Helena: la perennidad de la belleza



Descargar 252.53 Kb.
Fecha de conversión02.07.2017
Tamaño252.53 Kb.
Helena: la perennidad de la belleza
Las palabras que dirige Fausto a Helena en la versión de la obra de Goethe que hizo Arrigo Boito para su ópera Mefistóteles, pueden sintetizar el simbolismo de esta figura, inmortalizada por la poesía de Homero: “Forma, ideal purísima de la belleza eterna”. Y su permanencia acaso la expresen muy bien los bellos versos de Borges, cuando nos habla de “la hermosura de Helena, / que no ha visto el río irreparable de los años”.

Desde el día envuelto en la leyenda en que los ancianos de Troya comentaban, maravillados, la hermosura de la mujer que Paris había traído a la ciudad – y con ella la guerra -, los griegos primero y el mundo después no han cesado de admirar esa hermosura. Se ha visto a Helena como la imagen misma de la perfecta belleza. Según anota Gilbert Highet, Helena, por una parte, “simboliza a Grecia, la patria de la suprema belleza física”. Y pareciera que sólo allá pudo darse este arquetipo de la hermosura. Y, por otra parte, representa la experiencia estética en su forma más noble y absoluta”1.

Helena está indisolublemente enlazada con la poesía. “¿Qué sería de Helena si el hálito de Homero no hubiera pasado sobre ella? [...] La hubieran raptado, como a menudo raptan a las muchachas hermosas en nuestras aldeas de montaña. Incluso este rapto habría provocado una guerra, y todo, la guerra, la mujer, la muerte, todo se habría perdido si el Poeta no hubiera tendido la mano para salvarlos. A Homero debe Helena su salvación; a Homero debe ese hilito de agua, el Eurotas, su inmortalidad. La sonrisa de Helena se expande en todo el aire de Esparta. Y más aun: Helena ha penetrado en nuestra sangre; todos los hombres la han recibido en comunión; todas las mujeres resplandecen aún con su brillo. Helena se ha convertido en un grito de amor que atraviesa los siglos”2.

¿Helena un grito de amor? ¿Helena qué, Helena quién? Preguntas de poetas y estudiosos.

Así se interroga Oscar Gerardo Ramos en un bello poema que deberemos citar más de una vez en este ensayo:

Los invencibles muros de Troya son ceniza.

¡Que una mujer - o acaso es casi diosa - pueda

convocar a tantos pueblos al insomne combate

de la muerte! Por ella cuántos héroes dormitan

lejos de sus hogares: ¿es Helena la suma

de belleza? ¿O efigie de una raza que brega

por encontrar su historia? ¿O es Helena?


Otro poeta la llama “voz” y la llama “silencio” y “belleza plasmada de almendro y laurel”:
Te llamo voz de la primavera silencio del amor

te digo belleza plasmada de almendro amargo

/ y laurel amargo3.
También se identifica Helena con Grecia. En el curioso Diálogo de los muertos entre Helena de Troya y Madame de Maintenon, aquella habla del poder que tenía la belleza en su tierra, al menospreciar el que había alcanzado su interlocutora:

“Pero ¿qué es esto comparado con la influencia que mi belleza ejerció entre los soberanos y las naciones? Yo fui la causa de una guerra de diez años sostenida entre los héroes más famosos de la Antigüedad; los mismos contendientes se disputaban el honor de verme sentada en sus respectivos tronos. El Padre de la Poesía recuerda mi historia y hasta en los anales de la humanidad se celebran mis encantos”. Y esto tiene que ver con lo que fue el país helénico: “Grecia, madre de las bellas formas y de los deseos dulces y delicados; fecundo manantial de poesía, cuyo suave clima y diáfanos cielos preparaban para todo sentimiento noble y generoso y templaban el corazón para la armonía y el amor. Y recuerda, si puedes, un incidente que mostró el poder de la belleza en vivísimos colores – aquel en que los graves consejeros de Príamo, al presentarme, me miraron asombrados y no se atrevieron a imputarme la causa de la guerra que casi había devastado el país”4.

En el enfoque que Goethe hizo de Helena, en la segunda parte del Fausto, estuvo presente la realidad de la Grecia que combatía por su libertad, desangrándose, y del sacrificio de Lord Byron por la liberación de la Hélade. Helena tiene un hijo con Fausto. Highet escribe al respecto que ese hijo “es demasiado brillante para vivir. Y cuando Euforión muere, ella desaparece por segunda y última vez, como una Eurídice que volviera al mundo de las sombras”. Y añade que Euforión nació de la difícil, pero arrobadora unión del hombre moderno, enérgico, adaptable y un poco grosero, con el hermoso espíritu de la cultura griega. Por eso personifica a los poetas y pensadores de la era revolucionaria; es imagen de su ardiente vida, de la violenta afirmación de sus ideales, de su insaciable hambre de belleza, y de su filosofía y sus poemas llenos de ambición”5. Goethe mismo identificó a Euforión con Lord Byron, a quien admiraba profundamente y cuyo sacrificio en Mesolonyi lo conmovió mucho. Cuando Eckermann, el 5 de julio de 1827 le dice al poeta, hablando de Lord Byron: “Usted ha hecho muy bien, erigiéndole con su Helena el monumento inmortal del amor”, Goethe le responde: No podía elegir a otro que él, ya que sin duda alguna debe tenérsele por el primer poeta del siglo [...]. Y era también el indicado por su temperamento insaciable y esa propensión bélica que lo llevó a morir en Mesolonyi [...]. Tenía pensado antes el desenlace en varias formas distintas. Le diré solamente que así las cosas, sucedió lo de Mesolonyi, y entonces di de lado todo los demás y me decidí por el desenlace que ahora tiene”6. Y de este modo, el himno fúnebre a Euforión es el himno fúnebre a Lord Byron7.

Pero no desapareció para siempre Helena, como tampoco Eurídice, en la poesía. En la Odisea de Kazantzakis, la hallamos en toda su majestuosa belleza. Se une a un hombre distinto de Menelao, muy distinto, rubio sí como éste, pero bárbaro. Y de esa unión nacerá un hijo del que provendrán generaciones. La simbología de esta unión es muy diferente de la que Highet propone para la de Helena y Fausto. En un breve comentario a su Odisea, que publicó en 1943, Kazantzakis da dos interpretaciones acerca del papel de Odiseo y Helena en su poema. Aquí, con las palabras del autor, entregamos una de ellas, muy distinta, naturalmente, de la que podría atribuirse a la unión de la bella mujer con Fausto:

“Y el mismo episodio [huida de Helena con Ulises] en otro nivel de interpretación: Helena es la belleza aquea que, al unirse con el bárbaro dorio, crea la civilización helénica. Y Odiseo, en cuanto este objetivo se realizó (cuando vio a Helena en los brazos del bárbaro), se marchó, dejando a Helena consumar su misión: alimentar, transubstanciar en su entraña la simiente bárbara, para que naciera el hijo, el heleno”8.

¿Cómo vieron los griegos a Helena. Sin duda, hubo en la Antigüedad críticas, a veces bien duras, a la huida de Helena con Paris y a la decisión de los griegos de hacer de ese episodio la causa de una larga y cruenta guerra. Pero parece más general el sentido de admiración rendida a la belleza de Helena, expresada por aquellos ancianos de Troya, quienes se explican, si quizás no justifican, la contienda originada en el rapto de la mujer. En la Odisea y en la Ilíada (aquí con matices menos claros), poemas tan fundamentales en la cultura y la educación griegas, Helena aparece como una mujer tranquila, serena y discreta, de belleza ya entonces legendaria, que en dos ocasiones reconoce su culpabilidad. En la Odisea, cuando cree reconocer a Telémaco, dice, hablando a Menelao:

Yo diría que es Telémaco, el hijo que apenas nacido

él [Ulises] dejaba en su hogar cuando, impúdica yo,

/ por mi causa

los argivos marchasteis a Troya en afanes de lucha9.


Y cuando relata ante Telémaco la incursión que hizo Odiseo en Troya antes de idear la estratagema del caballo, al contar que el héroe dio muerte a muchos troyanos y se retiró “sabedor de mil cosas”, recuerda que:
las troyanas entonces rompieron en gritos: mi pecho

alegrábase, en cambio, pues ya el corazón me impulsaba

a volver a mi hogar, y lloraba el error que Afrodita

me inspirara al llevarme hasta allí de este suelo querido

en el cual me dejaba a mi hija, mi lecho y mi esposo10.
Cuando, por su parte, Telémaco cuenta a Penélope su viaje a Esparta a buscar noticias de su padre, se refiere a la esposa de Menelao con estas palabras:

A la argólica Helena allí vi, la mujer por que tanto

trabajar hizo el cielo a troyanos y argivos11.
Ulises también recuerda por una vez el “error” de Helena, cuando al escuchar en el Hades al alma de Agamenón hacer la relación de su asesinato, exclama:
¡Oh desgracia! De antiguo ya Zeus, el de amplia mirada,

al linaje de Atreo con saña persigue, ayudando

mujeriles designios: Helena perdiónos ya a muchos

y ahora a ti de tan lejos urdió su traición Clitenmestra12.


En la Ilíada, Aquiles califica a Helena de  riguedané odiosa, por cuya causa tuvieron que luchar griegos y troyanos. Por su parte, la misma Helena se califica de odiosa  styguerí. Y conversando con Héctor se nombra a sí misma como perra kyon y perra maléfica, abominable  kyon kakoméjanos, okryoesse13.

Una tradición, acogida por mitógrafos, recordaba que Helena estuvo a punto de ser asesinada por Orestes, ayudado por Pílades, para castigarla por los males que con su infidelidad había causado, pero "Apolo, cumpliendo órdenes de Zeus, la arrebató y la transportó al Olimpo envuelta en una nube, donde se convirtió en un ser inmortal, uniéndose a sus hermanos, los Dióscuros, para ser guardianas de marineros desamparados"14.

En la nueva Odisea, Helena es un personaje importante y, después de Ulises, la más importante de las figuras de los poemas homéricos cuyas existencias se prolongan en el poema moderno: Odiseo, Helena, Penélope, Telémaco, Laertes, Nausícaa (en el recuerdo), Circe (en el recuerdo), Anticlea (en un sueño), Argos (desde su tumba), Menelao, Idomeneo. Y entre la multitud de personajes de la obra de Kazantzakis, Helena es igualmente uno de los principales.

Al comienzo del poema, los parientes de los pretendientes asesinados y de aquellos guerreros que no volvieron de Troya, se sublevan contra el recién llegado Odiseo. No se da aquí la intervención divina – de Atenea – que pacifica a los descontentos. Es el propio Ulises quien debe enfrentarlos y apaciguarlos. La cólera se ha desatado contra el rey, pero también contra Helena, causante de la gran guerra:


La viuda de un hombre que en bravos mares

/ por Helena pereciera

levantó sus brazos ya no acariciados, ansiosos de varón:

“Bien habéis recibido, muchachos, a tan negro asesino.

Estos dones nos trae: una espada, un escudo y tres vasos

/ de veneno;

para que al amanecer bebamos uno; el otro, al mediodía;

el tercero, mi dios, el más amargo, cuando

/ caigamos al lecho”.
Y la acusación contra Helena surge claramente y con palabras bien duras:
“Agostóse nuestro hogar honrado y el lecho se llenó de telarañas

por culpa de una hetera sin recato”15.


Después de neutralizada la sublevación, el pueblo participa en un gran festín al que ha invitado Ulises. Ya al alba, todos se retiran con diversos sentimientos. En el ánimo exaltado por el vino, la historia de los personajes de la guerra de Troya adquiere caracteres de leyenda. Y en la imaginación de los jóvenes flota la figura de Helena, a quien se menciona con dos de los muchos epítetos que tendrá en el poema: la de seno rosáceo  i rodostitha y la cinco-veces-bella i pendámorfi:
Y al destello del amanecer, maduraba lentamente se iba agigantando

la fabulosa historia del mítico arquero Odiseo.


Y algo más adelante, como de aves roncas, murmuraban las voces de los muchachos itacenses que llevaban en secreto, en el pecho manchado de vino, en una nube plumosa de alborada, a Helena, la-de-pecho-rosáceo.

Golpéame, hermano mío, para yo golpear, que sufro;

/ y pégame para pegar;

que estoy perdido por unos ojos negros y lloro

/ por unos pechos albos;

Madre, madre mía, a la cinco-veces-bella, a la manzana mordida,

yo la vi en la ribera del mar y contemplaba las olas

y sus senos la brisa repartían a los piélagos remotos,

sin nieve estaban nevados, sin lluvia estaban mojados”i
Ya es un símbolo Helena para Telémaco, el hijo que no había conocido a su padre – tan pequeño lo había dejado éste – y que ahora, desilusionado y cada vez más molesto, siente que la presencia de aquél ha venido a trastornar la tranquilidad del hogar y de la isla. Luego del festín, Ulises se aleja solo, meditabundo, hacia la orilla del mar. Telémaco, solo también, regresa al palacio.
Y el hijo juicioso del varón-de-siete-pareceres solo se / encaminaba al palacio,

con los dos canes de cuerpo serpentino a cada lado.


Su alma sencilla hierve y da expresión a los pensamientos que le sugiere su intenso malestar:
Cristal hiciéronse mis ojos para avizorar antes el mar,

/ ¡oh padre!

mas ahora, ah si me hubiera concedido mi destino

/ que nunca aparecieras;

y ya que apareciste - ¡maldición! - , si otra ola viniera

y lejos te arrebatara, mucho más lejos, y no

/ retornaras más.

Haces estallar las mentes y los ánimos excitas

/ de los hombres buenos,

y ya no se soporta en obrero en el taller y el labrador

/en la tierra;

y el esposo aldeano contempla a su pareja y no la quiere:

viajes anhela y rozar siquiera Helenas inmortales16.
Después de enterrar a su padre y de dejar casado a Telémaco con Nausícaa, a quien manda a buscar, Odiseo parte de nuevo de Itaca, junto a tres amigos que, como él, lo dejan todo. Van un poco a la deriva, sin rumbo determinado. Navegan adonde los lleva el viento. Nada se han propuesto, salvo dejar la patria y hacerse a la mar.

Es entonces cuando para nosotros aparece la figura de Helena. Allá en Esparta, en la ribera del Eurotas, no está ya tranquila y serena, reconciliada con su marido, redimida, como la hallamos en la Odisea homérica. También a ella la ahoga la chatura del hogar. Su esposo, avejentado y decaído, no le provoca amor, sino distancia y casi repulsión. En su desazón, anhela nuevamente la aventura:


Ya atardece, y las aguas espumeantes de la mar

hasta el confín se enrojecieron como el vino, y embriagado /ascendió

en las aguas oro pórfiro el danzarín Lucero-del-crepúsculo.

Y Helena vagaba quedamente por los laureles-rosa del Eurotas;

sus ojos seductores levantó hacia el astro presuntuoso;

huele una flor muy amarga de laurel rosa y retorna

su pensamiento al pasado, a las riberas sangrientas.

Contemplaba los cuerpos que brillaban en el ígneo llano,

no distinguía amigos de enemigos, admiraba los pechos,

las espaldas velludas y los muslos, las barbas enrojecidas,

y se regocijaba porque se daban muerte a causa de su sonrisa.

Y ahora que en el ocio se marchita y que pasea sola

por los ribazos desiertos y de flores amargas aspira la fragancia,

la tomó una mala pena y se ahoga su garganta:

“No la soporto; no es ésta vida; mi tersa flor se marchita

sin manos de varón que la acaricien.

Para cuidados de hogar y soledades no estoy hecha, en verdad.

Conviérteme, oh Dios, en un dulce manzano para estar

/ en el camino,

y cárgame con abundante fruto para que me coman

/ todos los viandantes”.

Y sus manos eleva al astro fulgurante del pórtico-de-la-noche:

“¡Ay, si viniera, Dios mío, la nave raptora otra vez!”17
Esa noche, en su embarcación, Odiseo se entrega al reposo y en el sueño viene hasta él la visión de Helena, que le pide auxilio:
Y cuando cerró los ojos, desde las cimas de las sierras, a siniestra,

blanco pajarillo, bajó el sueño y se posó en la proa:

vertió aurora en sus párpados, rosa-amaneció su espíritu:

a Helena, la-de-densas-cejas, en el éter divisó resplandecer.

Húmeda, lucía cual marfil su piel de nardo,

diríase que lluvia torrencial o llanto la había recién empapado,

y sus peplos ondeaban albísimos, alas agitadas,

con dos grandes grumos de sangre espesa debajo de los brazos.

“¡Helena!” – gritó el-de-las-manos-veloces, y cogiendo el

/ gran arco ancestral,

e hincando la rodilla en la cubierta avizora fijamente

mar y tierra, para defender esa hermosura.

Ve la mujer la cólera honda del varón y regocíjase;

olvida su dolor, sonríe levemente, fulguraron sus lágrimas,

y un esplendente arco iris envuelve a la embarcación.

Sonríe el-de-mil-padecimientos dulcemente en su sueño;

le apreció que de repente se rejuvenece y la tierra da

/ una brisa fresca,

y está en un monte elevado y es el amanecer, y los amigos

/ lo acompañan,

y él se despide y, novio, parte bajando para buscar a la esposa,

y se ciñe risueño a modo de cinturón el arco iris.

“¡Helena!” – gimió de nuevo; diríase por un cañal que la persigue

tenebroso y lloraba como ave nocturna.

Pero como levantárase sobre su amplio pecho una ráfaga fuerte,

desgarráronse y volaron los peplos de la mujer.

Lanza el capitán un alarido y se incorpora en la proa;

aún esplendía en sus ojos aquel cuerpo divino desnudo,

y la sangre de las axilas destilaba como tibios pétalos de rosa.

Los hombros palpitaban, se agitaban, como si ansiaran

sin brazos levantarse, sin brazos abrazar;

y vibra en su entraña todavía el clamor desesperado de

/ Helena: “¡Auxíliame!”18
Al despertar, Odiseo ve claro el rumbo que tomará su nave. Van ahora hacia Esparta. Luego de desembarcar y mientras camina con un compañero, Centauro, en búsqueda de un carruaje para llegar a la ciudad, Odiseo mira el boj con el cristal omnividente, que le había regalado Calipso y que piensa obsequiar a Helena. Allí, en ese cristal, ve cómo se desvanecen su patria, sus bienes, el hijo, el padre y la esposa. En cambio, en la luz rosa del alba, Ulises “percibía profundamente a Helena / ascender cual media luna y esfumarse en el sol”. Y piensa cómo enfrentará a la mujer y a su antiguo amigo Menelao:
Calla y revuelve en su espíritu feroz lo escrito por el hado,

cómo ha de franquear el umbral de su dilecto amigo

y cómo clavará la vista al enfrentar a Helena.

Ansía al íntimo amigo, mas su alma no gustaba de amores detenidos

como el agua espesa con grandes flores carnosas;

una alta llama quemaba su pecho y él la seguía con temor.

A la cubierta de su espíritu subió nuevamente la hija-del-cisne,

y fuentes de sangre le manaban de sus alas cortadas;

se ablandó el feroz e iracundo corazón al contemplar la belleza

con sangre y llanto y con sonrisa atraer el varón

y caer inútiles las armas ante su tersa desnudez.

Nunca había anhelado el abrazo de Helena, la-seductora-

/ de-hombres.

Lejos de juegos amorosos, lo atraía la lasciva mujer

en las más altas atalayas del espíritu, en la cima del deseo.

Un lucero entre sus cejas le señalaba una ruta muy larga,

más allá de la dulzura impúdica del eros,

más allá de las vergüenzas de la carne y la viscosidad del beso.19


En un momento, mientras goza del baño que toma cuando el palacio de Menelao está ya cerca, viene al recuerdo de Odiseo el momento en que Helena, desde la cubierta de la nave que la llevaría a su patria desde la destruida Troya, le sonrió bajo su velo:
Y se estremece, pues por un momento, inesperadamente

/ a Helena recordó.

Bajo su peplo una vez le sonrió, ahora se acuerda;

el barco de su marido hacia la patria desplegaba velas,

y ella en la cubierta levanta sus cristalinos brazos

y en silencio se despide de las playas, a uno y otro lado;

a la ceniza caliente de la fortaleza destruida dice adiós,

y adiós a los bravos que resplandecían en la arena.

Se volvió. Lo divisó permanecer erguido en la ribera con su cofia,

y lenta y profunda le sonrió; brillaron los albos velos,

y se difundió en su espíritu una luz suavísima, como si amaneciera.

Así, en el bienestar del baño, en la bruma del silencio,

los párpados gruesos refrescados retenían la belleza;

como jazmín que a lo lejos se abre y cierran los ojos los caminantes

y se sumen hondamente en la dulzura de la flor lejana,

de tal modo el arquero a Helena en la brisa respiraba.

Su semblante cambiaba, jugaba, fulguraba cual astro,

y aún el cerebro humano no puede distinguir bien

si su verdadero cuerpo florecía entre los muros de Troya,

o si su sombra vana a la vez perseguían amigos y enemigos.

Pero ahora él, con mente despejada, corre a ver, a tocar,

y si no se desvanece entre sus manos como una nube de aire,

con oscuras caricias, con habla engañadora, habrá de seducirla.

Tal así corre el torrente a la mar, entre danzas y risas,

así ella, todo el día inclinada, lo miraba y toda la noche lo escuchaba,

y ya un día suspiró ella también y se dispuso a partir:

como un río profundo se deslizará en torno el espíritu de Ulises.20

Más tarde, Odiseo le hablará a Helena de esta leyenda que se está tejiendo y ella escuchará contenta “su leyenda enrollarse en el huso de la fantasía”21.

En el camino a Esparta, los amigos han visto cómo oleadas de bárbaros rubios están invadiendo el país. Y al llegar al palacio de Menelao, lo encuentran casi sitiado por ciudadanos sublevados que no soportan ya la escasez de alimentos y la pobreza, así como la indiferencia del rey y la abundancia en que éste vive. Ulises, pese a quedar mal impresionado por la decadencia de su antiguo amigo y a que enseguida va a decidirse a marcharse con Helena, ayuda a Menelao a neutralizar la revuelta. Pero aquí nos interesan algunos aspectos de la relación de Odiseo con Helena. El recién llegado ha conseguido que los rebeldes no sólo depongan su actitud, sino que, además, guarden sus cosechas en las bodegas del rey. Odiseo se introduce en el palacio, mientras el soberano está ocupado en vigilar el acarreo. Asistimos entonces al encuentro de Odiseo y la famosa mujer:
Y hete aquí que una alta señora apareció y se detuvo en el umbral;

la tez, el cuello, las manos, esparcían inmóviles

un velado destello de luna en los áureos marcos-de-la-puerta.

El corazón saltó y aletearon las sienes del hosco solitario:

la-de-las-cejas-arqueadas lo esperaba en el pórtico inmortal.

Largo rato, en silencio, se estrechan en dulce unión las manos,

y quedamente gozaban los dos el sabor del reencuentro no esperado.

Por fin, velada como el rumor de un árbol, se oyó la voz de la mujer:

“Muy buena es esta tierra; muy dulce la vida en este mundo.

¡Mi dios, en mis dos manos tengo el puño de Odiseo!”

“¡Y yo amo la tierra, porque las manos de Helena sostengo”.

Dijo el astuto y trataba de distinguir en la penumbra

si los ojos de estrella se empañaron y si grises se volvieron

/ los cabellos.22


Se introduce aquí un elemento nuevo en la historia de la relación de Odiseo y Helena y que, en cierta medida aparece contradictorio con otro que antes el poeta ha puesto en el recuerdo del navegante: la sonrisa de Helena para él desde la cubierta del barco que la devolvería desde Troya a su hogar de Esparta. Y es, asimismo, contradictorio con el episodio de la salvación de Helena por Menelao de entre las llamas de Troya, que relata a Ulises el propio rey, diciéndole que considera ese momento como el más elevado de su vida. Ahora, en este reencuentro, Helena y Odiseo se acuerdan de que fue éste quien salvó a la mujer del puñal de Menelao, cuando el marido, ante la inacción de hombres y dioses, se lanzaba a castigar con la muerte la infidelidad de su esposa. ¿Qué habría pasado después de ese episodio? ¿Menelao habría recapacitado y su mujer, tranquila ya y serena, al partir el navío que la llevaba a Esparta, le habría sonreído a su salvador? La mención del Menelao furibundo en el momento del reencuentro en Troya recuerda la afirmación de Teucro en la tragedia de Eurípides: “Menelao se la llevó, arrastrándola por los cabellos”.
“¿Recuerdas otra noche, querido, cómo te lanzaste, cuando todos,

hombres y dioses me abandonaron, en la puerta de Caronte,

y sacaba el rubio Menelao el espadín para segar mi cuello?”

Habló la de boca-de-sortija y las estrellas la bañaban;

y el seductor-de-corazones comenzó a ordenar las redes:

“Todo se borró, se hundió en la tierra; lo pasado pasó;

y simple y puramente gozo este momento santo

en que estoy aquí, erguido, en este atrio famoso, con mis

/ cabellos grises,

y sostengo en mis manos mortales a la luna inmortal;

¡primera vez, lo juro, que contemplo y toco a Helena!”

Callaron, y el tiempo se detuvo sobre las dos cabezas,

como el águila que se mece en las alas sobre la cima del aire.

Acaso pasó un instante, acaso también diez años,

los diez años que se borraron cual un relámpago para que

/ fuera tomada la Ciudad.

Todo se trocó en mármol en la sala; todo en el pecho se detuvo;

y la vida brumosa se aclaró y un cuento se volvió.

No hubo matanza ni incendio, no hubo una soberbia ciudadela,

ni un buen mozo lascivo raptó a la hija-del-cisne:

un hondo llano con azucenas rojas, un caramillo de

/ enamorado zagalejo

cogió dulcemente, poco a poco, sus espíritus,

como nimbos, y los depositó con levedad sobre lejanas cumbres23.


Los poetas han imaginado en distintas formas la actitud de Helena en el momento de la catástrofe de Troya. ¿Tristeza, piedad para tanta víctima, temor al reencuentro con el esposo, indiferencia?

Julián del Casal ha evocado el panorama de la Troya destruida, humeante aún, sembrada de cadáveres, y Helena, con suprema indiferencia, mirando el horizonte con un lirio en la mano:

Luz fosfórica entreabre claras brechas

en la celeste inmensidad y alumbra

del foso en la fatídica penumbra

cuerpos hendidos por doradas flechas;

cual humo frío de homicidas flechas

en la atmósfera densa se vislumbra

vapor disuelto que la brisa encumbra

y las torres de Ilión escombros hechas.


Envuelta en veste de opalina gasa,

recamada de oro, desde el monte

de ruinas hacinadas en el llano,
indiferente a lo que en torno pasa,

mira Elena hacia el lívido horizonte

irguiendo un lirio en la rosada mano24.
El éxtasis en el recuerdo, a pesar de lo que pareciera, no refleja amor de parte de Odiseo, sino encantamiento ante la belleza sin par de Helena. Pero “se desvanecieron los encantamientos y volvió el tiempo a sus ruedas”. Aparece el rey y un multitud de antorchas iluminan el atrio y hacen palidecer las estrellas.

Durante el banquete que ofrece Menelao a Odiseo, éste y Helena se miran deseosos:


Y mientras bebía, el hosco peregrino sentía que su cabeza

se armaba con ánimo inmortal, con tentáculos nuevos;

escuchaba a lo lejos ahora el ligero murmurio del cañaveral,

las aves-de-la-noche que arrullaban, seducidas por amor, en

/ las oquedades ,

y con alivio secreto gozaba por las innúmeras carcomas

que abren galerías en la tierra y roen los cimientos del planeta.

Y después, los ojos volvía lentamente y miraba con fijeza a Helena:

sin piedad, removía en silencio los velos, los cabellos;

con la mirada la pesaba, igual que un carnicero que sujeta

al cordero por los lomos, y en secreto calcula.

Y a su vez Helena, inclinada sobre su copa de oro

gozaba la terrible mirada y se entregaba a la gran caricia viril.25
Al comienzo del banquete, Helena ha vacilado en utilizar sus conocimientos de yerbas para agregar una pócima al vino, a fin de que el sueño venga más pronto a los reyes. Prefiere escuchar durante más tiempo la conversación y no utilizar yerbas para alejar la animosidad de los ánimos:
Sabía Helena echar al vino plantas para el amor

a fin de serenar al punto de los varones los pechos corajudos,

mas mucho deseaba oírlos delante de ella departir

/ tan rudamente26.


Recuérdese que en la Odisea homérica, Helena vierte en el vino de Telémaco y de Menelao un elixir, “remedio de hiel y dolores y alivio de males”. Aquí, en la nueva Odisea, Helena piensa agregar algo que haga dormir a los amigos, que han empezado a discutir ásperamente, pero no lo hace. Sin embargo, Ulises cuando va a quedarse dormido cree que “alguna yerba le dio a beber ocultamente aquella hija del cisne”27.

La discusión se hace cada vez más tensa, pues Ulises profetiza las desgracias que se abatirán sobre Esparta y el poder de Menelao. Y expresa que acaso, si llegara a volver a la ciudad, no actuaría como acaba de hacerlo para salvar al rey. Helena, entonces, interviene para cerrar la velada, con palabras en la que expresa su visión del visitante:


Mucho me gusta, hombre-de-las-mil-tretas, velar contigo largas noches

e inclinada con temor escucharte.

No conocí jamás a un navegante al mar asemejarse más,

a las amargas olas incontables y a las arenas mansas

como tú, con tu alma inundada por las aguas.

Pero es bueno también el sueño, dios asimismo y vasto mar28.

Al separarse para ir a sus habitaciones, Ulises entrega a Helena el presente mágico que le traía. Al recibirlo, la mujer por un instante recuerda a Paris:

Saca entonces del pecho el engañador el marfil que guardaba

como un párpado al ojo mágico de-las-mil-pupilas,

y sonriendo apenas, lo coloca en la mano rosácea.

Y Helena se estremece, diríase que cogió una cabeza viva,

como si hubiera tocado un instante a Paris y sus suaves cabellos29.


Al otro día, Menelao invita a Odiseo a recorrer a caballo sus tierras. En la conversación crece la desarmonía entre las inquietudes de éste y la chatura y avaricia de aquél. En un momento, Ulises ve claro su camino; decide raptar a Helena y comienza a pensar cómo realizar esa idea.

Mientras en los apriscos del rey, en una colina, los amigos duermen, allá, en sus habitaciones, Helena recuerda la famosa ciudad con sus esclavas, antes nobles troyanas. Y en la nostalgia, se hermanan ama y siervas. Ella confía a las mujeres su recuerdo, acaso motivado por la visita del “asesino aquel que con engaño / las famosas murallas demolió de la patria lejana”:


Y Helena velaba allá, en su lujosa cámara dorada,

con el bullicioso mujerío que llevaba consigo – sus esclavas propias -,

doncellas de alta nobleza que en playas lejanas brillaron

y que ahora en el negro destierro se marchitan y lloran.

“Nodrizas, mis buenas sirvientas, se ha levantado otra vez

/ en mi pecho

la ciudadela que fuera derruida y la lejana alegría que se fue.

Rosa abierta en mis manos, conservo la luna límpida

que alumbró dulcemente vuestras casa señoriales por

/ postrera vez

y que yacen ahora agostadas en la devastación de esas

/ arenas.

En algún lugar, en el espíritu, el bóreas sopla suave y la

/ memoria se refresca

y aquello que en el polvo desapareció vuelve inmortal a

/ nuestra mente;

y esta noche crecieron las viejas heridas; retornaron las ansias,

pues el palacio, mis nodrizas, huella el asesino aquel que

/ con engaño

las famosas murallas demolió de la patria lejana”.

Dijo la mujer engendrada-por-el-cisne y poco a poco se

/ levantó el lamento,

quieto como un llover de primavera en hondonada montosa.

Lentamente se elevó con sus torres la hermosa fortaleza;

/ de nuevo resplandecieron las casas;

se llenaron sus pórticos de niños; se pusieron las mesas;

se prepararon los lechos suaves; se movieron las piernas;

y, dulce testigo, la lámpara se elevó en el candelero.

Y poco a poco se fue volviendo el treno en el corazón un

/ canto amargo:

“Pájaro que vuelas por el cielo, bájame las alas,

para colgarme de tu blanco cuello y atravesar la llanura.

Para que mi pecho otra vez se refresque y aspire brisa salobre;

y como la silvestre perdiz-de-las-piedras que pierde sus polluelos,

me iré desesperada y donde encuentre agua turbia la he de beber30,

y donde encuentre cenizas de mi patria, me dejaré caer

/ para arrastrarme,

y donde pendía la cuna de mi hijo, cantaré amargamente”.

Se cortó el doliente son en sus gargantas sin caricias ni esperanzas;

y en los cabellos negros, grises, de cada doncella

fulgura el castillo amado como áurea corona ensangrentada;

y en el regazo de Helena una crespa cabeza se agitó débilmente,

y todas, fámulas y señora, todas se hermanaron, suspirando,

en el deseo doloroso de la lejana y muy amarga dicha31.


Esa noche, Helena consulta al cristal mágico y ve mares y un barco, imágenes de Creta y un cisne que surca aguas inmortales.

Al regreso de la larga excursión, Menelao, cansado, parte a tomar un baño tibio. Odiseo, en tanto, va a encontrar a Helena y en breve conversación queda concertada la huida:


Los ojos de-grandes-cejas levantó con suavidad la

/ nacida-de-un-dios,

y mirando fijamente al raptador, hablóle sin temor:

“¡En el sagrado cristal que me obsequiaste para avizorar mi alma,

véome erguida en una cubierta negra, Odiseo, y a tu sombra!”

El sueño sangriento del navío relampagueó en los ojos del barquero;

y su alma compadeció al agua cristalina, al cuerpo virginal:

“¡En la brisa escuché, Helena, tu llamada y acudí;

me apena que tu alma desaparezca sin dejar rastro alguno!”

Juguetearon las cejas arqueadas y los pintados labios:

“Mi pecho se sofocó una noche; sentí ansiedad y salí hasta la terraza,

y te invoqué, agitando las manos en alto.

Nunca un cuerpo de varón llamé sin que la brisa cogiera mi deseo,

y ahora al sol te contemplo, y diviso tras de ti

una barca veloz con velas desplegadas, compañeros tostados,

y el futuro subir-y-bajar, como las olas.”

Calla. Desde lo alto contempla las sierras, la llanura,

y más allá el torrente que reptando atraviesa las tierras y se pierde.

Sonríe, y de pronto en su sonrisa pareció ser el mundo terreno

un profundo cristal, redondo, de milagro, y lentamente

su sombra cruza la transparencia como un cisne negro.

Y se vuelve calma y no tiembla su habla divina en su puro pecho:

“Al amanecer o a medianoche, ¿cuándo te levantarás a dar la seña?”

El seductor-de-corazones tocó con delicadeza el hombro

/ bañado-por-el-sol:

Será al alba; y atardeciendo, hemos de subir al barco”.32


En la cena de esa última noche, Menelao se lamenta por la partida de su amigo y dice sentir una voz triste que le expresa que nunca más verá a Odiseo. Éste agradece al destino que permitió se juntaran una vez más los amigos y que esa noche estuvieran allí, admirando a Helena. Y luego pronuncia un atrevido elogio de la mujer, bendiciéndola por su belleza:
“¡Bebo también a tu salud, hija inmortal del cisne!

Dulcemente combinas al animal y al dios y equilibras en las cejas

el salvaje deseo de la tierra y la gracia sagrada del cielo.

Bendita seas, porque encendiste en nuestra alma lenta

la gran guerra, y el espíritu se abrió, se dilataron los mares,

y subió la victoria a nuestras duras testas y allí se aposentó,

ese pajarillo de alas ensangrentada y de dulcísima voz.

Que seas bendita en la tierra y en el glauco mar”33.


Y prosigue Odiseo, tejiendo el encomio de la mujer. Y también la respuesta de Helena parece audaz. Y luego, cuando el decadente rey, lloroso, entra a sus habitaciones a buscar un obsequio para Ulises, la bella mujer expresa abiertamente su desprecio por el esposo:
Y con risa de plata rió la-de-los-labios-rosáceos al oír sus halagos:

“Muchas lisonjas, muchos engaños te enseñaban día y noche

las muy sabias deidades en sus frescos lechos;

y el corazón dos veces sellado de la mujer para ti abrieron [...]

y cuando hablas, ¡cómo gozo profundamente de vivir y

/ de escucharte!

Don magnífico y adorno de la mujer es la belleza, oh dios,

cuando la gozan y la acarician las manos de un gran hombre”.

[...] “Mi pecho marmóreo no siente piedad por él; termina ya

¡No puede la vida crear con él ni fruto ni flor!”34

En cambio, el arquero observaba con compasión a su antiguo amigo ufanarse en buscar un obsequio para su huésped.

Los últimos momentos de esa última cena se pueblan de recuerdos de Troya y recuentos de vida. Odiseo admite que todo ha sido un sueño:


“¡Todas las cosas son un sueño, hermano, y que no

/ se amargue tu ánimo!

Un juego grande y brillante fue en nuestro pensamiento Troya,

con lodo, con mujeres, con una costa y con crímenes plasmada;

una copa profunda con vino enloquecedor, y lo bebimos todo,

y vaciló nuestro espíritu y partió a surcar el mar.

Pero no te engañe, hermano, el espíritu desvariador del vino;

no es verdad que partimos con las veloces naves,

que diez años luchamos para tomar la ciudadela

y que en una noche sus cenizas como humo se esparcieron en

/ el viento.

En nuestra mente sólo juguetearon como grandes pensamientos”35.

Menelao también recuerda a Troya, pero no como un sueño, pues allá reencontró a Helena:
“Aunque mi vida toda haya sido un sueño y sombra vana,

quieras que no, hermano, la sagrada verdad abracé un día:

cuando la ciudad se quemaba, y yo entre las llamas salvajes,

plena de perfumes, pura lozanía, ¡cogí en mis brazos a Helena!

Sonríe el guerrero con tristeza, inclinado se recuerda

cómo con sus manos levantó a la cervatilla desmayada,

y se hundió en las aguas hasta la cintura y erguido atravesó las olas;

en torno suyo deslumbráronse los pueblos, y al punto

azules los diez años se encendieron y apagaron como centella

/ en su espíritu.

Suspira el rey; ¡ah, si en aquel momento, el más alto de su vida,

hubiera caído el dios como un rayo y lo hubiera abrasado!36


Enseguida, el agotado monarca se duerme y, solos ya, Helena y Ulises hablan de la presencia real o fantástica de la mujer en Troya:
“Dicen que en vano diez años combatimos nosotros

para librar, Helena, de la vergüenza tu cuerpo divino,

¡y tú, intocada, permanecías en tanto sentada sobre una fresca nube

y sólo arrojabas tu sombra sobre nuestros campamentos!”


La idea de que la figura de Helena en Troya habría sido sólo un fantasma, pues ella estaría en ese tiempo en Egipto, se insinúa aquí, ligada en cierto modo a la idea de la belleza fulgurante, casi enceguecedora, de la mujer. Como sabemos, esa variante de la historia de Helena, había tenido varias expresiones entre mitógrafos y poetas antiguos, como la temprana de Estesícoro de Himera (+570 a.C.). Hera, irritada con Paris por no haber sido señalada por éste como la más hermosa, rapta a Helena y deja en su lugar un fantasma, mientras que la bella mujer es llevada a Egipto.
Lo que dije de ti, oh Helena, no era verdad;

tú no te embarcaste en los veloces navíos,

no eras tú quien llegó a la fortaleza de Troya.

En la tragedia de Eurípides, la Helena verdadera, que le parece ser una especie de doble a Teucro de Salamina, el cual no puede saber que la mujer por la que lucharon era sólo una imagen, es fuertemente apostrofada por el guerrero:

“¿Qué veo? Es la mujer más odiosa, cuya funesta hermosura fue causa de mi perdición y de la de todos los griegos. Maldígante los dioses, pues pareces otra Helena”.

Ella, por su parte, se queja de su suerte, pues, a pesar de sus muchos sufrimientos, aparece como un ser odioso para los griegos, como si hubiera sido la causa de la guerra:

“Yo, a pesar de mis incomparables sufrimientos, soy para ellos una mujer execrable, causa única de la guerra en la Grecia, por haber faltado a mi marido”37. En otro momento, habla de su “nombre desdichado, origen de muchas muertes”38. Y finalmente, reafirmando que ella es la verdadera Helena, dice ante los desconcertados compañeros de Menelao: “Yo no fui a Troya, sino mi imagen”.

Y modernamente, Seferis retoma el motivo de la Helena ausente de Troya. El poema termina con la expresión de frustración de quienes lucharon por causa de una fantasma. Teucro, que fue destinado por Apolo para ir a Chipre y fundar allí una nueva Salamina, se pregunta:


si es verdad

que algún otro Teutro, después de años,

o algún Ayax o Príamo o Hécuba

o algún desconocido, anónimo, que vio sin embargo

un Escamandro desbordar de cadáveres,

no tiene en su destino oír / a mensajeros que vengan a decir

que tanto dolor que tanta vida / se fueron al abismo

por una túnica vacía por una Helena39.

En un sentido distinto del de la leyenda sobre el traslado de Helena a Egipto y su reemplazo por un fantasma, también un personaje “nuevo”, no homérico, de la Odisea considera humo y sueño a Helena. En la última rapsodia, cuando el príncipe Manayís, convertido en asceta desde su encuentro con el asceta Odiseo, en las honduras del África, está muriendo, aparecen dos peregrinos griegos. Ante la orgullosa presentación que éstos hacen de ellos mismo y de su patria, “movió la cabeza el anciano, sonríe con dulzura: / ¡Dioses, leyes, patria, costas: humo de vuestras cabezas!”. Los peregrinos creen haber llegado la país de los lotófagos, por donde pasó Ulises en su homérico viaje; y reponen:
No era una sombra, oh mi olvidadizo, la famosa ciudadela

la noche santa en que fue saqueada por nuestros

/ renombrados ascendientes;

y cuando a la flor de la Hélade, a Helena, la-de-senos-de-nardo.

la sacaron en lo alto de los brazos de entre las rosas

/ sangrientas del incendio,

¡una bruma no era, sino un cuerpo tibio y muy dulce de mujer!
El anciano insiste en que todo aquello eran “criaturas de la imaginación” o juegos de algún dios maligno:
Desdichados, no pudisteis percibir que todo aquello era un juego

del maligno que, sito en las alturas, juega con los humanos,

construyendo con luz y rocío los famosos castillos

¡y Helena pasaba como una sombra incorpórea, botín del éter!

[...] ¡Sombra y bruma todo sobre la tierra: no existe Helena alguna!40
Otro personaje “nuevo”, Centauro, el más realista de los compañeros de Ulises, califica de “sueño” todo el largo encuentro con Helena en Esparta y luego su actuación en Creta. Mientras navegan por el Nilo hacia sus fuentes, después de haber intervenido en una revolución contra el régimen de los faraones, Orfós, el flautista recuerda a Helena. El poeta aprovecha la oportunidad para recordarla también cuando recién ha dado a luz allá en Creta. Al descubrir ella su seno, destellan las ventanas y un fulgor alcanza la mente del músico muy lejos en las soledades de África:
Y una mañana la mente del flautista brilló como una rosa:

pasaron por su pensamiento los senos de la seductora Helena.

Por allá, en la mar índiga, en la isla señorial,

tendida estaba entre sábanas blanca y sus dulces ojos

admiraban a su vástago en el cesto verde.

[...] La madre sonríe y descubre el seno;

destellaron al punto las ventanas y refulgió allá en las soledades

calcinadas del África la mente del flautista.

El vértigo lo cogió, palpita su corazón:

¡Ay de mí, barre mi pensamiento el bóreas y me trae a Helena;

Dios mío, ¿dónde está su renombrado cuerpo?

Y suspira el de-doble-asentadera. apresura su remo:

¡No te desgañites ni te vuelvas, músico, hacia atrás!

Un dulce sueño era la mujer, la-de-cejas-arqueadas,

/ y luego el gallo cantó.

Vamos; pasó el pasado como olas que se deshacen41.


En el poema de Kazantzakis, Helena goza sintiéndose una leyenda y sabiendo que los hombres traen y llevan su nombre y se preguntan dónde estuvo ella y dónde sólo su imagen en los años de la gran contienda por ella causada:


Callaba Helena, escuchando contenta en medio de la noche

su leyenda enrollarse en el huso de la fantasía.

No era una sombra la que se tendió en los lechos muelles,

no era una sombra la que gemía bajo el abrazo estrecho;

mas callaba, pues le gustaba escuchar a los varones

con sus palabras que-coge-el-viento traer y llevar su nombre42.


Helena juega con la confusión de verdad y ensueño que trae el éxtasis provocado por el vino, mientras que Odiseo trata de afirmarse en la realidad casi increíble que está viviendo:
[...] Pero el pajarero juntó sus cejas y se le aproxima:

“Esta noche en que te veo y está el espíritu transportado

/ por el vino,

brillas como lucero matutino y veloz cambias de aspectos,

por este cuerpo mío que soporto y esta alma que me ciño,

¡esta noche, Helena, quiero separar verdad de sueño!”

Rieron vivazmente a la luz los ojos de la seductora:

“¿Cómo podría, hombre-de-mil-tretas, el superficial cerebro

/ humano

separar verdad de sueño, la niebla de la bruma?

Vino la vida me parece, vida también la muerte, ¡y nos

/ embriagamos!

¿Era yo quien reía y lloraba en las costas de Troya,

o era mi sombra vacía, y yo en el lecho de mi esposo

soñaba con raptos, con jóvenes hermosos y bravuras?

Y ahora que de nuevo nos sentamos a una mesa pacífica,

se nubla nuestro espíritu y el sueño sopla y cruje la fortaleza

como un velero ¡y se marchó en las alas del viento!”43


Al llegar el momento de marcharse para siempre, abandonando definitivamente a Menelao, ahora en pleno sueño, Helena vacila. Como Odiseo en su Itaca, ella se siente ahogada en su hogar y en Esparta. No quiere perder su alma. No habrá otra oportunidad para liberarse.
Diosa no soy yo, y odio los cielos vacíos;

me agrada la tierra y siento dentro de mí mucho polvo y rosa;

no me basta ya esta casa, pues mi alma se ha extendido

para contemplar los mares y hogueras y las rudas rodillas

/ varoniles.

Pero si me voy de amanecida y subo a tu negro navío,

no me marcho como niña que se lanza al abismo del abrazo:

¡pasó Paris una vez el gran piélago y desapareció!

Mas como tú también ansío yo que no se pierda mi alma.

Odiseo percibe el temor y las dudas que asaltan a la mujer y le advierte que puede todavía arrepentirse de su decisión.


Y pasó por un instante por su pensamiento el llamar a su esposo,

lanzar voces y despertar a nobles, esclavos y criados.

¡Socorro! clamaban sus entrañas, pero se avergonzó su corazón,

y silenciosa y calma, miró al pirata sin ley.

Y así como vemos en aguas hondas ruinas de una vieja ciudad

y salen y entran los grandes peces y desovan

y sobre puertas de fortalezas ríen las olas y rumorean,

así la-de-los-grandes-ojos contemplaba en las pupilas del varón

entrelazarse la vida en venenosas raíces esmeraldas.

El engañador percibe su temor y se burla riendo:

“Ruda es mi piel, señora; no se asemeja a la de Paris,

y es difícil que salgas de este rapto.

¡Adelante! Aún te queda tiempo de levantarte y llamar”.

“¡Sé que tengo tiempo, pero libremente sigo mi destino y huyo!”

El gran raptor se irguió y estalló su corazón:

“¡Oh alma libre, mil veces bienvenida seas a mi proa!”44


Está amaneciendo cuando salen todos furtivamente y suben al carruaje que los llevará al barco. Empuña las riendas Odiseo y la triple fusta y parten los caballos, agitando sus cabezas.

Llegan finalmente hasta la costa, donde espera el grupo de compañeros de Ulises. Saltan los amigos a la embarcación y con delicadeza posan a Helena en la popa. Entonces la saluda el navegante peregrino:


¡En buena hora nos llegaste, señora del navío, nacida-de-la-espuma,

con el cristal profeta-de-destinos en tu pecho tormentoso!


Helena en silencio siente zarpar el barco y no echa siquiera una mirada a la isla donde se unió con Paris.
Helena, silenciosa, la verde superficie contemplaba

y la efímera espuma encrespada, y gozaba de sentir

la brisa marítima como un varón entreabrir su seno

y hasta su terso talón rosa refrescar.

Y ni se volvió a mirar la isla a la entrada del puerto,

que le tendió su sombra suave y su vegetación florida

para que en amor se uniera con el hermoso extranjero,

cuando por primera vez avergonzó a los dioses familiares45.


Durante la navegación, por un instante siente Ulises el deseo de poder liberarse de sus compañeros, quedarse solo con Helena y llegar a tener un hijo con ella. Pero desecha es impulso.

Llegan a Creta en momentos decisivos para la renovación del poder de Idomeneo. En la playa, la hermosura de Helena deslumbra a todos. Un viejo pirata expresa esa admiración:


“Todo el árbol de la tierra he recorrido en torno, pero juro que nunca

una señora tan bella mis ojos contemplaron”.


Los viajeros se imponen de que el rey, anciano y caduco, en esos días debe penetrar a la caverna del dios-toro para renovar sus fuerzas. Luego, al salir, tendrá que poseer a una becerra de bronce en cuyo interior debe haber una mujer.

Odiseo concibe la idea de ayudar a que el pueblo se levante contra la monarquía corrompida y decadente. Helena podría colaborar con este propósito, pues el rey, sin duda, querrá que ella entre a la becerra metálica. Destruida la ciudad corrompida, Ulises se irá en su navío y Helena se quedará en la isla y hará nueva vida.

Pronto se interiorizan también del conflicto que hay entre el rey y sus hijas: Krino, la virgen, deseada por el viejo padre; Fida, que odia a su progenitor y quiere organizar la rebelión, y Dijtena, quien se enamorará de Odiseo y se unirá efímeramente con él.. Los bárbaros rubios están igualmente llegando a la isla. Uno de ellos conspira junto a Fida. Otro enamora a Helena. Ésta, mientras mira a las mujeres nobles que juegan con unos toros, lo ve.

“desnudo, con sólo una piel de cordero en su sexo ardiente,

divisa al rubio hortelano que se le acerca furtivo;

grave y hermoso, como un buen novillo, se irguió delante de ella;

y Helena, inclinándose, sumisa, mira sus rodillas rudas.

Por su mente pasó de pronto el dios, el albísimo cisne,

que una vez se lanzó sobre su madre y la derribó de espaldas

/ en la yerba;

y ahora, mi dios, ¡cómo has surgido con los pies enlodados,

con las barbas vinosas y un cuerpo fuerte, para encontrarme!46


Al regreso de la montaña del dios-toro, Idomeneo recibe el mensaje de Ulises de que la sin par Helena está allí. El rey cambia su designio de obligar a su hija virgen Krino (Lirio) a entrar en la becerra de bronce, y decide que Helena la reemplace. Pero desconfía de Odiseo y su amistad, pues éste recién ha burlado a un viejo amigo. Odiseo le explica que el rapto de Helena fue ordenado por un dios y que él lo cumplió con tristeza. La mujer, a su vez, expresa que salió voluntariamente de su hogar y pide inmunidad para su raptor.

Las reminiscencias del mundo homérico y, en general, del mundo de la mitología antigua, surgen con gran frecuencia en el poema de Kazantzakis, contribuyendo a que tengamos continua la sensación de la identidad de estos personajes con los de aquel mundo. La sombra de Paris ha vuelto más de una vez. Ahora, el encuentro con el hermoso y fuerte bárbaro desnudo, le trae al espíritu de Helena la historia de cómo fue engendrada por el dios que bajó en forma de cisne a unirse con Leda47.

Después de cumplidas las largas ceremonias de la renovación de las fuerzas del rey, aparece el rubio hortelano bárbaro semidesnudo que había atraído a Helena, y se la lleva.

La vida de la mujer cambiará radicalmente otra vez. El reino de Idomeneo se derrumbará. Odiseo seguirá su camino sin rumbo. Ella siente que una nueva existencia se agita en su seno: se quedará con el bárbaro rubio. Medita en la noche y rememora su vida, pensando que no ha vivido todo lo que pudo alcanzar:

Mientras debe representar aún un papel junto a Idomeneo, para colaborar con el plan de los rebeldes que lo derribarán. En el palacio mira Helena el cristal mágico, pero nada ve al principio y se queda unos minutos meditando:
Suspiró Helena, herida por la belleza del mundo;

por el ventanal abierto el fresco relente de la noche penetraba;

al frente dormía la colina, velada en la luna menguante;

y entre los olivos repartía el búho gota a gota su lamento.

A tal hora levantábanse los muertos, amarraban sus huesos

con cueros y cuerdas apretadas para que no se dispersen

/ en el aire.

Dulce amanecer y tenue la luna; sopla fresco el sereno;

y comienza de nuevo la lucha feroz en las riberas de Troya.

Sombras los jóvenes se precipitan a devorar las otras sombras;

no sacan resuello sus labios blanquecinos, y las picas abren

llagas hondas sin sangre, sordas, como si rompieran aire.

Y una deidad con ojos amarillos, una lechuza blanca,

echada en la oquedad de un tronco reseco, con su ulular

cuenta uno a uno su multitud de espectros, hora a hora la noche. Sobrecogida, la mujer de-cuello-marmóreo, escuchaba

/ a la soledad

pasear en la neblinosa medianoche con sus pies delicados [...].

Suspira ahogadamente la-de-pecho-de-paloma, sumerge

/ sus ojos velados

en el fresco silencio, los hace en la noche navegar:

se alzan sombras en su pensamiento, voces dulces,

/ cabezas de valientes

que desfallecieron al hálito de su terrible seno,

y playas lejanas, esmeraldinas, y eróticos abrazos.

Y medita anhelante y se empaña su pecho pensando

cuántas flores no aspiró, a cuántos jardines no entró;

y sus labios se desharán en la tierra y no alcanzará, mi dios,

a beber la dicha toda del mundo en sus dos manos pequeñas48.


El nuevo camino de la vida de Helena se afirma. El ojo de cristal se lo asegura. Y ella dos veces expresa claramente que la figura de Odiseo se está borrando:
“Ya vagas lejos en mi mente y te vas desvaneciendo, ¡oh Odiseo!

Si en verdad eres el alma seductora – que todas

/las amarguras de la tierra

y alegrías soportan tus rodillas sin temblar -, escucha:

En el cristal que tú me regalaste para saber mi destino,

veo erguirse a mi diestra un bárbaro de barba blonda

en nuestra tienda roja, y sostener a mi hijo.

Veo nueva tierra y mar ¡y tú, Ulises, has desaparecido!”49


Helena va a cooperar en el plan destructivo de Odiseo y antes de que, después de la revolución, venga la despedida definitiva, reconoce su deuda con el raptor:
“Siempre he de conservar, querido, tu terrible mirada

en las entrañas nutrirme cual fuego inapagable;

porque mortal alguno no compartió contigo pan y sal,

sin que su ser atravesara una llama destructora del mundo”.


Todavía veremos a Helena antes de que Ulises deje Creta luego de consumada la destrucción del “régimen” de Idomeneo. Cunado están enterrando con gran tristeza a Stridás y a Fida, muertos en los combates, aparece brevemente la bella mujer:


[...] cuando de improviso como un almendro florido al que

/ atavió la tierra,

apareció el cuerpo grávido de Helena, la-que-va-a-dar-a-luz.

Resplandecían al sol sus túrgidos pechos floridos y en fruto,

y el esposo rubio, silencioso, inclinado, la seguía50.
Y enseguida vendrá la despedida. Ha terminado la tarea que se impuso Odiseo en Creta. Vendrá ahora una nueva jornada. No sin melancolía deja el navegante la isla señorial y las palabras del poema podrían hacernos pensar en la última mirada que Kazantzakis diera a su amada isla natal. Pero este despedirse de Creta se transforma también en el adiós definitivo a Helena, que se quedará allí. Una vez más tenemos la impresión de que el aventurero había llegado a amar a Helena. Es ésta una de la ocasiones en que Odiseo llora.
“Adelante, ¡terminó ya nuestra jornada en Creta!

Obreros somos, muchachos, en las viñas de dios;

¡un sol novel apareció, también comienza una jornada nueva!”

Dijo así. Y deja vagar en torno una lenta mirada de despedida:

nunca más a los hombres, las colinas, el arroyo, la dulzura

de la isla señorial a contemplar sus ojos volverían.

Avanza y una piedra arroja tras de sí y el golpe da eco51

en su pensamiento, dirías que cayó en cisterna sin fondo.

Y cuando ávida la vista giraba y daba mudo adiós,

de repente la mirada hechizada se posó en la-de-arqueadas-cejas.

Junto al hombronazo de melena blonda lucía satisfecha,

como una tierra húmeda sobre la cual cae el sol y vapor exhala.

“¡Helena!” gritó el-de-gran-corazón, y se trizó su pecho.

Levanta con pereza los párpados cansinos la-de-cejas-espesas

y sonrió, y “¡Adiós!” responde, entreabriendo los labios.

Con dulzura da la mano Odiseo a la-bañada-por-el-sol:

“Conceda el dios que juega con la tierra y mezcla

/ a los humanos,

que des a luz un hijo, que equilibre con firmeza las dos vastas alas

que franquean con doble ímpetu los límites del hombre:

¡el corazón bárbaro, embriagado, y el pensamiento que altivo

/ y despejado

le sujeta las bridas para que al caos no se precipite!

¡Helena, amado rostro de la tierra, nunca más ya

mis ojos te verán ni te tocarán mis manos toscas;

naciste espuma, fulguraste y te apagas en la cima

/ de mi espíritu!”

Dijo. Y vuelve la cara para que el llanto no se manifieste.

Con una sonrisa tenue, la mujer-plena-de-fruto sus manos alza

con esfuerzo por el peso del regazo y las agita al sol.

“¡También el alma como carne se apega y no puede

/ desprenderse!” ,

pensó el-de-dos-orígenes gimiendo, y se detuvo quedamente,

para gustar con hondura lo amargo de la separación.

Cuando asió toda la amargura, se serenó su espíritu.

Saciado ya, se despide el solitario, y rápido desciende

sin volverse hacia atrás por la ruta del puerto52.
Helena desaparece en esta inmensa narración que es la Odisea. Dos o tres veces, aparecerá brevemente su recuerdo. Cuando el grupo de amigos, reducido ya con la muerte de Stridás en Creta y la permanencia allí de Karterós como nuevo gobernante, navega por el Nilo, después de haber arrojado al agua el tesoro que habían encontrado en una tumba egipcia, viene Helena al pensamiento de Orfós, el músico. Y entrevemos a la hermosa mujer, allá en la lejana isla, entregada a los cuidados de su vástago, a quien debe preparar para la dura vida.
Y una mañana la mente del flautista brilló como una rosa:

pasaron por su pensamiento los senos de la seductora Helena.

Por allá, en la mar índiga, en la isla señorial,

tendida estaba entre sábanas blancas y sus dulces ojos

admiraban a su vástago en su cesto verde.

Y la vieja nodriza inclinada sobre el retoño recién nacido,

como Moira, buena Moira, le indicaba el destino, como fuerza

/ lo fortificaba.

Con sal le frotó el cráneo para sazonar su entendimiento;

lo empapó con licor a fin de que resista y no embriague en

/ las fiestas;

y asa en el brasero una pata de cangrejo y se lo pasa

/ por la boca,

para que hasta la vejez le salgan los dientes bien poderosos;

y por los dedos le pasa escorpión carbonizado, a fin de

/ que reparta

a dos manos puñaladas a los enemigos y amistad a los amigos.

Y por último coloca al niño a grupas de un caballo blanco,

para que los riñones le maduren fuertes en la lucha del amor.

Y cuando terminó con la armadura misteriosa del infante,

y éste podía ya franquear el umbral de nuestra tierra sin cuidado,

lo envuelve el aya en una piel rojiza, sobre la madre lo apoya

para que guste la leche primera, dulce y pura:

“¡Madre, cabeza-de-hierro, que te viva el retoño dragón

y el dios conceda que un día lo pongan en una canción!”

Dijo así la nodriza y la madre sonríe y descubre el seno;

destellaron al punto las ventanas y refulgió allá en las soledades

calcinadas del África la mente del flautista53.


Pero ahora, el grupo está preocupado del hambre que azota al pueblo egipcio. Por eso, Centauro, el-de-la-doble-asentadera, replica al flautista, a quien el vértigo ha cogido, como lo hemos visto, y remite al pasado la legendaria belleza de Helena.
Un dulce sueño era la mujer, la-de-cejas-arqueadas, y luego

/ el gallo cantó.

Vamos; pasó el pasado como olas que se deshacen.

Se nos abaten nuevos sueños; preparo mis oídos

y peludo mi corazón se puso al escuchar clamar a la pobreza;

¡ay, por el hambre negra morirán y me apiado de esta gente!”


Mucho más adelante, en pleno centro del África, después de haber llegado a las fuentes del Nilo, y antes de comenzar a dar forma real a la ciudad ideal que su mente ha ido incubando, Odiseo subirá a una montaña, en total soledad, y vivirá allí todas las etapas de la Ascética, como preparación para la gran acción. En medio de este complejo proceso espiritual, expresado en una verdadera torrencialidad de imágenes, una figura, al parecer la figura de Helena, volverá fugazmente en forma de un sueño.
A la medianoche, una dama-del-monte, una princesa de la noche,

olió el gran cuerpo varonil y aparece en la entrada de la gruta:

rayos de luna eran sus cabellos, rocío puro sus senos;

se deslizó oblicuamente al interior y se detuvo sobre el hombre;

mas enseguida el seductor reconoció al burlador-del-mundo,

que ni a dioses feroces temió ni a diosas respetó,

y lanza un grito virginal de miedo, y el sueño se esfumó.

“Creo que un rayo de luna me golpeó y el sueño me arrebató;

¡y en ese mismo instante soñaba con Helena, la-de-ojos-estrellados!”

Dijo, se volvió de lado, rápido para lograr

que no se le escapara el sueño el-de-los-grandes-ojos54.
Ya al final de su larga travesía del África, en el extremo sur del continente, cuando debe preparar su última embarcación que lo llevará a los hielos antárticos, y antes de encontrar a Jesús, el último de los personajes con los que ha dialogado, un día, dormido entre las rocas y acariciado por el mar, Odiseo, asceta anciano ya, tiene una visión de Helena. Pero la figura de Helena parece confundirse con la de la mar, siempre es ella, es femenina, y por eso puede pensarse como una amante de Odiseo, que saluda su regreso desde la tierra, por la que ha peregrinado largamente. Pensemos que Odiseo ha atravesado África de norte a sur. No quedan claros los límites, dentro de la “realidad” plena de fantasía y onirismo del poema. No nos quedan claros los contornos de esta visión. En todo caso, es la última vez que se nos aparece la bella mujer antes de que asistamos a su muerte.
Y lo encontró el mar durmiendo al amanecer sobre las rocas:

le arroja su espuma y se la vuelve a echar y se pregunta

/ en secreto:

¡Madre mía, ¿quién será esta fiera que está sobre las piedras?

Lo lamo lentamente y lo vuelvo a lamer, me lanzo y lo lleno

/ de espuma;

ni es un pez espada que murió ni un barco que se pudrió

ni un peñón que echó barbas blancas y que resuena

/ como espelion;

¡será algún antiguo y viejo capitán, cuyo barco naufragó!”

Nuestro lobo-de-mar abrió los ojos y se rió de ver

a la seductora Helena, la-de-los-ojos-risueños, desnuda con/

/ sus brazos tersos,

que tomaba el sol en los blancos roquedales, y por la arena

/ deslizábase

y sus pechos abrían unos pequeños y redondos pozos.

De bruces se tendió y contempla con ansia al viejo amante

que de ella se había acordado y que volvía de la tierra firme,

esa señora polvorienta- y le traía como obsequio

su erizo entendimiento, su ruda carne y sus enormes huesos.

Lo contempla con dulzura, le murmura palabras secretas

/ en los talones

y en sus velludos muslos gruesos y en su vientre grisáceo;

reía con labios frescos y lamía y sus pechos temblaban,

y a lo largo de la orilla los pulidos guijarros cantaban55.
A estas alturas, no sabemos si es Helena o la mar que recibe a su “viejo amante”. Pues enseguida, Odiseo se entrega a la mar, se sumerge “en el seno de la amante”, y ahora sí está claro que el poema está hablando del mar.
Desliza sus pies arrastradamente el solitario como la balsa en

/ las húmedas ondas,

echa adelante las rodillas y la espalda,

toma un vivaz movimiento y se sumerge por completo,

popa y proa, en el seno de la amante, bañado-en-lozanía;

y se aliviaron y gozaron los riñones rodadores-de-mundo.

De espaldas iba nadando, extendiendo los brazos sin prisa;

¡oh Dios, cuánto tiempo anhelara el abrazo salobre,

y ahora cual esponja, se-abre-y-cierra el cuerpo sediento

y bebe y bebe el aguada salada y no puede saciarse.

¿Cuáles son las rosas que se marchitaron y perdieron su fragancia

y cuando se sumen en el agua vuelven a abrirse, tersas?

¡Rosa el cuerpo crespo del de-múltiple-pensar

/ sobre la superficie azul56.


En la última rapsodia, después que varias veces en el poema hemos vistos pasar “miles de años” vemos finalmente morir a Helena, símbolo inmortal de la belleza.

Como Ulises, ella ha envejecido. Ha sido origen de una gran estirpe. Rememora su vida y en los últimos momentos alcanza al percibir el llamado del también agonizante Odiseo, que desde un peñón de hielo antártico, ha invocado a quienes amó en vida. Helena y el viejo perro Argos – éste desde su tumba en Itaca – son los únicos personajes homéricos que acuden. Helena, en el último destello de su mente, vuelta a ser una niña de doce años, con sus trenzas colgantes, coge una caña de las orillas del Eurotas y parte a unirse al gran cortejo de seres que aún existen y de sombras de otros que dejaron hace tiempo de existir. Será aquella bella y tersa niña una de las caminantes en esa postrera y fantasmagórica peregrinación hacia el lugar de la agonía de Odiseo.

En esta forma el poeta parece querer rescatar la belleza de Helena, a pesar de la vejez y la muerte que hubieron también que alcanzarla. (¿Por qué está a orillas del Eurotas, donde estuvo Esparta y no en Creta donde la dejamos, con el apuesto y fuerte bárbaro, con el que habría de dar origen a nueva estirpe?)
Y lejos, en un fresco ribazo, entre laureles floridos,

el cuerpo divinal de la-de-cejas-arqueadas cayó al anochecer en agonía,

con sus pies-de-nardo, delicados, hacia la corriente cantarina.

En torno, los nietos, los biznietos, la nueva estirpe divina,

trenzan su pelo albísimo, la rocían con agua-de-rosas,

para que respire aún un instante y sus párpados abra;

les diga una última palabra buena y le dé la bendición.

Por dos días gime en la arena su cuerpo-de-cirio,

y ni en lo alto la recibes, cielo, ni tampoco la tierra la devora;

cual blanco nimbo primaveral está suspendida en el aire.

De sus pesados cofres-dotales tallados-en-cedro,

sacaron un sudario recamado, su peplo funerario,

que nuestra vanidosa en su vejez, doblada sobre el telar,

cantando lo tejía y lo bordaba con mil artes y destreza:

en el medio, la llanura bien verde con unas carpas rojas,

alrededor la mar azul con sus franjas albas espumales,

y por los cuatro ángulos, erguidos, cuatro fortalezas arden.

Se inclinan las nietas rubias y lavan con lentitud su cuerpo

con vinagre-de-rosas perfumado, para que se refresque;

el pecho se descubrió, los pechos muy-besados se bajaron,

velas que el viento ya no las sopla y que el bóreas no las bate.

Abre los ojos que ya los ha plegado un velo grave

y en silencio mira las aguas transparentes en el cañaveral,

que presurosas y alegres corren a mezclarse con el mar;

aguzó sus oídos, escuchas el profundo deslizarse del río,

oye cantar su vida como el agua y apagarse,

y cual tenue espuma y rumor cantarino, que se desvanece

/ quietamente y pasa,

se va su espíritu sobre las ondas y recoge consigo

los bravos que se mataron, los castros que se incendiaron

y los navíos que se hundieron en sus ojos negros.

Todo pende por postrera vez en sus gruesas cejas:

¡cuántas alegrías amarguras no tenía la tierra, cuántos

/ grandes abrazos,

Y cómo en el mundo terreno cumplió el difícil deber!

Mas de repente, cuando trajo al recuerdo los piélagos lejanos

y a todos los príncipes de ayer despedía secretamente en

/ su espíritu,

lanza un rito y el sudor bañó su famoso cuerpo

¡el bonete feroz del arquero divisa y sus barbas grises

y sus anchos labios que ríen apenas y quedamente llaman: Helena!

Se sonrojó la-de-mejillas-de-lirio, su seno se agitó

¡Ay si pudiera, oh Dios, levantarse, destruir el hogar,

estar en la proa de la nao y que soplara la brisa,

cerrar de nuevo sus ojos, y que lo escrito se cumpla!

Y mientras yacía en la ribera y agonizaba lentamente,

centellea su espíritu, lanzó su último destello,

y hete aquí que – niña de doce años, con trenzas colgantes –

por los españadales del Eurotas se abalanza, corta una caña verde,

como a un corcel la cabalga y se va a lo largo de la orilla.

Como estandarte de guerra agitaba su cinto virginal,

su pecho cuan tierno membrillo afelpado perfumada,

/ su vientre florecía-como-nardo

y en sus grandes ojos negros se sumía el mundo entero.


Diversos serán los encuentros que tendrá la niña Helena con otros de los numerosos personajes del poema que ahora se encaminan hacia el agonizante Odiseo. Aquí la dejaremos en ese último peregrinar y sólo veremos su primer cambio de palabras, que será con el Eremita, aquel anciano que vivió toda una vida de virtud y renunciamiento que lo sació, y al que Ulises halló en la honduras de la selva africana, y a cuyo cadáver “calmó”, poniendo un puñado de tierra en su mano. Él llamará "agua inmortal" a la pequeña y virginal Helena.
Y de pronto el anciano eremita husmeó en su tumba

a la niña que pasa sobre él, y removió las piedras,

sacudió el plumaje como el cuervo y surgió sobre el suelo;

y aún tenía en su mano un puñado de tierra.

El sol ardiente se puso y hierve la tierra todavía

y se apoyó el anciano en el muro de la gruta para no caer;

contempla a la joven y suspira, se llenó su garganta:

“¿Dónde vas, chiquilla de doce años? ¿Dónde vas cuerpo lozano?

¡Dime dónde vas, agua inmortal, para ir yo contigo también!”

Apéndice


Los epítetos de Helena
Los epítetos de Helena son 12 en la Ilíada y 11 en la Odisea. En el primer poema es un personaje importante sólo en el sentido de que ella es la causa de la guerra. Pero sus apariciones son muy breves, aunque las menciones de su nombre no son poco numerosas. En la Odisea, aparece también en forma breve, en la IV rapsodia y todavía es más reducida su aparición en la rapsodia XV. En este poema, Helena “redime su pasado para convertirse en reina solícita”57. Con sus epítetos se nombra a Helena 24 veces en la Odisea y 17 en la Ilíada. El total de epítetos en los dos poemas es de 12 y con ellos se la nombra en 41 ocasiones. Claro está que también se la menciona con su nombre no pocas veces.

Los epítetos en los poemas homéricos aluden principalmente a su región de origen, a su belleza y a su ascendencia divina. En orden de frecuencia son: la argiva (o argólica), la nacida de Zeus, la de hermosa cabellera (y), la de largo velo, la de nobles padres, la divina entre las mujeres. Por una vez aparecen los epítetos: la de hermosas mejillas (Odisea), hija de Zeus  (Odisea) e hija de Zeus  (Ilíada).

A los epítetos, hay que agregar 4 autocalificaciones de Helena, todas desfavorables para su persona. Tres aparecen en la Ilíada y muestran un sentimiento fuerte de autocondena que no hallamos en la Odisea. En este último poema Helena recuerda su “error”, IV, 235, y se nombra a sí misma como “ojos de perra”  aunque sus expresiones no muestran enojo consigo misma. En la Ilíada, en cambio, La mujer se califica de “perra maléfica y abominable”,VI-344,  de perra VI-356,  de “odiosa” III-404, . Con calificativo parecido la menciona Aquiles: 

De los personajes homéricos que reconocemos en la Odisea de Kazantzakis, Ulises y Helena son, sin duda, los principales. Los demás: Penélope, Laertes, Telémaco, Anticlea, Argos, Nausícaa, Menelao, Idomeneo – y a través de relatos o recuerdos, Calipso, Circe, Paris – tienen presencia reducida, aunque en algunos casos intensamente conmovedora: Penélope, Laertes, Anticlea, Argos.

Si consideramos la tan extensa gama de personajes con quienes se encuentra Odiseo después de volver a salir de Itaca. igualmente debemos considerar a Helena como uno de los principales. Participa con Ulises en la primera de las acciones importantes de éste: la preparación y consumación de la revuelta contra Idomeneo, en Creta. La presencia de Helena en las rapsodias IV, V,VI, VII y VIII, tiene aun un último destello en la rapsodia final, XXIV: como hemos visto, ella y el perro Argos son los dos únicos personajes provenientes del mundo antiguo que escuchan el llamado del agonizante Odiseo y parten hacia los hielos antárticos.

Si consideramos que en la Odisea homérica (12.110 versos) hallamos 11 epítetos de Helena, con los cuales se la menciona 17 veces, el número de 89 epítetos, utilizados en 118 ocasiones, que encontramos en el poema moderno (33.333 versos), parece bastante elevado. Esto, aun cuando añadamos a los de la Odisea homérica 2 epítetos que encontramos sólo en la Ilíada (aunque pueden considerarse una especie de variante de los correspondientes de la Odisea): Diós koure, hija de Zeus, variante de Diós thygater; eukomos , de hermosa cabellera, variante de kallikomos.

Frente a los poemas homéricos, en la Odisea de Kazantzakis hallamos una verdadera “torrencialidad de epítetos”, la que habría que complementar con muchos calificativos de las partes del cuerpo de Helena y de los objetos que ella maneja, calificativos que son muy numerosos. Toda esta barroca acumulación de formas de nombrar a Helena – por lo general, palabras compuestas propias de la lengua popular o creadas por el poeta siguiendo mecanismos naturales del idioma – muestran un esfuerzo por asir en palabras una realidad (realidad dentro de una creación literaria compleja, densa). La belleza de Helena y el deslumbramiento que ésta produce requiere de muchas palabras, de nuevas palabras, de palabras intensamente expresivas.

Recordaremos para terminar algunos epítetos de Helena en la nueva Odisea: de-ojos-negros, de-ojos-de-estrellas, de-ojos-acariciantes, de-ojos-juguetones, de-ojos-vivaces, de-grandes-ojos, de-mejillas-de-lirio, de-cejas-arqueadas, de-cejas-de-luna, de-cejas-espadáceas, de-seno-de-rosa, de-seno-estrellado, de-seno-de-lirio, graciosa-como-sol, hermosa-como-sol, de-seno-de-cristal, hija-del-cisne, nacida-del-cisne, engendrada-por-el-cisne, engendrada-por-un-dios, tres-veces-noble, cinco-veces-bella, siete-veces-mujer, en-cuya-espalda-se-desliza-el deseo.


Con Helena cerramos los ensayos dedicados a algunas de las figuras femeninas de la nueva Odisea que "provienen" de la antigua. Las mujeres creadas por Homero fueron plasmadas "con suficientes detalles como para definirlas, pero no para agotarlas", anota Oscar Gerardo Ramos Pero los personajes femeninos del poema contemporáneo son varios más y todos merecen un estudio. Y podemos aplicar a todos ellos la reflexión del filólogo respecto de las mujeres homéricas.


1 G. Highet: op. cit., vol. II, p. 149.

2 N. Kazantzakis: Carta al Greco, p. 193.

3 Tomás Gorpas: “El paso de Helena o El canto de la extranjera”.

4 Ana Leticia Barbault (Aikin-Barbauld): Diálogo de los muertos – Entre Helena de Troya y Madame de Maintenon.

5 G. Highet: op. cit., vol. II, p. 150.

6 Eckermann: Conversaciones con Goethe, p. 1155.

7 M. Castillo Didier: “Helenismo y filohelenismo en la obra de Goethe”, Byzantion Nea Hellás Nº19-20, 2000-2001, p. 298. Hay que recordar que Byron ofrendó a la libertad de Grecia su fortuna y su vida. Murió en plena Revolución de la Independencia Helénica, en 1824, en la ciudad mártir de Mesolonyi.

8 N. Kazantzakis: “Ena sjolio stin Odisia” Un comentario a la Odisea, Nea Hestía Nº 389, 1943, p. 1031.

9 Homero: Odisea, IV, 144-146.

10 Ibídem, IV, 259-263.

11 Ibídem, XVII, 118-119.

12 Ibídem, XI, 436-439.

13 Homero: Ilíada, XIX, 325; III, 404; VI, 344 y 356.

14 R. Graves: Los mitos griegos, ed. cit., p. 160.

15 N. Kazantzakis: Odisea, I, 139-144 y 148-149.

16 Ibídem, 1346-1356.

17 Ibídem, III, 221-241.

18 Ibídem, III, 273-301.

19 Ibídem, III, 659-675.

20 Ibídem, III, 821-846.

21 Ibídem, 1098.

22 Ibídem, 1048-1060.

23 Ibídem, 1071-1081.

24 Julio del Casal: “Elena”, en Pedro Lastra / Rigas Kappatos, op. cit., pp. 86-87.


25 Ibídem, 1126-1137.

26 Ibídem, 1196-1198.

27 Homero Odisea, IV, 218-234, Kazantzakis: Odisea, III, 1462.

28 Ibídem, 151-1256.

29 Ibídem, 1270-1274.

30 Motivo de la poesía popular en que la cervatilla, cuyo hijo ha sido muerto, enturbia el agua para beberla así, en señal de dolor.

31 Ibídem, IV, 430-463.

32 Ibídem, 553-576.

33 Ibídem, 950-957.

34 Ibídem, 967-971, 972-975.

35 Ibídem, 1057-1067.

36 Ibídem, 1077-1087.

37 Eurípides: Helena en Obras dramáticas, Traducción E. Mier y Barbery, Editorial El Ateneo, Buenos Aires, 1951, p. 520.

38 Ibídem, p. 525.

39 Y. Seferis: "Heleni", Piímata, 20ª edición. Edit. Íkaros, Atenas, 2000, p. 242.

40 Odisea, XXIV, 964 y 981.

41 Odisea, IX, 962-966 y 983-992.

42 Odisea, IV, 10971-1102.

43 Ibídem, IV, 1097-1119.

44 Ibídem, IV, 1160-1175.

45 Ibídem, V, 93-100.

46 Ibídem, 856-863.

47 P. Grimal, op. cit., p. 221.

48 Odisea VII, 306-331.

49 Ibídem, 447-452.

50 Ibídem, 838-841.

51 El acto de lanzar una piedra hacia atrás por sobre los hombros simboliza la voluntad de dejar la tierra propia y tomar otros rumbos.

52 Odisea VIII, 895-927.

53 Odisea IX, 992-994..

54 Odisea XIV, 151-162.

55 Ibídem, XXI, 517-535.

56 Ibídem, 536-547.

57 O. G. Ramos,op. cit., p. 134.

i



La base de datos está protegida por derechos de autor ©bazica.org 2016
enviar mensaje

    Página principal