Feminismo y transición a la democracia: La rebelión de las mujeres Mª Ángeles Larumbe Universidad de Zaragoza introduccióN



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FEMINISMO Y TRANSICIÓN A LA DEMOCRACIA:

La rebelión de las mujeres

Mª Ángeles Larumbe

Universidad de Zaragoza

INTRODUCCIÓN

Una de las grandes transformaciones que debe apuntarse en el haber del siglo XX es el enorme cambio experimentado por la mujer en el mundo. Reconocer el sentido de ese cambio es un tópico reiterado y hablar de la centuria pasada como el siglo de la mujer se ha convertido en un lugar común, pero esta realidad, que hoy parece evidente, hace tan solo treinta años resultaba para muchos impensable, sobre todo en España, atenazada por una dictadura que pretendió, hasta el último momento, reducir a la mujer a ser madre y esposa fiel.

Esta pretensión fue puesta en cuestión por un movimiento feminista que, a pesar del retraso con el que surgía si lo comparamos con sus homólogos europeo y americano y de las circunstancias políticas que se vivían, supo enfrentarse a ese horizonte monolítico que el régimen del general Franco había dibujado para las españolas.

Su gestación durante el tardofranquismo1 y su emergencia durante los años de la Transición, así como su diversidad y pluralidad organizativa, su extensión y presencia en toda la geografía del país, su amplia agenda reivindicativa colocan al movimiento feminista español en el centro de los estudios que se quieran hacer sobre ese periodo.

En este capítulo, nos acercaremos a este rico y dispar movimiento apuntando los temas que mayor interés y preocupación despertaron en las feministas; abordando las jornadas que organizaron, donde a pesar de las diferencias de enfoque en algunas cuestiones, la voz del feminismo fue una e imparable; y recogiendo la inestimable producción teórica, fruto de encendidos debates. Todo ello nos servirá para tener una idea más clara de su singular protagonismo- muchas veces silenciado- para la consecución de importantes logros en pro de la igualdad y de la emancipación de las españolas; Estos logros dieron pie a una nueva cultura que ha permitido que hoy su consideración esté muy alejada y sea muy diferente de la que tuvieron sus madres y abuelas.

La Transición. Un período objeto de debate

El 20 de noviembre de 1975 moría el dictador Francisco Franco. Dos días después, el príncipe Juan Carlos juró sobre los Evangelios, como nuevo jefe del Estado los Principios Fundamentales del Movimiento, ante el Pleno de las Cortes y del Consejo del Reino y fue proclamado rey con el nombre de Juan Carlos I. Como dijo muy acertadamente Eduardo Haro (Cit. en Romero y otros, 1989:667): “Nunca se ha sabido calificar bien si fue una proclamación, una restauración, una instauración, un juramento o una simple aplicación mecánica de la Ley de Sucesión y de la persona designada por Franco.”

Lo cierto es que este hecho inauguraba una nueva etapa, conocida ya historiográficamente como Transición, en la que se iba a dar un curioso proceso de transformación política que, hasta ese momento, no tenía parangón. Asumiendo en parte las disposiciones sucesorias del dictador en lo referente a la naturaleza y jefatura del Estado, el franquismo evolucionó hacia formas representativas, sin traumas ni sobresaltos significativos, sin violencia y bajo una moderada presión popular. A ese singular fenómeno de transformación de una dictadura en un sistema parlamentario, desde el poder mismo, sin resquebrajamientos aparentes, sin responsabilidades ni depuraciones con respecto a la etapa anterior, se le bautizó muy pronto con el nombre de Transición y fue objeto de alabanzas y señalado como ejemplo en el contexto internacional.

La Transición es un fenómeno relativamente reciente y está aún por estudiar en profundidad, lo que hace que todavía este período sea un tema de controversia abierta. Será ahí donde debemos situar la peripecia del despertar del feminismo español.

La primera aproximación a la Transición política fue la que realizó el mundo de la prensa. Victoria Prego, una popular periodista, elaboró una serie de documentales para TVE en los que se recogía la versión modélica y oficial del acontecimiento, resaltando sobre todo el papel determinante del monarca y alabando la moderación y sensatez de una oposición que supo llegar a un “consenso”2 con el antiguo régimen. El trabajo, que se centraba más en los protagonistas personales (el Rey, Suárez, Carrillo, etc...) que en los protagonistas sociales, adolecía de las carencias y limitaciones propias a este tipo de producciones, lo que no impidió que alcanzara una gran difusión proyectando una imagen muy extendida, todavía hoy, en amplios sectores de la sociedad española.

Un estudio más profundo fue acometido a la par por especialistas de las distintas disciplinas de las Ciencias Sociales. De este modo, mientras que los politólogos3 analizaban, fundamentalmente, el texto constitucional y el proceso electoral, los sociólogos4 se centraban en el análisis de la base social sobre la que se fundamentaba y daba soporte al nuevo sistema político en su evolución inicial.

Lógicamente, los historiadores,5 a pesar de la proximidad de los acontecimientos, no tardaron en acercarse a ellos. La mayoría de quienes lo analizaron consideraron la Transición como un proceso canónico e incluso modélico, digno de ser exportado, aunque en todos ellos podemos detectar un curioso olvido, que no podemos pensar como casual, sobre el compromiso feminista durante esos años.

En el año 2000 con motivo del 25 aniversario de la Transición a la democracia algunos estudiosos advirtieron la necesidad de revisar esa mirada complaciente que hasta entonces los analistas proyectaban sobre ella. Esta nueva prospección debía facilitar el conocimiento del periodo “de forma más detenida, profunda, rigurosa y coherente” pero manteniendo el “balance globalmente positivo del proceso.” Para otros, la revisión había de centrarse en recordar “al auténtico protagonista colectivo de la transición, el pueblo español”. Pero una tercera y nueva mirada, una visión alternativa a las anteriores, era la de aquellos (Morán, 1991)6 que consideraban que la Transición estuvo dirigida en todo momento por lo más dinámico del propio aparato franquista, especialmente interesado en un cambio controlado, que entendían que las posturas de los partidos de izquierda y de los sindicatos de clase fueron en aquel momento hasta cierto punto entreguistas, facilitando así una solución conservadora y que todo el cambio se produjo en medio de un elevado grado de pasividad y temor de una sociedad que, iniciada en el consumo, apostaba más por la estabilidad, aunque fuera autoritaria, que por cualquier tipo de ruptura abierta con la herencia franquista.

Hoy, los que sostienen estas posturas críticas sobre la Transición las argumentan principalmente, en función de tres razones: La aceptación de las disposiciones sucesorias respecto al modelo de Estado (monarquía); el insuficiente grado de ruptura respecto a las instituciones franquistas; y el olvido del pasado dictatorial, que permitió durante años que los gestores del franquismo fueran los mismos que los gestores de la democracia.

Pero, si bien es cierto que todo el proceso se condujo desde el poder y se llevó a cabo con la anuencia expectante de la mayor parte de la sociedad española, lo es, también, que la acción de algunas minorías si no salvan, al menos, aporta algo de dignidad a aquellos años. Una de esas minorías sociales fue la feminista. Su papel por ser radical y rupturista y por centrarse en la mujer ha querido ser olvidado en una buena parte de los estudios que se han realizado, a excepción de algunas obras de reciente aparición.7

Por ello, en un momento como el actual, en el que hay un especial interés por comprender los procesos de cambio promovidos por diversos movimientos sociales, el estudio del feminismo en esta coyuntura resulta especialmente interesante, ya que no sólo puso en cuestión aspectos que afectaban exclusivamente a las mujeres sino que, a partir de ellos, cuestionó buena parte de los valores dominantes. Gracias a su lucha, convicción y tesón, las españolas lograron que se materializaran una serie de reivindicaciones que son, sin duda, uno de los saldos más positivos de la Transición.



MUJERES EN GRIS: las españolas bajo el franquismo

El 1 de abril de 1939 el ejército franquista con el apoyo de las potencias nazi-fascistas proclamaba propagandísticamente su victoria sobre el ejército republicano cuyos restos buscaban refugio a la desbandada a través de la frontera pirenaica. Se ponía así fin a una contienda civil que se había prolongado durante tres años causando más de 700.000 víctimas y se abría uno de los períodos más negros de la historia de España, que iba a afectar de modo particular a la mujer.

En medio de la represión más brutal, uno de los primeros pasos que la dictadura dio fue derogar las leyes republicanas y dictar toda una serie de medidas legislativas, buena parte de las cuales tenían como finalidad última imponer un modelo de mujer definido por la subordinación al varón, limitado al ámbito doméstico y anclado en el ensalzamiento de los papeles de esposa y madre. Esta realidad, pese a las superficiales modificaciones que con el paso de los años sufrieron algunas leyes, permaneció inalterable y mantuvo su carácter discriminatorio incluso más allá de la muerte del dictador.

Las organizaciones de mujeres que habían florecido en la etapa republicana (1931-1939) y que habían alcanzado derechos fundamentales, como el de sufragio, divorcio y aborto, quedaron reducidas a la mínima expresión, con la excepción de aquellas adeptas al régimen como la rama femenina de Acción Católica y la omnipresente Sección Femenina,8 ligada por decreto al Movimiento Nacional,9 que desde diciembre de 1939 monopolizó el discurso oficial sobre la mujer durante cuatro décadas, haciendo oír su voz como si fuera la de todas las mujeres del Estado español.

Durante estos primeros años del franquismo, la mujer se vio sumida en el marasmo de un país destrozado por la guerra y, tras la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial, aislado en el plano internacional. Con una economía autárquica, que casi era de subsistencia, la inmensa mayoría de las mujeres, reducidas a amas de casa, debía enfrentarse en el día a día al racionamiento de los bienes de consumo básicos y, en muchos casos, padecer las represalias del vencedor. Fueron miles las fusiladas o encarceladas por sus ideas, otras, sufrieron la humillación de que se les rapara la cabeza y el aislamiento social en comunidades dominadas todavía por una mentalidad agraria. Especialmente maltratadas fueron las que habían prestado servicios como maestras bajo la República, afectas a los ideales democráticos, quedaron excluidas de sus plazas y se les prohibió ejercer el magisterio con el enorme impacto social y cultural que eso produjo.

Superada la autarquía, gracias al apoyo prestado al régimen por los EE UU a partir de 1953, la economía española conoció un inusitado desarrollo, beneficiario de la bonanza económica que vivió el continente europeo después de la Segunda Guerra Mundial. De 1963 a 1970, España fue el segundo país del mundo en incremento de sus índices de producción industrial.

Este crecimiento fue acompañado de una transformación de la estructura económica y supuso que cuatro millones de personas abandonaran el campo para emigrar a las grandes ciudades que experimentaron, por esta razón, un crecimiento acelerado sin parangón en Europa (Salcedo y Miguel, 1972:61-67). El sentido de este cambio marcó definitivamente a la sociedad española, que entró de lleno en la modernidad, rompiendo con los valores y costumbres de una sociedad agraria.

Los sesenta fueron los años de la juventud y de la preocupación por la adolescencia. La música pop, el cine y la televisión, a pesar de las cortapisas de la censura, desempeñaron un papel determinante en una nueva sensibilización por lo moderno y por lo foráneo. El cine fue, en ese momento, un auténtico vehículo cultural que concitó la atención de importantes capas de la población. La TV, aunque controlada por el Estado, también contribuyó a homogeneizar una imagen de esas nuevas realidades en toda la geografía del país. Y fue en el mundo de la moda, con el enorme impacto de la minifalda o del uso del pantalón, o el del bikini donde detectamos los primeros conatos de rebeldía de una joven generación de mujeres que quieren imitar a las que ven en las pantallas.

Aunque estas manifestaciones, a pesar de la enorme importancia que tuvieron en el campo de las costumbres, no resultaron otra cosa que meros cambios superficiales. Una trascendencia mucho mayor tuvieron otros temas como la píldora anticonceptiva, que terminó por vencer la resistencia del catolicismo imperante, aunque fuera necesario sortear la legalidad vigente y superar los prejuicios iniciales con los que fue acogido el anovulatorio. Las españolas en 1968 consumían ya medio millón de pastillas a pesar de “ser pecado” y de requerir para su compra de receta médica.

El balance de la llamada década “prodigiosa,” incluso, para la sociedad española, fue netamente favorable al cambio frente a la tradición, beneficiándose con ello la mujer, aunque de modo colateral. Para dimensionar correctamente la ingente tarea a la que hubieron de enfrentarse las feministas durante la Transición a la democracia, resulta imprescindible conocer cuál era la situación de las españolas durante el tardofranquismo tanto en el proceso productivo, como en el hogar, así como su proyección social.

Sin lugar a dudas, el lugar que las mujeres ocupan en el proceso productivo, en cualquier sistema social, resulta determinante y en el caso que estamos abordando, es uno de los factores clave para poder explicarnos su dependencia y marginación.

En la etapa desarrollista, el régimen dictatorial, consciente de la necesidad de incrementar la población laboral, que compensara la hemorragia migratoria que a la par se estaba produciendo hacia países europeos, encontró en ellas la solución más barata para este fin. Sin embargo, el desfase social que vivía el país seguía estrangulando el desarrollo del mercado laboral femenino. La oferta quedaba limitada en muchos casos por los prejuicios del varón que prefería ejercer el “pluriempleo” antes que consentir que la esposa o la hija ingresaran en el mundo del trabajo asalariado. Por otra parte, la demanda se enfrentaba a los reparos de un empresariado reticente a la contratación de esta mano de obra en función de su “naturaleza” y de la valoración que de ella se hacía en una sociedad acusadamente patriarcal.

Su escasa presencia en el mundo laboral, incluso de aquellas que poseían una titulación que les capacitaba profesionalmente, sólo se explica por razones psicosociales, propias de una sociedad que consideraba a la esposa o hija que no trabajaba como muestra inequívoca de la buena situación familiar, y de la capacidad del varón (“cabeza de familia”) para garantizarla en exclusiva. De este modo, al mismo tiempo, se reforzaba y se proyectaba socialmente su carácter protector y su virilidad.

No obstante, la agricultura, el sector textil y los servicios terminaron por acoger, de modo mayoritario, a la masa trabajadora femenina. Eran ramas de la actividad donde el trabajo eventual o temporal estaba más extendido, la precariedad era mayor y los salarios más bajos.10

Pero el papel fundamental que se le asignaba todavía a finales de los sesenta a las españolas era el reproductor. Y la reproducción solo se concebía en el marco del matrimonio. Matrimonio/Reproducción era el binomio que marcaba la vida de las mujeres, sometidas por ley al varón. La figura legal de la licencia marital11 concedía en el matrimonio la autoridad al marido frente a la mujer, privándole de sus derechos. Esta situación no se modificó con el paso de los años y, todavía, en los inicios de la década de los setenta, las españolas seguían estando totalmente condicionadas por la vigencia de esta figura legal.

El limitado horizonte en el que su vida se desarrollaba y la falta de expectativas, más allá de las estrictamente familiares, junto a la minusvaloración de la actividad que desempeñaba eran un caldo de cultivo ideal para la aparición de determinadas patologías cuyo denominador común era el aburrimiento, la insatisfacción y la frustración. Castilla del Pino, psiquiatra de reconocido prestigio, publicó en 1971 una obra titulada Cuatro ensayos sobre la mujer que tuvo una enorme resonancia y cuyo análisis era coincidente con los resultados que el Informe FOESSA12 (1970) recogía. Ambos estudios reflejaban ese sentir generalizado en las mujeres, amas de casa, y ponían de manifiesto el daño emocional y el desequilibrio psicológico que comportaba para muchas cumplir ese papel, sentenciado por la ley y asumido por la sociedad, limitado a la reproducción y al cumplimiento de los deberes de esposa y madre.

Sobre estas premisas, su posición social y su proyección en la vida pública se caracterizaban por la dependencia y la marginación. En general, se consideraba que la mujer era poco fiable para el desempeño de funciones que no fueran las que tradicionalmente se le habían asignado, incluso teniendo los estudios y la preparación adecuados para poder ejercerlas. Relegarla a este segundo plano supuso uno de los derroches de capital humano más fabulosos y más injustificados.

El monopolio por parte de los varones de los cargos directivos o de las responsabilidades administrativas y políticas era prácticamente total, a lo que se debía añadir la prohibición expresa para el ejercicio de determinadas profesiones. No podemos encontrar por esas fechas en España ni una sola embajadora, magistrada o ministra, directora de banco o de periódico. Ni siquiera en Instituciones como la Academia de la Lengua había una mujer, a pesar del tradicional y valorado aporte de la literatura femenina al castellano. Una decana de Facultad, una Directora General en un Ministerio y una Alcaldesa eran las únicas con puestos a un determinado nivel de responsabilidad en la España de 1970.

Este sometimiento material en lo económico, legal y social quedaba completado en la esfera de las mentalidades por una cultura popular al servicio de los valores más conservadores y tradicionales. En la “educación sentimental” de las mujeres de esta época desempeñaron un papel destacado la literatura de kiosko y la radio que, a lo largo de los años cincuenta, se convirtieron en un auténtico medio de comunicación de masas. La novela rosa, el serial radiofónico y los consultorios sentimentales contribuyeron de modo poderoso, y más hábil que las organizaciones del régimen franquista, a configurar un carácter débil y dependiente en toda una generación de jóvenes. El serial radiofónico llegaba a toda la población femenina cubriendo el espectro del analfabetismo, muy importante todavía por aquellas fechas. (En torno a un 13% en 1970). El impacto de algunos seriales se prolongó hasta la década de los setenta cuando, con gran asombro por parte de sociólogos y psicólogos sociales, se vivió el fenómeno comunicacional de Simplemente María, un folletín que, a desprecio de los cambios que comenzaba a experimentar la sociedad, mantuvo en vilo a buena parte del país, captando la atención de 2.000.000 de oyentes, cuando los informativos los escuchaban solamente 100.000 personas, siendo retransmitido simultáneamente por cuarenta y una emisoras.13 El estereotipo que se transmitía era perfectamente acorde con el modelo de mujer que la dictadura deseaba: más emocional que inteligente, pasiva, dependiente, insegura, afectivamente inestable (Díez Borque, 1972).

Sin embargo, dentro de ese panorama una minoría de mujeres fue capaz de movilizarse e impulsar el cambio, y es que, el feminismo, visto desde la Sociología, es uno de esos “nuevos” movimientos sociales que surgen en la década de los años setenta, en tanto que desde la Psicología Social puede considerarse como un ejemplo de “minoría activa.”



Minoría activa es un concepto acuñado por la Psicología Social y teorizado, inicialmente, por el investigador Serge Moscovici14 que se dedicaba a estudiar los fenómenos de influencia social.

Tradicionalmente, se había venido considerando que la influencia la ejercían las mayorías sobre las minorías imponiendo los valores dominantes y considerando a aquellos que no se plegaban como desviados sociales. Sin embargo, Moscovici15, con una atenta y nueva mirada sobre la realidad que le tocó vivir, apoyándose en la observación primero de los movimientos de protesta que jalonaron la década de los 60, analizando de modo especial los acontecimientos de mayo del 68 y realizando, más tarde sus experimentos en el laboratorio, lo que descubrió y demostró es que las minorías pueden ser influyentes y decisivas en el cambio social, llegando a arrastrar a sus postulados hasta los sectores más reacios al cambio.



Rompiendo el silencio

En el campo de la simbología social, 1975 será un año decisivo, no solo por la muerte del dictador, sino también porque Naciones Unidas había decidido que fuera el año de la mujer en el ámbito internacional. Hecho que no pudo eludir ni el régimen franquista y que decidieron aprovechar los escasos sectores del feminismo organizado que existían en aquellos momentos España y de los cuales el más representativo y con más peso era el Movimiento Democrático de Mujeres (MDM).

A partir de los años sesenta, las voces críticas sobre la situación de la mujer provinieron de los movimientos de resistencia contra la dictadura, que no pudieron sustraerse a la influencia irradiada por el feminismo americano y europeo en aquellas fechas. En ese sentido hemos de apuntar que el PCE (Partido Comunista de España) era el único partido de la oposición y en la clandestinidad, con una estructura sólida y que ejercía una cierta influencia sobre determinados sectores de la sociedad; por tanto, el único que, podríamos decir, monopolizaba la oposición al franquismo. Desde esta posición hegemónica se decidió a activar un movimiento de mujeres bajo su tutela, que fue conocido como el MDM.

Esta organización de “masas,” por adoptar la terminología utilizada en la época, se nutría de modo fundamental de las mujeres próximas a la orla de influencia del Partido Comunista: trabajadoras, amas de casa de las barriadas populares y algunos elementos procedentes de las clases medias ilustradas. Su lucha atendía más a los problemas sociales y cotidianos de los arrabales obreros que a planteamientos propiamente feministas y sobre todo perseguía la conquista de las libertades democráticas como objetivo político fundamental. No obstante, su labor junto con la de otros pequeños grupos, y algunas destacadas personalidades como la abogada Lidia Falcón o la periodista Carmen Alcalde, sirvió para abrir brecha, concretándose en ese año 1975, en la realización semiclandestina de las Ias Jornadas de Liberación de la Mujer, como una respuesta a las conmemoraciones oficiales organizadas por el régimen franquista. Este encuentro con todas sus limitaciones señalaría el arranque del feminismo de segunda generación en España16.

Este movimiento de liberación de la mujer en España guardó, como ya hemos dicho, una estrecha relación con los grupos de resistencia frente a la dictadura y con el despertar del feminismo de segunda generación en América y Europa, y estuvo marcado en sus balbuceos por la coyuntura política que se vivió durante los últimos años del franquismo y por los acontecimientos políticos que definieron el proceso de Transición hacia la democracia.

Su cronología ha sido establecida por Mª Ángeles Durán y Mª Teresa Gallego (1986) y compartida, con pequeñas variaciones, por el resto de las autoras, como Elena Grau, que han trabajado el período. En ella se dibujan tres grandes etapas, que vienen a coincidir con significados hitos de carácter político. La primera que abarcaría de 1975 a 1979, es decir, desde la muerte del dictador a la aprobación de la Constitución; la segunda que va de 1979 a 1982, abarca los sucesivos gobiernos de UCD (Unión de Centro Democrático), herederos del franquismo, hasta la victoria de los socialistas; y, por último, la de 1982 en adelante o “etapa felipista” por estar la presidencia del gobierno en manos de Felipe González. Para Grau Biosca (1993), el recorrido se ajustaría a las siguientes fechas: 1965 a 1975, gestación del movimiento en clandestinidad; de 1975 a 1979 se habría producido la eclosión y de 1979 a 1982 entraría en crisis; a partir de entonces y hasta el presente, el feminismo habría conocido un doble proceso de difuminación e institucionalización.

Como ya hemos apuntado, las Jornadas de Liberación de la Mujer de 1975 fueron el punto de partida, pero el hito que señala su visualización ante la sociedad española del período fue la celebración en Barcelona de Las Jornades Catalanes de la Dona en mayo de 1976, que junto con Las IIas Jornadas Estatales de la Mujer, celebradas en 1979 en la ciudad de Granada, son los tres grandes encuentros del feminismo en esos convulsos años. Estas tres grandes reuniones, Madrid, Barcelona y Granada fueron claves, para conferir al Movimiento carta de naturaleza proyectándolo como fuerza social autónoma no sólo ante la dictadura, sino también, ante las fuerzas de la oposición democrática y de la sociedad en su conjunto.

Los planteamientos que se esgrimieron en estos encuentros, las posturas que se manifestaron, la publicitación que les confirieron los medios de comunicación, sirvieron para proyectar la lucha de las mujer en un amplio espectro de la población, algo fundamental en esos momentos de emergencia social. Así mismo, podemos considerar a las Jornadas de Liberación de la Mujer de Madrid y las Jornades Catalanes de la Dona como decisivas en la expansión del movimiento feminista, al tiempo que sirvieron para que los múltiples grupos existentes fomentaran su coordinación y fueron auténticos foros de debate y reflexión. Mientras que las jornadas de Granada ofrecieron nuevos enfoques en el análisis feminista, señalando ya una nueva etapa para el movimiento.


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