Henri barbusse



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EL GENERAL DE HOMBRES LIBRES


February, 11. Several days ago I rode out the camp of General Augusto C. Sandino, the terrible "bandit" of Nicaragua who is holding the marines at bay. Not a single hair of my blond, Anglo-Saxon head had been injured. On the contrary, I had been shown every possible kindness, I went free to take any route I might choose, with permission to relate to anybody I encountered any and every thing I had seen and heard. Perhaps my case is unique I am the first and only American since Sandino began fighting the marines who has been granted an official interview, and I am the first bona fide correspondent of any nationality to talk to him face to face.

"Do you still think us bandits?" was his last query as I bade him good-by.

"You are as much a bandit as Mr. Coolidge is a bolshevik", was my reply.

"Tell your people" he returned—, "there may be bandits in Nicaragua, but they are not necessary Nicaraguans”. 1

CARLETON BEALS


No fue mucho lo que obtuvo en México Sandino. Aunque él mismo declaraba el 9 de setiembre de 1929 que no había hostilidad hacia él ("nunca la esperaríamos de los mexicanos, que en todo caso son cultivadores de la franqueza"). De su viaje a la capital, realizado a fines de ese año, no obtuvo mucho más que durante su estada en Mérida del Yucatán.
1 Beals, Carleton. En The Nation, de Nueva York, 22 de febrero de 1928.

Cuando decidió el retorno a su patria, apenas dos ametralladoras de mano, declaradas en la aduana como "herramientas de carpintería", constituían todo el arsenal obtenido. Un señor J. Constantino González le había procurado mil pesos mexicanos, para gastos de viaje suyo y de sus acompañantes.

Fracasado su intento de unificar todos los movimientos revolucionarios de Iberoamérica, había visto desertar, uno a uno, a sus colaboradores más eficaces: Turcios, Martí, el peruano Pavletich. Se había desencontrado con Haya de la Torre, quien fue expulsado por Chacón de Guatemala y luego por el gobierno de Panamá; ahora se desencontraba con Alemán Bolaños en Guatemala.

En efecto, el día 1º de mayo de 1930 Sandino entraba por ferrocarril a Guatemala, con el nombre de Crescendo Rendón. Trató de localizar al periodista compatriota que tan identificado estaba con su causa, pero, en virtud de la precipitación y sigilo con que había sido preparado el viaje, no pudo avisarle de su llegada; como éste se había trasladado a San Salvador, apenas si tuvo el placer de hablar con su esposa y acariciar a sus hijos.

El día 3, al mediodía salió en automóvil rumbo a El Salvador; el 5 pasaba por San Salvador sin detenerse, en dirección a Zacatecoluca, donde tomó el ferrocarril de Oriente hacia Honduras. Dos días después, acompañado de sus ayudantes se hallaba en territorio de Nicaragua.

Aunque en su patria no habían ocurrido cambios políticos perceptibles, se estaba operando una visible transformación entre las fuerzas que combatían al libertador; el grueso de ellas no estaba constituido ya por las tropas de marinería norteamericana, sino por las formadas con naturales del país, bajo la instrucción y mando de oficiales del ejército invasor. La Constabularia Nacional se había transformado en Guardia Nacional. Una de las aparentemente inocuas resoluciones del Tratado de Paz y Amistad de 1923, refrendado y garantizado por Washington, cobraba así firme realidad.

Al factor psicológico de que los soldados sandinistas enfrentaban ahora a sus propios hermanos, se unía el militar: habituados al clima y al medio, las tropas de la Guardia Nacional utilizaban las mismas tácticas que Sandino. Y en tanto la autoestimación y el desprecio que sentían por sus adversarios hacían que los norteamericanos combatieran de pie a los guerrilleros, sin tratar de ocultarse, echándose el rifle a la cara en cuanto sonaba el primer tiro, y constituyéndose así en

magníficos blancos de los tiradores emboscados, los nuevos combatientes se tiraban inmediatamente al suelo, avanzaban entre la selva en lugar de utilizar los caminos, evitaban los pueblos, siempre dispuestos para el espionaje y se servían de los mismos métodos de guerrillas impuestos por Sandino.

La sangría de las tropas norteamericanas había sido severa; pero no la había sido menor la que le ocasionaron sus adversarios. Eran ya cuatro años de lucha sin cuartel, contra un enemigo invisible tanto como tenaz y persistente.

Las protestas en Estados Unidos eran cada vez mayores, como mayores eran las críticas de los diarios liberales de toda América. En el Senado de la Unión las voces de impaciencia se sucedían sin interrupción. ¿Qué mejor solución que derivar en una guerra civil lo que hasta ese momento había sido guerra de invasor contra invadido?

Cinco mil hombres formaron el primer contingente seleccionado para combatir a Sandino. El uniforme seguía el modelo norteamericano. Cuatrocientas ametralladoras constituían su armamento pesado. La aviación, en cambio, seguía estando a cargo de los invasores en forma total. Iban a enfrentar a ese ejército "desprovisto hasta lo increíble de las cosas más elementales para su funcionamiento; donde casi la tercera parte de los soldados marchan descalzos; donde la mayor parte de los días no tienen para comer una comida medianamente suficiente; donde nadie, ni jefes ni tropa gana un solo céntimo; que envuelve un poder espiritual tan grande, que representa el más potente ejército ideal que haya tenido América entera desde los tiempos de la independencia, y que quizá dentro de su pequeñez y modestia le supera en profundidad ideológica", como lo diría Belausteguigoitía.

Para asegurarse la impunidad, la Guardia Nacional comenzó por prohibir la portación de armas; los simples cuchillos o cortaplumas estaban vedados. La consecuencia fue que el índice de delincuencia en las ciudades aumentó de inmediato, ya que los únicos que respetaron la orden fueron las víctimas de los desmanes.

Por si no fuera bastante, el ya exhausto erario se veía ahora recargado con un presupuesto de cien mil córdobas mensuales, carga tan desproporcionada con lo que la potencialidad económica del país permitía, que fue necesario suprimir "renglones innecesarios" de gastos públicos. ¿Cuál era el más innecesario? ¡Qué duda cabe: la instrucción! Y así fue como en los años 1931 y 1932 se clausuraron las escuelas y colegios de

Nicaragua, por "economía de guerra".

La llamada Academia Militar "editaba oficiales en seis meses". La extraña mixtura de soldados u oficiales nicaragüenses comandados por jefes superiores extranjeros se complementaba con un sistema postal y telegráfico propio, prescindente de toda sujeción a la autoridad máxima de la nación, y que manejaba fondos sin rendir cuentas, en la misma forma que acordaba ascensos y bajas a voluntad. De tal manera, el único legado visible de los norteamericanos en Nicaragua fue la implantación de la casta militar dominante.

A partir de entonces, los Estados Unidos no necesitaron recurrir a nuevas aventuras militares. Les bastó con hacer encumbrar a militares adictos, probados y sondeados — preferentemente los agregados militares en Washington—, para obtener la necesaria tranquilidad de que harían menester sus sacrificados hombres de negocios para que sus transacciones se llevaran a cabo sin temores ni riesgos.

Este pensamiento había inspirado la política de no intervención, que luego se mejoró con la acuñación de una nueva denominación: la buena vecindad. Aparentemente se trataba de un golpe de timón importante en las relaciones interamericanas. Una vez más, la sabiduría iba a sacar provecho de la experiencia. Iba a terminar la política del big-stick, para dar lugar a la de las sonrisas y palmadas en la espalda.

Su primer signo fue la promesa, hecha pública por los invasores, en 1930, de que al siguiente día de hacerse cargo del mando el sucesor de Moncada, mediante las elecciones consabidamente supervigiladas por los Estados Unidos, no iba a quedar un solo soldado u oficial extranjero en Nicaragua. A principios del año inmediatamente anterior, 1929, el nuevo presidente de la Unión, Mr. Hoover, había preparado el terreno mediante su famosa gira de buena voluntad a bordo del acorazado Utah. Su viaje no fue todo lo placentero que era de esperarse tratándose de tan insigne figura. En todas las capitales visitadas donde la política de las dictaduras no lo impidió, se realizaron manifestaciones y actos públicos de repudio a la política imperialista. En Buenos Aires y Montevideo, Hoover fue recibido por el pueblo al grito de "¡Sandino!

¡Sandino!" 2

2 En nuestro país, la revista antiimperialista Renovación señaló en un editorial las características electorales de la jira, manifestando entre otras cosas: "Mr. Hoover, queriéndolo o no, ha batido un récord de velocidad cruzando, en menos de 200 horas de desembarco, por la friolera de trece países. Basta esta referencia para

Tan molesto debió de resultarle ese tipo de agasajo, que resolvió dejar sin efecto las restantes visitas programadas.

A pesar de que Sandino llegaba a conocer estas muestras de simpatía popular se dolía de que no revistieran un carácter más práctico de solidaridad. Su fracaso como gestor de armamentos en México, la circunstancia de hallarse en tierra extraña, a ratos hostil, la insensibilidad de los gobiernos latinoamericanos, todo contribuía a que el caudillo sintiera cada vez más con mayor urgencia la necesidad del retorno. Así pasó en Nicaragua el año 1929, que fue uno de los más tristes en la historia de las libertades de Iberoamérica. Vergonzoso para su historia, que registró una vez más la despreocupación de las naciones y la impotencia de los pueblos; triste para el futuro, que a la luz de la elección recaída en otro candidato republicano estadounidense, demostraba la continuidad de la política de rapiña y de intervención, aunque se disfrazara de mansedumbre y arrepentimiento; amargo para el libertador Sandino, reducido a una espera febril de ayuda que nunca llegó a concretarse.

Una vez de regreso, antes de cumplirse un mes, en junio de 1930, está otra vez peleando junto a sus soldados.



Como siempre, resulta un buen cronista de sus campañas:
En las llanuras y montañas segovianas, no han cesado, no cesarán nuestros disparos de protesta y alerta contra las hordas de forajidos. En los extensos campos de Las Segovias se encuentran, entre otras, dos imponentes alturas: El Saraguazca y El Yucapuca, cerros que fueron nuestros centros de operaciones cuando la guerra contra Chamorro y Díaz, en 1927. Con nuevos planes nuestro ejército ocupó El Saraguazca, con

400 hombres y diez ametralladoras, el 18 del presente mes, dejando estratégicamente en diferentes partes columnas que sumaban más de 600 hombres, suficientemente equipados. En la madrugada del 19, los oficiales de guardia me informaron que en las alturas del Chirinagua y las de la Peña de la Cruz, se veían luces sospechosas que descolgaban sobre los bajos de El Saraguazca, como tratando de acercarse a nuestras primeras avanzadas. Se ordenó hacer tres disparos de mortero, que era
comprender que no ha habido seriedad de propósitos... Las dictaduras del Pacífico le han tendido una alfombra de aplausos oficiales. Por ella ha caminado Mr. Hoover sin tropiezo. Hasta que, al llegar al Río de la Plata, las manifestaciones populares comenzaron a vivar a Sandino Mr. Hoover no debe haberse sentido muy cómodo, porque, después de ellas, renunció a visitar México, Venezuela, Cuba y algunas Antillas".


la consigna inmediata para todos los retenes que cubrían el puesto. En las primeras horas del día 19 principió el combate por el lado de los bajos de San Marcos. A las doce del día, el enemigo había sido derrotado en todos los flancos, y muerto en el primer asalto el yanqui que dirigía a los atacantes. Casi sin intervalos el enemigo reanudó su fuego hasta las seis de la tarde, en que fue completamente aniquilado por nuestros enardecidos soldados.

Una flotilla de seis aeroplanos tomó parte en la contienda, y se nos bombardeó y ametralló furiosamente. Pero el contraataque fue también furioso y el enemigo sufrió muchas bajas y deserciones. De nuestra parte tuvimos que lamentar la muerte del capitán Encarnación Lumbi. El soldado Roque Matey, de Talpaneca, resultó herido, y ya cuando cesaba el bombardeo aéreo, a eso de las cuatro de la tarde cayó una bomba en el lugar en que me encontraba, alcanzándome ligeramente uno de los chaméis en la pierna izquierda. Ninguna importancia he dado a la herida, ni he dejado de disponer los asuntos relativos a nuestro ejército, pues ni siquiera me impide montar a caballo.
Así era, en efecto. Sandino daba nuevas muestras de vida en Nicaragua, y América latina se regocijaba por su retorno al combate. Nuevamente su cabeza fue puesta a precio, en dólares. Pero seguía no estando solo: Vasconcelos, Ligarte, Haya de la Torre, Palacios, Mariátegui y hasta el propio César Vallejo en Rusia eran los propagandistas de su causa, y las multitudes del Continente seguían confiando en el triunfo final de su ideal libertario.

Diarios y revistas se habían convertido en reductos sandinistas, y esa brega no se reducía a los límites latinoamericanos. En Washington mismo, la filial local de la Liga Antiimperialista Panamericana había organizado manifestaciones, que en una oportunidad se tradujeron en desórdenes que culminaron con la detención de más de cien manifestantes. Uno de los carteles que portaban, decía: Wall Street y no Sandino es el verdadero bandido de Nicaragua. Otro, rezaba: No apelamos a Casa Blanca, sino a las masas contra la Casa Blanca.



En La Nueva Democracia, de Nueva York, escribía Carlos Thompson:
Sandino es en más de un sentido el jefe de la situación nicaragüense. Triunfen los liberales o conservadores en


Nicaragua, su política internacional será de repprochement con los Estados Unidos. Creo que cualquier gobierno allí, liberal o conservador, tratará de ir en armonía con el de la Casa Blanca. Claro que hay gente que sostendrá a Sandino en lo moral, como él se ha venido sosteniendo bravamente en Las Segovias. Creo que la intervención norteamericana ha hecho en Nicaragua algo peor que atropellar una soberanía nacional: ha corroído la fibra moral de los nicaragüenses, les ha quebrantado la confianza en sí mismos, les ha destruido la capacidad de autogobierno. A lo presente, no hay grupo político organizado que crea posible conducir los asuntos nacionales de Nicaragua sin antes obtener el visto bueno de los Estados Unidos. Y esto, a mi ver, constituye una herida al organismo nicaragüense, que requerirá muchos años para cicatrizarse... y que hará cicatrizar el general Sandino con su ejército de Las Segovias.
También el Daily Worker consideraba indispensable referirse extensamente a Sandino, como en la nota siguiente, titulada ¿A dónde va Sandino? de donde se transcriben estos párrafos:
(...) Inmediatamente después de la ocupación de Nicaragua por la marinería yanqui, ordenada por Coolidge a comienzos de 1927, Augusto Sandino, patriota nicaragüense, organizó hábilmente un ejército de obreros y campesinos, los cuales, armados de bayonetas y carabinas, declaráronse en abierta revuelta con el imperialismo yanqui invasor y sus lacayos, los liberales y los conservadores.

Por entonces se había comprometido la lucha por el poder, a la vez que algunos grupos prometían el mejor servicio de los intereses del gobierno imperialista norteamericano en Nicaragua. A despecho de los modernos métodos de guerra empleados por Coolidge aeroplanos, gases, bombas, fusiles, cañonesel ejército libertador dirigido por Sandino resistió heroicamente los ataques de los vándalos. El clarín llamó al ejército insurreccional contra el enemigo interior y exterior de los obreros y campesinos de Nicaragua, sonó por toda la República y su eco llegó a todos los países de la América latina. Las masas oprimidas de la América latina vieron en esa rebelión, uno de los medios efectivos para batir al imperialismo yanqui, que trata de robarles hasta el último vestigio de libertad. Él ejército fue engrosado con luchadores de casi cada una de las naciones del Continente.

Durante casi dos años los pueblos oprimidos del mundo y el


proletariado revolucionario pusieron su esperanza en Sandino y sus bravos soldados. Las fuerzas antiimperialistas comenzaron a crecer. El movimiento tomó un vasto carácter. Los obreros revolucionarios de los Estados Unidos no vacilaron en aclamar la rebelión y le dieron su incondicional apoyo. Entretanto, el Departamento de Estado, no obstante el daño causado por la intervención, preparaba el camino para realizar su programa de completa subyugación de la pequeña república... La marina "supervisora" de las elecciones determinó la "victoria" para Moncada. La lucha interior entre las facciones liberal y conservadora, que jamás fue elevada, de principios, sino por ansias de poder, fue "fijada" en estilo americano. Se organizaba la Guardia Nacional garantizada por el gobierno norteamericano, financiada por el capital norteamericano a expensas de los obreros y campesinos. Nuevos empréstitos se concertaron, y finalmente Mr. Cumberland, un emisario imperialista, concluyó su informe sobre la construcción del Canal nicaragüense y la base naval en la bahía de Fonseca. Todo marchaba bien para Wall Street, menos las fuerzas de Sandino, que obraban aún, que sostenían severos encuentros con los marinos norteamericanos y ensanchaban el sentimiento de revuelta en los oprimidos, contra el traidor Moncada. Aquí debemos decir que el repetido intento de los agentes del imperialismo norteamericano para comprar a Sandino, con dinero norteamericano, no sirvió para nada. El carácter internacional del ejército libertador constriñó a Sandino a ver un poco claro en la situación. En uno de los manifiestos él declaró que la independencia de Nicaragua sólo puede obtenerse con la cooperación de los pueblos de América latina; hizo constantemente perspicaces ataques contra los gobiernos lacayos al servicio de los intereses de Wall Street. 3
En Nicaragua, se había resuelto que las elecciones se verificasen en 16 de noviembre de 1932. Comenzó entonces otra guerra, no ya entre los invasores y Sandino, sino entre Moncada —aspirante a la reelección en nombre del Partido Liberal— y el grupo dirigente de ese partido, que le rechazaba; al margen de esa disputa se desarrollaba la lucha de ambos contra la fracción conservadora, que, naturalmente, alzaba el pendón electoral de nuestros viejos conocidos Chamorro y Díaz.
3 La Correspondencia Sudamericana, págs. 6/7, 2ª época, 31 de diciembre de 1929, Buenos Aires, Nº 23.

De tal guisa, la Guardia Nacional, en lo poco que obedecía a Moncada, apoyaba con su sola presencia la solución electoral de la "supervigilancia" norteamericana, ante la declarada oposición de Sandino, que juzgaba que una elección en esas condiciones confirmaba la sujeción de la soberanía nacional a una nación extranjera. Claro está que tanto los liberales como los conservadores eran enemigos de Sandino, o por lo menos trataban de demostrarlo con idéntico fervor 4 a la intervención, buscando su aquiescencia y apoyo. Moncada, en posesión del mando, intentó reformar la Constitución para agregar una cláusula que posibilitara su reelección; con ese propósito envió emisarios a Washington para tantear el ambiente.

Pero como el Departamento de Estado tenía ya la máscara de la prescindencia colocada, aprovechó tan magnífica oportunidad para demostrarlo oficialmente, rechazando en forma pública la "insólita pretensión". La suerte de Moncada estaba así echada. Ello no obstante, se arrastró aun más el fiel sirviente: con ocasión de una nueva tanda de condecorados norteamericanos, eligió la casa de gobierno para realizar la ceremonia, donde, entre otras lindezas, dijo ésta: "Lo hago especialmente con los jefes, aviadores y oficiales de Estados Unidos de América, por no poder hacerlo con sus soldados; los unos por su dirección, y a los otros porque en el aire mismo, sin temor de tempestades y de lo desconocido, cumplen abnegadamente con su deber".

Según un cable de UP fechado en Tegucigalpa en 9 de setiembre de 1931, hasta el 20 de agosto de ese año las tropas libertadoras habían intervenido en 23 combates, en uno de los cuales (combate de Wauspuck, a orillas del Coco) murieron 6


4 Moncada no trepidaba en ordenar matanzas de sus propios connacionales para ganar méritos, como lo prueba el coronel Celso Morales N., de su propia tropa: "Durante mi actuación sumisa, vi caer a los civiles Cruz Chavarría y Antonio Aráuz, de Jucuapa; Jerónimo López, de El Paraíso; Brígido Aguinaga, de Muymuy; Francisco Escoria, del Chafernal; Virgilio Ruiz, degollado en la hacienda San Rafael, de don Salvador Amador; veinticinco inditos de Matiguás que no pude identificar, fusilados por la orden directa del general Moncada, en vista de su testarudez en decir que eran chamorristas; a Eligio Sosa, de Matiguás; a Melesio Mendoza, de Puntazuela, al cual se le ahorcó y peló la cara, porque echaba mueras a Moncada; a un indito de Samulaií, porque llevaba una red de panela y suponer que iba donde los conservadores; a Inés Sánchez, de Esquípulas; a Leónidas Orozco, de mi pueblo, Jaumaguí; a Avelino Salgado, de Malpaso; a Basilio Torres, hijo menor de Toribio Espinosa, liberal de Maisana, porque le encontraron jugando con unos cartuchos Springfield; otro niño de once años fue fusilado, porque no quiso decir dónde estaba su padre, hijo de una señora del valle de Malpaso, y otros muchos de cuyos nombres no me acuerdo."

marinos y 53 guardias nacionales; informaba además la captura de 3 aviadores y 60.000 cartuchos, que constituían un valioso parque para la ofensiva que Sandino preparaba desatar en noviembre. Y otro cable, de AP, fechado casi un mes antes, se refería también a éxitos de Sandino:



Washington, D.C., agosto 12, 1931.Informes enviados de Nicaragua, al Departamento de Marina de esta capital, por los sargentos Gordon Heritage y Orville B. Simons hacen saber que su aeroplano fue acribillado a tiros por los insurgentes, antes de que se desplomara en un pantano, al nordeste de Nicaragua, el 22 de julio. Otro aeroplano de la marina de guerra de Estados Unidos, que lo acompañaba cuando un grupo de rebeldes sandinistas abrió fuego contra ellos, salió con las alas perforadas por los proyectiles. Heritage y Simons llegaron a contar hasta dieciséis orificios causados por las balas. Viendo que no podían elevarse nuevamente prendieron fuego al aparato y tuvieron que recorrer unas cuarenta millas entre la maleza, hasta llegar a Puerto Cabezas. Los marinos abandonaron también las ametralladoras que llevaban en el aeroplano.

Con ocasión de su estada en México, Sandino había informado a Alemán Bolaños el destino que había dado al archivo personal y al de su ejército:



Le participo que no contando hasta hoy con ningún apoyo material por gobiernos o institución alguna, he procurado poner a salvo el archivo de nuestro ejército, que considero un tesoro moral de alto valor histórico. Ese archivo lo dejo depositado ante notario público, en la gran logia masónica de Yucatán. Usted sabe que otra parte del archivo de nuestro ejército está en poder del señor Froylán Turcios. Otra parte del mismo archivo, o sea el de mi columna de guerra constitucionalista de Sacasa, lo conserva mi esposa Blanca Aráuz de Sandino. La parte más importante del archivo, es la que deposité en la logia. Tendré gusto de hacer depositario a usted de la documentación que recopile desde esta fecha hasta la de mi partida hacia nuestro campamento de Las Segovias, a fin de que, si mañana muero, sea usted un testigo fiel de la honradez de nuestra actitud.

Ahora, en 16 de julio de 1931 escribe sobre el mismo aspecto a su corresponsal, no sin informarle previamente que las "condiciones generales de nuestro ejército, son


completamente superiores a las de otras épocas, principalmente ahora que ya hemos logrado abrir conciencia en nuestro pueblo, dulce tarea que me he impuesto voluntariamente..."



Últimamente, trabajando hasta de noche, hemos logrado sacar copias de importantes documentos de nuestro ejército, que obran ya reunidas en un legajo y para su inmediata publicación, ya sea en un libro o en un folleto. Con gran insistencia he recorrido imaginariamente el mundo exterior, buscando la persona sincera a quien pudiéramos confiarle la publicación de ese trabajo, y cábeme el placer de manifestarle que ha sido usted el designado por nuestro ejército, para que dé a publicidad esos documentos. En esa virtud, con un correo expreso... envío a usted el legajo, cuidadosamente arreglado, para que, con los comentarios y cargos... que le merezcan, proceda a su publicación. Se trata solamente de que la justicia resplandezca.

El destinatario jamás recibió esos documentos. Fueron interceptados en la ciudad fronteriza hondureña de Danlí, perdiéndose esas fuentes inestimables para el conocimiento de la gesta de Sandino.



El héroe no combatía ahora sólo en el terreno militar: trataba de convencer a sus compatriotas de que la abstención revolucionaria era el único medio de que disponían para enfrentar a la farsa electoral que se avecinaba. El 28 de julio de 1931 lanza el siguiente manifiesto:

Nadie ignora que nuestro ejército combate contra un ejército provisto de elementos bélicos modernísimos y de todos los otros recursos materiales de que puede disponer un gobierno. Sin embargo, actualmente tenemos controlados los campos de ocho de los departamentos de Nicaragua, y si no hemos tomado ciudades, es porque no figura todavía eso en nuestro programa, pero lo haremos sin duda alguna cuando llegue la hora. Nuestra táctica consiste en mantener situadas las plazas de pueblos y ciudades de los departamentos en que opera nuestro ejército. El enemigo ha estado asegurando que hay escasez de víveres en Las Segovias, pero eso es en ciudades y poblados donde se han ido a refugiar los mercenarios. En los campos no hay hambre, y nuestro ejército tiene comida hasta para aventar hacia arriba.

Ocho columnas expedicionarias componen el efectivo de nuestro ejército, en los lugares y bajo las órdenes de los siguientes jefes:


Nuestras columnas Nº 2 y Nº 6, al mando de los generales Carlos Salgado P. y Abraham Rivera, operan con todo éxito en nuestra Costa Atlántica.

Nuestra columna Nº 1, al mando del general Pedro Altamirano, controla los departamentos de Chontales y Matagalpa.

Nuestra columna Nº 3, al mando del general Pedro Antonio Irías, controla el departamento de Jinote.

Nuestra columna Nº 7, al mando del general Ismael Peralta, controla el departamento de Estelí.

Nuestras columnas Nº 4 y Nº 8, al mando de los generales Juan Gregorio Colindres y Juan Pablo Umanzor, controlan las zonas de Somato, Ocotal, Quilalí y el Jícaro.

Nuestra columna Nº 5, al mando del general José León Díaz, controla los departamentos de León y Chinandega.

Nuestro cuartel general está establecido en el centro de los ocho departamentos mencionados. Nuestras columnas son movilizadas con precisión matemática, tanto a la derecha como a la izquierda de nuestro cuartel general.

Nuestro ejército es el más disciplinado, abnegado y desinteresado en todo el mundo terrestre, porque tiene conciencia de su alto papel histórico. No importa que plumas rastreras nos den el calificativo de "bandidos". El tiempo y la historia se encargarán de decir si los bandidos están allá o en Las Segovias nicaragüenses, en donde reinan el amor y la fraternidad humanos. Hasta en los mismos casos en que nuestro ejército ordena fusilamientos de traidores, se hace eso por máximo amor a la libertad. Y solamente se fusila a los que atentan contra esa libertad, tratando de imponer una esclavitud que nosotros rechazamos con ira santa.

En nuestro cuartel general está a la disposición de quienes quieran ver eso, gran cantidad de documentos, banderas y multitud de objetos que pertenecieron al ejército que pretende exterminarnos, todo lo cual fue avanzado al enemigo en diferentes combates. También nosotros hemos tenido numerosas bajas, pero no engañamos al público, como lo hacen los contrarios, que dicen que nuestras balas solamente les tocan el ala del sombrero.

Las presentes noticias deberán ser lo bastante, para que el público observador permanezca atento y rechace las noticias falsas del enemigo, mentiras con las que confunde y emborracha al público. Sin embargo, el 24 de julio hizo cuatro años de la primera batalla de nuestro ejército en la ciudad de


Ocotal, contra el ejército del imperialismo más grotesco de la tierra. Ayer como hoy nuestro impotente enemigo ha blandido todas sus armas contra nosotros, inclusive la calumnia, que es el arma más potente con que cuentan los cobardes.

Nada diferente tengo de cualquier otro soldado raso de los ejércitos del mundo. Ni mi voz es altanera, ni mi presencia infunde terror, como muchos podrían imaginarse; y sin embargo hemos tenido el placer, cumpliendo un deber ciudadano, de mirar bajo nuestras plantas, humillados, a numerosos altos jefes y oficiales del altanero ejército de los Estados Unidos de Norteamérica, que pretendiendo aniquilarnos han sido aniquilados. Probamos ya, hasta donde ha sido posible, que la fuerza del derecho esgrimida con fuerza, eso sípuede más que el derecho de la fuerza bruta. Mi conciencia está tranquila y gozo con la satisfacción del deber cumplido. Aun en el sueño soy feliz, pues duermo con la dulzura de un niño sano.

Y en nueva carta a Alemán Bolaños le manifiesta:



Es Moncada el hombre más funesto y peligroso que actualmente tiene encima nuestro pueblo, y engañando a la gente habla de obras públicas, de prosperidad y de grandezas, falsas y ridículas. Aunque todo ello fuera cierto, serían confites en los infiernos lo que diera Moncada desde su presidencia sometida al yankee. El dinero de las aduanas y de los otros impuestos que soporta el pueblo, es para ganar una guardia formada por malos nicaragüenses, bajo la dirección de una numerosa como inepta oficialidad yankee. Las líneas férreas y carreteras que atolondradamente hace construir Moncada, es con ridículas miras estratégicas. Todo lo que hace Moncada tiene olor a tristeza, a fatalidad y a muerte. El, Díaz y Chamorro, forman la trinidad maldita de miserables vendepatria. Pero antes de mucho tiempo habrán sido barridos junto con sus secuaces por nuestro ejército, con una escoba formada de bayonetas.

Tal vez parezca un sarcasmo lo que voy a decirle, pero es así. Que nuestro ejército es el primero del mundo en abnegación para el sacrificio, en disciplina y en desinterés por todo lucro material, porque consciente de sus actos, lleva y mantiene un ideal, tanto en lo que hace a Nicaragua como en lo que se refiere a la fraternidad de los hombres. No existe entre nosotros pedantería militar alguna, ni hay ambiciosos de mala fe, y por eso no hay traidores en las filas de este ejército emancipador. Hago estas explicaciones, mi querido hermano, porque hemos


sabido que plumas rastreras tratan de ponernos en entredicho, llamándonos "bandoleros". Los verdaderos y legítimos bandoleros están en las cavernas de la Casa Blanca de Washington, desde donde dirigen el saqueo y el asesinato de nuestra América española.

Y en otro manifiesto su lenguaje adquiere tonos de violenta acusación y reto:



Como impotente bestia furiosa, Herbert Clark Hoover, el presidente yankee, se lanza en insultos en contra del jefe del ejército que está libertando a Nicaragua. Es él y es Stimson, como fueron Coolidge y Kellogg, los asesinos modernos, y que el pueblo norteamericano agradezca a ese cuarteto todo su fracaso, y que los padres, hijos y hermanos de los marinos que han caído en los campos segovianos, maldigan hoy y siempre a esos funestos gobernantes.

La insolente fanfarronería de Coolidge en 1927, al decir que desarmaría por la fuerza al ejército defensor de la honra de Nicaragua, ha costado muy caro al prestigio de los Estados Unidos de Norteamérica. Últimamente hemos sabido que Herbert Clark Hoover, el presidente yankee que no pasará de 1932 (como así resultó, en efecto), ha dicho y prometido que va a capturar a Sandino para entregarlo a la justicia, desquite verbal por la azotaina que nuestro ejército acaba de pegar a los yankees en la Costa Atlántica, dejando Longtow sembrado de cadáveres (mayo de 1931). Ninguna culpa tenemos, porque sólo nos estamos defendiendo.

Caro nos cuesta la política de Norteamérica en Nicaragua. Desde 1909 hasta el presente, ha destruido más de 150.000 vidas humanas, de uno y otro sexo; ha saqueado más de las dos terceras partes del capital de los nicaragüenses, y estaba alistándose para colonizar a Centro América, cuando una crisis pavorosa sorprende y paraliza el empuje de ese mal. Entonces

¿qué calificativo merecerán los hombres que tal hicieron y que así nos amenazaron?

Pero, viéndolo bien, es tan infeliz el régimen de Hoover, que llamó para Secretario de Estado a un tinterillo del Bovery de Nueva York, y no teniendo un hombre para ministro en Nicaragua, envió al vejete Matthew Hanna, cuya mujer una alemana por ciertoes quien viene manejando la legación yankee en Managua. Pero se acerca el cambio de gobierno de la piratería, y como varita de cohete van a salir todos esos dentro de poco.

La referencia a Mr. Hanna contiene más intención de lo que el documento parece indicar. En Managua, las actividades de su cónyuge, mucho más joven que él, eran la comidilla pública; amiga de los bailes y de los jóvenes oficiales de la Guardia nacional, había hecho de uno de ellos, Anastasio Somoza, a quien Sandino llamara tiempos antes "pingüino", su acompañante predilecto. 5 Ella proclamaba ser la "embajadora de facto" de los Estados Unidos, y la historia posterior demostraría de qué manera su protegido, encumbrado merced al adulterio, a la traición, al asesinato y al terror, se mantendría durante más de veinte años como dictador de Nicaragua.

De igual manera las referencias a Indoamérica son cada vez más frecuentes en sus conversaciones y proclamas. El 20 de octubre de 1931 diría en un comunicado:

Hemos hecho sentir que no disponemos de ningún gobierno indohispano y mucho menos de cualquier otra nación del globo. Nicaragua está directa y únicamente representada por nuestro ejército, y por lo mismo confiada a sus propios esfuerzos y recursos. Con ese motivo se han girado órdenes a nuestras columnas expedicionarias, para que perciban de nacionales y extranjeros todo lo indispensable para su mantenimiento. Muchas veces se han dado casos de que al llegar una de nuestras columnas a cualquier hacienda o heredad que está en territorio nacional, se tomen las mercaderías y provisiones existentes en el lugar, y hasta llegan a ocurrir casos en que

5 Amador, Armando, en Origen, Auge y Crisis de una Dictadura (Imprenta Iberia, Guatemala, C.A.), dice textualmente en la página 9: "En la subsecretaría de Relaciones Exteriores del gobierno de Moncada, había un individuo que valido del cargo público citado y de sus habilidades criollas, llegó a ser amante de la esposa del embajador yanqui, Mr. Hanna. Tal Subsecretario era Anastasio Somoza, quien, al fin, fue sugerido para la jefatura de la G. N., no sólo por haber recibido la educación que posee en los Estados Unidos, sino principalmente por la garantía política que daba al imperialismo y por la influyente gestión de la amante que tenía, o sea Mrs. Hanna."

Coincide con esta apreciación el ya citado ex corresponsal de la revista Time, William Krehm, quien en la página 160 de su famoso libro Democracia y tiranías en el Caribe relata: "El ministro de Estados Unidos Hanna, y su esposa, estaban embrujados por la personalidad efervescente de Tacho (Somoza). Mrs. Hanna, considerablemente más joven que su esposo, adoraba el baile y Tacho bailaba tan bien. Pero antes de su muerte Moncada me relató cómo Hanna le había insistido que arreglase a Somoza la sucesión presidencial. Moncada vaciló: el partido Liberal había nombrado al Dr. J. B. Sacasa, que no la llevaba bien con Moncada. Pero, para complacer a los locamente cariñosos Hanna, y también para crear problemas a Sacasa, el viejo listo Moncada nombró a Somoza Comandante de la Guardia Nacional, cuando llegó el tiempo de reemplazar al comandante (norte) americano por un "hijo del solar nativo" (los subrayados no son nuestros).




nuestros soldados quitan zapatos y vestidos a los propietarios, porque más que ellos necesitan eso nuestros hermanos soldados, y porque no es justo que anden envueltos en harapos los hombres que están fundando la libertad de Nicaragua. En eso ha consistido que muchos miserables nos den el calificativo de "bandoleros"; pero será la historia la que se encargue de hacernos justicia, principalmente si se comprende que los capitalistas despojados, son los primeros y directamente responsables de cuanto ha venido pasando en Nicaragua, porque ellos trajeron a los mercenarios yankees al territorio nacional.
Contestaba de esa manera a las objeciones que se hacían sobre sus intenciones al invitar a la conferencia de los gobiernos. No descuidaba tampoco la política de guerra, como lo indica esta recomendación formulada a "Pedrón" Altamirano:
Evitar a todo trance los incendios; no hay necesidad de que queden ruinas. Bastaría con que los muchachos llevaran destornilladores, para que destornillen las puertas y ventanas, y las quemen junto con los enseres de lo que haya necesidad de destruir, como castigo y para sembrar el temor. Este procedimiento es muy práctico y eficaz, y es bueno que veas de infundirlo en tus lugartenientes. Casas quemadas quedan a modo de acusación. Casas sin puertas provocan sonrisas, y el castigo queda visible.
El año 1932 comienza para Sandino con las mismas batallas de siempre: su ejército sigue vigilante y decidido, los intervencionistas persistentes en su empeño de terminar con la resistencia; y el resto del territorio no controlado por Sandino, dedicado a las tareas previas de la elección, que iba a ser esta vez "supervigilada" por el almirante Woodward. Sandino, mediante un manifiesto, se refiere duramente a esa elección:
A los compatriotas nicaragüenses: Lo que los gringos buscan es la humillación de nuestra patria, hasta para irse. La candidatura conservadora de Díaz y Chamorro es obra suya, pues los yankees quieren nueva oportunidad de mando para los yanquistas, y para el caso de que les convengan más los yanquistas liberales y dar el triunfo a los liberales, ordenaron a Moncada que fuera Sacasa el candidato, y fingieron que aceptaban a Espinosa sus protestas de yanquismo. Quieren que


a su salida no haya manifestaciones desbordantes, que unos u otros tratarían de impedir, y hasta tratan de que al haber dificultades, se les suplique, por Díaz o por Sacasa, que vuelvan a desembarcar y a ocupar el país, aunque no estén dispuestos a hacerlo, porque la campaña del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional de Nicaragua, tiene anonadado al poderío yankee.

Compatriotas: proceded con dignidad y recordad que habéis sido víctimas tanto de los yankees como de esos políticos. Quien vaya tras esos individuos y se acerque a votar en las urnas vigiladas por los yankees, no hará sino rendir el más lamentable homenaje a la bayoneta extranjera, al dar ésta su último brillo insultante sobre Nicaragua. Esperar la dignidad patria de Chamorro y Díaz, o Espinosa y Sacasa, es, compatriotas, la peor majadería, sobre todo cuando ya se acerca, vencedor, el Ejército Defensor de la Soberanía Nacional de Nicaragua.

Decid al almirante invasor que os está manejando como ganado: ¡Fuera! Cumplid con vuestro deber. No obedezcáis una sola orden de los marinos en la farsa de las elecciones. Nadie tiene obligación de ir a las urnas ni hay ley que compela a eso. Haceos dignos de la libertad y merecedores de ella. Que el pueblo afiliado al partido liberal no crea que un triunfo de la fórmula conservadora, va a perdurar más allá que el tiempo indispensable para su liquidación, por ese mismo pueblo junto con el Ejército Defensor de la Soberanía Nacional de Nicaragua. Que el pueblo conservador no tema un triunfo de la fórmula encabezada por Sacasa, porque éste tiene encima la castigadora mano de ese ejército, y jamás pasaría de enero en la presidencia.

Esta es la verdadera situación, compatriotas, y el camino a seguir os queda dado.
Lo curioso es que las elecciones no constituían la única preocupación de los nicaragüenses liberales o conservadores. La anunciada partida de las tropas invasoras, sin una previa solución del problema representado por la presencia del ejército de Sandino, constituía un motivo comprensible de temor para aquellos que habían bien servido a los Estados Unidos.

Como la Guardia Nacional aún seguía siendo dirigida por mandos y oficiales norteamericanos, y aun así soportaba derrota tras derrota, se preguntaban cómo sin esa dirección podrían hacer frente a los guerrilleros de las Segovias. Para calmar esas aprensiones, un cierto capitán Trumble, comandante de la


Academia Militar, anunció públicamente que semanas después de la desocupación simbólica del territorio, retornarían a Nicaragua "un número como de veinte o veinticinco oficiales del mismo cuerpo, con empleos de este mismo gobierno, en calidad de técnicos e instructores para la Guardia Nacional, que los representantes del gobierno de Washington están empeñados en que debe continuar en Nicaragua".

Para colmar hasta las heces la copa de la amargura, en octubre de 1932, Moncada nombra enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de Nicaragua ante los gobiernos europeos, a Mr. Irving Lindbergh, norteamericano que había actuado hasta ese momento como recaudador de las aduanas nicaragüenses por cuenta de los Estados Unidos.

Una información de El Comercio de Managua, siguiendo a otra del diario La Nación de esa misma ciudad dando cuenta de la iniciación de subastas de material norteamericano de rezago, reproduce en esos días manifestaciones del teniente Lincert, secretario del general Berkeley, dando cuenta de su entrevista con un funcionario nacional para "ofrecerle en venta algunos enseres y las casas que habíamos construido en el Campo de Marte, creyendo que se nos iba a dejar aquí por toda la vida"; por esa razón las ofrecía al gobierno de Nicaragua por doscientos dólares cada una, aun cuando su precio de costo hubiera sido —con su instalación de luz y agua— de cuatro mil dólares.

El 14 de octubre, y gracias a las instancias de Sandino, el PTN (Partido de Trabajadores Nicaragüenses) declara la huelga general electoral. El mismo día se publica el siguiente cable, relacionado con la salida de los marinos:
Sábese que el contraalmirante Woodward se irá de Nicaragua a principios del mes de diciembre, es decir, una vez que haya dicho su última palabra sobre el nuevo presidente de la República. Su informe al presidente Hoover lo rendirá del 20 al 25 de dicho mes. Al entregarse al contraalmirante Woodward los veinticinco mil córdobas que corresponden a la misión electoral, se redondeará la suma de ciento cincuenta mil dólares, y se hará la respectiva liquidación de lo que ya tiene recibido a buena cuenta, deduciéndose entre otras cosas el valor de un automóvil comprado a crédito por el gobierno, por el valor de tres mil dólares, y la instalación del servicio de la luz de la casa del contraalmirante, que importó la cantidad de trescientos dólares.

El día 17, en Washington, el encargado de negocios nicaragüenses, Debayle, sobrino de Sacasa, declaraba que a la intervención norteamericana debía Nicaragua su "actual estabilidad financiera y política" y pedía, en el discurso pronunciado por radio, que continuara la "supervigilancia" después de las elecciones. Por no ser menos, otro sobrino —esta vez el del famoso firmante del tratado con Bryan— Pedro Joaquín Chamorro, expresaba en La Prensa de Managua su fe en la "política franca y sincera" de los Estados Unidos, a la que daba a su vez seguridades de que "el Partido Conservador acepta sin recelos ni suspicacias de ningún género su intervención". Lo cual no le impidió que, conocidos los resultados que daban el triunfo a Sacasa, comentara en el mismo diario el 7 de noviembre:


Nos ha derrotado nuestra bandera, la bandera (norte) americanista. En honor del pueblo nicaragüense, debemos decir que volvió las espaldas al conservatismo, porque lo veía escudado detrás del (norte) americanismo y temía que con nuestro triunfo resurgiera este mal, que tiende a desaparecer para siempre de Nicaragua. Hace tiempo que sentimos que el pueblo nicaragüense no sólo está desengañado del (norte) americanismo, sino que ha decidido de modo terminante deshacerse hasta donde sea posible de ese factor de nuestra vida pública. Muchos políticos lo han visto así, pero no todos han querido aceptar esta realidad. A pesar de que los sentimientos del pueblo nicaragüense no dejan lugar a duda, nos hemos aferrado a esa bandera, creyendo y esperando que todo nos vendría de su sombra; pero el pueblo nicaragüense nos ha castigado con justicia, enseñándonos al mismo tiempo una lección que no podremos olvidar nunca jamás.
Por aquella época comienzan los desplazamientos de diplomáticos norteamericanos desde y hacia Nicaragua. Mr. Julius Lay, ministro ante San Salvador, visita a su colega Hanna. A su regreso, comenta en Tegucigalpa, según lo consigna El Cronista: "Sandino no cesa de molestar, a pesar de los desesperados esfuerzos de los marinos norteamericanos y de la Guardia para dominarle; pero cansados ya de tanta pelea infructuosa, se irán dentro de poco los marinos".

El 4 de octubre circulan rumores sobre la partida a Washington de Mr. Hanna; el mismo día visita la legación el funesto Emiliano Chamorro, quien departe durante más de una


hora con el ministro; circulan rumores de que parte por "asuntos relacionados con las elecciones" y otros de que lo hace por "temor a una irrupción sandinista a esta ciudad".

Se llevan a cabo las elecciones, para la cual figura un caudal de votantes de 150.000 hombres; no obstante votan sólo

98.550 o sea que se registra una abstención de una tercera parte de los inscriptos, debida a la prédica y al consejo de Sandino. Sale electo Sacasa, el candidato del Partido Liberal.

Sandino responde a la proclamación del electo, designando por su cuenta para el "Territorio Libre de Las Segovias", presidente provisional de la República de Nicaragua al general Juan Gregorio Colindres. Para reforzar con instrumentos legales su decisión, las columnas sandinistas comienzan a incursionar en ciudades y poblaciones fuera de los departamentos segovianos, en donde se muestran sellos judiciales o municipales, nombran nuevas autoridades destituyendo a las anteriores y constituyéndose en peligro inmediato de la capital.

Así, en el mes de octubre las columnas del general Umanzor tomaron la plaza de San Francisco del Carnicero, en la costa del Lago de Managua, a tres horas de marcha de la capital, donde cundió el pánico. A esa toma siguió la noticia de la partida de Mr. Hanna, a que ya hemos hecho referencia. Con todo, Umanzor se retiró luego de apoderarse de los sellos de justicia para dar validez a sus disposiciones administrativas y judiciales. Sobre la base de esas medidas, Sandino solicita a los distintos países de América el reconocimiento de su gobierno. Así, la dirigida al ministro de relaciones exteriores de El Salvador dice en parte:


Es asimismo notorio que en América las recientes elecciones presidenciales de la parte de Nicaragua controlada por el poderío de los Estados Unidos de Norteamérica, han sido practicadas por agentes oficiales del gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica, lo que vicia de nulidad sustancial ese acto, ante el consenso de las naciones. En consecuencia, el Gobierno Provisional de Nicaragua en Las Segovias pide: Primero, el no reconocimiento del gobierno que se llegara a instalar en Nicaragua, como resultado de esas elecciones. Segundo: el reconocimiento expreso de este gobierno libre de Nicaragua, en la región que comprende los departamentos de Nueva Segovia, Estelí, Jinotega, Matagalpa y parte de los departamentos de León, Chinandega y Chontales (más de la mitad de la República). Todo, como un acto de solidaridad racial


y nacional, para el presente y para el porvenir cercano.
Naturalmente y como no podía menos que ocurrir, ningún gobierno americano atendió esta solicitud. Sandino, sobre la base de un banquete ofrecido —con anterioridad a las elecciones— por el contralmirante Woodward a los candidatos a la presidencia, sostiene que abriga la sospecha de que existe un convenio secreto entre las tropas invasoras y el candidato triunfante, tendiente a asegurar el pronto retorno de las fuerzas salientes, en caso de necesidad. Como si se esperara una confirmación de esa sospecha, el nuevo director de la Guardia, Anastasio Somoza, también sobrino del doctor Sacasa, obsequia un banquete a los jefes norteamericanos y a su tío, donde brinda por la felicidad de Nicaragua "y las buenas relaciones que felizmente existen entre los patriotas nicaragüenses y el alto comando que inició la preparación de la Guardia y que posiblemente continúe colaborando con ella". En ese banquete el general Mathews brindó por el Dr. Sacasa, y éste, a su vez, lo hizo por Mr. Stimson.

La mejor opinión sobre la elección fue la proporcionada por los estudiantes universitarios de León al enviar el 15 de noviembre al electo Dr. Sacasa una declaración, una de cuyas partes dice:


El general Augusto C. Sandino en las montañas, es nada más que el decoro nacional, es el honor, es la dignidad.

No persigue lucros y ventajas, no aspira a puestos públicos, ni busca prebendas en su lucha. El general Sandino no es un bandolero. Lo decimos nosotros y lo dice la mayoría del pueblo nicaragüense que todavía conserva su vieja contextura de hombres libres. El camino de Sandino es el camino de la victoria o de la muerte. En todo caso es el camino de la gloria.

¿Permitirá usted, doctor Sacasa, que se continúe calumniando al único que mantuvo pura y limpia la bandera de la patria? El prefirió mantener la constitución en la intemperie de la selva, al propio tiempo que los soldados de Sacasa se vendían a la voluntad del yanqui, cada uno por diez pesos.

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