con mano experta el colorete sobre los pómulos de Laurel.

—André me amaba por la dulzura de mi boca, no por mis creaciones. No era bastante buena, quiero decir, para crear modelos. Sucede que cuando se trata de usar la boca, en todo el mundo soy la número uno.

Laurel no formuló comentarios, pero Savannah percibió que se le endurecía el mentón y que se le afilaban los labios. Desaprobación. A Savannah eso no le gustaba.

—Tienes que hacer lo que sabes hacer mejor —dijo, y su voz ahora tenía el filo de una navaja—. Tu especialidad es la justicia. Mis cualidades están en otro ámbito.

»Bien, veamos un poco —dijo bruscamente, apartando los elementos del maquillaje—. No veo por qué aceptaste ir a esa cena. Yo habría mandado al infierno a Vivian.

—Ya lo hiciste —dijo Laurel con voz neutra—. Muchas veces.

—Ahora es tu turno. Te manipula como si fueras un perro sujeto por la correa...

—Por favor, hermana. —Cerró un instante los ojos. Por Dios, si no era capaz de afrontar esta disputa, ¿qué demonios podía hacer en Beauvoir? Sintió un temblor nervioso. La cena con Vivian y sus amigos era como bailar en un campo de minas. Por Dios, pensó con un gesto burlón, ¿cómo había podido sobrevivir en la sala del tribunal, si era tan cobarde?

—Podría haberme negado —dijo con expresión fatigada—, pero no deseo afrontar dificultades. Una comida, y asunto terminado. Más vale que esto acabe de una vez.

Savannah emitió un murmullo indefinido.

—Bien, usa mis nuevos pendientes de oro, y por Dios, no lleves esas terribles gafas. Parece que fueras el conejo de uno de esos dibujos animados.

Laurel arqueó el entrecejo.

—¿No quieres que vaya, pero deseas que tenga buena apariencia?

Los ojos claros de Savannah adquirieron una expresión dura y fría, y una sonrisa amarga deformó su boca de labios generosos.

—Quiero que Vivian te mire y sienta que en verdad es una vieja acabada.

Laurel frunció el entrecejo mientras Savannah se dirigía a buscar los pendientes que tenía guardados en su habitación. Siempre habían sido adversarias, Savannah y la madre de ambas. Vivian era demasiado egoísta, demasiado egocéntrica para tener una hija tan hermosa, naturalmente tan atractiva para los hombres como era el caso de Savannah. La rivalidad entre ambas era otra faceta enfermiza en una relación enfermiza. Esa rivalidad era una de las razones por las cuales Laurel siempre había dejado en segundo plano su propia apariencia. Respondiendo a su vena diplomática, no había deseado desequilibrar un bote que ya corría peligro atrayendo la atención sobre su persona. Y cuando se miraba en el espejo reconocía que la otra razón que la impulsaba no era tan noble.

Si no soy tan bonita como Savannah, Ross me dejará en paz. Prefirió a Savannah, no quiso saber nada conmigo. Puedo considerarme afortunada.

Mientras Savannah regresaba, Laurel se dijo que no existía una palabra para la clase de culpa que esos recuerdos evocaban. La bata se le había deslizado por uno de los hombros mientras ella manipulaba los pendientes, y había dejado al descubierto una mancha del tamaño de un dólar de plata que venía a afear su piel de porcelana. Laurel sintió que el estómago se le cerraba, y se preguntó cómo conseguiría tragar la comida.

La comida dominical en Beauvoir era una tradición tan antigua como el Sur. Los Chandler siempre habían asistido a los servicios dominicales por un sentimiento de deber y obligación con la comunidad y por respeto a los mandamientos. Después del servicio, se invitaba a un grupo selecto a comer en Beauvoir y a pasar el día en gratas actividades. No quedaban miembros de la familia Chandler en Beauvoir, pero la tradición perduraba, y era parte del retorcido sentido de responsabilidad social de Vivian.

«Si por lo menos ella hubiese poseído una fracción de ese sentido de responsabilidad con respecto a su propia familia», pensó Laurel mientras estaba de pie en la terraza y agitaba la campanilla. De nuevo había comenzado a llover, y ella escuchó el repiqueteo de la lluvia mientras esperaba, con la vana esperanza de que el suave sonido calmase sus nervios torturados. Del bolsillo de la falda sacó una tableta calmante y se la metió en la boca.

La deprimida Olive atendió la puerta, era una figura tan grisácea y sombría como la tarde, y ahora miró a Laurel con los ojos apagados, como si jamás la hubiese visto antes. Laurel intentó sonreírle con simpatía cuando pasó frente a la mujer y se encaminó hacia el salón principal, mientras las imágenes de viejas películas de zombis reaparecían en el fondo de su mente.

El lugar hubiera podido ser el marco perfecto para una película de miedo o una novela de horror. La plantación al borde del pantano, un lugar cargado de secretos, de antiguos odios y mentes retorcidas. Un lugar donde la tradición se convertía en algo grotesco y el amor de los miembros de la familia se descomponía como la crema echada a perder. Trató de imaginar a Jack describiendo la escena, pero sólo consiguió imaginarlo con una camisa hawaiana, la gorra de béisbol echada hacia atrás y en la cara esa mueca del «gato que se comió el canario». La imagen consiguió que en los labios de Laurel se dibujase el fantasma de una sonrisa al imaginar a Jack en ese lugar, el salón principal de Beauvoir, observando a los invitados reunidos.

Ciertamente, aquí no encajaría muy bien. Ross estaba de pie cerca del aparador, con su impecable traje gris plata. Era el modelo del caballero sureño bien educado y distinguido, con las uñas pulcramente manicuradas, la sonrisa fácil y superior, y su aureola de autoridad.

Laurel apartó de él la mirada, con la certeza de que el odio que ese hombre le provocaba tenía intensidad y magnetismo suficientes para atraer la atención de todos los que se encontraban en el salón. En cambio, concentró brevemente la atención en los restantes invitados y los juzgo rápidamente, en un estilo que para ella era automático. En su condición de fiscal acusador, para ella había sido esencial recoger impresiones rápidas y certeras de las víctimas, los perpetradores, los posibles testigos, los abogados defensores... Lo hizo ahora respondiendo a muchas de las mismas razones la necesidad de contar con cierta ventaja, de formular una estrategia.

El hombre con quien Ross estaba hablando usaba el cuello típico del clérigo. Tenía el cuerpo menudo y delgado y era calvo, y asentía con tanta frecuencia para manifestar su acuerdo a las afirmaciones de Ross que parecía que sufría una enfermedad nerviosa. Ella lo consideró un individuo débil y obsequioso, y pasó de largo.

Una pareja de mediana edad estaba de pie detrás del diván donde Jack la había acorralado la noche anterior. Un par de caras redondas y agradables, el hombre levemente bronceado, la mujer pálida y perfectamente maquillada. La mujer se había puesto un vestido rosa pálido, con una chaqueta tan ajustada y rígida que debía ser completamente nueva, y los cabellos negros exhibían esa perfección formal que se obtiene sólo con una hora de manipulaciones y peinados en un sillón de la Casa Yvette. Su mirada se posaba, permanente y codiciosa, sobre los evidentes signos de riqueza que aparecían en la habitación. Laurel supuso que eran Vecinos Plantadores, pero no a la altura de las grandes posesiones de los Chandler-Leighton. Personas que debían sentirse convenientemente disminuidas e impresionadas al recibir una invitación para ir a Beauvoir.

Laurel desvió la mirada hacia Vivian, instalada en su sillón especial, con un aire frío y refinado en su vestido de hilo azul. La otra silla del mismo tipo estaba ocupada por un hombre alto, de cabellos negros, que se había vuelto levemente, de modo que Laurel no podía verle la cara. Antes de que ella pudiese cambiar de posición para echarle una ojeada, Vivian vio a su hija y se levantó de su silla, y movió los labios curvándolos en lo que era su versión de una sonrisa maternal.

—Querida Laurel.

Se acercó, extendiendo las manos. Laurel cumplió con su deber y aceptó los dedos de su madre, y soportó el beso ritual en la mejilla, mientras ambas eran el centro de atención del salón.

—Mamá.


—Te echamos de menos esta mañana en el servicio religioso.

—Lo lamento. No me sentía bien.

—En fin... —Vivian mantuvo la tenue sonrisa. Sólo Laurel percibió la censura en su mirada—. Sabemos que necesitas descansar. Ven, te presentaré a todos. Mira, Ross, ha llegado Laurel.

Ross se acercó, y su sonrisa era como un estandarte que le cruzaba la cara.

—Querida Laurel, ¡hoy estás muy bonita!

Apoyó una mano sobre el hombro de Laurel y ésta se apartó diestramente, pues no deseaba soportar el contacto con ese hombre.

—Ross —murmuró, inclinando la cabeza para evitar el contacto ocular con él.

El clérigo era el reverendo Stipple. Su apretón de manos fue suave como el de una abuela. La pareja, Don y Glory Trahern, había tomado posesión recientemente de la plantación de Wilson Kincaid, un tío de Glory, a quien Laurel recordaba imprecisamente como amigo de su padre. Don Trahern parecía un individuo de modales amables. Era evidente que Glory estaba solicitando el favor de Vivian, sonriendo demasiado y diciendo gran número de frases amables. Laurel murmuró el saludo obligado, y después descubrió que su mirada se desviaba hacia el último miembro del grupo que esperaba ser presentado.

El pequeño círculo de invitados se abrió para darle paso; todos lo miraron como si hubiera sido el príncipe coronado de un lugar extranjero, que había venido a honrar con su presencia al pobre y pequeño Bayou Breaux. Era alto y tenía las piernas largas; era la personificación de la palabra elegancia con su traje bien cortado de color pizarra. Tenía los cabellos negros como ala de cuervo, cortados con elegancia y pulcramente peinados hacia atrás.

—...y nuestro invitado de honor hoy —dijo Vivian, sonriendo como una reina—. Stephen Danjermond, nuestro fiscal de distrito. Stephen, ésta es mi hija Laurel.

Una trampa. Laurel tuvo la sensación de que la habían engañado. Había previsto que Vivian reuniría como de costumbre a las celebridades locales, pero no había supuesto que su madre jugaría ese juego. Ella y Danjermond eran las únicas personas en esa habitación que tenían menos de cuarenta y cinco años. Las únicas dos personas visiblemente sin ataduras. Se sintió como una tonta y contempló la posibilidad de retirarse, pero rechinó los dientes y extendió la mano, mostrando al fiscal de distrito lo que según creía era una expresión agradable y amable.

—Conocerlo es un placer, señor Danjermond.

—El placer es mío —contestó sin vacilar Danjermond.

Su mirada se encontró con la de Laurel y la retuvo sin parpadear, con una fuerza tranquila. Completamente serena, como el mar en un día sin viento. Tenía los ojos de un color verde claro. Estaban bordeados por pestañas espesas y cortas, bajo el entrecejo fuerte y recto. Era notablemente apuesto, y la cara parecía un rectángulo alargado con un mentón enérgico y una nariz delgada y recta. La boca era ancha y móvil, y formaba una curva ascendente en los extremos de un modo que era sensual, casi felino.

Laurel sintió un impulso de cautela en la base del cuello. Ese hombre debía ser un antagonista formidable en la sala del tribunal. Lo supo instintivamente; pudo sentir la fuerza de su personalidad en la mirada, pese a que no estaba en condiciones de adivinar sus pensamientos. Comenzó a retirar la mano, pero él la retuvo con un gesto suave y firme, cerrando sus dos manos elegantes sobre la de Laurel, que era mucho más pequeña.

—He oído hablar mucho de usted —dijo—. Laurel, deseaba conocerla

En su tono había algo casi íntimo. Tenía la voz cálida, bien educada, bien modulada, una voz de barítono que vibraba con el acento de las antiguas fortunas sureñas.

—Stephen viene de Nueva Orleans —dijo animadamente Vivian, elevando la voz una fracción para dominar el trueno que comenzó a recorrer el cielo. Conocí a su madre hace años, aunque nadie me obligará a confesar cuántos años —añadió coquetamente, parpadeando—, en la época en que yo pasaba los veranos con mi prima, Tallant Jordan Brooks. Recuerdas a tu prima Talli, ¿verdad, Laurel? Su padre tenía explotaciones petrolíferas, y su hermano fue el que amasó una gran fortuna en el mercado de la plata y después lo perdió todo en la bolsa de valores de Nueva York ¡Qué escándalo!

»Laurel fue una de las damas de compañía en la segunda boda de la prima Talli —explicó. Glory Trahern estaba pendiente de cada palabra. Los ojos de todos comenzaban a brillar—. Como saben, su primer marido murió aplastado. Dios mío, ¡qué cosa tan horrible! Pero Talli reaccionó y volvió a contraer un buen matrimonio. Talli era una mujer notable. Durante una velada me presentó a la madre de Stephen. Una mujer encantadora, realmente hermosa. Según comprobamos después, ambas habíamos estudiado en el Sagrado Corazón, pero ella era varios años mayor que yo, y nos movíamos en círculos diferentes.

»Los Danjermond hacía varios años que se dedicaban a la navegación —dijo como conclusión, y la mención de esa actividad empresaria determinó que los hombres de nuevo prestasen atención

—Navegación y política —dijo Danjermond. Podía señalarse en su favor que durante la explicación de Vivian había logrado sonreír constantemente—. Mi hermano mayor Simon se dedicó a los negocios marítimos, de modo que a mí me quedó la política.

El resto del grupo murmuró e insinuó gestos de aprobación. Laurel comenzó a irritarse. Él aún le sostenía la mano y ella no podía retirarla sin provocar una escena. Laurel elevó un poco más el mentón y miró hostil en los ojos a Danjermond.

—Siempre entendí que un fiscal acusador ante todo debe ser fiel a la justicia, no al cargo publico.

Glory Trahern contuvo una breve exclamación y se llevó una mano a la garganta, como si algo estuviera sofocándola. El resto del grupo miró a Laurel con expresión desconcertada, excepto Vivian, cuya mirada se asemejaba más a la de una loba feroz. Danjermond fue la única persona que pareció no sentirse ofendida. Su sonrisa se acentuó un poco más en las comisuras de los labios.

—He oído decir que usted defendió con todas sus fuerzas los derechos de la justicia.

—Era mi trabajo —replicó Laurel, rehusando dejarse seducir—. Y también es el suyo.

Él inclinó la cabeza, como reconociendo ese punto.

—En efecto, de eso se trata, y en este sentido mis antecedentes son elocuentes. La buena gente del distrito Partout puede atestiguarlo

—Ciertamente así es, Stephen —gorjeó Vivian.

Sonriéndole, Vivian se acercó a Stephen y pasó su brazo bajo el de su invitado, como si hubiese decidido que Laurel no lo merecía, y por lo tanto ahora ella lo recuperaba. Laurel liberó su mano, cruzó los brazos, y se dijo que hubiera podido sentirse divertida si la actitud de su madre no le hubiese provocado una cólera tan intensa.

—Su hoja de servicios es impecable —continuó Vivian, mirándolo orgullosa, como si en cierto modo ella hubiese sido la responsable de ese paradigma de la virilidad—. Afirmo que no sé cómo nos habríamos arreglado sin usted. Mientras alrededor de nosotros el delito se impone en todo el territorio de Acadiana, el distrito de Partout se ha convertido de hecho en el refugio de las personas respetuosas de la ley.

—Les aseguro —dijo Glory Trahern, inclinándose para tocar el brazo de Danjermond como si hubiese sido un amuleto de la suerte—, que apenas me atrevo a poner el pie fuera del distrito a causa de todos estos asesinatos.

Los ojos verdes de Danjermond brillaron divertidos, mientras se encontraba con la mirada escéptica de Laurel.

—¿Comprende, Laurel, cuál es la ventaja de tener un fiscal de distrito con ambiciones políticas? Debo hacer bien mi trabajo, porque de lo contrario nadie votará por mí cuando me presente como candidato al cargo.

El comentario provocó las sonrisas generales. Vivian palmeó la manga del fiscal, complacida con su benévolo buen humor. Laurel insinuó una sonrisa. Stephen Danjermond no era, ni mucho menos, el primer político que se adiestraba en la oficina del fiscal del distrito. En todo caso, ella no deseaba discutir con ese hombre. Había venido a la casa para hacer acto de presencia, y eso era todo. A juzgar por las miradas que Vivian le dirigía, más le valía atenerse a ese plan.

Laurel, sé una niña buena. Laurel, no amenaces la estabilidad del bote. Laurel, haz siempre el comentario apropiado.

Olive entró en la sala con una actitud que era casi de disculpa, y anunció en tono sumiso que la cena estaba servida, y se encogió como un perro castigado cuando el rayo iluminó el campo, frente a los altos ventanales franceses.

—¡Bien, ciertamente tengo apetito! —anunció Ross con una ancha sonrisa. Palmeó el hombro del reverendo Stipple—. ¿Y usted, reverendo?

El reverendo movió la cabeza como el adorno colgado de la ventanilla en la parte trasera de un automóvil.

—Ciertamente, yo también.

Todos caminaron hacia el comedor. Vivian iba delante con Danjermond, pero casi enseguida regresó sin él para conducir al resto de los invitados. Tomó del brazo a Laurel y la retuvo mientras el resto del grupo continuaba su camino, charlando amistosamente.

Laurel cerró un momento los ojos y contuvo un suspiro.

—¡Laurel! ¿Cómo te atreves a ser grosera con un invitado en esta casa? —susurró Vivian con una voz que era un murmullo áspero, los dedos huesudos uniéndose en el brazo de Laurel—. Stephen Danjermond es un hombre muy importante. Nadie sabe hasta dónde llegará en política.

—Mamá, eso no significa que deba estar de acuerdo con él —señaló Laurel, consciente de que su argumentación de nada serviría. El código de su madre exigía que las damas se mostrasen agradables, cualesquiera fuesen las circunstancias. Poco habría importado que las ideas políticas de Stephen Danjermond rivalizaran por su extremismo con las de Adolfo Hitler.

Vivian apretó los labios y entrecerró los ojos.

—Laurel, muéstrate cortés con él. Te eduqué para que seas una dama y no toleraré nada menos que eso en esta casa. Stephen es un hombre educado y poderoso, y proviene de muy buena familia.

Traducción: Stephen Danjermond era un candidato apetitoso. Sin duda todas las debutantes del distrito le habían echado el ojo. Laurel deseaba explicar a su madre que ella no había venido para pescar marido, pero se guardó el comentario. Por la razón que fuere, Vivian nunca había pensado que tal vez su hija necesitase tiempo para reponerse después de todo lo que le había sucedido.

—Lo siento, mamá —murmuró no muy segura del motivo que la inducía a disculparse.

—Oh, bien —dijo Vivian con un suspiro, y su mal humor se atenuó tan bruscamente como se había encendido—. Siempre has tenido tus momentos de obstinación. En eso eres igual a tu padre.

Alzó una mano para tocar apenas los rizos de Laurel, y su expresión se suavizó para mostrar uno de sus escasos momentos realmente maternales.

—Querida, esta noche estás realmente bonita. Este matiz de rosado te sienta muy bien.

Laurel le dio las gracias, y se odió a sí misma porque permitía que el cumplido la impresionase aunque fuera un poco. Al parecer, nunca conseguía superar esa necesidad infantil de la aprobación de su madre.

Una debilidad. Una de tantas.

Consultó su reloj mientras Vivian la conducía fuera de la habitación, y se preguntó cuándo podría marcharse. Esa tensión emocional no era lo que ella necesitaba para recuperar sus cabales.

No es más que una cena. Solo un par de horas. Sopórtalo y vuelve a casa.

El comedor era tan elegante como la sala, y estaba repleto de recuerdos y retratos al óleo de los Chandler muertos y olvidados. La mesa Hepplewhite y las sillas de respaldo alto brillaban con dos siglos de lustrado a mano. Los pasos resonaban sobre el suelo de madera de ciprés, y rebotaban en el techo que estaba a cuatro metros de altura. Glory Trahern elevó la mirada como si estuviese tratando de ver las cosas más que de calcular el valor del candelabro de cristal. Su marido la tomó del brazo y la llevó hacia una silla.

Como era inevitable que sucediese, Laurel se encontró sentada directamente frente a Stephen Danjermond, que ocupó el lugar de honor a la derecha de Vivian, sentada en un extremo de la mesa, frente a Ross. Laurel ocupó su asiento y concentró la atención en su plato de porcelana Wedgewood, incómodamente consciente de la presencia del hombre apuesto y elegante que tenia enfrente, ahora deseaba haber traído sus gafas. No quería atraer su atención, del mismo modo que no había deseado atraer la atención de su padrastro dos décadas antes. En este momento, en su vida no había espacio para un hombre.

La imagen de la sonrisa burlona de Jack apareció en su mente, y ella frunció el entrecejo y clavó el tenedor en un espárrago.

El tema de la ley y el orden había sobrevivido al recorrido desde la sala, y los participantes comentaban la eficacia del dinámico dúo del distrito Partout —el alguacil Wayne Kenner y el fiscal del distrito Danjermond— y todos parecían complacidos y orgullosos del hecho de que aquí el delito se reducía a un mínimo.

—La gente puede decir lo que se le antoje acerca de la personalidad de Kenner —dijo Ross con su acostumbrado aire de suprema autoridad—. Pero el hombre hace su trabajo. Me atrevo a decir que si esos crímenes hubiesen sido cometidos en nuestro distrito, a estas horas Kenner ya habría atrapado al responsable.

—Quizá —murmuró Danjermond, mientras Olive le retiraba el plato de ensalada—. En todo caso, habría hecho todo lo posible. Es un hombre muy capaz, y realmente tenaz. Sin embargo, debemos recordar que los asesinos de esta clase suelen ser inteligentes, incluso brillantes.

—Enfermizo —dijo Glory Trahern, y pareció que se estremecía—. Desequilibrado y enfermizo, eso es.

Danjermond inclinó la cabeza, admitiendo la posibilidad.

—O un individuo frío. Sin sentimientos. Sin alma. —Fijó en Laurel su mirada intensa e hipnótica—. ¿Qué le parece, Laurel? ¿Nuestro asesino del Bayou está loco o es perverso?

Laurel retorció la servilleta depositada sobre su regazo y sintió deseos de encontrarse lejos de esa conversación, temerosa de que poco a poco se orientase hacia ella misma, y de que los Trahern y el reverendo Stipple y Stephen Danjermond quisieran enterarse de todos los detalles de la vida de la propia Laurel, «la fiscal que había anunciado la presencia del lobo».

—Yo... no puedo decirlo —murmuró—. No conozco bien los casos, y no puedo formular una hipótesis informada.

—Pero hay una diferencia, ¿verdad? —insistió Danjermond, y su voz ahora era sutil, suave y al mismo tiempo enérgica—. Mientras la sociedad considera que todos los asesinatos son en mayor o menor medida fruto del desequilibrio, los tribunales tienen un criterio diferente. A los ojos de la ley hay una diferencia clara. Usted cree en el mal, ¿verdad, Laurel?

Laurel encontró la mirada tranquila, y experimentó una sensación de incomodidad. No deseaba que la arrastrasen a esa conversación, pero Danjermond concitaba la atención de Laurel, y los restantes comensales aguardaban expectantes. Podía sentir los ojos de todos los presentes y la presión que se manifestaba en la respiración contenida de cada uno. Afuera, el trueno retumbó en el cielo. La lluvia se intensificó un poco.

—Sí —dijo en voz baja—. Sí, creo.

—Y el bien debe triunfar sobre el mal. Ésta es la base de nuestro sistema judicial.

Sí, pero no siempre era lo que sucedía. Ella lo sabía mejor que muchos, y por lo tanto mantuvo quieta la lengua y desvió la mirada, y los fríos ojos verdes de Danjermond continuaron clavados en ella, inquisitivos.

—Hablando del bien y del mal —dijo Laurel contemplando al reverendo Stipple—, ¿que opina de Jimmy Lee Baldwin?

—Por mucho que detesto hablar mal de nadie, mi propia opinión de ese hombre no es buena, ni mucho menos —dijo el reverendo Stipple mientras se servía una porción de carne—. Para mi gusto es un poco fantasioso. Sin embargo, su predicación televisada llega a la gente que rara vez sale de su hogar, y recupera a los que quizá abandonaron la palabra de Cristo en el curso de la vida.

Una opinión anulaba a la otra, pero Laurel evitó señalarlo. Trata de pasar el tiempo y vete cuanto antes de aquí.

—Y en efecto, hace campaña contra el pecado en la comunidad —continuó diciendo el reverendo Stipple, de modo que pareció que estaba tratando de convencerse de que en definitiva más valía simpatizar con Baldwin.

Laurel pensó en el comentario de Savannah acerca de las torcidas preferencias sexuales de Jimmy Lee Baldwin, y mantuvo quieta la lengua mientras le servían las patatas.

—He oído decir que se propone lograr que clausuren la Taberna de Frenchie —dijo Glory Trahern, y los ojos se le iluminaron ante la posibilidad de difundir un chisme.

—Sí —dijo Laurel—. Y los propietarios están muy conmovidos ante esa posibilidad. —Por lo menos T-Grace Delahoussaye estaba conmovida. Tenía que aceptar la palabra de T-Grace en el sentido de que también Ovide se sentía inquieto

—¿Estuviste allí?

Laurel se estremeció a causa del tono de Vivian, pero desechó el temor a la reacción de su madre. Era una mujer adulta, y podía ir donde se le antojase.

—Tuve que ver a un hombre a propósito de un perro —dijo mientras cortaba la fina rebanada de asado que se había servido—. Si bien la Taberna de Frenchie no puede compararse con el country club, de ningún modo me pareció el antro de pecado que intenta representar el señor Baldwin.

—No es un lugar para la gente respetable —comentó Vivian, con la cara tensa a causa de la desaprobación.

—De todos modos, Laurel, comprendo tu idea —dijo Ross—. El local de Skeeter Mouton es el más notorio del distrito. Si Baldwin contemplase en serio esta guerra contra el pecado, el local de Mouton sería el objetivo más probable. Pero sospecho que el señor Baldwin sabe perfectamente que puede verse en dificultades si se mete en ese nido de avispas. Incluso podrían matarlo.

—En cambio, está acosando a un local legítimo.

—Laurel, ¿está abrazando la defensa de Delahoussaye? —preguntó suavemente Danjermond.

Laurel encontró de nuevo esa mirada serena.

—En este momento no ejerzo mi profesión, pero alguien debería asumir esa causa.

Danjermond se encogió de hombros.

—No puedo defenderlos, a menos que presenten una queja formal. Habría que transmitir esa información. No es ilegal predicar: entrometerse en la propiedad ajena es otro asunto.

—Sí, ya les formulé esa sugerencia.

Él esbozó una lenta sonrisa, como diciendo a Laurel que la conocía mucho mejor de lo que ella misma se conocía.

—Por lo tanto, en efecto está tratando de defenderlos, ¿no es así, Laurel?

La verdad de esta afirmación la dejó muda un segundo, pero en definitiva rechazó la idea.

—Me limité a formular una sugerencia.

—Stephen tiene asuntos más importantes que éste. ¿No es así, querido Stephen? —dijo Vivian, extendiendo la mano para palmear la del fiscal en un gesto de aprobación.

—¿Por qué no nos habla de la decisión del fiscal general del estado, que lo designó jefe de la fuerza antidroga de Acadiana?

La comida avanzaba a paso de tortuga. Laurel mordisqueaba su alimento y cada treinta segundos miraba su reloj. Finalmente, se levantaron de la mesa y regresaron al salón a tomar el café.

Mientras Vivian impartía órdenes a Olive y los Trahern se acomodaban en el diván dorado, Laurel se acercó a los ventanales franceses y se detuvo allí, con la taza en la mano, mirando ansiosa el jardín lavado por la lluvia. El chaparrón había pasado. Cuando escapase de allí, regresará a la Belle Riviere y llevaría un libro al patio para sentarse en un rincón a leer y absorber la quietud, el aroma de la lluvia, las rosas y las plantas.

—¿La gente le parece tan desagradable?

Se sobresaltó y vio sorprendida que Danjermond se le había acercado mucho. Había abandonado su taza de café y permanecía de pie con las manos hundidas en los bolsillos de sus elegantes pantalones.

—No, de ningún modo —se apresuró a decir Laurel.

Danjermond sonrió como un gato.

—Laurel, usted no sabe mentir muy bien —dijo con un gesto amable—. Ahora, diga la verdad. Preferiría estar en otro lugar.

—Reconozco que no vine a Bayou Breaux para hacer vida social.

—Entonces, puedo atribuir a mi buena suerte que usted haya hecho una excepción en este caso. A menos que yo sea la causa de que esté mirando tan anhelosa a través de esa ventana y deseando encontrarse en otro sitio.

—Por supuesto, no hay nada de eso.

—Bien, porque me proponía sugerirle que una de estas noches nos reunamos en un ambiente más íntimo. Quizás una cena a la luz de las velas.

A Laurel se le agrandaron los ojos.

—Señor Danjermond, apenas lo conozco.

—Laurel, ese es el verdadero sentido de las cenas íntimas —explicó en un tono ligero, pero manteniendo la intensidad de la mirada—. Llegar a conocerse. Me agradaría saber más acerca de sus opiniones, sus planes, usted misma.

—Por el momento no tengo planes. Y no quiero discutir mis opiniones. No intento ser grosera —dijo, alzando una mano en un gesto de paz—. En realidad, me divorcié hace poco, y el último año afronté muchas cosas. Por ahora, sencillamente no deseo salir con nadie.

—¿Ni recibir una oferta de trabajo? —preguntó Danjermond enarcando el entrecejo, al parecer de ningún modo afectado por el rechazo que sufría su persona.

Laurel irguió la cabeza, y miró al fiscal con algo más que un atisbo de suspicacia.

—¿Por qué quiere ofrecerme empleo? Acabamos de conocernos.

—Porque siempre podemos aprovechar los servicios de un buen fiscal en mi oficina. A pesar del caso del condado Scott, usted tiene una excelente hoja de servicios. Su trabajo en el caso del emigrante Valdés fue notable, y usted superó los límites que le imponía el deber al investigar la violación de esa ciega, cuando era apenas más que una empleada de la oficina del fiscal en el condado de Fulton.

En aquel momento ella apenas había salido de la facultad de derecho. Eso era historia antigua. El hecho de que por cierta razón él hubiese ahondado tanto en el pasado de Laurel determinó que ella volviera a sentirse incómoda, lo mismo que al principio de la velada. Cruzó los brazos sobre el pecho, evitando mancharse con café la pechera del suéter.

—Señor Danjermond, usted parece poseer un conocimiento desusado de mi carrera.

—Laurel, soy un hombre muy minucioso. —Sonrió de nuevo, con esa sonrisa pareja y atractiva—. Podría decirse que la atención al detalle es lo que me ha llevado al punto en que hoy me encuentro.

¿La oficina del fiscal de distrito en una región lejana de Louisiana? Parecía extraño que dijese eso en vista de que Stephen Danjermond tenía la palabra «cosas importantes» escrita en la cara. Con su linaje y sus relaciones de familia, Laurel habría supuesto que él ya estaría bien atrincherado en Baton Rouge o Nueva Orleans.

—Le aseguro que mi locura responde a cierto método —dijo Danjermond, interpretando el silencio de Laurel con sorprendente exactitud—. Los fiscales ambiciosos abundan en Nueva Orleans. Acadiana me ofrece la posibilidad de brillar con luz propia. Aquí hay problemas especiales, y creo que yo puedo ayudar a resolverlos, el contrabando de drogas, el tráfico de armas. En la región de los bayou hay cierto ingrediente que continúa siendo en gran medida reacio a la civilización. Dominar a ese sector y llevarlo a comprender que los tiempos de Jean Lafitte han pasado hace mucho tiempo es un objetivo meritorio.

—Y que atraerá la atención de los poderes establecidos.

Los anchos hombros se elevaron y descendieron.

Así es la vida. Así es la guerra. Al vencedor corresponde el botín.

—Señor Danjermond, conozco cómo se juega el juego —dijo Laurel con frialdad—. No soy ingenua.

—No, es idealista. Lo cual significa una vida mucho más difícil. Es mejor ser cínico.

—¿Eso es usted? ¿Un cínico?

—Soy pragmático.

Mantuvo la mirada fija en ella y permitió que el silencio se acentuase, hasta que Laurel tuvo que esforzarse para continuar en el mismo lugar, sin retroceder un paso.

—¿Tendrá en cuenta mi ofrecimiento?

Ella sacudió la cabeza y retrocedió un paso.

—Lo siento. Su oferta me halaga, pero aún no puedo pensar en el trabajo.

—Pero para usted no es sólo trabajo, ¿verdad, Laurel? —preguntó Danjermond, extendiendo la mano para retirarle la taza de café.

Ella observó mientras Danjermond giraba con la mano la tacita de porcelana y bebía un sorbo, apoyando los labios exactamente en el lugar que ella había usado antes. El gesto era un tanto sorprendente; la irritaba, era un acto que parecía casi... posesivo. Si algo de lo que ella estaba pensando podía reflejarse en su expresión, en todo caso Danjermond no reaccionó. Bebió otro sorbo de café, y saboreó el líquido.

—Para usted, la búsqueda de la justicia es una vocación, o más aun, una obsesión —dijo—. ¿No es así, Laurel?

La pregunta era demasiado personal. Ella sentía que la afectaba demasiado. Danjermond se mantenía en una proximidad muy estrecha, la observaba con excesiva atención. Parecía tranquilo, y sin embargo Laurel tenía la sensación de un poder contenido bajo la tranquila fachada. Era demasiado... demasiado de todo. Demasiado alto. Demasiado apuesto. Demasiado encantador. Demasiado tranquilo. Abrumador. No era el hombre con quien ella deseaba enredarse en ningún aspecto en este momento de su vida. No podía concebir la posibilidad de trabajar para un hombre que le provocaba esa sensación. No podía concebir la idea de afrontar esa clase de intensidad en una relación personal.

Laurel miró el Rolex de platino sujeto a la muñeca del fiscal, y una sensación de alivio la dominó.

—Señor Danjermond, me temo que ahora debo marcharme. Prometí a mi tía que esta tarde le ayudaría en algunas tareas. Ha sido un placer conocerle.

Él sonrió con esa sonrisa misteriosa y alzó la taza.

—Laurel, hasta que volvamos a encontrarnos.

Ella pensó: cuando el infierno se congele. No había vuelto al hogar para afrontar desafíos o complicaciones o problemas. Retrocedió otro paso, porque un instinto primitivo le impidió volver la espalda con demasiada rapidez a Stephen Danjermond. Él la observó, y un tranquilo regocijo le iluminó los ojos verdes. Y ella se volvió entonces, impulsada por el instintivo deseo de escapar de la visión de esa cara demasiado apuesta; y en el momento en que se volvió, vio a Savannah que entraba por la puerta.




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