Geografía e identidad



Descargar 86.26 Kb.
Fecha de conversión09.07.2017
Tamaño86.26 Kb.





Geografía e identidad
Desde el renacimiento de la lengua hebrea hacia fines del siglo XIX, muchísimas obras literarias reflejaron el amor a Eretz Israel. Como lo expresa el Hatikva, una esperanza acompañó la vida del pueblo judío a lo largo de dos mil años: “ser un pueblo libre en nuestra tierra, la Tierra de Sión y Jerusalem”.
להיות עם חופשי בארצנו

ארץ ציון וירושלים


No es un dato menor el nombre de la primera novela hebrea moderna: Ahavat Tizón (Amor a Tzión), escrita por Abraham Mapu1 en 1853.

Mientras los escritores y poetas aún vivían en Europa, la producción literaria estuvo signada por la añoranza por esa tierra que solo existía en sus corazones y con la que soñaban. Una vez establecidos en Eretz Israel, para los grandes poetas y prosistas, la tierra dejó de ser un sueño, se convirtió en algo concreto que pisaban. Tanto ellos como los jalutzim, necesitaban diferenciarse del judío galútico: Eretz Israel era la solución para el pueblo judío y en esta tierra se construiría el judío fuerte, trabajador, que con su esfuerzo físico se apropiaría de ella. Ya con el establecimiento del Estado de Israel, el sueño se hace realidad y esta no es cómo la habían soñado, sino que es mucho más compleja y difícil. La fundación de kibutzim, moshavim y ciudades en desarrollo aporta elementos distintos al entramado social. A lo largo de los años, la hitiashvut haovedet no solo se dedica a cultivar la tierra, sino que también desarrolla industrias y servicios. El hombre empieza a perder el contacto con la tierra. A partir del último decenio del siglo XX, los kibutzim y moshavim modifican sus estructuras, muchos se privatizan, desmantelan naranjales y tambos donde se construyen urbanizaciones, sobre tierras otrora productivas. Surgen centros comerciales en cruces de caminos o en las entradas de kibutzim ubicados sobre rutas centrales. Es indudable que este proceso influye en la identidad de los diferentes grupos sociales, ya que entre muchos israelíes laicos, el paseo del shabat, que era dedicado al contacto con la naturaleza y al picnic, es reemplazado por la visita al shopping.

Se propone aquí un recorrido por obras literarias que reflejan este proceso de cambio, que reflejan la relación del hombre con esta geografía, que, a pesar de la evolución que tuvo, continúa marcando la identidad nacional.
Los grandes poetas que comenzaron a escribir en Europa, hablaron de la añoranza eterna y ese amor incondicional por Eretz Israel.

Jaim Najman Bialik2 , el poeta nacional, expresa su deseo de “llegar a la tierra elegida, la tierra de la virtud”. En su poema “Los últimos muertos del desierto” escribió:
Levantaos; salid, errantes del desierto, de estas soledades,
os queda todavía un largo camino y os restan aún rudos combates.
Basta ya de vagar por las estepas:
ante vosotros, una ancha senda se abre.
(…)

Levantaos, pues, errantes; abandonad este yermo;


sin alzar la voz, andando en silencio,
no despierten vuestros pasos los durmientes del desierto;
que cada cual se concentre en el palpitar de sus huesos
y recoja en su corazón el divino verbo:
“Anda, camina, hoy ingresas en un territorio nuevo;
ya no comerás maná ni codornices del cielo,
sólo el pan de tu trabajo y el fruto de tu esfuerzo,
no habitarás más en tiendas vacías y sin cimientos,
levantarás edificios para morar en ellos”.



También Shaúl Tchernijovsky3 habla de una tierra maravillosa en “Dicen: hay una tierra”:

Dicen: hay una tierra,

llena, llena de sol...

¿Dónde está la tierra?

¿Dónde está ese sol?
Dicen: hay una tierra

sobre siete pilares.

y siete estrellas brotan

sobre cada colina.


Tierra es, donde se cumplen

las esperanzas que el hombre soñó.

¿Dónde está esa tierra?

¿Dónde esas colinas?


Todo aquél que a ella llega

es recibido como un hermano,

se le desea buena suerte

y todo es claro y agradable.


¿Dónde están esa tierra

y las estrellas sobre las colinas?

¿Quién nos mostrará el camino

y por su senda nos guiará?


Ya hemos cruzado los

desiertos y los mares,

ya hemos caminado bastante

y se nos acaban las fuerzas.


¿Cómo fuimos a equivocarnos?

¡Aún no nos dejan en paz!

Esa tierra tan llena de sol

no la hemos podido hallar.


Quizá ya no existe:

¡Se apagó su resplandor!

Dios para nosotros

nada ordenó...


El periodista y presentador televisivo Iair Lapid tomó el poema de Tchernijovsky y en base a él escribió:
“A veces pienso - ¿Cómo es vivir en Nueva Zelanda? Nacer en un lugar alejado, en un país difícil de localizar en el mapa. Crecer en una pequeña aldea, pasear en un campo verde y observar a los campesinos que esquilan blancas ovejas. Vivir en una casa construida por tu abuelo, ser el nieto de un abuelo que murió de muerte natural y estudiar una historia que solo tiene 200 años.

Ser neozelandés y proyectar programas para dentro de cinco años. Preocuparme solo por mi equipo de fútbol y enrolarme en el ejército si quiero, porque no hay servicio militar obligatorio.

Leer el periódico neozelandés y no entender qué es lo que pasa en la Tierra Santa: por qué la gente se mata por un trozo de tierra, si el mundo es tan grande y la vida tan cara.

Ser neozelandés y saber que un cañón se dispara en el día del cumpleaños de la reina de Gran Bretaña. Saber que una granada es un fruto y una bolsa de dormir sirve para salir de paseo. Saber que una viuda es una anciana y que cuando un hombre relata que su hijo cayó, preguntarle si no se golpeó demasiado fuerte.

Ser un pequeño y meticuloso neozelandés que no se preocupa por nadie ni espera que nadie se preocupe por él.

Dios, que “nos has elegido entre todos los pueblos”, no tengo reclamos. Acepto “la sentencia” con amor. Con orgullo. No cambiaría a Jerusalem por Wellington ni la difícil vida en Israel por una vida más fácil en ningún lugar. Esta es mi tierra, la patria de mis hijos. Este es nuestro destino. Pero no te enojes, Elohim, si alguna vez pienso para mí mismo, si es justo que en nueva Zelanda la gente se muera de aburrimiento”.


Lapid ironiza sobre las dificultades de vivir en Israel, pero al igual que Bialik y Tchernijovsky expresa su profundo lazo con la tierra y su amor por el país.
De los poetas de la Tejiá (Renaciminento), es Rajel4 la que expersó más claramente la relación del jalutz con la tierra. Ella amaba el Kineret y escribió numerosos poemas en los que expresó este amor. En “A mi patria”:
No te he cantado patria mía,

ni he glorificado tu nombre

con historias de heroísmo

de un sinnúmero de batallas;

sólo un árbol – plantaron mis manos

en las riberas de un Jordán silencioso,

sólo un sendero – hollaron mis pies

a través de los campos.


Muy pobre es por cierto -

lo sé, madre mía,

muy pobre es por cierto

la ofrenda de tu hija;

sólo una voz de alegría

en un día de aflicción,

sólo una furtiva lágrima

que sube a los ojos.


Y en “Si es cosa del destino”, expresa su deseo de morar eternamente a orillas del Kineret. Allí está enterrada y ya hace dos años la acompaña la cantautora Nomi Shemer5, quien también expresó su amor por esa región de Eretz Israel.
Si es cosa del destino

morar lejos de tus riberas -

déjame, Kineret,

descansar en tu camposanto.


No rompe la tranquilidad

la tristeza de su silencio

y un canto al trabajo

prorrumpe desde el camino.


Y el recuerdo de los yacentes

se encuentra aún en la urdimbre

y un árbol - laude

los cubre como bendiciéndolos.


Si es cosa del destino

morar lejos de tus riberas -

vendré, Kineret,

¡En tu camposanto a descansar!


Los poemas citados de Bialik, Tchernijovsky y Rajel fueron musicalizados por artistas israelíes y de la mano de cantantes muy populares se convirtieron en parte del acervo cultural de Israel. Son interpretados por jóvenes de las tnuot noar, aún sin que comprendan por completo su contenido, ya que fueron escritos en un hebreo muy diferente al coloquial que se habla hoy en día.

Contemporáneo de estos poetas, el Premio Nobel de Literatura 1966 Shmuel Iosef Agnón6, aborda el tema del lazo del pueblo judío con la tierra de Israel. En las tres novelas más importantes de su producción parte del ideal sionista como solución a todos los problemas del pueblo judío. Plantea un proceso de integridad-desintegración-renacimiento en Eretz Israel, que vive todo judío de la Diáspora. En uno de sus cuentos más difundidos, “La cabra”, describe una tierra maravillosa, muy cercana al Edén. En este relato, un anciano que sufría del corazón debe beber leche de cabras. Su cabra desapareció y regresó al corral con sus ubres llenas de leche de un gusto paradisíaco (en clara alusión a la cita bíblica acerca de “una tierra que mana leche y miel”). El anciano le pide a su hijo que siga a la cabra para averiguar de dónde trae una leche tan sabrosa. Así es como el muchacho llega a Eretz Israel:

“Vió montañas elevadas cubiertas de árboles frutales y una fuente de agua cristalina apareció ante él. El viento le traía fragancias y perfumes. La cabra trepó sobre un algarrobo y comenzó a comer sus dulces frutos llenos de miel.

El muchacho se dirigió a los moradores del lugar diciéndoles: “Eh, amigos, ¿dónde estoy y cuál es el nombre de este lugar?”. Dijéronle: “Estás en la tierra de Israel, cerca de Tzfat”. Inmediatamente se llenó su corazón de amor y besó la tierra, luego elevó su rostro al cielo y dijo: “Bendito sea Dios que me trajo a Eretz Israel”.



Bialik, Tchernijovsky, Rajel, escribieron sobre una tierra soñada, pero a medida que el ideal sionista se iba concretando, y los pioneros iban fundando y construyendo los kibutzim, los escritores y poetas empezaron a abordar uno de los temas más importantes de este movimiento: construir un judío nuevo, que trabaje la tierra y sea totalmente diferente al estereotipo del judío galútico.

Natán Alterman7, el trovador de la lengua hebrea moderna, escribió en “Personas de la segunda aliá8”:

(…)


Llegan a una tierra

De pantanos y desiertos,

Verdaderamente, personas muy raras.
Dijeron: no es suficiente hablar

sobre Sion y la tierra de los antepasados.

Debemos despedregar, cavar pozos,

arar y sembrar. Debemos trabajar.


Esto dijeron e hicieron. Entre saqueadores y enemigos

trabajaron hasta el último aliento en campos de espinos.

Y quienes los veían

decían sobre ellos:

¡Qué personas tan raras!
En su libro “Una historia de amor y oscuridad” (2002), una novela autobiográfica en la que relata la vida en Eretz Israel y en particular en Jerusalem durante los años treinta, cuarenta y cincuenta, el escritor Amos Oz9 escribe sobre los pioneros:
“No sólo el Mundoentero, también Eretz Israel estaba lejos: en algún lugar, más allá de las montañas, estaba surgiendo una nueva raza de judíos heroicos, una raza bronceada y robusta, silenciosa y eficiente, completamente distinta al judío de la diáspora, completamente distinta a los habitantes de Kerem Abraham10. Chicos y chicas pioneros, bronceados, curtidos y silenciosos, que habían logrado convertir la oscuridad de la noche en un aliado, y que también en las relaciones entre el hombre y la mujer habían superado ya todas las inhibiciones. No se avergonzaban de nada. (…)

Esos pioneros vivían más allá de nuestro horizonte, en Galilea, en Sharón, en los valles. Chicos fuertes y con sangre en las venas, pero silenciosos y pensativos, y chicas corpulentas, sinceras y equilibradas, como si lo supieran todo y lo entendieran todo, incluso a ti y a tu desconcierto, y a pesar de todo te trataban con cariño, seriedad y respeto, no como a un niño sino como a un hombre como los demás, pero de poca estatura”.


Es interesante señalar que Amos Oz publicó este libro en 2002. A pesar del tiempo transcurrido establece una clara distinción entre aquellos que vivían por aquellos tiempos en Jerusalem u otras ciudades y los pioneros, a quienes describe con gran admiración.

Un párrafo aparte merece la presencia de Jerusalem en innumerables producciones literarias. Desde la Edad Media, Yehuda Halevi ya escribió acerca de la añoranza por esta ciudad de la que el pueblo judío fue desterrado. Diferentes poetas y narradores hablan de su relación con esta milenaria ciudad, entre los que se destaca Iehuda Amijai11. En “Alcalde” escribió: 


Es triste ser

alcalde de Jerusalem,

es terrible.

¿Cómo puede ser un hombre alcalde de una ciudad como esta?

¿Qué hará con ella?

Edificará y edificará y edificará. 


Y de noche las piedras de las montañas que la rodean se acercarán

a las casas,

como lobos que vienen a aullar a los perros,

que se convirtieron en esclavos del hombre.


(Traducción: Iehuda Ofer)
Para Amijai siempre está presente la ciudad de Jerusalem, y figura en su obra, de muchos modos. Por ejemplo:

Jerusalem, lugar donde todos recuerdan


que se les ha olvidado algo,
sin recordar qué era.

En “Un pastor árabe busca un cabrito en el Monte Sión”, expresa Amijai su postura en relación al conflicto árabe-israelí en una Jerusalem que estuvo dividida durante diecinueve años.

Un pastor árabe busca un cabrito en el Monte Sión
y en la colina de enfrente busco yo a mi hijo pequeño.
Pastor árabe y padre judío
en fracaso pasajero.
Nuestras voces se encuentran sobre
la Fuente del Sultán, en el valle de en medio.
Ambos queremos que no entren
el hijo y el cabrito en el proceso
de la máquina horrenda del Jad Gadiá12

Después los hallamos entre las matas


y recuperamos nuestras voces,
que lloraron y rieron dentro.

Las búsquedas en pos de un cabrito o de un hijo


siempre fueron el comienzo
de una nueva religión en estos montes.

(Traducción: Esther Solay-Levy)

Y en “Turistas”, nos muestra cómo la historia milenaria se entremezcla con la vida cotidiana de los habitantes de la ciudad.

Una vez, me senté en las gradas junto a una de las


puertas de la Ciudadela de David. Las dos pesadas
canastas, las puse a mi lado. Un grupo de turistas
estaba parado ahí alrededor del guía y les serví de
señal, de punto de referencia. "¿Veis a ese hombre
con las canastas? Un tanto a la derecha de su
cabeza hay un arco del período romano. Un tanto a
la derecha, encima de su cabeza". "¡Pero se mueve,
se mueve!" Me dije: la redención vendrá sólo
cuando les digan: "¿Veis ahí ese arco del período
romano? No importa: pero junto a él, un tanto a la
izquierda y debajo de él, está sentado un hombre
que ha comprado fruta y verduras para su familia".

En los últimos años, Jerusalem se está convirtiendo cada vez más en una ciudad mayoritariamente de religiosos. Un chiste muy difundido dice que el mejor lugar de Jerusalem para un viernes por la noche es la autopista que conduce a Tel Aviv. En el libro de Amos Oz ya citado, este describe la diferencia entre estas dos ciudades en los años previos al estado:

Al cabo de los años supe que la Jerusalem bajo el Mandato Británico, en los años veinte, treinta y cuarenta, era una ciudad culturalmente fascinante; había grandes comerciantes, músicos, intelectuales y escritores: Martin Buber, Gershom Scholem, Agnón y muchos otros investigadores y artistas importantes. (…)

La Jerusalem que mis padres admiraban estaba lejos de nuestro barrio: estaba en la verde Rehavia llena de sonidos de piano, en los tres o cuatro cafés con lámparas doradas de la calle Iaffo y Ben Iehuda, en las salas del YMCA y en el hotel Rey David, donde judíos y árabes amantes de la cultura se reunían con británicos amables e instruidos, por donde pululaban señoras fantásticas de largos cuellos vestidas de fiesta del brazo de señores con trajes claros, donde se mezclaban ingleses liberales con judíos cultos y árabes ilustrados, donde se organizaban recitales, bailes, jornadas literarias, recepciones y refinadas charlas artísticas. (…)

Al otro lado de las montañas oscuras estaba también la Tel Aviv de entonces, un lugar tumultuoso de donde nos llegaban los periódicos, las noticias sobre teatro, ópera, ballet, cabaret y arte moderno, los partidos políticos, ecos de agitadas discusiones y también retazos de vagos chismorreos. Allí, en Tel Aviv, había grandes deportistas. Y también había mar, y todo el mar estaba llenos de judíos bronceados que sabían nadar. ¿Quién sabía nadar en Jerusalem? ¿Quién había oído hablar nunca de judíos nadando? Tenían genes completamente distintos. Una mutación. “Como el milagro de una mariposa nacida de un gusano”. (…)

¡Qué lejos estaba Tel Aviv! (…) En aquella época, no solo la luz de Tel Aviv era diferente de la de Jerusalem, mucho más de lo que lo es hoy; incluso la ley de gravedad era completamente distinta. En Tel Aviv se caminaba de otra forma: se saltaba, se flotaba, como Neil Armstrong en la luna.

Actualmente, la diferencia entre la tradicional y espiritual Jerusalem y la cosmopolita y occidental Tel Aviv va en constante aumento. Muchos intelectuales y laicos de clase media de Jerusalem se han mudado a un nuevo barrio, en las afueras de la ciudad (Mevaseret Ierushalaim) o a la cercana ciudad de Modiin (junto al monasterio de Latrun), lo que les permite estar cerca de la capital, pero lejos de la vida religiosa que les impone limitaciones durante los fines de semana.

En la novela “Cuatro casas y una nostalgia”, publicado en 2004, el escritor Eshkol Nevó13 describe este lugar:

Topográficamente se trata de una montura. Dos jorobas y en el medio, un centro comercial. Ese es el común denominador. Una de las jorobas es ashkenazí, cuidada, ordenada y con un nombre optimista: Mevaseret14. La segunda joroba había sido muchos años atrás un campo de tránsito (maavará) para inmigrantes de Kurdistán. Ahora es esencialmente un desbarajuste. Chozas junto a chalets. Ruinas al lado de flores. Calles holandesas junto a calles descuidadas. El nombre oficial: Maoz Tzión. El nombre extra-oficial: Castel. En honor al fortín que está ubicado en la cima de la colina. En la Guerra de la Independencia aquí murieron; ahora es un sitio.

Eshkol Nevó relata la historia de cuatro familias del barrio del Castel, durante los meses previos y posteriores al asesinato de Rabin: una pareja mayor, llegada de Kurdistán durante los años cincuenta, el hijo de ambos junto a su mujer y a sus dos pequeños niños, una familia cuyo hijo mayor muere en el Líbano y una pareja joven de estudiantes que alquilan una pequeña vivienda en esa misma cuadra, porque es mucho más barato que vivir en Jerusalem. En este paisaje aparece un albañil árabe que trabaja en la refacción de una de las viviendas y reconoce en la vieja casa de la pareja mayor la morada de su infancia, abandonada por su familia cuando él era un niño, no bien comenzada la Guerra de la Independencia. La llave que aún conserva su madre, la nostalgia por un lugar al que pertenecieron sus antepasados y al que quieren regresar plantea un paralelo con la añoranza judía por el retorno a Tzión. El autor focaliza la narración desde los diferentes puntos de vista de sus personajes. Cada uno con su propia historia personal, mezclada con la historia nacional, que influye en el desarrollo de sus vidas. Como en capas geológicas superpuestas, ese paisaje urbano que fue cambiando a lo largo del tiempo, con el devenir de la historia, nos permite conocer a cada uno de los personajes, sus sufrimientos y emociones.

En los últimos quince años, puede afirmarse que la nueva literatura israelí es una literatura urbana, que es producida esencialmente por escritores que empezaron a publicar siendo muy jóvenes, viven en Tel Aviv y son parte de la movida cultural que en esta ciudad se desarrolla. Hasta los ochenta, la literatura israelí era seria y se ocupaba de grandes temas, su objetivo no era entretener, sino que estaba al servicio de la historia con mayúscula. A partir de entonces, cualquier tema puede ser abordado. En esta era global y posmoderna los límites son borrosos, las reglas se esfuman y parece que todo puede ser legítimo. Las historias ambientadas en el kibutz son escasas entre los escritores actuales. Estos escriben acerca de jóvenes urbanos que viven los mismos conflictos que pueden protagonizar quienes habitan cualquier gran ciudad del mundo occidental. Muchas son historias de seres solitarios que llegan a Tel Aviv en busca de oportunidades laborales o de estudio.

El cuento “Rani de las estrellas”, de la escritora y periodista Gafi Amir15 (en Hasta los 21 llegarás a la luna, 1997) transcurre en Iom Haatzmaut en Tel Aviv. La protagonista concurre a una discoteca llamada “Corrupción”, en la que se realiza una fiesta de travestis, en homenaje al Día de la Independencia. Allí encuentra casualmente a un ex novio y rememora la época que pasaron juntos:

No es que me muera por él, pero sé que en algún lugar del mundo todavía da vueltas el tiempo en el que íbamos a Kikar Haatarim16 cada noche. Toneladas de hormigón y cemento, fortificadas como la línea Maschino, nos separaban del cielo.

Nuestra temprana juventud transcurrió a mediados de los ochenta. Eso nos ubica como gente del vinilo, con zapatos llenos de tachas y una gran nostalgia por la música de Rod Stuart. En algún lugar, en medio de los años ochenta, yo era una típica chica que usaba hombreras, untaba mis labios con lápiz labial de Max Factor y me hacía claritos en el cabello. Atractiva como una bancaria arreglada podía creerse atractiva. Salimos tres años. Toda mi temprana juventud giró de alguna manera alrededor de Duki. Le introducía la lengua en lo profundo de su boca. Cada tanto, Auki me hacía masajes totalmente platónicos o me llevaba a las escaleras que conducían de la plaza al mar para sentarnos a conversar.

La juventud de esta pareja estuvo enmarcada en esa plaza seca, Kikar Haatarim, que marcó una época de Tel Aviv. Actualmente es un espacio en decadencia, los centros de diversión se diversificaron y trasladaron a otros sitios: la zona de Shenkin, Nevé Tzedek, Najalat Binyamin, los shoppings.

En “El día que dispararon sobre el Primer Ministro” (1991), Uzi Weil17 relata la búsqueda de un departamento para alquilar en Tel Aviv, por parte de un joven:

Mientras esperaba que cambiase la luz del semáforo, miré el edificio. El bolso que aún conservaba del ejército contenía todas mis pertenencias y me pesaba en el hombro, pero no quise bajarlo, para no tener que subirlo luego. En la planta baja había una cafetería. Los departamentos se alquilaban a bajo precio. Cada uno tenía una pequeña cocina y un baño. Se alquilaban a soldados, obreros nigerianos, ancianos que compartían la vivienda, chicas venidas de Beit Shean que cogían a viva voz durante las noches mientras los obreros las escuchaban y se masturbaban y los ancianos lo pasaban mal. El edificio era raro: tenía pasillos sinuosos y departamentos en diferentes niveles construidos de distintas formas. A pesar de que todos eran baratos, fuera de los ancianos, ningún inquilino se quedaba más de cuatro meses.

No era el mejor lugar de la ciudad, pero dos días antes había perdido mi trabajo y 24 horas después también el departamento en el que vivía.

En este párrafo, Weil nos pinta otro rincón de la ciudad: una zona barata y en consecuencia, habitada por una población muy diversificada que incluye también a los trabajadores extranjeros.

Muchos relatos y novelas realistas escritos en los últimos quince años están ambientados en las ciudades y aquellas narraciones relacionadas con el kibutz o la hitiashvut haovedet quedaron relegadas. Uno de los escritores que sigue fiel a este tipo de producciones es Meir Shalev18, quien se ha especializado en sagas familiares que se remontan a los primeros años de la vida agrícola en Eretz Israel. En “Por amor a Judith”, de 1994, relata:

De modo que mi nombre es Zeide, Zeide Rabinovich. El de mi madre era Judith y en el pueblo la llamaban Judith la de Rabinovich. Una maravillosa fragancia de hojas de limonero emanaba de sus manos y siempre llevaba un pañuelo azul anudado a su cabeza.

El nombre de mi padre no lo conoce nadie. Soy hijo ilegítimo , y tres hombres me han creído hijo suyo.

De Moisés Rabinovich he heredado una granja, un establo y el pelo pajizo. De Jacobo Scheinfeld he heredado una hermosa casa, una vajilla preciosa, unas jaulas de canarios vacías y los hombros caídos. Y del soijer, es decir, de Globerman, el tratante de ganado, he heredado una bolsa de dinero y mis gigantescos pies.

La relación del hombre con la tierra ha ido cambiando en todo el planeta. Vivimos en un mundo de ciudades y eso también se refleja en la literatura israelí. Si bien la relación del pueblo judío con Eretz Israel conlleva una carga emocional que es diferente a la de cualquier otro país, la literatura israelí ha ido creciendo en relatos urbanos y ha dejado atrás aquellos relacionados con la tierra y su trabajo, que abundaban en los primeros decenios del siglo XX.

Actualmente en Israel abunda el no-lugar, es decir, sitios que podrían estar ubicados en cualquier parte del mundo y en los que nos sentimos cómodos, porque a pesar de las diferencias autóctonas, todos son parecidos: shoppings, aeropuertos, autopistas, condominios.

A propósito de este fenómeno, la escritora Orly Castel Bloom19 pone en boca de uno de los personajes en su última novela “Textil” (2006):

No es bueno comprar una casa nueva en una zona nueva., con infraestructura nueva, vegetación nueva, árboles nuevos, escaleras nuevas, todo nuevo. No es bueno ser el primero en un determinado lugar. Eso genera temores. Me gustan las casas que ya fueron habitadas, que fueron vividas. Causa menos miedo no ser el primero, no tener que determinar nada, pero aquí siento un compromiso con la casa misma. Como si tuviera que darle carácter.

(Tel Baruj Tzafón: un suburbio nuevo de Tel Aviv) Hay allí una exageración de cosa nueva. La casa, el jacuzzi, las puertas, el barrio, la gente, los vecinos, el shopping, los negocios. Las escaleras mecánicas. ¿Cuánto ya se movieron? ¿Alguien les revisa el kilometraje? Nunca tuve ataques de pánico, pero desde que nos mudamos a este barrio, tengo todo el tiempo. Quisiera vivir en una casa de 200 años.

Las producciones de israelíes oriundos de los países árabes (edot hamizraj) merecen una reflexión especial. Recién en los años setenta estos escritores empezaron a alzar su voz, de la mano de los movimientos sociales que defendían los derechos de este sector, como los panteras negras. Entre ellos se destaca el poeta Erez Biton20, quien escribió en “Poema de compra en Dizengoff”:

Compré un negocio en Dizengoff

para arraigarme,

para comprar raíces,

para encontrar un lugar en el Roval21.

Pero

las personas del Roval…



Me pregunto,

quiénes son las personas del Roval,

qué tienen las personas del Roval,

qué les pasa a las personas del Roval.

Yo no me dirijo a las personas del Roval.

Cuando las personas del Roval se dirigen a mí,

desenvaino el idioma.
Palabras limpias,

sí, señor,

por favor, señor,

un hebreo muy actualizado.

Y las casas aquí están paradas sobre mí,

mucho más altas que yo.

Y las aberturas aquí se abren

pero son impenetrables para mí.


Al final del día,

en el negocio de Dizengoff

empaco mis cosas

para volver a los suburbios

y al otro hebreo.

Erez Biton plantea el deseo de pertenecer al lugar, pero a la vez la imposibilidad de ser parte y lo hace también desde el idioma: el hebreo como una geografía a conquistar. ¿Cuál es su identidad? ¿Cómo se complementan la cultura que trajo consigo con el nuevo mundo que debe conquistar, pero que aparece como hostil?

Para cerrar este recorrido volvemos al gran Yehuda Amijai, y su poema “Amor al país”:

Y el país se divide

en comarcas del recuerdo y distritos de esperanza,

y sus habitantes se mezclan entre sí,

como esos que regresan de un casamiento

con aquellos que vuelven de un entierro.
Y el país se divide en territorios de guerra y territorios de paz.

Y el que cava una zanja contra obuses,

volverá para acostarse en ella con su muchacha,

si es que vive para cuando llegue la paz.


Y el país es hermoso.

Incluso los enemigos en derredor lo adornan

con armas que brillan al sol

como un collar al cuello.


Y el país es un país-paquete:

bien amarrado está y de todo hay en él, y está atado con fuerza

y los hilos producen dolor a veces.
Y el país es muy pequeño,

ya hasta puedo integrarlo en mi interior.

La erosión del suelo arrastra mi tranquilidad también

y tengo siempre presente el nivel del Kineret.

Y por ello puedo sentirlo todo

en un entornar de ojos: mar-valle-monte.

Y por ello puedo recordar todo lo que en él pasó

de un solo golpe, como aquel que recuerda

toda su vida en el momento de su muerte.
(Traducción de Oded Sverdlik)
En diferentes épocas y con distintas géneros y estilos, la literatura hebrea moderna refleja un lazo intenso con su geografía, que suministra elementos en la construcción de una identidad nacional.
Tamara Rajczyk (Redacción y traducción)

Enero de 2007




1 (1808-1868)

2 Rusia, 1873 – Viena, 1934

3 Ucrania, 1875 – Jerusalem, 1943

4 Rajel Bluvstein, Rusia,1890 – Tel Aviv, 1931

5 Kineret, 1930 –Tel Aviv, 2004

6 Galitzia, 1888 – Jerusalem, 1970

7 Varsovia, 1910 – Israel, 1970

8 Época comprendida entre los años 1904 y 1914: los olim eran en su mayoría jóvenes de Europa Oriental

9 Jerusalem, 1939.

10 Barrio de Jerusalem.

11 Alemania, 1924 – Jerusalem, 2000

12 Un cabrito, en arameo. Canto del siglo XV especialmente agregado a la Hagadá para los niños

13 Jerusalem, 1971

14 La que anuncia una buena noticia.

15 Givataim, 1966

16 Plaza seca construida junto al mar en Tel Aviv en los años setenta, rodeada de una galería comercial destinada al turismo.

17 Kibutz Gadot, 1964

18 Nahalal, 1948

19 Tel Aviv, 1960

20 Argelia, 1942

21 Cafetería de moda en los años setenta, en la calle Dizengoff.





La base de datos está protegida por derechos de autor ©bazica.org 2016
enviar mensaje

    Página principal