Grecia on the Rocks 1ª : Atenas, Meteora y Efeso



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Grecia on the Rocks 1ª : Atenas, Meteora y Efeso

Grecia “on the rocks” Atenas, Meteora, Delfos, Del 5 al 15 de octubre 2006

Poner un título a un escrito siempre supone un “rompecabezas”. Al principio dudé, y estuve a punto de “robarle” a Ken Loach el título de su película “lloviendo piedras”, pero al final me decanté por “Grecia on the rocks”. Y ¿por qué este empeño en resaltar lo de las piedras…???? Pues sencillamente porque es tan abrumadora la riqueza arqueológica de Grecia, que al final del viaje tuvimos la sensación de haber hecho un master acelerado en historia, ni más ni menos. La acrópolis, el museo arqueológico de Atenas, las ruinas de Éfeso, el Palacio de Knossos en Creta, etc. Son sólo algunos ejemplos de lo que allí vimos. Pero vamos por partes, que Grecia lo merece.

Antes de aterrizar sobrevolamos un paisaje impactante: tierras rojizas, mar azul y muchas islas desperdigadas de todos los tamaños. Viendo la inmensidad del mar, y la “pequeñez” de la tierra, desmembrada en islas e islotes, me vino a la memoria un eslogan que había leído en algún sitio y que decía: “el mar tiene un país: Grecia”.

Grande, amplio y moderno es el aeropuerto de Atenas. No hay como organizar una Expo universal o unos juegos olímpicos para poner una ciudad “patas arriba” y dotarla de los mejores medios de transporte y las mejores vías de comunicación.

Entre griegos que se chillaban unos a otros, y un calor casi veraniego en pleno mes de octubre, conseguimos coger un taxi que nos llevó a la zona de Glyfada, donde había reservado hotel. Son choques culturales que al principio te dejan con la boca abierta, pero pasados los días, ya comprobé que no es que discutan, sino que los griegos, como mediterráneos que son, tienen sangre caliente, son pasionales, vehementes y algo histriónicos.

Y con esa vehemencia nos llevaron al hotel, a 200 por hora. Mientras el taxista, que no hablaba ni una palabra en inglés, se frotaba los pelos que le salían de las orejas, nosotros íbamos observando las colinas polvorientas y los almacenes de azulejos, con sus fachadas, “estilo neoclásico” y los anuncios en alfabeto griego. ¡Qué lejos quedaban las clases de griego de bachillerato.

En Grecia, en vez de comer en restaurantes que son mucho más caros, lo que se recomienda es comer en las tabernas, donde se comen las especialidades griegas a muy buen precio y muy buena calidad.

Nuestra primera noche en Grecia, cenamos la ensalada más griega de todas: tomate, queso feta (elaborado con leche de cabra y oveja), pepino y aceitunas negras, una salsa hecha a base de yogurt con ajo, pepino y perejil: la famosa “tzatziki”, que está buenísima por cierto y carne a la brasa. Estaba todo buenísimo, y pronto supimos porque estaba hasta a tope. Los precios son bajos y la calidad muy alta, ¿qué más se puede pedir?. Glyfada es un barrio residencial y pijo. Por eso, tampoco nos extrañó ver a ricachos con cochazos impresionantes que se bajaban a comer en la misma taberna donde cenábamos los “mortales”.

Viernes: primer contacto con Atenas.

Un poco antes de llegar a la Plaza de Sintagma a la izquierda, ya se ve la acrópolis. El corazón me latía, porque en esos momentos, es cuando de repente la realidad te golpea en su estado puro. Tantas veces vista en libros, y en imágenes de Televisión y allí estaba yo, contemplándola en vivo y en directo. Sólo me desperté del ensueño cuando por fin llegamos a la Terminal del tranvía, a la plaza de Sintagma, donde me esperaba mi Santo, que por arte de birli birloque estaba hablando con una griega en no sé qué idioma, porque en inglés difícil, a no ser que me hubiese estado engañando durante 9 años, sobre sus conocimientos del idioma universal…

Chapurreando: dícese del uso de 4 palabras en inglés, poner cara de circunstancias y sonreír aunque no entiendas ni papa. Eso es lo que hacía mi santo, y lo que le tocó hacer en más de una ocasión durante la estancia en Grecia, porque más de una le tomó por griego. Así que con mi “Griego de adopción” y el centro de Atenas a rebosar, nos dejamos llevar por las calles céntricas de la ciudad más ruidosa de Europa.

Hay 4 plazas principales en Atenas: la más turca es la de Monastiraki, muy cercana al famoso barrio de Plaka, la de Omonia, ruidosa y popular, la de Kolonaki, la más pija y elegante, y la de Sintagma, donde empezamos nuestro recorrido, que es la más céntrica. Allí se encuentra el Parlamento (no muy bonito, por cierto) de color rosado. En la explanada frontal es donde se celebran los famosos cambios de guardia, con los soldados llamados euzones, con sus borlas en los zapatos y sus “falditas” que les dan un aire de lo menos marcial… Los cambios se celebran a diario cada dos horas, y los domingos a las 11:15 se celebra el cambio de guardia solemne, en el que los euzones se visten con el traje nacional griego.

Justo enfrente de la plaza de Sintagma, se abre una de las “arterias” principales de Atenas, la calle más comercial, la calle de Ermou. Un viernes por la tarde, las tiendas estaban a tope y el ambiente de fin de semana era muy palpable. Siguiendo esta calle, se alcanzan las zonas más típicas y frecuentadas de la capital. A la izquierda se encuentra el barrio de plaka, a los pies de la acrópolis, a la derecha el barrio rescatado de Psiri, con muchos restaurantes y mucha marcha, y siguiendo recto por la misma calle Ermou se llega hasta la zona de Monastiriki, con sus terrazas, bares y ambiente nocturno.

Antes de llegar al final de la calle Ermou, entramos en una pequeña iglesia bizantina que se encuentra justo en mitad de la calle. Se llama Kapnikare y llama la atención por su tamaño diminuto, y por su ubicación en mitad de los “antros de perdición del capitalismo feroz”. El templo está dedicado a la Virgen María, su planta inicial es del siglo XI aunque su construcción culminó en el siglo XIII. Desde 1931 pertenece a la Universidad de Atenas.

Gente y más gente. Desde el primer momento, se percibe en Atenas un bullicio permanente en sus calles. Al final de la calle Ermou, como comentaba antes, se encuentra la plaza de Monastiraki. Al atardecer cuando llegamos, todas las terrazas de los restaurantes y tabernas colgaban el “cartel de completo”. A los griegos les gusta la calle y se nota. Sea la hora que sea, las terrazas están siempre llenas. Encontramos un hueco en una terraza y nos tomamos nuestras primeras cervezas nacionales: dos “Mythos”. La otra gran marca es la “Zorbas” (no se podía llamar de otra manera) ..

Antes de dejar la zona de Monastiraki hacia Thissio, otra zona de ambiente con bares de moda y restaurantes, nos paramos a ver el mercadillo y las ruinas que quedan de la antigua Agora. En la antigüedad era el centro de actividad comercial, social y política de la ciudad. Allí, los ciudadanos se reunían para discutir sus leyes y decidir el futuro político. Normalmente estas tareas se dejaban en manos de aquellos que dominaban la oratoria y al arte de convencer.

Muy cerca del Ágora antigua (la otra existente es la romana), vimos y entramos en otra iglesia bizantina, donde en esos momentos estaban celebrando y cantando una misa ortodoxa. Lo que más me impresionó fue ver el fervor de los que acuden, cuando besan y se santiguan ante todos los iconos del templo, mientras se desarrolla la misa y se escuchan los salmos cantados por voces masculinas.

Yo nunca había estado en un templo ortodoxo y la verdad es que me impresionó bastante. A lo largo del viaje, tuvimos ocasión de entrar en muchas y variadas iglesias ortodoxas y de admirar iconos de más o menos antigüedad. Incluso, el último día en Atenas, nos “colamos” en una boda griega, y vivimos en directo “nuestra gran boda griega”.

Fuimos callejeando en busca de un buen sitio para cenar. No pudimos elegir mejor. Sin querer, subimos a la azotea de un restaurante que se llama “Fistirios” en la zona de Thissio y la sorpresa fue de órdago: las vistas a la acrópolis nocturna, con las luces que resaltan aún más su presencia, eran de postal. Por un momento, pensamos que con unas vistas así, los precios irían a la par. Y no! Para más inri, cenamos muy bien y a muy buen precio, por unos 35 euros los dos. El pastel de cebolla con 3 quesos está buenísimo, y las hojas de parra rellenas de arroz (plato típico que se llama Dolmadákia me Rizi), también estaban para chuparse los dedos. Todo regado con un buen vino blanco fresco, que en Grecia es muy común y se llama “Retsina”, y coronado por un café frappé, también muy típico de allí.

Para los que os guste el vino, como la que suscribe, en Grecia el precio de los vinos en los restaurantes está a nivel europeo, o sea prohibitivo (entre 15 y 20 euros la botella más barata). Pero la opción de beber este vino “Retsina” está muy bien, porque su precio no pasa de los 6 euros y su gusto, con un ligero gusto a resina de pino, es muy agradable cuando se toma bien fresco. Otro de los productos típicos que hay que tomar en Grecia es el café frappé. Consiste en Nescafé batido con agua fría, azúcar y leche concentrada. Se sirve con cubitos de hielo y se consume durante todo el año, especialmente en verano.

Con las vistas nocturnas de la acrópolis, aún clavadas en las retinas, nos fuimos caminando de regreso al tranvía, en la plaza Sintagma, que nos llevaría al hotel. Antes de coger el tranvía nº 5, pasamos por un stand enorme del partido “Nueva Democracia”, donde celebraban un concierto. Es el partido popular griego y estaban celebrando los actos pre-electorales ante los comicios que se iban a celebrar el domingo siguiente. Con una camiseta y una gorra salimos de allí, entre las rubias de bote que votan a la derecha y que por supuesto existen en Grecia también.

Sábado 7: Delfos

Nuestro primer madrugón, lo vivimos el sábado a las 6:30 de la mañana, ya que nos venían a buscar para hacer un viaje de dos días por el interior del país: Santuario de Delfos y Monasterios de Meteora. La excursión y el crucero que hicimos durante nuestra estancia en Grecia, los contraté con una empresa griega, llamada Boutros por Internet www.boutrostours.gr. Son gente muy profesional y todos los servicios contratados se cumplieron, aunque hubo alguna que otra incidencia con las guías de la empresa que organizaba la excursión a Meteora.

El Santuario de Delfos se encuentra a unas 3 horas de Atenas y a unos 40 km de salir de Atenas, pasamos por la llanura de Maratón. En esta llanura, según cuenta la historia, tuvo lugar la batalla que puso fin a la guerra de Atenas contra los persas. Tras la batalla, el general griego Milciades, envió a un soldado a anunciar la victoria y la distancia que tuvo que recorrer, este soldado llamado Filipides, fue de 40 km. Al llegar a Atenas, anunció la victoria y murió a continuación por agotamiento. Este es el origen de lo que hoy se conoce como la maratón olímpica, aunque lo que empezó siendo un acto heroico no se convirtió en prueba deportiva hasta los juegos olímpicos de 1896. Desde entonces, la prueba del maratón es la prueba que clausura los Juegos olímpicos.

Seguimos nuestra ruta hacia Delfos, y empezamos a subir montañas. Grecia es un país montañoso, mucho más montañoso de lo que yo creía. El paisaje es agreste y las curvas bastante acentuadas. Pasamos por Tebas, Levadia y el pueblo de Aráhova, un pueblo muy curioso, “colgado” literalmente de las faldas del Monte Parnaso. Estábamos en las “alturas” y por eso no nos extrañó ver anuncios de estaciones de sky ubicadas a pocos km de la zona.

Cuando por fin llegamos a Delfos, a las ruinas del que fuera el oráculo más famoso del mundo, vivimos los peores momentos del viaje. Por la incompetencia de la guía, nos quedamos sin poder entrar en las ruinas, porque según ella no nos daba tiempo. Teníamos que coger otro autobús para seguir ruta hacia Meteora y nos dejó “literalmente” tirados en el pueblo de Delfos, sin poder ver las ruinas. El cabreo fue histórico, cuando vimos a otros compañeros de viaje, que pasaron totalmente de la guía, vieron las ruinas y llegaron a tiempo para coger el segundo autobús. Cada vez que me acuerdo se me ponen los pelos como escarpias. Nos dimos una vuelta por el pueblo, disfrutamos de las vistas sobre los valles de olivos que alcanzan el mar, nos lo tomamos con humor y rabia al mismo tiempo. Sería una señal de los dioses, teníamos que volver a Delfos algún día.

Según cuenta la leyenda, Zeus soltó dos águilas desde los extremos de la tierra y ambas se cruzaron en Delfos, un lugar que estuvo consagrado inicialmente a la diosa de la tierra, Gea. Para apoderarse del templo, Apolo mató al dragón Tifón que lo resguardaba. El sitio recibió entonces el nombre de Pytho -el que pudre- debido a que allí murió el monstruo. Luego Apolo se transformó en delfín -de ahí, Delfos- y desvió una nave cretense cuya tripulación acabó convirtiéndose en el primer estamento de servidores del templo. Allí fue situada una piedra conocida como el onfalos, el ombligo del mundo. Su influencia fue tal, que se no se decidían guerras sin los consejos de su pitonisa o adivina, e incluso algunos imperios se desplomaron por no escucharlo.

El día del oráculo, la pitonisa se purificaba con un baño ritual y se vestía de gala. Luego se ubicaba en lo más profundo del santuario, sobre un trípode de oro. Allí respiraba la exhalación sagrada -pneuma enthousiastikon- y sin duda alucinógena, que emanaba de una grieta del suelo. Entraba en trance y se transformaba en la voz de Apolo. De todos modos, Si os pasa como a mí, que andáis un poco “pez” en mitología griega, os recomiendo comprar un libro que se vende por todas partes sobre el tema y que se titula, simple y llanamente “Mitología griega”. A mí me vino de perlas, para no perderme en el culebrón de los Dioses.

Con el mosqueo aún en las venas, cogimos el segundo autobús, cargado de norteamericanos, que nos llevaría hasta Meteora. Al subir al autobús, nos recibieron con aplausos y nos dieron la bienvenida como sólo ellos saben hacerlo. Nos quedamos tan sorprendidos ante el recibimiento, que no supimos si todo lo que estábamos viviendo era un mal chiste, o éramos víctimas de una cámara oculta. Pero bueno, por lo menos consiguieron hacernos reír y olvidarnos del mosqueo.

Esta vez a la salida de Delfos, en vez de subir montañas, empezamos a bajar hacia la llanura, por valles inmensos de olivares. Paramos en Lamia a comer algo, y probamos unos hojaldres rellenos de espinacas y de requesón que estaban buenísimos. Tuvimos tiempo de pedir la comida antes de que llegase una avalancha de jubilados griegos que venían en tropel hacia el mostrador y por un momento, temimos por nuestra integridad física.

Nos quedaban unas 5 horas de viaje hasta nuestro destino de Meteora. A través de los cristales del autobús, empecé a ver gotas de lluvia que caían sobre las plantas de algodón en flor, que cubrían los campos de la gran llanura de Thessalia. El cielo gris y la lluvia deslucían el paisaje, pero tuvimos la ocasión de verlo en toda su inmensidad como un gran manto blanco, hecho de bolas de algodón. Estábamos lejos de las islas turísticas y del caos de Atenas, estábamos en la Grecia rural, dura y pobre. Hay algo que choca cuando recorres el país, y es ver como muchas casas están sin terminar. Parece ser que los griegos primero construyen la planta baja, dejando los remates de las vigas al aire. A lo largo de la vida ahorran para levantar la segunda planta y en la vejez o sus hijos, se encargan de rematar la construcción.

Cuando por fin llegamos a Kalambaka, el pueblo que está a los pies de Meteora, ya estaba oscureciendo. Antes de llevarnos al hotel, nos llevaron a ver una tienda artesanal de iconos y tras la charlita de rigor y una bebida de bienvenida, nos fuimos como entramos, sin caer en la tentación de comprar algo en el “iconos market”. “Business is business” y ni los ortodoxos se libran del 2x1, ¡qué pena!!

Tras el largo viaje, nos merecíamos el hotel de 4 estrellas que habíamos contratado. Pertenece a la cadena “Amalia hotels” http://www.amalia.gr/kalambaka/home.htm y se ubica en una hacienda enorme, con parques y piscina. Lástima que no hiciese buen tiempo, porque un bañito hubiese sido ya el no va más. Y después de cenar con los mismos americanos que seguían sonriendo, como sonríen ellos, nos retiramos a nuestros aposentos para dormir hasta el “día del juicio final”.



Domingo 8: METEORA

Si alguna vez había pensado en venir a Grecia, Meteora estaba entre los objetivos principales. La primera vez que visioné en la tele, las imágenes de los monasterios “colgados” en las montañas, me impactaron mucho y quería verlos en vivo y en directo. El viaje hasta allí había sido largo, pero había merecido la pena.

Meteora (nombre que significa algo así como "suspendido en el aire") engloba tanto la zona, como el conjunto de monasterios bizantinos que se construyeron, a partir del siglo XIV, en lo alto de una especie de agujas de caliza, de varios cientos de metros de altura, a los que en tiempos sólo se podía acceder por ascensores rudimentarios de tracción animal o humana. La verdad es que cuesta imaginarse cómo podían subir los monjes hasta las cimas, cuando no había escaleras, ni puentes, ni carreteras. Gran parte del misterio de la zona se debe a la erosión que hace unos 50 millones de años sufrió la llanura de Tesalia por acción del mar. Según nos contó la guía, utilizaban unos cestos en los que subían y bajaban, alimentos y suministros en general. Llegó a haber 24 monasterios en funcionamiento y hoy en día, funcionan 6: el de Agios Nikolaos, la Moni Russanu o Agia Barbara, el Moni Barlaam, el Gran Meteoro, Agia Triada y agios Stefanos.

Nosotros en la visita guiada, entramos en tres monasterios habitados por monjes y monjas ortodoxos. El primero que se ve, y que es el menos espectacular es el de San Nicolás. La siguiente parada que tuvimos fue en el gran Monasterio de Varlaam. Coincidimos con un grupo de soldados que entraron con nosotros a ver el interior de la iglesia con sus frescos y murales bizantinos impresionantes. Nuestra guía era bastante penosa, así que optamos por “pegarnos” a un grupo que venía detrás, dirigido por su profesora de arte. Por ella, supimos que los iconos que allí vimos forman el mejor conjunto pictórico de Meteora. El Katholikón (capilla principal) es pequeño pero realmente increíble. Se sustenta sobre vigas pintadas y los muros y pilares están decorados con frescos.

Cuando salimos de allí, no nos arrepentimos de haber subido los 195 escalones de la entrada al monasterio. (Por cierto, está prohibido para las mujeres entrar con pantalones a los monasterios. Pero…. ¡que no cunda el pánico!, porque los monjes están al día pese a todo, y en la entrada tienen una especie de faldas-mandiles para toda aquella que lo necesite).

Desde Varlaam hay un camino que va hacia el norte hasta Megalo Metéoro, el monasterio más grande y de mayor altura, erigido a 415 m sobre el nivel del terreno. Antes de llegar a este monasterio, que sería el final de nuestra estancia en Meteora, visitamos otro monasterio, el de Agia Triada. Este Monasterio es de difícil acceso, y su capilla era más sencilla y menos impactante que la anterior. El más visitado y el de mayor tamaño, es el Gran Meteoro que vimos al final de la visita. Estaba a tope de turistas y no pudimos verlo con tranquilidad pero mereció la pena. Está habitado por monjes y monjas y las vistas desde sus jardines son impactantes. No nos extrañó que algunas secuencias de la película de James Bond “Sólo para tus ojos” se hubiesen rodado allí; el “fenómeno natural” de Meteora es único en el mundo.

Volvimos a Atenas (unos 350 km) por otra ruta, más llana y más rápida. Paramos otra vez en Lamia, y un poco más tarde pasamos por delante del monumento, a pie de carretera del rey de Esparta Leonidas. Según nos contó la guía, este rey junto a otros 300 espartanos se enfrentaron en el año 480 a.c a un temible e inmenso ejército persa. Fue una batalla cruel en la que perdieron los griegos y falleció el rey espartano. Se la conoce como la batalla de las Termópilas.

Mientras seguíamos nuestra ruta hacia Atenas, el paisaje era espectacular. Ya no llovía y el sol brillaba sobre el Golfo de Evia. Después de dos días en las montañas y sin ver el mar, volvíamos a ver ese mar azul que tanto me gusta. La guía nos iba explicando un poco el por qué del odio entre griegos y turcos. A parte de la enemistad que se da entre países vecinos, la historia de Grecia y Turquía es una historia de encuentros y desencuentros.

Grecia siempre ha temido al imperio otomano, por ser un gran rival y una gran potencia armada. Los hechos que acontecieron en la Batalla de Esmirna en 1922, supusieron el principio del fin. Tras la Conferencia de Paz celebrada en París una vez finalizada la 1ª Guerra Mundial, Grecia recibió Tracia occidental de Bulgaria, Tracia oriental de Turquía y la mayoría de las islas del mar Egeo, y reclamó además Esmirna (hoy Izmir). Las tropas griegas llegaron allí en 1919 y sostuvieron violentas luchas con la población y las tropas turcas.

En 1923, según los términos del Tratado de Lausana, Esmirna fue devuelta a Turquía y más de un millón de residentes griegos en Asia Menor fueron repatriados. Según parece, este proceso de repatriación sigue doliendo en el honor de los griegos, y la enemistad entre los dos países sigue latente.



Así, con una lección de historia más o menos reciente, llegamos a la capital, Atenas. Tuvimos suerte de no encontrarnos con las colas infinitas de coches que se forman, cuando todo el mundo vuelve de pasar el fin de semana fuera del caos. Los americanos del autobús se fueron apeando poco a poco, despidiéndose los unos a los otros como sólo saben hacerlo ellos: con sonrisas y lágrimas. Mientras, nosotros, mucho más secos y rancios nos despedimos con un adiós tan escueto, que creo que ni se oyó. Nos faltan los genes “happy flower”


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