Federico Moccia perdona si te



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Tres


Misma hora, misma ciudad, sólo que más lejos.

—¡Dime qué tal me queda!

—¡Estás ridícula! ¡Pareces Charlie Chaplin!

Olly camina de un lado a otro por la alfombra de la habitación de su madre, vestida con el traje azul de su padre que le va por lo menos cinco tallas grande.

—Pero ¿qué dices? ¡Me queda mejor que a él!

—Pobre. Tu papá tan sólo tiene un poco de tripa...

—¿Un poco sólo? ¡Si parece la morsa de la película 50 primeras citas! ¡Mira estos pantalones! —Olly se los coloca en la cintura y los abre con la mano—. ¡Es como el saco de Papá Noel!

—¡Genial! ¡Entonces danos los regalos! —Y las Olas se levantan y se le echan encima, buscando por todas partes, como si de verdad esperasen encontrar algo.

—¡Me estáis haciendo cosquillas, ya basta! ¡De todos modos, como sois malas, este año sólo os toca carbón! ¡En cambio para Diletta, una barra de regaliz, ya que por lo menos se comporta...!

—¡Olly!


—Jo, ¿será posible que siempre te metas conmigo, sólo porque no hago lo mismo que tú? ¡Es que no se salva nadie!

—De hecho, ¡me llaman Exterminator!

—¡Ese chiste es muy viejo, y no es tuyo!

Sin dejar de reírse, se tumban todas en la cama.

—¿Os dais cuenta de que todo empezó aquí?

—¿A qué te refieres?

—¡A la inmensa suerte de que tengáis una amiga como yo!

—¿Eh?


—Pues que una cálida noche de hace más de dieciocho años mamá y papá decidieron que su vida necesitaba una sacudida, un soplo de energía, y entonces, ¡tate!, acabaron aquí encima echando un quiqui.

—¡Qué manera tan delicada de hablar del amor, Olly!

—¿Qué dices amor? Llámalo por su nombre, ¡sexo! ¡Sexo sano!

Diletta se abraza a un cojín que tiene al lado.

—Esta habitación es superguay y la cama supercómoda... Mira esa foto de ahí encima. Tus padres estaban muy guapos el día de su boda.

Erica coge a Niki por el cuello y finge estrangularla.

—Niki, ¿quieres tomar por legítimo esposo a Fabio, aquí no presente?

Niki le da una patada.

—¡No!

—Eh, chicas, a propósito, ¿cómo fue vuestra primera vez?



Todas se vuelven de golpe hacia Olly. Después se miran las unas a las otras. Diletta se queda súbitamente seria y silenciosa. Olly sonríe:

—¡Vaya, ni que os hubiese preguntado si alguna vez habéis matado a alguien! Está bien, ya lo pillo, empiezo yo para que así se os pase la timidez. Veamos..., Olly fue una niña precoz. Ya en la guardería, le plantó un beso en plena boca a su compañerito Ilario, más conocido por el Sebo, debido a la enorme producción de porquería que procedía de los miles de granitos que salpicaban su carita como pequeños volcanes...

—¡Qué asco, Olly!

—¿Qué quieres que te diga?, a mi me gustaba, siempre hacíamos carreras juntos en el tobogán. En la escuela le tocó el turno a Rubio...

—¿Rubio? Pero ¿tú los besas a todos?

—¿Eso es un nombre?

—¡Es un nombre, sí! Y muy bonito además. El caso es que Rubio era un chavalito muy guay. Nuestra historia duró dos meses, de pupitre a pupitre.

—Vale, Olly, está bien, pero así es muy fácil. Tú has hablado de la primera vez, no de historias de cuando éramos niñas —la interrumpe Niki mientras se sienta con las piernas cruzadas y se apoya en el cabezal de la cama.

—Tienes razón. Pero ¡os quería hacer entender cómo ciertas cosas ya se manifiestan desde que uno es pequeño! ¿Queréis oír algo fuerte? ¿Estáis listas para una historia digna del Playboy? Allá voy. Mi primera vez fue hace casi tres años.

—¡¿A los quince?!

—¡¿Estás diciendo que perdiste la virginidad a los quince años?! —Diletta la mira con la boca abierta.

—Pues sí, ¿para qué quería guardarla? ¡Ciertas cosas es mejor perderlas que encontrarlas! En fin, yo estaba allí... una tarde después del cole. Él, Paolo, me llevaba dos años. Era un chico tan guay que no podía ser más guay. Le había cogido el coche a su padre sólo para dar una vuelta conmigo.

—¡Ah, sí, Paolo! ¡No nos habías contado que lo hiciste con él la primera vez!

—¿Y con diecisiete años llevaba coche?

—Sí, sabía conducir un poco. En fin, para abreviar, el coche era un Alfa 75 color rojo fuego, hecho polvo, con asientos de piel color beige...

—¡Qué refinamiento!

—¡Oye, lo que contaba era él! Yo le gustaba un montón. Cogimos la Appia Antica y aparcamos en un lugar un poco retirado.

—En la Appia Antica con el Alfa Antico.

—¡Qué graciosilla! En fin, pasó allí y duró cantidad. Me dijo que lo hacía bien, imagínate, yo que no sabía nada... Es decir, nada de nada no, porque en vacaciones había visto algunas pelis porno con mi primo, pero de ahí a hacerlo de verdad...

—Pero en el coche es una pena, Olly... caray, era tu primera vez. ¿No te hubiera gustado tener, qué sé yo, música, la magia de la noche, una habitación llena de velas...?

—¡Sí, estilo capilla ardiente! ¡Erica, es sexo! ¡Lo haces donde lo haces, no importa dónde, importa cómo!

—Estoy alucinada. —Diletta estruja con más fuerza el cojín—. Quiero decir, yo nunca... La primera vez, ¿te das cuenta? No la olvidas en toda tu vida.

—Ya lo creo que sí, si te toca un pringado la olvidas, vaya si la olvidas... Pero ¡si te encuentras a uno como Paolo, la recuerdas para siempre! ¡Me hizo sentir estupendamente!

—¿Y después?

—Después se acabó. A los tres meses, vaya... ¿No te acuerdas? Después de él vino Lorenzo, a quien obviamente llamaban el Magnífico..., aquel de segundo E que navegaba en canoa.

—No, contigo pierdo la cuenta.

—Vale, yo ya os lo he contado. ¿Y vosotras? ¿Tú, Erica?

—¡Yo más clásica, y evidentemente con Giò!

—¿Clásica en el sentido de la postura del misionero?

—¡Olly!, no. En el sentido de que Giò reservó una habitación en la pensión Antica Roma, en el Gianicolo, pequeña pero limpia y no muy cara. ¿Te acuerdas, Niki? ¡Allí donde acabamos enviando a dormir a las dos inglesas cuando vinieron para el intercambio y tu hermano no las quiso en casa!

La puerta de la habitación se abre de repente. Entra la madre de Olly.

—Pero mamá, ¿qué haces? ¡Vete ahora mismo! ¿No ves que estamos reunidas?

—¿En mi habitación?

—Perdona, pero no estabas, y si no estás, éste es un espacio libre como otro cualquiera, ¿no?

—¿En mi cama?

—Tienes razón, pero es tan cómoda, y además me recuerda a papá y a ti, y me siento segura... —Olly pone la cara más dulce y tierna de que es capaz. Y, a decir verdad, también provocativa.

—Vale, vale... pero luego me lo dejas todo ordenado y me alisas la colcha. Y la próxima vez te montas las reuniones en el sótano, como hacían los carbonarios. Adiós, chicas. —Y se va un poco molesta.

—Vale, estabas hablando de la Antica Roma. ¡Ahora ya sé por qué me la propusiste diciendo que era agradable! ¡La habías probado personalmente!

—¡Pues claro! El caso es que nos fuimos allí a eso de las cinco de la tarde, y él lo había preparado todo a la perfección.

—¿Y no tienes que ser mayor de edad para alquilar una habitación?

—Bueno, no lo sé. Él jugaba al fútbol con el hijo de la dueña, que es quien le hizo el favor.

—¡Ah!


—Fue maravilloso. Al principio tenía un poco de miedo, como Giò, porque también era su primera vez, y nos movíamos con un poco de torpeza. Pero al final todo fue muy natural... Dormimos allí, ni siquiera nos cogió hambre a la hora de cenar. Fue aquella vez que dije que me quedaba en tu casa por la asamblea, ¿te acuerdas, Olly? Al día siguiente por la mañana nos tomamos un superdesayuno y a la una volví a casa. Mis padres no sospecharon nada. Me sentía muy bien. Después te sientes ligera, y también un poco más mayor y te parece que a él ya no vas a poder dejarlo...

—Sí, sí, ya no quieres dejarlo... —se burla Olly, y Diletta le da una patada—. ¡Ayyy! Pero ¿qué he dicho ahora?

—Siempre con los dobles sentidos.

—Pero ¿qué dices? ¡Yo siempre voy en sentido único, que lo sepas! ¿Y tú, Niki? Con Fabio, ¿no? ¿A ritmo de rap?

—Bueno, sí... con él y con el rap, en efecto. En su casa, porque su familia se había ido de vacaciones. Hace diez meses, un sábado por la noche, después de un concierto suyo en un local del centro. Estaba muy excitado porque todo le había salido bien esa noche y porque estaba yo. También él lo tenía todo preparado para mí..., el salón iluminado con luces cálidas y tenues. Dos copas de champán. Nunca lo había probado..., buenísimo. Sus últimas composiciones de música de fondo. Para él no era la primera vez, y eso se notaba. Se movía con seguridad, pero me hizo sentir cómoda, protegida. Me dijo que era como una guitarra maravillosa, que no necesitaba ser afinada, de una armonía perfecta...

Olly la mira.

—¡Qué suerte! ¡La afortunada de siempre!

—¡Sí, pero mira cómo acabó!

—¡Y eso qué importa, la primera vez no te la quita nadie!

De repente se hace el silencio. Diletta estruja con más fuerza el cojín. Las Olas la observan, pero sin prestarle demasiada atención. Indecisas y divididas entre bromear o ponerse serias. Es ella quien las saca de dudas.

—Yo no. Yo nunca lo he hecho. Espero a la persona que me haga sentir a tres metros sobre el cielo, como aquel de la novela. O cuatro. O incluso cinco. O seis metros. No me apetece que sea al azar ni que después nos separemos.

—Y eso, ¿qué importa? No puedes saber lo que pasará después... Lo que importa es amarse y basta, ¿no? Sin hipotecar el futuro.

—¡Qué bien te ha quedado eso, Erica!

—Perdona, pero es verdad. ¡Diletta tiene que lanzarse, no sabe lo que se pierde, y no en el sentido en que lo entiende Olly!

—¡No, no, también en ése!

—Diletta, tienes que lanzarte. ¿No sabes cuántos chicos se derriten por tus huesos? ¡Un montón!

—¡Un río!

—¡Un equipo de rugby!

—¡Una marea que te permitirá mantenerte en sintonía con nosotras, las Olas!

—A mí me bastaría con uno solo, pero el adecuado para mí...

—¡Yo tengo el adecuado para ti!

—¿Quién?


—¡Un estupendo cucurucho de helado de coco! ¡Adelante, Olas!

—Se me ha ocurrido una idea mejor... Ninguna de vosotras lo ha probado todavía.

—¡¿El qué?!

—No es lo que pensáis... Gran novedad... ¡Seguidme!

Olly salta de la cama y sale de la habitación. Niki, Erica y Diletta la miran y mueven la cabeza. Después la siguen, dejando la colcha llena de arrugas, como es natural.


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