Gustave le bon



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3. Prestigio

Las ideas propagadas por afirmación, repetición y contagio reciben un gran poder debido a la circunstancia que, con el tiempo, adquieren esa misteriosa fuerza conocida como prestigio.

Todo lo que ha tenido poder de gobierno en el mundo, ya fuesen ideas u hombres, ha impuesto su autoridad mayormente por medio de esa fuerza irresistible expresada por la palabra “prestigio”. El término es uno de ésos cuyo significado puede ser comprendido por cualquiera, pero la palabra resulta empleada de maneras demasiado diferentes como para que sea fácil definirla. El prestigio puede involucrar sentimientos tales como admiración o temor. Ocasionalmente incluso estos sentimientos constituyen su base, pero puede perfectamente existir sin ellos. La mayor medida de prestigio es la que poseen los muertos, esto es, seres a los que no tememos –Alejandro, César, Mahoma o Buda, por ejemplo. Por el otro lado, existen seres ficticios a los cuales no admiramos – las monstruosas divinidades de los templos subterráneos de la India, por ejemplo – pero que no obstante nos impactan con un gran prestigio.

El prestigio, en realidad, es una suerte de dominio ejercido sobre nuestra mente por un individuo, una obra, o una idea. Este dominio paraliza enteramente nuestra facultad crítica y llena nuestro espíritu con asombro y respeto. El sentimiento provocado es inexplicable, como todos los sentimientos, pero parecería ser del mismo tipo que la fascinación ejercida sobre una persona hipnotizada. El prestigio es la fuente principal de toda autoridad. Ni dioses, ni reyes, ni mujeres han jamás reinado sin él.

Las distintas clases de prestigio pueden ser agrupadas bajo dos encabezamientos principales: prestigio adquirido y prestigio personal. El prestigio adquirido es el que resulta del nombre, la fortuna y la reputación. Puede ser independiente del prestigio personal. Por el contrario, el prestigio personal es algo esencialmente peculiar del individuo; puede coexistir con reputación, gloria y fortuna, o ser reforzada por ellas, pero es perfectamente capaz de existir en su ausencia.

El prestigio adquirido o artificial es, por mucho, el más común. El simple hecho de que un individuo ocupe una posición, posea cierta fortuna, u ostente ciertos títulos, lo imbuye de prestigio por más ínfimo que sea su valía personal. Un soldado uniformado, un juez con su túnica, siempre gozarán de prestigio. Pascal muy acertadamente ha notado la necesidad de que los jueces tengan túnicas y pelucas. Sin ellas estarían privados de la mitad de su autoridad. El socialista más recalcitrante siempre está algo impresionado a la vista de un príncipe o de un marqués y la usurpación de esos títulos siempre ha hecho de la estafa a los comerciantes una cuestión fácil. [ [20] ]

El prestigio del cual acabo de hablar es el ejercido por personas. En forma paralela se puede considerar el ejercido por opiniones, obras literarias y artísticas, etc. El prestigio de esta última clase es muchas veces tan sólo el resultado de repeticiones acumuladas. La Historia, especialmente la Historia literaria y artística, al no ser más que la reiteración de juicios idénticos que nadie se atreve a verificar, termina siendo lo que todo el mundo repite porque lo aprendió en la escuela, con nombres y cosas con las que nadie se atreve a meterse. Es innegable que, para el lector moderno, un estudio sobre Homero resulta tremendamente aburrido; pero ¿quién se atrevería a confesarlo? El Partenón en su estado actual es una ruina desolada, completamente carente de interés, pero está revestido de tal prestigio que no se nos aparece como realmente es sino con todo su cortejo de memorias históricas. La característica especial del prestigio es impedirnos ver las cosas como son y el paralizar por completo nuestro juicio. Las masas siempre, y los individuos por regla general, tienen necesidad de opiniones preestablecidas sobre todas las materias. La popularidad de estas opiniones es independiente de la medida de verdad o error que puedan contener y está regulada solamente por su prestigio.

Y llegamos ahora al prestigio personal. Su naturaleza es muy diferente del prestigio artificial o adquirido al que me acabo de referir. Es una facultad independiente de todos los títulos, de toda autoridad, y la posee un reducido número de personas a las cuales les permite ejercer una fascinación magnética sobre quienes las rodean, aún cuando socialmente sean sus iguales y carezcan de todos los usuales medios de dominación. Estas personas fuerzan la aceptación de sus ideas y sentimientos sobre quienes las rodean y resultan obedecidas como lo es la más mansa de las bestias salvajes por el animal que fácilmente podría devorarla.

Los grandes líderes de masas como Buda, Jesús, Mahoma, Juana de Arco y Napoleón poseyeron esta forma de prestigio en un alto grado y la posición que adquirieron se debe muy particularmente a este don. Los dioses, los héroes y los dogmas se abren camino en el mundo por su propia fuerza interior. No están para ser discutidos. Incluso desaparecen ni bien se los discute.

Los grandes personajes que acabo de mencionar poseyeron su poder de fascinación mucho antes de convertirse en ilustres y nunca se hubieran convertido en ilustres sin este poder. Es evidente, por ejemplo, que Napoleón, en la cumbre de su gloria, gozó de un enorme prestigio por el simple hecho de su poder, pero ya estaba imbuido de este prestigio cuando se hallaba sin poder y era completamente desconocido. Cuando, en calidad de oscuro general y gracias a la influencia de sus contactos, fue enviado a comandar el Ejército de Italia, se encontró con rudos generales que estaban predispuestos a darle una recepción hostil a ese joven intruso que les había sido endosado por el Directorio. Desde el mismo principio, desde la primer entrevista, sin recurrir a discursos, gestos o amenazas, a la primera vista del hombre que habría de ser grande, quedaron derrotados. Taine suministra un curioso relato de esta entrevista, tomado de memorias contemporáneas.

Los generales de división, entre otros Augereu – especie de bucanero, incivil y heroico, orgulloso de su altura y de su coraje –  arriban al cuartel general muy mal predispuestos en contra del pequeño arribista que les ha sido despachado desde París. Sobre la base de la descripción que les ha sido dada, Augereau está inclinado a ser insolente e insubordinado; es un favorito de Barras, un general que debe su rango a los eventos del Vendimiario, alguien que se ha ganado el grado con peleas callejeras, alguien que es considerado parecido a un oso porque siempre está pensando en soledad, es de pobre aspecto y tiene reputación de matemático y de soñador. Se presentan y Bonaparte los hace esperar. Por fin aparece, espada al cinto, se pone su sombrero, explica las medidas que ha tomado, da sus órdenes y los despide. Augereau ha permanecido en silencio. Sólo cuando está afuera es que vuelve en si y es capaz de proferir sus acostumbradas maldiciones. Le admite a Massena que este pequeño demonio de general lo ha llenado de pavor; no puede comprender la causa por la cual, desde el primer momento, se ha sentido apabullado.

Una vez convertido en gran hombre, su prestigio aumentó en la misma proporción en que crecía su gloria y al final terminó siendo al menos igual al de una divinidad en los ojos de quienes le eran devotos. El general Vandamme, un rudo, típico soldado de la Revolución, aún más brutal y enérgico que Augereau, le dijo al mariscal d’Arnano en 1815 cuando en una ocasión subían juntos las escaleras de las Tullerías: “Ese demonio de hombre ejerce sobre mi una fascinación que no puedo explicarme ni siquiera a mi mismo y en tal medida que, incluso no teniéndole miedo ni a Dios ni al diablo, cuando estoy en su presencia estoy a punto de temblar como un niño y él podría hacerme pasar por el ojo de una aguja haciendo que me arroje al fuego.

Napoleón ejercía una fascinación similar sobre todos los que entraban en contacto con él. [ [21] ]

Davoust solía decir, hablando de la devoción de Maret y de la suya propia: “Si el Emperador nos hubiera dicho: ‘Es importante en el interés de mi política que París sea destruida sin dejar escapar o salir a una sola persona’ Maret y yo seguramente hubiéramos mantenido el secreto, pero él no se hubiera abstenido de comprometerlo haciendo que su familia dejase la ciudad. Por el contrario yo, por miedo a dejar filtrar la verdad, hubiera dejado que mi mujer y mis hijos se quedaran”.

Es necesario tener presente el extraordinario poder ejercido por una fascinación de este orden para comprender ese maravilloso regreso de la isla de Elba, esa conquista relampagueante de Francia por un hombre aislado enfrentando todas las fuerzas organizadas de un gran país que podía suponerse cansado de su tiranía. Tuvo solamente que echar una mirada a los generales enviados para detenerlo y que habían jurado cumplir con su misión. Todos se sometieron sin discusión.

Napoleón – escribe el general inglés Wolseley – desembarcó en Francia casi solo, como fugitivo de la pequeña isla de Elba que era su reino, y consiguió en unas pocas semanas, sin derramamientos de sangre, subvertir toda autoridad en la Francia organizada bajo su legítimo rey. ¿Es posible para el ascendiente personal de un hombre el afirmarse de una manera más asombrosa? Pero, desde el principio hasta el final de su campaña, que fue la última, ¡qué notable que es también el ascendiente que ejerció sobre los Aliados, obligándolos a seguir su iniciativa, y qué cerca estuvo de aplastarlos!

Su prestigio le sobrevivió y continuó creciendo. Fue su prestigio que convirtió en emperador a su oscuro sobrino. El poder que su memoria tiene todavía puede verse en la resurrección de su leyenda que sigue aumentando aún al día de hoy. Maltrata a los hombres como quieras, masácralos por millones, conviértete en causa de invasión sobre invasión, todo te estará permitido si posees prestigio en un grado suficiente y el talento necesario para sostenerlo.

He invocado, sin duda, un ejemplo bastante excepcional de prestigio, pero uno que fue útil para dejar en claro la génesis de grandes religiones, grandes doctrinas y grandes imperios. Si no fuera por el poder ejercido sobre las masas por el prestigio, esos crecimientos serían incomprensibles.

Sin embargo, el prestigio no se basa solamente sobre el ascendiente personal, la gloria militar o el terror religioso. Puede tener un origen más modesto y aún así ser considerable. Nuestro siglo ofrece varios ejemplos. Uno de los más impactantes, que la posteridad recordará de época en época, será el ofrecido por la historia del ilustre hombre que modificó la cara del globo y las relaciones comerciales separando a dos continentes. Tuvo éxito en esta empresa gracias a su fuerza de voluntad, pero también debido a la fascinación que ejerció sobre todos los que lo rodeaban. Para sobreponerse a la unánime oposición que enfrentó, sólo tenía que mostrarse. Hablaría brevemente y, ante el encanto que ejercía, sus oponentes se convertían en sus amigos. Particularmente los ingleses se opusieron fuertemente a sus planes y sólo tuvo que aparecerse por Inglaterra para cosechar todos los votos. En años posteriores, cuando pasó por Southampton, se hicieron sonar las campanas a su paso y hasta el día de hoy existe un movimiento en Inglaterra para erigir una estatua en su honor.

Habiendo vencido todo lo que hay para vencer, personas y cosas, pantanos, rocas y desiertos arenosos” dejó de creer en obstáculos y deseó repetir a Suez otra vez en Panamá. Comenzó de nuevo con los mismos métodos de antaño, pero había envejecido y, aparte de ello, la fe que mueve montañas no las mueve si son demasiado altas. Las montañas resistieron y la catástrofe que sobrevino destruyó la brillante aureola de gloria que envolvía al héroe. Su vida enseña como el prestigio puede crecer y cómo puede desvanecerse. Después de rivalizar con los más grandes héroes de la Historia, fue rebajado por los magistrados de su país al nivel de los más viles criminales. Cuando murió, su féretro, desatendido, pasó por una muchedumbre indiferente. Sólo soberanos extranjeros rinden homenaje a su memoria como a uno de los más grandes hombres que la Historia ha conocido. [ [22] ]

Aún así, los diversos ejemplos que acaban de ser mencionados siguen representando casos extremos. Para fijar en detalle la psicología del prestigio, sería necesario ubicarlos en el extremo de una serie que abarcaría desde los fundadores de las religiones e imperios hasta el individuo privado que consigue asombrar a sus vecinos con un nuevo sobretodo o una nueva decoración.

Entre estos límites extremos de la serie tendrían su lugar todas las formas de prestigio que resultan de los diferentes elementos que componen una civilización – ciencias, artes, literatura, etc. – y se vería que el prestigio constituye un elemento fundamental de la persuasión. Conscientemente o no, el ser, la idea o la cosa que posee prestigio es inmediatamente imitada como consecuencia del contagio y obliga a toda una generación a adoptar ciertos modos de sentir o de expresar su pensamiento. Esta imitación es, además y por regla, inconsciente, lo cual explica que sea perfecta. Los pintores modernos que copian la pálida coloración y las rígidas actitudes de algunos primitivos son escasamente conscientes de las fuentes de su inspiración. Creen en su propia sinceridad mientras que, si un maestro famoso no hubiera revivido esta forma de arte, las personas hubieran permanecido ciegas a todo excepto a sus aspectos pueriles e inferiores. Aquellos artistas que, a la manera de otro ilustre maestro, inundan sus telas con sombras violetas no ven en la naturaleza más violeta que el que fue detectado en ella hace cincuenta años; pero están influenciados, “sugestionados”, por las impresiones personales y especiales de un pintor que, a pesar de su excentricidad, tuvo éxito en adquirir un gran prestigio. Ejemplos similares podrían ser traídos a colación en relación con todos los elementos de la civilización.

De lo que antecede se ve que son varios los factores que pueden estar relacionados con la génesis del prestigio; entre ellos el éxito ha sido siempre uno de los más importantes. Toda persona exitosa, toda idea que se impone, cesa, ipso facto, de ser cuestionada. La prueba de que el éxito es uno de los principales peldaños al prestigio es que la desaparición de uno casi siempre es seguida de la desaparición del otro. El héroe a quien la masa aclamó ayer es insultado hoy si ha sido víctima del fracaso. Más aún, la reacción será proporcionalmente tanto más grande mientras más alto haya sido el prestigio. En este caso la masa considera al héroe como a un igual y se toma su venganza por haberse inclinado ante una superioridad cuya existencia ya no admite más. Mientras Robespierre impulsó la ejecución de sus colegas y la de un gran número de sus contemporáneos, poseyó un inmenso prestigio. Cuando la transposición de unos pocos votos le quitó el poder, inmediatamente perdió su prestigio y la masa lo siguió a la guillotina con exactamente las mismas imprecaciones con las que poco antes había perseguido a sus víctimas. Los creyentes siempre rompen las estatuas de sus dioses anteriores con cada síntoma de furia.

El prestigio perdido por falta de éxito desaparece en poco tiempo. También puede gastarse, pero más lentamente, por quedar sujeto a discusión. Este último poder, sin embargo, es extremadamente seguro. Desde el momento en que el prestigio se cuestiona, deja de ser prestigio. Los dioses y los hombres que han mantenido su prestigio durante mucho tiempo jamás han tolerado la discusión. Para que la masa admire, hay que mantenerla a distancia.

 

Capítulo IV: Limitaciones de la variabilidad de las creencias y las opiniones de las masas


1. Creencias fijas.
La invariabilidad de ciertas creencias generales – Dan forma al curso de la civilización – La dificultad de desarraigarlas – En qué sentido la intolerancia es una virtud en un pueblo.

2. Las opiniones variables de las masas.
La extrema movilidad de las opiniones que no surgen de creencias generales – Aparentes variaciones de ideas y creencias en menos de un siglo – Los verdaderos límites de estas variaciones – Las materias afectadas por la variación – La desaparición en la actualidad en el progreso de creencias generales y la extrema difusión de la prensa diaria tienen por resultado que las opiniones son hoy en día más y más cambiantes – Por qué las opiniones de las masas tienden, en la mayoría de los asuntos, hacia la indiferencia – Los gobiernos, actualmente sin el poder de dirigir la opinión como antes lo hacían – Las opiniones, impedidas de volverse tiránicas actualmente debido a su excesiva divergencia.


1. Creencias fijas

Existe un estrecho paralelo entre las características anatómicas y psicológicas de los seres vivientes. Entre estas características anatómicas se encuentran ciertos elementos invariables, o sólo levemente variables, para cuyo cambio se requiere el transcurso de eras geológicas. Al lado de estas características fijas, indestructibles, se encuentran otras extremadamente cambiantes que el arte del criador o el hortelano pueden modificar con facilidad y a veces a tal extremo de ocultar las características fundamentales a un observador completamente desprevenido.

El mismo fenómeno se observa en el caso de características morales. Al lado de los elementos psicológicos inalterables de una raza, se encuentran elementos móviles y cambiantes. Por esta razón, al estudiar las creencias y las opiniones de un pueblo, siempre se detecta la presencia de un basamento fijo sobre el cual se extienden opiniones tan cambiantes como la arena superficial sobre una roca.

Las opiniones y las creencias de las masas pueden ser divididas, entonces, en dos clases muy diferentes. Por un lado tenemos las grandes creencias permanentes que perduran por varios siglos y sobre las cuales toda una civilización puede descansar. Tales fueron en el pasado, por ejemplo, el feudalismo, la cristiandad y el protestantismo, y tales son en nuestro tiempo el principio nacional y las ideas democráticas y sociales. Por el otro lado, están las opiniones transitorias, cambiantes, resultantes, por regla, de concepciones generales, a las cuales toda época ve nacer y desaparecer. Ejemplos de ellas son las teorías que modelan la literatura y las artes – aquellas, por ejemplo, que produjeron el romanticismo, el naturalismo, el misticismo, etc. Opiniones de este orden son, por regla general, tan superficiales y cambiantes como la moda. Pueden ser comparadas con las ondas que incesantemente aparecen y desaparecen en la superficie de un lago profundo.

Las grandes creencias generalizadas son muy restringidas en número. Su surgimiento y caída marcan los puntos culminantes de la Historia de cada raza histórica. Constituyen el verdadero marco de la civilización.

Es fácil imbuir la mente de las masas con una opinión pasajera, pero muy difícil implantar en ellas una creencia perdurable. Sin embargo, una creencia como esta última, una vez establecida, es igualmente difícil de desarraigar. Por lo general, sólo puede ser cambiada al precio de violentas revoluciones.  Y hasta las revoluciones pueden servir sólo cuando la creencia ha perdido casi completamente su influencia sobre las mentes de los hombres. En un caso así, las revoluciones sirven para terminar de barrer a un lado aquello que ya ha sido casi desechado pero que la fuerza del hábito impide abandonar por completo. El comienzo de una revolución es, en realidad, el fin de una creencia.

El momento preciso en que una gran creencia es condenada resulta fácilmente reconocible; es el momento en que su valor comienza a ser cuestionado. Toda creencia general, siendo poco más que una ficción, sólo puede sobrevivir bajo la condición de que no sea sujeta a examen.

Pero, aún cuando una creencia se halle severamente sacudida, las instituciones a las cuales ha dado lugar retienen su fuerza y desaparecen sólo lentamente. Finalmente, cuando la creencia ha perdido completamente su poder, todo lo que descansaba sobre ella pronto se convierte en ruinas. Hasta ahora, una nación jamás fue capaz de cambiar sus creencias sin quedar al mismo tiempo condenada a transformar todos los elementos de su civilización. La nación continúa este proceso de transformación hasta que ha dado a luz y aceptado una nueva creencia general. Hasta este punto, estará forzosamente en un estado de anarquía. Las creencias generales son los pilares indispensables de las civilizaciones; determinan la tendencia de las ideas. Sólo ellas son capaces de inspirar la fe y de crear un sentido del deber.

Las naciones han sido siempre conscientes de la utilidad de adquirir creencias generales y han entendido inconscientemente que su desaparición sería la señal de su propia declinación. En el caso de los romanos, el culto fanático de Roma fue la creencia que los hizo dueños del mundo, y cuando esa creencia se desgastó, Roma quedó condenada a morir. Y en cuanto a los bárbaros que destruyeron la civilización romana, fue solamente luego de que adquiririeran ciertas creencias comúnmente aceptadas que lograron una cierta medida de cohesión y emergieron de la anarquía.

Evidentemente no es por nada que las naciones siempre han manifestado intolerancia en la defensa de sus opiniones. Esta intolerancia, por más abierta que esté a la crítica desde el punto de vista filosófico, represente en la vida de un pueblo la más necesaria de las virtudes. Fue por fundar o sostener creencias generales que tantas víctimas fueron enviadas a la hoguera en la Edad Media y tantos inventores e innovadores murieron en la desesperación aún cuando hayan escapado del martirio. También es en defensa de tales creencias que el mundo ha sido el escenario de los más graves desórdenes y que tantos millones de hombres han muerto y seguirán muriendo sobre el campo de batalla.

Existen grandes dificultades en la manera de establecer una creencia general, pero, cuando la misma está definitivamente implantada, su poder es invencible por un largo tiempo y se impone sobre las más luminosas inteligencias por más falsa que sea filosóficamente. ¿No han acaso los pueblos europeos considerado incontrovertibles por más de quince siglos leyendas religiosas que, examinadas de cerca, eran tan bárbaras [ [23] ] como las de Moloch? El pavoroso absurdo de la leyenda de un Dios que se toma venganza por la desobediencia de una de sus criaturas inflingiendo horribles torturas a su hijo ha permanecido sin ser percibida durante muchos siglos. Genios tan potentes como un Galileo, un Newton y un Leibnitz nunca supusieron ni por un instante que la verdad de tales dogmas podría llegar a ser cuestionada. No hay nada que pueda ser más carácterístico del efecto hipnótico de las creencias generales que este hecho, pero, al mismo tiempo, nada puede marcar más decisivamente las humillantes limitaciones de nuestra inteligencia.

Tan pronto como un nuevo dogma es implantado en la mente de las masas, se convierte en la fuente de inspiración de la cual evolucionan sus instituciones, sus artes y su modo de existencia. Bajo estas circunstancias, el influjo que ejerce sobre la mente de los hombres es absoluto. Los hombres de acción no tienen pensamiento alguno más allá del de realizar la creencia aceptada, los legisladores no van mas allá de aplicarla mientras que filósofos, artistas y hombres de letras se ocupan solamente de expresarla bajo varias formas.

De la creencia fundamental pueden surgir ideas accesorias pasajeras, pero siempre llevarán la impronta de la creencia de la cual han surgido. La civilización egipcia, la civilización europea de la Edad Media, la civilización musulmana de los árabes, son todas el resultado de un pequeño número de creencias religiosas que han dejado su huella hasta en los menos importantes elementos de estas civilizaciones permitiendo así su inmediato reconocimiento.

Es así que, gracias a las creencias generales, los hombres de todas las épocas están envueltos en una red de tradiciones, opiniones y costumbres que los vuelven semejantes y de cuyo yugo no pueden liberarse. Las personas son guiadas en sus conductas sobre todo por sus creencias y por las costumbres que son la consecuencia de esas creencias. Estas creencias y costumbres regulan los más pequeños actos de nuestra existencia y el espíritu más independiente no puede escapar a su influencia. La tiranía ejercida inconscientemente sobre la mente de los hombres es la única tiranía real porque no puede ser combatida. Tiberio, Gengis Khan y Napoleón fueron seguramente grandes tiranos pero, desde la profundidad de sus tumbas, Moisés, Buda, Jesús y Mahoma han ejercido sobre el alma humana un despotismo por lejos más profundo. Una conspiración puede derrocar a un tirano, pero ¿qué puede hacer contra una creencia firmemente establecida? En su violenta lucha contra el Catolicismo Romano, la Revolución Francesa ha sido derrotada y esto a pesar del hecho que la simpatía de la masa estaba aparentemente de su lado, y a pesar de haber recurrido a medidas destructivas tan despiadadas como las de la Inquisición. Los únicos verdaderos tiranos que la humanidad ha conocido han sido siempre el recuerdo de sus muertos y las ilusiones que se ha forjado.

El absurdo filosófico que con frecuencia distingue a las creencias generales nunca ha sido un obstáculo para su triunfo. Más aún: el triunfo de tales creencias parecería imposible sin la condición de ofrecer algún absurdo misterioso. Consecuentemente, la evidente debilidad de las creencias socialistas de la actualidad no impedirá que triunfen entre las masas. Su real inferioridad frente a todas las creencias religiosas consiste solamente en que el ideal de felicidad prometido por estas últimas, al ser realizable tan sólo en una vida futura, ha estado más allá del poder de refutación de cualquiera. El ideal socialista de felicidad, al estar orientado a ser concretado sobre la tierra, hará que la vanidad de sus promesas aparezca ni bien se realicen los primeros esfuerzos por realizarlo y, simultáneamente, la nueva creencia perderá enteramente su prestigio. Su fuerza, por consiguiente, sólo crecerá hasta el día en que, habiendo triunfado, comience su realización práctica. Por esta razón, mientras la nueva religión ejerce al comienzo, como todas las que la han precedido, una influencia destructiva, en el futuro no será capaz de jugar un papel creativo.

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