Freud y la corriente psicodinámica



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Para entender qué es la psicología y las conclusiones sobre el ser humano a las que ha llegado es necesario saber de dónde vienen ciertas ideas, de qué manera se han ido reformulando y en qué supuestos se basan. 0, lo que es lo mismo, es necesario entender cómo ha ido transformándose el estudio de la psique a lo largo de la historia, a través de diferentes enfoques o «escuelas» que han ido desarrollando sus teorías y sus líneas de investigación en paralelo, aunque retroalimentándose en numerosas ocasiones.

Así que volvamos por un momento a la Europa de finales del siglo XIX, poco después de la aparición del enfoque estructuralista en psicología, para hablar sobre uno de los psicólogos más famosos de la historia: Sigmund Freud.

FREUD Y LA CORRIENTE PSICODINÁMICA

Divanes, terapia psicológica basada en el discurso, distintos test de personalidad en los que hay que interpretar unas manchas ... Gran parte de las ideas asociadas popularmente con la psicología forman parte de la escuela psicológica de la psicodinámica, iniciada por el psiquiatra y neurólogo austríaco Sigmund Freud a finales del siglo XIX, cuando los discípulos de Wundt empezaban a propagar por el mundo la buena nueva de la psicología experimental. En vez de limitarse a estudiar el funcionamiento del sistema nervioso en laboratorios, Freud decidió estudiar las psicopatologías y el papel que tenía en ellas lo que él llamó «el inconsciente» para explicar, a partir de los casos que había observado, cómo funciona la psique humana.

Aunque la idea de que una parte de la mente de las personas permanece oculta a la consciencia no se le puede atribuir a Freud, él fue el primero en desarrollar una serie de teorías acerca de esta parte escondida de la psique relacionadas con el propio funcionamiento del cuerpo. Asimismo fue el primero en remarcar la diferencia entre los conceptos «mente» y «consciencia». Y es que, aunque tradicionalmente se daba por supuesto que el ser humano es básicamente racional y gobierna sus actos a través de la consciencia, para Freud ni siquiera los individuos más sanos son capaces de conocer más que una pequeña parte de lo que ocurre en su psique. En su opinión, prácticamente todos los actos y los procesos mentales son consecuencia de las fuerzas ocultas que se encuentran en el inconsciente de cada persona. Excepto una pequeña parte de sentimientos y pensamientos que va emergiendo a la consciencia, todo lo demás permanece detrás de un telón mental que nadie será capaz de apartar jamás, por mucho que lo intente. La parte inconsciente de la psique humana siempre estará ahí, incluso tras haber sido sometida a psicoterapia.

Esta idea de una psique cuyo motor es la lucha entre contenidos latentes, ocultos a la consciencia, y los contenidos manifiestos, que pueden ser expresados a través de diferentes conductas y formas de representación, es la que estructura la mayoría de las teorías y metodologías de intervención psicoterapéutica que se proponen desde la corriente psicodinámica, que entiende la mente como algo en constante movimiento, fruto de la tensión psíquica entre lo que puede ser expresado y lo que permanece oculto.

El interés de Freud por la vertiente inconsciente de la psique se debió principalmente a la influencia que ejercieron en él Josef Breuer y Jean-Martin Charcot. El primero, médico que se convirtió en el mentor de Freud en Viena, le contó a Freud el caso de Anna O., pseudónimo de una de sus pacientes con síntomas nerviosos a la que durante dos años, de 1880 a 1882, había estado tratando con hipnosis y pidiéndole que verbalizara todo lo que sentía. Breuer creía que la hipnosis era útil para que los pacientes reviviesen traumas y conflictos emocionales y se liberasen de ellos a través de la palabra, un método al que denominó catarsis. De algún modo, intuía que había una parcela de la mente en la que quedaban registrados aquellos pensamientos que resultaban tan estresantes para una persona que la consciencia se encargaba de borrar pero que generaban una serie de síntomas en el cuerpo cuyas causas eran difíciles de identificar. Ésta es una idea que Freud rescataría más tarde en sus teorías del psicoanálisis. El segundo, Jean-Martin Charcot fue un médico francés que dio clases a Freud entre 1885 Y 1886, cuando este último viajó a París para estudiar allí durante un tiempo. Charcot era, además de pionero en el ámbito de las neurociencias, muy conocido por sus estudios sobre la histeria, un término que en aquella época se usaba para designar una serie de síntomas que presentaban algunas mujeres. La histeria era un fenómeno desconcertante, porque se podía expresar de varias formas y a través de unos síntomas aparentemente poco relacionados entre sí, como por ejemplo una emocionalidad excesiva (risas o llantos), desmayos o hasta parálisis y cegueras transitorias, y Charcot se propuso arrojar algo de luz sobre el tema buscando indicios de causas biológicas que explicasen estos extraños casos. Creía que la histeria era una enfermedad hereditaria con base biológica y que se expresaba siguiendo algunas leyes, independientemente de la cultura a la que perteneciese la paciente, pero que podía ser tratada mediante la hipnosis, una técnica basada en la sugestión con la que se venía trabajando desde el siglo XVIII. Freud quedó impresionado por lo que creía que eran pruebas de que una técnica relacionada con el inconsciente podía funcionar para tratar casos clínicos.

LA APARICIÓN DEL PSICOANÁLISIS

A la vuelta de París, Freud abrió una consulta privada y empezó a ofrecer tratamiento psicológico partiendo de la premisa de que muchos casos en los que la salud mental se veía comprometida tenían sus causas en recuerdos traumáticos que permanecían en la parte inconsciente de la psique. Esto lo llevó a desarrollar el conjunto de teorías y técnicas del psicoanálisis entre 1890 y 1900. Entre las ideas que desarrolló Freud cobra especial importancia las que hacen referencia a un concepto llamado libido, o energía psíquica. Como buen psicoanalista, Sigmund Freud creía que la mente, lejos de tener su razón de ser en una estructura fija, está en tensión permanente, en un continuo fluir de sensaciones y pensamientos. Y llegó a la conclusión de que los contenidos de la mente pueden ser entendidos como una especie de energía psíquica que circula constantemente a través de un sistema de cámaras y válvulas y que, por lo tanto, puede liberarse o reprimirse, pero nunca desaparecer, tal y como estipula el principio de conservación de la energía. Así pues, para Freud la mente puede ser ilustrada como una especie de máquina de vapor en constante funcionamiento, pero que, a la vez, ha de lidiar con la presión dejando ir (pero no eliminando) gas por sus válvulas. Según esta teoría, todos tenemos de manera innata una energía psíquica que nos permite movernos hacia unos objetivos para satisfacer necesidades pero que, a la vez, puede

DATO CURIOSO

La idea de la lucha entre los impulsos y las fuerzas psíquicas que intentan reprimir esos deseos y necesidades hizo que una par- te de los seguidores de la corriente psicodinámica empezasen a desarrollar test proyectivos para estudiar la personalidad de sus pacientes. Uno de los más famosos es el test de Rorschach, desarrollados en la primera mitad del siglo xx por Hermann Rorschach, que intentaba analizar el modo en el que ciertos contenidos del inconsciente son proyectados. hacia fuera e influyen en el modo en el que se les da significado a una serie de manchas de tinta simétricas cuya principal característica es que no significan nada. Otros test proyectivos son aquellos en los que se le pide al paciente que dibuje algo para así intentar interpretar sus rasgos de personalidad a partir de cómo va plasmando gráficamente las figuras. Dos de los más conocidos son el test casa-árbol-persona, que durante muchos años se han ido utilizando tanto en el ámbito clínico como en el educativo. los test proyectivos carecen de valor científico, si bien son muy conocidos e icónicos.



ocasionarnos problemas si no sabemos «darle una salida». A su vez, los impulsos psíquicos producidos por la excitación interna que puede vincularse a una necesidad se llaman pulsiones, y pueden adoptar distintas formas en su lucha por calmar ese estado de agitación que las ha provocado. Esta lucha interna en la psique de todo ser humano también queda plasmado en otro de los planteamientos teóricos más importantes de Freud: la teoría de las pulsiones de vida y las pulsiones de muerte, conocidas también como Eros y Thanatos, y que vio la luz en su libro Más allá del principio del placer, publicado en 1920. Según esta teoría, el ser humano se mueve entre la inclinación por la conservación de nuestro bienestar y la atracción por la muerte: por un lado tendemos a preocuparnos por la propia integridad y mantenemos vinculadas a nosotros todas aquellas cosas relacionadas con la vida (como todas las partes del cuerpo o incluso las parejas sexuales), pero por otro también nos sentimos atraídos por la muerte, por la desaparición de todo aquello que vinculamos a la idea del yo y por la entrada en un estado de tranquilidad; al morir dejamos de desear cosas porque ni actuamos ni podemos ser estimulados. Esta dicotomía entre las pulsiones de vida y las pulsiones de muerte, según Freud, ayudaría a explicar fenómenos como el sadismo o el sadomasoquismo. También es de relevancia la teoría del desarrollo psicosexual de Freud. Éste creía que el hecho de satisfacer o no las necesidades expresadas a través de la libido durante la infancia deja unas huellas en el inconsciente de las personas que pueden ocasionar problemas (fijaciones) y provocar crisis más adelante si estos conflictos ligados al pasado no se comprenden y resuelven. Por este motivo, las hipótesis con las que empezaron a trabajar los psicoanalistas para tratar a sus pacientes tenían que ver con su historia vital de los primeros años de desarrollo. Otro aspecto en el que Freud sentó precedentes. Poco después de volver de París, se dio cuenta de que no hacía falta utilizar la hipnosis para hacer que las personas accedieran a ciertos contenidos que habían estado ocultos hasta entonces, sino que podía recurrir a la interpretación de los sueños, a la interpretación de actos fallidos (o deslices) y, muy especialmente, a la técnica de la asociación libre. El padre del psicoanálisis creía que los sueños contienen visiones y sensaciones en las que ciertos pensamientos inconscientes se manifiestan mediante símbolos, y que otros contenidos latentes se manifiestan durante la vigilia a través de actos fallidos en los que la persona realiza una acción involuntaria (como por ejemplo, cuando se da un lapsus linguae al sustituir una palabra por otra). La técnica de asociación libre, además de ser el principal método de investigación del inconsciente que usó Freud, hacía innecesario sugestionar a los pacientes. Consistía, básicamente, en hacer que éstos se relajasen y dijeran en voz alta los pensamientos que en ese momento pasaban por su cabeza, muo chas veces mientras se hallaban acostados en un diván o similar, mientras su terapeuta los escuchaba atentamente, inmerso en una especie de meditación a la vez que trataba de averiguar qué fuerzas inconscientes estaban detrás de los malestares de sus clientes. Freud creía que la técnica de asociación libre, además de ser más eficaz que la hipnosis a la hora de hacer emerger contenidos de lo inconsciente, evitaba el riesgo de que el psicoanalizado reprodujera las ideas del psicoanalista que lo estaba sugestionando, en vez de trabajar con sus propios pensamientos. El terapeuta debía guiar al paciente a la hora de hacer emerger manifestaciones ocultas de su psique, y su trabajo era en parte ayudar a que éste expresase sus pulsiones a través del lenguaje.

Con este método, ciertos contenidos no quedaban expresados de manera totalmente manifiesta ni se revelaban de manera literal, sino que salían a la luz bajo un disfraz, y era tarea del psicoanalista saber detectarlos e interpretarlos. Es importante tener esto en cuenta, porque para Freud el inconsciente es inaccesible, y por lo tanto sólo pueden ser conocidas las diferentes maneras en las que sus contenidos se expresan emergiendo a través de los sueños, las asociaciones libres y los deslices. Nunca se llega a un punto en el que todo lo que permanece en el inconsciente se revela, algo que tampoco sería deseable. Lo que causa problemas no es la existencia en sí de lo inconsciente, sino los conflictos que pueden generar los contenidos que fluyen a través de él al entrar en contacto con otro tipo de fuerzas.

Hay que tener en cuenta que las ideas y las teorías de Freud se basaban fundamentalmente en estudios de caso, lo cual significa que no se apoyaban en la realización de experimentos sistemáticos en un ambiente de laboratorio. Esto, además de valerle críticas muy duras por parte de científicos que defendían la necesidad de usar más variedad de métodos de investigación, tenía el inconveniente de que el número de individuos que podía estudiar era muy reducido. En Viena, Freud y sus primeros seguidores extraían sus conclusiones a partir de sus experiencias con pacientes neuróticos, lo cual limitaba bastante la variedad de casos que tenían que afrontar. Fue más adelante, cuando las influencias freudianas llegaron a otros países, cuando el psicoanálisis empezó a aplicarse de forma más extensiva en pacientes con trastornos psicóticos, diferentes modelos educativos y todo tipo de parcelas del conocimiento abordables desde la psicología.

CRÍTICA AL PSICOANÁLISIS Y ARQUETIPOS DE JUNG

Cuando Freud fundó la Asociación Psicoanalítica Vienesa en el año 1908, el psicoanálisis ya gozaba de cierta popularidad y la nueva corriente contaba con numerosos seguidores que habían empezada a formarse en esta práctica terapéutica. Sin embargo, a medida que el psicoanálisis ganaba repercusión, también aumentaban los diferentes puntos de vista sobre cómo funcionan las fuerzas inconscientes de la psique humana. Este hecho, sumado a lo controvertidas que resultaban muchas de las ideas de Freud, hizo que sus teorías fuesen muy cuestionadas.

Uno de los puntos del psicoanálisis de Freud que generó más polémica fue su teoría sexual, según la cual la sexualidad infantil y los diferentes modos en los que ésta puede ser satisfecha tienen un papel crucial en la aparición de síntomas neuróticos cuando se llega a la adultez y el cuerpo intenta ajustarse a apetitos no atendidos en su momento. El énfasis que Freud puso en el sexo (entendido de manera muy amplia como la satisfacción de un deseo, no necesariamente como la unión de los genitales) le granjeó el rechazo de buena parte de la sociedad, pero también motivó que algunos de sus alumnos se distanciasen de sus ideas. Esto es lo que ocurrió, por ejemplo, con Alfred Adler y Carl Gustav Jung, que además discrepaban con Freud en algunos pilares teóricos del psicoanálisis ortodoxo, como la idea de la dicotomía entre las pulsiones de vida y las de muerte. Para ver hasta qué punto llegaron a ser cuestionadas las teorías de Freud, basta con detenerse en las ideas de Carl Jung.

Jung, además de cuestionar la importancia de los conflictos sexuales, rechazaba la filosofía materialista de su maestro y defendía la idea de que la investigación del psiquismo debía tener una orientación más humanística y espiritual. Al contrario que Freud, el cual sostenía que el psiquismo existe como algo inseparable de la materia (el cuerpo y su manera de relacionarse con su entorno físico), Jung creía que lo inconsciente tiene una vertiente espiritual que trasciende al individuo pero que, a la vez. influye en todos sus actos y su manera de percibir la realidad. Llegó a la conclusión de que además de una parte de la mente en la que las experiencias propias quedan fuera del alcance de la consciencia, existe un inconsciente colectivo, algo que pertenece no ya a la persona sino a toda la humanidad. Jung explicó que este inconsciente colectivo se estructura a través de una serie de formas simbólicas (arquetipos) que son fruto del conocimiento y la memoria que todos compartimos como miembros de la misma especie. Así, aunque superficialmente los arquetipos puedan variar dependiendo de la cultura y la persona, todos ellos se dan tanto en las mentes individuales (a través de sueños o relatos propios) como en los productos culturales, como los mitos, las religiones o los deportes. De este modo, Jung señaló que en todas las culturas existe el arquetipo del héroe, del sabio o del bromista, entre otros.

DATO CURIOSO

Una de las primeras experiencias espirituales que vivió Carl Jung fue un sueño que tuvo a muy temprana edad. En él, Jung descendía por un agujero rectangular en una pradera. Al fondo, una especie de cortina le impedía ver lo que había al otro lado, pero él, movido por la curiosidad, la apartó con la mano. Lo que vio le impactó profundamente: era una especie de sala de palacio, con una larga alfombra roja en cuyo extremo podía verse un trono. Sentado en él, se erguía una enorme bestia con forma fálica y con un solo ojo en la parte superior. Aunque no parecía haberse percatado de la presencia del joven Jung, el monstruo suscitó un miedo en el pobre niño, ya que éste tenía la certeza de que podía abalanzarse sobre él en cualquier momento. La situación empeoró cuando oyó que su madre gritaba desde la entrada: «¡Míralo, es el que se come a los hombres!». Años después, Jung concluyó que este sueño supuso su despertar intelectual y su interés por el estudio de lo oculto, representado por su viaje hacia el mundo subterráneo y la exploración de lo que se encuentra detrás de la cortina.

LAS TEORÍAS DE FREUD HOY EN DÍA

Los seguidores del psicoanálisis fueron desarrollando sus propias teorías después de la muerte de Freud, ocurrida en 1939, y se dieron muchos casos en los que las conclusiones a las que llegaron contradecían las del austríaco. Esta deriva provocó la aparición de varias escuelas que, si bien desde un punto de vista histórico tienen sus orígenes en las ideas de Freud, son distintas en muchos aspectos de la corriente psicoanalítica original. Todas ellas pueden clasificarse en la categoría de la corriente psicodinámica, al basarse en la idea de una lucha interna entre fuerzas psíquicas que forman parte de la consciencia y otras que son reprimidas. Más de cien años después de que Freud escribiera sobre cómo el inconsciente puede ser conocido indirectamente a través de la interpretación de los sueños, la corriente psicodinámica ha ido generando multitud de perspectivas sobre el funcionamiento de la mente y las lógicas ocultas que guían nuestros actos. Por ejemplo, hoy en día existen los llamados enfoques posfreudianos, como el psicoanálisis hermenéutico de Jacques Lacan o la psicología del yo de Heinz Hartmann. Además, en la actualidad el psicoanálisis puede ser entendido como un concepto más amplio: por un lado, es un conjunto de premisas, ideas y procedimientos que guían el estudio de los contenidos inconscientes de la mente. Por el otro, puede entenderse como un conjunto de propuestas psicoterapéuticas para tratar algunos trastornos mentales. También es una nueva disciplina a partir de la cual se pueden generar teorías no sólo sobre la enfermedad mental, sino también sobre muchas esferas de lo humano, como por ejemplo nuestra manera de relacionarnos o la aparición de los roles de género (algo en lo que han puesto especial interés los estudios sobre el feminismo y algunas corrientes antropológicas). A pesar de estar seriamente cuestionada como ciencia, esta corriente ha tenido un impacto importantísimo en la filosofía y en la manera de pensar de Occidente. y, aunque hoy en día, ni el psicoanálisis ni la corriente psicodinámica puedan ser reducidos a las ideas de Sigmund Freud, éstas pueden

DATO CURIOSO

En la primavera de 1938, pocos meses antes de su muerte, Freud se vio obligado a abandonar Viena y refugiarse en Londres a causa de la represión nazi. Sin embargo, las autoridades no le dejaron abandonar el país así como así, y le obligaron a firmar un documento en el que declaraba que había recibido un buen trato y había desarrollado sus tareas de investigación con total libertad. Freud, que tenía ochenta y dos años en ese momento, accedió a firmar el documento, pero no pudo resistirse a añadir el irónico comentario: «Recomiendo encarecidamente la Gestapo a cualquiera de todo corazón». Los agentes no captaron el sarcasmo que contenía la frase y Freud emigró a Inglaterra, donde murió aquejado de un cáncer de boca en 1939, pocos días antes del comienzo de la segunda guerra mundial.

considerarse los primeros ladrillos de todo un edificio teórico y práctico que se ha ido desarrollando hasta nuestros días. Eso explica que Freud tenga tanta relevancia histórica y que más adelante, en el capítulo dedicado a lo inconsciente, volvamos a ahondar en sus ideas.

EL NACIMIENTO DEL CONDUCTISMO

Poco después de que Freud y sus primeros seguidores decidieran empezar a estudiar las fuerzas inconscientes que guiaban el pensamiento y la conducta, otra escuela de investigadores se propuso transformar la psicología en algo diametralmente opuesto a lo que proponían los psicodinámicos. Esta nueva corriente recibió el nombre de conductismo debido a que los psicólogos que partían de este enfoque trabajaban con hipótesis y teorías que giraban en torno al estudio y la medición de la conducta. Ahora bien, ¿qué es la conducta exactamente? A pesar de que la definición que se le ha dado a esta palabra desde esta corriente ha variado con el tiempo, para buena parte de los conductistas se entiende por conducta, generalmente, la relación entre un estímulo (o conjunto de estímulos) y la respuesta observable que éste genera, siempre que la conducta haya sido aprendida o, por lo menos, pueda ser modificada. Así, por ejemplo, la contracción del iris ante una fuente de luz no se consideraría conducta, ya que es una acción que no puede ser modificada o «desaprendida», pero sí lo sería la respiración o, por supuesto, cualquier acción voluntaria. Como el conductismo se centra en la tarea de estudiar el modo en el que se aprenden y se desaprenden conductas, sus seguidores estaban muy interesados en el estudio de los procesos de aprendizaje; pero al contrario de lo que ocurre con el enfoque psicodinámico, no le daban una especial importancia a las primeras etapas del desarrollo antes de entrar en la vida adulta. porque aunque podían aceptar la existencia del inconsciente, no creían que éste pudiera ser en sí mismo un agente generador de conductas. Así pues, se limitaban a observar y analizar lo que ocurría en un período determinado y más bien corto, el tiempo suficiente para ver la interacción entre los estímulos y las respuestas, normalmente en condiciones de laboratorio. Las explicaciones que daban a lo que veían debían partir de lo observado en ese tiempo, y no apoyarse en hipótesis imposibles de probar Además, los conductistas tendían a rechazar la necesidad de que el estudio de la psique partiera de explicaciones sobre lo que ocurre en la mente de los individuos, y en vez de eso observaban las relaciones (contingencias) que existen entre los estímulos ambientales y las respuestas que emite el organismo estudiado, para proponer teorías a partir de aquello que se puede identificar, aislar y medir fácilmente.

LOS FAMOSOS PERROS DE PÁVLOV

El conductismo se inicia con las investigaciones de Iván Pávlov, un fisiólogo ruso conocido por los experimentos con perros que realizó a partir de 1890. A pesar de no pertenecer al campo de la psicología, y aunque su objetivo inicial era llevar a cabo distintos estudios sobre la secreción salivar en dichos animales durante la digestión, Pávlov marcó un antes y un después en la ciencia psicológica y del comportamiento, y lo hizo sentando las bases de lo que sería el conductismo. En sus primeros experimentos, el fisiólogo había observado que después de alimentar durante varios días a los perros, éstos salivaban no sólo cuando les servía la comida, sino también cuando la olían o la veían a lo lejos. De hecho, tras darles de comer durante varios días, la simple presencia del investigador hacía salivar a los animales sin necesidad de presentarles la comida. Los perros habían asociado la presencia del fisiólogo con la entrega de una jugosa ración de comida, y eso les generaba unas expectativas que se hacían evidentes incluso a un nivel tan básico como el de la activación de las glándulas salivales. Esto le llevó a realizar unos experimentos algo distintos a los planteados en un inicio. Pávlov empezó colocando a un perro en una estructura especial de la que no pudiese salir ni cambiar de posición. Delante de la cabeza del animal, a poca distancia, situó un lugar en el que se pondría la ración de alimento. Cuando Pávlov introducía la comida, lo hacía a través de una compuerta para saber el momento exacto en el que el perro detectaba la presencia de la ración, y aprovechaba ese instante para registrar el grado en el que el animal salivaba contando las gotas segregadas por cada unidad de tiempo. Después de varias sesiones, el investigador hacía



sonar un metrónomo justo antes de entregarle el alimento al perro; en ese momento, el metrónomo era un estímulo neutro, es decir, que no provocaba ninguna respuesta. Ahora bien, después de repetir el experimento en varias ocasiones, el animal terminó asociando este sonido característico a la entrega de la comida, y salivaba nada más escucharlo, aunque no estuviese acompañado por el plato. El sonido del metrónomo se había convertido en un estímulo condicionado, y la salivación que provocaba recibió el nombre de «reflejo condicionado». De este modo, Pávlov consiguió adiestrar al perro para que reaccionase ante un sonido del mismo modo en que reaccionaba ante un estímulo ante el cual tenía una respuesta fisiológica natural no aprendida (reflejo incondicionado). Para desarrollar un reflejo condicionado sólo tenía que hacer que un estímulo neutro se solapase temporalmente con un reflejo incondicionado de manera repetida.

Este proceso por el cual un organismo aprende a asociar un estímulo neutro a una respuesta refleja que en condiciones normales sólo se da de manera innata ante estímulos incondicionados, se llama condicionamiento clásico, y, aunque a primera vista pueda parecer algo simple, se trató de un descubrimiento revolucionario. Por un lado, ofrecía una base sobre la que construir ciertos procesos de aprendizaje en los que las respuestas reflejas desempeñan un papel importante, como el tratamiento de fobias, adicciones o parafilias problemáticas (sólo hay que partir de los reflejos incondicionados y hacer que algunos estímulos neutros queden asociados a ellos), y por otro, era un mecanismo basado en el aprendizaje y en el que la herencia biológica personal no parecía ser un factor limitante. Además, se podía conseguir mediante un proceso sistemático y bastante maquinal, fácil de controlar y basado en la repetición de ensayos (aunque años más tarde se descubrió que pueden crearse reflejos condicionados con un único ensayo, como en el caso del aprendizaje de aversión al sabor). Esto resultaba esperanzador para muchos psicólogos que aspiraban a descubrir métodos para ayudar a «moldear» el comportamiento humano de manera beneficiosa y que por otro lado querían asegurarse de que su disciplina se consolidase como una ciencia basada en la medición de lo objetivo. Ésta es la razón por la que el método experimental de Iván Pávlov y el condicionamiento clásico son el punto de partida de la psicología conductista, que utiliza la asociación como motor para potenciar formas de aprendizaje y modificar la conducta.

JOHN B. WATSON Y EL CASO DEL PEQUEÑO ALBERT

Pávlov asentó las bases de la psicología conductista, pero fue el psicólogo estadounidense John Broadus Watson, otra de la figuras clave del conductismo, quien popularizó el término en 1913 cuando pronunció su conferencia Psychology as the Behaviorist Views it, cuyo texto se considera el primer «manifiesto conductista». Pero Watson hizo mucho más que darle visibilidad a un término. Por un lado, fue muy crítico con la corriente dominante de la época, que ponía el acento en la consciencia y en la introspección, porque consideraba que sus aportaciones tenían un valor científico cuestionable; para él era importante desarrollar una psicología experimental que formase parte de las ciencias naturales, y para eso se tenía que dejar atrás el psicoanálisis. Consecuentemente con estas ideas, planteó de manera explícita que el objetivo de la psicología científica debía prescindir de explicaciones sobre estados mentales para centrarse en el control y en la predicción del comportamiento. Por otro lado, negó radicalmente el innatismo en todo aquello relacionado con las características psicológicas de los seres humanos. Creía que los bebés nacen como una tabula rasa (es decir, una pizarra en blanco) y que las diferencias en el comportamiento de las personas están causadas por las distintas experiencias que a cada uno le toca vivir, y llegó a asegurar que mediante técnicas de modificación de la conducta él mismo sería capaz de convertir a cualquier niño sano en el tipo de especialista o profesional que eligiera.

¿Y en qué debían basarse estas técnicas de modificación de la conducta? Pues en el condicionamiento clásico. Watson tomó el modelo pavloviano que se venía aplicando en animales y se propuso estudiarlo en humanos. Su intención era desarrollar técnicas que le permitieran condicionar y controlar las emociones de las personas asociándolas a los estímulos más variopintos.

Así que, en 1920, Watson y su asistente Rosalie Rayner publicaron uno de los estudios más famosos y criticados de la historia de la psicología. Ambos investigadores querían comprobar si era posible conseguir que un niño le temiese a un animal asociando la aparición de dicho animal a un estímulo desagradable. Para ello utilizaron una rata blanca y un bebé de once meses, conocido como el «pequeño Albert». El día en el que Albert pisó por primera vez el laboratorio de Watson, el pequeño no dio muestras de tenerle miedo a la rata blanca, pero cuando éste se acercaba para acariciarla, Watson golpeaba una barra metálica con un martillo para asustarlo. La rata era el Estímulo Neutro (EN), el golpeo con el martillo era el Estímulo Incondicionado (El) y la respuesta de miedo por el sonido era la Respuesta Incondicionada (RI). Watson repitió el mismo procedimiento en varias ocasiones hasta que el pequeño Albert pasó a sentir miedo simplemente al ver la rata blanca. El animal se había convertido en el Estímulo Condicionado (EC) y la respuesta de miedo que la rata provocaba era la Respuesta Condicionada (RC). Watson había logrado aplicar el condicionamiento clásico en un humano, y no ya en una respuesta física, sino en una emoción.

En estudios posteriores, Watson observó que Albert no solamente se asustaba cuando veía una rata blanca, sino que generalizó su respuesta a otros estímulos y asociaba el golpe con el martillo a cualquier cosa blanca y peluda, como podía ser un conejo o una bola de algodón. Pero en ningún momento se cuestionó que pudiera haber falta de ética o mala praxis profesional en el experimento. De hecho, el pequeño Albert abandonó el hospital en el que se encontraba y Watson perdió el contacto con él, de manera que no pudo llevar a cabo la fase de descondicionamiento para enseñarle a dejar de tenerle miedo a los estímulos similares a una rata blanca.

Este experimento, que recibió muchas críticas, es totalmente contrario a la ética de la investigación científica actual. Sin embargo, en los tiempos de Watson lo que realmente le causó problemas no fue la experimentación con seres humanos sino los rumores de que mantenía una

DATO CURIOSO

Después de realizar el experimento con el pequeño Albert, Watson dedicó parte de su tiempo a escribir textos acerca de cómo educar a los niños. En la línea de su manera de entender la psicología, proponía métodos educativos basados en el condicionamiento clásico y la modificación de la conducta. Recomendaba a los padres que criaran a los bebés de una manera muy sistemática y organizada siguiendo una sucesión de pasos a rajatabla y sin dejarse llevar por sus sentimientos de apego hacia los pequeños. Así, sin ser demasiado efusivos sentimentalmente con sus hijos contribuirían a formar el carácter de los pequeños. Los resultados fueron desastrosos, y hay motivos para pensar que la popularidad de sus propuestas produjo una gran cantidad de casos de crianza disfuncional. A pesar de ellos, sus teorías tuvieron una gran influencia hasta la década de los setenta.

relación amorosa con su ayudante; rumores de infidelidad que le obligaron a renunciar a su cátedra en la universidad, momento a partir del cual se dedicó a la publicidad y a la escritura de libros sobre psicología.

EL PARTICULAR CONDUCTISMO DE SKINNER

El condicionamiento clásico puede utilizarse para modificar y predecir determinadas conductas de un individuo, pero no para entrenar a dicho individuo en la realización de tareas específicas, como por ejemplo aprender a tocar una serie de notas musicales o mover objetos. Este tipo de condicionamiento no profundiza en el aprendizaje de maneras concretas de interactuar con el entorno. El encargado de orientar el conductismo hacia este tipo de metas fue el investigador estadounidense Burrhus Frederick Skinner, que se propuso estudiar no ya las respuestas reflejas o emocionales ante un estímulo bien identificado, sino el modo en el que un individuo opera sobre su entorno de manera voluntaria. Skinner defendía la idea de que la conducta aprendida dependía más de las consecuencias que tenían esas acciones que de los estímulos previos o simultáneos a la acción. A fin de cuentas, fuera de un laboratorio no es demasiado frecuente que aparezcan estímulos condicionados con la frecuencia suficiente como para alterar nuestra conducta de forma duradera, pero sí que se nos presentan multitud de ocasiones en las que podemos comprobar qué conductas nos benefician y cuáles no.

Además, aunque popularmente el término «acto reflejo» se aplica sólo a los casos en los que reaccionamos ante un estímulo de manera predecible e invariable más allá de nuestra voluntad y por obra de un circuito nervioso que nos hace reaccionar de un modo concreto, B. F. Skinner definió el término «reflejo» como la relación entre un estímulo y una respuesta entendidos en un sentido amplio, lo cual hace que este concepto pueda ser aplicado en una gran variedad de casos. Como ni los estímulos ni las respuestas pueden entenderse independientemente unos de otros, el concepto de «reflejo» era la unidad analítica necesaria para poder realizar investigaciones sobre la conducta. Por lo que respecta a los actos voluntarios, para Skinner eran simplemente una cadena de conductas reflejas en las que no podemos identificar los estímulos que las están produciendo. Esta visión sobre la psicología puede parecer poco amable, pero era extremadamente útil a la hora de controlar y predecir la conducta hasta cierto punto.

EL CONDICIONAMIENTO OPERANTE



Así pues, Skinner aceptó el modelo de condicionamiento clásico que definió Pávlov y que más tarde desarrolló y popularizó Watson, pero pensó que este tipo de condicionamiento solamente servía para explicar una parte muy pequeña del comportamiento humano. Dejando atrás el modelo del condicionamiento clásico, que se centraba en describir el aprendizaje asociativo caracterizado por la transformación de un estímulo neutro en un estímulo condicionado que provoca una respuesta automática o involuntaria, Skinner propuso el principio del «condicionamiento operante». Éste ofrece una explicación acerca de las conductas que son activas y voluntarias, las cuales son llamadas «operantes» porque se realizan con un propósito y son ejercidas sobre el medio ambiente y sobre el resto de los individuos que hay en él. Cuando el individuo realiza estas conductas, recibe estímulos relacionados con lo que ha hecho. Si estas conductas voluntarias producen reacciones deseables (reforzadores), el individuo tenderá a repetir esa conducta. Por el contrario, si esa conducta ocasiona un acontecimiento desagradable, la conducta tenderá a no repetirse. Los reforzadores pueden ser de dos tipos: positivos y negativos. Los reforzadores positivos son estímulos que fortalecen una respuesta cuando aparecen, como por ejemplo el hecho de dar una comida con un sabor que guste. En cambio, los reforzadores negativos son estímulos que fortalecen una respuesta cuando se retiran, como por ejemplo el hecho de dejar de gritar y llorar si se compra un artículo en concreto (un recurso que conocen muy bien los niños pequeños). Como ves, ambos incrementan o fortalecen la conducta previa. Lo contrario de un reforzador es un estímulo aversivo (castigo), que tiene la cualidad de ser desagradable (doloroso, amenazante, etc.) para quien lo recibe. El efecto del estímulo aversivo, además, es contrario al de los reforzadores, pues provoca el debilitamiento o la disminución de la probabilidad de la aparición de la conducta previa.

Para llevar a cabo sus experimentos, el psicólogo fabricó unos aparatos similares a cajas. Skinner utilizó estas estructuras para experimentar básicamente con ratas y palomas, a las que les presentaba refuerzos (positivos o negativos) o castigos en diferentes momentos para producir o inhibir los comportamientos específicos. En su primer trabajo con ratas, Skinner colocaba a los animales en su caja, y disponían de un dispensador, es decir, una palanca unida a un tubo de alimentación, y cada vez que el animal presionaba la palanca recibía comida. Tras múltiples ensayos, las ratas aprendían la asociación existente entre la palanca y la comida y empezaban a pasar más tiempo junto al dispensador de alimentos en vez de realizar cualquier otra acción. Como el resto de conductistas, Skinner trabajaba bajo la presuposición de que las conclusiones sobre el condicionamiento que se investigaban experimentando con animales también pueden ser utilizadas para explicar el comportamiento humano y el modo en el que se relaciona con el entorno.

DATO CURIOSO

Para probar su idea de que el condicionamiento operante era responsable de todas las acciones, Skinner llevó a cabo su famoso experimento de las palomas supersticiosas.. Alimentó a distintas palomas en intervalos continuos (cada 15 segundos) sin que ellas debieran realizar alguna acción concreta para recibir la comida (como podía ser tocar una palanca), y, tras observar su comportamiento, llegó a la conclusión de que las palomas repetían las acciones que habían estado haciendo momentos antes de recibir la comida en el dispensador. Skinner concluyó que las palomas habían creado una relación causal entre sus acciones y la presentación de la recompensa, debido a lo cual se comportaban de una forma muy peculiar, creando cada una de ellas un ritual similar a las conductas supersticiosas. Pero también utilizó técnicas para modificar el comportamiento de los animales de un modo muy preciso. Por ejemplo, en otro de sus famosos experimentos consiguió que dos palomas jugasen a un especie de ping-pong primitivo. Lo hizo utilizando el condicionamiento operante en una serie de fases. De este modo consiguió que las aves hicieran algo parecido a iniciar una partida de ping-pong, para luego ir condicionándolas sobre ese patrón de conducta que habían aprendido y lograr así que se aprendieran todas las reglas del juego. A las palomas se las entrenó para arrojar la pelota a su oponente y sólo se les daba alimento cuando lograban ganar una jugada. De esta manera, reforzando poco a poco determinadas conductas y trabajando sobre el aprendizaje acumulado, Skinner consiguió que las palomas realizaran jugadas relativamente largas.

EL PRECEDENTE DE THORNDIKE

Antes de que Skinner hablase sobre condicionamiento operante, otro psicólogo estadounidense llamado Edward Lee Thorndike había sentado precedentes sobre cómo la interacción con el ambiente puede modificar la conducta de manera predecible. A pesar de que se centró en el estudio de la inteligencia de los animales, Thorndike se convirtió en otro de los predecesores del conductismo. Para sus experimentos utilizó «cajas problema» con las que estudiaba el proceso de aprendizaje con el que los animales conseguían escapar de ellas. Los hallazgos que realizó con estas investigaciones le permitieron formular varias leyes fundamentales del conductismo, de las cuales la más importante es la «ley del efecto», que establece que la aparición de resultados satisfactorios asociados a conductas hacen que aumenten las posibilidades de que esa conducta se repita.

Thorndike encerraba a un gato hambriento dentro de su caja problema y colocaba comida fuera de ella. Para poder salir, el gato debía accionar una palanca o una anilla, y Thorndike registraba el tiempo que tardaba en activar el mecanismo adecuado y escapar. El gato, una vez dentro de la caja, comenzaba a explorar y a tocarlo todo, así que en algún momento terminaba accionando la palanca y la puerta se abría. A medida que se repetía el experimento, el gato tardaba menos en salir de la caja problema, pero el tiempo no se reducía drásticamente en comparación con el intento anterior. Tras observar el comportamiento de los felinos, Thorndike concluyó que inicialmente los gatos salían de la caja y obtenían la comida por «ensayo y error», que no razonaban, pero que, tras los distintos intentos, se producía una conexión entre la situación del animal y la consecuencia deseada. De este modo, las asociaciones útiles quedaban grabadas en el cerebro del animal, mientras que las que eran poco útiles se desechaban. Esto era muy relevante para Thorndike, ya que él entendía la inteligencia como la capacidad de formar conexiones.

LA CAJA NEGRA DE LOS CONDUCTISTAS

Los conductistas de la generación de John Watson tendían a menospreciar el papel de los procesos mentales como fuente de conocimiento válido para la psicología. Para ellos la mente era inaccesible y utilizaron la metáfora de la caja negra para designar todos aquellos procesos mentales (pensamientos, sentimientos, ideas, deseos...) no observables. Los conductistas veían la mente como una caja negra que se hallaba en medio de los inputs (estímulos) y los outputs (respuestas) pero que, al formar parte de la subjetividad del individuo, no podía ser considerada materia de estudio para la investigación científica. Para Skinner, todo aquello que ocurre dentro de la «caja negra» también es conducta, de la misma naturaleza que la que es pública y observable, pero en este caso se trataría de una conducta privada. A diferencia de los psicólogos conductistas que le precedieron, Skinner aportó una nueva visión del conductismo al defender que los procesos



mentales eran también conductas, al igual que cualquier acción basada en el movimiento de músculos. Por esta razón no negaba su importancia, algo que sí hizo, por ejemplo, John Watson. Para Skinner, la única diferencia entre un pensamiento o un sentimiento y, por ejemplo, el grado en el que se suda ante un estímulo determinado es que los primeros sólo pueden ser observados por el individuo, algo que en teoría no tiene mayor relevancia. Sin embargo, al igual que los primeros conductistas, en la práctica se centró en el estudio de variables fácilmente medibles, que en este caso equivale a las conductas que tienen una plasmación más allá del sistema nervioso. La explicación dada era que, como consideraba que los fenómenos mentales del estilo de los sentimientos o los pensamientos son formas de conducta como cualquier otra, no tienen por qué ser considerados como la causa de toda la conducta observable. Por muy internos y privados que sean, estos fenómenos psicológicos son, según Skinner, respuestas a estímulos externos, y no estímulos que generan respuestas.

FORMAS Y FIGURAS DE LA GESTALT

El legado de Skinner es tan importante en la historia de la psicología que Richard J. Herrnstein, uno de sus colegas de laboratorio, llegó a decir que fue el encargado de transformar la psicología en una ciencia. Además de realizar importantes aportaciones a la ciencia más allá de ésta, su afán por ganarse la atención de los medios con los descubrimientos que realizaba lo llevaron a plantear propuestas que le granjearon fama de persona extravagante. Entre sus inventos más destacados se encuentra una máquina que ayudaba a estudiar dando mensajes positivos cada vez que se seleccionaba la respuesta correcta. Además, las conclusiones tanto de Skinner como de autores conductistas siguen vigentes en la actualidad, no sólo en el campo de la psicología, sino también en el de la educación.

Sin embargo, a finales de los años cincuenta y durante la década de los sesenta, la importancia de la corriente conductista empezó a decaer, porque se consideraba que era necesario estudiar los procesos mentales que hasta el momento habían sido considerados prácticamente imposibles de estudiar por los conductistas. Esta nueva concepción de lo que debía ser la psicología se fundamentaba en una corriente nacida a principios del siglo XX la cual se propuso abordar de frente el estudio de los fenómenos internos y privados, y no tanto de las acciones observables directamente, desde una perspectiva que no tenía nada que ver con la del psicoanálisis. Se trata de la corriente de la Gestalt, nacida en Alemania alrededor de 1912. Si los países de Europa central habían sido la cuna de la psicología experimental y el psicoanálisis, a principios del siglo XX esta región volvió a disputarle la hegemonía al continente americano. En esa época nació una nueva corriente de psicólogos que, en vez de preocuparse por el estudio de las relaciones entre estímulos y respuestas, se centraba en el estudio de la percepción y la organización perceptiva (es decir, el modo en el que la información sensorial llega a formar parte de los procesos mentales). Este enfoque surgido entre 1910 y 1915 se llamó psicología de la Gestalt, término que no tiene una traducción exacta al castellano pero que alude a las ideas de «forma», «figura», «patrón» y «totalidad».

Los gestaltistas sostenían dos ideas básicas que daban forma a su particular visión de lo que es la psicología. La primera suele resumirse con el lema «El todo es mayor que la suma de sus partes», lo cual significa que los fenómenos perceptivos son captados como una totalidad y no como un conjunto de subcomponentes organizados entre sí o una serie de sensaciones separadas (una postura totalmente opuesta a la de los psicólogos estructuralistas). La segunda es que esta percepción de un «todo» viene dada de forma inmediata y es fruto del papel activo de la mente, que busca coherencia y simplicidad en los significados de la información que le va llegando. Esto último significa que la mente no es un simple receptáculo de información que llega desde el exterior, sino un agente que da forma y sentido a los datos perceptivos sin que quede espacio para la ambigüedad. Max Wertheimer, fundador de esta corriente, utilizó una serie de experimentos basados en la percepción del movimiento aparente para apoyar estos principios, que consistían en encender y apagar bombillas situadas una al lado de otra para crear la ilusión de que había un punto de luz moviéndose. Éste es el llamado fenómeno phi, que explica, entre otras cosas, el funcionamiento del cine a partir de una rápida sucesión de fotogramas o la utilización de señales luminosas variables en rótulos de neón.

Otro de los más importantes representantes de la Gestalt, Wolfgang Köhler, defendía la hipótesis de que los seres humanos y al menos una parte del resto de los animales son capaces de llegar a comprender instantáneamente los problemas que se les plantean resolviéndolos primero en su imaginación y luego aplicando la solución en el mundo real. Es decir, creía que ciertos organismos pueden crearse una imagen global de la situación y extraer conclusiones a partir de ésta, proceso que es conocido como insight. Por ejemplo, Köhler comprobó que los chimpancés podían construirse escaleras improvisadas o utilizar palos largos para alcanzar la comida a la que no llegaban, algo que difícilmente puede ser explicado como una muestra de aprendizaje por ensayo y error. En definitiva, Köhler sostenía la idea que definía a la Gestalt: que somos capaces de crear imágenes globales de lo que percibimos y que estas figuras mentales tienen un valor que no debería existir si aquello que percibimos fuese la simple suma de los datos de lo que nos entra por los sentidos. En este sentido, su punto de vista se enfrentaba totalmente al de Thorndike, que tenía una opinión mucho menos amable sobre el nivel de inteligencia de los animales.

LAS LEYES GENERALES DE LA GESTALT

Aunque los gestaltistas acostumbraban a basar sus experimentos y sus ejemplos en fenómenos visuales, creían que todos los sentidos funcionan mediante la lógica plasmada en las leyes de la Gestalt. Por ejemplo, cuando escuchamos una melodía la reconocemos como un todo, en vez de como una secuencia de notas que van llegando a nuestros oídos de manera separada.

Las leyes generales de la Gestalt más importantes son la «ley de la figura-fondo», un principio organizativo que afirma que no es posible la existencia de una figura (donde centramos la atención) sin un fondo (zonas circundantes a la figura que quedan en segundo plano); y la «ley de la buena forma» o «de la pregnancia» que describe que la percepción se organiza de manera que las figuras aparezcan lo más simples, regulares y simétricas posibles, por lo que las buenas formas son percibidas con mayor rapidez y exactitud. Además de éstas, los teóricos de la Psicología de la Gestalt formularon distintas leyes particulares, como por ejemplo, la ley de la proximidad, según la cual las figuras más cercanas tienden a percibirse como un todo; la ley de la similitud, que señala nuestra propensión a agrupar en conjuntos las figuras más parecidas entre ellas; la ley de la continuidad, según la cual los elementos que están dispuestos siguiendo una direccionalidad más o menos clara se perciben como un todo, aunque haya separaciones entre ellos; la ley del cierre, que hace referencia a que una forma se percibe mejor cuanto más cerrado está el contorno, o la ley de la compleción, según la cual tendemos a cerrar con la imaginación aquellas formas cuyo contorno está abierto por algunos puntos. Los gestaltistas sostenían que la percepción se organizaba siguiendo varios principios primarios, es decir, que estas leyes no dependían ni del significado de los objetos, ni de las experiencias pasadas.



ESTUDIANDO LA CAJA NEGRA: ­PSICOLOGÍA COGNITIVA

Si bien los gestaltistas creían que todos los procesos mentales presentaban la característica de hacer alusión a una totalidad más que a un conjunto de piezas, a la hora de buscar apoyo empírico tendían a darle mucha importancia a los experimentos basados en la percepción de estímulos concretos. Fue algo más tarde, a finales de los años cincuenta, cuando la psicología se adaptó para emitir teorías e hipótesis más relacionadas con los procesos cognitivos en sí, es decir, el procesamiento de todo tipo de información tiende a utilizarse para generar más información, solucionar problemas y tomar decisiones. Esta nueva concepción de la psicología, liderada en un principio por George Miller y Jerome Bruner apareció como una reacción al conductismo de Skinner, y, de hecho, es frecuente llamar «revolución cognitiva» al cambio de paradigma iniciado por esta generación de psicólogos, término con unas connotaciones épicas bastante evidentes. No es para menos, ya que aunque los gestaltistas llevaban existiendo desde hacía años, este nuevo movimiento se proponía ir mucho más allá del estudio de actos perceptivos. y se especializó en estudiar la memoria, la atención y los aspectos mentales del aprendizaje, entre otras cosas, para arrebatarle la hegemonía al conductismo, por lo menos en los círculos más científicos. En definitiva, los impulsores de esta revolución defendían un cambio de paradigma hacia el estudio de la «caja negra», y sostenían que la psicología debía abordar la difícil (pero no imposible) misión de buscar bases empíricas que explicasen cómo funciona la cognición, entendida como el conjunto de procesos a través de los cuales la información que proviene de los sentidos y de las experiencias previas se transforma y se almacena para solucionar problemas. Había nacido la psicología cognitiva, totalmente volcada en el estudio de lo que ocurre dentro de la «caja negra» (al contrario de lo que hacía la corriente conductista, ya en crisis por esa época) y sirviéndose de metodologías basadas en la confirmación o refutación de hipótesis, normalmente a través de la estadística (al contrario de lo que hacían los psicodinámicos). La pregunta que se planteaba era cómo estudiar procesos mentales para generar conocimiento científicamente. Pregunta con enjundia, y más si tenemos en cuenta que la psicología cognitiva rechazó la posibilidad de fundamentar sus investigaciones en el uso de la introspección para registrar estados mentales, algo que se venía haciendo desde el siglo XIX. En vez de eso, se inspiró en la metodología que seguían los conductistas, quienes registraban como variables objetivas los estímulos y las respuestas. Los cognitivistas empezaron a hacer lo mismo, sólo que colocando en el centro de sus hipótesis los procesos mentales que creían que podían estar ocurriendo. Siguiendo esta metodología, se hipotetiza que cierto tipo de variable influye en los procesos mentales haciendo que éstos presenten una característica concreta, y observando el tipo de respuesta que se da, se comprueba si se cumplen las predicciones. La idea en la que se basa este estilo de investigación es que diferentes cogniciones producirán distintos resultados. Así, a partir de una serie de investigaciones que estudian fenómenos similares abordándolos desde diferentes flancos y en distintos contextos, se puede llegar a generar teorías sobre cómo funciona la mente.

Otro factor que ha facilitado el estudio de los procesos cognitivos es el hecho de que esta nueva generación de investigadores empezó a usar la metáfora del cerebro-ordenador o, mejor dicho, el modelo informático de los procesos mentales. Como la psicología cognitiva se centraba en el estudio de los flujos de información que dan forma a los procesos mentales, se basaron en el funcionamiento de los ordenadores para crear hipótesis y teorías, ya que estas máquinas se encargan básicamente de gestionar y procesar información. Eso hizo que se empezase a pensar en puertos de entrada y de salida de información, almacenes de datos (memoria), unidades de transformación de información, etc.

Además, a diferencia de lo que defendía la psicología conductista, los partidarios de la psicología cognitiva creían que el modo en el que la mente organiza los estímulos en jerarquías y categorías tiene un papel muy importante a la hora de explicar el comportamiento de los seres humanos. Esto hizo que una buena parte de esta nueva corriente se dedicase al estudio de los esquemas cognitivos que son algo así como cuadros de pensamiento creados a partir de experiencias previas y en los que se acomoda la nueva información que va llegando en tiempo real. Los esquemas cognitivos tienen mucho que ver con las creencias y la ideología de las personas, con su manera de entender la realidad. La psicología cognitiva, por lo tanto, se preocupa por recopilar información que permita describir y entender el funcionamiento de estos esquemas.

¿QUÉ QUEDA HOY EN DÍA DE TODAS ESTAS CORRIENTES DE LA PSICOLOGÍA?

Teniendo en cuenta que todas las corrientes de la psicología se han ido transformando a lo largo del tiempo y que la influencia que han ejercido unas sobre otras ha sido constante, puede ser difícil establecer las distintas categorizaciones sobre los enfoques y escuelas que están vigentes hoy en la psicología. Sin embargo, desde una perspectiva histórica merece la pena señalar, por ejemplo, que la psicología Gestalt puede entenderse como un precedente de la psicología cognitiva y que ha quedado absorbida por ésta. Si ambas forman o no una sola corriente de psicología, sin embargo, es algo totalmente abierto a debate. Por otro lado, las influencias de la corriente gestaltista han dejado una huella importante tanto en el inicio de la psicología social por parte de un psicólogo llamado Kurt Lewin, como en la aparición de la llamada terapia Gestalt, tal y como veremos más adelante.

En cuanto al conductismo, el hecho de que en la práctica sus planteamientos hayan perdido mucha fuerza hace que frecuentemente se crea que ya sólo queda un rastro de esta corriente concretamente, unos restos que forman parte de la psicología cognitiva, que en la práctica ha «completado» las propuestas del behaviorismo americano. Sin embargo, lo cierto es que el conductismo sigue existiendo a día de hoy y además tiene entidad propia, aunque ya no es una corriente hegemónica. Por otro lado, el conductismo entendido como filosofía científica nunca fue refutado por los cognitivistas, y siguen existiendo psicólogos que se consideran descendientes directos de la ciencia inaugurada por Skinner. Además, en lo que respecta a las terapias, algunas de estas corrientes han llegado a mezclarse entre sí, como en el caso de las terapias cognitivo-conductuales impulsadas inicialmente por Aaron Beck y Albert Ellis, o la terapia Gestalt de Fritz Perls y Laura Perls, que mezcla elementos de la Gestalt con la corriente de pensamiento asociado a la filosofía humanista. Por lo que respecta al psicoanálisis y las distintas escuelas psicodinámicas, han perdido gran parte de su influencia, y sólo se mantienen con cierto vigor en Francia y, especialmente, en Argentina. En la psicología hegemónica actual se considera que Freud es una figura con valor histórico para la disciplina, pero cuyas ideas ya no sirven. El hecho de que no se pueda demostrar la eficacia de las propuestas surgidas de los enfoques psicodinámicos y que hayan surgido formas de psicoterapia más breves y económicas ha perjudicado enormemente a esta corriente, pero, a la vez, el psicoanálisis ha dejado marcas permanentes en el arte, la filosofía y las humanidades en general, así como en la iconografía relacionada con el mundo de lo psicológico, como demuestra el hecho de asociar las sesiones de terapia con un diván sobre el que el paciente habla bajo la atenta mirada del terapeuta.







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