Gustave le bon



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LIBRO I: La Mente de las Masas

 

Capítulo I: Características generales de las masas. Ley psicológica de su unidad mental.



¿Qué constituye una masa desde el punto de vista psicológico? – Una aglomeración numéricamente grande de individuos no es suficiente para formas una masa – Características especiales de masas psicológicas – La orientación hacia una dirección fija de las ideas y sentimientos de los individuos que componen una masa así, y la desaparición de su personalidad individual – La masa siempre está dominada por consideraciones de las que no tiene conciencia – La desaparición de la actividad cerebral y el predominio de la actividad medular – La depreciación de la inteligencia y la completa transformación de los sentimientos – Los sentimientos transformados pueden ser mejores o peores que los de los individuos de los cuales la masa se compone – Una masa es tan fácilmente heroica como criminal.

En su sentido ordinario, la palabra “masa” o “muchedumbre” significa una reunión de individuos de cualquier nacionalidad, profesión o sexo, sean cuales fueren las causas que los han juntado. Desde el punto de vista psicológico, la expresión “masa” adquiere un significado bastante diferente. Bajo ciertas circunstancias, y sólo bajo ellas, una aglomeración de personas presenta características nuevas, muy diferentes a las de los individuos que la componen. Los sentimientos y las ideas de todas las personas aglomeradas adquieren la misma dirección y su personalidad consciente se desvanece. Se forma una mente colectiva, sin duda transitoria, pero que presenta características muy claramente definidas. La aglomeración, de este modo, se ha convertido en lo que, a falta de una expresión mejor, llamaré una masa organizada. Forma un único ser y queda sujeta a la ley de la unidad mental de las masas.

Es evidente que no es por el simple hecho de estar accidentalmente el uno al lado del otro que un cierto número de individuos adquiere el carácter de una masa organizada. Mil individuos accidentalmente reunidos en un espacio público, sin ningún objeto determinado, de ninguna manera constituyen una masa desde el punto de vista psicológico. A fin de adquirir las características especiales de una masa como la señalada, es necesaria la influencia de ciertas causas predisposicionantes cuya naturaleza deberemos determinar.

La desaparición de la personalidad conciente y la orientación de los sentimientos y los pensamientos en una dirección definida – que son las características primarias de una masa a punto de volverse organizada – no siempre involucran la presencia de un número de individuos en un sitio determinado. Miles de individuos aislados, en ciertos momentos y bajo la influencia de ciertas emociones violentas – tales como, por ejemplo, un gran evento nacional – pueden adquirir las características de una masa psicológica. En ciertos momentos, media docena de personas puede constituir una masa psicológica; algo que puede no suceder con cientos de personas reunidas por accidente. Por el otro lado, toda una nación, aún cuando no exista una aglomeración visible, puede convertirse en masa bajo la acción de ciertas influencias.

La masa psicológica, una vez constituida, adquiere ciertas características generales, provisorias pero determinables. A estas características generales se le agregan características particulares que varían de acuerdo con los elementos de los cuales la masa se compone y que pueden modificar su constitución mental. Las masas psicológicas, pues, son susceptibles de ser clasificadas, y cuando nos ocupemos de esta materia veremos que una masa heterogénea – es decir: una masa compuesta por elementos disímiles – presenta ciertas características comunes con masas homogéneas – es decir: masas compuestas de elementos más o menos similares (sectas, castas, clases) – y al lado de estas características comunes, hay particularidades que permiten diferenciar a los dos tipos de masa.

Sin embargo, antes de ocuparnos de las diferentes categorías de masas, primero debemos examinar las características que les son comunes a todas. Nos pondremos a trabajar como el naturalista que comienza por describir las características comunes a todos los miembros de una familia antes de dedicarse a las particulares que permiten la diferenciación de géneros y especies incluidos en esa familia.

No es fácil describir la mente de las masas con exactitud porque su organización varía no solamente de acuerdo con la raza y la composición, sino también de acuerdo con la naturaleza y la intensidad de los estímulos bajo cuyos efectos las masas se hallan. Sin embargo, la misma dificultad se presenta en el estudio psicológico de un individuo. Solamente en las novelas se encuentran personajes que transitan toda su vida con un carácter invariable. Es sólo la uniformidad del medioambiente la que crea la aparente uniformidad de los caracteres. En otra parte he demostrado que todas las constituciones mentales contienen caracteres en potencia que pueden manifestarse como consecuencia de un súbito cambio en el medioambiente. Esto explica cómo, en medio de los más salvajes miembros de la Convención Francesa, se podía encontrar a ciudadanos inofensivos que, bajo condiciones normales, hubieran sido pacíficos notarios o virtuosos magistrados. Una vez pasada la tormenta, retomaron su carácter normal de ciudadanos tranquilos, respetuosos de la ley. Napoleón encontró entre ellos a sus sirvientes más dóciles.

Siendo imposible aquí estudiar todos los sucesivos grados de organización de las masas, nos dedicaremos más específicamente a aquellas que han alcanzado la fase de organización completa. De este modo veremos en qué se pueden convertir las masas, pero no aquello que invariablemente son. Es solamente en esta fase avanzada de organización que ciertas características nuevas y especiales se superponen sobre el invariable y dominante carácter de la raza, teniendo después lugar el giro, al cual ya hemos aludido, de todos los sentimientos y pensamientos de la colectividad en una dirección única. También, es solamente bajo tales circunstancias que comienza a jugar lo que más arriba he llamado la ley psicológica de la unidad mental de las masas.

Entre las características psicológicas de las masas hay algunas que pueden presentarse en común con las de individuos aislados y, por el contrario, otras que les son absolutamente peculiares y que solamente se encuentran dentro de colectividades. Son estas características especiales que estudiaremos antes que nada a fin de demostrar su importancia.

La peculiaridad más sobresaliente que presenta una masa psicológica es la siguiente: sean quienes fueren los individuos que la componen, más allá de semejanzas o diferencias en los modos de vida, las ocupaciones, los caracteres o la inteligencia de estos individuos, el hecho de que han sido transformados en una masa los pone en posesión de una especie de mente colectiva que los hace sentir, pensar y actuar de una manera bastante distinta de la que cada individuo sentiría, pensaría y actuaría si estuviese aislado. Hay ciertas ideas y sentimientos que no surgen, o no se traducen en acción, excepto cuando los individuos forman una masa. La masa psicológica es un ser provisorio formado por elementos heterogéneos que se combinan por un momento, exactamente como las células que constituyen un cuerpo viviente forman por su reunión un nuevo ser que exhibe características muy diferentes de las que posee cada célula en forma individual.

Contrariamente a la opinión que uno se sorprende de encontrar proviniendo de la pluma de un filósofo tan agudo como Herbert Spencer, en el agregado que constituye una masa no hay ninguna clase de sumatoria o de promedio establecido entre sus elementos. Lo que realmente tiene lugar es una combinación seguida de la creación de nuevas características, al igual que en química ciertos elementos puestos en contacto – bases y ácidos, por ejemplo – se combinan para formar una nueva sustancia con propiedades bastante diferentes de las que han servido para formarla.

Es fácil demostrar cuanto difiere la individualidad de la masa del individuo aislado que la compone, pero es menos fácil descubrir las causas de esta diferencia.

En todo caso, para una visión genérica es necesario, en primer lugar, recordar la verdad establecida por la psicología moderna en cuanto a que los fenómenos inconscientes juegan un papel preponderante no sólo en la vida orgánica sino también en las operaciones de la inteligencia. La vida consciente de la mente tiene una importancia pequeña en comparación con su vida inconsciente. El más sutil analista, el más agudo observador, apenas si tiene éxito en descubrir una cantidad muy pequeña de los motivos inconscientes que determinan su conducta. Nuestros actos conscientes son el resultado de un sustrato inconsciente creado en la mente, en su mayor parte por influencias hereditarias. Este sustrato se halla constituido por las innumerables características comunes transmitidas de generación en generación que forman el genio de una raza. Detrás de las causas alegadas de nuestros actos, es indudable que hay todavía muchas más causas secretas que nosotros mismos ignoramos. La mayor parte de nuestras acciones cotidianas es el resultado de motivos ocultos que escapan a nuestra observación.

Es más especialmente respecto de esos elementos inconscientes que constituyen el genio de una raza que todos los individuos pertenecientes a ella se parecen los unos a los otros, mientras que es principalmente respecto de los elementos conscientes de su carácter – fruto de la educación y de condiciones hereditarias aún más excepcionales – que se diferencian entre si. Personas absolutamente disímiles en materia de inteligencia poseen instintos, pasiones y sentimientos que son muy similares. En cuestiones de todo lo que pertenece a la esfera del sentimiento – religión, política, moralidad, afectos y antipatías, etc. – los hombres más eminentes raramente sobrepasan el nivel del más ordinario de los individuos. Desde el punto de vista intelectual puede existir un abismo entre el gran matemático y su zapatero; pero desde el punto de vista del carácter la diferencia es frecuentemente escasa o inexistente.

Son precisamente estas cualidades generales del carácter, gobernadas por fuerzas de las cuales no somos conscientes, y poseídas por la mayoría de los individuos normales de una raza en un grado bastante similar – son precisamente estas cualidades, decía, que se convierten en la propiedad común de las masas. En la mente colectiva las aptitudes intelectuales de los individuos se debilitan y, por consiguiente, se debilita también su individualidad. Lo heterogéneo es desplazado por lo homogéneo y las cualidades inconscientes obtienen el predominio.

El simple hecho de que las masas posean en común cualidades ordinarias explica por qué nunca pueden ejecutar actos que demandan un alto nivel de inteligencia. Las decisiones relativas a cuestiones de interés general son puestas ante una asamblea de personas distinguidas, pero estos especialistas en diferentes aspectos de la vida resultan ser incapaces de tomar decisiones superiores a las que hubiera tomado un montón de imbéciles. La verdad es que sólo pueden poner a disposición del trabajo en común aquellas cualidades mediocres que le corresponden por derecho de nacimiento a todo individuo promedio. En la masa es la estupidez y no la perspicacia lo que se acumula. No es, como tantas veces se repite, que todo el mundo tiene más perspicacia que Voltaire sino, seguramente, es Voltaire el que tiene más perspicacia que todo el mundo si por “todo el mundo” debemos entender a las masas.

Si los individuos de una masa se limitaran a poner a disposición del común aquellas cualidades ordinarias de las cuales cada uno de ellos tiene cierta cantidad, la resultante sería meramente un promedio y no, como hemos dicho que es en realidad el caso, la creación de características nuevas. ¿Cómo se crean estas nuevas características? Pues, esto es lo que ahora investigaremos.

Hay diferentes causas que determinan la aparición de las características peculiares de las masas y que no poseen los individuos aislados. La primera es que el individuo que forma parte de una masa adquiere, por simples consideraciones numéricas, un sentimiento de poder invencible que le permite ceder ante instintos que, de haber estado solo, hubiera forzosamente mantenido bajo control. Estará menos dispuesto a autocontrolarse partiendo de la consideración que una masa, al ser anónima y, en consecuencia, irresponsable, hace que el sentimiento de responsabilidad que siempre controla a los individuos desaparezca enteramente.

La segunda causa, que es el contagio, también interviene en determinar la manifestación de las características especiales de las masas y, al mismo tiempo, también en determinar la tendencia que las mismas seguirán. El contagio es un fenómeno cuya presencia es fácil de establecer pero que no es fácil de explicar. Tiene que ser clasificado entre los fenómenos de un orden hipnótico que estudiaremos en breve. En una masa, todo sentimiento y todo acto es contagioso; y contagioso a tal grado que un individuo se vuelve dispuesto a sacrificar su interés personal en aras del interés colectivo. Ésta es una actitud muy contraria a su naturaleza y de la cual el ser humano es escasamente capaz, excepto cuando forma parte de una masa.

Una tercera causa, y por lejos la más importante, es la que determina en los individuos de una masa esas características especiales que a veces son bastante contrarias a las que presenta el individuo aislado. Me refiero a la sugestionabilidad, de la cual, incluso, el contagio arriba mencionado no es más ni menos que un efecto.

Para entender este fenómeno es necesario tener presente ciertos descubrimientos psicológicos recientes. Hoy en día sabemos que, por medio de varios procesos, un individuo puede ser puesto en una condición tal que, habiendo perdido su personalidad consciente, obedece todas las sugerencias del operador que le ha privado de ella y comete actos en manifiesta contradicción con su carácter y sus hábitos. Las observaciones más minuciosas parecen probar que un individuo, sumergido durante cierta cantidad de tiempo en una masa en acción, pronto se encuentra – ya sea por consecuencia de la influencia magnética producida por la masa o por alguna otra causa que ignoramos – en un estado especial que se asemeja mucho al estado de fascinación en el que se encuentra el individuo hipnotizado que está en las manos de un hipnotizador. Habiendo sido paralizada la actividad mental en el caso del sujeto hipnotizado, éste se convierte en esclavo de todas las actividades inconscientes que el hipnotizador dirige a su voluntad. La personalidad consciente ha desaparecido por completo; la voluntad y el discernimiento se han perdido. Todos los sentimientos y pensamientos se inclinan en la dirección determinada por el hipnotizador.

Tal es también, aproximadamente, el estado del individuo que forma parte de una masa psicológica. Ya no es consciente de sus actos. En su caso, como en el del sujeto hipnotizado, al tiempo que algunas facultades son destruidas, otras pueden ser llevadas a un alto grado de exaltación. Bajo la influencia de una sugestión, la persona acometerá la realización de actos con una impetuosidad irresistible. Esta impetuosidad es tanto más irresistible en el caso de las masas que en el del sujeto hipnotizado, cuanto que, siendo la sugestión la misma para todos los miembros de la masa, gana en fuerza por reciprocidad. Los individuos en la masa que quizás posean una personalidad suficientemente fuerte como para resistir la sugestión son demasiado escasos en número como para luchar contra la corriente. A lo sumo podrán intentar desviarla por medio de sugestiones distintas. Es de esta manera, por ejemplo, que una expresión feliz, una imagen oportunamente evocada, ocasionalmente ha disuadido a una masa de los actos más sangrientos.

Vemos, pues, que la desaparición de la personalidad consciente, el predominio de la personalidad inconsciente y el contagio de sentimientos e ideas puestas en una única dirección, la tendencia a transformar inmediatamente las ideas sugeridas en acción; éstas son, como vemos, las principales características del individuo formando parte de una masa. Ya no es él mismo sino que se ha convertido en un autómata que ha dejado de estar guiado por su propia voluntad.

Más aún; por el simple hecho de formar parte de una masa organizada, un hombre desciende varios peldaños en la escala de la civilización. Aislado, es posible que sea un individuo cultivado; en una masa será un bárbaro – esto es: una criatura que actúa por instintos. Poseerá la espontaneidad, la violencia, la ferocidad y también el entusiasmo y el heroísmo de los seres primitivos a los que tenderá a parecerse cada vez más por la facilidad con la que se dejará impresionar a través de palabras e imágenes – que no provocarían acción alguna en cada uno de los individuos aislados que componen la masa – y a ser inducido a cometer acciones contrarias a sus más evidentes intereses y sus hábitos mejor conocidos. Un individuo en una masa es un grano de arena entre otros granos de arena que el viento arremolina a su voluntad.

Es por este motivo que se pueden ver jurados dictando sentencias que cada miembro del jurado desaprobaría individualmente; así es como asambleas parlamentarias sancionan leyes y medidas que cada uno de sus miembros desaprobaría en lo personal. Tomados por separado, los hombres de la Convención eran ciudadanos ilustrados con hábitos pacíficos. Unidos en una masa, no vacilaron en adherir a las propuestas más salvajes, en guillotinar individuos clarísimamente inocentes y, contrariamente a sus intereses, a renunciar a su inviolabilidad y a diezmarse a si mismos.

No es solamente por sus acciones que un individuo en una masa se diferencia esencialmente de si mismo. Incluso antes de perder completamente su independencia, sus ideas y sus sentimientos han sufrido una transformación; y esta transformación es tan profunda que es capaz de cambiar al avaro en un despilfarrador, a un escéptico en un creyente, a la persona honesta en un criminal, y al cobarde en un héroe. La renuncia a todos los privilegios que la nobleza votó en un momento de entusiasmo durante la celebrada noche del 4 de Agosto de 1789, ciertamente jamás habría sido consentida por ninguno de sus miembros tomados por separado.

La conclusión a extraer de lo precedente es que la masa es siempre intelectualmente inferior al individuo aislado pero que, desde el punto de vista de los sentimientos y de las acciones que estos sentimientos provocan, la masa puede, dependiendo de las circunstancias, ser mejor o peor que el individuo. Todo depende de la sugestión a la cual la masa se halla expuesta. Este es el punto que ha sido completamente malinterpretado por escritores que solamente han estudiado a las masas desde un punto de vista criminal. Sin duda alguna, una masa es frecuentemente criminal, pero también muchas veces es heroica. Son las masas y no tanto los individuos que pueden ser inducidas a correr un riesgo de muerte para asegurar el triunfo de un credo o de una idea; que pueden ser inflamadas con entusiasmo por la gloria y el honor; que pueden ser conducidas – casi sin armas como en la época de las Cruzadas – a recuperar la tumba de Cristo de las manos del infiel o, como en el ’93, a defender a la patria [ [3] ]. Un heroísmo como ése es sin duda inconsciente en alguna medida, pero de esa clase de heroísmo está hecha la Historia. Si los pueblos fuesen tenidos en cuenta únicamente por los hechos cometidos a sangre fría, los anales del mundo registrarían sólo muy pocos de ellos.

 

Capítulo II: Los sentimientos y la moral de las masas


1. Impulsividad, inestabilidad e irritabilidad de las masas.

La masa está a merced de todas las causas estimulantes exteriores y refleja sus incesantes variaciones – Los impulsos a los cuales la masa obedece son tan imperiosos que aniquilan el sentido para el interés personal – La premeditación está ausente de las masas – Influencias raciales.



2. Las masas son crédulas y fácilmente influenciables por sugestión.
La obediencia de las masas a las sugestiones – Las imágenes evocadas en la mente de las masas son aceptadas por ellas como realidades – Por qué estas imágenes son idénticas para todos los individuos que componen una masa – Varios ejemplos de ilusiones a las que están sujetos los individuos de una masa – La imposibilidad de dar crédito al testimonio de las masas – La unanimidad de numerosos testigos es una de las peores pruebas que pueden ser invocadas para establecer un hecho – El escaso valor de las obras de historia.

3. La exageración y la espontaneidad de los sentimientos de las masas.
Las masas no admiten dudas o incertidumbres y siempre recurrirán a extremos – Sus sentimientos son siempre excesivos.

4. La intolerancia, la dictatorialidad y el conservativismo de las masas.
Las razones para estos sentimientos – La servilidad de las masas frente a una autoridad fuerte – Los instintos momentáneamente revolucionarios de las masas no les impiden ser extremadamente conservadoras – Masas instintivamente hostiles al cambio y al progreso.

5. La moralidad de las masas.
La moralidad de las masas, de acuerdo a las sugestiones bajo las cuales actúan, puede ser muy inferior o muy superior que la de los individuos que las componen – Explicaciones y ejemplos – Masas raramente guiadas por aquellas consideraciones de intereses que son muy frecuentemente los motivos exclusivos del individuo aislado – El papel moralizador de las masas.


 

Habiendo indicado de un modo general las características principales de las masas, nos queda el estudiar estas características en detalle.

Debe ser remarcado que entre las características especiales de las masas hay varias – tales como impulsividad, irritabilidad, incapacidad de razonar, la ausencia de juicio y de espíritu crítico, aparte de otras – que casi siempre se observan en seres pertenecientes a formas inferiores de la evolución. Sin embargo, meramente indico esta analogía al pasar; su demostración excede el marco de este trabajo. Además, sería inútil para personas familiarizadas con la psicología de seres primitivos y difícilmente aportaría convicción a los ignorantes de esta materia.

Procederé ahora a la consideración sucesiva de las diferentes características que pueden ser observadas en la mayoría de las masas.

 

1. Impulsividad, movilidad e irritabilidad de las masas

Al estudiar las características fundamentales de una masa, afirmamos que ésta es guiada casi exclusivamente por motivos inconscientes. Sus acciones están por lejos más bajo la influencia de la médula espinal que bajo la del cerebro. En este sentido, una masa es muy similar a seres bastante primitivos. Las acciones pueden se perfectas en lo que respecta a su ejecución pero, puesto que no están dirigidas por el cerebro, el individuo se comporta de acuerdo con lo que pueden llegar a disponer los estímulos a los cuales está expuesto. Una masa está a merced de todos los estímulos externos y refleja las incesantes variaciones de los mismos. Es la esclava de los impulsos que recibe. El individuo aislado puede estar sometido a las mismas causas estimulantes que el hombre en una masa, pero, puesto que su cerebro le muestra lo poco aconsejable que sería ceder ante estas causas, se abstiene de seguirlas. Esta verdad puede ser expresada psicológicamente diciendo que el individuo aislado posee la capacidad de dominar sus actos reflejos mientras que una masa carece de esta capacidad.

Los impulsos variables a los cuales obedece la masa pueden ser, de acuerdo a sus estímulos causales, generosas o crueles, heroicas o cobardes, pero siempre serán tan imperiosos que el interés del individuo, incluso el interés de autoconservación, no las dominará. Siendo los estímulos que actúan sobre las masas tan variados y siendo que las masas siempre las obedecen, el resultado es que las masas son, por consecuencia, extremadamente inestables. Esto explica cómo es que las vemos pasar de un momento a otro, de la ferocidad más sanguinaria a la más extrema generosidad y al más extremo heroísmo. Una masa puede fácilmente hacer el papel de verdugo pero, con la misma facilidad, el de un mártir. Son las masas las que han suministrado el torrente de sangre que constituye el prerrequisito para el triunfo de todo credo. No es necesario retrotraerse a las eras heroicas para ver de qué son capaces las masas en esta última dirección. Nunca mezquinan sus vidas en una insurrección y, no hace mucho, un general, volviéndose súbitamente popular, podría haber fácilmente hallado cien mil hombres dispuestos a sacrificar sus vidas por su causa de habérselo demandado [ [4] ].

Cualquier manifestación de premeditación por parte de las masas está, por lo tanto, fuera de discusión. Pueden estar animadas sucesivamente por los sentimientos más contrarios, pero siempre estarán bajo la influencia de los estímulos del momento. Son como las hojas que una tempestad arremolina y desparrama en todas direcciones para luego dejarlas caer. Cuando más adelante estudiemos ciertas masas revolucionarias, daremos algunos ejemplos de la variabilidad de sus sentimientos.

La inestabilidad de las masas las hace muy difíciles de gobernar, especialmente cuando una medida de la autoridad pública ha caído en sus manos. Si las necesidades de la vida cotidiana no constituirían una suerte de regulador invisible de la existencia, las democracias apenas si podrían existir. Aún así, a pesar de que los deseos de las masas son frenéticos, no resultan durables. Las masas son tan incapaces de querer como de pensar por largo tiempo.

Una masa no es solamente impulsiva e inestable. Como un salvaje, no está preparada para admitir nada que pueda interponerse entre su deseo y la realización de este deseo. Menos todavía será capaz de entender un obstáculo de esa índole a causa del irresistible poder que le otorga su fuerza numérica. La noción de imposibilidad desaparece para el individuo que está en una masa. Un individuo aislado sabe muy bien que él solo no puede prenderle fuego a un palacio o desvalijar un negocio y, si fuera tentado a hacerlo, resistiría fácilmente la tentación. Haciéndose parte de una masa, percibirá el poder que le otorga el número y será suficiente con sugerirle ideas de muerte o de saqueo para hacerle ceder inmediatamente a la tentación. Un obstáculo inesperado será destruido con furia frenética. Si el organismo humano permitiese la perpetuidad de una pasión furiosa, podría decirse que la condición normal de una masa refrenada en sus deseos es justamente ese estado de pasión furiosa.

Las características fundamentales de la raza, que constituyen la fuente invariable de la cual surgen todos nuestros sentimientos, siempre ejercen una influencia sobre la irritabilidad de las masas, su impulsividad y su inestabilidad, al igual que sobre todos los sentimientos masivos que estudiaremos. Todas las masas son, indudablemente, siempre irritables e impulsivas, pero con grandes variaciones de grado. Por ejemplo, la diferencia entre una masa latina y una anglosajona es notable. Los hechos más recientes de la Historia de Francia arrojan una vívida luz sobre este punto. Hace veinticinco años, la mera publicación de un telegrama informando acerca del insulto que supuestamente habría ofendido a un embajador fue suficiente para producir una explosión de furia a la que siguió inmediatamente una guerra terrible. Algunos años más tarde, el anuncio telegráfico de un revés insignificante en Langdon provocó una nueva explosión que trajo consigo el derrocamiento instantáneo de un gobierno. Simultáneamente, un revés mucho más serio sufrido por la expedición inglesa en Khartoum produjo solamente una leve emoción en Inglaterra y ningún ministerio resultó afectado. En todas partes las masas se distinguen por tener características femeninas, pero las masas latinas son las más femeninas de todas. Quienquiera que confíe en ellas, puede rápidamente obtener un destino brillante, pero al hacerlo estará perpetuamente bailando al borde de un precipicio con la certeza de ser despeñado por él algún día.

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