Gustave le bon



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5. La moralidad de las masas

Tomando la palabra “moralidad” en su sentido de constante respeto por determinadas convenciones sociales y la represión permanente de impulsos egoístas, se hace bastante evidente que las masas son demasiado impulsivas para ser morales. Sin embargo, si incluimos en el término “moralidad” el despliegue transitorio de ciertas cualidades tales como abnegación, autosacrificio, desinterés, devoción y la necesidad de equidad, podríamos decir que, por el contrario, las masas pueden llegar a exhibir a veces una muy alta moralidad.

Los escasos psicólogos que han estudiado a las masas sólo las han considerado desde el punto de vista de sus actos criminales y, al notar lo frecuentes que son estos actos, han llegado a la conclusión que el nivel moral de las masas es muy bajo.

Indudablemente, con frecuencia éste es el caso, pero ¿por qué? Simplemente porque nuestros instintos salvajes, destructivos, son una herencia adormecida en todos nosotros desde eras primitivas. En la vida del individuo aislado sería peligroso para él gratificar estos instintos, mientras que la absorción dentro una masa irresponsable, en la cual consecuentemente se le asegura la impunidad, le otorga entera libertad para seguirlos. En el curso ordinario de los acontecimientos, al ser incapaces de ejercer estos instintos destructivos sobre nuestro prójimo, nos limitamos a ejercerlos sobre animales. La pasión tan ampliamente difundida por las cacerías por un lado y los actos de ferocidad de las masas por el otro, proceden de la misma y única fuente. Una masa que lentamente sacrifica a una víctima indefensa demuestra tener una ferocidad muy cobarde; pero para el filósofo esta ferocidad esta muy estrechamente relacionada con la de los cazadores que se amontonan de a docenas por el placer de tomar parte en la persecución y en la matanza de un desgraciado zorro por parte de sus lebreles.

Una masa puede ser culpable de asesinato, incendio, y de cualquier otro tipo de crimen, pero también es capaz de muy elevados actos de devoción, sacrificio y desinterés; de actos mucho más elevados en verdad que aquellos de los cuales es capaz el individuo aislado. Las apelaciones a los sentimientos de gloria, honor y patriotismo son particularmente aptas para influenciar al individuo que forma parte de una masa y muchas veces al extremo de obtener de él el sacrificio de su vida. La Historia es rica en ejemplos análogos a los brindados por los Cruzados y los voluntarios de 1793. Sólo las colectividades son capaces de gran desinterés y de gran devoción. ¡Cuan numerosas son las masas que heroicamente enfrentaron la muerte por creencias, ideas y frases que apenas si entendieron! Las masas que van a la huelga lo hacen mucho más obedeciendo una órden que por obtener un aumento en el magro salario que perciben por su trabajo. El interés personal es muy raramente un motivo poderoso para las masas mientras que es casi el motivo exclusivo para la conducta del individuo aislado. Seguramente no ha sido el interés personal el que ha guiado a las masas a tantas guerras, incomprensibles por regla para su inteligencia – guerras en las que se han dejado masacrar tan fácilmente como la alondra hipnotizada por el espejo del cazador.

Incluso en el caso de malhechores con frecuencia sucede que el sólo hecho de estar en una muchedumbre los imbuye momentáneamente de muy estrictos principios de moralidad. Taine llama la atención sobre el hecho de que los perpetradores de las masacres de Septiembre depositaron sobre las mesas de los comités las billeteras y las joyas halladas sobre sus víctimas y con las cuales fácilmente se hubieran podido quedar. La masa aullante, hormigueante y harapienta que invadió las Tullerías durante la revolución de 1848 no tocó ninguno de los objetos que produjeron su asombro, siendo que uno solo de ellos le habría significado el pan de muchos días.

La moralización del individuo por la masa no es, ciertamente, una regla constante, pero es una regla frecuentemente observada. Se la observa incluso en circunstancias mucho menos graves que las recién citadas. He indicado que en el teatro la masa exige del héroe de la obra virtudes exageradas y es una observación común que una asamblea, aunque esté compuesta de elementos inferiores, se comporta por regla general de un modo muy formal. El desclasado, el mantenido y el rudo con frecuencia prorrumpen en murmullos ante una escena o ante una expresión levemente inconvenientes, aún cuando las mismas sean muy inofensivas en comparación con su conversación habitual.

Si, pues, las masas con frecuencia se abandonan a bajos instintos, también a veces dan el ejemplo de actos de elevada moralidad. Si el desinterés, la resignación, la devoción absoluta a ideas, reales o quiméricas, son virtudes morales, entonces puede decirse que las masas frecuentemente poseen estas virtudes en un grado raramente alcanzado por los más sabios filósofos. Es indudable que las practican inconscientemente, pero esto poco importa. No deberíamos quejarnos demasiado de que las masas estén más bien guiadas por consideraciones inconscientes y no dadas al razonamiento. Si en ciertos casos hubieran razonado y consultado sus intereses inmediatos, es posible que no hubiera surgido una civilización sobre nuestro planeta y la humanidad no tendría Historia.

 

Capítulo III: Las ideas, el poder de raciocinio y la imaginación de las masas


1. Las ideas de las masas.
Ideas fundamentales y accesorias – Como ideas contradictorias pueden existir simultáneamente – La transformación que las ideas elevadas deben sufrir antes de ser accesibles para las masas – La influencia social de las ideas es independiente del grado de verdad que puedan contener.

2. El poder de raciocinio de las masas.
Las masas no son influenciables mediante el razonamiento – El razonamiento de las masas es siempre de un orden muy inferior – Existe solamente una apariencia de analogía o sucesión en las ideas que asocian.

3. La imaginación de las masas
La fuerza de la imaginación de las masas – Las masas piensan en imágenes, y estas imágenes se suceden sin ningún vínculo de conexión – Las masas están especialmente interesadas en lo maravilloso – Las leyendas y lo maravilloso son los verdaderos pilares de la civilización – La imaginación popular ha sido siempre la base del poder de los estadistas – La manera en que los hechos son capaces de impactar en la imaginación de las masas se presentan para ser observadas.


 

1. Las ideas de las masas

Al estudiar en un trabajo anterior el papel desempeñado por las ideas en la evolución de las naciones, demostramos que toda civilización es el resultado de un pequeño número de ideas fundamentales que rara vez se renuevan. Demostramos como estas ideas son implantadas en la mente de las masas, con qué dificultad se lleva a cabo el proceso, y el poder que esas ideas en cuestión poseen una vez que dicho proceso ha culminado. Finalmente, vimos cómo grandes perturbaciones históricas son, por regla, el resultado de cambios en esas ideas fundamentales.

Habiendo tratado el asunto con suficiente extensión en otra parte, no volveré sobre el mismo ahora sino que me limitaré a decir algunas palabras sobre la cuestión de las ideas tal como éstas son accesibles para las masas y sobre la forma en que ellas las conciben.

Pueden ser divididas en dos clases. En una pondremos ideas accidentales y pasajeras creadas por la influencia del momento: obnubilación por un individuo o por una doctrina, por ejemplo. En la otra clasificaremos las ideas fundamentales a las que el medioambiente, las leyes de la herencia y la opinión pública otorgan una gran estabilidad: ideas como éstas son las creencias religiosas del pasado y las ideas sociales y democráticas de la actualidad.

Estas ideas fundamentales se parecen al volumen de agua de una corriente que lentamente fluye por su cauce; las ideas transitorias son como pequeñas olas, siempre cambiantes, que agitan su superficie siendo más visibles que el desplazamiento de la corriente misma aún cuando no tengan real importancia.

Al día de hoy las grandes ideas fundamentales, que fueron fundamentales para nuestros padres, se están tambaleando cada vez más. Han perdido toda solidez y, al mismo tiempo, las instituciones edificadas sobre ellos se hallan severamente sacudidas. Cada día se forma una gran cantidad de esas ideas transitorias menores de las cuales acabo de hablar, pero, por todo lo que vemos, muy pocas entre ellas parecen estar dotadas de vitalidad y destinadas a adquirir una influencia preponderante.

Cualesquiera que sean las ideas sugeridas a las masas, las mismas podrán ejercer una influencia efectiva solamente a condición de que asuman una forma muy absoluta, simple y de compromiso nulo. Así, se presentan bajo la forma de imágenes y son accesibles para las masas sólo bajo esta forma. Las ideas semejantes a imágenes no están interconectadas por ningún vínculo lógico de analogía o sucesión y pueden ponerse la una en lugar de la otra como las diapositivas de una linterna mágica que el operador retira de la ranura en la que han estado colocadas una arriba de la otra. Esto explica cómo se puede observar que las ideas más contradictorias se hallen presente en las masas. De acuerdo a las vicisitudes del momento, una masa caerá bajo la influencia de una o varias ideas almacenadas en su entendimiento y, en consecuencia, será capaz de cometer los actos más disímiles. Su completa carencia de espíritu crítico le impedirá percibir estas contradicciones.

El fenómeno no es exclusivo de las masas. También puede ser observado en individuos aislados, y no solamente en seres primitivos sino en el caso de todos aquellos – los fervientes sectarios de una fe religiosa, por ejemplo – quienes por uno u otro lado de su inteligencia son semejantes a seres primitivos. He observado la presencia del fenómeno, con una curiosa extensión, en el caso de hindúes educados, instruidos en nuestras universidades europeas, que se han graduado en ellas. Un cierto número de ideas occidentales se había superpuesto a sus inmodificables y hereditarias ideas fundamentales o sociales. De acuerdo con la ocasión del momento, aparecía uno u otro conjunto de ideas, cada uno con su especial secuela de actos y expresiones, con lo cual el mismo individuo presentaba las más flagrantes contradicciones. Estas contradicciones son más aparentes que reales puesto que solamente las ideas hereditarias tienen suficiente influencia sobre el individuo aislado como para constituirse en motivos de conducta. Sólo cuando, como consecuencia del hibridaje de diferentes razas, una persona queda colocada entre diferentes tendencias hereditarias es que sus actos pueden volverse realmente en un todo contradictorios de un momento a otro. Sería inútil insistir aquí sobre estos fenómenos, si bien su importancia es capital. Soy de la opinión que al menos diez años de viajes y observaciones serían necesarios para llegar a comprenderlos.

Siendo las ideas accesibles para las masas solamente luego de haber tomado una forma muy simple, es frecuente que tengan que sufrir las más profundas transformaciones para volverse populares. Especialmente cuando estamos tratando con ideas filosóficas o científicas algo elevadas es que podemos observar cuan extensas modificaciones se requieren a fin de rebajarlas al nivel de la inteligencia de las masas. Estas modificaciones dependen de la naturaleza de las masas, o de la raza a la cual las masas pertenecen, pero su tendencia es siempre al empequeñecimiento y en la dirección de una simplificación. Esto explica el hecho de que, desde el punto de vista social, en realidad apenas si hay algo parecido a una jerarquía de ideas – es decir, ideas de una mayor o menor eminencia. No importa cuan grande o cierta haya sido una idea en sus orígenes; será desprovista de todo lo que constituía su grandeza y excelencia por el puro hecho de que haber sido puesta dentro del ámbito intelectual de las masas ejerciendo alguna influencia sobre las mismas.

Más aún, desde el punto de vista social, el valor jerárquico de una idea, su mérito intrínseco, no tiene importancia. La cuestión a considerar es el efecto que produce. Las ideas cristianas de la Edad Media, las ideas democráticas del siglo pasado, o las ideas sociales de hoy, ciertamente no son muy elevadas. Consideradas filosóficamente, sólo pueden ser concebidas como errores un tanto lamentables, y sin embargo su poder ha sido y será inmenso, y figurarán por largo tiempo entre los factores más esenciales que determinan la conducta de los Estados.

Incluso cuando una idea ha atravesado las transformaciones que la hacen accesible para las masas, sólo ejercerá su influencia si, por varios procesos que examinaremos en otra parte, se ha convertido realmente en un sentimiento; algo para lo cual se requiere mucho tiempo.

Porque no debe suponerse que, simplemente por el hecho de que la virtud de una idea haya sido comprobada, la misma puede provocar una acción productiva aún en mentes cultivadas. Este hecho puede ser rápidamente apreciado notando lo leve que resulta la influencia de hasta la demostración más clara sobre la mayoría de los hombres. La evidencia, si es muy palmaria, puede ser aceptada por una persona educada pero el converso rápidamente será traído de regreso a sus concepciones originales por su ser inconsciente. Véalo de nuevo después de pasados unos pocos días y volverá a esgrimir de nuevo sus viejos argumentos en exactamente los mismos términos. En realidad, está bajo la influencia de ideas anteriores que se han vuelto sentimientos y son solamente esas ideas las que influyen sobre los más recónditos motivos de nuestros actos y expresiones. No puede ser de otro modo en el caso de las masas.

Cuando, por varios procesos, una idea ha terminado por penetrar en la mente de las masas, la misma posee un irresistible poder y produce una serie de efectos a los cuales es inútil oponerse. Las ideas filosóficas que terminaron en la Revolución Francesa tardaron casi un siglo en implantarse en la mente de la masa. Es conocida la fuerza irresistible que tuvieron una vez que echaron raíces. El vuelco de toda una nación hacia la conquista de la igualdad social y la conquista de derechos abstractos y libertades ideales causó el tambalear de todos los tronos produciendo profundos disturbios en el mundo occidental. Durante veinte años las naciones se vieron involucradas en conflictos intestinos y Europa fue testigo de hecatombes que hubieran aterrorizado a Gengis Khan y a Tamerlán. Nunca el mundo ha visto a tal escala lo que puede resultar de la promulgación de una idea.

Se necesita un largo tiempo para que las ideas se establezcan en la mente de las masas, pero por lo menos un tiempo igual de largo es necesario para erradicarlas. Es por esta razón que las masas, en lo concerniente a las ideas, se encuentran siempre varias generaciones por detrás de los filósofos y las personas instruidas. Todos los estadistas son hoy bien conscientes de la mezcla de errores contenida en las ideas fundamentales a las que me he referido poco antes, pero como la influencia de estas ideas aún sigue siendo muy poderosa, se encuentran obligados a gobernar de acuerdo a principios en cuya verdad han cesado de creer.



2. El poder de raciocinio de las masas.

No se puede decir absolutamente que las masas no razonan y que no pueden ser influenciadas por razonamientos.

Sin embargo, los argumentos que emplean y los que son capaces de influenciarlas son, desde un punto de vista lógico, de una clase tan inferior que sólo por vía de analogía se las puede describir como razonamientos.

El raciocinio inferior de las masas se basa, al igual que el raciocinio de un orden superior, en la asociación de ideas, pero entre las ideas asociadas por las masas hay sólo vínculos aparentes de analogía o sucesión. El modo de razonar de las masas se parece al del esquimal quien, sabiendo por experiencia que el hielo – un cuerpo transparente – se disuelve en la boca, saca como conclusión que el vidrio – un cuerpo igual de transparente – también debería disolverse en la boca; o al del salvaje que se imagina que comiéndose el corazón de un enemigo valiente adquirirá su valentía; o al del obrero que, habiendo sido explotado por un empleador, inmediatamente concluye que todos los empleadores explotan a sus hombres.

Las características del razonamiento de las masas son, por un lado, la asociación de cosas disímiles que poseen una conexión meramente aparente entre si, y por el otro, la inmediata generalización de casos particulares. Son argumentos de este tipo los que ofrecen a las masas quienes saben como manejarlas. Son los únicos argumentos por medio de los cuales las masas pueden ser influenciadas. Una cadena de argumentos lógicos es totalmente incomprensible para las masas y es por eso que está permitido decir que no razonan, o que razonan falsamente y no pueden ser influenciadas por medio de razonamientos. Al leer ciertos discursos, a veces uno se asombra de su debilidad siendo que, a pesar de ello, los mismos han tenido una enorme influencia sobre las masas que los han escuchado. Lo que se olvida es que su intención fue la de persuadir colectividades y no la de ser leídos por filósofos. Un orador, en íntimo contacto con la muchedumbre, puede evocar imágenes que la seducirán. Si tiene éxito, su objetivo estará logrado y veinte volúmenes de disertaciones – siempre el resultado de la reflexión – no valen lo que unas pocas frases que apelan a los cerebros que había que convencer.

Sería superfluo agregar que la impotencia de las masas para razonar correctamente les impide manifestar rastro alguno de espíritu crítico, esto es, les impide ser capaces de discernir la verdad del error o formarse un juicio preciso en cualquier materia. Los juicios aceptados por las masas son meramente juicios impuestos sobre ellas y jamás juicios adoptados después de una discusión. En esta materia, los individuos que no sobrepasan el nivel de una masa son numerosos. La facilidad con la que ciertas opiniones obtienen una aceptación general resulta más especialmente de la imposibilidad experimentada por la mayoría de las personas de formarse una opinión íntima y singular basada sobre un razonamiento propio.



3. La imaginación de las masas

Al igual que en el caso de las personas en quienes el poder de raciocinio está ausente, la imaginación figurativa de las masa es muy poderosa, muy activa y muy susceptible de ser vivamente impresionada. Las imágenes evocadas en su mente por un personaje, por un evento, un accidente, son casi tan vívidas como la realidad. Hasta cierto punto las masas están en la posición del durmiente cuya razón, temporalmente suspendida, permite el surgimiento en la mente de imágenes de extrema intensidad que se disiparían rápidamente si estuviesen sometidas a la acción de la reflexión. Las masas, al ser incapaces tanto de la reflexión como del raciocinio, carecen de la noción de improbabilidad; y es de destacar que, en un sentido general, las cosas más improbables son las más notables.

Por esto es que resulta ser siempre el aspecto maravilloso y legendario de los eventos lo que más especialmente impresiona a las masas. Cuando se analiza a una civilización, se observa que, en realidad, sus verdaderos pilares son lo maravilloso y lo legendario. A lo largo de la Historia, las apariencias han desempeñado un papel mucho más importante que la realidad y en la Historia lo irreal posee siempre un ímpetu más grande que lo real.

Al ser solamente capaces de pensar por imágenes, las masas sólo pueden ser impresionadas por imágenes. Son únicamente imágenes las que las aterrorizan o las atraen volviéndose motivaciones para la acción.

Por esta razón las representaciones teatrales, en las cuales la imagen se muestra en su forma más claramente visible, siempre tienen una enorme influencia sobre las masas. Pan y circos espectaculares constituían para los plebeyos de la antigua Roma el ideal de felicidad y no pedían nada más. A lo largo de las eras posteriores esto apenas si ha variado. Nada tiene un efecto mayor sobre la imaginación de las masas de cualquier categoría que las representaciones teatrales. Toda la audiencia experimenta al mismo tiempo las mismas emociones y si estas emociones no se transforman inmediatamente en acciones es porque hasta el más inconsciente de los espectadores no puede ignorar que está siendo víctima de ilusiones y que ha llorado o reído con aventuras imaginarias. Algunas veces, sin embargo, los sentimientos sugeridos por las imágenes son tan fuertes que tienden, como las sugestiones habituales, a transformarse en acciones. Ha sido frecuentemente narrada la historia del dueño de un teatro popular quien, como consecuencia de montar exclusivamente dramas sombríos, se vio obligado a hacer proteger al actor que hacía el papel de villano a la salida del teatro para defenderlo de la violencia de los espectadores, indignados ante los crímenes que el traidor había cometido, por más que los mismos fuesen imaginarios. En mi opinión aquí tenemos uno de los indicios más notables del estado mental de las masas y especialmente de la facilidad con la que son sugestionadas. Lo irreal tiene casi tanta influencia sobre ellas como lo real. Poseen una manifiesta tendencia a no distinguir entre ambos.

El poder de los conquistadores y la potencia de los Estados están ambos basados sobre la imaginación popular. Las masas son conducidas especialmente trabajando sobre su imaginación. Todos los grandes hechos históricos, el surgimiento del budismo, del cristianismo, del Islam, la Reforma, la Revolución Francesa y, en nuestros tiempos, la amenazante invasión del socialismo son las consecuencias directas o indirectas de fuertes impresiones producidas sobre la imaginación de las masas.

Más aún, todos los grandes estadistas de todos los tiempos y de todos los países, incluyendo los déspotas más absolutos, han considerado a la imaginación popular como la base de su poder y nunca han intentado gobernar oponiéndose a ella. “Fue convirtiéndome en católico – dijo Napoleón al Consejo de Estado – que terminé la guerra de la Vendée. Volviéndome musulmán conseguí poner un pie en Egipto. Haciéndome ultramontano me conquisté a los sacerdotes italianos y si tuviese que gobernar una nación de judíos reconstruiría el templo de Salomón.” Nunca, desde quizás Alejandro y César, un hombre ha comprendido mejor cómo es que se impresiona la imaginación de la masa. Su constante preocupación fue excitarla. La tuvo presente en sus arengas, en sus discursos, en todos sus actos. En su lecho de muerte todavía seguía estando en sus pensamientos.

¿Cómo se ha de impresionar la imaginación de las masas? Pronto lo veremos. Por el momento limitémonos a decir que el desafío no será superado jamás tratando de trabajar sobre la inteligencia o la facultad de raciocinio, es decir, por el camino de la demostración.  De ningún modo fue por sutil retórica que Antonio tuvo éxito en hacer que el populacho se levantase contra los asesinos de César. Fue leyéndole su testamento a la multitud y señalando hacia su cadáver.

Cualquier cosa que excita la imaginación de las masas se presenta bajo la forma de una imagen sorprendente y muy clara, libre de toda explicación accesoria, o simplemente teniendo por acompañamiento algunos pocos maravillosos o misteriosos hechos: los ejemplos de esto podrían ser una gran victoria, un gran milagro, un gran crimen o una gran esperanza. Las cosas tienen que ser puestas ante la masa como un todo y su génesis jamás debe ser indicada. Cien pequeños crímenes o pequeños accidentes no golpearán la imaginación de las masas en lo más mínimo mientras que un único gran crimen, o un único gran accidente, las impresionará profundamente, aún cuando los resultados sean infinitamente menos desastrosos que los de los cien pequeños accidentes tomados en conjunto. La epidemia de gripe que hace apenas algunos años causó la muerte de cinco mil personas en París solamente impactó escasamente sobre la imaginación popular. La razón de ello fue que esta verdadera hecatombe no se corporizó en ninguna imagen visible, pudiéndosela ver tan sólo por la información estadística suministrada semanalmente. Un accidente que hubiera causado la muerte de solamente quinientas – y no cinco mil – personas, pero en un solo día y en público, constituyendo un evento manifiestamente visible como, por ejemplo, la caída de la Torre Eiffel, hubiera producido, por el contrario, una impresión enorme sobre la imaginación de la muchedumbre. La probable pérdida de un trasatlántico a vapor que, ante la falta de novedades, se supuso hundido en medio del océano impresionó profundamente la imaginación de la masa por toda una semana. Sin embargo, las estadísticas oficiales demuestran que 850 barcos a vela y 203 barcos a vapor se perdieron solamente en 1894. La masa, no obstante, nunca se ocupó de estas pérdidas sucesivas, aún cuando resultaron mucho más importantes en cuanto a pérdida de vidas y de bienes que lo que posiblemente pudo haber sido la pérdida del trasatlántico.

No son los hechos por si mismos los que impactan en la imaginación popular sino la forma en que suceden y en la que son comunicados. Es necesario que por condensación – si es que puedo expresarme de esta forma – produzcan una imagen sorprendente que llene y tome posesión del cerebro. Conocer el arte de impresionar la imaginación de las masas es conocer, simultáneamente, el arte de gobernarlas.

 

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