Focus press setmanal nº 00 11-31 de març de 2016 Presentació Focus Press



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FOCUS PRESS SETMANAL nº 00

11-31 de març de 2016
Presentació

Focus Press és una recopilació del Taller de Política d’articles publicats en els mitjans de comunicació en els seus diversos formats, amb el propòsit de trobar pistes per entendre i comprendre els esdeveniments que es van succeint.

Tindrà una periodicitat aproximadament setmanal i mai recollirà més de cinc articles. El criteri de selecció primarà els textos amb voluntat d’oferir claus interpretatives dels fets polítics, socials, econòmics i culturals més rellevants, tot intentant defugir les circumstàncies més conjunturals.

En aquest segon número zero, hem seleccionat 7 articles i una entrevista, sobrepassant el límit de cinc que ens hem fixat, en contemplar un període de gairebé tres setmanes. A partir del mes d’abril procurarem mantenir una periodicitat setmanal i no excedir-nos del límit que ens hem imposat.

En el primer article d’aquest recull, Roger Senserrich situa en una perspectiva europea de llarg termini els atempats gihadistes a Brussel·les. Gemma Pinyol es centra en l’altre gran problema europeu del moment: la crisi dels refugiats i el controvertit acord entre la Unió Europea i Turquia. Timothy Garton Ash planteja una qüestió preocupant: la capacitat de resistència dels pilars de la Unió Europea davant l’erosió provocada per la política econòmica anticrisi, l’impacte de l’allau de refugiats i l’alarma causada pel terrorisme gihadista. Oriol Bartomeus avalua les enquestes més recents en l’actual període d’interinitat política espanyola i les perspectives d’unes hipotètiques noves eleccions. Ignacio Sánchez-Cuenca disecciona la crisi interna de Podemos provocada pels dilemes estratègics i organitzatius de la formació liderada per Pablo Iglesias. Iolanda Fresnillo, amb una detallada explicació de l’actual estat de les finances de la Generalitat, ajuda entendre les claus de la rectificació que sembla haver iniciat el govern Puigdemont/Junqueras. Miguel Arias Maldonado reflexiona sobre l’antipolítica com una ombra permanent de la política. I, finalment, un document excepcional: la llarga entrevista de Jeffrey Goldberg a Barack Obama publicada per The Atlantic on exposa el sentit estratègic de les seves decisions en política exterior (la doctrina Obama).




Roger SENSERRICH, “Bruselas y el terror” a vozpópuli (23-03-16)

http://vozpopuli.com/analisis/78245-bruselas-o-el-temor

“Un atentado más, esta vez en Bruselas. Otra ciudad golpeada por la barbarie, otra vez con decenas de víctimas. De nuevo, se alzan voces hablando de una guerra sin precedentes, un conflicto entre dos formas de ver el mundo. De nuevo tenemos políticos, comentaristas y opinadores pidiendo acción. De nuevo, es el momento de buscar cierta perspectiva, y reaccionar con calma.

Lo cierto es que el terrorismo en Europa no es algo sin precedentes, y no es peor hoy de lo que ha sido otras veces. En contra de lo que algunos dicen, no estamos ante una amenaza existencial contra la civilización, cultura y democracia europeas, y desde luego, no estamos ante un enemigo que exija una respuesta militar inmediata o futura. Veamos por qué.

Empecemos con un poco de perspectiva, mirando hacia finales de los años setenta. En 1979, según datos de la Global Terrorism Database, Europa Occidental registró 1.019 ataques terroristas, o casi tres atentados al día. 223 de esos atentados tuvieron víctimas mortales; el total de muertes fue 301 personas. El peor fue el 27 de agosto, cuando el IRA asesinó 18 soldados británicos en una emboscada en Warrenpoint haciendo estallar dos bombas.

De 1973 a 1980, Europa sufrió entre 250 y 400 muertes en atentados terroristas cada año, sin excepción, con más de 10 atentados cada semana. La cifra de víctimas se mantuvo por encima de los 200 hasta 1990. El año con más víctimas fue 1988, con 440, debido a la bomba en el Pan Am 103 en Lockerbie. Entre 1995 y hoy apenas hay atentados con víctimas; el 2004, con los ataques del 11-M, es una de las contadas, horrorosas excepciones.



¿Quiénes eran los terroristas en los turbulentos años setenta y ochenta? Una combinación de terroristas islámicos (nadie se acuerda, pero la Jihad Islámica mató 18 personas en Torrejón en 1985), nacionalistas radicales (son los peores años del IRA y ETA) y una auténtica constelación de grupos ultras, especialmente en Italia y Alemania. Los atentados casi nunca superaban la decena de víctimas; la violencia era más selectiva, y los ataques menos espectaculares. Pero el volumen de los ataques, y el número total de víctimas, era muy superior a lo que hemos visto estos días de terror jihadista. Los atentados de Bruselas, París, Londres y Bélgica estos últimos años son una tragedia. Son también especialmente traumáticos porque son eventos extraordinarios, súbitas erupciones de barbarie tras dos décadas excepcionalmente tranquilas.

Del mismo modo que Europa sobrevivió los años de plomo de los setenta y ochenta, también sobrevivirá ahora, en la era de los ataques indiscriminados. Las democracias modernas son a la vez muy vulnerables al terrorismo, al ser sociedades libres y abiertas, pero también son increíblemente resistentes a grupos armados. Un gobierno basado en la legitimidad popular y el estado de derecho puede afrontar desafíos a su autoridad durante años ante actores que intenten disputarle el monopolio de la violencia. Cuando un estado no depende para sobrevivir de su promesa de seguridad o crecimiento económico, sino del derecho y las libertades, su capacidad para afrontar el terrorismo es enorme.

Por mucho que digan lo contrario, el Estado Islámico no es una amenaza existencial para Europa. Cada vez parece más claro que ISIS está perdiendo la guerra en Siria e Irak; sus fuerzas armadas ni siquiera son capaces de sobrevivir en una guerra contra las milicias de dos estados fallidos. Incluso en el improbable escenario que fueran capaces de conquistar ambos estados, el PIB combinado de Irak y Siria es menor que el de Bélgica.

La realidad es que el terrorismo no es una muestra de fortaleza, sino de debilidad. Una organización, estado o guerrilla recurre a ataques indiscriminado contra objetivos civiles desprotegidos cuando literalmente no tiene capacidad para hacer nada más allá. El objetivo no es derrotar a su adversario o llevarle a su rendición. El estado islámico sabe que las democracias europeas no dejarán de serlo por unos atentados, y que no pararán de bombardear a ISIS y armar a sus adversarios por ello. Su objetivo es provocar una reacción excesiva, desmesurada, que acabe por debilitarles.

ISIS busca que Europa responda de forma lo suficiente desmesurada como para que sus acciones sea contraproductivas. Occidente podría acabar reprimiendo de forma indiscriminada sus minorías musulmanas, provocando una escalada, o lanzando una ofensiva militar terrestre en Siria que haría que ISIS pasaran de opresores a la resistencia contra la invasión en cuestión de días. En ambos casos, el Estado Islámico se vería reforzado por los errores estratégicos ajenos, no por su propia fortaleza.

Ante el terrorismo no hay respuestas fáciles: el coste de cometer atentados es bajo, y es imposible (e ilegal) para cualquier estado moderno vigilar a todo el mundo constantemente. Dejando de lado el hecho que es probable que Bélgica sea un país mal equipado para combatir bandas terroristas (por falta de recursos y experiencia en la materia), los gobiernos europeos deben responder a los ataques de forma paciente.

Deben recurrir, por un lado, al trabajo policial de toda la vida, con investigaciones lentas, pausadas y meticulosas. En España tenemos el ejemplo de la larga lucha policial contra ETA, que acabó por ahogar a la banda. El terrorismo islamista va a requerir un esfuerzo comparable, quizás menor al estar menos arraigado socialmente. Para que la labor policial tenga éxito será necesaria mucha más cooperación entre estados, y quizás incluso la creación de algo parecido a un FBI europeo

Por otro lado, los estados europeos deben afrontar el problema real de alienación, exclusión social y discriminación que viven sus minorías musulmanas. Esto debería hacerse independientemente si es una causa o no del terrorismo en el continente, por pura justicia social. Aun así, hay señales que indican que los terroristas de París, Londres, Madrid o Bruselas no son individuos que se fanatizan en el islamismo, sino gente potencialmente violenta e ISIS utiliza su desafección como un vehículo. Es decir, no hablamos de integristas que cometen atentados en nombre de Dios, sino de hombres desafectos y ya al margen de la sociedad (a menudo criminales de poca monta), que ven a ISIS una forma de legitimar su rebeldía. Son gente que en 1978 quizás hubieran abrazado el maoísmo, pero hoy se vuelven islamistas.

Ante todo, debemos reaccionar con calma. Los atentados terroristas son eventos trágicos, la clase de desastres que generan una reacción visceral, airada, violenta. Son sentimientos comprensibles, incluso loables, pero la indignación debe dar paso a la prudencia y cautela. Vamos a ver más atentados, y vamos a sufrir más muertes. Pero al terrorismo se le derrota con inteligencia, trabajo policial y paciencia, no con respuestas indiscriminadas o balas de plata”.

Gemma PINYOL, “Un paso atrás o un mal paso: la declaración EU-Turquía” a Agenda Pública (20-03-16)

http://agendapublica.es/un-paso-atras-o-un-mal-paso-sobre-la-declaracion-eu-turquia/

Sobre la reunión del Consejo Europeo y el acuerdo entre la UE y Turquía de la semana pasada se pueden decir muchas cosas. Y en estos días oiremos muchas de ellas, porque estamos ante un acuerdo incomprensible para buena parte de la ciudadanía europea, que en el último eurobarómetro de 2015 demostró mayoritariamente su opinión que los países miembros deberían ayudar a los refugiados que están huyendo, principalmente pero no sólo, de la guerra de Siria.

Se puede decir, de pasada, que parece fuera de lugar incorporar a una declaración sobre la gestión de una crisis humanitaria de tales dimensiones, elementos que forman parte de otras negociaciones de muy largo alcance entre la UE y Turquía, como la unión aduanera o la adhesión. Y en el detalle, se pueden señalar tres cuestiones que, entre otras, preocupan especialmente. 

En primer lugar, la inconsistencia del acuerdo. Es cierto que en el mismo ya no aparece la imperdonable expresión “un retorno exhaustivo, de gran magnitud y por la vía acelerada” que recogía la declaración del 8 de marzo, y que tanta preocupación despertó entre la opinión pública. Pero se señala que se llevará a cabo el retorno de “todos los nuevos migrantes irregulares que pasen de Turquía a las islas griegas a partir del 20 de marzo”, es decir, aquellas personas que no se admitan como refugiados y a quienes no soliciten asilo en Grecia. Eso sí, se preocupan de señalar que las solicitudes de asilo se estudiarán de modo individual. Es decir, que o bien el acuerdo se ha hecho para dejar por escrito que los países de la Unión Europea cumplirán con aquello que ya están obligados a cumplir (por la Convención de Ginebra del 1951 y por la Carta de Derechos Fundamentales de la UE), o que la fórmula debe entenderse como un intento de sustraerse del compromiso internacional de no devolver a las personas refugiadas allí donde no se pueden garantizar sus derechos. O papel mojado o una vulneración de la Convención de Ginebra de 1951.

En segundo lugar, el acuerdo genera inseguridad, porque parte de la presunción de considerar Turquía un país seguro. Más allá de varios elementos que pueden poner en duda esta afirmación, la jurisprudencia del TJEU y del TEDH ha dejado claro que cada Estado debe verificar que el país al que pretende retornar a un demandante de asilo respetará la seguridad y los derechos del mismo, aunque este sea un país considerado seguro. Pero además, hay un elemento jurídico que no debe olvidarse. En su ratificación de la Convención de Ginebra, Turquía se acogió a una de las limitaciones que la misma permitía: reducir su ámbito de aplicación a los acontecimientos producidos en Europa. En su ratificación del Protocolo de Nueva York de 1967 (precisamente hecho para superar esta limitación geográfica y la temporal), Turquía fue de los pocos países en mantenerla. Para Turquía, la adhesión a la Convención se limita a las personas que puedan huir de Europa. Es cierto que la legislación turca permite acoger, hoy por hoy, a personas refugiadas sin importar el origen. Pero la existencia de esta limitación debería impedir –porque no responde a una aplicación de máximos– que los países de la UE consideren devolver a refugiados no-europeos a Turquía.

En tercer lugar, el acuerdo es ineficaz. Por un lado, porque sólo da respuestas cortoplacistas a situaciones muy determinadas. Los países miembros han optando por seguir repitiendo que, ante lo que estamos viendo que sucede en las fronteras de la UE, la prioridad está en es luchar contra “el modelo de actividad de los traficantes”. Es evidente que las mafias se están beneficiando de la tragedia de las personas, pero lo cierto es que focalizar la respuesta en cerrar la ruta marítima entre Grecia y Turquía no solucionará nada. Las personas que escapan de la violencia y la guerra buscarán, y en eso las mafias también participarán, otras vías de huida, y otras fronteras que cruzar.

Pero además, las dudas sobre su aplicabilidad son muchas. El acuerdo se basa en un protocolo de readmisión bilateral entre Turquía y Grecia que aún necesita precisarse, y deja por tanto, todo el peso de la atención y acogida de los solicitantes de asilo en manos griegas. Un caos de gestión –en palabras de ACNUR– que se incrementará con la atención individualizada ante las solicitudes de asilo que presentaran los refugiados que no quieran evitar un retorno forzoso a Turquía. O sea que, en lugar de su tan anunciada reforma, volvemos a la aplicación de Dublín II (por la que el primer país de entrada se convierte en el país responsable de examinar una solicitud de asilo), dejando sola a Grecia ante la responsabilidad. La solidaridadeuropea la recogen las vagas promesas incluidas en las conclusiones del Consejo, pero visto lo visto hasta la fecha, no hay muchas razones para ser optimistas. No se ofrecen soluciones a nivel europeo, compartidas, en línea con la propuesta del gobierno sueco o el Parlamento Europeo de un sistema centralizado europeo con cuotas nacionales. Se repiten “medidas solidarias” en línea con lo que llevamos oyendo ya un tiempo, con los resultados que ya conocemos, y que tienen en Idomeni el epitoma de la vergüenza.

Contradicciones, debilidades, y cortoplacismo que no responden a la necesidad urgente de gestionar de un modo compartido –más Europa– las deplorables condiciones en las que se encuentran miles de personas –muchas de ellos niños y ancianos– que intentan conseguir refugio en los países de la Unión Europea. Una respuesta que debe ser compartida –más Europa– pero sobretodo, garantista y respetuosa con los derechos de las personas y el respeto al derecho internacional y europeo –mejor Europa–. Cualquier paso que nos lleve hacia otra dirección, como el que supone el acuerdo alcanzado con Turquía, es, con seguridad, una oportunidad para seguir desatando lo peor de cada Estado miembro y un retroceso de costes imprevisibles en la construcción del proyecto europeo.


Timothy Garton ASH, “¿Resistirá el centro de Europa?” a El País (25-03-16)

http://elpais.com/elpais/2016/03/21/opinion/1458557830_459217.html

“‘Por qué viniste a Alemania, y no a Italia?’, le pregunto a Jawad, un delgado chico de 16 años y ojos ilusionados que procede de Afganistán y está junto a los seis metros cuadrados cubiertos por mantas que constituyen el hogar de su familia en un centro de emergencia de recepción de refugiados, en un polideportivo de Berlín Este. Hace seis meses no hablaba alemán, pero ahora responde sin vacilar: “Italien hat kein Geld!” (“¡Italia no tiene dinero!”). Breve y sin rodeos. Un millón de recién llegados como él en un solo año han sacudido de tal forma a la Alemania rica, burguesa y liberal que un partido xenófobo y antiinmigrantes acaba de obtener la cuarta parte de los votos en un Estado oriental del país. La gente se pregunta en todo el mundo: ¿resistirá el centro de Europa?

Desde el punto de vista político y económico, el centro de Europa es Alemania. Y el centro de Alemania es el Gobierno de la gran coalición” de los democristianos de centro-derecha y los socialdemócratas de centro-izquierda. Y el centro de ese Gobierno centrista es Angela Merkel. Por consiguiente, en realidad, Merkel es el centro de Europa.

Tras el mal resultado de su partido, la Unión Demócrata Cristiana (CDU), en las elecciones regionales en tres Estados federales, se mantiene aparentemente impasible y sigue defendiendo su estrategia de pacto acuerdo entre la UE y Turquía que la cumbre europea aprobó la semana pasada en Bruselas. ¿Es por la firmeza paciente y pragmática que la ha hecho merecedora de tanta confianza? ¿O por la soberbia que se instala, como si lo ordenara alguna ley de la física, cuando un político lleva en el poder más de 10 años? (Margaret Thatcher, Helmut Kohl, Recep Tayyip Erdogan... la lista es interminable).

Por ahora, el centro de la política alemana resiste, pero se lo están comiendo por los bordes, como un panecillo indio. Sus socios de coalición, los socialdemócratas, también han tenido malos resultados, y los vencedores en el vasto y próspero Estado de Baden-Wurtemberg fueron los Verdes. Ahora existen seis partidos a los que hay que tomar en serio, o siete, si se cuenta aparte la Unión Social Cristiana Bávara (CSU), que ha criticado con dureza la política de refugiados de la canciller. El periodista Stefan Kornelius cree que quizá el eje esencial de la política alemana esté cambiando de izquierda-derecha a centro-márgenes. Los políticos tradicionales hacen referencias constantes a “los partidos democráticos”, para distinguirlos de Die Linke, de extrema izquierda, y ahora la Alternativa por Alemania (AfD), antiinmigrantes y antieuro.

El éxito electoral de esta última formación ha ocupado los titulares de todo el mundo. Algunos de sus candidatos dijeron cosas espantosas. Un tal Michael Ahlborn, en el Estado oriental de Sajonia-Anhalt, calificó a los turcos de Drecksvolk, “pueblo de mierda”. Günter Lenhardt, un suboficial del Ejército en la reserva y candidato del partido en Baden-Wurtemberg, afirmó que “al refugiado seguramente le da igual en qué frontera —la griega o la alemana— morir”. Pero estos comentarios, próximos a la retórica del movimiento de extrema derecha y xenófobo Pegida, quizá nos impiden ver el verdadero problema. Todas las personas con las que he hablado durante una intensa semana que he pasado en Berlín estaban de acuerdo en que es sorprendente el apoyo con el que cuenta AfD en la clase media educada: profesores, médicos, empresarios, abogados, gente que sabe exactamente cuándo utilizar “Frau Doktor” y son muchas veces “Herr Doktor” o incluso “Herr Professor”.



Para contrarrestar esta radicalización y esta fragmentación, el centro —y el centro del centro, es decir, Merkel— necesita hacer dos cosas muy difíciles: demostrar que puede integrar a más de un millón de recién llegados con un origen cultural muy diferente a los millones de alemanes que dudan de que sea posible, y cortar la entrada de nuevos refugiados. En cuanto a lo primero, una visita a un centro de refugiados permite ver el extraordinario esfuerzo de hospitalidad pública civilizada que está haciendo este país (seis metros cuadrados para todos, según me cuenta el supervisor del centro de refugiados de Berlín, comida, ropa, atención médica, clases especiales para los niños en edad escolar, una suma mensual que se transfiere a una cuenta bancaria), pero también que la dimensión del problema está agotando la capacidad del Estado y la paciencia de la población hasta un nivel crítico.

Cortar la llegada de más gente, aunque todo salga conforme al plan de Merkel, significa depender de forma alarmante de dos líderes erráticos y antidemocráticos, Erdogan y Putin, el sultán y el zar. Para que Alemania pueda mantener su apertura ética y humanitaria a los verdaderos refugiados, Merkel ha respaldado una propuesta que entraña problemas éticos y legales: encerrar a los refugiados en campamentos en Grecia y luego hacer intercambios uno por uno con refugiados sirios en Turquía. Eso quiere decir pactar con el sultán turco que está pisoteando la libertad de prensa y violando los derechos humanos y las normas europeas de múltiples formas. Quiere decir también fiarse de que la Rusia de Putin va a mantener en vigor el precario cese de hostilidades en Siria. Al hablar con gente cercana a la canciller, está penosamente claro que toda su política pende de estos hilos turco y ruso. Para referirse a esta estrategia se ha empleado la palabra Überrealpolitik, pero, como pasa siempre con el realismo en política exterior, hay que preguntarse hasta qué punto es realista. Y eso, para no hablar de las probabilidades de que muchos más refugiados emprendan la peligrosa travesía marina de Libia a Italia, o intenten llegar por otras rutas.

La crisis de los refugiados se ha apoderado de la política alemana, pero no es más que una de las varias que asedian al poder central europeo. Están también la crisis del euro, la guerra de baja intensidad y la corrupción más que intensa en Ucrania, el Gobierno nacionalista conservador en la vecina Polonia, Marine le Pen en Francia... ah, sí, y la amenaza de Brexit. En Alemania no quieren que Gran Bretaña se vaya de la UE, pero no es su máxima prioridad. Si los británicos votamos por la salida, no nos ofrecerán un acuerdo más favorable, sino que se volverán de inmediato hacia Francia, con la intención de construir un núcleo europeo fuerte. Si el país insular no quiere ayudar al resto de Europa, tendrá que arreglárselas como pueda. Los alemanes tienen tareas importantes que cumplir: volver a estabilizar un país y, con él, un continente”.



Oriol BARTOMEUS, “Recomposición del escenario” a El Periódico (17-03-16)

http://www.elperiodico.com/es/noticias/opinion/barometro-politico-espana-4984206

“La última encuesta publicada por El Periódico nos proporciona una visión muy esclarecedora del panorama electoral en España después de la investidura fallida de Pedro Sánchez. El trabajo de campo, realizado pocos días después del debate parlamentario, recoge el ambiente que éste ha dejado, y nos ayuda a hacernos una idea muy clara de los parámetros en los que se mueve la política, entre las negociaciones para intentar una nueva investidura y la espada de Damocles de una nueva convocatoria electoral. Estos parámetros nos devuelven una imagen que no acaba de concordar con algunas de las ideas que han ido circulando por los medios de comunicación, algunas claramente deudoras de las estrategias partidistas.

En primer lugar, la encuesta realizada por Gesop demuestra que unas nuevas elecciones no van a modificar sustancialmente el panorama político y parlamentario español. Es decir, que el pluralismo ha venido para quedarse y que unas nuevas elecciones no van a devolvernos a la situación previa al ciclo electoral de 2014-2015. Ni Podemos ni Cs son un suflé, sino que cuentan con apoyos sólidos entre la ciudadanía. Esta idea la refuerzan todas las encuestas publicadas que, escaño arriba escaño abajo, coinciden con la estimación hecha por Gesop.

La mayoría de las encuestas pronostican un descenso del voto al PP y a Podemos, los dos partidos que votaron no a la investidura del líder del PSOE, mientras que C’s mejoriaría su resultado del 20D, y según dos de las previsiones (El Pais i la cadena SER) superaría a Podemos como tercera fuerza. Por su parte, todos los institutos demoscópicos (menos Gad3 para ABC) coinciden en suponer a IU un incremento significativo de su resultado de Diciembre.

Parece que las encuestas presentan un impacto evidente del debate de investidura, ya que prácticamente en todos los casos los partidos que han apostado por el pacto y el acuerdo (C’s y IU, en contraste con Podemos) mejoran resultados, mientras que las fuerzas reacias al pacto (PP y Podemos) son castigadas.

Esto nos lleva a algunas consideraciones. La primera se refiere al mantenimiento de estas estimaciones en el tiempo, o lo que es lo mismo, al interrogante sobre si estos datos reflejan realmente una prospectiva electoral o simplemente son una manifestación de simpatía en función del papel que las diferentes fuerzas han jugado en el intento de investidura de Sánchez. Es decir, si lo que observamos es realmente un cambio de voto o la reacción al debate, cosa que no quiere decir que en caso de volverse a celebrar elecciones el panorama resultante sea este y no otro. Por ejemplo, no podemos estar muy seguros que en caso de una nueva convocatoria electoral la manifestación de apoyo hacia IU que recogen las encuestas se acabe traduciendo efectivamente en un voto hacia esta formación.

Este es un elemento inevitable en cualquier encuesta, puesto que la proyección a futuro de los datos recogidos en un momento concreto (y en un momento como éste, justo después de la investidura fallida) es un ejercicio difícil. Más si se tiene en cuenta que es probable que algunos elementos fundamentales del escenario político podrían cambiar de aquí a la celebración de unas nuevas elecciones en Junio. Por citar sólo un ejemplo, el PP podría acudir a estas elecciones con un nuevo candidato, lo cual posiblemente modificaría los equilibrios entre el electorado de centro y centroderecha, impactando directamente en la correlación de fuerzas entre populares y C’s.

Dicho esto, las encuestas nos permiten en cualquier caso analizar los movimientos en los espacios electorales de cada fuerza a raíz del debate de investidura, de manera que nos dan pistas sobre las reacciones de los electores respecto de las acciones de los diferentes partidos.


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