Gustave le bon



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2. Las opiniones variables de las masas.

Sobre el sustrato de creencias fijas cuyo poder acabamos de demostrar, se encuentra una capa superior en la que opiniones, ideas y pensamientos surgen y mueren incesantemente. Algunas existen tan sólo por un día, otras, más importantes, apenas si sobreviven a una generación. Ya hemos destacado que los cambios que sobrevienen en las opiniones de este orden son a veces mucho más superficiales que reales y que siempre están influidos por consideraciones raciales. Al examinar, por ejemplo, las instituciones políticas de Francia mostramos como partidos en apariencia muy diferentes – realistas, radicales, imperialistas, socialistas, etc. – poseen un ideal absolutamente idéntico y que este ideal depende exclusivamente de la estructura mental de la raza francesa puesto que un ideal bastante contrario se encuentra bajo nombres análogos entre otras razas. Ni los nombres dados a las opiniones, ni sus engañosas adaptaciones alteran la esencia de las cosas. Los hombres de la Gran Revolución, saturados de literatura latina, quienes (con los ojos fijos en la república de Roma) adoptaron sus leyes, sus fasces, y sus togas, no se convirtieron en romanos por estar bajo el imperio de una poderosa sugestión histórica. La misión del filósofo es la de investigar qué es lo que subsiste de las creencias antiguas debajo de sus aparentes cambios e identificar, entre el flujo móvil de las opiniones, la parte determinada por las creencias generales del genio de la raza.

En ausencia de esta verificación filosófica se podría suponer que las masas cambian sus creencias políticas y religiosas en forma caprichosa y a voluntad. Toda la Historia, sea ésta política, religiosa o artística, parece probar que éste es el caso.

Como ejemplo, tomemos un período muy corto de la Historia francesa, tan sólo el de 1790 hasta 1820, un período de treinta años de duración, el de una generación. En su transcurso vemos a la masa, monárquica al principio, volverse muy revolucionaria, luego muy imperialista y otra vez muy monárquica. En materia de religión oscila durante el mismo lapso de tiempo desde el catolicismo al ateísmo, luego hacia el deísmo y después regresa a las más pronunciadas formas de catolicismo. Estos cambios tienen lugar no sólo en las masas sino también entre quienes las dirigen. Observamos con asombro a los hombres prominentes de la Convención, a los enemigos jurados de los reyes, hombres que no querían tener ni dioses ni amos, convertirse en humildes sirvientes de Napoleón, y después, bajo Luis XVIII, llevar velas devotamente en procesiones religiosas.

Numerosos, también, son los cambios en las opiniones de las masas durante el transcurso de los siguientes setenta años. La “Pérfida Albión” de principios de siglo es el aliado de Francia bajo el sucesor de Napoleón. Rusia, dos veces invadida por Francia y que asistió con satisfacción a los reveses franceses, se convierte en su amiga.

En literatura, arte y filosofía, las evoluciones sucesivas de la opinión son aún más rápidas. Romanticismo, naturalismo, misticismo etc. surgen y decaen sucesivamente. El artista y el escritor aplaudidos ayer, son tratados mañana con profundo desagrado.

Sin embargo, cuando analizamos todos estos cambios aparentemente tan extensos, ¿qué encontramos? Todos los que están en oposición con las creencias generales y los sentimientos de la raza son de duración efímera, y la corriente desviada pronto vuelve a su cauce. Las opiniones que no se vinculan con ninguna creencia general o sentimiento de la raza y que, por lo tanto, no pueden tener estabilidad, están a merced de cualquier casualidad, o bien, si se prefiere, de cualquier cambio en las circunstancias. Formadas por sugestión y contagio, son siempre momentáneas; florecen y desaparecen e veces tan rápidamente como los médanos formados por el viento en la costa del mar.

En la actualidad, las opiniones variables de las masas son más numerosas que nunca y esto por tres diferentes razones.

La primera es que las antiguas creencias están perdiendo su influencia en un grado cada vez mayor. Están dejando de formar las opiniones efímeras del momento de la manera en que lo hacían en el pasado. El debilitamiento de las creencias generales despeja el terreno para la aparición de opiniones caprichosas que no tienen ni pasado ni futuro.

La segunda razón es que el poder de las masas, estando en aumento y cada vez menos contrabalanceado, hace que la extrema variabilidad de las ideas peculiares de las masas que hemos visto, se pueda manifestar sin freno ni impedimento alguno.

Finalmente, la tercera razón es el reciente desarrollo de la prensa escrita por cuyo intermedio las opiniones más contrarias están siendo continuamente puestas ante la atención de las masas. Las sugestiones que podrían resultar de cada opinión individual son pronto destruidas por sugestiones de un carácter opuesto. La consecuencia es que ninguna opinión consigue arraigar en forma amplia y que la existencia de todas ellas es efímera. En la actualidad, una opinión se desvanece antes de haber podido hallar una aceptación lo suficientemente amplia como para convertirse en general.

Un fenómeno bastante nuevo en la Historia del mundo, y muy característico de la era actual, ha resultado de estas diferentes causas; y me refiero a la impotencia de los gobiernos ante la opinión directa.

En el pasado, y en un pasado no muy distante, la acción de los gobiernos y la influencia de unos pocos escritores y de un número muy pequeño de diarios, constituía el reflejo real de la opinión pública. Hoy en día, los escritores han perdido toda influencia y los diarios sólo reflejan opiniones. En cuanto a los estadistas, lejos de dirigir la opinión, su único afán es el de seguirla. Tienen temor a la opinión, en una medida que a veces se convierte en terror, lo cual hace que adopten una línea de conducta esencialmente inestable.

La opinión de las masas tiende, así, más y más a convertirse en el supremo principio orientador de la política. Hoy en día llega tan lejos como para forzar alianzas, tal como ha sido recientemente el caso de la alianza franco-rusa, que es tan sólo el resultado de un movimiento popular. Un síntoma curioso de los tiempos actuales es el observar como papas, reyes y emperadores consienten en ser entrevistados a fin de tener un medio para someter sus opiniones sobre un asunto determinado al juicio de las masas. Antes podrá haber sido correcto decir que la política no era una cuestión de sentimientos. ¿Puede lo mismo decirse en la actualidad cuando la política está cada vez más al arbitrio de masas cambiantes a las que no es posible influenciar por la razón y que sólo pueden ser guiadas por sentimientos?

En cuanto a la prensa que antes solía dirigir a la opinión, se ha tenido que humillar, al igual que los gobiernos, ante el poder de las masas. Detenta, sin duda, una influencia considerable pero sólo porque es exclusivamente el reflejo de las opiniones de las masas y de sus incesantes variaciones. Convertida en mera agencia de suministro de información, la prensa ha renunciado a todo intento de imponer una idea o una doctrina. Sigue todos los cambios del pensamiento público, obligada a hacerlo por las necesidades de la competencia so pena de perder a sus lectores. Los antiguos y formales órganos influyentes del pasado, tales como el Constitutionnel, el Debats, o el Siecle, que fueron aceptados como oráculos por la generación anterior, o bien han desaparecido o bien se han convertido en diarios típicamente modernos en los cuales un máximo de noticias se halla comprimido entre artículos livianos, chismes sociales y nebulosas financieras. No podría ni pensarse en la actualidad de un diario lo suficientemente adinerado como para permitir a sus columnistas el ventilar sus opiniones personales y esas opiniones tendrían escaso peso para lectores que sólo piden ser informados o entretenidos y que sospechan de toda afirmación que está sugerida por motivos especulativos. Incluso los críticos han cesado de ser capaces de asegurar el éxito de un libro o de una obra de teatro. Son capaces de hacer daño, pero no de brindar un servicio. Los diarios son tan conscientes de la inutilidad de cualquier cosa que tenga la forma de crítica o de opinión personal, que han llegado al punto de suprimir la crítica literaria limitándose a citar el título del libro, agregando un “copete” de dos o tres líneas. [ [24] ] Dentro de veinte años, el mismo destino le sobrevendrá probablemente a la crítica teatral.

La observación atenta del curso de la opinión se ha convertido, no casualmente, en la principal preocupación de la prensa y de los gobiernos. Lo que desean saber inmediatamente es el efecto producido por un acontecimiento, una propuesta legislativa, un discurso; y la tarea no es fácil porque nada hay más móvil y cambiante que el pensamiento de las masas, y nada más frecuente que el verlas execrar hoy lo que han aplaudido ayer.

Esta total ausencia de cualquier clase de dirección de la opinión y, simultáneamente, la destrucción de creencias generales tiene por resultado final una extrema divergencia de convicciones de toda índole y una indiferencia creciente de parte de las masas hacia todo lo que no toca claramente sus intereses inmediatos. Las cuestiones de doctrina, tales como el socialismo, solamente reclutan campeones que peroran convicciones genuinas entre las clases bastante iletradas; entre los trabajadores de las minas y de las fábricas, por ejemplo. Los miembros de la clase media baja y los trabajadores que poseen algún grado de instrucción, se han vuelto o bien profundamente escépticos, o bien extremadamente inestables en sus opiniones.

La evolución que ha tenido lugar en esta dirección durante los últimos veinticinco años es impactante. Durante el período anterior, por más cerca de nosotros que esté, las opiniones todavía tenían una tendencia general; tenían su origen en la aceptación de alguna creencia fundamental. Por el simple hecho de ser monárquico, un individuo poseía inevitablemente ciertas ideas claramente definidas en materia de Historia así como de ciencia, mientras que por el sólo hecho de ser republicano sus ideas eran bastante opuestas. Un monárquico era bien consciente de que los hombres no descienden del mono y un republicano no era menos consciente de que ése era el verdadero origen del hombre. Era el deber de todo monárquico hablar con horror y el de todo republicano el hablar con veneración de la Gran Revolución. Había ciertos nombres, como los de Robespierre y de Marat, que debían ser pronunciados con un aire de religiosa devoción, y otros nombres, como los de César, Augusto o Napoleón, que jamás debían ser nombrados sin el acompañamiento de un torrente de invectivas. Hasta en la Sorbona francesa estuvo generalizada esta infantil moda de concebir la Historia. [ [25] ]

En la actualidad, como resultado de la discusión y el análisis, todas las opiniones están perdiendo su prestigio; sus características distintivas se gastan rápidamente y pocas sobreviven con capacidad de despertar nuestro entusiasmo. El hombre de los tiempos modernos es más y más presa de la indiferencia.

El desgaste general de las opiniones no debería deplorarse demasiado. No es posible rebatir que constituye un síntoma de decadencia en la vida de un pueblo. Es cierto que los hombres dotados de una visión inmensa, casi sobrenatural, que apóstoles, líderes de masas – en una palabra: hombres de convicciones fuertes y genuinas – ejercen una influencia mucho mayor que los hombres que niegan, que critican o que son indiferentes. Pero no debe olvidarse que, dado el poder detentado actualmente por las masas, si una única opinión adquiriese tanto prestigio como para forzar su aceptación general, pronto estaría dotada de un poder tan tiránico que todo tendría que inclinarse ante ella y la era de la libre discusión se cerraría por largo tiempo. Las masas ocasionalmente son amos condescendientes, como lo fueron Heliogábalo y Tiberio, pero también son violentamente caprichosas. Una civilización, llegado el momento en que las masas se le imponen, se encuentra a merced de demasiados riesgos para durar por mucho tiempo. Si habría algo que puede posponer por un tiempo la hora de su ruina, esto sería precisamente la extrema inestabilidad de las opiniones de las masas y su creciente indiferencia respecto de todas las creencias generales.

 

 

LIBRO III: La clasificación y descripción de las diferentes clases de masas



 

Capítulo I: La clasificación de las masas

La división general de las masas – Su clasificación

1)- Masas heterogéneas.
Diferentes variedades de las mismas – La influencia de la raza – El espíritu de la raza es débil en la proporción en que el espíritu de la raza es fuerte – El espíritu de la raza representa el estado civilizado y el espíritu de la masa al estado bárbaro.

2)- Masas homogéneas
Sus diferentes variedades – Sectas, castas y clases.


Hemos trazado en esta obra las características generales, comunes a las masas psicológicas. Nos resta indicar las características particulares que acompañan a las de orden general en las diferentes categorías de colectividades cuando éstas se transforman en una masa bajo la influencia de causas incitantes adecuadas. Ante todo, procederemos brevemente a la clasificación de las masas.

Nuestro punto de partida será la simple multitud. Su forma más inferior se encuentra cuando la muchedumbre está compuesta por individuos pertenecientes a diferentes razas. En este caso, el único lazo de unión es la voluntad, más o menos respetada, de un jefe. Los bárbaros de muy diverso origen que durante siglos invadieron el Imperio Romano pueden ser citados como un espécimen de multitudes de este tipo.

En un nivel superior al de las multitudes compuestas por razas diferentes están aquellas que bajo ciertas influencias han adquirido características comunes y han terminado por formar una sola raza. Presentan a veces las características propias de las masas, pero estas características se hallan dominadas en mayor o menor medida por consideraciones raciales.

Bajo ciertas circunstancias investigadas aquí, estas dos clases de multitudes pueden ser transformadas en masas psicológicas u organizadas. Subdividiremos a estas masas organizadas en las siguientes divisiones:



A. Masas heterogéneas:

1. Masas anónimas (por ejemplo, masas callejeras).

2. Masas no anónimas (por ejemplo, jurados, asambleas parlamentarias).

B. Masas homogéneas:

1. Sectas (sectas políticas, religiosas y otras).

2. Castas (militares, clericales, obreras, etc.).

3. Clases (Burgueses, Campesinos etc.).

Describiremos brevemente las características distintivas de estas diferentes categorías de masas.

1. Masas heterogéneas

Son las colectividades cuyas características han sido estudiadas en el presente volumen. Se componen de individuos de cualquier descripción, de cualquier profesión y de cualquier grado de inteligencia.

Somos conscientes ahora de que, en cuanto a las personas, por el sólo hecho de formar parte de una masa volcada a la acción, su psicología colectiva difiere esencialmente de su psicología individual y su inteligencia resulta afectada por esta diferenciación. Hemos visto que la inteligencia no influye sobre las colectividades siendo que éstas están solamente bajo el influjo de sentimientos inconscientes.

Un factor fundamental, el de la raza, permite una diferenciación tolerablemente precisa de las distintas masas heterogéneas.

Ya nos hemos referido con frecuencia a la parte desempeñada por la raza y la hemos expuesto como el más poderoso de los factores capaces de determinar las acciones de los hombres. También se la puede rastrear en el carácter de las masas. Una masa compuesta por individuos reunidos al azar, pero todos ellos ingleses o chinos, se diferenciará ampliamente de otra masa también compuesta por individuos de cualquier descripción pero pertenecientes a otras razas – rusos, franceses o españoles, por ejemplo.

Las amplias divergencias que la constitución mental hereditaria crea en los modos de sentir y de pensar de las personas se pone inmediatamente en evidencia cuando, como rara vez ocurre, las circunstancias reúnen en la misma masa y en proporciones relativamente iguales, a individuos de diferentes nacionalidades. Y esto ocurre por más idénticos que hayan sido los intereses que provocaron la reunión. Los esfuerzos realizados por los socialistas de reunir en grandes congresos a representantes de la clase trabajadora de la población de diferentes países siempre han terminado en el más profundo desacuerdo. Una masa latina, por más revolucionaria o conservadora que se la suponga, invariablemente apelará a la intervención del Estado para realizar sus demandas. Siempre se distingue por una marcada tendencia a la centralización y por inclinarse, de un modo más o menos pronunciado, a favor de una dictadura. Una masa inglesa o norteamericana, por el contrario, no pone ninguna carga sobre el Estado y apela tan sólo a la iniciativa privada. Estas diferencias de raza explican como es que hay casi tantas diferentes formas de socialismo y de democracia como naciones.

El genio de la raza, pues, ejerce una influencia suprema sobre las predisposiciones de la masa. Es la poderosa fuerza subyacente que limita sus cambios de humor. Debería ser considerada como una ley esencial que las características inferiores de las masas son tanto menos acentuadas cuanto más fuerte es el espíritu de la raza. El estado de masas y la dominación de masas es equivalente al estado de barbarie o a un retorno al mismo. Es por la adquisición de un espíritu sólidamente constituido que la raza se libera, en mayor o menor medida, del poder subyacente de las masas irracionales y emerge del estado de barbarie.

La única clasificación importante a hacer en las masas heterogéneas, aparte de la basada en consideraciones raciales, es el de separarlas en masas anónimas, tales como masas callejeras, y masas no anónimas – asambleas deliberantes y jurados, por ejemplo. El sentido de responsabilidad, ausente de las masas de la primera categoría y desarrollada en las de la segunda, con frecuencia otorga una tendencia muy diferente a sus respectivas acciones.



2. Masas homogéneas

Las masas homogéneas incluyen: 1)- Sectas; 2)- Castas; 3)- Clases.

La secta representa el primer paso en el proceso de organización de masas homogéneas. Una secta incluye a individuos que difieren mucho en cuanto a su educación, sus profesiones y la clase social a la que pertenecen pero que tienen un vínculo de conexión en sus creencias comunes. Ejemplos a citar serían sectas políticas y religiosas.

La casta representa el más alto grado de organización del cual una masa es capaz. Mientras las sectas incluyen a individuos de muy diferentes profesiones, grados de educación y entornos sociales, vinculados entre si por las creencias que afirman en común, la casta se compone de individuos de la misma profesión y, por lo tanto, de una educación similar y de un status social bastante igual. Ejemplos a citar serían las castas militares y sacerdotales.

La clase está formada por individuos de diverso origen, vinculados entre si, no por una comunidad de creencias como los miembros de una secta, ni por ocupaciones profesionales comunes como los de una casta, sino por ciertos intereses y ciertos hábitos de vida y educación casi idénticos. Los ejemplos son la clase media y la clase agrícola.

Estando interesados en esta obra solamente en masas heterogéneas, y reservando el estudio de las masas homogéneas (sectas, castas y clases) para otro volumen, no insistiré aquí en las características de las masas de la segunda clase. Concluiré el estudio de las masas heterogéneas con el examen de unas pocas típicas y distintivas categorías de masas.

 

Capítulo II: Masas denominadas criminales


Masas denominadas criminales – Una masa puede ser legalmente pero no psicológicamente criminal – La absoluta inconsciencia de las acciones de las masas – Varios ejemplos – Psicología de los autores de las masacres de Septiembre – Su razonamiento, su sensibilidad, su ferocidad y su moralidad.

Debido al hecho que las masas, luego de un período de excitación, pasan a un estado puramente automático e inconsciente en el cual resultan guiadas por sugestión, parece difícil calificarlas en cualquier caso como criminales. Retengo esta calificación errónea sólo porque ha sido definitivamente puesta de moda por investigaciones psicológicas recientes. Ciertos actos de las masas son seguramente criminales cuando se los considera meramente en si mismos, pero criminales en todo caso de la misma forma en que lo es el acto de un tigre devorándose a un hindú después de haberle permitido a sus cachorros el despedazarlo por diversión.

El motivo usual de los crímenes de las masas es una sugestión poderosa, y los individuos que participan de tales crímenes están después convencidos de que actuaron obedeciendo a su deber, algo que está lejos de ser el caso del criminal común.

La historia de los crímenes cometidos por las masas ilustra lo que antecede.

El asesinato de M. de Launay, el gobernador de la Bastilla, puede ser citado como un ejemplo típico. Después de la toma la fortaleza, el gobernador, rodeado por una masa muy excitada, recibió golpes desde todas las direcciones. Se propuso colgarlo, cortarle la cabeza o atarlo a la cola de un caballo. Mientras forcejeaba, accidentalmente le dio un puntapié a uno de los presentes. Alguien propuso, y la sugerencia fue inmediatamente aceptada por la masa, con aclamación, que el individuo que había recibido el puntapié le cortara la garganta al gobernador.

El individuo en cuestión, un cocinero sin trabajo, cuya principal razón de estar en la Bastilla fue mera curiosidad por enterarse de lo que sucedía, estima que, puesto que ésta es la opinión general, la acción es patriótica y hasta cree que merece una medalla por haber destruido a un monstruo. Con una espada que le prestan, asesta un golpe al cuello desnudo, pero el arma está algo mellada y desafilada por lo que saca de su bolsillo un pequeño cuchillo de mango negro y (en su calidad de cocinero tendría experiencia en cortar carne) ejecuta la operación con éxito.

El desarrollo del proceso arriba indicado se ve claramente en este ejemplo. Tenemos obediencia a una sugestión que es tanto más fuerte cuanto que procede de un origen colectivo y la convicción del asesino de que ha cometido un acto muy meritorio, una convicción tanto más natural al ver que goza de la aprobación unánime de sus conciudadanos. Un acto de este tipo puede ser considerado criminal legalmente pero no psicológicamente. [ [26] ]

Las características generales de las masas criminales son precisamente las mismas que aquellas que hemos encontrado en todas las masas: apertura a la sugestión, credulidad, variabilidad, exageración de buenos o malos sentimientos, la manifestación de ciertas formas de moral, etc.

Hallaremos todas estas características presentes en una masa que ha dejado tras de si en la Historia francesa las memorias más siniestras – la masa que perpetró las masacres de Septiembre. De hecho, ofrece muchas similaridades con la masa que cometió las masacres de San Bartolomé. Tomo prestados los detalles de la narración de M. Taine quien las extrajo de fuentes contemporáneas.

No se sabe exactamente quien dio la órden o hizo la sugerencia de vaciar las prisiones masacrando a los prisioneros. Si fue Danton, como es probable, o algún otro no importa, ya que el único factor de interés para nosotros es la poderosa sugestión recibida por la masa encargada de esta masacre.

La masa de asesinos ascendía a unas trescientas personas y era una masa heterogénea perfectamente típica. Con la excepción de un muy pequeño número de delincuentes profesionales, estaba mayormente compuesta por comerciantes y artesanos de todos los oficios: zapateros, herreros, peluqueros, albañiles, oficinistas, mensajeros, etc. Bajo la influencia de la sugestión recibida, estaban perfectamente convencidos – de la misma manera que el cocinero antes citado – de que debían ejecutar un deber patriótico. Desempeñan la doble función de juez y verdugo pero ni por un momento se consideran criminales.

Profundamente conscientes de la importancia de su deber, comienzan formando una especie de tribunal y, en relación con este acto, se observa inmediatamente la ingenuidad de las masas y su rudimentaria concepción de la justicia. Considerando el gran número de los acusados, se decide que, para empezar, los nobles, los sacerdotes, los oficiales y los miembros del servicio doméstico del rey – en una palabra: todos los individuos cuya simple profesión es prueba de su culpabilidad a los ojos de un buen patriota – serán aniquilados en masa no habiendo necesidad de una decisión especial en sus casos. El resto será juzgado en base a su apariencia personal y su reputación. En esta forma la conciencia rudimentaria de la masa queda satisfecha. Podrá ahora proceder legalmente con la masacre y dar rienda suelta a aquellos instintos cuya génesis he indicado en otra parte y que las colectividades siempre tienen la capacidad de desarrollar en alto grado. Estos instintos, sin embargo – como es reiteradamente el caso de las masas – no impedirán la manifestación de otros sentimientos contrarios, tales como ternura, frecuentemente tan extremas como la ferocidad.

Poseen la simpatía expansiva y la espontánea sensibilidad del trabajador parisino. En el Abbaye, uno de los federados, al enterarse de que los prisioneros han sido dejados sin agua por veintiséis horas, estuvo a punto de matar al guardiacárcel y lo hubiera hecho de no haber sido por el ruego de los propios prisioneros. Cuando un prisionero es declarado inocente (por el improvisado tribunal) todo el mundo, guardias y verdugos incluidos, lo abraza con raptos de alegría y aplaude frenéticamente,” después de lo cual recomienza la masacre masiva. Durante su transcurso, nunca cesa de reinar una agradable alegría. Se baila y se canta alrededor de los cadáveres y se colocan bancos “para las damas”, encantadas de ser testigos de la muerte de aristócratas. Más aún, continúa la exhibición de una especial forma de justicia.

En el Abbaye, un verdugo se queja de que las damas colocadas un poco lejos no veían bien y que sólo pocas de las presentes han tenido el placer de golpear a los aristócratas. La justicia de la observación es admitida y se decide que las víctimas deberán pasar lentamente entre dos filas de verdugos que tendrán la obligación de golpearlas con el dorsos de sus espadas solamente tanto como para prolongar la agonía. En la prisión de la Force las víctimas son completamente desnudadas y literalmente “grabadas” durante media hora, después de lo cual, cuando todo el mundo ha tenido una buena visión, se los liquida con un golpe que pone al descubierto sus entrañas.

Los verdugos también tienen sus escrúpulos y exhiben un sentido moral cuya existencia en las masas ya hemos señalado. Se rehúsan a apropiarse del dinero y las joyas de sus víctimas y llevan estas pertenencias a la mesa de los comités.

Estas rudimentarias formas de razonar, características de la mente de las masas, son siempre rastreables en todos sus actos. Así, después de la masacre de 1.200 o 1.500 enemigos de la nación, alguien hace el comentario – y su sugerencia es adoptada de inmediato – que los demás prisioneros, aquellos entre quienes se encuentran mendigos, vagabundos y prisioneros jóvenes, en realidad constituyen bocas inútiles de las que sería útil librarse. Además, entre ellos seguramente habrá enemigos del pueblo, una mujer de nombre Delarue, por ejemplo, la viuda de un envenenador: “Debe estar furiosa por hallarse en prisión; si podría, incendiaría a París: debe haber dicho eso; ha dicho eso. Otra de la que es bueno librarse.” La demostración parece convincente y los prisioneros son masacrados sin excepción, incluyendo en la cantidad a unos cincuenta niños de entre doce y diecisiete años de edad, quienes, por supuesto, pueden convertirse en enemigos de la nación y de quienes, en consecuencia, era claramente mejor librarse.

Al final de una semana de trabajo, finalizadas todas estas operaciones, los verdugos pueden pensar en reponerse. Profundamente convencidos de que han servido bien a su país, se dirigieron a las autoridades demandando una recompensa. Los más ardientes llegaron tan lejos como para reclamar una medalla.

La historia de la Comuna de 1871 ofrece varios hechos análogos a los que anteceden. Dada la creciente influencia de las masas y las sucesivas capitulaciones ante ellas por parte de quienes detentaban la autoridad, estamos destinados a ser testigos de muchos otros de similar naturaleza.

 

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