Guide to Recognizing Your Saints



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Exhibición n° 6993 6994 Martes 24 de junio de 2008

Temporada n° 55 Cine GAUMONT

TUS SANTOS Y TUS DEMONIOS (A Guide to Recognizing Your Saints, Estados Unidos-2007). Dirección: DITO MONTIEL. Argumento: sobre una novela de Dito Montiel. Guión: Dito Montiel. Diseño del film: Jody Asnes. Fotografía: Eric Gautier. Música original: Jonathan Elias. Montaje: Jake Pushinsky, Christopher Tellefsen. Edición de sonido: Eugene Gearty. Decorados: Cherish Magennis. Vestuario: Sandra Hernandez. Elenco: Dianne Wiest (Flori), Robert Downey Jr. (Dito), Shia LaBeouf (joven Dito), Melonie Diaz (joven Laurie), Julia Garro (Diane), Eleonore Hendricks (Jenny), Adam Scarimbolo (Guiseppe), Peter Anthony Tambakis (joven Nerf), Channing Tatum (joven Antonio), Anthony Tirado, Erick Rosado, Steve Payne, Chazz Palminteri (Monty), Tibor Feldman (maestro), Martin Compston (Mike O'Shea), Marc Castle, Steven Randazzo, George DiCenzo, Olga Merediz, Teresa Kelsey, Sammy Rhee, Jermel Wilson, Michael Rivera, David Castro, Federico Castelluccio, Anthony DeSando, Scott Michael Campbell (Nerf), Rosario Dawson (Laurie), Kyle Benitez, Iraida Polanco, Gilbert Cruz, Eric Roberts (Antonio), Chance Kelly, Angela Frye, Yetta Gottesman, Al Marz, Chris Nunez, Jeff Skowron, E. Austin Valentine. Productores: Rene Bastian, Charlie Corwin, Clara Markowicz, Trudie Styler, Travis Swords. Productores ejecutivos: Amanda Mackey Johnson, Bobby Sager, Peter Sahagen, Sting. Productoras: Belladonna Productions, Original Media, Xingu Films. Duración original: 98’.



Este film se exhibe por gentileza de CDi Films
El film

Un director puede entretenerse en disponer un escenario tanto como le plazca. En el caso particular de un despliegue realista –es decir, con una clara intención de emular o recrear un entorno real–, puede acotarse la finalidad del lugar a dos posibles opciones. La primera de ellas encuentra un buen ejemplo en Una luz en el infierno (A Bronx tale, 1993), interminable ópera prima de Robert De Niro como director, ambientada en el barrio neoyorquino. En este caso, toda la intencionalidad de construir un entorno social concreto recae enteramente en el significado de la palabra ‘ambientar’: el lugar no es el objeto directo del film. Sin embargo, existe la necesidad de relacionar hechos narrativos con ese lugar; aunque lo sucedido en sí sea pura ficción, hacerlo pasar por realista (parte de ser un “buen contador de historias”) pasa por mostrar un lugar realista.

La segunda opción se halla en el lado justamente opuesto; podríamos hablar de un ‘documental’ sobre el lugar mismo. Las acciones prácticamente carecen de relevancia narrativa y se acentúan las características propias del territorio fijado que, ahora sí, es el único e indiscutible protagonista. En este extremo se encuentra Tus santos y tus demonios, íntimo debut de Dito Montiel en el que se desmenuzan de forma minuciosa los patrones de comportamiento de los personajes (con la inteligente pluralización de nombres propios) pero también de la vida del extrarradio.

Aunque ha asegurado que no se trata de una obra autobiográfica, el mismo Dito se personifica en el protagonista, retratado como uno de los pocos adolescentes de la pandilla barriobajera que no sucumbe a la mera lucha por la supervivencia y mira hacia una vida mejor (con la escena del viaje en metro), aunque la poca intención de fondo –también la del título– sea condenar la actitud de abandono que ello lleva implícita. El oscilante flashback que desemboca en esta conclusión es la herramienta usada por Montiel para reflejar una parte de él mismo.

Con poca imaginación que le echen, pueden hacerse una idea de cómo es el Queens de mediados de los ochenta: la madre que alimenta a sus crías, en plena adolescencia, con drogas, tacos, violencia y sexo en ingentes cantidades, sin contar con los dramas hogareños propios de un territorio tan hostil. Los mismos personajes son el evidente producto cultural, que antes de los dieciocho pueden presumir, en su amplia mayoría, de ser asesinos, suicidas absurdos, desocupados, analfabetos, drogadictos y el sinfín de adjetivos que seguirían. Cabe destacar el trabajo de dirección sobre los actores que sugiere que sus actitudes fluyen de forma totalmente natural.

Pero por encima del asimilado pesimismo, neutralizado por el carácter realista que le proporciona el rescoldo de documental, destaca la realización de Montiel, el cual, a pesar de ser novel, no se ha reservado a la hora de alternar lenguajes –puntualmente se muestra en pantalla un extracto de guión, tal cual, a la vez que se lee–, usar la vista en primera persona para que la voz refleje pensamientos en vez de palabras articuladas, atreverse a desenfocar ya desde el primer plano, acallar casi todo sonido para emular un paro cardíaco, o permitirse montar a tijeretazo limpio con secuencias salteadas.

Existe un elemento de síntesis en esta satisfactoria ópera prima que concentra su contenido vital: el diálogo en el que el padre pregunta «¿Qué ocurre?» al ver a su hijo herido, y éste le responde «Nada»; la escena se repite al rato con los papeles intercambiados. De este modo se da a entender que lo que quiera que haya pasado no importa; lo que ocurre de verdad es Queens, que para Montiel es la única verdad. Con esta sutil ilustración del círculo vicioso de la miseria se manifiesta la auténtica tragedia, que no consiste en poseer una infancia pobre sino en enfrentar el dilema de la traición a los propios santos. Y en este sentido, ¿es mejor conformarse con sobrevivir o, por el contrario, huir sin volver a mirar nunca atrás? Más aún: ¿existe un punto intermedio, un compromiso en esta elección?

(Albert Meroño Peñuela, extraído de www.labutaca.net)


Precedida de varios éxitos en prestigiosos festivales de cine independiente –Sundance, Gijón– Tus santos y tus demonios es la adaptación del escritor Dito Montiel de su novela autobiográfica “A guide to recognizing your saints”, un debut en la dirección que rememora su juventud en el barrio de Astoria en Queens, Nueva York. Las palpitantes calles de esta ciudad han sido el escenario de incontables historias –Martin Scorsese es inevitablemente quien primero viene a la memoria, seguido de otros muchos–, llegando a adquirir una auténtica iconografía, identificable entre juventudes truncadas por la violencia y ánimos redentores. En esta especie de subgénero logran hacerse un pequeño hueco estos recuerdos de Queens plasmados en la pantalla.

Visitar una y otra vez la propia juventud es algo recurrente conforme los años ponen distancia con ese tiempo en el que todo se siente de forma distinta, un lugar al que siempre se desea volver, pese a sus sufrimientos, e incluso, tal y como susurra Tus santos y tus demonios, del que uno nunca puede alejarse del todo. La memoria tiene el peligro de distorsionar aquello que sucedió, pero también permite que un largometraje como éste destile la sinceridad suficiente como para lograr que realidad y ficción discurran por momentos en un mismo plano. Esta revisión se estructura en dos periodos fragmentados, con unos 15 años de diferencia, a partir de la vuelta de Dito, un escritor que vive en California, al barrio donde se crió, lugar en el que le asaltan los recuerdos y las cuentas que permanecen pendientes desde que lo abandonó.

El director se sirve de un extraordinario elenco de jóvenes intérpretes y de un innegable dinamismo a la hora de recuperar lo que se vivía y respiraba en aquellas calles, la cotidianidad de unos adolescentes inmersos en la inercia de la violencia, la provocación interracial, las diversiones para matar el tiempo en las sofocantes noches de verano y los amores incipientes; y planeando sobre sus conciencias, el anhelo de dejar un barrio que parecía arrastrarles hacia el fondo. Para ello recurre a la inmediatez del uso casi constante de la cámara en mano, a una potente selección de temas musicales que nos sitúan en plenos años 80, y al aspecto y color de aquella década, dando forma a un guión que evidencia saber lo que se trae entre manos.

Al mismo tiempo, este nervio de la cámara resulta innecesario en algunas secuencias de interiores, subrayando en exceso el caos y la incomprensión reinante en la familia de Dito. El realizador ajusta el metraje a lo que está contando –algo poco habitual–, sin esa minuciosidad estéril que tiende a aparecer cuando se habla del propio pasado, siendo labor del espectador reconstruir el destino y los años que ignora de los personajes. Dentro de esta concreción, en algunos tramos se suceden con cierta precipitación las situaciones dramáticas, dando una sensación de continua crispación, y ciertos retratos, en especial los relativos a los padres, quedan trazados de una manera demasiado elemental.

Todo esto contrasta con la magistral sencillez mostrada en puntuales momentos, en especial el primer viaje en tren de Dito con Mike, su amigo irlandés recién llegado a Queens, en el que plasma los deseos por escapar, recorrer un mundo que está esperando más allá de los estrechos márgenes del barrio, lo que se convierte en una maravillosa secuencia sobre la libertad. Esta ilusión enlaza con un triste reverso, el monólogo de su madre (conmovedora Dianne Wiest) muchos años después. Tan sólo la delicadeza narrativa de estos dos instantes bastaría para poner de manifiesto la capacidad del autor para desplegar una mirada poética mediante los pocos elementos que tiene a su alrededor, pero siempre realista. La forma distinta de abordar los hechos no le abandona ni siquiera cuando necesariamente tiene que mostrar la presencia casi constante de la violencia.

Esta fuerza dramática demuestra también un buen hacer en la dirección de actores, pieza clave del proyecto, confiando en Robert Downey Jr. para dar vida a sí mismo como adulto, actor implicado en la producción y tal vez algo mayor para el personaje, pero que por una vez frena su tendencia al histrionismo. Excelente el trabajo de Shia LaBeouf como joven Dito, al igual que del resto de los intérpretes jóvenes que le rodean, junto a Rosario Dawson, y la veteranía de Chazz Palminteri y la citada Dianne Wiest.

Aunque, por supuesto, todo lo que cuenta no se ajusta estrictamente a la realidad –tal y como aclara el propio director–, su reencuentro con el pasado y con lo que queda de éste en el presente desprende unos grados de autenticidad no vistos en los últimos tiempos. La mirada de Dito Montiel no es revanchista ni autocompasiva, ni un ejercicio inútil hurgar en las heridas, sino un emotivo recuerdo de quienes le rodearon. Esta carga tan personal hace que la cinta se desmarque de propuestas similares, siendo el resultado una más que grata sorpresa.

(Miguel Laviña Guallart, extraído de www.labutaca.net)

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