Finitud y culpabilidad



Descargar 1.89 Mb.
Página26/48
Fecha de conversión29.04.2018
Tamaño1.89 Mb.
1   ...   22   23   24   25   26   27   28   29   ...   48
Ritualización, sedimentación, separación de la conciencia escrupulosa; y, sin embargo, estos rasgos no bastan a convertir al escrúpulo en un monstruo. Y es que estas extremosidades son la contra-partida de la profundidad del escrúpulo. No cabe duda de que el escrúpulo es la punta de lanza y la cabeza de puente de la experiencia culpable, la recapitulación de la mancha, del pecado y de la culpabilidad en la conciencia delicada; pero precisamente en ese punto de penetración es donde amenaza zozobrar toda esta experiencia.
Podemos ver la contraprueba del análisis que acabo de hacer en la descripción del fracaso específico de la conciencia escrupulosa. Este fracaso se llama “hipocresía”. La hipocresía es como la mueca del escrúpulo. Son conocidas las invectivas que ponen los Evangelios Sinópticos en labios de Jesús, sobre todo el de Mateo, que es el más antifariseo de los tres (cap. 23): “Desdichados de vosotros, escrivas y fariseos hipócritas” 23. No es posible comprender a los fariseos comenzando por esta invectiva; pero es posible comprender ésta y llegar a ella a partir de lo que constituye la misma grandeza del fariseísmo según lo expuesto anteriormente. En efecto, se puede llegar a ese estado por una especie de génesis ideal de la “hipocresía” a partir del “escrúpulo”: el escrúpulo vira hacia la “hipocresía” desde el momento en que la conciencia escrupulosa deja de mantenerse en movimiento.
23 Acusaciones parecidas se cruzaban entre los discípulos de Hillel y los de Shammai (L. FINKELSTEIN, op. cit., I, p. 98).
Efectivamente, lo único que puede justificar su heteronomía es e: hecho de que se la lleve hasta el fin; su proceso juricista deja de existir en cuanto la casuística deja de conquistar nuevos terrenos; su ritualización termina en cuanto se cuartea la meticulosidad, y su sedimentación, en cuanto cesa la interpretación viva; en fin, su misma separación se hace insoportable en cuanto languidece su celo misionero. Precisamente porque la conciencia escrupulosa vive del pasado, por eso está condenada al movimiento continuo; en el momento en que deja de practicar, de añadir y de conquistar, empieza a descubrir uno a uno todos los estigmas de la hipocresía: en esa situación precisamente por su revelación está concluida y cerrada, precisamente su heteronomía es de pura fachada; en ella sólo queda -la grandilocuencia de las palabras, sin la solidez de los hechos: “Porque hablan y no hacen.” Cuando uno deja de interpretar la ley, ésta deja de constituir las delicias de su estudio para convertirse en yugo pesado: “Atan fardos pesados y los cargan sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no se molestan en mover un dedo por levantarlos.” La autoridad del maestro eclipsa las relaciones vivas entre Dios y el hombre; las minucias de la observancia oscurecen los grandes valores de la vida, “la justicia, la misericordia, la lealtad”. Se sacrifica la finalidad de la ley, que es el bien del prójimo, su libertad y su dicha, en aras de las minucias de la observancia. Los méritos, por los que la conciencia vale lo que vale, se convierten en ventajas y en efectivos, de los que ella se prevale. En fin, la exterioridad se desgaja de la interioridad, y el celo de la praxis encubre la muerte del corazón: “Rebosante de cuerpos de muertos y de toda clase de impurezas.” Entonces la heteronomía consecuente y consentida se convierte en alienación.
Aquí es donde queda patente el dilema: ¿habrá que decir que esta génesis ideal de la hipocresía no nos revela nada esencial sobre la estructura del escrúpulo y que la pintura del falso fariseo no tiene nada que ver con la del fariseo genuino y auténtico? ¿O habrá que decir, por el contrario, que el régimen espiritual de la ley no llega a conocer sus propios fondos abismales hasta que se los revela el fracaso específico del escrúpulo, y que esa distinción entre fariseo de pura ley y el de mala ley tiene poca importancia ante la crítica radical de la ley y de “la justicia que se alcanza por la ley”?
En el primer caso enfocamos la cosa desde el punto de vista de Hillel; en el segundo, desde el punto de vista de San Pablo.
4. EL ATOLLADERO DE LA CULPABILIDAD
Era preciso realzar hasta el máximum la gloria del fariseísmo para que se manifestara a plena_ luz la convulsión de los pros y las contras que produjo en la conciencia de la culpa la experiencia ejemplar de San Pablo, reproducida más tarde por San Agustín y Lutero. Enfrentémonos sin más preámbulos con esta acusación de la acusación. Para ello bastará releer todo el análisis anterior a la luz de este último episodio, que puede resumirse en aquel epígrafe paulino: “La maldición de la ley” (Gál., 3, 13).
Podríamos estilizar o esquematizar de la manera siguiente el itinerario paulino 24, tal como quedó trazado en la epístola a los Gálatas, capítulos 3 y 4, y, sobre todo, en la de los Romanos, 7, 1, 13. En el punto de partida tenemos la experiencia de la impotencia del hombre para cumplir satisfactoriamente con la totalidad de las exigencias de la Ley: la ley no sirve para nada, a menos que se la observe en toda su integridad; ahora bien, siempre fallaremos en algo o nos faltará algo, pues la perfección es cosa infinita y los mandamientos no tienen número. Se sigue, pues, que el hombre no se justifica por la Ley; únicamente se justificaría si pudiese cumplirla en toda su integridad: “Todos los que recurren a la Ley y se amparan en su observancia incurren en maldición. Efectivamente, está escrito: malditos sean todos los que no se aplican a cumplir todos los preceptos escritos en el libro de la Ley.”
24 R. BULTMANN, Theologie des N. T., Tubinga, I, 1948, segunda parte: “La teología de San Pablo.” Karl BARTH, Der Römerbrief, Berna, 1919. LAGRANGE, Saint Paul, Épître aux Romains, París, tercera edición, 1922. PRAT, La Théologie de Saint Paul, París, 1943.
Aquí es donde comienza el infierno de la culpabilidad: no es ya tan sólo el hecho de que la escalada de la justicia es interminable; es que además la misma ley transforma cada paso hacia la cumbre en nueva distancia. El gran descubrimiento que hizo San Pablo fue el de que la misma Ley es un manantial de pecado: fue como un codicilo que “se añadió con miras a la transgresión”; lejos de comunicarnos la vida, lo único que puede hacer es “darnos la conciencia del pecado”. Más aún, la Ley llega a engendrar el pecado. ¿Cómo?
Ya San Pablo desmontó el resorte de esta máquina infernal mucho antes que Nietzsche, quien, sin embargo, se creía haber asestado un golpe mortal al primer “teólogo”. Pablo hace comparecer a la Ley y al Pecado, como dos personajes fantásticos, para revelarnos su fatal círculo vicioso: entrando en ese círculo por el lado de la Ley, escribe: “La Ley hizo su aparición para multiplicar las culpas...”; al presentarse el precepto, “infundió vida al pecado”, y así “me condujo a la muerte”. Pero esta primera lectura no es más que el revés de la otra, que es la verdadera: según ésta, el pecado “aprovecha la ocasión” para aguzar su arpón en la piedra de la Ley y convertirse en concupiscencia: “Se sirvió de la Ley para seducirme y matarme.” De esta manera la Ley tiene por misión declarar, manifestar, denunciar el pecado: “Para que se hiciese patente su carácter pecaminoso, el pecado se sirvió de una cosa buena -como es la Ley- para infligirme la muerte; es decir, que el pecado desarrolló toda su potencia pecaminosa utilizando la palanca del precepto.”
A la luz de este círculo que forma el pecado consigo mismo y con la Ley planteó Pablo en toda su amplitud y en la forma más tajante el problema del precepto -entolé- y de la Ley -nómos-, en cuanto tales. Efectivamente, esta dialéctica transporta la Ley más allá de la oposición entre la conducta ética y la conducta ritual cultual, más allá de la oposición entre la ley judía y la ley de los paganos, que éstos llevan grabada en sus corazones, y, finalmente, más allá de la oposición entre la buena voluntad del judío y la “sabiduría” o “conocimiento” del griego.
La problemática del precepto se planteó por encima y al margen de todas las dicotomías, y esa problemática consiste en esto: ¿cómo es posible que la Ley, siendo como es buena en sí y reconociéndola además por buena el “hombre interior” en su “inteligencia”, la cual “se regocija en ella”, cómo es posible, digo, que esa misma Ley, destinada a proporcionarnos la vida, haya degenerado en “ministerio de la condenación” y en “ministerio de la muerte”?
Al elaborar la respuesta a esta cuestión radical nos descubre San Pablo una nueva dimensión del pecado, una cualidad particular del mal, que no es ya la “transgresión” de un mandamiento determinado, ni siquiera verdadera transgresión, sino la voluntad de salvarse cumpliendo la Ley: es lo que Pablo llama “la justicia de la Ley” o la “justicia que procede de la Ley”. Así, el mismo pecado queda transportado más allá de la oposición entre la concupiscencia y el celo por la Ley. Pablo denomina esta voluntad de propia justicia “gloriarse en la Ley”. Con esta expresión no quiere significar una jactancia barata, sino la pretensión de vivir a base de una legislación que teóricamente estaba destinada a proporcionarnos la vida, pero que de hecho está condenada a infligirnos la muerte. Esta pretensión hace que en adelante lo mismo la moralidad que la inmoralidad queden englobadas en la misma categoría existencial llamada “carne” -ya volveremos a ocuparnos de esta palabra más adelante-, “deseos de la carne”, “afán”, “temor”, “tristeza del mundo”. Todos estos términos expresan lo contrario de la libertad: la esclavitud y la servidumbre a los “elementos sin fuerza ni valor”.
Finalmente, esta doble abstracción de la Ley y de la carne nos descubre un sentido nuevo y radical de la misma muerte. San Pablo heredó la tesis hebrea de que el pecado se castiga con la muerte; pero al trasluz de esta interpretación penal y, por lo mismo, intrínseca de la muerte, distingue un ministerio de la muerte que responde exactamente al de la Ley: la muerte es el salario que paga la Ley al que falta a ella, cuando en ella precisamente busca la vida. La muerte es el “fruto”, la “cosecha” de ese régimen de vida que hemos designado con los nombres de pecado, gloria, justificación por la Ley, carne: “Vivir con arreglo a la carne” es muerte, así como inversamente “matar las obras del cuerpo” es “vida” (Romanos, 8, 13). Por eso, al ampararse bajo la Ley, toda la existencia se convierte globalmente en “cuerpo de muerte” (7, 24): “Por eso, cuando estábamos muertos en la carne, las pasiones pecaminosas que se aprovechan de la Ley actuaban en nuestros miembros para hacernos producir frutos de muerte” (7, 5). Aquí la muerte ya no es un apéndice, una pena del pecado en sentido jurídico; es un producto que segrega el pecado según una ley orgánica de la existencia.
¿Qué sabemos sobre esa muerte? Por una parte, es una muerte que empieza por no conocerse 25; es la muerte viva de los que se creen vivos. Pero, por otro lado, es una muerte que padecemos: “Cuando se promulgó el precepto, revivió el pecado y morí yo” (Rom., 7, 9-10). ¿Qué quiere decir esto? Indudablemente, podemos con todo derecho relacionar esta muerte así sufrida con la vivencia de la división y de la lucha descritas en la perícopa de la epístola a los Romanos (7, 14-19), donde se sigue la dialéctica del pecado y de la Ley que expuse arriba. La muerte representa entonces el dualismo nacido del espíritu y de la carne.
25 Tal vez haya que decir que la misma muerte física fue «fruto» del pecado, claro está que no en su sentido de muerte biológica, sino en su aspecto de cualidad humana del morir, o modalidad específica de la muerte del hombre, como acontecimiento de la existencia en común y como angustia de la soledad; ya volveré sobre esto al hablar del mito adámico.
Este dualismo está lejos de ser una estructura ontológica originaria 26; es, sencillamente, un régimen de existencia derivado de la voluntad de vivir y justificarse por la Ley y bajo la Ley. Es un querer lo bastante lúcido como para reconocer la verdad y bondad de la Ley, pero demasiado débil para cumplirla: “El querer el bien está a mi alcance, pero no el cumplirlo, pues por una parte no hago el bien que quiero, y por otra cometo el mal que no quiero.”
26 Cfr. parte segunda, capítulo V: enfrentamiento entre el mito adámico y el mito exílico.
De rechazo y por contraste, eso que yo no quiero hacer y que, sin embargo, hago a pesar mío, se alza contra mí como una parte alienada de mí mismo. San Pablo supo expresar acertadamente a través de la misma vacilación del lenguaje esa escisión del pronombre personal: allí figura el yo que se reconoce y afirma: “Pero yo soy un ser de carne vendido al poder del pecado”; pero, al mismo tiempo de afirmarse, se desdice: “Ya no soy yo quien realiza la acción”; al desdecirse, se interioriza: “Yo me regocijo en la ley de Dios en mis vivencias como hombre interior”; pero, si no quiero incurrir en mala fe, tengo que apropiarme los dos yo míos: el yo de mi razón y el yo de mi carne: “No cabe duda, yo mismo soy quien por mi razón sirvo a la ley de Dios y por mi carne a la ley del pecado.”
Esta escisión del yo es la clave del concepto paulino' de carne. Esta no es una parte de mí mismo, la parte corporal, la sexualidad por ejemplo, maldita en su mismo origen: la carne es el yo alienado de sí mismo, en oposición al mismo yo, y proyectado hacia el exterior: “Ahora bien, al hacer lo que no quiero es que no soy yo quien realiza la acción, sino el pecado instalado en mí.” Esta impotencia del yo, reflejada de esa manera en “la potencia del pecado que anida en mis miembros”, eso es la carne, cuyos deseos están en pugna con los deseos del espíritu. Aquí verá el lector por qué no podíamos partir de la carne como si ésta constituyese la raíz del mal, sino que debíamos llegar a ella como a la flor del mal.
Este es, trazado esquemáticamente, el itinerario paulino. Con esta experiencia hemos llegado al límite extremo de todo el ciclo de la culpabilidad. De dicha experiencia limite sólo cabe decir dos cosas: por una parte, que nos hace comprender todo lo que la precede en la medida que ella misma desborda toda la historia de la culpa, y por otra parte, que no se comprende sino en cuanto algo ya pasado.
Vamos a analizar sucesivamente estas dos facetas de la cuestión. La “maldición de la ley” nos revela el sentido de todo el proceso anterior de la conciencia de culpa. Para comprender este punto, volvamos atrás, no sólo a los fariseos, sino al núcleo mismo de la noción de culpabilidad. Dije que la culpabilidad es la interioridad realizada del pecado. Con la culpabilidad nace la conciencia: aquí adquiere consistencia esa fuerza responsable que se encuentra frente a frente del llamamiento profético y de su apremio a la santidad. Pero con la aparición de la conciencia nace también el hombre-medida: con ello el realismo del pecado, que se medía por la mirada de Dios, queda absorbido en el fenomenismo de la conciencia culpable, que se constituye en medida de sí misma. Si miramos este análisis a la luz de la experiencia paulina sobre la justificación por las obras de la ley, se ve que la promoción de la culpabilidad -con su sentido agudizado de la responsabilidad individual, con su gusto por los grados y matices de la imputación y con su sensibilidad moral representa al mismo tiempo el advenimiento de la justicia propia y la maldición inherente a ella. De rechazo se reinterpreta de una manera radical la experiencia del escrúpulo: cosas que antes no se apreciaban como faltas en esa experiencia, ahora se convierten en culpas, y hasta el mismo empeño en reducir el pecado mediante la observación de la ley se transforma en pecado. Tal es el sentido auténtico de la maldición de la ley.
Esta maldición es doble: es decir, que afecta a la estructura del sistema acusador y a la de la conciencia acusada.
La misma modificación que experimenta la acusación al pasar del pecado a la culpabilidad es ya de por sí múltiple: consiste, en primer lugar, en la atomización de la ley en múltiples mandamientos.
Es éste un fenómeno muy ambiguo: de hecho estaba ya latente en la dialéctica de la acusación profética que iba apremiando al hombre sucesivamente a una perfección total e indivisible, mientras que detallaba su malicia conforme a las múltiples dimensiones de su existencia para sí y para los demás, y conforme a los múltiples momentos y facetas de su comportamiento -culto, política, matrimonio, cambio, hospitalidad, etc.-; pero bajo el mismo régimen del pecado perduró la tensión entre la exigencia radical y la prescripción diferenciada, aunque acentuándose predominantemente la exigencia radical. Luego, con la conciencia de culpabilidad se rompió el equilibrio en beneficio de la prescripción diferenciada; la radicalidad de la exigencia infinita fue dando paso a la lista sin fin de prescripciones menudas. Esa proliferación de mandamientos originó una serie de inculpaciones interminable. Podríamos denominar “infinito malo” esa lista y esa inculpación sin fin que hacen que la Ley sea “maldita”.
Al mismo tiempo que la Ley se atomiza indefinidamente, se transforma totalmente en sistema jurídico. Ya expliqué más arriba lo que tenía de esencial y no ya de accidental el simbolismo jurídico de la culpabilidad: por algo esas nociones de ley, juicio, tribunal, veredicto y sanción abrazan a la vez el dominio público de la justicia penal y el dominio privado de la conciencia moral. Pero este mismo proceso, que anteriormente consideré como una promoción, pertenece también al progreso de la “maldición de la ley”; al adquirir carácter jurídico -digamos al juridizarse- la relación de diálogo de la Alianza, que culmina en la metáfora conyugal que tanto gustaba a Oseas, se altera profundamente. Basta que desaparezca el sentido del pecado como ofensa cometida ante los ojos de Dios para que la culpabilidad fulmine sus estragos: en el límite se reduce exclusivamente a una acusación sin acusador, a un tribunal sin juez y a un veredicto sin autor.
Verse maldecido sin que haya quien le maldiga a uno: he ahí el grado supremo de la maldición, como se ve en Kafka. El simulacro de intención contenido en una condenación radicalmente anónima fija su veredicto en destino; ya no hay lugar a aquella retractación pasmosa que los judíos llamaban “el arrepentimiento de Dios”; ya no hay lugar para esa transformación de las Erinias en Euménides, tan celebrada en la tragedia griega, que no son más que el símbolo de la operación con que responde la divinidad al movimiento en que nosotros mismos pasamos de la concepción de Dios colérico a la de Dios piadoso. Convertirse uno en tribunal de sí mismo constituye claramente una alienación. Más adelante habré de explicar cómo esa alienación, que acabo de aclarar a la luz de la justificación por las obras, puede entenderse también en sentido hegeliano, marxista, nietzscheniano, freudiano y sartriano; pero en el fondo está la capa paulina haciendo de base de todas esas estratificaciones de nuestra historia ética. Posiblemente la aportación de todas las demás interpretaciones de la alienación ética es el resultado lógico de haberse olvidado su significación más radical, de la misma manera que la culpabilidad en bloque, con su misma inculpación racional y razonable, representa un progreso y un olvido con relación al pecado concebido como crisis de la Alianza.
Pero la maldición de la conciencia acusada es la réplica de la maldición de la acusación. Así, pues, podemos rehacer desde este segundo punto de vista el paso del pecado a la culpabilidad. A la confesión del pecado que afecta a la totalidad de la persona sustituye el examen detallado e indefinido de la pureza de intención; el crepúsculo, reinterpretado por la experiencia paulina de la maldición de la ley, aparece a una nueva luz: él también se transforma en la expresión de ese “infinito malo” que corresponde por parte de la conciencia al “infinito malo” del catálogo interminable de prescripciones. En el límite de este proceso vemos cómo la humilde confesión del pecador queda suplantada por la desconfianza, la suspicacia y, finalmente, por el desprecio de sí y por la ruindad.
Estas dos maldiciones no cesan de repercutir recíprocamente la una en la otra: el penitente fervoroso se empeña en la tarea infinita de cumplir cabalmente todas las prescripciones de la ley; el fracaso de este empeño desencadena el sentimiento de culpabilidad; la observancia integral a la que recurre la conciencia para disculparse aumenta la inculpación; y como la atomización de la ley tiende a desplazar la vigilancia moral, absorbiéndola en prescripciones aisladas y hasta minúsculas, la conciencia gasta sus energías en un combate cuerpo a cuerpo con cada una de ellas.
Esto supuesto, nada tiene de extraño que esta táctica concentrada en evitar culpas encuadre en sus filas las prácticas ritualizadas heredadas de la capa cultural de la mancha: el ritualismo, cuyo sentido de obediencia consideramos más arriba, revela su culpabilidad peculiar, dado que las prohibiciones precisas de tipo cultual-ritual proponen una satisfacción finita y tangible, con lo que la conciencia se lanza a una técnica de evasión para compensar el fracaso de la disculpa. Pero esa recopilación de entredichos de “pureza” bajo el estandarte de la ética, como se vio, por ejemplo, en Israel en la época del segundo Templo, degenera en un fárrago de prescripciones. La ritualización de la conducta, capaz de reemplazar a menor costo la exigencia ética indefinida, sólo sirve para ir acumulando códigos sobre códigos. Así se va formando una rapsodia complicada e inconexa de prescripciones éticas y rituales, en la que el escrúpulo cultual se moraliza al contacto de una ética refinada, pero en la que la ética se diluye en la literalidad de las prescripciones minuciosas del rito. De esta manera el escrúpulo ritual multiplica a la par las leyes y la culpabilidad.
La conciencia culpable es al mismo tiempo indefinida y cerrada. Son muchos los mitos que han expresado esa coincidencia paradójica del esfuerzo reiterado con resultados nulos: es bien conocido el gesto vano de Sísifo y el de las Danaides, que ya Platón interpretó como símbolo de la condenación sempiterna y eternamente estéril. También menciona San Pablo la existencia “encerrada bajo la custodia de la Ley”.
La conciencia culpable está cerrada en primer lugar por su condición de conciencia aislada que ha roto la comunión de los pecadores. Ahora bien, esa “separación” se efectúa en el acto mismo por el cual toma sobre sí y sólo sobre sí todo el peso del mal. En segundo término y de una manera aún más secreta, está cerrada por una oscura complacencia en su propio mal, por la que se hace verdugo de sí misma. En este sentido, la conciencia culpable no es ya tan sólo conciencia de esclavitud, sino que es, en realidad, esclava: es la conciencia sin la “promesa”.
Aquí es donde aparecen los primeros síntomas de lo que Kierkegaard llamaría el pecado de desesperación; no la desesperación inherente al mundo, que consiste exclusivamente en la nostalgia de las cosas perdidas orientada hacia el porvenir, sino la desesperación de salvarse. Ese es el pecado del pecado: no ya la transgresión, sino la voluntad desesperante y desesperada de encerrarse en el círculo del entredicho y del deseo. En este sentido, es anhelo de muerte27. El que ese anhelo de morir coincida con la buena voluntad es algo que la conciencia no podía descubrir siguiendo el orden progresivo desde la mancha hasta el pecado, y desde el pecado hasta la culpabilidad, sino únicamente remontando el curso de la “justificación por la fe” hasta la maldición de la Ley. Más adelante veremos cómo la psicología de la autoacusación, del narcisismo y del masoquismo viene a esclarecer esos procesos tan sutiles, al mismo tiempo que ella misma perdió la clave de su interpretación.
27 Este infierno de la culpabilidad, engendro de la ley y de su maldición, encuentra su símbolo supremo en la misma figura de Satanás: es cosa sabida que al Diablo se le consideró no solamente como el tentador por antonomasia, sino como el delator y acusador del hombre en el gran proceso del juicio cósmico -así como a Cristo, por el contrario, se le consideraba como Abogado, como Paráclito-. Por consiguiente, no sólo se alza el demonio por detrás de la transgresión, sino por detrás de la misma ley, en cuanto que es una ley de muerte.
1   ...   22   23   24   25   26   27   28   29   ...   48


La base de datos está protegida por derechos de autor ©bazica.org 2016
enviar mensaje

    Página principal