Gustave le bon



Descargar 0.53 Mb.
Página5/12
Fecha de conversión05.09.2018
Tamaño0.53 Mb.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   12

Capítulo IV : La forma religiosa que toman todas las convicciones de las masas

Qué se entiende por sentimiento religioso – Es independiente de la adoración de una divinidad – Sus características – La fuerza de las convicciones que adoptan una forma religiosa – Varios ejemplos – Los dioses populares nunca desaparecieron – Las nuevas formas bajo las cuales se las revive – Formas religiosas de ateísmo – Importancia de estas nociones desde el punto de vista histórico – La Reforma, San Bartolomé, el Terror y todos los eventos análogos son el resultado de los sentimientos religiosos de las masas y no de la voluntad de individuos aislados

Hemos visto que las masas no razonan, que aceptan o rechazan ideas como un todo, que no toleran ni discusión ni contradicciones, y que las sugestiones a las que se las somete invaden la totalidad de su entendimiento y tienden inmediatamente a transformarse en acciones. Hemos mostrado cómo, masas adecuadamente influenciadas, están prontas a sacrificarse por los ideales que les han sido inspirados. También hemos visto que sólo tienen sentimientos violentos y extremos, que, en su caso, la simpatía rápidamente se vuelve adoración y que la antipatía, casi tan pronto como es suscitada, se convierte en odio. Estas indicaciones generales ya nos proporcionan un presentimiento de la naturaleza de las convicciones de las masas.

Cuando se examinan estas convicciones, ya sea las de épocas marcadas por una ferviente fe religiosa o por grandes alzamientos políticos como los del siglo pasado, se hace evidente que siempre toman una forma peculiar que no puedo definir mejor que dándole el nombre de un sentimiento religioso.

Este sentimiento posee características muy simples, tales como el culto a un ser que se supone superior, miedo ante el poder adjudicado a este ser, sumisión ciega a sus órdenes, incapacidad para discutir sus dogmas, el deseo de difundirlos, y la tendencia a considerar enemigos a todos los que no los aceptan. Sea que este sentimiento se aplique a un Dios invisible, o bien a un ídolo de piedra o madera, a un héroe o a una concepción política, siempre que presente las características citadas, será religioso en esencia. Lo sobrenatural y lo milagroso se encontrarán presentes en la misma medida. Las masas siempre adjudican un poder misterioso a la fórmula política o al líder victorioso que momentáneamente ha suscitado su entusiasmo.

Una persona no es religiosa solamente cuando adora a una divinidad sino cuando pone todos los recursos de su mente, la completa sumisión de su voluntad, y el íntegro fanatismo de su alma, al servicio de una causa o de un individuo que se convierte en la meta y en la guía de sus pensamientos y acciones.

Intolerancia y fanatismo son los compañeros necesarios del sentimiento religioso. Inevitablemente serán exhibidos por quienes se creen en posesión del secreto de la felicidad terrena. Es posible hallar estas dos características en todos los hombres agrupados cuando están inspirados por una convicción de cualquier clase. Los jacobinos del reino del Terror eran, en el fondo, tan religiosos como los católicos de la Inquisición y su cruel ardor procedió de la misma fuente.

Las convicciones de las masas toman esas características de ciega sumisión, feroz intolerancia y la necesidad de violenta propaganda que son inherentes al sentimiento religioso y es por esta razón que puede decirse que todas sus creencias poseen una forma religiosa. El héroe aclamado por una masa es verdaderamente un dios para esa masa. Napoleón fue un dios como ése durante quince años y ninguna divinidad tuvo fieles más ardientes ni envió hombres a la muerte con mayor facilidad. Los Dioses cristianos y paganos nunca ejercieron un imperio más absoluto sobre las mentes que cayeron bajo su influencia.

Todos los fundadores de credos, religiosos o políticos, los instituyeron solamente porque tuvieron éxito en inspirar en las masas esos sentimientos fanáticos que tienen por resultado el que los hombres hallan su felicidad en el culto y en la obediencia, hallándose listos para ofrendar sus vidas por su ídolo. Este ha sido el caso en todas las épocas. Fustel de Coulanges, en su excelente trabajo sobre la Galia romana, destacó con justa razón que el Imperio Romano de ninguna manera estuvo mantenido por la fuerza sino por la admiración religiosa que inspiraba. “Sería algo sin parangón en toda la Historia del mundo – observó con acierto – que una forma de gobierno popularmente detestada durase cinco siglos ... Sería inexplicable que las treinta legiones del Imperio pudiesen forzar a obedecer a cien millones de personas”. La razón de su obediencia fue que el Emperador, quien personificaba la grandeza de Roma, era adorado como una divinidad por consenso público. Había altares en honor al Emperador hasta en los más pequeños poblados de sus dominios. “De un extremo a otro del Imperio, se vio surgir en aquellos días una nueva religión que tenía por divinidades a los Emperadores mismos. Algunos años antes de la era cristiana, la totalidad de la Galia, representada por sesenta ciudades, construyó en común un templo cerca del pueblo de Lyon en honor a Augusto ... Sus sacerdotes, elegidos por las ciudades galas unidas, fueron los principales personajes de sus países ... Es imposible atribuir todo esto al miedo y al servilismo. Naciones enteras no son serviles, especialmente no por tres siglos. No fueron los cortesanos los que adoraron al príncipe, fue Roma, y no fue solamente Roma, sino Galia, España, Grecia y Asia.

Hoy en día, la mayoría de los grandes hombres que ha capturado la mente de las personas ya no tiene altares, pero tiene estatuas, o sus retratos se encuentran en las manos de sus admiradores, y el culto del cual son objeto no es notoriamente diferente del brindado a sus antecesores. La comprensión de la filosofía de la Historia sólo puede obtenerse a través de la apreciación de este punto fundamental de la psicología de las masas. Una masa exige un dios antes que cualquier otra cosa.

No debe suponerse que éstas son supersticiones de una época pasada, definitivamente desterradas por la razón. El sentimiento nunca se ha rendido en su eterno conflicto con la razón. Las masas ya no querrán escuchar las palabras “divinidad” y “religión” en nombre de las cuales durante tanto tiempo fueron esclavizadas. Pero jamás han poseído tantos fetiches como en los últimos cien años y las antiguas divinidades nunca poseyeron tantas estatuas y altares erigidos en su honor. Quienes en años recientes han estudiado el movimiento popular conocido bajo el nombre de “Boulangismo” [ [9] ] han tenido oportunidad de ver con qué facilidad reviven los instintos religiosos de las masas. No hubo una sola fonda en el país que no poseyera un retrato del héroe. Se le adjudicó el poder de remediar todas las injusticias y todos los males, y miles de hombres hubieran dado sus vidas por él. Grande hubiera sido su lugar en la Historia si su carácter hubiese estado al nivel de su legendaria reputación.

En consecuencia, constituye un lugar común inútil afirmar que una religión es necesaria para las masas porque todos los credos, sean políticos, divinos o sociales, solamente arraigan en ellas con la condición de asumir siempre la forma religiosa – una forma que obvia los peligros de la discusión. Si fuese posible inducir a las masas a adoptar el ateísmo, esta creencia exhibiría todo el ardor intolerante de un sentimiento religioso y, en sus formas externas, pronto se convertiría en un culto. La evolución de la pequeña secta de los positivistas nos ofrece una curiosa prueba sobre este punto. A los positivistas les pasó muy rápidamente lo mismo que le sucedió al nihilista cuya historia relata ese profundo pensador que es Dostoiewsky. Iluminado un buen día por la luz de la razón, rompió las imágenes de las divinidades y los santos que adornaban el altar de una capilla, apagó los cirios y, sin perder un minuto de tiempo, reemplazó los objetos destruidos con las obras de filósofos ateos tales como Buchner y Moleschott, después de lo cual muy devotamente volvió a encender los cirios. El objeto de sus creencias religiosas había sido cambiado, pero ¿puede decirse en verdad que cambiaron sus sentimientos religiosos?

Ciertos hechos históricos – y son precisamente los más importantes – lo repito: no pueden ser comprendidos a menos que se haya logrado apreciar la forma religiosa que las convicciones de las masas siempre asumen a la larga. Hay fenómenos sociales que deben ser estudiados por lejos mucho más desde el punto de vista del psicólogo que desde el del naturalista. El gran historiador Taine sólo estudió la Revolución como un naturalista y es por ello que la verdadera génesis de los hechos con frecuencia se le ha escapado. Ha observado los hechos a la perfección, pero al no haber estudiado la psicología de las masas, no siempre ha podido rastrear sus causas. Habiéndole impresionado los hechos por su aspecto sanguinario, anárquico y feroz, apenas si ha visto en los héroes del gran drama algo más que una horda de salvajes epilépticos abandonándose a sus instintos sin freno alguno. La violencia de la Revolución, sus masacres, su necesidad de propaganda, sus declaraciones de guerra contra todas las cosas, todo ello sólo puede ser explicado adecuadamente entendiendo que la Revolución fue meramente el establecimiento de un nuevo credo religioso en la mente de las masas. La Reforma, la masacre de San Bartolomé, las guerras de religión francesas, la Inquisición, el reino del Terror, son todos fenómenos de idéntica clase producidos por masas animadas por esos sentimientos religiosos que necesariamente guían a quienes, imbuidos por ellos, extirpan sin piedad, por el fuego y por la espada, a quienquiera que se oponga al establecimiento de la nueva fe. Los métodos de la Inquisición son los de todos aquellos cuyas convicciones son genuinas y firmes. Sus convicciones no merecerían estos adjetivos si recurriesen a otros métodos.

Alzamientos análogos a los que acabo de citar son sólo posibles cuando es el espíritu de las masas el que los produce. Los déspotas más absolutos no podrían causarlos. Cuando los historiadores nos dicen que la masacre de San Bartolomé fue la obra de un rey, demuestran ser tan ignorantes de la psicología de las masas como de la de los soberanos. Manifestaciones de este orden sólo pueden proceder del espíritu de las masas. El poder más absoluto del monarca más despótico apenas si podrá hacer más que acelerar o retardar el momento de su aparición. La masacre de San Bartolomé, o las guerras religiosas, fueron tan escasamente obra de reyes, como el reino del Terror la obra de Robespierre, Danton o Saint Just. En el fondo de estos eventos siempre se hallará operando el espíritu de las masas y nunca el poder de los poderosos.

 

LIBRO II: Las Opiniones y las Creencias de las Masas

 

Capítulo I: Factores remotos de la opinión y de las creencias de las masas.



Factores preparatorios de las creencias de las masas – El Origen de las creencias de las masas es la consecuencia de un proceso preliminar de elaboración – Estudio de los diferentes factores de estas creencias.

1)- Raza.
La influencia predominante que ejerce – Represente las sugestiones de los ancestros.

2)- Tradiciones.
Son la síntesis del espíritu de la raza – La importancia social de las tradiciones – Cómo, después de haber sido necesarias, se vuelven nocivas – Las masas son las mantenedoras más obstinadas de ideas tradicionales.

3)-. Tiempo
Prepara sucesivamente el establecimiento de las creencias y luego su destrucción. Es a través de la ayuda de este factor que el orden puede surgir del caos.

4)- Instituciones políticas y sociales.
Ideas erróneas de su parte – Su extremadamente débil influencia – Son efectos y no causas – Las naciones son incapaces de elegir lo que les parecen ser las mejores instituciones – Las instituciones son etiquetas que cubren las cosas más disímiles bajo un mismo título – Cómo las instituciones llegan a ser creadas – Para ciertas naciones algunas instituciones, tales como la centralización obligatoria, son teóricamente malas.

5)- Instituciones y educación.
Falsedad de las ideas predominantes acerca de la influencia de la instrucción sobre las masas – Indicaciones estadísticas – El efecto desmoralizador del sistema latino de educación – La parte que la instrucción puede desempeñar – Ejemplos suministrados por varios pueblos.


 

Habiendo estudiado la constitución mental de las masas y habiéndonos familiarizado con sus modos de sentir, pensar y razonar, procederemos ahora a examinar cómo surgen y se establecen sus opiniones y creencias.

Los factores que determinan estas opiniones y creencias son de dos clases: remotos e inmediatos.

Factores remotos son aquellos que vuelven a las masas capaces de adoptar ciertas convicciones y ser absolutamente refractarias a aceptar otras. Estos factores preparan el terreno sobre el cual se verán germinar ciertas ideas cuya fuerza y consecuencias causan asombro, aunque sean espontáneas sólo en apariencia. El estallido y la puesta en práctica de ciertas ideas entre las masas presenta a veces un carácter súbito que sorprende. Pero éste es tan sólo un efecto superficial detrás del cual hay que buscar una acción preliminar y preparatoria de larga duración.

Los factores inmediatos son aquellos que, apareciendo sobre la superficie de este largo trabajo preparatorio y sin el cual permanecerían sin efecto, actúan como el origen de la acción persuasiva que es ejercida sobre las masas; esto es, son los factores por los cuales la idea toma forma y es liberada con todas sus consecuencias. Las resoluciones por las cuales las colectividades son súbitamente arrastradas surgen de estos factores inmediatos; es debido a ellos que estalla un disturbio, o se decide una huelga, o enormes mayorías invisten a un hombre con el poder de derrocar a un gobierno.

La acción sucesiva de estas dos clases de factores puede ser rastreada en todos los grandes hechos históricos. La Revolución Francesa – tanto como para citar sólo uno de los más sobresalientes – tuvo entre sus factores remotos los escritos de los filósofos, las imposiciones de la nobleza, y el progreso del pensamiento científico. La mente de las masas, preparada de esta manera, fue luego fácilmente despertada por factores inmediatos tales como los discursos de los oradores, y la resistencia del partido monárquico a reformas insignificantes.

Entre los factores remotos hay algunos de naturaleza general que encontramos subyaciendo a todas las creencias y opiniones de las masas. Son la raza, las tradiciones, el tiempo, las instituciones y la educación.

Procederemos, pues, a estudiar la influencia de estos diferentes factores.



1. Raza

Este factor, la raza, debe ser puesto en primer término porque sobrepasa, por lejos, en importancia a todos los demás. Lo hemos estudiado suficientemente en otro trabajo, por lo que no es necesario volver a tratarlo. En un volumen previo mostramos qué es una raza histórica y cómo los caracteres que posee – una vez formados como resultado de las leyes de la herencia – tienen tal poder, que sus creencias, sus instituciones, sus artes – en una palabra: todos los elementos de su civilización – son meramente la expresión manifiesta de su genio. Demostramos cómo el poder de la raza es tal que ningún elemento puede pasar de un pueblo a otro sin sufrir las más profundas transformaciones. [ [10] ]

El medioambiente, las circunstancias y los eventos representan las sugestiones sociales del momento. Pueden tener una influencia considerable pero la misma es siempre momentánea si resulta contraria a las sugestiones de la raza, es decir: contraria a las que hereda una nación por la serie completa de sus antepasados.

En varios capítulos de este trabajo tendremos ocasión de referirnos nuevamente a esta influencia racial y a mostrar que la misma es tan grande que domina las características peculiares del genio de las masas. De este hecho se concluye que las masas de diferentes países muestran diferencias muy considerables en cuanto a creencias o conductas y no pueden ser influenciadas de la misma manera.



2. Tradiciones

Las tradiciones representan las ideas, las necesidades y los sentimientos del pasado. Son la síntesis de la raza y pesan sobre nosotros con inmensa fuerza.

Las ciencias biológicas se han transformado desde que la embriología ha demostrado la influencia del pasado en la evolución de los seres vivos; y las ciencias históricas no sufrirán un cambio menor cuando esta concepción se vuelva más generalizada. Por el momento, no es suficientemente general y muchos estadistas siguen sin estar más avanzados que los teóricos del siglo pasado quienes creían que una sociedad podía romper con su pasado y ser completamente reconstruida siguiendo los lineamientos sugeridos solamente por la luz de la razón.

Un pueblo es un organismo creado por el pasado y, al igual que cualquier otro organismo, sólo puede ser modificado por lentas acumulaciones hereditarias.

Es la tradición la que guía a los hombres, y más especialmente cuando están en una muchedumbre. Los cambios que se pueden hacer en sus tradiciones con facilidad, sólo afectan, como he repetido varias veces, algunos nombres y algunas formas externas.

No hay que lamentar esta circunstancia. Ni un genio nacional ni una civilización serían posibles sin tradiciones. Consecuentemente, las dos grandes preocupaciones del hombre desde que existe han sido crear una red de tradiciones para después dedicarse a destruirla cuando sus efectos benéficos se han gastado. La civilización es imposible sin tradiciones y el progreso es imposible sin la destrucción de esas tradiciones. La dificultad – y es una dificultad enorme – consiste en hallar el adecuado equilibrio entre estabilidad y variabilidad. Si un pueblo permite que sus costumbres arraiguen demasiado profundamente, ya no podrá cambiar y se vuelve como China, incapaz de mejorar. Las revoluciones violentas, en este caso, son inútiles porque lo que sucederá es que, o bien los eslabones rotos de la cadena volverán a ser unidos y el pasado reanudará su imperio sin cambios, o bien los fragmentos de la cadena permanecerán sueltos y la decadencia pronto seguirá a la anarquía.

Lo ideal para un pueblo, por consiguiente, será preservar las instituciones del pasado, cambiándolas meramente poco a poco. Este ideal es difícil de realizar. En tiempos antiguos los romanos, y en los modernos los ingleses, son casi los únicos que lo han conseguido.

Son precisamente las masas las que se apegan más tenazmente a las ideas tradicionales y se oponen a su cambio con la mayor obstinación. Este es probablemente el caso de las masas que constituyen castas. Ya he insistido sobre el espíritu conservador de las masas y mostrado que la rebelión más violenta simplemente termina en un cambio de palabras y de términos. A fines del siglo pasado, en presencia de iglesias destruidas, de sacerdotes expulsados del país o guillotinados, podría haberse pensado que las viejas ideas religiosas habían perdido toda su fuerza. Sin embargo, apenas pasaron algunos años y el abolido sistema del culto público tuvo que ser reestablecido en atención a una demanda universal.

El informe del ex-Convencional Fourcroy, citado por Taine, es muy claro sobre este punto.

Lo que se ve por todas partes respecto del mantenimiento del Domingo y la concurrencia a las iglesias demuestra que la mayoría de los franceses desea volver a sus viejas costumbres y que ya no es oportuno resistir esta tendencia natural ... La gran mayoría de los hombres se encuentra en necesidad de tener religión, culto público y sacerdotes. Es un error cometido por algunos filósofos modernos, por quienes yo mismo he sido confundido, el creer que la posibilidad de la instrucción sea tan general como para destruir prejuicios religiosos que, para un gran número de personas desdichadas, constituye una fuente de consuelo ... A la masa del pueblo, por lo tanto, debe permitírsele tener sus sacerdotes, sus altares y su culto público.”

Bloqueadas por un momento, las antiguas tradiciones habían retomado su impulso.

No hay ejemplo que demuestre mejor el poder de la tradición sobre la mente de las masas. Los ídolos más poderosos no moran en templos, ni los déspotas más tiranos en palacios; ambos, tanto los unos como los otros, pueden romperse en un instante. Pero los señores invisibles que reinan en nuestro más íntimo ser están protegidos de todo intento de revuelta y sólo ceden ante el lento desgaste de los siglos.



3. Tiempo

En los problemas sociales, al igual que en los biológicos, el tiempo es uno de los factores más enérgicos. Es el único gran creador y el único gran destructor. Es el tiempo el que ha hecho montañas con granos de arena y elevado la oscura célula de las eras geológicas a la dignidad humana. La acción de los siglos es suficiente para transformar cualquier fenómeno dado. Ha sido observado con acierto que una hormiga, disponiendo del tiempo suficiente, podría hacer desaparecer el Mount Blanc. Un ser que poseyera la fuerza mágica de variar el tiempo a voluntad tendría el poder atribuido por los creyentes a Dios.

Aquí, sin embargo, sólo tendremos que ocuparnos de la influencia del tiempo sobre la génesis de las opiniones de las masas. Desde este punto de vista, su acción sigue siendo inmensa. Dependen de ella fuerzas tales como la raza, que no pueden formarse sin él. Causa el nacimiento, el crecimiento y la muerte de creencias. Es por la acción del tiempo que adquieren su fuerza y es también por su acción que la pierden.

Es especialmente el tiempo el que prepara las opiniones y las creencias de las masas, o por lo menos el suelo en el cual habrán de germinar. Es por esto que ciertas ideas resultan realizables en una época y no en otra. Es el tiempo el que acumula ese inmenso detritus de creencias y pensamientos sobre el cual las ideas de un período dado emergen. No crecen aleatoriamente o por casualidad; las raíces de cada una de ellas se prolongan hacia un largo pasado. Cuando florecen, es el tiempo el que ha preparado su florecimiento y para llegar a obtener una noción de su génesis siempre es necesario buscar hacia atrás, en el pasado. Son hijas del pasado y madres del futuro, pero completamente esclavas del tiempo.

Consecuentemente, el tiempo es nuestro auténtico amo y es suficiente con dejarlo en libertad de acción para ver como todas las cosas se transforman. En la actualidad nos sentimos muy inseguros respecto de las amenazantes aspiraciones de las masas y las destrucciones y alzamientos que las mismas anuncian. “Ninguna forma de gobierno – apunta muy apropiadamente M. Lavisse – fue fundada en un día. Las organizaciones políticas y sociales son obras que requieren siglos. El sistema feudal existió por siglos en un estado informe, caótico, antes de encontrar sus leyes; la monarquía absoluta también existió durante siglos antes de alcanzar métodos regulares de gobierno, y estos períodos de expectativa fueron extremadamente problemáticos.”

4. Instituciones políticas y sociales

La idea de que las instituciones pueden remediar los defectos de las sociedades, que el progreso nacional es la consecuencia del perfeccionamiento de las instituciones y los gobiernos, y que los cambios sociales pueden conseguirse por decreto – esta idea, es todavía generalmente aceptada. Fue el punto de partida de la Revolución Francesa y las teorías sociales de la actualidad se basan en ella.

Las experiencias más reiteradas han sido incapaces de destruir este grave delirio. Filósofos e historiadores han tratado en vano de probar su absurdidad y no han tenido dificultad alguna en demostrar que las instituciones son el resultado de ideas, sentimientos y costumbres, y que las ideas, los sentimientos y las costumbres no pueden ser cambiadas reformando códigos legislativos. Una nación no elige sus instituciones a voluntad, de la misma manera en que no elige el color de su pelo o de sus ojos. Las instituciones y los gobiernos son el producto de la raza. No son los creadores de una época sino que son creadas por ella. Las personas no son gobernadas de acuerdo a sus caprichos momentáneos sino como su carácter determina que deben ser gobernados. Se requieren siglos para formar un sistema político y hacen falta siglos para cambiarlo. Las instituciones no tienen una virtud intrínseca: en si mismas no son ni buenas ni malas. Las que son buenas en un momento dado para un pueblo dado pueden ser extremadamente dañinas para otra nación.

Más aún, de ninguna manera está en el poder de un pueblo la posibilidad de cambiar realmente sus instituciones. Sin duda, al costo de violentas revoluciones puede llegar a cambiar sus nombres; pero en su esencia permanecerán inmodificadas. Los nombres son meras etiquetas triviales con las cuales un historiador que va al fondo de las cosas apenas si debe ocuparse. Es de esta forma, por ejemplo, que Inglaterra, el país más democrático del mundo, vive a pesar de todo en un régimen monárquico mientras que los países en los que impera el despotismo más opresivo son las repúblicas hioamericanas, a pesar de sus constituciones republicanas. [ [11] ]  Los destinos de los pueblos están determinados por su carácter y no por sus gobiernos. He intentado establecer este criterio en una de mis anteriores obras, ofreciendo ejemplos categóricos.

Perder el tiempo con constituciones prefabricadas es, en consecuencia, una tarea pueril; es el esfuerzo inútil de un retórico ignorante. La necesidad y el tiempo se encargan de elaborar constituciones si somos lo suficientemente sabios como para permitir que estos dos factores actúen. Este es el plan que han adoptado los anglosajones, como nos lo enseña su gran historiador, Macaulay, en un pasaje que todos los políticos de países latinos deberían aprender de memoria. Después de exponer todo el bien que puede ser logrado por leyes que, desde el punto de vista de la razón pura, parecen ser un caos de absurdidades y contradicciones, este autor compara la totalidad de las constituciones que fueron sacudidas por las convulsiones de los pueblos latinos con la de Inglaterra y señala que esta última sólo ha cambiado muy lentamente, parte por parte, bajo la influencia de necesidades inmediatas y nunca debido a razonamientos especulativos.

El pensar nada en simetrías y mucho en conveniencias; no remover nunca una anomalía solamente porque es una anomalía; no innovar nunca excepto cuando aparece una injusticia; no innovar nunca excepto en la extensión necesaria para deshacerse de la injusticia; no presentar nunca un proyecto de envergadura mayor al del caso particular que es necesario tratar; estas son las reglas que han guiado las deliberaciones en nuestros doscientos cincuenta parlamentos, desde las épocas de Juan hasta la era de Victoria.

Sería necesario tomar una por una las leyes y las instituciones de cada pueblo para exponer hasta qué punto son la expresión de las necesidades de cada raza siendo que, por ese motivo, resulta imposible transformarlas violentamente. Es posible, por ejemplo, enredarse en disertaciones filosóficas sobre las ventajas y desventajas de la centralización; pero cuando vemos a un pueblo compuesto por razas muy diferentes dedicar mil años a esfuerzos tendientes a lograr esta centralización; cuando observamos que una gran revolución, que ha tenido por objetivo la destrucción de todas las instituciones del pasado, ha sido forzada a respetar esta centralización y que incluso la ha fortalecido; bajo estas circunstancias deberíamos admitir que constituye el resultado de necesidades imperiosas, que es una condición para la existencia de la nación en cuestión, y que deberíamos sentir lástima por el pobre alcance mental de los políticos que hablan de destruirla. Si por alguna casualidad tuviesen éxito en su intento, éste éxito sería inmediatamente la señal para una terrible guerra civil [ [12] ] la cual, incluso, volvería inmediatamente a restaurar un nuevo sistema de centralización aún más opresivo que el antiguo.

La conclusión a extraer de lo que precede es que no debe buscarse en las instituciones el medio para influenciar profundamente el genio de las masas. Cuando vemos a ciertos países, como los Estados Unidos, alcanzar un alto grado de prosperidad bajo instituciones democráticas mientras que otros, como las repúblicas hioamericanas, se encuentran existiendo en un lamentable estado de anarquía bajo instituciones absolutamente similares, deberíamos admitir que estas instituciones son tan extrañas a la grandeza de las primeras como a la decadencia de las otras. Las personas son gobernadas por su carácter y todas las instituciones que no estén íntimamente modeladas sobre este carácter representan meramente una vestimenta prestada, un disfraz transitorio. No hay duda de que se han producido, y se seguirán produciendo, guerras sanguinarias y violentas revoluciones para imponer instituciones a las cuales se les atribuye – como a las reliquias de los santos – el poder sobrenatural de crear el bienestar. Se puede decir, entonces, que las instituciones accionan sobre la mente de la masa en la medida en que engendran estos levantamientos. Pero, en realidad, no son las instituciones las que accionan de esta manera desde que sabemos que, triunfantes o derrotadas, no posen virtud alguna por si mismas. Son sus ilusiones y sus palabras las que han influenciado la mente de la masa, y especialmente las palabras – palabras que son tan poderosas como quiméricas y cuyo sorprendente ímpetu pronto demostraremos.


1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   12


La base de datos está protegida por derechos de autor ©bazica.org 2016
enviar mensaje

    Página principal