Fecundación in vitro y agresiones al cuerpo de la mujer: Una aproximación desde la perspectiva de los derechos



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Fecundación in vitro y agresiones al cuerpo de la mujer: Una aproximación desde la perspectiva de los derechos

Ascensión Cambrón

1. El cuerpo femenino, laboratorio de la fecundación in vitro1
Las primeras tentativas de fecundación in vitro realizadas con gametos humanos fueron llevadas a cabo por los biólogos Rock y Merkin en 1944. Pero fue en 1978 cuando los científicos británicos Steptoe y Edwars lograron el nacimiento de la primera “bebé probeta”, Louise Brown, en el Gran Hospital de Oldham (Reino Unido). El primer nacimiento por fecundación in vitro en España se desarrolló en la Clínica Dexeus (Barcelona) en 1984.

Sorprende el veloz desarrollo y difusión que estas técnicas han alcanzado y la rápida transición que se produjo desde la experimentación con animales a la experimentación con mujeres. Si se considera el tiempo transcurrido entre el inicio de las investigaciones sobre Fecundación in vitro (FIV) y el nacimiento de Louise Brown, se puede constatar que había mediado un tiempo breve, excesivamente corto, entre la experimentación de la técnica con animales y su aplicación a las mujeres. En función de esta circunstancia el Britain’s Medical Research Council denegó la financiación a los experimentos realizados por los doctores Steptoe y Edwards, considerando que —uno de los pasos imprescindible para la obtención de óvulos— la laparoscopia era un requisito terapéutico demasiado arriesgado para aplicar ya a las mujeres. En la misma línea de argumentación se asentó la oposición del Ethics Advisory Board (1979) norteamericano para permitir la fecundación in vitro en las mujeres.

Un paso de importancia en la consolidación de estas técnicas lo representa la crioconservación de embriones previamente fecundados in vitro. En 1984 nacía Zoe Leyland en Melbourne (Australia), fruto de los experimentos de los doctores Trounson y Mohr. Poco después, en 1978, los medios de comunicación dieron a conocer el parto de una mujer surafricana que había gestado embriones fecundados in vitro, cuyos óvulos habían sido proporcionados por su propia hija. A partir de esas fechas los embarazos y partos polémicos se han sucedido en los EEUU y en Europa y, como es de todos conocido, por los efectos de la fecundación in vitro deja de tener sentido aquella expresión cañí de “madre no hay más que una”.

El desarrollo y alcance de las técnicas de reproducción artificial humana está ampliamente divulgado y ha dado lugar a interpretaciones doctrinales diversas, a tenor de las diferentes premisas de que se parte y de los múltiples problemas que plantea su aplicación: tanto de naturaleza ética y jurídica, como social y política. En torno a la reproducción artificial se han tejido variados discursos de alcance normativo y con objetivos diversos. Se puede pensar que en alguno de ellos prevalece el interés de la mujer en tanto sujeto de derecho, racional y libre. Incluso cabe pensar en la posibilidad de que se haya formulado algún otro discurso sobre la maternidad “capaz de resquebrajar el orden patriarcal y cuestionar los valores imperantes sobre las mujeres y sobre la maternidad” (Costa-Lascoux, 1994: 607). Sin embargo, por paradójico que parezca, la tendencia general es la contraria. Los diferentes discursos éticos, médicos y jurídicos elaborados con autoridad en torno a la reproducción asistida ignoran a las mujeres como sujetos autónomos y “sus voces sólo son recogidas parcialmente y articuladas a través de otros sujetos” (C. Lema, 1999: 130). En consecuencia sus intereses no aparecen en la consideración y elaboración de estándares, que se siguen estableciendo de acuerdo con los tópicos sexistas, incrustados en el modelo cognitivo y en las normas sociales desde las que se interpreta el rol de la maternidad.


1.1 La justificación de las técnicas reproductivas.
El problema de la esterilidad humana y su representación simbólica es un asunto tan antiguo en nuestra cultura que se remonta a la Biblia, donde Sara dice a Abraham “He aquí que ahora Yahvé me ha vedado parir; ruegote que entres a mi sierva; por ventura tendré hijos de ella” (Génesis, 16, 1-2). A esta tradición remota sobre la esterilidad y la maternidad se ha añadido, sin interrupción hasta tiempos recientes, la idea de que la esterilidad era debida siempre a la condición femenina y, en tanto tal, causa de pecado, vergüenza social y marginación. Y la leyenda aún perdura a pesar de los sofisticados conocimientos de que dispone la ciencia médica y de los recursos inmensos disponibles para superar la esterilidad cuando se produce tanto en hombres como en mujeres. En la cultura social dominante la esterilidad masculina se ha relacionado de manera unívoca con simples anomalías físicas, mientras que la experimentada por las mujeres, por el contrario, se la vinculó con algún tipo de trasgresión de carácter moral, religioso o social. En la actualidad y pese al progreso perduran esos prejuicios negativos sobre el género femenino, aunque encabalgados funcionalmente por los nuevos conceptos que proporciona el discurso científico-médico y que estimulan a las parejas estériles o infértiles a recurrir a la reproducción artificial para asegurar su descendencia.

Las mujeres no viven ya tanto la esterilidad como “vergüenza social” sino como una quiebra existencial, un obstáculo que dificulta su proyección individual y conyugal (S. Vegetti-Finzi, 1989: 273). El componente de fertilidad en la mujer es una exigencia cultural asentada muy extendida, de modo que cuando una mujer o pareja no la experimenta, ellas son vistas como incompletas, irrealizadas, en tanto la mujer es incapaz de aportar lo esperado a la unidad familiar (F. Héritier, 1996: 86). Desde esta perspectiva, el deseo de tener hijos es sobre todo un deseo social de realización. La imposibilidad (por esterilidad o infecundidad) para ver realizado ese deseo será vivida como una desgracia biológica suprema. Al tiempo que ese deseo se convierte en obsesión, la reproducción deviene casi un deber que se presenta como símbolo de la perennidad de la especie, de la identidad sexual y de la integridad física e integración social del individuo y de la pareja (G. Delaisi de Parceval et A. Janaud, 1983). A la extensión de estos sentimientos individuales han contribuido los medios de comunicación de masas movidos por el sensacionalismo y, tal vez interesadamente, por destacados exponentes de la profesión médica, equipos de investigadores y responsables políticos de las sociedades del Norte preocupados por los bajos índices de natalidad en sus comunidades.

Desde el punto de vista estadístico y médico la esterilidad se presenta como algo indeterminado y, no obstante, sobre esa indeterminación se asienta la base de la justificación de las técnicas reproductivas. En la actualidad, investigadores y médicos han tejido un nuevo discurso sobre la esterilidad que, si bien se encabalga en su consideración como patología, no obstante esa caracterización amplia tiene un alcance diferente, dado que pretende legitimar el uso de las técnicas mismas y contribuir de manera indirecta a fomentar la demanda de descendencia. En este sentido J. Testart ha referido que ante la difusión de la reproducción artificial “las parejas que casi habían olvidado su esterilidad recuperan viejos deseos procreativos y se inscriben en listas de espera rápidamente saturadas”(J. Testart, 1988:30). Pero también es el discurso médico el que articula esa demanda, enlazando con pulsiones preexistentes sin articular y generando expectativas en las parejas con problemas, trazando prioridades, formas de tratamiento y, lo que es también importante, definiendo el concepto de “esterilidad”. Se trata obviamente de una definición convencional, imprecisa y arbitraria aunque de ella se sigan consecuencias psicológicas y normativas de gran relevancia para el caso (C. Lema, 1999:171).

La definición de esterilidad proporcionada por la ciencia médica es ambigua como se verá y, aunque se pretende únicamente descriptiva, se trata tan sólo de un desideratum, dado que de esa definición se siguen necesariamente los criterios para el tratamiento legislativo en materias de filiación, la determinación del universo de usuarios / as, las obligaciones de la Administración sanitaria y la legitimación social de dichas técnicas reproductivas.

En esta línea de actuación —a pesar de que en sentido estricto se puede distinguir entre infertilidad y esterilidad2 — el Comité de Nomenclatura de la Federación Internacional de Ginecología y Obstetricia (FIGO) ha impuesto para calificar ambas situaciones el termino médico infertilidad que indica “un período con actividad sexual sin concepción” (T. Beauchamp y L, Walters, 1994: 207). En cualquier caso, la infecundidad ha sido considerada eficazmente como patología a partir de la definición adoptada por el FIGO y la OMS, que han definido la infertilidad como el resultado de “dos años de exposición al riesgo de embarazo sin concebir”.

Este mensaje, adecuadamente transmitido por los mass media, ha fomentado una extraordinaria sensibilización de la sociedad hacia el sufrimiento que genera la infecundidad en las parejas y que conduce a justificar del deseo de l´enfant à tout prix, el hijo a cualquier precio. Pero realmente ¿es la infecundidad una enfermedad?

De la respuesta que se proporcione a esta pregunta dependerá, en primer lugar, la determinación de si la aplicación de estas técnicas de reproducción asistida se emplea para vencer patologías o para satisfacer deseos; en segundo lugar, para especificar el marco jurídico y su legitimidad moral,3 y, por último, para determinar a quién corresponde financiar dichas prácticas sanitarias. Hay autores que sostienen que la esterilidad no es una enfermedad y por ello no estaría indicado su tratamiento médico (L. R. Kass, 1989:343-348). Otros sin embargo opinan lo contrario, por lo cual estaría justificado su tratamiento médico y su financiación por la sanidad pública (Informe de la Comisión Especial de Estudio de la Fecundación in vitro del Congreso de Diputados español, 1986: 51). En esta línea de argumentación M. Warnock también ha mantenido que la esterilidad es una disfunción que debe ser socorrida médicamente.

De la definición misma, proporcionada por los expertos se concluye que existe esterilidad en una pareja tras un período con actividad sexual durante el cual la mujer no ha conseguido un embarazo. Sin embargo, es preciso subrayar que de ese dato no se colige que exista necesariamente una patología. Por el contrario, esta referencia indica ante todo que “una parte de la población que tiene problemas para concebir” (T. Beauchamp y L. Walter, 1994:207). Por ello se ha de convenir que la definición de esterilidad es convencional y, como cualquier otra, no está exenta de arbitrariedad.

La definición médica se asienta sobre rasgos imprecisos, lo que favorece a otros intereses ligados a la ciencia misma y no el del respeto a los derechos de las mujeres. Y es que sucede que de esa definición se siguen consecuencias terapéuticas, psíquicas, morales y sociales de gran envergadura, como la determinación del sujeto pasivo que se somete al tratamiento médico, la legitimidad de las técnicas y la determinación o indeterminación de los sujetos que legalmente pueden reclamar dicha intervención en el marco de la sanidad pública. Se puede afirmar así que las técnicas de reproducción humana representan un avance importante que permite satisfacer la demanda de hijos. Pero ignorar que ocultan otras implicaciones prácticas y simbólicas, problemáticas para las mujeres, supone también avalar la justificación política que subyace a la norma de “el derecho de la mujer a la reproducción”.
1. 2. Acerca de la definición de infertilidad
Sobre esta definición de infertilidad, el colectivo científico-médico ha tejido un discurso pretendidamente descriptivo, pero con consecuencias normativas evidentes, como veremos. Este discurso sobre la infertilidad se asienta en tres proposiciones fundamentales: a) existe un porcentaje creciente de parejas con problemas de esterilidad y fecundidad que solicitan ayuda a la medicina; b) la respuesta médica más adecuada es la aplicación de las técnicas de reproducción asistida; y c) incidentalmente estas técnicas tienen la ventaja de responder de manera óptima a las demandas de los pacientes a la vez que abren horizontes interesantes para la investigación (F. Bimbi, 1989:318). La autora señala que bajo esta factura descriptiva el discurso médico se presenta como objetivo y avalorativo y por ello ajeno a la construcción social de los modelos culturales y jurídicos vigentes, de lo que se deriva de él que las prácticas habrán de ser realizadas atendiendo sólo a las reglas deontológicas de los profesionales sanitarios.

Bimbi propone considerar en el interior de la descriptividad del discurso médico los aspectos de la construcción simbólica de la reproducción artificial y su relevancia para la sociedad. A este objetivo habría que añadir otro aspecto complementario: “el modo en que el discurso médico crea significados sociales con relación a las nuevas tecnologías y que incide en la modificación de las costumbres”. “O quizás —como indica C. Lema 1999: 161— sería más oportuno no separar ambos aspectos, ya que se podría considerar la hipótesis de que la influencia entre ambos es mutua y de que el discurso médico supera ampliamente su ámbito interno y coloniza los significados sociales de la esterilidad y la reproducción, por lo menos en cuanto éstos intentan escapar de un paradigma mágico y religioso de explicación de la esterilidad”. La descriptividad del discurso médico, como supuesto epistemológico, se desvanece cuando se contempla con perspectiva histórica la construcción de las prácticas de la medicina moderna como se ilustrará más adelante al describir la actuación del “ojo del sabio”.

La importancia de este discurso acerca de la esterilidad resulta obvia. Asentado en la autolegitimación de la ciencia, se presenta como meramente descriptivo. No obstante, adquiere un gran alcance social e incide de manera directa en la regulación jurídica de esta materia. Y es que el discurso científico-médico es también normativo como ha demostrado Evellyn Fox Keller y C. Lema en el trabajo aquí citado. Esta pretensión del discurso médico puede parecer un defecto atribuible al carácter novedoso, “inmaduro”, de las técnicas o incluso debido a la prudencia de los profesionales de la salud ante una enfermedad de causas todavía desconocidas. Aunque estas pudieran ser las razones, nos inclinamos, no obstante, a dar otro tipo de explicación acerca de esa consustancial ambigüedad. Definido de este modo por la comunidad científica, su parámetro de la esterilidad es el único que resulta utilizado para su regulación jurídica. En el caso concreto que aquí tratamos, esta solución no sólo contribuye a la legitimación de las técnicas mismas —no limitando su uso a los casos concretos en que la esterilidad está causada por una patología—,4 sino que extiende la posibilidad de recurrir a ellas en otros muchos supuestos que sólo responden al deseo de acceder a la maternidad sin necesidad de mantener relación coital previa.

La ambigüedad con que la ciencia define el concepto de esterilidad y los efectos sociales que se derivan de su definición manifiestan que el discurso médico no es sólo descriptivo, dado que se obvia si el recurso médico está disponible para cualquier pareja, mujer sola, menopáusica o previamente esterilizada que quiera optar a él para tener descendencia. De la imprecisa definición de la esterilidad se deriva, así un universo abierto de posibles usuarias de las técnicas reproductivas. Sin embargo el proceder muestra que, aunque se lo considere de manera indirecta, el discurso médico no es tan sólo descriptivo sino objetivamente normativo. Pero, además, esa forma de definir una patología incide directamente en la actividad de los legisladores que, obligados a delimitar lo legítimo de lo ilegítimo para la ciudadanía, se ven abocados a normar esta materia a partir de esas imprecisiones, desde las cuales se decide además a quién corresponde financiar los recursos biomédicos.

La radical ambigüedad con la que médicamente se ha definido la infecundidad condiciona la actividad legislativa y traslada a sus actores un conjunto de problemas, con frecuencia insalvables, mediante las refinadas técnicas jurídicas disponibles. Estas son algunas de las circunstancias complejas que parecen desconocer determinados críticos de la Ley 35/1988, de 22 de noviembre, sobre las Técnicas de Reproducción Asistida, cuando se limitan a considerar dicha norma desde la sola ciencia jurídica. Ignoran que la materia a regular, respecto a los sujetos de derecho, tiene implicaciones simbólicas, éticas, jurídicas y económicas de difícil regulación en sí mismas, sobre todo si se pretende promocionar con ellas el crecimiento demográfico y el tradicional orden simbólico en el que se inscribe la maternidad.

Inicialmente el discurso científico-médico y después el jurídico presentan, justifican y regulan las técnicas de reproducción asistida fundamentalmente encaminadas a combatir la esterilidad. Sin embargo, como ya se ha apuntado, esta es una verdad a medias. En primer lugar, la esterilidad no es siempre una patología que pueda apreciarse a partir de los solos hechos fisiológicos que identifica el profesional de la salud, ni esa conclusión se puede extraer de los datos estadísticos, ni de la definición avanzada por aquel. Para que la esterilidad fuera significativa, ha de ser reclamada como patología por la persona que la sufre: las personas que no tienen hijos y desean tenerlos. En esta línea de razonamiento se han manifestado voces que afirman que en realidad la esterilidad no es una enfermedad, “será salud (o desconocimiento, o indiferencia) para quien no quiera tener hijos y enfermedad para quien los desee. Las distintas definiciones que se manejan sobre la esterilidad no tienen otro elemento que permita distinguir entre patología y, por ejemplo, anticoncepción —o indiferencia— que no sea la voluntad de las personas afectadas”. Por ello puede afirmarse que fertilidad y esterilidad no son cuestiones de salud, “datos de la naturaleza”, sino de alguna forma características de las personas (M. Mori, 1989).

En segundo lugar, de la imprecisa definición de la esterilidad se siguen consecuencias sociales de gran importancia que tienen, al menos, un efecto evidente. La ambigüedad en la definición de la “enfermedad” conduce necesariamente a la imprecisión del universo de usuarias / os de las técnicas reproductivas, lo que permite acogerse a esos recursos médicos para satisfacer el deseo de tener descendencia en tiempo y condiciones precisas, indistintamente de si existen fundamentos patológicos o no.

A partir de la valoración subjetiva de la esterilidad como problema, se pueden avanzar ya algunas conclusiones que afectan al orden simbólico en el que se inscribe la maternidad, al científico-médico o al jurídico-político.

En el orden simbólico es asunto indiscutido que a partir de los años 60 los recursos contraceptivos, que hicieron posible distinguir entre sexualidad y fecundidad, representaron un medio liberalizador para las mujeres, en tanto les permitieron superar su pretendido destino biológico. Sin embargo, no han ido en la misma línea los métodos de reproducción artificial cuyas consecuencias han profundizado la escisión entre la dimensión biológica, corporal y psíquica de las mujeres. Se trata del efecto social que producen, en tanto los nuevos recursos se justifican a costa de reforzar el ideal cultural de la maternidad y la paternidad biológicas. Por esta razón las mujeres y sus parejas solicitan el socorro de la reproducción asistida para dar cumplimiento al deseo no tanto de traer una nueva criatura al mundo como de cumplir con un deber culturalmente impuesto. El discurso médico contra la infertilidad refuerza en las mujeres la búsqueda y el cumplimiento de una identidad ilusoria: “Ser madres” a toda costa. Resulta una identidad neutralizada que reduce a las mujeres a una existencia paradójica porque, si “las mujeres se definen contra la maternidad primigenia, pierden la sacralidad de la función generativa, su dimensión transindividual, su promesa de perennidad, su autoridad intrínseca. La función materna, reducida a su mera dimensión fisiológica, está destinada a entregarse pasivamente, al dominio impersonal que requiere erróneamente de la técnica” (S. Vegetti-Finzi, 1996: 121).

El nuevo modo de reproducirse la especie tiene así en el orden simbólico dos consecuencias de importancia para la mujer. En primer lugar implica una ruptura con la forma tradicional de concebir y de vivir la maternidad, en tanto altera su identidad y la priva de la autoridad que la sustenta en origen. Pero, además, el recurso a estas técnicas médicas conduce a las mujeres a “entregarse” al poder de la medicina. Mediante estos mecanismos, las mujeres y sus parejas entran en conflicto consigo mismas y con las relaciones tradicionales de familia.

En el orden profesional los cambios no resultan menos problemáticos. Si ahora las mujeres no piden descendencia a la divinidad o a la naturaleza, las nuevas posibilidades técnicas potencian el saber y el poder de los profesionales sobre ellas, en tanto los obstetras ven en las mujeres el “nicho del feto” y no un sujeto integral, moral y social. En este sentido las nuevas Técnicas de Reproducción Humana Asistidas (TRHA) manifiestan una dualidad paradójica a la luz de los principios bioéticos de autonomía de los pacientes, consentimiento libre e informado y otros, principios que obligan a los profesionales a atender a los pacientes como sujetos libres y autónomos. Pero ante los problemas sanitarios relacionados con la reproducción las mujeres continúan siendo tratadas por los profesionales de la medicina como “futuras madres”, objetos, destinados por la naturaleza a la reproducción.

Por todo ello se puede afirmar que estos nuevos recursos han aumentado los conocimientos biogenéticos y los recursos técnicos la corporación médica, pero al tiempo se mantiene deudora de la tradicional concepción que da prioridad a la “madre” frente a la mujer, a la que se sigue viendo destinada por “naturaleza” a esa exclusiva función. Sobre esta realidad social y cultural actúa la corporación médica para obtener sobre las mujeres más saber y poder.

En el orden político-jurídico la incidencia de las TRHA no es menor para los intereses de las mujeres. Por un lado, la imposibilidad para determinar la esterilidad como enfermedad y el hecho de que haya de ser la propia valoración y deseo de la persona quien establezca la distinción entre lo que se considera o no patológico, tiene importantes consecuencias en la regulación jurídica de esta materia (C. Lema:1999: 293). Por otro lado, así caracterizada la ausencia de fecundidad, se favorece el recurso voluntario a los tratamientos de reproducción asistida y se privilegian de manera indirecta los intereses pro familia y profesionales y los del complejo industrial biogenético. Estos intereses resultan menos explícitos y legítimos desde el postulado de los derechos fundamentales, pero quizás acordes con el orden social actual, que no se ha de asimilar al deseable.
1.3. La aplicación de las técnicas reproductivas: usuarias, métodos y consecuencias
El que las organizaciones médicas internacionales identifiquen en su discurso la esterilidad con la infecundidad incurre en un vicio lógico que merece consideración desde la teoría de la ciencia en general y desde la ciencia médica en particular. Pero no es de ese defecto lógico del que me ocuparé ahora —aunque obviamente esa deficiencia epistémica afecta a la naturaleza y consistencia de la Medicina como ciencia— sino que vamos a dirigir nuestra atención a las consecuencias sociales, materiales, que se derivan de la aplicación de las nuevas TRHA. Para llevar a cabo ese objetivo distinguiremos analíticamente tres aspectos interrelacionados de las prácticas mismas: el relativo al universo de los usuarios y usuarias, los métodos terapéuticos y clínicos que se emplean para corregir la infecundidad y, por último, los efectos que pueden causar en las mujeres que se someten a las técnicas reproductivas.

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