George Eliot Middlemarch



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George Eliot
Middlemarch

Un estudio de la vida de Provincias


ÍNDICE
Preludio


Libro primero.

La señorita Brooke


Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

Capítulo VI

Capítulo VII

Capítulo VIII

Capítulo IX

Capítulo X

Capítulo XI

Capítulo XII


Libro segundo.

Viejos y jóvenes


Capítulo XIII

Capítulo XIV

Capítulo XV

Capítulo XVI

Capítulo XVII

Capítulo XVIII

Capítulo XIX

Capítulo XX

Capítulo XXI

Capítulo XXII


Libro tercero.

Esperando la muerte


Capítulo XXIII

Capítulo XXIV

Capítulo XXV

Capítulo XXVI

Capítulo XXVII

Capítulo XXVIII

Capítulo XXIX

Capítulo XXX

Capítulo XXXI

Capítulo XXXII

Capítulo XXXIII
Libro cuarto.

Tres problemas de amor


Capítulo XXXIV

Capítulo XXXV

Capítulo XXXVI

Capítulo XXXVII

Capítulo XXXVIII

Capítulo XXXIX

Capítulo XL

Capítulo XLI

Capítulo XLII
Libro quinto.

La mano muerta


Capítulo XLIII

Capítulo XLIV

Capítulo XLV

Capítulo XLVI

Capítulo XLVII

Capítulo XLVIII

Capítulo XLIX

Capítulo L

Capítulo LI

Capítulo LII

Capítulo LIII
Libro sexto.

La viuda y la esposa


Capítulo LIV

Capítulo LV

Capítulo LVI

Capítulo LVII

Capítulo LVIII

Capítulo LIX

Capítulo LX

Capítulo LXI

Capítulo LXII
Libro séptimo.

Dos tentaciones


Capítulo LXIII

Capítulo LXIV

Capítulo LXV

Capítulo LXVI

Capítulo LXVII

Capítulo LXVIII

Capítulo LXIX

Capítulo LXX

Capítulo LXXI
Libro octavo.

Ocaso y amanecer


Capítulo LXXII

Capítulo LXXIII

Capítulo LXXIV

Capítulo LXXV

Capítulo LXXVI

Capítulo LXXVII

Capítulo LXXVIII

Capítulo LXXIX

Capítulo LXXX

Capítulo LXXXI

Capítulo LXXXII

Capítulo LXXXIII

Capítulo LXXXIV

Capítulo LXXXV

Capítulo LXXXVI

Final


PRELUDIO
¿Quién que se preocupe por la historia del hombre y cómo se comporta la mezcla misteriosa bajo los diversos experimentos del Tiempo, no se ha parado a examinar, aunque sea someramente, la vida de Santa Teresa; no ha sonreído con ternura ante la idea de la niña caminando una mañana de la mano de su hermano aún más pequeño, en pos del martirio en tierra de moros? Con paso incierto salieron de la escarpada Avila, desvalidos y asombrados como dos cervatillos, pero con un corazón humano que ya latía al son de una idea nacional, hasta que les salió al encuentro la realidad doméstica en forma de tíos, y les hizo desistir de su gran resolución. El infantil peregrinaje fue un inicio adecuado. La naturaleza apasionada e idealista de Teresa exigía una vida épica: ¿qué significaban para ella los volúmenes de novelas de caballerías y las conquistas sociales de una joven brillante? Su llama pronto quemó tan débil combustible y, nutrida desde dentro, se alzó tras alguna satisfacción sin límite, algún objetivo que no justificara nunca el abatimiento, que reconciliara la desesperación en sí misma con la conciencia arrobadora de una vida más allá del ser. Encontró su epopeya en la reforma de una orden religiosa.
Esa mujer española que vivió hace trescientos años, no fue en modo alguno la última de su especie. Han nacido muchas Teresas que no encontraron una vida épica en la que hubiera un constante desarrollo de acciones con amplias resonancias; tal vez sólo encontraran una vida cuajada de errores, el resultado de cierta grandeza espiritual mal avenida con la mezquindad de las oportunidades; o un trágico fracaso que no halló su poeta sagrado, y se hundió en el olvido sin que nadie lo llorara. Con tenue luz y enmarañada circunstancia intentaron aunar noblemente sus pensamientos y sus actos; pero finalmente, ante los ojos del vulgo, sus esfuerzos no fueron más que inconsistencias y borrones, pues estas Teresas posteriores no se vieron ayudadas por una fe social y un orden coherentes que pudieran cumplir la función del conocimiento para un alma ardientemente deseosa. Su ardor oscilaba entre un desdibujado ideal y el anhelo común de la feminidad, de forma que se desaprobaba el uno por extravagante y se condenaba el otro como un desliz.
Hay quienes piensan que estas vidas desperdiciadas se deben a la inconveniente vaguedad con la que el Supremo Poder ha modelado la naturaleza de las mujeres: si hubiera sólo un nivel de incompetencia femenina tan rígido como la habilidad de contar tres y no más, se podría tratar el sino social de las mujeres con certeza científica. Entretanto, la vaguedad persiste, y los límites de variación son en realidad mucho más amplios de lo que nadie pudiera deducir de lo similar del peinado femenino o las historias de amor en prosa y verso que prefieren las mujeres. Aquí y allí un cisne se cría, incómodo, entre los patitos del parduzco estanque y no halla jamás el riachuelo vivo en compañía de los otros de su especie de pies de remo. Aquí y allí nace una Santa Teresa, fundadora de nada, cuyo tierno palpitar de corazón y llanto por un bienhacer inalcanzado se va calmando y se dispersa entre los obstáculos, en lugar de concentrarse en un hecho que perdure largos años en el recuerdo.

LIBRO PRIMERO

LA SEÑORITA BROOKE
CAPÍTULO PRIMERO
“Ya que ningún bien puedo hacer por ser mujer,

Aspiro constantemente a lo que más se asemeja.”



(La tragedia de la doncella, BEAUMONT y FLETCHER.)
A señorita Brooke poseía ese tipo de hermosura que parece quedar realzada por el atuendo modesto. Tenía las manos y las muñecas tan finas que podía llevar mangas no menos carentes de estilo que aquellas con las que la Virgen María se aparecía a los pintores italianos, y su perfil, así como su altura y porte, parecían cobrar mayor dignidad a partir de su ropa sencilla, la cual, comparada con la moda de provincias, le otorgaba la solemnidad de una buena cita bíblica -o de alguno de nuestros antiguos poetas- inserta en un párrafo de un periódico actual. Solían hablar de ella como persona de excepcional agudeza, si bien se añadía que su hermana Celia tenía más sentido común. Sin embargo, Celia apenas llevaba más perifollos y sólo el buen observador percibía que su vestimenta difería de la de su hermana y que su atuendo tenía un punto de coquetería; pues el sencillo vestir de la señorita Brooke se debía a una mezcla de circunstancias, la mayoría de las cuales compartía su hermana. El orgullo de ser damas tenía algo que ver con ello: los parientes de las Brooke, con todo y no ser exactamente aristócratas, eran indudablemente «buenos» y aunque se rastreara una o dos generaciones atrás, no se descubrían antepasados menestrales o tenderos, ni nada inferior a un almirante o un clérigo; incluso existía un ascendiente discernible como caballero puritano a las órdenes de Cromwell(1), que posteriormente claudicó y se las arregló para salir de los conflictos políticos convertido en el propietario de una respetable hacienda familiar. Era natural que jóvenes de tal cuna, que vivían en una tranquila casa de campo y asistían a una iglesia vecinal apenas mayor que una sala de estar, consideraran el perifollo como la aspiración de la hija de un buhonero. Además, existía el punto de la economía señorial, la cual, en aquellos tiempos, señalaba el vestir como el primer artículo a recortar cuando se precisaba de una reserva para destinar a gastos más indicativos del rango social. Tales razones, bien al margen de los sentimientos religiosos, hubieran bastado para justificar una modestia en el vestir, pero en el caso de la señorita Brooke la religión en sí misma habría sido un determinante y Celia se plegaba apaciblemente a todos los sentimientos de su hermana, infundiéndoles tan sólo ese sentido común que es capaz de aceptar doctrinas trascendentales sin agitación excéntrica alguna. Dorothea conocía de memoria numerosos pasajes de los Pensées de Pascal, así como de Jeremy Taylor(2); y a su juicio, los destinos de la humanidad, a la luz del Cristianismo, convertían la preocupación sobre la moda femenina en entretenimiento para un manicomio. No podía reconciliar las inquietudes de una vida espiritual, que involucraba consecuencias eternas, con un intenso interés por el galón y las colgaduras artificiales del ropaje. Tenía una mente teórica que por naturaleza tendía a una elevada concepción del universo que incluyera abiertamente la parroquia de Tipton y su propia norma de conducta allí.
Estaba enamorada de la intensidad y de la grandeza y era imprudente a la hora de abrazar aquello que se le antojaba poseía dichos aspectos; igualmente, era capaz de buscar él martirio, de retractarse y de finalmente incurrir en él justamente allí donde no lo había buscado.
(1) Oliver Cromwell (1599-1658), Lord Protector de Inglaterra tras la victoria de los parlamentarios en la guerra civil contra Carlos 1 Estuardo. La «claudicación» del antepasado puritano de Dorothea Brooke se refiere a la aceptación de la Iglesia Establecida (anglicana) tras la restauración monárquica en 1660.

(2) Jeremy Taylor (1613-67), capellán de Carlos I Estuardo y obispo anglicano tras la Restauración, famoso por sus sermones y escritos religiosos.
Tales componentes en el carácter de una joven casadera no podían por menos que interferir en su destino y entorpecer el que éste viniera decidido, según la costumbre, por la hermosura, la vanidad y el mero afecto canino. Con todo esto, ella, la mayor de las hermanas, no contaba aún veinte años, y ambas, desde que perdieran a sus padres cuando tenían alrededor de los doce, habían sido educadas conforme a planes a un tiempo angostos y promiscuos, primero con una familia inglesa y posteriormente con otra Suiza en Lausana, tratando de este modo su tutor, un tío soltero, de remedar las desventajas de su condición de huérfanas.
Apenas hacía un año que habían llegado a Tipton Grange para vivir con su tío, hombre próximo a los sesenta, de carácter complaciente, opiniones misceláneas y voto imprevisible. Viajero en su juventud, se consideraba, en esta parte del condado, que había contraído hábitos mentales en exceso irregulares. Las decisiones del señor Brooke eran tan difíciles de predecir como el tiempo, y lo único que se podía afirmar con total seguridad era que actuaría de buena fe, invirtiendo la menor cantidad posible de dinero en llevar a cabo sus intenciones. Pues incluso las mentes menos definidas en cuanto a la avaricia contienen algún recio germen de hábito, y se han conocido hombres relajados en todo lo referente a sus intereses salvo su caja de rapé, respecto de la cual se mostraban cuidadosos, suspicaces y agarrados.
En el señor Brooke, la vena hereditaria de energía puritana se encontraba claramente en desuso. Por el contrario, en su sobrina Dorothea brillaba a través tanto de fallos como de virtudes, convirtiéndose en ocasiones en impaciencia ante el modo de hablar de su tío o su costumbre de «dejar estar» las cosas de la hacienda, lo que ocasionaba que añorara tanto más la llegada de su mayoría de edad, momento en el que tendría cierta disponibilidad sobre el dinero para destinar a fines generosos. Se la consideraba una heredera, pues no sólo recibía cada una de las hermanas setecientas libras anuales de sus padres, sino que si Dorothea se casaba y tenía un varón, éste heredaría la hacienda del señor Brooke que presuntamente valía unas tres mil al año, renta que parecía una fortuna para las familias de provincias que seguían comentando la reciente conducta del señor Peele(3) en cuanto a la cuestión católica y continuaban inocentes respecto de futuros campos de oro y de esa gloriosa plutocracia que tan noblemente ha ensalzado las necesidades de la vida regalada.
Y ¿cómo no iba a casarse Dorothea, joven tan hermosa y con semejantes perspectivas? Nada podía impedirlo salvo su tendencia a los extremos y su insistencia por ordenar la vida de acuerdo con conceptos que podrían hacer titubear a un hombre cauto antes de declarársele, o incluso inducirla a ella misma, finalmente, a rechazar cualquier proposición. ¡Imagínense! ¡Una joven de buena cuna y fortuna que se arrodillaba repentinamente en el suelo de ladrillo junto a un jornalero enfermo y oraba fervorosamente como si creyera que vivía en los tiempos de los apóstoles; una joven a quien le cogían extraños caprichos de ayunar como los papistas y que se quedaba leyendo viejos libros de teología hasta entrada la noche! Semejante esposa podía despertarle a uno cualquier buena mañana con un nuevo plan para la inversión de sus ingresos, lo cual interferiría con la política económica y el mantenimiento de los caballos de silla. No era de extrañar, por tanto, que un hombre se lo pensara dos veces antes de arriesgarse a semejante asociación. De las mujeres se esperaba que no tuvieran opiniones demasiado concretas, pero en todo caso, la mayor garantía de la sociedad, así como de la vida familiar, consistía en que las opiniones no era algo según lo que se actuara. La gente cuerda hacía lo que hacían sus vecinos, de manera que si algún loco andaba suelto se le podía conocer y esquivar.
La opinión rural acerca de las jóvenes recién llegadas, opinión sostenida incluso por los jornaleros, se inclinaba por lo general a favor de Celia, por su amabilidad y aspecto inocente, en tanto que los grandes ojos de la señorita Brooke resultaban, al igual que su religión, demasiado poco corrientes y chocantes. ¡Pobre Dorothea! Comparada con ella, la Celia de aspecto inocente era sagaz y mundana -¡cuánto más sutil es la mente humana que los tejidos externos, que componen para aquélla una especie de blasón o escudo!

(3) Sir Robert Peel (1788-1850), político inglés, varias veces primer ministro. Como ministro del Interior patrocinó la ley de emancipación de los católicos (privados de derechos civiles) que fue aprobada en 1829.

Sin embargo, quienes se acercaban a Dorothea, si bien estaban predispuestos en su contra a causa de estos alarmantes rumores, encontraban que tenía un encanto extrañamente reconciliable con los mismos. A la mayoría de los hombres les resultaba cautivadora cuando montaba a caballo. Le encantaba el aire fresco y las múltiples variaciones del campo, y cuando le brillaban los ojos y las mejillas de placer, distaba mucho de parecer una beata. Montar a caballo era una satisfacción que se permitía a pesar del remordimiento consciente que ello le producía; pensaba que lo disfrutaba de una forma pagana y sensual y le deleitaba la idea de renunciar a ello.


Era extrovertida, ardiente y tan poco pagada de sí misma que resultaba entrañable ver cómo su imaginación adornaba a su hermana Celia con atractivos de todo punto superiores a los suyos propios, y si algún caballero llegaba a Tipton Grange por otro motivo que el de ver al señor Brooke, Dorothea concluía que debía estar enamorado de su hermana. Por ejemplo, Sir James Chettam, a quien constantemente consideraba desde el punto de vista de Celia, sopesando interiormente si sería bueno para ella aceptarle. A Dorothea le hubiera parecido una ridiculez que se considerara a este caballero como pretendiente suyo, pues pese a todo su afán por conocer las verdades del mundo, seguía teniendo una idea muy ingenua del matrimonio. Estaba segura de que habría aceptado al juicioso Hooker (4) de haber nacido a tiempo de salvarle de aquel desdichado error que cometió con el matrimonio; o a John Milton, cuando le sobrevino la ceguera; o a cualquiera de esos grandes hombres cuyas rarezas hubieran significado un glorioso acto de piedad el soportar. Pero, ¿cómo iba a considerar como pretendiente suyo a un apuesto y agradable baronet que respondía «en efecto» a sus comentarios aun cuando ella se expresara con incertidumbre? El matrimonio verdaderamente maravilloso tenía por fuerza que ser aquel en el que el esposo era una especia de padre que pudiera enseñarte incluso hebreo, si así lo deseabas.
Estas excentricidades del carácter de Dorothea eran la causa de que las familias vecinas culparan tanto más al señor Brooke por no proporcionarles a sus sobrinas alguna mujer madura que les sirviera de compañía y guía.
(4) Richard Hooker (1554-1600), teólogo inglés, defensor en sus escritos de la Iglesia Anglicana.

Pero él mismo temía tanto al tipo de mujer altiva que estaría dispuesta a aceptar el trabajo que se dejaba disuadir por las pegas que Dorothea le ponía, y en este caso era lo bastante valiente como para enfrentarse al mundo, es decir, a la señora Cadwallader, la esposa del rector, y al pequeño grupo de hacendados con quienes se relacionaba en la esquina noreste de Loamshire. Así pues, la señorita Brooke presidía la casa de su tío, sin que le disgustara lo más mínimo su nueva autoridad y el respeto que conllevaba.


Sir James Chettam cenaba hoy en Tipton Grange con otro caballero a quien las jóvenes no habían visto antes y acerca del cual Dorothea sentía una venerante expectación. Se trataba del reverendo Edward Casaubon, considerado en el condado como hombre de profundo saber y dedicado desde hacía años a una gran obra relativa a la historia de la religión; se le suponía, asimismo, hombre de riqueza bastante para realzar su piedad, y de opiniones personales propias, las cuales quedarían clarificadas con la publicación de su libro. Su mismo nombre conllevaba un estremecimiento apenas inteligible sin una cronología precisa del saber.
Dorothea había regresado no muy entrado el día del parvulario que había puesto en marcha en el pueblo y estaba sentada en su lugar acostumbrado en el acogedor cuarto de estar que separaba los dormitorios de las hermanas, empeñada en terminar los planos de unas edificaciones (tipo de trabajo que la deleitaba), cuando Celia, que había estado observándola con el deseo titubeante de proponerle algo, dijo:
-Dorothea, si no te importa y no estás muy ocupada, ¿qué te parecería si sacáramos hoy las joyas de mamá y nos las dividiéramos? Hoy hace exactamente seis meses que te las dio el tío y ni las has mirado aún.
En el rostro de Celia apuntaba la sombra de un mohín cuya presencia total sólo se veía reprimida por su habitual temor a Dorothea y a los principios, dos hechos asociados que podían desencadenar una misteriosa electricidad si se tocaban incautamente. Ante su alivio, los ojos de Dorothea sonreían al levantar la vista.
-¡Qué almanaque tan maravilloso eres, Celia! ¿Qué son, seis meses lunares o de calendario?
-Hoy es el último día de septiembre y el tío te las dio el primero de abril. Ya sabes, dijo que se le había olvidado hasta entonces. Estoy segura de que no has vuelto a pensar en ellas desde que las guardaste en el bargueño.
-De todas formas, cariño, no deberíamos ponérnoslas nunca -el tono de voz de Dorothea era cordial, a medio camino entre la ternura y la explicación. Sostenía el lápiz en la mano e iba haciendo diminutos apuntes en el margen.
Celia se sonrojó y su aspecto se tornó grave.
-Pienso que tenerlas guardadas y no prestarles ninguna atención es una falta de respeto a la memoria de mamá. Además -añadió con un incipiente sollozo de mortificación tras titubear un instante-, los collares son algo muy corriente hoy en día. Incluso Madame Poincgon, que era aún más severa que tú en algunas cosas, solía llevar adornos. Y los cristianos en general; seguro que hay mujeres en el cielo que llevaron joyas -Celia era consciente de alguna fuerza mental cuando se aplicaba de verdad a la argumentación.
-¿Es que te gustaría llevarlas? -exclamó Dorothea. Un aire de asombrado descubrimiento animaba todo su ser con un gesto dramático, adoptado de la misma Madame Poincgon que usara los adornos-. Si es así, saquémoslas. ¿Por qué no me lo dijiste antes? Pero, ¿y las llaves? ¿Dónde estarán las llaves? -con las manos se apretaba las sienes como si desesperara de su memoria.
-Están aquí -dijo Celia, que llevaba largo tiempo meditando y planeando esta explicación.
-En ese caso, te ruego que abras el cajón grande del bargueño y saques el joyero.
Pronto tuvieron ante sí el cofre y las diversas joyas esparcidas cual alegre parterre sobre la mesa. No era una gran colección, pero algunas de las piezas eran de una extraordinaria belleza, siendo a primera vista las más hermosas un collar de amatistas malvas con un exquisito trabajo de engarce en oro, y una cruz de nácar con cinco brillantes incrustados. Dorothea al punto cogió el collar y lo abrochó en torno al cuello de su hermana, que ciñó con casi la misma precisión de un brazalete; pero el redondel favorecía la cabeza y el cuello de Celia, al estilo Enriqueta-María, y ella misma comprobó que así era en el espejo de cuerpo entero que tenía enfrente.
¡Ahí tienes, Celia! Te lo puedes poner con el vestido de muselina india. Pero esta cruz debes ponértela con los trajes oscuros.
Celia intentaba no sonreír de placer.
-¡Pero Dodo, no, la cruz te la tienes que quedar tú! -No, no, cariño, ni hablar -dijo Dorothea, levantando la mano con despreocupada indiferencia.
-Pero claro que sí; te quedaría bien con tu traje negro -insistió Celia-. Tratándose de una cruz, tal vez sí que te la pusieras.
-Ni pensarlo. Lo último que me pondría como adorno sería una cruz -y Dorothea se estremeció levemente. -En ese caso verás mal que me la ponga yo -dijo Celia con cierta vacilación.
-En absoluto -dijo Dorothea acariciándole la mejilla a su hermana-. Las almas también tienen tez: lo que favorece a una puede no sentarle bien a otra.
-Pero tal vez te gustaría quedártela, como recuerdo de mamá.
-No, tengo otras cosas suyas: su caja de madera de sándalo que me gusta tanto, y muchas otras cosas. Pensándolo bien, quédate todas las joyas. No hace falta que lo hablemos más. Ten, llévate tus posesiones.
Celia se sintió un poco herida. Había una fuerte presunción de superioridad en esta tolerancia puritana, apenas menos molesta para la mórbida carne de una hermana poco entusiasta que una persecución del mismo signo religioso.
-¿Pero cómo voy a ponerme yo joyas si tú, que eres la hermana mayor, no las vas a llevar nunca?
-Pero Celia, ¿no ves que obligarme a llevar joyas para que tú estés contenta es pedir demasiado? Si me tuviera que poner un collar como ése me sentiría como si hubiera estado haciendo piruetas. El mundo giraría conmigo y no sabría cómo andar.
Celia se había desabrochado y quitado el collar.
-A ti te quedaría un poco demasiado prieto; té iría mejor algo plano, que colgara -dijo con un punto de satisfacción. Desde cualquier punto de vista el collar era completamente inadecuado para Dorothea, lo cual hizo que Celia se sintiera más feliz de aceptarlo. Se encontraba abriendo unas cajitas que descubrieron un hermoso anillo con una esmeralda y brillantes cuando el sol, saliendo de una nube, arrojó un destello sobre la mesa.
-¡Qué preciosas son estas joyas! -dijo Dorothea, sacudida por una nueva corriente de sentimiento tan repentina como el destello-. Es curioso la intensidad con que los colores le penetran a uno, como el olor. Supongo que esa será la razón de que en la Revelación de San Juan se utilicen las joyas como emblemas espirituales. Parecen retazos de cielo. Creo que esta esmeralda es la más bonita de todas.
-Y hay una pulsera a juego -dijo Celia-. No nos habíamos fijado en ella.
-Son muy bonitas -dijo Dorothea, poniéndose el anillo y el brazalete en la muñeca y el dedo bien torneados y levantándolos hacia la ventana a la altura de sus ojos. Durante todo este tiempo su mente intentaba justificar el placer que sentía ante los colores por vía de mezclarlos con su gozo místico-religioso.
-Dorothea, esas sí que te gustarían -dijo Celia con cierta vacilación. Empezaba a pensar, con sorpresa, que su hermana mostraba alguna debilidad y también que las esmeraldas irían mejor con el color de su propia tez que las amatistas malvas-. Si no quieres nada más, tienes que quedarte al menos con el anillo y la pulsera. Pero mira, estas ágatas son muy bonitas... y discretas.
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