Federico Moccia perdona si te



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Dos


Dos meses después. Aproximadamente.

No me lo puedo creer. No me lo puedo creer. Alessandro camina por su casa. Han pasado dos meses y todavía no consigue hacerse a la idea. Elena me ha dejado. Y lo peor es que lo ha hecho sin un porqué. O al menos sin contarme ese porqué a mí. Alessandro se asoma a la ventana y mira al exterior. Estrellas, estrellas hermosísimas. Sólo estrellas en el cielo nocturno. Estrellas lejanas. Estrellas malditas que saben. Sale a la terraza. Techo de madera, celosía, en las esquinas espléndidas vasijas antiguas, lisas, lo mismo que delante de cada ventanal. Un poco más allá, largos toldos de color claro, pastel, que matizan la salida y la puesta del sol. Como una ola que rodea la casa, que se pierde lenta a la entrada de cada habitación y, una vez dentro, esa misma ola continúa incluso en los colores de la pared. Pero lo único que logra ahora todo eso es causarle más daño aún.

—¡Aaahhh! —De repente Alessandro empieza a gritar como un loco—: ¡Aaahhh!

Ha leído que desahogarse alivia.

—Eh, tú, ¿has acabado? —Un tipo está asomado a la terraza de enfrente.

Alessandro se oculta de inmediato detrás de una enorme planta de jazmín que tiene en la terraza.

—Bueno, ¿has acabado o no? Tú, guapito de cara; te estoy viendo, ¿estás jugando a policías y ladrones?

Alessandro retrocede un poco para apartarse de la luz.

—¡Te he pillado! Te he visto, te he pillado. Mira, estoy viendo una peli, así que, si te agobias, ve a dar una vuelta...

El tipo vuelve a meterse en casa y corre de golpe una gran puerta de vidrio, después baja las persianas. De nuevo el silencio. Alessandro se agacha y entra lentamente en la casa.

Abril. Estamos en abril. Y empieza negro. Y encima ese gilipollas... Me cojo un ático en el barrio de Trieste y resulta que el único gilipollas vive justo enfrente de mi casa. Suena el teléfono. Alessandro corre, atraviesa el salón y aguarda con un poco de esperanza. Un timbrazo. Dos. Se activa el contestador automático. «Ha llamado al 0680854... —y sigue—, deje su mensaje...» A lo mejor es ella. Alessandro se acerca al contestador esperanzado: «...después de la señal». Cierra los ojos.

—Ale, tesoro. Soy yo, tu madre. ¿Qué hay de ti? Ni siquiera respondes al móvil.

Alessandro se dirige a la puerta de la casa, coge la chaqueta, las llaves del coche y su Motorola. Después la cierra de golpe a sus espaldas mientras su madre continúa hablando.

—¿Y bien? ¿Por qué no vienes a cenar con nosotros la semana que viene, Elena y tú quizá? Ya te he dicho que me encantaría... Hace mucho que no nos vemos...

Pero él ya está frente al ascensor, no ha tenido tiempo de oírlo. Todavía no he logrado decirle a mi madre que Elena y yo nos hemos separado. Joder. Se abre la puerta, entra y sonríe mientras se mira al espejo. Pulsa el botón para bajar. En estos casos se precisa un poco de ironía. En breve cumpliré los treinta y siete y vuelvo a estar soltero. Qué extraño. La mayor parte de los hombres no espera otra cosa. Quedarse soltero para divertirse un poco e iniciar una nueva aventura. Ya. No sé por qué pero no consigo hacerme a la idea. Hay algo que no me cuadra. En los últimos tiempos, Elena se comportaba de un modo extraño. ¿Habría un tercero? No. Me lo hubiese dicho. Vale, no quiero pensar más. Para eso me lo he comprado. Brummm. Alessandro está en su coche nuevo. Mercedes-Benz ML 320 Cdi. Último modelo. Un todoterreno nuevo, perfecto, inmaculado, adquirido un mes atrás por culpa de la pena causada por Elena. O, mejor dicho, por el «desprecio sentimental» que sintió tras su partida. Alessandro conduce. Le asalta un recuerdo. La última vez que salió con ella. Íbamos al cine. Poco antes de entrar, a Elena le sonó el móvil y rechazó la llamada, apagó el teléfono y me sonrió. «No es nada, trabajo. No me apetece contestar...» Yo también le sonreí. Qué sonrisa tan bella tenía Elena... ¿Por qué utilizo el pasado? Elena tiene una sonrisa bella. Y al decirlo también él sonríe. O al menos lo intenta mientras toma una curva. A toda velocidad. Y otro recuerdo. El día aquel. Esto hace más daño. Tengo grabada en el corazón aquella conversación como si fuese ayer, joder. Como si fuese ayer.

Una semana después de haber encontrado aquella nota, una noche Alessandro regresa a casa antes de lo previsto. Y se la encuentra. Entonces sonríe, feliz de nuevo, emocionado, esperanzado.

—Has vuelto...

—No, sólo estoy de paso...

—¿Y ahora qué haces?

—Me voy.


—¿Cómo que te vas?

—Me voy. Es mejor así. Hazme caso, Alex.

—Pero nuestra casa, nuestras cosas, las fotos de nuestros viajes...

—Te las dejo.

—No, me refería a cómo es que no te importan.

—Me importan, ¿por qué dices que no me importan...?

—Porque te vas.

—Sí, me voy, pero me importan.

Alessandro se pone en pie, la abraza y la atrae hacia sí. Pero no intenta besarla. No, eso no, eso sería demasiado.

—Por favor, Alex... —Elena cierra los ojos, relaja la espalda, se abandona. Luego suelta un suspiro—. Por favor, Alex... déjame marchar.

—Pero ¿adónde vas?

Elena sale por la puerta. Una última mirada.

—¿Hay otro?

Elena se echa a reír, mueve la cabeza.

—Como de costumbre, no te enteras de nada, Alex... —Y cierra la puerta tras ella.

—Sólo necesitas un poco de tiempo, pero ¡quédate, joder, quédate!

Demasiado tarde. Silencio. Otra puerta se cierra pero sin hacer ruido. Y hace más daño.

—¡Tienes mi desprecio sentimental, joder! —le grita Alessandro cuando ya se ha ido. Y ni siquiera sabe lo que quiere decir esa frase. Desprecio sentimental. Bah. Lo decía tan sólo para herirla, por decir algo, por causar efecto, por buscar un significado donde no hay significado. Nada.

Otra curva. Este coche va de maravilla, nada que objetar. Alessandro pone un CD. Sube la música. No hay nada que se pueda hacer, cuando algo nos falta, debemos llenar ese vacío. Aunque cuando es el amor lo que nos falta, no hay nada que lo llene de verdad.


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