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LA
SITUACIÓN
DE LA CLASE
OBRERA EN
INGLATERRA

Según las observaciones del



Autor y fuentes autorizadas (0)


FEDERICO ENGELS

1845

A LAS CLASES OBRERAS DE GRAN BRETAÑA*(1)

Trabajadores!
A vosotros dedico una obra en la que he intentado describir a mis compatriotas alemanes un cuadro fiel de vuestras condiciones de vida, de vuestras penas y de vuestras luchas, de vuestras esperanzas y de vuestras perspectivas. He vivido bastante tiempo entre vosotros, de modo que estoy bien informado de vuestras condiciones de vida; he prestado la mayor atención a fin de conocerlas bien; he estudiado los diferentes documentos, oficiales y no oficiales, que me ha sido posible obtener; este procedimiento no me ha satisfecho enteramente; no es solamente un conocimiento abstracto de mi asunto lo que me importaba, yo quería veros en vuestros hogares, observaros en vuestra existencia cotidiana, hablaros de vuestras condiciones de vida y de vuestros sufrimientos, ser testigo de vuestras luchas contra el poder social y político de vuestros opresores. He aquí cómo he procedido: he renunciado a la sociedad y a los banquetes, al vino y al champán de la clase media, he consagrado mis horas de ocio casi exclusivamente al trato con simples obreros; me siento a la vez contento y orgulloso de haber obrado de esa manera. Contento, porque de ese modo he vivido muchas horas alegres, mientras al mismo tiempo conocía vuestra verdadera existencia -muchas horas que de otra manera hubieran sido derrochadas en charlas
* Salvo las notas seguidas de las iniciales F. E., que son de Federico Engels, todas las demás notas son de los editores alemanes. Si la nota de Engels es de 1892, se indica esta fecha entre paréntesis.
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convencionales y en ceremonias reguladas por una fastidiosa etiqueta; orgulloso, porque así he tenido la ocasión de hacer justicia a una clase oprimida y calumniada a la cual, pese a todas sus faltas y todas las desventajas de su situación, sólo alguien que tuviera el alma de un mercachifle inglés podría rehusar su estima; orgulloso asimismo porque de ese modo he estado en el caso de ahorrar al pueblo inglés el desprecio creciente que ha sido, en el continente, la consecuencia ineluctable de la política brutalmente egoísta de vuestra clase media actualmente en el poder, y, muy simplemente, de la entrada en escena de esta clase.
Gracias a las amplias oportunidades que he tenido de observar al mismo tiempo a la clase media, vuestra adversaria, he llegado muy pronto a la conclusión de que tenéis razón, toda la razón, de no esperar de ella ninguna ayuda. Sus intereses y los vuestros son diametralmente opuestos, aunque trate sin cesar de afirmar lo contrario y quiera haceros creer que siente por vuestra suerte la mayor simpatía. Sus actos desmienten sus palabras. Yo espero haber aportado suficientes pruebas de que la clase media -pese a todo lo que se complace en afirmar- no persigue otro fin en realidad que el de enriquecerse por vuestro trabajo, mientras pueda vender el producto del mismo, y de dejaros morir de hambre, desde el momento en que ya no pueda sacar más provecho de este comercio indirecto de carne humana. ¿Qué han hecho ellos para demostrar que os desean el bien, como ellos dicen? ¿Han prestado jamás la menor atención a vuestros sufrimientos? ¿Jamás han hecho otra cosa que consentir en los gastos que implican media docena de comisiones de investigación cuyos voluminosos informes son condenados a dormir eternamente debajo de montones de expedientes olvidados en los anaqueles del Home Office1. ¿Jamás han revelado sus modernos Libros Azules las verdaderas condiciones de vida de los "libres ciudadanos británicos"? En absoluto. Estas son cosas de las cuales prefieren no hablar. Ellos han dejado a un extranjero la tarea
1 Ministerio del Interior.
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de informar al mundo civilizado sobre la situación deshonrosa en que sois obligados a vivir.
Extranjero para ellos, pero yo espero que no para vosotros. Puede ser que mi inglés no sea puro; pero abrigo la esperanza de que, a pesar de todo, resulte un inglés claro.
Ningún obrero en Inglaterra -ni tampoco en Francia, dicho sea de paso- jamás me ha considerado extranjero. Siento la mayor satisfacción al ver que estáis exentos de esa funesta maldición que es la estrechez nacional y la suficiencia nacional y que no es otra cosa a fin de cuentas que un egoísmo en gran escala; he notado vuestra simpatía por cualquiera que consagre honradamente sus fuerzas al progreso humano, ya se trate de un inglés o no -vuestra admiración por todo lo que es noble y bueno, ya sea producto de vuestro suelo natal o no; he hallado que sois mucho más que miembros de una nación aislada, que sólo desearían ser ingleses; he comprobado que sois hombres, miembros de la gran familia internacional de la humanidad, que habéis reconocido que vuestros intereses y aquellos de todo el género humano son idénticos; y es a este título de miembros de la familia "una e indivisible" que constituye la humanidad, a este título "de seres humanos" en el sentido más pleno del término, que yo saludo -yo y muchos otros en el continente- vuestro progreso en todos los campos y os deseamos un éxito rápido. ¡Y ante todo por el camino que habéis elegido! Muchas pruebas os esperan aún; manteneos firme, no os desalentéis, vuestro éxito es seguro y cada paso adelante, por la vía que tenéis que recorrer, servirá nuestra causa común, ¡la causa de la humanidad!
Federico Engels
Barmen (Prusia renana), 15 de marzo de 1845.
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PRÓLOGO
Las páginas que siguen tratan de un asunto que inicialmente yo quería presentar simplemente en forma de capítulo, en un trabajo más amplio acerca de la historia social de Inglaterra; pero su importancia me obligó pronto a consagrarle un estudio particular.
La situación de la clase obrera es la base real de donde han surgido los movimientos sociales actuales, ya que es al mismo tiempo el punto extremo y la manifestación más visible de la desdichada situación social presente. Su resultado directo es el comunismo obrero tanto francés como alemán; y el resultado indirecto es el fourierismo, el socialismo inglés, así como el comunismo de la burguesía alemana culta. El conocimiento de las condiciones de vida del proletariado es de una necesidad absoluta si se quiere asegurar un fundamento sólido para las teorías socialistas, así como para los juicios sobre su legitimidad, y poner término a todas las divagaciones y moralejas fantásticas pro et contra.2 Pero las condiciones de vida del proletariado sólo existen en su forma clásica, en su perfección, en el imperio británico, y más particularmente en Inglaterra propiamente dicha; y, al mismo tiempo, sólo en Inglaterra se hallan reunidos los materiales necesarios de una manera tan completa y verificados por encuestas oficiales, como lo exige todo estudio serio del asunto.
Durante veintiún meses, he tenido la ocasión de ir conociendo al proletariado inglés, he visto de cerca sus esfuerzos, sus penas y sus alegrías, lo he tratado personalmente, a la vez que he completado estas observaciones utilizando las fuentes autorizadas indispensables. Lo que he visto, oído y leído lo he utilizado en la presente obra. Espero
2 En pro y en contra.

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que se me ataque de muchos lados, no solamente mi punto de vista, sino también por los hechos citados, sobre todo si mi libro cae en manos de lectores ingleses. Sé igualmente que se podrá señalar aquí y allá alguna inexactitud insignificante (que un inglés mismo, dada la amplitud del tema y todo lo que implica, no hubiera podido evitar) tanto más fácilmente cuanto que no existe, incluso en Inglaterra, ninguna obra que trate como la mía de todos los trabajadores; pero no vacilo un instante en retar a la burguesía inglesa a que me demuestre la inexactitud de un solo hecho de cierta importancia para el punto de vista general, que lo demuestre con la ayuda de documentos tan auténticos como los que yo mismo he producido.


Singularmente para Alemania, la exposición de las condiciones de vida clásicas del proletariado del imperio británico -y en particular en el momento presente- reviste una gran importancia. El socialismo y el comunismo alemanes, más que cualesquiera otros, han surgido de hipótesis teóricas; nosotros, teóricos alemanes, todavía conocemos demasiado poco el mundo real para que sean las condiciones sociales reales lo que nos haya podido incitar inmediatamente a transformar esta "mala realidad". Partidarios declarados de estas reformas por lo menos, casi ninguno hemos llegado al comunismo sino por la filosofía de Feuerbach que ha hecho añicos la especulación hegeliana. Las verdaderas condiciones de vida del proletariado son tan poco conocidas entre nosotros, que incluso las filantrópicas "Asociaciones para la elevación de la clase trabajadora" en el seno de las cuales nuestra burguesía actual maltrata la cuestión social, toman continuamente por puntos de partida las opiniones más ridículas y más insípidas sobre la situación de los obreros. Sobre todo para nosotros los alemanes; el conocimiento de los hechos, en este problema, es de imperiosa necesidad. Y, si las condiciones de vida del proletariado en Alemania no han alcanzado el grado de clasicismo que ellas conocen en Inglaterra, tenemos que habérnosla en realidad con el mismo orden social que desembocará necesariamente, tarde o temprano, en el punto crítico alcanzado del otro lado de la Mancha -en caso que la perspicacia de la nación no permitiera tomar medidas a tiempo

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que den al conjunto del sistema social una base nueva. Las causas fundamentales que han provocado en Inglaterra la miseria y la opresión del proletariado existen igualmente en Alemania, y deben necesariamente a la larga provocar los mismos resultados. Pero, mientras tanto, la miseria inglesa debidamente comprobada nos dará la ocasión de comprobar igualmente nuestra miseria alemana y nos proporcionará un criterio para evaluar la importancia del peligro que se ha manifestado en los disturbios de Bohemia y de Silesia(3), y que, de este lado, amenaza la tranquilidad inmediata de Alemania.


Para terminar, haré todavía dos observaciones. En primer lugar, he utilizado constantemente la expresión clase media en el sentido del inglés middle class (o bien como se dice casi siempre, middle classes); esta expresión designa, como la palabra francesa burguesía, la clase poseedora y muy particularmente la clase poseedora distinta de la llamada aristocracia clase que en -Francia y en Inglaterra detenta el poder político directamente y en Alemania indirectamente bajo el manto de la "opinión pública". Asimismo, he utilizado constantemente como sinónimas las expresiones: "obreros" (working men) y proletarios, clase obrera, clase indigente y proletariado. En segundo lugar, en la mayoría de las citas he indicado el partido al cual pertenecen aquellos cuya afirmación utilizo porque, casi siempre, los liberales buscan subrayar la miseria de los distritos agrícolas, negando aquella de los distritos industriales, mientras que, a la inversa, los conservadores reconocen la penuria de los distritos industriales pero quieren ignorar aquella de las regiones agrícolas. Por este motivo es que, a falta de documentos oficiales, cuando he querido describir la situación de los obreros de fábricas siempre he preferido un documento liberal, a fin de golpear a la burguesía liberal con sus propias declaraciones, para no valerme de los tories o de los cartistas sino cuando conocía la exactitud de la cuestión por haberla verificado yo mismo, o bien cuando la personalidad o el valor literario de mis autoridades podía convencerme de la certeza de sus afirmaciones.

Barmen, 15 de marzo de 1845. Federico Engels

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FRAGMENTO DEL APÉNDICE DE ENGELS A LA

EDICIÓN NORTEAMERICANA DE 1886
Dos circunstancias impidieron durante largo tiempo que salieran a la luz las consecuencias ineluctables del sistema capitalista en América. Éstas fueron el tránsito a la posesión de tierras baratas y a la afluencia de inmigrantes, y posibilitaron durante muchos años que las grandes masas de población americana autóctona "se retrajeran" a la primera edad adulta del trabajo asalariado, convirtiéndose en granjeros, artesanos o igualmente contratistas, en tanto que el duro destino del trabajo asalariado, la posición perpetua de proletario, recaía mayormente en el inmigrante. Pero América salió de este estado primario, los ilimitados bosques vírgenes desaparecieron y las aún ilimitadas praderas pasaron cada vez más rápidamente de las manos de la nación y de los estados a propietarios privados. La gran válvula de seguridad contra el surgimiento de una clase proletaria permanente ha dejado, prácticamente, de surtir efecto. Hoy existe en América una clase proletaria permanente y al mismo tiempo heredable. Una nación de 60 millones que lucha tenazmente, con todas las perspectivas de éxito, por llegar a ser la principal nación industrializada del mundo, semejante nación no puede importar perdurablemente su propia clase de trabajadores asalariados, ni aun cuando cada año llega a su país millón y medio de inmigrantes.
La tendencia del sistema capitalista es la de dividir, finalmente, la sociedad en dos clases: unos pocos millonarios de un lado y, del otro, una gran masa de simples trabajadores asalariados. Esta tendencia, cuando se entrecruza y encauza continuamente con otras fuerzas, no actúa en ningún lugar con
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mayor fuerza que en América, y el resultado ha sido el surgimiento de una clase de trabajadores asalariados autóctona, los cuales constituyen, ciertamente, la aristocracia de la clase obrera asalariada en relación con los inmigrantes. Pero cada día, su solidaridad con los últimos se hace más consciente y su actual condena al trabajo asalariado perpetuo se hace sentir más agudamente, ya que ellos siempre tienen en la memoria los días ya pasados en que era relativamente fácil ascender a un escaño social más elevado.
Con arreglo a eso, el movimiento obrero en América se ha puesto en marcha con una genuina energía americana y, como del otro lado del Océano Atlántico como en Europa las cosas marchan con menos del doble de celeridad, podríamos llegar a ver cómo América toma la dirección en este sentido.

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EL MOVIMIENTO OBRERO EN AMERICA (EE.UU)


(PRÓLOGO A LA EDICIÓN NORTEAMERICANA

DE 1887)3
Han transcurrido diez meses desde que, para corresponder al deseo del traductor, escribí el "Apéndice" de este libro; y durante esos diez meses se ha llevado a cabo en la sociedad norteamericana una revolución que hubiera requerido por lo menos diez años en cualquier otro país. En febrero de 1885, la opinión pública norteamericana era casi unánime sobre este punto: que en Estados Unidos no existía clase obrera, en el sentido europeo de la palabra; que, por consecuencia, no había ninguna lucha de clases entre trabajadores y capitalistas, como la que desgarra a la sociedad europea, ni era posible en la república norteamericana; y que el socialismo era por tanto un acontecimiento de importación extranjera, incapaz de echar raíces en el país.
Sin embargo, en ese mismo momento, la lucha de clases en marcha proyectaba ante ella su sombra gigantesca en las huelgas de mineros de Pennsylvania y de otros sectores obreros, y sobre todo en la elaboración por todo el país del gran movimiento de las ocho horas que debía estallar y estalló en mayo siguiente. Y lo que muestra el "Apéndice" es que entonces aprecié exactamente esos síntomas y predije el movimiento obrero que se produjo en el marco nacional.
Pero nadie podía prever que en tan poco tiempo el
3 Publicado bajo el título "El movimiento obrero en Estados Unidos", el 10 y el 17 de junio de 1887, por el Semanario Der Sozialdemokrat en los Nos. 24 y 25.
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movimiento estallaría con una fuerza tan irresistible; que se propagara con la rapidez de un incendio en la pradera y que sacudiría a la sociedad norteamericana hasta sus cimientos.

Ahí está el hecho, patente e indiscutible. En cuanto al terror que ha embargado a las clases dirigentes de Estados Unidos, para mi gran regodeo he podido darme cuenta del mismo por los periodistas norteamericanos que me honraron con su visita la primavera pasada. Esa "nueva arrancada" las había sumido en un estado de angustia y perplejidad desesperadas. Por entonces, sin embargo, el movimiento sólo estaba todavía en sus comienzos. No había sino una serie de explosiones confusas y sin vínculo aparente, de la clase que, por la supresión de la esclavitud de los negros y el rápido desarrollo de las manufacturas, ha llegado a ser la última capa de la sociedad norteamericana. Pero no había terminado el año cuando esas convulsiones sociales desordenadas comenzaron a tomar una dirección muy definida. Los movimientos espontáneos e instintivos de esas grandes masas del pueblo trabajador en una vasta extensión de territorio, la explosión simultánea de su descontento común contra una miserable situación social por todas partes y debida a las mismas causas, todo dio a esas masas la conciencia de que ellas formaban una nueva clase y una clase distinta dentro de la sociedad norteamericana, una clase -hablando con propiedad- de asalariados más o menos hereditarios, de proletarios. Y, con verdadero instinto norteamericano, esa conciencia los condujo inmediatamente al primer paso hacia su emancipación; dicho de otro modo, a la formación de un partido político obrero con programa propio y, por finalidad, la conquista del Capitolio y de la Casa Blanca. En mayo, la lucha por la jornada de ocho horas, las perturbaciones de Chicago, Milwaukee, etc., los intentos de la clase dominante por aplastar el naciente movimiento de los trabajadores por la fuerza bruta y una brutal justicia de clase. En noviembre, el nuevo partido del trabajo ya organizado en todos los grandes centros, y las elecciones socialistas de Nueva York, de Chicago y de Milwaukee. Mayo y noviembre sólo habían recordado a la burguesía


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norteamericana el pago de los cupones de la deuda pública de Estados Unidos; pero en el futuro, mayo y noviembre le recordarán además otros cupones, los que el proletariado norteamericano le ha presentado en pago.
En los países europeos la clase obrera necesitaba años y años hasta que comprendió cabalmente que formaba una clase especial y, que bajo las circunstancias existentes, una clase permanente de la sociedad moderna. Y además necesitaba años hasta que esta conciencia de clase llevaba a unirse en un partido político especial, un partido contrario independiente y adversario que se opone a todos los viejos partidos formados por diferentes grupos de las clases dominantes. En la tierra más privilegiada de América donde no hay rezagos feudales cerrando el paso, donde la historia empieza con los elementos de la sociedad moderna burguesa, elaborados en el siglo XVII, la clase obrera ha recorrido estas dos etapas de su desarrollo en sólo 10 meses.
Sin embargo, todo esto sólo es el comienzo. Que las masas trabajadoras sienten la causa común de sus miserias e intereses, su solidaridad como clase frente a todas las otras clases, que ellos para dar expresión y eficacia a este sentimiento ponen en movimiento la maquinaria política que está disponible en cada país libre -esto siempre es el primer paso. El próximo paso consiste en encontrar el remedio común para estos padecimientos comunes y en expresarlos en el Programa del nuevo partido proletario. Y este paso -el más importante y más difícil de todo el movimiento- que aún queda por hacer en América.
Mientras no se haya elaborado tal programa, o sólo exista en forma rudimentaria, el nuevo partido no tendrá sino una existencia rudimentaria; puede existir localmente, pero no nacionalmente; podrá convertirse en un partido; todavía no lo es.
Dicho programa, cualquiera que fuere su primera forma
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inicial, debe desarrollarse en una dirección que puede determinarse
de antemano. Las causas que han cavado el abismo entre la clase trabajadora y la clase capitalista son las mismas en Estados Unidos y en Europa; los medios de llenar ese abismo son los mismos en todas partes. Consecuentemente, el programa del proletariado norteamericano deberá coincidir a la larga, en cuanto al supremo objetivo a alcanzar, con aquel que ha llegado a ser luego de 60 años de disensiones y debates el programa adoptado por la gran masa del proletariado militante de Europa. Deberá proclamar, como fin supremo, la conquista del poder político por la clase obrera, a fin de efectuar la apropiación directa de todos los medios de producción suelo, ferrocarriles, minas, máquinas, etc.-, por toda la sociedad y su realización por todos, y para beneficio de todos.
Pero si el nuevo partido norteamericano, como todos los partidos políticos de todas partes, aspira por el simple hecho de su formación a la conquista del poder político, todavía está lejos de comprender qué hacer con dicho poder una vez conquistado.
En Nueva York, y en otras grandes ciudades del este, la organización de la clase obrera se ha hecho sobre la línea de los sindicatos, que forman en cada ciudad una poderosa unión de trabajadores. En Nueva York, en noviembre último, la Unión Central de Trabajadores eligió como abanderado a Henry George y, como consecuencia, su programa electoral provisional se ha impregnado fuertemente de los principios de este último. En las grandes ciudades del noroeste, la batalla electoral se ha comprometido en un programa obrero más indeterminado todavía, en el cual la influencia de las teorías de Henry George era nula o apenas visible. Y mientras que en esos grandes centros de población e industriales el nueva movimiento de clase tenía una finalidad política, vemos desarrollarse por todo el país dos organizaciones obreras: Los
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Caballeros del Trabajo y el Partido Socialista del Trabajo, poseyendo solamente este último un programa en armonía con el moderno punto de vista europeo resumido anteriormente.
De esas tres formas más o menos definidas bajo las que se nos presenta el movimiento obrero norteamericano, la primera el movimiento que personifica Henry George en Nueva York tiene por el momento una importancia solamente local. Desde luego, Nueva York es con mucho la ciudad más importante de Estados Unidos, pero Nueva York no es París y Estados Unidos no es Francia. Y me parece que el programa de Henry George, en su contenido actual, es demasiado estrecho para servir de base a otra cosa que a un movimiento local, o, a lo sumo, para una fase muy limitada del movimiento general. Para Henry George la gran y universal causa de la división de la humanidad en ricos y pobres consiste en que la masa del pueblo es expropiada del suelo. Ahora bien, históricamente, eso no es exacto. En la antigüedad asiática y clásica, la forma de opresión de clase era la esclavitud, o sea no tanto la expropiación del suelo a las masas como la apropiación de sus personas. Cuando, en la decadencia de la república romana, los campesinos italianos libres fueron expropiados de sus tierras, ellos formaron una clase de "blancos pobres" parecida a la de los negros de los estados esclavistas del sur antes de 1861; y entre los esclavos y los blancos pobres, dos clases igualmente incapaces de emanciparse por sí mismas, el mundo antiguo se hizo pedazos. En la Edad Media, la fuente de la opresión feudal no era la expropiación del suelo, sino por el contrario la apropiación al suelo de las masas. El campesino conservaba su parcela de tierra, pero no estaba atado a la misma como siervo o villano y obligado a pagar al señor un tributo en trabajo o en productos. No fue sino en la aurora de los nuevos tiempos, hacia los finales del siglo XV, que la expropiación de los campesinos, llevada a cabo en gran escala, echó los primeros cimientos de la clase moderna de los trabajadores asalariados, que no poseen nada aparte de su fuerza de trabajo y que sólo pueden vivir mediante la venta de la misma. Pero si bien la
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expropiación del suelo dio nacimiento a esa clase, fue el desarrollo de la producción capitalista, de la moderna industria y de la agricultura en gran escala lo que la perpetuó, la acrecentó y la transformó en una clase distinta con intereses distintas y una misión histórica distinta. Todo ello ha sido plenamente expuesto por Marx (El capital, libro primero, sección VII; la llamada acumulación originaria). Según Marx, la causa del antagonismo actual de las clases y de la degradación social de la clase trabajadora, reside en su expropiación de todos los medios de producción, en los cuales se halla naturalmente incluido el suelo.
Al declarar que la monopolización del suelo es la única causa de la pobreza y de la miseria, Henry George, desde luego, halla el remedio en la reconquista del suelo por toda la sociedad. Ahora bien, los socialistas de la doctrina de Marx también exigen esa reconquista del suelo por la sociedad, pero no la limitan al suelo, la extienden a todos los medios de producción sean cuales fueren. Al margen de esto, existe otra diferencia. ¿Qué se debe hacer con el suelo? Los socialistas modernos, representados por Marx, demandan que sea conservado y trabajado en común para el beneficio común; exigen lo mismo en cuanto a los demás medios de producción social, minas, ferrocarriles, fábricas, etcétera. Henry George se conformaría con arrendarlo individualmente como se hace hoy día, regulando su distribución y vendiéndolo para servicios públicos en vez de, como en el presente, para fines privados.
Lo que demandan los socialistas implica una revolución total de todo el sistema de producción social. Lo que demanda Henry George deja intacto el presente modo de producción social y ha sido preconizado, por otra parte, hace años, por los más avanzados economistas burgueses de la escuela ricardiana,

los cuales también exigían la confiscación de la renta territorial por el estado.


Evidentemente, sería injusto suponer que Henry George ha
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dicho, de una vez por todas, su última palabra. Pero me veo obligado a interpretar su teoría tal como la encuentro.
Los Caballeros del Trabajo forman la segunda gran sección del movimiento norteamericano y esta sección parece ser la más típica del estado actual del movimiento, a la vez que es, sin duda alguna, la más fuerte de todas. El espectáculo que los Caballeros del Trabajo presentan al observador europeo es el de una inmensa asociación esparcida en una inmensa extensión de territorio en innumerables Asambleas, representando todos los matices de opinión individual y local de la clase obrera; todos los miembros reunidos bajo el techado de un programa de indeterminación correspondiente; y mantenidos juntos, mucho menos por su impracticable constitución como por el sentimiento instintivo de que el simple hecho de su unión para una aspiración común hace de ellos una gran fuerza dentro del país; una paradoja muy norteamericana que reviste las tendencias más modernas con las momerías más medievales y que oculta el espíritu más democrático e incluso más insurreccional detrás de un despotismo aparente, pero impotente en realidad. Pero si no nos dejamos arredrar por simples extravagancias externas, podemos ver ciertamente, en esa inmensa aglomeración, una suma enorme de energía latente, que se convierte lenta pero seguramente en una fuerza real. Los Caballeros del Trabajo son la primera organización nacional creada por el conjunto de la clase obrera norteamericana. Poco importa su origen y su historia, sus defectos y sus pequeños absurdos, su programa y su constitución; ellos son la obra prácticamente de toda la clase de los asalariados norteamericanos, el único vínculo nacional que los une, que les hace sentir su poderío a la vez que lo hace sentir a su enemigo y los llena de una gran esperanza en la victoria futura. No sería exacto decir que los Caballeros del Trabajo son susceptibles de desarrollo. Ellos se hallan constantemente en plena vía de desarrollo y de revolución; se trata de una masa de material plástico en fermentación en busca de la forma apropiada a su propia naturaleza. Y esa forma será alcanzada con tanta certeza
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como el hecho de que el desarrollo histórico, al igual que la evolución natural, tiene sus propias leyes inmanentes. Tiene poca importancia que los Caballeros del Trabajo conserven o no su nombre actual; pero para un espectador parece evidente que ese es el primer elemento de donde habrá de brotar el futuro del movimiento obrero norteamericano y, por consecuencia, el futuro de la sociedad norteamericana en general.
La tercera sección la constituye el Partido Socialista del Trabajo. Es un partido que sólo existe de nombre, porque en ninguna parte de Estados Unidos ha estado en posición de afirmarse como partido político. Además, hasta cierto punto resulta extranjero para Estados Unidos, ya que hasta muy recientemente estaba formado casi exclusivamente por inmigrantes alemanes, que usan su propio idioma y, en su mayoría, se hallan poco familiarizadas con el inglés. Pero si bien es de cepa extranjera, llega al propio tiempo armado de toda la experiencia adquirida en largos años de lucha de clases en Europa, y con una noción de las condiciones generales de la emancipación de la clase de los trabajadores muy superior a la que poseen los trabajadores norteamericanos. Es una fortuna para el proletariado norteamericano que de ese modo puede absorber y utilizar el conocimiento intelectual y moral de cuarenta años de lucha de sus compañeros de clase en Europa, y acelerar así su propia victoria. Porque, como he dicho, no puede haber duda alguna al respecto. El programa supremo de la clase obrera norteamericana debe ser y será fundamentalmente el mismo que ha sido aceptado actualmente por todo el proletariado militante de Europa, el mismo del Partido Socialista del Trabajo germano-norteamericano. Por tanto este partido está llamado a jugar un papel muy importante dentro del movimiento. Pero, para ello, necesitará despojarse de todo vestigio de su indumentaria extranjera. Tendrá que llegar a ser norteamericano hasta la médula. No puede pedir que los norteamericanos vayan a él: a él, minoría -y minoría inmigrada- corresponde ir a los norteamericanos, que son a la
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vez la inmensa mayoría -y mayoría autóctona. Y, a ese efecto, debe ante todo aprender el inglés.
La obra de fusión de esos diferentes elementos de la inmensa masa en movimiento -elementos que no son realmente discordantes, sino que se hallan mutuamente aislados por la diversidad de su punto de partida- tomará cierto tiempo y no se logrará sin muchos choques sobre diferentes puntos que ya son visibles. Los Caballeros del Trabajo, por ejemplo, se hallan aquí y allá, en las ciudades del este, localmente en guerra con los sindicatos. Pero ese mismo choque existe en el seno de los Caballeros del Trabajo, entre los cuales la paz y la armonía están lejos de reinar. Sin embargo, no se trata de síntomas de disolución de los cuales pudieran regocijarse los capitalistas. Son sencillamente indicios de que los innumerables ejércitos de trabajadores, por primera vez puestos en marcha en una dirección común, no han hallado hasta ahora ni una expresión adecuada a sus intereses comunes, ni la forma de organización mejor adaptada a la lucha, ni la disciplina requerida para asegurar la victoria. Todavía no son más que las primeras levas en masa4 de la gran guerra revolucionaria, reclutadas y equipadas localmente e independientes las unas de las otras tendiendo todas a la formación de un ejército común, pero todavía sin organización regular y sin plan común de campaña. Las columnas convergentes chocan aquí y allá; de ello resulta confusión, disputas violentas, incluso amenazas de conflicto. Pero la comunidad del objetivo supremo termina por superar esas dificultades; dentro de poco los batallones esparcidos y tumultuosos se formarán en una larga línea de batalla, presentando al enemigo un frente bien ordenado, silencioso bajo el fragor de sus armas, defendidos por osados tiradores y apoyados en reservas inagotables.
Para llegar a ese resultado, el primer gran paso que hay que dar en Estados Unidos es la unificación de los diversos
4 en masse: en francés en el original.
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sindicatos independientes en un solo ejército nacional del trabajo con un programa común -prescindiendo de lo provisional que sea dicho programa, salvo solamente que sea un verdadero programa de la clase trabajadora. A este efecto, y a fin de hacer el programa digno de la causa, el Partido Socialista del Trabajo puede ser de gran ayuda si obra solamente como obraron los socialistas europeos en la época en que todavía no eran más que una pequeña minoría de la clase obrera. Esta línea de acción fue expuesta por primera vez en 1847 en el Manifiesto del partido comunista en los términos siguientes:

Los comunistas -este es el nombre que entonces habíamos adoptado y que todavía hoy día estamos muy lejos de repudiar- los comunistas no forman un partido distinto, opuesto a los demás partidos obreros.

Ellos no tienen intereses separados y distintos de los intereses del conjunto del proletariado.

Ellos no proclaman principios especiales, a las cuales tendría que amoldarse el movimiento proletario.

Los comunistas sólo se distinguen de los demás partidos obreros en dos puntos: 1º en las luchas nacionales de los proletarios de diferentes países, proclaman y ponen en primer plano los intereses comunes de todo el proletariado, independientemente de toda nacionalidad; 2º en las diferentes fases de desarrollo por las cuales tiene que pasar la lucha de la clase obrera contra la clase capitalista, siempre y por todas partes representan los intereses del movimiento en su conjunto.

Prácticamente, los comunistas son, pues, el sector más avanzado y resuelto de los partidos obreros de todos los países; teóricamente, de otra parte, tienen sobre la gran masa de los proletarios la ventaja de tener una visión clara de las condiciones, de la marcha y del resultado final del


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movimiento proletario.

Los comunistas luchan por alcanzar los objetivos inmediatos, por la vindicación de los intereses presentes de la clase obrera; pero, dentro del movimiento actual, representa y defienden el porvenir del movimiento.5


Esa es la línea de acción seguida durante más de cuarenta años por el gran fundador del socialismo moderno, Carlos Marx, y por mí mismo, así como por los socialistas de todas las naciones que trabajan de común acuerdo con nosotros. Con el resultado de que nos ha conducido a la victoria en todas partes; gracias a ella es que actualmente la masa de los socialistas europeos en Alemania y en Francia, en Bélgica, Holanda y Suiza, en Dinamarca y en Suecia, en España y Portugal, en lucha como un solo y común ejército bajo una sola y misma bandera.

Londres, 26 de enero de 1887.


Federico Engels

5 El manifiesto comunista. La cita es extraída de los capítulos II y IV.
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