Gustave le bon



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2. Ilusiones

Desde los albores de la civilización en adelante las masas siempre ha sufrido la influencia de ilusiones. A los creadores de ilusiones les han erigido más templos, más estatuas y más altares que a cualquier otra clase de hombres. Ya sean las ilusiones religiosas del pasado o las ilusiones filosóficas y sociales del presente, estos formidables poderes soberanos siempre pueden ser encontrados a la cabeza de todas las civilizaciones que sucesivamente han florecido sobre nuestro planeta. Fue en su nombre que se construyeron los templos de Caldea y de Egipto, y los edificios religiosos de la Edad Media, y esa vasta rebelión que sacudió a toda Europa hace un siglo; y no hay una sola de nuestras concepciones artísticas o sociales que se halle libre de su poderosa influencia. Ocasionalmente, al costo de terribles disturbios, el hombre las supera, pero parece estar siempre condenado a volverlas a erigir. Sin ellas nunca hubiera emergido de su primitivo estado de barbarie, y sin ellas regresaría otra vez a él. Sin duda, son huidizas sombras, pero estas hijas de nuestros sueños han forzado a las naciones a crear cualquiera de las artes que puede enorgullecerse de esplendor o de grandeza civilizatoria.

Si se destruyesen en todos los museos y librerías (...) todos los trabajos y todos los monumentos que las religiones han inspirado ¿qué quedaría de los grandes sueños de la humanidad? El darle a los hombres esa porción de esperanza y de ilusión sin la cual no pueden vivir, ésa es la razón de existir de los dioses, los héroes y los poetas. Durante cincuenta años la ciencia pareció hacerse cargo de esta tarea. Pero la ciencia se ha visto comprometida en corazones hambrientos de un ideal, porque no se atreve a ser suficientemente generosa en promesas, porque no puede mentir”. [ [16] ]

Los filósofos del siglo pasado se dedicaron con fervor a la destrucción de las ilusiones religiosas, políticas y sociales en las que vivieron nuestros antepasados por una larga serie de siglos. Al destruirlas, secaron las fuentes de la esperanza y la resignación. Detrás de las quimeras inmoladas se encontraron frente a frente con las ciegas y silenciosas fuerzas de la naturaleza, que son inexorables con la debilidad e ignoran la compasión.

A pesar de todos sus progresos, la filosofía ha sido incapaz hasta ahora de ofrecer a las masas algún ideal que las seduzca pero, como éstas deben tener ilusiones a toda costa, instintivamente se vuelven, al igual que insectos en busca de luz, hacia los retóricos que les conceden lo que quieren. No es la verdad sino el error el que ha constituido el factor principal en la evolución de las naciones, y la razón por la cual el socialismo es tan poderoso hoy en día es que constituye la última ilusión que todavía sigue siendo vital. A pesar de todas las demostraciones científicas, continúa creciendo. Su principal fuerza reside en que es liderado por mentes lo suficientemente ignorantes de cómo son las cosas en realidad como para temerariamente prometerle la felicidad a la humanidad. La ilusión social reina hoy sobre todas las ruinas amontonadas del pasado y a ella pertenece el futuro. Las masas nunca estuvieron sedientas de verdades. Se alejan de la evidencia que no es de su gusto y prefieren deificar el error si el error las seduce. Quienquiera que sea capaz de proveerlas de ilusiones será fácilmente su amo; quienquiera que atente destruir sus ilusiones será siempre su víctima.

3. Experiencia

La experiencia constituye casi el único proceso efectivo mediante el cual una verdad puede ser sólidamente establecida en la mente de las masas destruyendo ilusiones que se han vuelto demasiado peligrosas. A este fin, sin embargo, es necesario que la experiencia tenga lugar a una escala muy grande y que se repita muy frecuentemente. Las experiencias sufridas por una generación son, por regla, inútiles para la generación siguiente y por esa razón los hechos históricos citados para demostrar un punto de vista no sirven a ningún propósito. Su única utilidad es la de demostrar hasta qué punto las experiencias tienen que ser repetidas de época en época para ejercer alguna influencia o para sacudir a una opinión equivocada cuando la misma está sólidamente implantada en la mente de las masas.

Nuestro siglo y el que lo precedió indudablemente será mencionado por los historiadores como una era de curiosos experimentos que en ninguna otra época fueron intentados a esa escala.

El más gigantesco de esos experimentos fue la Revolución Francesa. Para descubrir que la sociedad no puede ser remodelada de pies a cabeza de acuerdo con los dictados de la razón pura fue necesario que varios millones de hombres fuesen masacrados y que Europa se viese profundamente perturbada por un período de veinte años. Para demostrarnos que los dictadores les salen caro a las naciones que los aclaman, fueron necesarias dos experiencias ruinosas en cincuenta años y, a pesar de su nitidez, no parecen haber sido lo suficientemente convincentes. La primera, sin embargo, costó tres millones de hombres y una invasión; la segunda implicó la pérdida de territorio y trajo como secuela la necesidad de ejércitos permanentes. Una tercera se intentó no hace mucho y seguramente será vuelta a intentar algún día. Para forzar a toda una nación a admitir que el gran ejército alemán no era, como se alegaba comúnmente hace treinta años, una especie de inofensiva guardia nacional [ [17] ], tuvo que tener lugar la guerra que nos salió tan cara. Para imponer el reconocimiento que el proteccionismo arruina a las naciones que la adoptan, serán necesarios al menos veinte años de experiencias desastrosas. Estos ejemplos podrían multiplicarse hasta el infinito.



4. Razón

Al enumerar los factores capaces de impresionar la mente de las masas se podría prescindir de toda referencia a la razón si no fuese necesario destacar el valor negativo de su influencia.

Ya hemos visto que las masas no resultan influenciadas por el razonamiento y sólo pueden comprender simples asociaciones de ideas. Los oradores que saben como impresionarlas apelan en consecuencia a sus sentimientos y nunca a su razón. Las leyes de la lógica no ejercen ninguna acción sobre las masas. [ [18] ] Para producir una convicción en las masas es necesario, ante todo, comprender acabadamente los sentimientos que las animan, pretender compartir esos sentimientos y luego intentar modificarlos haciendo surgir por medio de asociaciones rudimentarias ciertas nociones eminentemente sugestivas. Hay que ser capaces, si es necesario, de regresar al punto de partida y, por sobre todo, de divinizar a cada instante los sentimientos que nuestro discurso está haciendo nacer. Esta necesidad de variar incesantemente nuestro lenguaje de acuerdo con el efecto producido en el momento de hablar le quita de entrada toda eficacia a una perorata estudiada y preparada de antemano. En un discurso como ése, el orador sigue su propia línea de pensamiento, no la de sus oyentes, y por este sólo hecho su influencia es aniquilada.

Las mentes lógicas, acostumbradas a ser convencidas por una cadena algo firme de razonamientos no pueden evitar el recurrir a este modo de persuasión cuando se dirigen a las masas, y la ineficacia de sus argumentos siempre los sorprende. “Las consecuencias matemáticas usuales basadas en el silogismo – esto es: en asociaciones de identidades – son imperativas...” escribe un experto en lógica. “Esta imperatividad obligaría al asentimiento incluso a una masa inorgánica si la misma fuese capaz de realizar asociaciones de identidades.” Lo cual es indudablemente cierto, pero una multitud es tan incapaz como una masa inorgánica de realizar tales asociaciones, y ni hablemos de comprenderlas. Si se hiciera el intento de convencer por razonamiento a mentes primitivas – a salvajes o a niños, por ejemplo – se comprendería el escaso valor que posee este método.

Ni siquiera es necesario descender al nivel de seres primitivos para lograr una percepción de la total impotencia del razonamiento cuando éste tiene que luchar contra el sentimiento. Simplemente traigamos a la mente qué tenaces fueron, durante siglos, las supersticiones religiosas contradictorias con la más simple de las lógicas. Por casi dos mil años los genios más luminosos se han inclinado ante sus leyes y tuvieron que llegar los tiempos modernos para que su veracidad fuese apenas puesta en duda. La Edad Media y el Renacimiento tuvieron muchos hombres ilustrados, pero ni uno solo que lograra apreciar por razonamiento el aspecto infantil de sus supersticiones, o que pronunciase incluso una leve duda respecto de las fechorías del diablo o de la necesidad de quemar hechiceros.

¿Debemos lamentar que las masas nunca son guiadas por la razón? No nos aventuraríamos a afirmarlo. Sin duda la razón humana no hubiera logrado espolear a la humanidad a lo largo del camino de la civilización con el ardor y la tenacidad con que lo hicieron sus ilusiones. Estas ilusiones, hijas de las fuerzas inconscientes que las guían, fueron indudablemente necesarias. Cada raza lleva en su constitución mental las leyes de su destino y quizás es a estas leyes que obedece con un impulso irresistible, incluso en el caso de aquellos impulsos que aparentemente son los más irracionales. A veces parece que las naciones estuviesen sometidas a fuerzas secretas, análogas a las que compelen a la bellota a convertirse en roble, o al cometa a transitar por su órbita.

La escasa noción que es posible obtener de estas fuerzas debemos buscarla en el curso general de la evolución de un pueblo y no en los hechos aislados de que esta evolución a veces parece provenir. Si fuesen tomados en consideración solamente estos factores, la historia parecería ser el resultado de una serie de chances improbables. Fue improbable que un carpintero galileo se convirtiese por dos mil años en un Dios todopoderoso en cuyo nombre se fundaron las civilizaciones más importantes; improbable también que unas pocas bandas de árabes, emergiendo de sus desiertos, conquistaran la mayor parte del antiguo mundo grecorromano y estableciesen un imperio más grande que el de Alejandro; improbable, de nuevo, que en Europa, en un avanzado momento de su desarrollo, y cuando la autoridad en ella había sido sistemáticamente jerarquizada, un oscuro teniente de artillería hubiese podido tener éxito en reinar sobre una multitud de reyes y de pueblos.

Dejemos, pues, la razón a los filósofos y no insistamos con demasiada fuerza en su intervención en el gobierno de los hombres. No es por la razón sino, mucho más frecuentemente, a pesar de ella que se crean esos sentimientos que constituyen la fuente de toda civilización – sentimientos tales como el honor, el autosacrificio, la fe religiosa, el patriotismo y la pasión por la gloria.

 

Capítulo III: Los conductores de masas y sus medios de persuasión


1)- Los conductores de masas.
La necesidad instintiva de todos los seres que forman una masa de obedecer a un conductor – La psicología de los conductores de masas – Sólo ellos pueden conferirle fe a las masas y organizarlas – Los conductores forzosamente despóticos – Clasificación de los conductores – La parte desempeñada por la voluntad.

2)- Los medios de acción de los conductores.
Afirmación, repetición, contagio – La parte respectiva de estos diferentes factores – La forma en que el contagio puede expandirse desde las clases inferiores a las superiores en una sociedad – Una opinión popular pronto se convierte en una opinión general.

3)- Prestigio.
Definición de prestigio y clasificación de sus diferentes tipos – Prestigio adquirido y prestigio personal – Varios ejemplos – La forma en que el prestigio es destruido.


Estamos ahora familiarizados con la constitución mental de las masas y también sabemos cuales son los motivos capaces de impresionar sus mentes. Queda por investigar cómo estos motivos pueden ser puestos en acción y por quiénes pueden ser útilmente puestos en práctica.

1. Los conductores de masas

Ni bien se junta cierto número de seres vivientes, tanto sean animales como seres humanos, instintivamente se colocan bajo la autoridad de un jefe.

En el caso de las masas humanas el jefe con frecuencia no es nada más que un pandillero o un agitador, pero como jefe juega un papel importante. Su voluntad es el núcleo alrededor del cual obtienen identidad y se agrupan las opiniones de la masa. Constituye el primer elemento para la organización de masas heterogéneas y allana el camino para su organización en sectas. En el ínterin, las dirige. Una masa es un rebaño servil, incapaz de estar sin un amo.

El conductor con mucha frecuencia ha comenzado siendo uno de los conducidos. Él mismo ha sido hipnotizado por la idea en cuyo apóstol se ha convertido. Ha tomado posesión de él en tal grado que todo lo que está fuera de ella desaparece y toda opinión en contrario le parece un error o una superstición. Un ejemplo que hace al caso es el de Robespierre, hipnotizado por las ideas filosóficas de Rousseau y empleando los métodos de la Inquisición para propagarlas.

Los conductores de los cuales estamos hablando son con mayor frecuencia hombres de acción que pensadores. No están provistos de una clara capacidad de previsión, ni podrían estarlo ya que esta cualidad por lo general conduce a la duda y a la inactividad. Resultan reclutados especialmente de las filas de aquellas personas eternamente nerviosas, excitables, medio degeneradas que bordean la locura. Por más absurda que sea la idea que sustentan o la meta que persiguen, sus convicciones son tan fuertes que todo razonamiento es tiempo perdido con ellos. El rechazo y la persecución no los afectan, o bien sólo sirven para excitarlos aún más. Sacrifican su interés personal, su familia – todo. El mismo instinto de autoconservación está completamente bloqueado en ellos, y a tal punto que con frecuencia la única recompensa que solicitan es la del martirio. La intensidad de su fe le otorga un gran poder de sugestión a sus palabras. La multitud está siempre dispuesta a escuchar al hombre de fuerte voluntad que sabe como imponérsele. Las personas reunidas en una masa pierden toda fuerza de voluntad y se dirigen instintivamente hacia la persona que posee la cualidad de la que ellos carecen.

Las naciones nunca han carecido de conductores pero de ninguna manera la totalidad de ellos ha estado animada por aquellas firmes convicciones que son las propias de los apóstoles. Estos conductores son con frecuencia sutiles retóricos, que buscan solamente su propio interés personal tratando de persuadir mediante el halago a los bajos instintos. La influencia que pueden ejercer de esta manera puede ser muy grande pero es siempre efímera. Los hombres de ardiente convicción que han inspirado el alma de las masas, los Pedro el Ermitaño, los Lutero, los Savonarola, los hombres de la Revolución Francesa, sólo han ejercido su fascinación después de haber sido ellos mismos fascinados en primer lugar por un credo. Después de ello han sido capaces de hacer emerger en las almas de sus congéneres esa formidable fuerza conocida como fe que convierte al hombre en un absoluto esclavo de su sueño.

El despertar la fe – ya sea religiosa, política o social, ya sea la fe en una tarea, una persona o una idea – ha sido siempre la función de los grandes conductores de masas y es por ello que su influencia ha sido siempre muy grande. De todas las fuerzas a disposición de la humanidad, la fe ha sido siempre una de las más tremendas y el Evangelio con justa razón le atribuye el poder de mover montañas. El dotar a una persona con fe es multiplicar su fuerza por diez. Los grandes acontecimientos de la historia fueron producidos por oscuros creyentes quienes, aparte de su fe, tenían muy poco a su favor. No es con la ayuda de los instruidos, o de los filósofos, y menos aún de los escépticos, que surgieron las grandes religiones que convirtieron al mundo o los vastos imperios que se extendieron de un hemisferio a otro.

Sin embargo, en los casos citados tenemos a grandes conductores y éstos son tan escasos que la Historia los puede reconocer con facilidad. Forman la cúspide de una serie continua que se extiende desde estos poderosos amos de hombres hasta el trabajador que en la brumosa atmósfera de una posada lentamente fascina a sus camaradas martilleándole incesantemente en los oídos un conjunto reducido de frases, cuyo propósito apenas si comprende, pero cuya aplicación, de acuerdo con él, tiene que traer consigo seguramente la realización de todos los sueños y de todas las esperanzas.

En toda esfera social, desde la alta hasta la más baja, ni bien una persona deja de estar aislada, rápidamente cae bajo la influencia de un conductor. La mayoría de las personas, especialmente entre las masas, no posee ideas claras y razonadas sobre cualquier asunto, aparte de las relacionadas con su especialidad. El conductor les sirve de guía. Es tan sólo posible que pueda ser reemplazado por las publicaciones periódicas que fabrican opiniones para sus lectores proveyéndolos de frases hechas que les evitan el trabajo de razonar.

Los conductores de masas ostentan una autoridad muy despótica y este despotismo es, verdaderamente, una condición para obtener un séquito. Con frecuencia se ha destacado la facilidad con la que imponen obediencia de la sección más turbulenta de las clases trabajadoras a pesar de carecer de todo medio que respalde su autoridad. Fijan las horas de trabajo y los salarios, y decretan huelgas que comienzan y terminan a la hora que ellos ordenan.

En la actualidad, estos líderes y agitadores tienden más y más a usurpar el lugar de las autoridades públicas en la misma medida en que estas últimas permiten ser cuestionadas y disminuidas en fuerza. La tiranía de estos nuevos amos tiene por resultado que las masas los obedecen con mucha mayor docilidad que la que han tenido para con cualquier gobierno. Si, por cualquier accidente, los conductores son removidos de la escena, la masa retorna a su estado original de colectividad sin cohesión o fuerza de resistencia. Durante la última huelga de los empleados de los ómnibus de París, el arresto de los dos líderes que la dirigían fue instantáneamente suficiente para terminarla. No es la necesidad de libertad sino la de servidumbre la que siempre predomina en el alma de las masas. Están tan inclinadas a la obediencia que instintivamente se someten a quienquiera que declare ser su amo.

Estos pandilleros y agitadores pueden ser claramente divididos en dos clases. La primera incluye a los hombres enérgicos que poseen, aunque sólo intermitentemente, mucha fuerza de voluntad; la otra a aquellos, por lejos más escasos que los anteriores, cuya fuerza de voluntad es duradera. Los primeros son violentos, bravíos y audaces. Son especialmente más útiles para dirigir una empresa violenta decidida de improviso, para arrastrar consigo a las masas a pesar del peligro y a transformar en héroes a los hombres que hasta ayer no más eran reclutas. Hombres de este tipo fueron Ney y Murat bajo el Primer Imperio y un hombre así en nuestro tiempo fue Garibaldi, un aventurero sin talento pero enérgico que consiguió, con un puñado de hombres, hacerse del antiguo reino de Nápoles a pesar de que estaba defendido por un ejército disciplinado.

Aún así, a pesar de que la energía de los conductores de esta clase es una fuerza a tener en cuenta, resulta transitoria y apenas si sobrevive a la causa incitante que la ha puesto en juego. Una vez que han retornado al curso natural de sus vidas, los héroes animados por esta clase de energía frecuentemente evidencian, como fue el caso de quienes acabo de citar, la más asombrosa debilidad de carácter. Parecen ser incapaces de reflexión y de conducirse bajo las circunstancias más simples a pesar de que fueron capaces de conducir a otros. Estos hombres son conductores que no pueden ejercer su función excepto bajo la condición de ser conducidos ellos mismos y continuamente estimulados, teniendo siempre por inspiración a otro hombre, o a una idea, para poder seguir teniendo una línea de conducta claramente trazada. La segunda categoría de conductores, la de los hombres con una perdurable fuerza de voluntad, tiene, a pesar de un aspecto menos brillante, una influencia mucho más considerable. En esta categoría es dado hallar a los verdaderos fundadores de religiones y grandes empresas: San Pablo, Mahoma, Cristóbal Colón y de Lesseps, por ejemplo. Que sean inteligentes o de mente estrecha no tiene importancia; el mundo les pertenece. La persistente fuerza de voluntad que poseen es una facultad tremendamente rara y tremendamente poderosa ante la cual todo cede. No siempre se aprecia adecuadamente lo que una voluntad fuerte y continua es capaz de lograr. Nada se le resiste; ni la naturaleza, ni los dioses, ni los hombres.

El ejemplo más reciente de lo que puede lograrse por medio de una voluntad fuerte y continua nos lo ofrece el ilustre hombre que separó los mundos Occidental y Oriental, logrando lo que durante tres mil años había sido intentado en vano por los más grandes soberanos. Más tarde falló en una empresa idéntica, pero allí ya intervino la avanzada edad ante la cual todo, incluso la voluntad, sucumbe.

Cuando se desea mostrar lo que puede ser logrado a pura fuerza de voluntad, todo lo que se necesita hacer es relatar en detalle la historia de las dificultades que tuvieron que ser vencidas durante la construcción del Canal de Suez. Un testigo ocular, el Dr. Cazalis, ha resumido en algunas impactantes líneas toda la historia de esta gran trabajo citando las palabras de su inmortal autor.

Día por día, episodio por episodio, relató la estupenda historia del canal. Relató todo lo que tuvo que vencer, lo imposible que tuvo que hacer posible, la oposición que encontró, la coalición que se formó en su contra y los desencantos, los reveses y las derrotas que no consiguieron descorazonarlo o deprimirlo. Recordó como Inglaterra lo había combatido atacándolo sin cesar, como Egipto y Francia habían vacilado, cómo el Cónsul francés se había destacado por su oposición durante las primeras etapas de la obra y la naturaleza de la oposición con la cual se encontró; del intento de hacer que sus obreros desertaran negándoles el agua fresca; cómo el Ministro de Marina y los ingenieros – todos hombres responsables y con entrenamiento científico – habían sido todos naturalmente hostiles, convencidos sobre bases científicas que el desastre era inminente, calculando su ocurrencia, prediciéndolo como se prevé el día y la hora de un eclipse.

El libro que relatase la vida de todos estos grandes conductores no contendría muchos nombres, pero estos nombres se conectan con los sucesos más importantes de la historia de la civilización.

2. Los medios de acción de los conductores: afirmación, repetición, contagio.

Cuando se quiere exaltar a una masa por un corto período de tiempo, inducirla a cometer un acto de cualquier naturaleza – saquear un palacio, o morir en defensa de una fortaleza o una barricada, por ejemplo – hay que actuar sobre la masa por medio de sugestiones rápidas entre las cuales el ejemplo es el de más poderoso efecto. Para lograr este fin, sin embargo, es necesario que la masa haya sido previamente preparada por ciertas circunstancias y, sobre todo, que quien desea operar sobre ella posea la cualidad que se estudiará más adelante y a la cual le he dado el nombre de prestigio.

Sin embargo, cuando el propósito es el de imbuir la mente de una masa con ideas y creencias – por ejemplo, con teorías sociales modernas – los conductores recurren a expedientes diferentes. Los principales de ellos son tres y se definen claramente: afirmación, repetición, contagio. Su acción es algo lenta, pero sus efectos, una vez producidos, resultan muy duraderos.

La afirmación pura y simple, mantenida libre de todo razonamiento y de toda prueba, es uno de los medios más seguros de hacer que una idea entre en la mente de las masas. Mientras más concisa sea la afirmación, mientras más carente de cualquier apariencia de prueba y demostración, mayor peso tendrá. Los libros religiosos y los códigos legales de todas las épocas siempre recurrieron a la afirmación simple. Estadistas en tren de defender una causa política y comerciantes promoviendo la venta de sus productos mediante anuncios, están todos familiarizados con el valor de la afirmación.

Sin embargo, la afirmación no tiene influencia real a menos que sea constantemente repetida y, en la medida de lo posible, en los mismos términos. Creo que fue Napoleón quien dijo que hay una sola figura en retórica que tiene verdadera importancia: la repetición. La cosa afirmada se fija por repetición en la mente de tal manera que al final es aceptada como si fuese una verdad demostrada.

La influencia de la repetición sobre las masas se hace comprensible cuando se ve el poder que ejerce sobre las mentes más ilustradas. Este poder se debe a al hecho que la afirmación repetida se incrusta a la larga en aquellas profundas regiones de nuestro ser inconsciente en las cuales se forjan las motivaciones de nuestros actos. Al cabo de cierto tiempo ya hemos olvidado quién fue el autor de la afirmación repetida y terminamos por creerla. A esta circunstancia obedece el asombroso poder de los avisos. Cuando hemos leído cien, mil veces que el chocolate X es el mejor, nos imaginamos haberlo oído en muchos lugares y terminamos adquiriendo la certeza de que así es. Después de haber leído mil veces que el polvo de Y ha curado a las personas más ilustres de las enfermedades más agudas, nos sentimos tentados por lo menos a probarlo si sufrimos una enfermedad de características similares. Si siempre leemos en los mismos diarios que A es un corrupto total y que B es un hombre absolutamente honesto, terminamos convencidos de que es verdad, a menos que, por supuesto, se nos dé a leer otro diario de tendencia contraria en el cual las calificaciones se hallen invertidas. Sólo la afirmación y la repetición son lo suficientemente poderosas como para combatirse mutuamente.

Cuando una afirmación ha sido suficientemente repetida y hay unanimidad en esta repetición – como ha ocurrido en el caso de ciertas famosas operaciones financieras lo suficientemente ricas como para comprar todo apoyo – se forma lo que se llama una opinión establecida e interviene el poderoso mecanismo del contagio. Ideas, sentimientos, emociones y creencias poseen en las masas un poder de contagio tan intenso como el de los microbios. Este fenómeno es muy natural, ya que es observable hasta en animales cuando están juntos en gran número. Si en un establo un caballo comienza a morder a su dueño, los demás caballos lo imitarán. El pánico que ha atacado a unas pocas ovejas pronto se contagiará a todo el rebaño. En el caso de seres humanos apiñados en una muchedumbre, todas las emociones son fuertemente contagiosas, lo cual explica el carácter súbito de los pánicos. Desórdenes mentales, como la locura, son en si mismos contagiosos. Es notoria la frecuencia de la locura entre médicos que son especialistas en demencia. Más aún, hay formas de desorden mental recientemente descriptas – la agorafobia por ejemplo – que son transmisibles del hombres a los animales.

Para que los individuos sucumban al contagio no es indispensable su presencia simultánea en el mismo lugar. La acción del contagio puede hacerse sentir a la distancia bajo la influencia de eventos que le otorgan a todas las mentes una tendencia precisa y las características peculiares de las masas. Este es especialmente el caso cuando las mentes de las personas han sido preparadas para someterse a la influencia en cuestión por aquellos factores remotos que he estudiado más arriba. Un ejemplo de ello es el movimiento revolucionario de 1848 el cual, después de estallar en París, se extendió rápidamente por gran parte de Europa y sacudió a numerosos tronos.

La imitación, a la que tanta influencia se le atribuye en los fenómenos sociales, no es, en realidad, más que un simple efecto del contagio. Habiendo expuesto su influencia en otro lugar, me limitaré a reproducir lo que manifesté sobre el tema hace quince años. Desde entonces, mis observaciones han sido desarrolladas por otros autores en publicaciones recientes.

El hombre, como los animales, posee una tendencia natural a la imitación. La imitación es una necesidad para él, siempre que la imitación sea bastante fácil. Es esta necesidad lo que hace tan poderosa la influencia de lo que se llama la moda. Tanto si es cuestión de opiniones, ideas, manifestaciones literarias, o simplemente de vestimentas, ¿cuántas personas son lo suficientemente audaces para ir en contra de la moda? Las masas son guiadas por ejemplos y no por argumentos. En todo período existe un pequeño número de individualidades que actúan sobre el resto y son imitados por la masa inconsciente. Es necesario, sin embargo, que estas individualidades no se hallen en un desacuerdo demasiado pronunciado con las ideas preexistentes. Si lo estuviesen, el imitarlas sería demasiado difícil y su influencia sería nula. Por esta misma razón también los europeos, a pesar de todas las ventajas de su civilización, tienen una influencia tan insignificante sobre los pueblos orientales; se diferencian de ellos en una medida demasiado grande. (Los orientales copiaron nuestra tecnología y no nuestra cultura sencillamente porque nuestra tecnología era más útil y más fácil de copiar. Ahora algunas modas en Occidente tratan de copiar la cultura de ellos porque, en nuestra decadencia cultural, la de ellos nos resulta más simple, más sencilla y más fácil a nosotros. (N. del T.))

La acción dual del pasado y la imitación recíproca hacen, en el largo plazo, tan similares a todas las personas de un país y de una misma época que, incluso en el caso de individuos que parecerían destinadas a escapar de esta influencia, tales como filósofos, personas instruidas y hombres de letras, el pensamiento y el estilo presentan un aire familiar que permite reconocer inmediatamente la época a la cual pertenecen. No es necesario hablar durante mucho tiempo con un individuo para obtener un conocimiento exhaustivo sobre qué es lo que lee, sus ocupaciones habituales y el entorno en el cual vive.” [ [19] ]

El contagio es tan poderoso que impone a ciertos individuos no solamente determinadas opiniones sino también ciertas modas en el sentimiento. El contagio es la causa del rechazo que determinadas obras producen en cierto momento – el caso de “Tannhäuser” puede ser citado – las cuales, unos pocos años más tarde, son admiradas por la misma razón y por los mismos que más las criticaban.

Las opiniones y las creencias de las masas son especialmente propagadas por contagio, pero nunca por razonamiento. Las concepciones actualmente predominantes entre las clases trabajadoras han sido adquiridas en las tabernas y son el resultado de afirmaciones, repeticiones y contagios siendo que, en realidad, el modo en que surgen las creencias de las masas de todas las épocas apenas si ha sido jamás distinto. Renan instituye con certeza una comparación entre los primeros fundadores del cristianismo y “los trabajadores socialistas difundiendo sus ideas de taberna en taberna”; mientras que Voltaire ya había observado en relación con la religión cristiana que “por más de cien años sólo fue abrazada por la chusma más vil.

Se observará que en los casos análogos a los que acabo de citar, el contagio, después de haber operado sobre las clases populares, se extendió a las clases más altas de la sociedad. Esto es lo que vemos ocurrir actualmente con las doctrinas socialistas que están empezando a ser sostenidas por quienes serán sus primeras víctimas. El contagio es una fuerza tan poderosa que hasta el sentido del interés personal desaparece bajo su influencia.

Esta es la explicación al hecho de que toda opinión adoptada por el populacho siempre tiende a implantarse con gran vigor en los estratos sociales más altos, por más obvia que sea la absurdidad de la opinión triunfante. Esta reacción de las clases bajas sobre las altas es tan curiosa por la circunstancia de que las creencias de la masa siempre tienen su origen, en mayor o en menor medida, en alguna idea superior que muchas veces ha quedado sin influencia en la esfera en la cual ha surgido. Líderes y agitadores, subyugados por esta idea, se aferran a ella, la distorsionan y crean una secta que la distorsiona de nuevo, luego de lo cual la propagan entre las masas que llevan la deformación aún más lejos. Una vez convertida en verdad popular, la idea en cierto modo vuelve a sus fuentes y ejerce una influencia sobre la clase superior de una nación. A la larga es la inteligencia la que le da forma al destino del mundo, pero de un modo muy indirecto. Los filósofos que desarrollan ideas se can convertido en polvo hace rato para cuando, como resultado del proceso que acabo de describir, el fruto de sus reflexiones termina por triunfar.

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