Gloria también a ellas!



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Gloria también a ellas!

Máximo Gris

Ahora, en el Mes Internacional de la Mujer, no está demás la consagración de algún recuerdo tímido a todas aquellas por quienes el hombre se hizo inmortal, sin que de su paso desvaído y de su llanto silencioso y de su consoladora presencia se haya hecho siquiera una tangencial mención.

Algunas, bien pocas, opacaron con el brillo de su talento la mediocre vida de sus maridos y compañeros. Agripina Montes es, entre nosotros, más recordada que don Miguel del Valle. Las blancas redondeces, las deliciosas turgencias que hicieron celebrada a Lady Godiva, conservaron el nombre secundario de Leofric de Mercy, su esposo. En la historia colombiana se memora a Mercedes Ábrego; pero nada significa para nosotros don José Marcelo Reyes. Y, en la universal, nos olvidamos de Francesco Zanobbi por su mujer Mona Lisa. Como nos descuidamos de Cércolas por su mujer, Safo, mucho más interesante que él…

Pero no siempre, ni con todas fue así. Los hombres hicieron la historia como si, ubicuos, omnipotentes e invulnerables, debieran a sus solas manos la edificación de su gloria. Las hazañas atlánticas de Cristóbal Colón no dejaron lugar al hombre de Beatriz Henríquez de Arana, como las hecatombes dibujadas por la espada de Gengis Khan robaban sitio en la historia al nombre de Bourtai.

Sombras vagas cruzan la obra de los grandes novelistas, como imágenes tomadas de las noches de ensueño y cuyo nombre se silencia en recato u olvido. Pero ¿de dónde tomó Stendhal las mujeres infinitas que su literatura muestra en creación genial? Con otros apelativos, pero con iguales efervescencias y ternuras, están allí Alejandrina Derú, Angelina Baregler, Mélanie Gilbert, Matilde Dembowska, MInna von Grisheim… No siempre es posible para el artista encontrar las múltiples facetas del alma femenina en una sola dama. Hay qué buscar en muchas la eternidad de una sola mujer inasible, dispersa en tantas miradas y lejana en la profusión de las sonrisas. Lope de Vega también intentó hallarlas en las tantas y más que a su lado tuvo: Antonia Trillo, Elena Osorio, Isabel de Urbina, Jerónima de Burgos, Juana Guardo, Lucía de Salcedo, Martha de Nevares, Micaela Luján…

Las tardes de angustia, mientras el hombre afronta la fiera, y con ella la gloria de los claveles o el escandaloso silencio de la muerte, han sido vividas por la novia del torero, cuya nombre debiera figurar a su lado en los carteles. Porque es el carmesí de sus labios el rosetón que estalla en los morrillos a la hora de la verdad. Tal fue Adelita Lulú para Joselito el inmenso, Jacinta Sicilia para Espartero, Laura Pinillos para Cagancho, Maruja Mercader para Granero, Paquita Escribano para Rafael Gaona, Raquel Meller para Ignacio Sánchez Mejías (“Un día de San Eugenio, yendo hacia El Prado, lo conocí…”) A él le tocó morir cuando “eran las cinco en punto de la tarde” según las horas de García Lorca.

Mas cómo pedir que recordemos a las mujeres que han sido soporte y aliento de otros hombres lejanos, si ni siquiera sabemos de quienes a nuestro lado hicieron y hacen la mejor parte de la gloria masculina. Si ignoramos que en cada verso de Epifanio Mejía estaba la presencia perfumada de Ana Joaquina Ochoa; y que en las cavilaciones líricas y filosóficas del solitario del Cabrero, Rafael Núñez, lo inquietaban los ojos de una Dolores Gallego, de una Gregoria Haro, de una Soledad Román… En la gesta de Bolívar, cada trofeo es un tributo a las mujeres que amó y que le amaron: Bernardina Ibáñez e Isabel Soublette, Josefina Núñez y Manuelita Madroño, Manuela Sánz de Thorne y Pinchotana Fernández… José Antonio Páez, el León de Apure, es un cordero entre los brazos de Barbarita Nieves, como lo fuera Ricardo Corazón de León en los de Berengaria. Magdalena Ortega da la medida de la paciencia detrás de ese “errante caballero del Infortunio” don Antonio Nariño y Álvarez. Isabel Orrantía está en los desvelos políticos de Marco Fidel Suárez; Juliana Isaza en las reflexiones bucólicas de Gregorio Gutiérrez González; Julieta Gaviria detrás de los ajetreos de ese sociólogo de lo cotidiano que fue Luis Tejada… Sixta Tulia Gaviria enjuga la frente sudorosa del caudillo, cuando Rafael Uribe Uribe retorna del campo de batalla o del Parlamento, como lo hicieron también Sofía Mosquera para Julio Arboleda y Sofía Angulo para Rafael Reyes.

Galán, el Comunero, había compartido dichas y amarguras con Teresa Berdugo. Y en las naos fantásticas de León de Greiff navega Matilde Bernal, como discurre por los ríos de Carlos Castro Saavedra la dulce Inesita Agudelo.

Cuando se habla de músicas, se es hiperbólico con la creatividad del hombre. Y se buscan motivos y razones. No es infrecuente imaginar dulce mujeres acodadas al piano, formas femeninas como hadas revoloteando –hipsipilas amadas- mientras la pluma vuela sobre el papel pautado. Y es que en torno a Beethoven florecían Giulietta Giuchiardi, Josephine Stackelberg, y Thérese von Burnswick… Y no es posible omitir a Rosalie Texler, Gabrielle Dupont o Emma Bardac junto a un Claudio Debussy. Ni a Marie d’Agoult de Flavigny o a Caroline von Sayn-Wittgenstein junto a Lizt. Ni a María Recio y Henriette Constance Smithson en los insomnios de Berlioz. Ni a Elisa Bonaparte y Antonia Bianchi junto a Paganini, el brujo. Ni a Cósima Lizt al lado de Ricardo Wagner, y Constanza Weber con Mozart. Ni a una Clara Wieck junto a Robert Schumann o a Johann Brahms (pues fue la novia de éste y la esposa de aquel).

Y si de pintura se trata, cómo no entender que ese cúmulo de angustia y sensualidad, esos despilfarros de ira sobre el lienzo y esa irrupción de alegrías sobre el muro, son un lenguaje en el que se escribe para esa mujer única, ella dispersa en todas, cuyo rostro impresiona, cuya voz detiene, cuyo recuerdo esclaviza. La Fernandine Olivier de Picasso, la Hendrikje Stoffels de Rembrandt, la Isabel Eleanor Siddal de Dante Gabriel Rosetti, la Jeanne Hebuterne de Amadeo Modigliani, la Jerónima de las Cuevas, de El Greco, la Lucie Valore de Mauricio Utrillo, la Mette Sophía Gat de Gauguin, la Vava Bronskij de Marc Chagall…

Una frase repetida numerosas veces afirma de detrás de cada grande hombre hay una mujer extraordinaria. Pero mientras la historia dedica sus mejores páginas al ditirambo y loa de los genios, de los héroes, de los estadistas, siempre se es avaro de palabras o de corta visión para destacar los méritos paralelos de la mujer. En la misma forma en que se define como adquirido por la sociedad conyugal todo incremento oneroso del patrimonio, debe entenderse que la creación artística y la labor intelectual del hombre completo es, en buena parte, realizada por la mujer, por la otra mitad de ese hombre, ya como inspiradora, bien como apoyo, estímulo o incitación. Detrás de toda obra masculina, buena o mala, está la mujer como un desafío, como un codiciado galardón, como un ídolo sediento de sacrificios, asumiendo formas multiplicadas para darle dinámica y proyección de alturas a la monótona espiral de la vida. Los remordimientos del pícaro François Villon tienen el regazo tímido de Catalina de Vauselles. Para las depresiones y pesimismos de Amiel está el blando seno de Vitalina Venoit. Percy B. Shelley puede soltar su congoja o compartir su alegría mientras hunde los dedos entre los caireles aristocráticos de Carlota von Lengefeld. Y las inquisiciones metafísicas de Rainer María Rilke pueden alongarse infinitivamente porque tiene para sus cartas hermosas corresponsales en Clara Westhoff, Erika Mitterer o Magda von Hattinberg. Las canciones desesperadas de Pablo Neruda van surgiendo a la eternidad proteica del arte mientras reparte sus residencias en la tierra entre Delia del Carril, Matilde Urrutia, y tantas otras. Y por qué olvidarse de que una porción considerable de la gloria que tocó a Dostoievsky es joya sobre el pecho de mujeres que amó y que tuvieron qué soportarlo, como Anna Grigorievna Svitkina o María Dimitrieva Isaeva…



En las cumbres del poder, donde golpea la frente el viento de la soledad, han sido las mujeres pedestal de grandes famas. Han compartido las incertidumbres de la política, ruleta de pequeños gozos y extensas desazones, con los hombres que guiaron a los hombres. Pero no aparecieron nunca a su lado en las fotografías y documentos históricos, cuando se escribían constituciones o se planeaban batallas, se firmaban tratados para borrar fronteras o se condenaba a muerte a los pueblos levantiscos. Se recataron en la intimidad, escudadas y escondidas tras la sombra gigante del hombre. Ekaterina Svanidze, Nadezhda Alliluyeva y Rosa Kaganovich en la modesta dacha del Padrecito Stalin. Bessy Wallace en el humilde predio del comerciante Harry Truman, venido a más para sustentar la democracia. Eleanor Roosevelt, tras la silla de ruedas donde Franklin D. soporta su desventura. Ellen Louise Axson, al margen de las proclamas idealistas de Thomas Woodrow Wilson. En la estela mefítica de Hitler, Eva Braun en el fondo del bunker y Geli Ranbel en el fondo de sus recuerdos de Da Vinci frustrado. Kasturbai, en el principio de las renunciaciones de Gandhi. María Luz Corral detrás de las hazañas pendencieras de Pancho Villa. Y Nadezhda Krupskaya tras el huracán redentor de Lenin… Mujeres todas en cuyo nombre se trazó la historia, aunque los pueblos lo ignoren. Y cuyo pudor ante la fama fue tan grande como el narcisismo masculino, que envuelto en el esplendor del éxito se olvidó siempre de ellas. Sólo a Bolívar se le ocurrió mencionar en el tono de las confidencias el papel de su amada, cuando le escribe a Fanny:”…Conmigo presidiste los consejos de gobierno… a mi lado estabas en el fragor de las batallas… y conmigo cuando sonaban las dianas inmortales de Boyacá y Pichincha”.

En un mundo fabricado por un dios masculino es apenas lógico que la historia la escriban los hombres. Pero seguirá siendo una fábula incompleta mientras no se desvele la sagaz envoltura femenina tendida sobre todas las acciones heroicas, el misterio erótico sutilmente expresado en las manifestaciones del arte, el influjo de la mujer eterna sobre cada paso, sobre cada gesto, contra toda pena. Y la deliciosa presencia de esa mitad humana que discurre a nuestro lado con la delicadeza de un susurro, la decisión de un río irreversible y la frágil ternura de una hoja que cae.


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