Hebilla en bronce encontrada en Toledo. Reinado de Atanagildo, s. VI



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Hebilla en bronce encontrada en Toledo.

Reinado de Atanagildo, s.VI.

Archivo fotográfico. Museo Arqueológico Nacional (Madrid).

Fotografía de Bruce White

Diseño de la cubierta: Enric Güell

1.ª edición: abril 2004

© Jurate Rosales

Derechos exclusivos de edición en español

reservados para todo el mundo:

© 2004: Editorial Ariel, S. A.

Avda. Diagonal, 662-664 - 08034 Barcelona

ISBN: 84-344-6717-8

Depósito legal: B. 12.460 - 2004

Impreso en España

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño

de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida

en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico,

químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia,

sin permiso previo del editor.


Capítulo 1: EL FINAL DE UNA ERA

Roma, la dueña del universo, fue humildemente entregada al ejército visigodo por sus propios ciudadanos un 24 de agosto del año 410. Durante los siguientes tres días y noches, las huestes godas recorrerían las calles de la gran ciudad saqueando casa tras casa, matando al que se resistiese, llevándose el oro y la plata, las sedas orientales, las púrpuras reales y cuanta riqueza encontraban a su paso.

La tradición grecorromana de la que supuestamente somos herederos, quiso convencernos de que aquel momento fue un día de luto para la civilización. En el siglo XXI, desde la primaria hasta el postgrado nos inculcan la idea de que con la caída de Roma, Europa fue invadida por unos bárbaros salvajes e ignorantes y el mundo tuvo que esperar al Renacimiento para reencontrarse con la cultura. Recitamos esa letanía sin percatarnos de que lo hacemos vestidos con el pantalón y la camisa a la manera que nos legaron los godos y no envueltos en una toga romana. No nos damos cuenta de que nuestras casas se construyen con volados y balcones al estilo godo, nuestra música obedece a reglas armónicas de la música goda, y en un plano más profundo, hasta el día de hoy, pensamos, actuamos, vivimos, trabajamos y producimos, desde hace mil quinientos años, dentro de los usos y costumbres que nos impusieron los godos. Es más: nuestro código de ética en la vida diaria, más que cristiano, sigue siendo godo en el concepto del honor.

Roma no se había rendido ante unos advenedizos. La lucha entre una trimilenaria nación goda y una mucho más joven Roma, fue una contienda de dos civilizaciones, siendo la de los godos más antigua y mucho más estable. La rendición romana constituyó el último capítulo de una larga guerra entre dos universos antagónicos. Roma Perdió y con la victoria de Alarico Europa occidental cerró una era, entrando en otra.

En el siglo XIII, Alfonso X el Sabio (1221-1284), rey de Castilla y León, calculó que cuando Roma cayó ante Alarico tenía 1.164 años fue fundada: «Fue la cibdad de Roma presa de Alarigo rey de los godos, andados mil et ciento et sessaenta et quatro annos de quando fuera fecha.»1

En otro capítulo, el rey Sabio recuerda que en el año 552 (142 años después de la caída de Roma ante Alarico) el Estado godo tenía 2.400 años de fundado. Según Alfonso X el Sabio, cuando en el año 552 desapareció el reino godo de Italia «fue el regno de los ostrogodos destroydo et astragado, el que auie ya durado assi como cuenta ell obispo don Jordán, dos mili et quatrocientos annos».2

Si bien el clamor de los cronistas romanos ha sido que su ciudad fue destruida por unos salvajes, los detalles —descritos por esos mismos autores— de la lucha entre Alarico y Roma desmienten el cliché de unos romanos civilizados invadidos por unos bárbaros salvajes. El rey godo intentó durante años evitar el saco de Roma. Dos veces acampó con sus soldados frente a las puertas de la gran urbe hambreada e indefensa y dos veces frenó Alarico a sus generales, quienes querían atacar. Cuenta la historia (¿o será la leyenda?) que la segunda vez se limitó a entrar en Roma solo y sin armas, para proponer al senado la remoción de un emperador y su reemplazo por un nuevo gobernante designado por el rey godo. El senado se apresuró a obedecerle y Alarico salió de Roma solo, igual que había entrado, después de haber hecho elegir un emperador llamado Átalo. Al año, Alarico depuso a Átalo, pero dejó que éste terminara tranquilamente sus días rodeado de todos los honores.3

Para convencer a Alarico de que había llegado la hora de saquear Roma hicieron falta muchas intrigas romanas que exasperaron a los generales godos, quienes se cansaron de los pueriles cambios de actitud del emperador Honorio atrincherado en Ravena y de las trampas de su tutor, Estilicón, el general vándalo que en un primer movimiento intentó alejar a los godos con promesas para luego atacarlos por la espalda. La gota que desbordó el vaso fue un doble juego de Átalo, emperador nombrado por Alarico. El código de honor de los godos castigaba la traición con la pena máxima. Para los godos, la palabra empeñada era sagrada y sólo la podía cancelar la muerte. Tanto el emperador depuesto como su general habían mentido, también lo hizo el emperador nombrado por los godos, de modo que el castigo se hacía inevitable y debía ir, más que contra ellos, contra Roma.

En pleno saqueo, Alarico ordenaba cuáles eran los sitios que debían respetarse y los tesoros que decidía devolver. Prohibió tocar la iglesia de San Pedro, porque su guerra era con Roma, «no con los apóstoles»,4 frase significativa en un rey que fue descrito como «cristiano por nombre, mas hereje de voluntad».5 La disciplina en las tropas godas era tal, que los soldados obedecían y devolvían los objetos de oro y plata que sus superiores ordenaban reintegrar a la Iglesia.

No obstante esas excepciones otorgadas al clero y cónsonas con la cultura goda que tenía por intocables a los hombres de las enseñanzas y las ciencias, Roma fue «robada» concienzudamente. Para los godos, ese era el momento de la victoria después de siglos de lucha contra los romanos. Todo lo que no era propiedad de las iglesias cristianas, todos los tesoros de la ciudad que apenas unos años antes había festejado un apoteósico triunfo y erigido un arco donde grabó que había vencido para siempre a los godos, debían pasar a manos de sus nuevos amos. El saqueo fue una venganza y un desquite, pero sobre todo fue un símbolo.

La hermana del emperador, la bella Gala Placidia, fue llevada como rehén con las debidas señales de consideración por su alta alcurnia. De los dos, entre la rehén imperial y el rey godo, Gala Placidia sólo tenía en su gentilicio dos generaciones de fama por su padre, general llevado a la púrpura por sus soldados, mientras que el «bárbaro» podía esgrimir siglos de nobleza, por ser vastago de la antiquísima estirpe goda de los Baltos,6 oriunda de Sembia, en la costa del mar Báltico.

El vencedor era un estadista que hizo a Roma el supremo insulto de considerarla indigna de servirle de sede. Alarico no se preocupó de hacerla su capital y siguió su marcha, con el aparente plan de encerrar en un movimiento de pinzas el otro extremo del imperio romano cuya capital Constantinopla todavía era poderosa. El vencedor de Roma era considerado rey por todos los godos. Tenía la posibilidad de lanzar a los ostrogodos, cuyos asentamientos étnicos se encontraban junto al río Dniéper, sobre Constantinopla desde el norte, al tiempo que los visigodos se harían dueños de las colonias romanas en África. El genio de Alarico había planificado una estrategia a escala de tres continentes: Europa, Asia Menor y África. Por algo dijo el historiador Paul Kirn que «si esta empresa se le lograba, el imperio de occidente dependía de su voluntad»,7 a lo cual podríamos agregar que también el imperio de oriente hubiese estado bajo su voluntad.

Una tempestad que destruyó la flota goda cuando zarpó de Reggio a Sicilia rumbo a África y la sorpresiva muerte de Alarico en Cosenza, abortaron el plan que hubiera convertido a los godos en dueños del mundo.

Olvidándose de África, los sucesores de Alarico prefirieron las fértiles tierras del sur de Francia que podían servirles de trampolín tanto para saltar sobre Italia, como para ocupar España. En esta última se encontraban desde el año 409 los vándalos, alanos y suevos, enemigos tradicionales de los godos. Los vándalos cargaban los recuerdos de un largo pasado de guerras vándalo-godas anteriores al movimiento de todos ellos hacia el Occidente de Europa. Para ambos era evidente que vándalos y godos no podían coincidir en España y que uno de los dos tendría que irse.

Cuando el empuje godo se dirigió hacia la península Ibérica, los vándalos, menos numerosos que los visigodos, prefirieron zarpar para África. España quedó para los godos.

Decir que el idioma y la cultura de España fueron marcados por el cuarto de milenio que duró el reino visigodo hasta que el rey Rodrigo fuera vencido por los árabes en 711, sería subestimar el potencial de los nuevos gobernantes. En la multifacética cultura española, amalgama de elementos mediterráneos, centro-europeos y africanos sin olvidar la antigua herencia vasca, la huella goda sigue siendo una de las más profundas y duraderas. Los godos trajeron a España una cultura que, además de ser antiquísima, ya estaba claramente definida, como lo prueba la necesidad que tuvieron de obedecer sus propias leyes estampadas en el código del rey Eurico, exclusivamente dirigido a los godos. Esta cultura, en sus planteamientos básicos, jamás se extinguió.

Después de la derrota de 711 ante los árabes, el gran movimiento de la reconquista de España sería una lucha llevada a cabo por una nobleza cuya cultura ya era el producto de la fusión de elementos locales ibero-romanos con el aporte godo. Posteriormente, la gradual expulsión de los moros que culminó con la toma de Granada en 1492, a su vez marcaría una metódica confirmación y oficialización de esa mezcla en la vida pública y privada.

Un aspecto importante de la reafirmación goda inmediatamente después del inicio de la reconquista fue el nacimiento del idioma castellano. En él, fueron legitimadas y fijadas para las generaciones futuras las deformaciones introducidas en el latín, mayoritariamente en la forma de pronunciar las palabras. Se supone que en esos cambios que sufrió el latín hubo una marcada influencia del idioma hablado por los godos. Sin embargo, hasta la fecha, nadie sabe a ciencia cierta en qué consistió esa influencia, porque no está claro qué idioma hablaban los godos. El único documento que se conoce de una supuesta lengua «gótica», una biblia traducida al «gótico» por el obispo Ulfilas en el siglo IV, ha sido de tan poca ayuda para explicar la génesis del castellano, que existen serias y fundadas dudas acerca de su utilidad para la lingüística castellana.

Para saber cómo hablaban los godos queda un último recurso: los mapas históricos y arqueológicos, en los que aparecen los pueblos que vivían en las regiones de las que partieron los godos. Estos mapas indican que los godos partieron de tierras que en ese entonces estaban habitadas por los pueblos bálticos, cuya extensión en la Europa oriental de aquella época sólo muy recientemente ha salido a relucir a través de diversas excavaciones arqueológicas.

Los visigodos eran originarios de las costas del mar Báltico que entonces llamaban «Océano de Septentrión» y bajaron por el río Dniéper hasta el mar Negro. De allí prosiguieron su ruta por la costa del Adriático en los Balcanes, para luego entrar en Italia. No solamente su punto de partida se encuentra en tierras bálticas que nunca fueron otra cosa antes de la marcha y sólo varios siglos después de ella dejaron de serlo, sino que también su ruta del Dniéper era la tradicional vía de los bálticos hacia el mar Negro.

Por otra parte, los ostrogodos, quienes partieron de la cuenca del alto Dniéper para extenderse a lo largo de su orilla oriental, coinciden en su punto de partida y su recorrido inicial con las amplias áreas habitadas en esa época por los bálticos orientales. En el año 488, los ostrogodos marcharon sobre Italia y fundaron allí un reino ostrogodo. Ese reino de Italia desapareció en el año 555 cuando los ostrogodos fueron vencidos por Bizancio y, entonces, cuatro de sus príncipes regresaron a su punto de partida en el norte de Europa, a orillas del río Nemunas en Lituania. Con ese relato de la llegada de los príncipes y su gente, quienes vencidos en Roma regresaron a sus tierras bálticas en el norte, empieza la primera crónica de Lituania.8

¿Quiénes eran esos bálticos?, dirá el lector. Sus idiomas forman un grupo lingüístico separado y distinto de los grupos germánico, celta, latino o cualquier otro en Europa. Este grupo constituyó durante tres milenios una nación cuyas tierras se extendían a lo largo de la orilla suroriental del mar Báltico y abarcaban Alemania oriental, parte de Polonia, Lituania, Letonia, Bielorrusia y gran parte de la Rusia europea hasta Moscú inclusive. Los dominios de los bálticos se redujeron sólo después de su marcha sobre Roma, cuando en las tierras parcialmente vacías y debilitadas por la ausencia de defensores empezaron a penetrar los eslavos y los germanos. Los lituanos y letones fueron las únicas naciones bálticas que sobrevivieron al avance germano y eslavo.

Los dos idiomas bálticos todavía vivos, el lituano y el letón, son la clave que nos permitirá comprender cómo modificaron los godos con su pronunciación y sus modismos el latín hablado en España. Y la milenaria historia de los bálticos en Europa oriental nos obligará a reivindicar centenares de antiguos documentos españoles que relataban los episodios de un lejanísimo pasado godo y fueron relegados al olvido cuando los descendientes de aquella nación dejaron de comprender su significado.

Fig. 1.1. La expansión de la cultura kurgana y el área proto-báltica. 1. Expansión a más tardar entre el 2300 y el 2200 a.C; 2. Expansión antes del 2100 a.C; 3. Área ocupada o influenciada por la cultura kurgana; 4. Área de cultura proto-báltica durante la primera mitad del segundo milenio a.C El límite suroccidental de esa área cambió hacia el 1200 a.C. Fuente: M. Gimbutas.



Fig. 1.2. Sello de Alarico, rey de los visigodos. La imagen rompe el cliché del salvaje. Alarico tiene el rostro afeitado, el pelo es corto y cuidadosamente peinado. Viste pechera de bronce o plata, a la usanza báltica de esa época. Museo de Historia del Arte, Viena.





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