Gustave le bon



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5. Instrucción y educación

En un lugar destacado entre las ideas predominantes de la época presente se encuentra la noción de que la instrucción es capaz de cambiar a los hombres de forma considerable y tiene por infalible consecuencia el mejorarlos y hasta el de hacerlos iguales. Por el simple hecho de ser constantemente repetida, esta afirmación ha terminado por convertirse en uno de los más firmes dogmas democráticos. Hoy sería tan difícil atacarlo como otrora lo hubiera sido el atacar los dogmas de la Iglesia.

Sin embargo, sobre este punto, al igual que en muchos otros casos, las ideas democráticas se encuentran en profundo desacuerdo con los resultados de la psicología y la experiencia. Muchos eminentes filósofos, Herbert Spencer entre ellos, no tienen ninguna dificultad en demostrar que la instrucción ni hace a los hombres más morales ni tampoco más felices; que no cambia ni sus instintos ni sus pasiones hereditarias y que a veces – y para que esto suceda sólo necesita estar mal dirigida – resulta más perniciosa que útil. Las estadísticas han confirmado este criterio al mostrarnos que la criminalidad aumenta con la generalización de la instrucción, o bien y en todo caso, con cierto tipo de instrucción, y que los peores enemigos de la sociedad, los anarquistas, se reclutan entre los abanderados de los colegios; mientras que en un reciente trabajo, un distinguido magistrado como M. Adolphe Guillot, ha hecho la observación que actualmente hay 3.000 criminales educados por cada 1.000 iletrados y que en cincuenta años el porcentaje de criminales en la población subió de 227 a 552 por cada 100.000 habitantes, lo cual constituye un aumento del 133 porciento. Junto con sus colegas, también ha notado que la criminalidad aumenta particularmente entre las personas jóvenes para quienes, como es sabido, la escolaridad gratuita y obligatoria ha reemplazado – en Francia – el aprendizaje de oficios.

Seguramente no es que – y nadie ha mantenido jamás esta proposición – una instrucción bien dirigida no pueda brindar resultados prácticos muy útiles, si bien no en el sentido de elevar el nivel moral, por lo menos en el de desarrollar una capacidad profesional. Desafortunadamente los pueblos latinos, especialmente durante los últimos veinticinco años, han basado sus sistemas de instrucción sobre principios muy equivocados y, a pesar de las observaciones de las mentes más eminentes tales como Breal, Fustel de Coulanges, Taine y muchos otros, persisten en sus lamentables errores. Yo mismo, en un trabajo publicado hace algún tiempo, demostré que el sistema de educación francés transforma a la mayoría de los que han pasado por él en enemigos de la sociedad y recluta numerosos discípulos para las peores formas de socialismo.

El principal peligro de este sistema de educación – muy apropiadamente calificado como latino – consiste en el hecho de que está basado sobre el error psicológico fundamental de que la inteligencia se desarrolla mediante la memorización de libros de texto. Adoptando este punto de vista, se ha hecho el intento de forzar el conocimiento de la mayor cantidad posible de libros de texto. Desde la escuela primaria, hasta que abandona la universidad, un joven no hace más que almacenar libros en su memoria sin que alguna vez su juicio o su iniciativa personal entren en juego. Para él, la educación consiste en recitar de memoria y en obedecer.

Aprender lecciones. Sabiendo de memoria una gramática o un compendio, repitiendo bien e imitando bien – escribe un ex–Ministro Público de Educación, M. Jules Simon – es una forma ridícula de educación en la cual cada esfuerzo es un acto de fe que admite tácitamente la infalibilidad del maestro y cuyos resultados son un menoscabo de nosotros mismos volviéndonos impotentes.

Si esta educación fuese meramente inútil, uno podría limitarse a expresar su compasión por los desgraciados niños que, en lugar de cursar estudios útiles en la escuela primaria, resultan instruidos en la genealogía de los hijos de Clotaire, los conflictos entre Neustria y Austrasia, o las clasificaciones zoológicas. Pero el sistema presenta un peligro por lejos mayor. Les otorga a quienes han sido sometidos a él un violento desagrado por la clase de vida en la que nacieron y un intenso deseo de escapar de ella. El trabajador ya no desea seguir siendo trabajador, ni el campesino continuar siendo campesino, mientras los más humildes miembros de la clase media no admiten ninguna carrera posible para sus hijos excepto la de funcionarios pagados por el Estado. En lugar de preparar hombres para la vida, las escuelas francesas solamente los preparan  para ocupar funciones públicas en las cuales el éxito puede ser obtenido sin ninguna necesidad de auto-dirección o la más mínima chispa de iniciativa personal. En el fondo de la escala social, el sistema crea un ejércitos de proletarios descontentos con su suerte y siempre listos para la revuelta mientras que en la cúspide instituye una burguesía frívola, escéptica y crédula al mismo tiempo, que tiene una supersticiosa confianza en el Estado al cual considera como una especie de Divina Providencia pero sin olvidarse de exhibir hacia ella una incesante hostilidad, siempre poniendo las faltas propias ante la puerta del gobierno, e incapaz de la más mínima empresa sin la intervención de las autoridades.

El Estado que, a la par de los libros de texto, fabrica a todos estos portadores de diplomas, sólo puede utilizar una pequeña parte de ellos, y está forzado a dejar a los demás sin empleo. Por consiguiente, está obligado a resignarse a alimentar a los primeros y a tener a los otros como enemigos. Desde la cúspide hasta la base de la pirámide social, desde el empleado más humilde hasta el profesor y el prefecto, esta inmensa masa esgrimiendo diplomas pone sitio a las profesiones. Mientras un hombre de negocios tiene la mayor de las dificultades en encontrar un agente que lo represente en las colonias, miles de candidatos solicitan los más modestos puestos oficiales. Tan sólo en el departamento de Seine hay 20.000 maestros y maestras sin empleo; todas personas que, despreciando los campos y los talleres, miran hacia el Estado para ganarse la vida. Al ser restringido el número de elegidos, el de los descontentos es forzosamente inmenso. Los últimos están listos para cualquier revolución, quienesquiera que sean sus jefes y sean cuales fueren sus objetivos. La adquisición de un conocimiento que no consigue ser empleado es el método seguro de empujar a una persona hacia la revuelta. [ [13] ]

Evidentemente es demasiado tarde para volver sobre nuestros pasos. Solamente la experiencia, esa suprema educadora de los pueblos, se encargará de mostrarnos nuestro error. Sólo ella será lo suficientemente poderosa como para demostrar la necesidad de reemplazar nuestros odiosos libros de texto y nuestros lamentables exámenes por una instrucción industrial capaz de inducir a nuestros jóvenes a volver a los campos, a los talleres, y a la empresa colonial que hoy rehuyen a toda costa.

La instrucción profesional que todas las mentes ilustradas están hoy demandando fue la instrucción recibida en el pasado por nuestros ancestros. Sigue vigente en la actualidad en las naciones que gobiernan al mundo por su fuerza de voluntad, su iniciativa y su espíritu de empresa. En una serie de notables páginas cuyos pasajes principales reproduciré más adelante, un gran pensador. M. Taine, ha expuesto claramente que nuestro anterior sistema de educación fue aproximadamente el que está de moda hoy en día en Inglaterra y en América, y haciendo un notable paralelo entre el sistema latino y el anglosajón, ha destacado claramente las consecuencias de ambos métodos.

Uno podría consentir, quizás forzadamente, en continuar aceptando todas las desventajas de nuestra educación clásica – aún a pesar de que no produce más que personas descontentas y hombres no aptos para sus puestos en la vida – si la adquisición superficial de tanto conocimiento, la pulcra repetición de memoria de tantos libros de texto, elevara el nivel de inteligencia. Pero ¿realmente eleva este nivel? ¡He aquí que no! Las condiciones para triunfar en la vida son la posesión de un juicio certero, experiencia, iniciativa y carácter – todas cualidades que no otorgan los libros. Los libros son diccionarios a los cuales es útil consultar pero de los cuales es perfectamente inútil guardar grandes porciones en el cerebro.

¿Cómo es posible para la instrucción profesional desarrollar la inteligencia en una medida bastante superior al alcance de la instrucción clásica? Esto ha sido muy bien expuesto por M. Taine.

Las ideas – dice – se forman solamente en su entorno natural y normal; la promoción del crecimiento se efectúa por las innumerables impresiones que solicitan los sentidos que el joven recibe diariamente en el taller, en la mina, en los tribunales, en el estudio, en la obra en construcción; a la vista de las herramientas, los materiales y las operaciones; en la presencia de clientes, trabajadores y labor, del trabajo bien o mal hecho, costoso o lucrativo. De este modo se obtienen esas sutiles percepciones del ojo, los oídos, las manos y hasta el sentido del olfato que, adquiridas involuntariamente y elaboradas en silencio, toman forma dentro del que aprende y le sugieren tarde o temprano ésta o aquella nueva combinación, simplificación, economía, mejora o invento. El joven francés está privado, precisamente a una edad en la que serían más fructíferos, de todos estos preciosos contactos, de todos estos indispensables elementos de asimilación. Durante siete u ocho años interminables, se lo encierra en una escuela y se lo segrega de esa experiencia personal directa que le daría una clara y exacta noción de las personas y de las cosas, y de las múltiples maneras de manejarlas.

... Por lo menos nueve de cada diez han perdido su tiempo y sus esfuerzos durante varios de los años de sus vidas – años importantes, incluso decisivos. Entre ellos hay que contar, en primer lugar, la mitad o las dos terceras partes de quienes se presentan a los exámenes – y me refiero a los que son rechazados; y después, entre quienes tienen éxito en obtener una graduación, un certificado o un diploma, todavía queda una mitad o dos tercios – y me refiero a los que son explotados. Se les ha exigido demasiado al requerirles que en un día determinado, sobre una silla o delante de un pizarrón, sean por dos horas consecutivas y respecto de un grupo de ciencias, repertorios vivientes de todo el saber humano. De hecho, fueron eso, o casi, por cerca de dos horas ese día en particular; pero un mes más tarde ya no lo serán. Ya no pasarían otra vez el examen. Sus adquisiciones, demasiado numerosas y demasiado pesadas, constantemente se escapan de sus cerebros y no resultan reemplazadas. Su vigor mental ha declinado, su fértil capacidad para crecer se ha secado, aparece el hombre plenamente desarrollado y con frecuencia es un hombre gastado. Asentado, casado, resignado a andar en círculos, e indefinidamente en el mismo círculo, se encierra en la limitada función con la que cumple adecuadamente; pero nada más. El balance final es que, con seguridad, los ingresos no justificarán los gastos. En Inglaterra o en América dónde, como en Francia antes de 1789, se adoptó el procedimiento contrario, el balance es equilibrado o superior.

El ilustre psicólogo nos muestra a continuación la diferencia entre nuestro sistema y el de los anglosajones. Éstos no poseen nuestras innumerables escuelas especiales. Entre ellos la instrucción no está basada en el aprendizaje de libros sino en lecciones sobre objetos. El ingeniero, por ejemplo, se entrena en un taller y nunca en una escuela; un método que permite a cada individuo alcanzar el nivel que le permite su inteligencia. Se convierte en trabajador o en capataz si no puede seguir adelante, en ingeniero si sus aptitudes lo llevan tan lejos. Esta forma de proceder es mucho más democrática y de un beneficio mucho mayor para la sociedad que el hacer que toda la carrera de un individuo dependa de un examen que dura un par de horas, rendido a la edad de diecinueve o veinte años.

En el hospital, la mina, la fábrica, la oficina del arquitecto o del abogado, el estudiante, que comienza muy joven, transita su aprendizaje paso a paso, de la misma manera en que lo hace un jurista o un artista en su estudio. En forma previa, antes de hacer un comienzo práctico, ha tenido la oportunidad de hacer algún curso resumido de instrucción tanto como para disponer de una estructura preparada para almacenar las observaciones que pronto hará. Más allá de eso y por regla general, podrá beneficiarse de una variedad de cursos técnicos que puede seguir en sus horas libres de manera de coordinarlos, paso a paso, con la experiencia diaria que está juntando. Bajo un sistema así, las capacidades prácticas aumentan y se desarrollan en la exacta proporción de las facultades del estudiante y en la dirección requerida por su futura tarea y por el trabajo en especial para el cual desea estar preparado de allí en más. De esta manera, en Inglaterra o en los Estados Unidos un hombre joven pronto llega a una posición en la que puede desarrollar su capacidad al máximo. A los veinticinco años de edad, y mucho antes si el material y las partes están allí, ya no es simplemente un ejecutor útil sino que es capaz, también, de iniciativas espontáneas; no es solamente la parte de una máquina sino también su motor. En Francia, dónde impera el sistema contrario – en Francia que con cada generación se está pareciendo cada vez más a China – la suma total de las fuerzas perdidas es enorme.

El gran filósofo llega a la siguiente conclusión respecto de la creciente incongruencia entre nuestro sistema latino de educación y los requerimientos de la vida práctica:

En las tres etapas de la instrucción que comprenden la niñez, la adolescencia y la juventud, la preparación teórica y pedagógica por medio de libros en los bancos de la escuela se ha prolongado y se ha sobrecargado en vista del examen final, la graduación, el diploma y el certificado, y solamente en vista de ello, y por los peores métodos, por la aplicación de un régimen antinatural y antisocial, por la postergación excesiva del aprendizaje práctico, por nuestro sistema de colegios pupilos, por entrenamiento artificial y amontonamiento mecánico, por sobrecarga de trabajo, sin pensar en el tiempo que habrá de seguir, sin pensar en la edad adulta y en las funciones del hombre, sin consideraciones por el mundo real al cual el joven pronto será arrojado, por la sociedad en la que nos movemos y a la cual deberá adaptarse o resignarse a ella de antemano, por la lucha en la que se halla envuelta la humanidad y en la cual, para defenderse y mantenerse de pié, tiene que haber sido previamente equipado, armado, entrenado y endurecido. Este equipamiento indispensable, esta adquisición de mayor importancia que cualquier otra, este fuerte sentido común, fibra y fuerza de voluntad, es lo que nuestras escuelas no le ofrecen al joven francés. Por el contrario, lejos de calificarlo para su futuro y definitivo estado, lo descalifican. En consecuencia, su entrada al mundo y sus primeros pasos en el campo de la acción son muy frecuentemente una sucesión de penosas caídas cuyo efecto es que permanece herido y lastimado por mucho tiempo, a veces inhabilitado de por vida. La prueba es severa y peligrosa. En su transcurso, el equilibrio mental y moral se ve afectado y corre el riesgo no ser restablecido. Una desilusión demasiado súbita y demasiado completa ha sobrevenido. Las decepciones han sido demasiado grandes, las desilusiones demasiado intensas.” [ [14] ]

Una comparación útil puede hacerse entre las páginas de Taine y las observaciones sobre la educación americana recientemente hechas por M. Paul Bourget en su excelente libro, “Outre-mer”. Él también, después de haber observado que nuestra educación meramente produce burgueses de mente estrecha carentes de iniciativa y fuerza de voluntad, o bien anarquistas – “esos igualmente dañinos tipos de hombre civilizado que degeneran ya sea en banalidad impotente o en destructividad demencial” – el también, decía, establece una comparación, que no puede ser objeto de mucha controversia, entre nuestros liceos franceses (escuelas públicas), esas fábricas de degeneración, y las escuelas americanas que preparan admirablemente a un hombre para la vida. La brecha existente entre naciones verdaderamente democráticas y aquellas que tienen la democracia en sus discursos pero de ningún modo en sus pensamientos, surge claramente en esta comparación.

Con lo que precede ¿nos hemos desviado de la psicología de las masas? Seguramente no. Si deseamos comprender las ideas y las creencias que están germinando en las masas de la actualidad y que surgirán mañana, es necesario saber cómo ha sido preparado el terreno. La instrucción dada a la juventud de un país permite conocer lo que ese país será algún día. La educación conferida a la generación actual justifica las previsiones más pesimistas. Es parcialmente por la instrucción y la educación que la mente de las masas resulta mejorada o deteriorada. En consecuencia, era necesario mostrar cómo esta mente ha sido modelada por el sistema de moda y cómo la masa de los indiferentes y los neutrales se ha convertido progresivamente en un ejército de los descontentos, listos a obedecer todas las sugestiones de los utopistas y los retóricos. Es en las aulas que los socialistas y los anarquistas pueden ser hallados hoy en día, es allí en dónde se está pavimentando el camino del período de decadencia que se aproxima para los pueblos latinos.

 

Capítulo II: Los factores inmediatos de la opinión de las masas.


1)- Imágenes, palabras y fórmulas.
El poder mágico de palabras y fórmulas – El poder de las palabras ligadas a las imágenes que evocan, independientemente de su verdadero significado – Estas imágenes varían de época en época y de raza en raza – El uso y abuso de las palabras – Ejemplos de las considerables variaciones en el sentido de palabras usualmente empleadas – La utilidad política de bautizar cosas viejas con nombres nuevos cuando las palabras que las designaban causan una impresión desfavorable sobre las masas – Variaciones del sentido de las palabras como consecuencia de diferencias raciales – Los diferentes significados de la palabra “democracia” en Europa y en América.

2)- Ilusiones.
Su importancia – Se las halla en la raíz de todas las civilizaciones – La necesidad social de las ilusiones – Las masas siempre las prefieren antes que a las verdades.

3)- Experiencia.
Solamente la experiencia puede fijar en la mente de las masas las verdades que se han vuelto necesarias y destruir las ilusiones que se han hecho peligrosas. – La experiencia sólo es efectiva bajo la condición de que sea frecuentemente repetida – El costo del requisito de la experiencia para persuadir a las masas.

4)- Razón.
La nulidad de su influencia sobre las masas – Las masas sólo pueden ser influenciadas por sus sentimientos inconscientes – El papel de la lógica en la Historia – Las causas secretas de los eventos improbables.


Acabamos de investigar los factores remotos y preparatorios que le otorgan a la mente de las masas una receptividad especial, haciendo posible en ella el crecimiento de ciertos sentimientos y de ciertas ideas. Ahora nos resta estudiar los factores capaces de actuar de manera directa. En el siguiente capítulo veremos cómo estos factores deberían ponerse en vigor a fin de que produzcan sus plenos efectos.

En la primer parte de este trabajo estudiamos los sentimientos, las ideas y los métodos de razonamiento de los cuerpos colectivos, y del conocimiento así adquirido evidentemente sería posible deducir de un modo general los medios para conseguir impresionar sus mentes. Ya sabemos qué es lo que impacta en la imaginación de las masas y nos hemos familiarizado con el poder y la contagiosidad de las sugestiones y, de ellas, especialmente las que son presentadas bajo la forma de imágenes. Sin embargo, puesto que las sugestiones pueden proceder de muy diversas fuentes, los factores capaces de actuar sobre las mentes de las masas pueden diferir considerablemente. Es necesario, pues, estudiarlas por separado. No es un estudio innecesario. Las masas son, en cierto modo, como la esfinge de la antigua fábula: es necesario, o bien llegar a una solución de los problemas presentados por su psicología, o bien resignarnos a ser devorados por ellas.



1. Imágenes, palabras y fórmulas

Al estudiar la imaginación de las masas hemos visto que la misma está particularmente abierta a las impresiones producidas por las imágenes. Estas imágenes no siempre están a mano, pero es posible evocarlas mediante el juicioso empleo de palabras y fórmulas. Utilizadas con arte, las mismas poseen en sobria verdad aquél misterioso poder otrora atribuido a ellas por los adeptos de la magia. En la mente de las masas ocasionan el nacimiento de las tempestades más formidables a las que, a su vez, también son capaces de calmar. Se podría levantar una pirámide de lejos más alta que la de Cheops con los huesos de los hombres que han sido víctimas del poder de las palabras y las fórmulas.

El poder de las palabras está relacionado con las imágenes que evocan, y es bastante independiente de su real significado. Las palabras cuyo sentido está peor definido son a veces las que poseen la mayor influencia. Tales son, por ejemplo, los términos democracia, socialismo, igualdad, libertad etc. cuyo significado es tan vago que gruesos volúmenes no alcanzan para establecerlo con precisión. Aún así, es cierto que un poder verdaderamente mágico está adosado a esas cortas sílabas, como si contuvieran la solución a todos los problemas. Sintetizan las aspiraciones inconscientes más diversas y la esperanza de su realización.

La razón y los argumentos son incapaces de combatir ciertas palabras y fórmulas. Se las pronuncia con solemnidad en presencia de las masas y, ni bien han sido pronunciadas, una expresión de respeto se hace visible en cada rostro y todas las cabezas se inclinan. Por muchos resultan consideradas como fuerzas naturales, como poderes sobrenaturales. Evocan imágenes grandiosas y vagas en la mente de las personas pero la misma vaguedad que las envuelve en la oscuridad aumenta su misterioso poder. Son las misteriosas divinidades ocultas detrás del tabernáculo al cual los devotos sólo se aproximan con miedo y temblando.

Las imágenes evocadas por las palabras, al ser independientes de su sentido, varían de época en época y de pueblo en pueblo mientras que las fórmulas se mantienen idénticas. Ciertas imágenes transitorias se relacionan con ciertas palabras: la palabra actúa meramente como si fuese el pulsador de un timbre eléctrico que las evoca.

No todas las palabras y todas las fórmulas poseen el poder de evocar imágenes, mientras que hay otras que alguna vez tuvieron este poder, pero lo han perdido en el transcurso del uso y han dejado de despertar alguna respuesta en la mente. Se convierten en vanos sonidos cuya utilidad principal es relevar a la persona que los emplea de la obligación de pensar. Armados de una pequeña cantidad de fórmulas y de lugares comunes aprendidos mientras fuimos jóvenes, poseemos todo lo que se necesita para desplazarnos por la vida sin la cansadora necesidad de tener que reflexionar sobre algo en absoluto.

Si es estudia cualquier idioma en particular, se observa que las palabras que lo componen varían en forma relativamente lenta durante el transcurso de las épocas mientras que las imágenes que estas palabras evocan, o los significados adosados a las palabras, cambian incesantemente. Esta es la razón por la cual, en otro trabajo, llegué a la conclusión que la traducción absoluta de un idioma, especialmente el de una lengua muerta, es totalmente imposible. ¿Que hacemos en realidad, cuando sustituimos una expresión del latín, el griego o el sánscrito por una palabra francesa, o incluso cuando tratamos de comprender un libro escrito en nuestro propio idioma hace dos o tres siglos? Simplemente ponemos las imágenes y las ideas con las cuales la vida moderna ha dotado a nuestra inteligencia en el lugar de nociones e imágenes absolutamente distintas que la vida antigua creó en la mente de razas expuestas a condiciones de existencia que no tienen ninguna analogía con las nuestras. Cuando los hombres de la Revolución se imaginaron que estaba copiando a los griegos y a los romanos, ¿qué estaban haciendo si no dándole a antiguas palabras un sentido que las mismas nunca tuvieron? ¿Qué semejanza puede existir entre las instituciones de los griegos y aquellas designadas en la actualidad por las mismas palabras? Una república de aquella época era una institución esencialmente aristocrática, formada por una reunión de pequeños déspotas que gobernaban sobre una masa de esclavos mantenidos en la más absoluta servidumbre. Estas aristocracias comunales, basadas en la esclavitud, no hubieran podido existir ni por un momento sin ella.

Y la palabra “libertad”, de nuevo, ¿qué significado pudo haber tenido en forma alguna similar al que le atribuimos hoy en día, durante un período en el cual la posibilidad de la libertad de pensamiento no era siquiera sospechada y no había crimen mayor ni más excepcional que el de discutir a los diosas, las leyes y las costumbres de la ciudad? ¿Qué significaba una palabra como “patria” para un ateniense o para un espartano, a menos que fuese el culto de Atenas o Esparta, y de ninguna manera el de Grecia, compuesta por ciudades rivales, siempre en guerra las unas contra las otras? ¿Qué significado tuvo la misma palabra “patria” entre los antiguos galos, divididos en tribus y razas rivales, poseyendo diferentes lenguajes y religiones, y que fueron tan fácilmente conquistados por César porque éste siempre encontró aliados entre ellos? Fue Roma la que hizo un país de la Galia otorgándole una unidad política y religiosa. Sin ir tan lejos, apenas hace dos siglos, ¿se puede creer que esta misma noción de patria fue concebida con el mismo significado que el que hoy tiene por príncipes franceses como el gran Conde, que se aliaban con el extranjero en contra de su soberano? Y de nuevo otra vez, la misma palabra ¿no tuvo acaso un sentido muy diferente al moderno para los emigrantes realistas franceses quienes pensaron que obedecían las leyes del honor al luchar contra Francia siendo que, desde su punto de vista, realmente las obedecieron porque la ley feudal obligaba al vasallo con su señor y no con la tierra, de modo tal que allí en dónde se hallaba el soberano, allí estaba la verdadera patria?

Son numerosas las palabras cuyo significado ha cambiado profundamente de época en época – palabras que sólo podemos llegar a comprender en el sentido en que antes fueron entendidas luego de un largo esfuerzo. Con razón se ha dicho que es necesario mucho estudio tan sólo para llegar a comprender lo que significaron para nuestros abuelos palabras tales como “rey” y la “familia real”. ¿Cuál podría, entonces, ser el caso con términos aún mucho más complejos?

Las palabras, pues, tienen sólo significados móviles y transitorios que cambian de época en época y de pueblo en pueblo; y cuando por su intermedio deseamos ejercer una influencia sobre la masa, el requisito es conocer el sentido que esa masa les da en un determinado momento, y no el significado que tuvieron antes o que pueden seguir teniendo para individuos de una constitución mental diferente.

Así, cuando las masas, como consecuencia de alzamientos políticos o cambios de creencia, han llegado a adquirir una profunda antipatía hacia las imágenes suscitadas por ciertas palabras, el primer deber del verdadero estadista es cambiar las palabras sin, por supuesto, meter mano en las cosas mismas ya que estas últimas se hallan demasiado íntimamente unidas a la constitución heredada como para ser transformadas. Hace mucho tiempo, el sensato Tocqueville observó que la obra del consulado y del imperio consistió más particularmente en revestir con nuevas palabras la mayor parte de las antiguas instituciones – esto es: en reemplazar palabras que evocaban imágenes desagradables en la imaginación de la masa por otras palabras cuya novedad impedía tales evocaciones. La “taille” o “tallage” se convirtió en un “impuesto sobre la tierra”; la “gabela” en el impuesto sobre la sal; los “subsidios” se hicieron contribuciones indirectas y deberes consolidados; el impuesto sobre las compañías comerciales y los gremios pasó a llamarse “licencias”, etc.

Una de las funciones más esenciales de los estadistas consiste, así, en bautizar con palabras populares o, en todo caso, indiferentes, las cosas que la masa no puede soportar bajo sus antiguos nombres. El poder de las palabras es tan grande que es suficiente designar con términos bien elegidos las cosas más odiosas para hacerlas aceptables a las masas. Taine observa con razón que fue invocando la libertad y la fraternidad – palabras muy populares en su época – que los jacobinos fueron capaces de “instalar un despotismo digno de Dahomey, un tribunal similar al de la Inquisición y producir una hecatombe humana similar a las del antiguo Méjico”. El arte de los que gobiernan, al igual que en el caso del arte de los abogados, consiste sobre todo en la ciencia del empleo de las palabras. Una de las mayores dificultades de este arte es que, en una y la misma sociedad, los mismos términos muy frecuentemente tienen diferentes significados para las diferentes clases sociales, las cuales emplean aparentemente las mismas palabras pero nunca hablan el mismo idioma.

En los ejemplos precedentes ha sido especialmente el tiempo el que ha intervenido como el factor principal en el cambio del sentido de las palabras. Sin embargo, si también hacemos intervenir a la raza, veremos que durante el mismo período, entre personas igualmente civilizadas pero de diferente raza, las mismas palabras con frecuencia corresponden a ideas extremadamente disímiles. Es imposible entender estas diferencias sin haber viajado mucho y por esta razón no insistiré sobre ello. Me limitaré a observar que son precisamente las palabras más utilizadas las que entre diferentes pueblos poseen los más diferentes significados. Tal es el caso, por ejemplo, de las palabras “democracia” y “socialismo” de uso tan frecuente hoy en día.

En realidad, corresponden a ideas y a imágenes bastante contradictorias en la mente latina y en la anglosajona. Para los pueblos latinos, la palabra “democracia” significa más específicamente la subordinación de la voluntad y de la iniciativa del individuo a la voluntad e iniciativa de la comunidad representada por el Estado. Es el Estado el que termina siendo encargado, en un grado cada vez más grande, con la dirección de todo, la centralización, el monopolio y la fabricación de todo. Es al Estado al que apelan constantemente todos los partidos políticos sin excepción, sean radicales, socialistas o monárquicos. Entre los anglosajones y especialmente en América, la misma palabra “democracia” significa, por el contrario, el intenso desarrollo de la voluntad del individuo y la subordinación más completa posible del Estado al cual, con la excepción de la policía, el ejército y las relaciones diplomáticas, no se le permite dirigir nada, ni siquiera a la instrucción pública. Se puede apreciar, así, cómo la misma palabra, que para un pueblo significa la subordinación de la voluntad y de la iniciativa del individuo y la preponderancia del Estado, para el otro significa el excesivo desarrollo de la voluntad y de la iniciativa del individuo y la completa subordinación del Estado. [ [15] ]


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