Gracia divina vs. Condena humana



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GRACIA

DIVINA
VS.

CONDENA

HUMANA

PHILIP YANCEY


CON BRENDA QUINN

 

Sólo sé lo que sabe todo el mundo:



que si estoy presente cuando danza la gracia,

tengo que danzar yo también.

W. H. Auden


 

 

ÍNDICE


     Cover

     Title Page


1.  La última de las grandes palabras

Parte I: Un dulce sonido

2.  Un relato: El banquete de Babette

3.  Un mundo desprovisto de gracia

4.  Un padre enfermo de amor

5.  Las nuevas matemáticas de la gracia

Parte II: Romper el ciclo de la falta de gracia

6.  Un relato: La cadena continua

7.  Un acto antinatural

8.  ¿Por qué perdonar?

9.  La venganza

10.  El arsenal de la gracia



Parte III: El olor del escándalo

11.  Un relato: Una casa para bastardos

12.  No se admiten excéntricos

13.  Ojos sanados por la gracia

14. Escapatorias

15. Evitar la gracia



Parte IV: Notas de gracia para un mundo sordo

16.  Un relato: Harold el grande

17.  Aromas mezclados

18.  Sabiduría de serpiente

19.  Manchas de hierba

20.  Gravedad y gracia

       Fuentes

     Reconocimientos


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UNO

LA ÚLTIMA DE LAS GRANDES PALABRAS


En mi libro El Jesús que nunca conocí, contaba un relato de la vida real que por mucho tiempo ha permanecido en mi mente. Se lo escuché a un amigo que trabaja en Chicago con los indigentes:

Una prostituta acudió a mí en una miseria total, sin techo, enferma e incapaz de comprarle comida a su hija de dos años de edad. Entre sollozos y lágrimas, me contó que les había estado alquilando su hija —¡con dos años de edad!— a hombres interesados en relaciones sexuales aberrantes. Sacaba más dinero alquilando a su hija durante una hora, que cuanto podía ganar ella sola durante una noche. Me dijo que tenía que hacerlo para sostener su propia adicción a las drogas. Apenas pude soportar su sórdida historia. Para empezar, me creaba una obligación legal, puesto que tengo que informar sobre los casos de abusos a menores. No tenía ni idea de lo que le debía decir a aquella mujer.

Por fin le pregunté si alguna vez había pensado en acudir a una iglesia en busca de ayuda. Nunca olvidaré el aspecto de impresión inocente y pura que cruzó por su rostro. “¡Una iglesia!”, exclamó. “¿Para qué habría de ir allí? Ya me estaba sintiendo muy mal conmigo misma. Todo lo que harían sería empeorar las cosas.”

Lo que me impresionó en el relato de mi amigo es que hubo mujeres muy semejantes a esta prostituta que no huyeron de Jesús, sino que acudieron a refugiarse en Él. Mientras peor se sentía una persona consigo misma, más probable era que viera en Jesús un refugio. ¿Ha perdido la iglesia este don? Es evidente que los derrotados de la vida, que se agolpaban alrededor de Jesús mientras Él vivía sobre la tierra, ya no son bienvenidos entre sus seguidores. ¿Qué ha sucedido?

Mientras más meditaba en esta pregunta, más me sentía atraído a considerar como clave una sola palabra. Todo lo que sigue, se desprende de esa palabra.

Soy escritor, y me paso el día entero manejando las palabras. Juego con ellas, estoy atento a sus matices, penetro en ellas y trato de llenarlas con mis pensamientos. He descubierto que las palabras tienden a echarse a perder con los años, como la carne pasada. Su significado se va pudriendo. Pensemos por ejemplo en la palabra “caridad”. Cuando los traductores de las primeras versiones vernáculas de la Biblia tuvieron que expresar la forma más alta de amor, escogieron la palabra “caridad” para presentarla. En cambio, hoy en día, oímos protestar con desprecio: “¡No necesito de su caridad!”

Tal vez yo siga regresando a la gracia porque es una gran palabra teológica que no ha sido estropeada. La llamo “la última de las grandes palabras”, porque todos sus usos actuales que he podido hallar retienen algo de la gloria del original. Al igual que un gigantesco manto acuífero, esta palabra se halla subyacente en nuestra orgullosa civilización, para recordarnos que las cosas buenas no proceden de nuestros propios esfuerzos, sino de la gracia de Dios. Aun ahora, y a pesar de nuestra desviación secular, nuestras raíces se siguen extendiendo en busca de la gracia. Vea las formas en que usamos la palabra.

Muchas personas “dan gracias” antes de las comidas, reconociendo que el pan diario es un don de Dios. Estamos agradecidos ante la bondad de alguien, las buenas noticias son gratificantes, nos congratulan cuando triunfamos y ejercemos nuestras gracias sociales cuando tenemos de huéspedes a nuestros amigos. Cuando nos agrada la forma en que alguien nos ha servido, le dejamos una gratificación. En cada uno de estos usos puedo captar una sensación de deleite en algo que no se ha merecido.

El compositor musical le añade a la partitura notas de gracia. Aunque no sean esenciales para la melodía —son gratuitas— esas notas añaden una floritura cuya ausencia se haría sentir. Cuando intento tocar al piano una sonata de Beethoven o de Schubert, la toco toda primero unas cuantas veces sin las notas de gracia. Se escucha la sonata, pero las cosas son muy diferentes cuando le puedo añadir las notas de gracia, que sazonan la pieza musical como especias deliciosas.

En Inglaterra hay algunos usos que manifiestan a las claras la fuente teológica de la palabra. Los súbditos británicos se dirigen a los miembros de la familia real con el título de “Vuestra gracia”. Los estudiantes de Oxford y de Cambridge pueden “recibir una gracia” que los exima de ciertas exigencias académicas. El Parlamento declara un “acto de gracia” cuando indulta a un delincuente.

También las casas editoras de Nueva York insinúan el significado teológico con su norma de gratificar. Si yo me suscribo a doce números de una revista, es posible que reciba unos cuantos ejemplares extra, aun después de vencida mi suscripción. Son los “números de gratificación” que me envían sin cobrarlos (o sea, gratis) para tentarme a renovar mi suscripción. De igual forma, las tarjetas de crédito, las agencias de alquiler de automóviles y las compañías hipotecarias les conceden a sus clientes un “período de gracia” inmerecido.

Aprendo además lo que significa una palabra, a base de sus opuestos. Los periódicos hablan de que el comunismo ha “caído de la gracia”, palabras que se han aplicado de manera similar a Jimmy Swaggart, Richard Nixon y O. J. Simpson. Insultamos a una persona cuando le hacemos notar que está escasa de gracia: “¡Ingrato!”, decimos, o peor: “¡Eres una desgracia!” La persona realmente despreciable, “no hay gracia que la salve”. Mi uso favorito de la palabra radical gracia se produce en la frase latina persona non grata: la persona que ofende al gobierno con algún acto de traición es proclamada oficialmente “persona carente de gracia”.

Los numerosos usos de la palabra gracia en los idiomas modernos me convencen de que ciertamente, se trata de algo asombroso; en verdad, la última de las grandes palabras. Contiene la esencia del evangelio, de la misma forma que una gota de agua puede contener la imagen del sol. La sed que el mundo tiene de la gracia se manifiesta en formas que él ni siquiera reconoce; no es de maravillarse que el himno “Sublime gracia” se abriera paso hasta la lista de los diez primeros, doscientos años después de haber sido compuesto. Para una sociedad que parece ir a la deriva, sin amarradero de ninguna clase, no conozco lugar mejor donde soltar un ancla de fe.

No obstante, al igual que las notas de gracia en la música, el estado de la gracia se manifiesta efímero. El muro de Berlín cae en una noche de euforia; los surafricanos de raza negra hacen largas y exhuberantes filas para votar por vez primera; Yitzhak Rabín y Yasser Arafat se dan la mano en el Jardín de las Rosas; por un instante, desciende la gracia. Y entonces, Europa oriental se entrega malhumorado a la larga tarea de la reconstrucción, Suráfrica trata de encontrar la forma de llevar adelante una nación, Arafat esquiva las balas, y una de ellas abate a Rabín. Como una estrella agonizante, la gracia se disipa en una explosión final de pálida luz, y es tragada después por el agujero negro de la “falta de gracia”.

“Las grandes revoluciones cristianas”, decía H. Richard Niebuhr, “no se producen por el descubrimiento de algo que no se conocía antes. Se producen cuando alguien toma en sentido radical algo que siempre había estado presente.” Es extraño, pero a veces encuentro escasez de gracia dentro de la iglesia, una institución fundada para proclamar, en frase de Pablo, “el evangelio de la gracia de Dios”.

El escritor Stephen Brown observa que un veterinario puede aprender muchas cosas acerca de un desconocido que es dueño de un perro, con sólo observar a su perro. ¿Qué aprende el mundo acerca de Dios cuando nos observa a nosotros, sus seguidores en la tierra? Rastree las raíces de la palabra gracia, o caris en griego, y encontrará un verbo que significa “Me regocijo, estoy contento”. Tengo por experiencia que el gozo y la alegría no son las primeras imágenes que les vienen a la mente a las personas cuando piensan en la iglesia. Piensan en gente que se cree espiritualmente superior. Piensan en las iglesias como lugares donde ir después de haber enderezado el rumbo de la vida; no antes. Piensan en la moral; no en la gracia. “¡Una iglesia!”, exclamó aquella prostituta. “¿Para qué habría de ir allí? Ya me estaba sintiendo muy mal conmigo misma. Todo lo que harían sería empeorar las cosas.”

Estas actitudes proceden en parte de un concepto erróneo o prejuicio por parte de los de fuera. Yo he visitado lugares donde reparten comidas, refugios para personas sin hogar, hospicios y ministerios a las cárceles manejados por voluntarios cristianos generosos con la gracia. Con todo, el comentario de aquella prostituta resultaba incómodo, porque había hallado un punto débil en la iglesia. Algunos de nosotros parecemos tan ansiosos por evitar el infierno, que nos olvidamos de celebrar nuestro camino hacia el cielo. Otros, preocupados con toda razón por las cuestiones de una “guerra cultural” moderna, descuidan la misión de la iglesia como refugio de gracia en este mundo de falta de gracia.

“La gracia está en todas partes”, dice el sacerdote mientras agoniza, en la novela Diario de un cura rural, de Georges Bernanos. Sí; con cuánta facilidad pasamos junto a ella, sordos a su melodía.

Yo estudié en un colegio bíblico universitario. Años más tarde, sentado junto al presidente de esa institución en un avión, él me pidió que evaluara mis estudios: “Unos buenos; otros malos”, le contesté. “Allí conocí muchos hombres y mujeres de Dios. De hecho, allí me encontré con Dios mismo. ¿Cómo puedo valorar algo así? Sin embargo, más tarde me di cuenta que en cuatro años, casi no había aprendido nada acerca de la gracia. Tal vez sea ésta la palabra más importante de la Biblia; el corazón del evangelio. ¿Cómo es posible que la haya pasado por alto?”

Más tarde, relaté nuestra conversación en una charla que di allí en un culto y, al hacerlo, ofendí a los profesores. Hubo quien sugirió que no se me volviera a invitar a hablar. Un alma bondadosa me escribió para preguntarme si no habría debido expresar las cosas de otra forma. ¿No habría debido decir que cuando era estudiante carecía de los receptores necesarios para captar la gracia que me rodeaba por completo? Puesto que aprecio y respeto a este hombre, pensé profundamente y por largo tiempo en su pregunta. Sin embargo, al final llegué a la conclusión de que había experimentado tanta falta de gracia en el recinto de un colegio bíblico, como en cualquier otro lugar donde había estado en mi vida.

El consejero David Seamands resume de esta forma su carrera:

Hace muchos años que llegué a la conclusión de que las dos causas principales en la mayoría de los problemas emocionales entre los cristianos evangélicos son éstas: no saber comprender, recibir y vivir la gracia y el perdón incondicionales de Dios, y no saber comunicar ese amor, perdón y gracia incondicionales a otras personas … Leemos, escuchamos y creemos una buena teología sobre la gracia. Sin embargo, no vivimos así. La buena noticia del evangelio de la gracia no ha penetrado hasta el nivel de nuestras emociones.

El mundo lo puede hacer casi todo tan bien como la iglesia, o mejor”, dice Gordon MacDonald. “No hace falta ser cristiano para construir casas, alimentar a los hambrientos o sanar a los enfermos. Sólo hay una cosa que el mundo no puede hacer. No puede ofrecer gracia.” MacDonald ha sabido señalar la contribución más importante de la iglesia. ¿A qué otro lugar podría acudir el mundo para hallar gracia?

El novelista italiano Ignazio Silone escribió sobre un revolucionario perseguido por la policía. Para esconderlo, sus camaradas lo disfrazaron de sacerdote y lo enviaron a una aldea remota al pie de los Alpes. Se regó la voz, y pronto apareció junto a su puerta una larga fila de campesinos, llenos de relatos sobre sus pecados y su quebrantada vida. El “sacerdote” protestó y trató de alejarlos, pero no lo logró. No tuvo más remedio que sentarse a escuchar las historias de aquella gente hambrienta de gracia.

De hecho, me da la impresión de que ésa es la razón por la cual las personas acuden a la iglesia: tienen hambre de la gracia. El libro Growing up fundamentalist [Crecer en el fundamentalismo] habla de una reunión de los exalumnos de una academia misionera en Japón. “Con una o dos excepciones, todos nos habíamos apartado de la fe y regresado”, informaba uno de ellos. “Y los que habíamos regresado teníamos una cosa en común: todos habíamos descubierto la gracia …”

Cuando miro atrás y veo mi propio peregrinar, repleto de extravíos, desviaciones y callejones sin salida, veo ahora que lo que me fue llevando todo el tiempo fue la búsqueda de la gracia. Durante un tiempo, rechacé a la iglesia, porque encontré muy poca gracia en ella. Regresé, porque no hallé gracia en ningún otro lugar.

Apenas he gustado la gracia; he dado menos de la que he recibido, y en ningún sentido soy “experto” en gracia. Ésas son precisamente las razones que me impulsan a escribir. Quiero saber más, comprender más, experimentar más gracia. No me atrevo —y el peligro es muy real— a escribir un libro carente de gracia sobre la gracia misma. Por eso, le pido que acepte ahora mismo, desde el principio, que escribo como peregrino, capacitado solamente por mis ansias de gracia.

La gracia no es un tema fácil para un escritor. Tomo prestado el comentario de E. B. White acerca del humor: “Se le puede hacer la disección [a la gracia] como a una rana, pero muere mientras lo hacemos, y las entrañas son desalentadoras para todos, con excepción de la mente puramente científica.” Acabo de leer en la New Catholic Encyclopedia [Nueva enciclopedia católica] un artículo de trece páginas sobre la gracia, que me ha curado de todo deseo de hacerle la disección y poner al descubierto sus entrañas. No quiero que muera. Por esa razón, voy a confiar más en los relatos que en los silogismos.

En resumen, más prefiero comunicar la gracia, que explicarla.

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