Henri barbusse



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XII


¡YO QUIERO PATRIA LIBRE O MORIR!


Se suma pues la figura de Sandino, a lo más grande que exista en el Panteón de la estirpe. Tanto más grande su figura cuanto más incomprendida en estos tiempos viles. Y este juicio no me lo arranca ningún transporte lírico sino el recuerdo de una sala elegante de cinematógrafo en una ciudad lujosa de esta ciega América nuestra: en la pantalla supuestos aviones del ejército norteamericano ametrallaban en la selva tropical a una partida de nativos, sandinistas, aunque no lo expresaba claramente el título, y toda la sala, llena de los elegantes, aplaudía a rabiar a los aviadores, bien vestidos, que fingían ser oficiales norteamericanos y hacían como que derrotaban a las huestes desgarradas de los patriotas. 1

JOSÉ VASCONCELOS


La primera demostración de buena voluntad de parte del Gobierno, la dio el Congreso, votando un crédito extraordinario de ciento veinte mil córdobas para gastos de pacificación y obras públicas; pero resultaba infructuosa ante la agresividad hostil de los elementos de la Guardia en San Rafael, que prevalidos de su autoridad aprovechaban la oportunidad que les brindaba el desarme de sus enemigos de siempre, para vejarles y maltratarles.

Así se dio el caso de que el mismo día de la llegada de Salvatierra a San Rafael, tomó conocimiento de los preparativos de atrincheramiento que realizaba la Guardia en Yucapuca, cerro situado en el camino por donde las tropas al mando de Pedro


1 Vasconcelos, José. Bolivarismo y monroísmo, pág. 190. Edit. Ercilla, Santiago de Chile 1937.

Altamirano debían pasar para reconcentrarse en San Rafael.

Gracias a su inmediata intervención pudo evitar el choque entre esas fuerzas, pero no el que soldados desarmados del ejército sandinista, ya provistos de salvoconducto para regresar a sus hogares, resultaran heridos o contusos por las persecuciones de la Guardia en poblados y caminos donde los encontraban. Y así se dio el caso de que en Pueblo Nuevo, el 15 de febrero, se produjeran muertes de licenciados sandinistas a manos de las tropas de Somoza.

Con tal motivo, Salvatierra enviaba este telegrama a Sacasa el día 16:


Tengo la honra de transcribirle el siguiente mensaje, que ahora estoy dirigiendo al Jefe-Director de la Guardia Nacional y al mayor Baca, del Ocotal:

"Lamento profundamente choque Guardia con licenciados sandinistas en Pueblo Nuevo. Es incomprensible todo esto. Harto se ha repetido que ya no hay llamados bandoleros enfrente, sino gente que se desarma de armas que van a quedar pronto en poder del Gobierno. Ya se ha dicho y repetido que con esa gente no debe procederse en forma bélica. A esa gente la han encontrado desarmada. Hay que ayudar con patriotismo y buena voluntad al Dr. Sacasa, Presidente de la República, a sacar airosa a la Nación de este trance difícil. Ya dije que los primeros licenciados no llevaban salvoconducto, y ya he manifestado que Doroteo Hernández está entre los licenciados de esa manera. Hágase cargo usted, general Somoza, de las dificultades de todo género que afronta esta Delegación para no aumentárselas. Muy atte., Salvatierra."
Yo agradezco, señor Presidente, que el jefe director me transcriba quejas, pero también le agradecería que me transcribiera órdenes terminantes que da. Como usted ve, el caso es grave, porque uno de los mayores temores de Sandino y de su gente es que una vez desarmados los maten. Ante las representaciones que constantemente me hace, siempre hallo explicaciones satisfactorias que lo tranquilizan. Pero cuando sepa lo de Pueblo Nuevo, no sé como explicárselo, yo tengo la más firme buena voluntad de servirle a la República y al Gobierno de usted en esta trascendental tarea; pero estoy llegando a pensar si yo no constituyo un obstáculo a una política que desconozco, obstáculo que estoy pronto a remover con todo honor...

Somoza, a instancias de Sacasa, se decide finalmente a recomendar a sus subordinados la observancia del pacto de paz, "reservando únicamente las medias de represión para los casos inevitables y bien justificados".

El 22 de febrero, Sandino procede a la entrega de armas estipulada, en presencia del coronel Reyes, de la Guardia y de Salvatierra, armamento que consiste en 14 rifles Winchester, 8 rifles Mauser, 28 rifles Infume, 8 rifles Remington, 6 escopetas de taquear, 1 rifle Remington calibre 22, 2 rifles Mauser sin culata, 2 rifles Krag sin culata; 1 rifle Springfield sin culata, 10 ametralladoras Thompson, 9 ametralladoras Browning, 2 ametralladoras Lewis y 3.129 tiros. Declara poseer en la montaña un número no precisado de rifles, pero que la mayor parte del armamento es el que ha entregado, comprometiéndose a hacerlo con el resto en los dos meses siguientes.

Su buena fe o su ingenuidad, que en materia política no pueden disculparse, le colocan a merced de sus enemigos. Se entrega inerme en la creencia de que su honestidad es la de todos, de que su sincero deseo pacifista es comprendido, respetado y correspondido. Pero no sólo entrega su vida sino también la de quienes le acompañaron a través de sus años de azarosa y permanente lucha: vueltos a sus hogares o en camino de hacerlo, son apaleados, perseguidos, encarcelados, torturados y finalmente muertos, en un alarde de sadismo del que desgraciadamente está llena la historia de los pueblos centroamericanos.

Cuando Sandino viaja a Managua por segunda vez, a fines de mayo, para recabar de Sacasa el cumplimiento del pacto contraído y garantías para sus hombres desarmados, la maledicencia hace circular el rumor de que va a solicitar dinero. El error en que había incurrido el héroe, al no hacer constar en el pacto de paz las condiciones que habían sido estipuladas en el Protocolo inicial —a que ya hemos hecho referencia— le presentaban como renunciando a sus aspiraciones en favor de una Nicaragua libre del pacto Chamorro—Bryan y de las leoninas condiciones de los pactos económicos.

Sandino fió como siempre en el honor, ignorante de que en política el honor es una mala palabra. Y porque Sacasa le prometió de palabra cumplir con esa aspiración, celebró el tratado que en definitiva lo único que consignó fueron las


condiciones bajo las cuales Sandino firmaba su sentencia de muerte. 2



Cuando Vicente Sáenz visitó al presidente Sacasa, el 6 de febrero, le hizo notar las posibilidades que tenía para que, en unión de El Salvador y Costa Rica, y con el respaldo de las tropas de Sandino, denunciara el Tratado Infame (Bryan- Chamorro) y el Tratado General de Sumisión (Paz y Amistad, de 1923).
2 La aseveración de que el meollo de la intervención reside en factores estratégicos y políticos está dada por la conversación sostenida entre Vicente Sáenz y el presidente Sacasa, el 6 de febrero de 1933, reproducida por el primero en Rompiendo Cadenas (págs. 239 y siguientes), de donde entresacamos los siguientes párrafos:

Sáenz: La cuestión económica, doctor, me parece que nunca ha sido el eje de las intervenciones norteamericanas en Nicaragua. Aquí no hay cuantiosos capitales de la gran potencia invertidos en comercio, ni en agricultura, ni en ganadería, ni en industrias que ameriten la llegada de acorazados y el desembarque de marinos. Con excepción de la mina "La Luz y Los Ángeles", de la que el secretario de Estado Knox y la familia Fletcher tuvieron el control de las acciones, siendo Adolfo Díaz tenedor de libros con 35 dólares a la semana; de unos cuantos concesionarios que forman compañías ad hoc para talar y explotar bosques nacionales; y de algunas siembras de bananos en la costa atlántica, no hay noticia de otros intereses norteamericanos en territorio nicaragüense.

Sacasa: Pero existen contratos con instituciones bancarias de los Estados Unidos, consecuencia de los empréstitos que hemos celebrado. Es decir, en íntima relación con las inversiones de capital extranjero que constituyen nuestra deuda exterior.

Sáenz: Si no estoy mal informado, la deuda externa de Nicaragua es solamente de 2.300.000 dólares, parte mayor a banqueros ingleses y el saldo, parte mucho menor, a "prestamistas" de Wall Street que nunca prestaron nada porque usaban los propios fondos de la república para simular empréstitos. Todos sabemos que se posesionaron de los tres millones que produjo el Tratado canalero de 1914. Pues bien, el costo de una intervención como la que ha sufrido el país durante tanto tiempo, supera en un año a los 2.3OO.OOO dólares que Nicaragua debe en total a Estados Unidos e Inglaterra.

Sacasa: Ciertamente, en números redondos, eso es todo lo que debemos al extranjero.

Sáenz: Se deduce entonces, doctor, que el eje de la intervención es aquí de índole política, militar o estratégica, como el devoto metodista Frank B. Kellogg lo declaró, públicamente, en 1926. Concretando: la desgracia de Nicaragua, que es la desgracia de Centro América, consiste en lo que debiera ser una de sus más seguras fuentes de riqueza y de progreso, la apertura del canal interoceánico. Y el bien se ha convertido en mal por el Tratado Bryan-Chamorro, el tratado de la traición, el tratado del imperialismo...

Sáenz: Si en lo que atañe al Tratado Bryan-Chamorro, pretexto básico de la intervención extranjera, usted lo deja como está; y si tampoco denuncia el de 1923, que Washington utiliza para imponernos su voluntad, ¿cómo va a resplandecer la autonomía, según se estipula en las condiciones de paz firmadas por usted y el general Sandino hace apenas cuatro días, el 2 del corriente?

Sacasa: No es posible mover estas cosas sin provocar a los contrarios, a los conservadores que las suscribieron y aceptaron como buenas. Respecto de los Tratados de 1923, creo sinceramente que son necesarios. Además, no es correcto

A sus instancias ("El pueblo entero le respaldaría, doctor, en el caso de que los traidores quisieran aprovecharse"), Sacasa se muestra irresoluto y débil ("Aquí las cosas son muy diferentes, amigo. No me atrevo. Me inclino a los procedimientos que siempre he practicado, y que se pueden resumir en la palabra prudencia"). La prudencia no le salvó de ser derribado, luego de haberse consumado el asesinato de Sandino.

Este, que a su regreso de su segundo viaje a Managua había recibido el duro golpe de la muerte de su compañera, doña Blanca, después de dar a luz una niña en 2 de junio, ve añadidos otros golpes, provenientes esta vez del campo político, y del cada vez mayor desenfreno con que actuaba la Guardia: en Las Segovias, seguía aplicando la ley de fugas; violaba mujeres, como las de Apalí; se desacataba a funcionarios prominentes y públicamente desconocía la voluntad del Presidente, al extremo de que el diario de Chamorro, La Noticia, sostenía en editorial de 6 de febrero que "en estos momentos, Sandino está dejando de ser el problema militar del país" y que, en cambio, "la Guardia Nacional se está convirtiendo día a día en el verdadero problema de la paz nacional".

La preocupación de Sacasa no se tradujo en medida alguna que previera el golpe que se preparaba. Jugaba a torear mutuamente a Sandino y Somoza, 3 en la creencia de que el mantenimiento de su supuesta rivalidad constituía la garantía de su estabilidad. El no menos ingenuo Salvatierra creía que resolviendo las desavenencias entre Somoza y Sandino desaparecerían los peligros de choques. A tal efecto, concertó


desechar la buena voluntad del gobierno de los Estados Unidos, que está deseoso de ayudarnos. Encuentro demasiado radical la tesis de El Salvador y de Costa Rica. Lo que en mi concepto debe hacerse es una simple revisión de esos convenios, corrigiendo lo malo y dejando lo bueno...
3 Según William Krehm (Op. Cit., págs. 16/2), "Sacasa no tenía ninguna prisa de liquidar a Sandino como factor político, porque eso lo dejaría solo e indefenso frente a su ambicioso Comandante de la Guardia Nacional. Somoza no estaba contento con el arreglo. Trató de amarrar ambos cabos hacia el centro. A pesar de que sus guardias combatían y ocasionalmente asesinaban a los sandinistas, buscó el camino para ganarse la confianza del jefe guerrillero. En diciembre de ese mismo año propuso una alianza a un teniente de Sandino contra Sacasa. "El viejo imbécil está arruinando al país. Se me opone solamente porque sabe que Sandino lo respalda. Juntos podríamos forzarlo a hacer un nuevo Gabinete, con Sandino como ministro de la Guerra".

"Cuando el guerrillero se rehusó a caer en la trampa; don Tacho le llenó a Sacasa la cabeza con historias de un inminente golpe de Sandino. Pero Sacasa, con objeto de hacer equilibrio a su engreído pariente, nombró a un oficial de Sandino para encargarse de cuatro departamentos del norte. Así tiraba el guante a Somoza."


entrevistas, "cordiales intercambios" donde "se canjearon recíprocos manifiestos y se obsequiaron fotografías, todo con el conocimiento y aprobación del Presidente". Esto sucedía en ocasión del tercer viaje de Sandino a Managua, ocurrido a fines de noviembre y principios de diciembre de 1933; el día 9 el héroe regresa a Wiwilí. El viaje siguiente será el último que realizará.

A principios de febrero de 1934, con ocasión de celebrar Somoza su cumpleaños, fue agasajado de tal manera por la Guardia, que los festejos duraron toda la semana, llamada en su honor Semana Somoza. Los detalles de la fiesta llenaban las páginas de los diarios de Managua, aunque no al extremo de que figuraran allí mismo noticias de nuevos avances de la Guardia sobre el campamento de Wiwilí, donde estaban concentrados la mayor parte de los efectivos licenciados del ejército de Sandino. A raíz del peligro que entrañaba para su gente, Sandino escribió a Sacasa. Hubo un intercambio epistolar, de resultas del cual se convino en que el héroe haría un nuevo viaje a Managua.

El trimotor en que viajaba Salvatierra hacia Las Segovias para recoger a Sandino aterrizó en Jinotega. Desde allí el ministro se puso en contacto telegráfico con Federico Sacasa; éste le informó que para el siguiente día, 16 le esperaban junto con Sandino, y agregó: "Aquí está conmigo el general Somoza, dice que lo saluda, y que si hay excitación en Jinotega irá con gusto mañana a esa hora para hacerle compañía al general Sandino."

El general Sandino no estaba tranquilo. Ese sexto sentido de que alguna vez hablara le estaba advirtiendo del peligro que corría. Al encontrarse con Salvatierra, por la noche del 15, le dijo:
Me están rodeando; desde hace como un mes la Guardia está tomando posiciones en torno de Wiwilí. ¿Qué es esto? El Presidente me está engañando. No —le objetó Salvatierra— el Presidente es leal. Pues entonces sus subalternos hacen lo que quieren. Los guardias dicen que me van a destruir. Destruir... Destruir... Como si no supiéramos lo que tenemos que hacer. Destruir a hombres que viven trabajando y enseñándole al país cómo debe trabajar, ellos que son una carga para el Tesoro público, oficialitos improvisados, que no tienen más vida que comer y beber. El general Somoza piensa destruirme. ¿Y qué vale el general Somoza? Vale por el empleo


que tiene. Después nadie lo vuelve a ver. Yo sí, yo sí soy caudillo. Yo puedo quedar desarmado; pero con un grito que lance, ahí no más tengo la gente, porque en mí sí creen. Yo no quiero la guerra; pero cómo va a ser posible que no pueda esta gente vivir en paz en su propia tierra. La Guardia los está matando, todos los días los mata. La prueba de que quiero la paz es que voy al llamado del doctor Sacasa.
A pesar de sus prevenciones, tomó el avión para Managua. Le acompañaban Salvatierra, los generales Francisco Estrada y Juan Pablo Umanzor, su hermano Sócrates y algunos simpatizantes suyos. Llegado que hubo a la capital, sostuvo esa misma tarde una entrevista con Sacasa y sus hermanos Crisanto y Federico, donde se establecieron las garantías definitivas que se le darían a él y a su gente contra la agresividad de la Guardia.

Como existía una cantidad de armamentos pendiente de entrega en Las Segovias, Sandino advirtió que recomendaría a sus partidarios defenderse como pudieran y que si su presencia era lo que motivaba la tirantez existente, estaba dispuesto a abandonar el país ("Yo no tengo que ver en que haya Guardia o no, ni en las personas que la dirijan; yo mismo, como ciudadano que soy, estoy obligado a pagar los impuestos para mantener el Ejército o la Guardia, o como se llame; lo que quiero únicamente es que se nos den las garantías constitucionales y que se constitucionalice la Guardia").



Las declaraciones de Sandino, todas de un sentido legalista y de concordia, fueron publicadas, aunque un diario las tergiversó tan maliciosamente, que le hizo aparecer declarando que en Nicaragua existían tres poderes: el Gobierno, la Guardia y él. Claro está que un pensamiento de esa índole no podía ser del agrado de Somoza. Con todo, éste no tuvo inconveniente en abrazar a Sandino el domingo 18, en la Casa Presidencial. El día 19, y de acuerdo con las conversaciones mantenidas, el héroe envía al presidente Sacasa la siguiente nota:
Excelentísimo señor Presidente: Como usted tiene presente, en los convenios de Paz firmados el 2 de febrero de 1933 entre usted y yo, con la asistencia de las Delegaciones de los partidos Conservador y Liberal Nacionalista, y de cuatro delegados del suscrito, en mi carácter de jefe supremo del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional de Nicaragua, se estipula en el artículo dos del referido convenio que los partidos Liberal y Conservador


señalarían como puntos capitales de sus respectivos programas políticos el respeto a nuestra Constitución y leyes fundamentales de la República y en mantener por todos los medios racionales y jurídicos el resplandecimiento en toda su plenitud de la soberanía e independencia política y económica de Nicaragua.

Comprendo, pues, señor Presidente, que el partido Liberal ha llegado al poder encontrando muy estrecha la independencia política y económica del país, y que por esta misma razón de no independencia es que existe una institución militar apolítica en Nicaragua, con reglamentos extraños a nuestra Carta Fundamental.

Comprendo sus fervientes deseos de encauzar al país dentro de nuevas leyes; pero que hay el inconveniente de la existencia de la Guardia Nacional; con formas y procedimientos inconstitucionales, y el resguardo de emergencia que usted tiene en el Río Coco, al mando de los generales Francisco Estrada y Juan Santos Morales; fuerza ésta que es constitucional desde el momento que es puesta por usted en su carácter de Presidente de la República y comandante general, y que está al arbitrio de usted para su continuación o no.

Sin embargo, señor Presidente, como en los mismos Convenios hay la obligación de su parte de dar garantías eficaces a la vida e intereses de los hombres que militaron a mis órdenes en la recién pasada campaña que sostuvimos contra las fuerzas interventoras de los Estados Unidos en Nicaragua, y ya que esa indispensable garantía no podía realizarse sin corregir la forma y procedimientos legales de la Guardia Nacional, deseo reiterar a usted las pruebas de mi cooperación franca y leal, en los casos que en alguna forma pueda yo contribuir al mantenimiento de la paz.

Con el propósito de que usted, por parte de la gente que militó conmigo, no tenga ninguna dificultad para el desarrollo de su programa de gobierno, y de ofrecerle asimismo las facilidades para que reglamente la forma y procedimientos de la Guardia Nacional de acuerdo con la Constitución de la República, influiré en el ánimo de los hombres que integraron mi ejército, a fin de que unánimemente demos a usted un voto de confianza en el sentido de fortalecer su autoridad y pueda hacer más eficaces las garantías a que nos dan derecho los Convenios del 2 de febrero de 1933 y pueda también durante un tiempo determinado verificar la reglamentación de la Guardia Nacional.

Lo básico de esta carta será saber de usted la manera de


garantizarnos, tanto la constitucionalización de la Guardia como los otros modos de garantizar la vida e intereses de todos los hombres, quienes militaron a mis órdenes durante la reciente pasada campaña que sostuvimos contra las fuerzas interventoras.

De usted muy atento servidor, Siempre más allá, A. C. Sandino.
La respuesta de Sacasa tiene fecha del 20 de febrero, y es como sigue:
Señor general Augusto C. Sandino. Estimado general: Impuesto de los conceptos de su atenta carta de ayer, me complace manifestarle, desde luego, que estoy de acuerdo con usted en el objetivo altamente patriótico del Convenio de Paz que suscribimos a 2 de febrero de 1933, con la intervención directa de los delegados de los partidos Conservador y Liberal Nacionalista de la República.

Aunque la apreciación personal de usted difiere sustancialmente de la mía sobre varios puntos de que trata en su carta, no considero del caso entrar en detalles específicos, puesto que, por otra parte, abundo en buena voluntad para satisfacer amplia y razonablemente los deseos de usted en todo lo que propenda a mejorar el funcionamiento de la Guardia Nacional, creada para el sustentáculo de las instituciones de la República, y para dar eficaz garantía a todo nicaragüense, sin distinción de ninguna clase, al amparo de la Constitución y las leyes.

Precisamente, un régimen de justicia por parte de la autoridad, y una vida ordenada, de paz y de trabajo por parte de sus habitantes, son indispensables para la conservación y replandecimiento pleno de nuestra autonomía nacional.

Por eso me he encontrado siempre dispuesto, o más bien dicho decidido, a poner mi contingente en el propósito de que la ley orgánica y reglamentos de la Guardia Nacional se corrijan en breve, lo cual se realizará dentro del primer semestre de este año, para amoldarlos a la Constitución y al sistema administrativo legalmente establecido en el país.

Me doy el gusto de manifestarle, que mientras se lleven a la práctica esas necesarias reformas, y para inspirar mayor confianza en el ánimo de usted, mandaré a los Departamentos del Norte un delegado del Ejecutivo y de la Comandancia General, a cuya orden directa estará la fuerza pública de aquella


región, y a quien daré el encargo especial de recoger todas las armas que se hallan fuera de control del Gobierno, así como el de atender con solicitud a la protección de los hombres que militaron bajo el mando de usted.

Con el mayor agrado le dirijo esta carta en forma de satisfacer a los deseos expresados por usted, por la actitud patriótica que se ha demostrado inquebrantablemente desde que firmamos el Convenio de Paz, y también por las manifestaciones espontáneas que me ha hecho en cuanto al fortalecimiento de mi autoridad, las que le agradezco muy sinceramente. De usted atentamente, Juan B. Sacasa.
El día 21 se hizo de conocimiento público este supuesto arreglo, que no era sino una reiteración de vaguedades por parte del Gobierno, que Sandino no estaba en condiciones de captar a través del fárrago de promesas y lindas palabras con que estaban adornadas. Los diarios dieron a publicidad ambas cartas, como informaron también que al día siguiente el héroe viajaría a su pueblo natal, Niquinohomo.

A las cinco de la tarde de ese día 21, llegaron a la Casa Presidencial Sandino y su padre, acompañados de los generales Estrada y Umanzor. Invitados a cenar por el Presidente, permanecieron allí hasta las diez de la noche, en compañía del general Portocarrero, probable emisario gubernamental para los departamentos segovianos y de los hermanos del mandatario. A la salida ocurrió la tragedia.

Los diarios, como de costumbre, fueron muy poco explícitos en dar detalles de la masacre. Se trataba de un enemigo declarado de los Estados Unidos, y era lógico suponer que las agencias noticiosas tuvieron mayor interés en no difundir nuevamente por el mundo noticias sobre el nuevo crimen perpetrado contra Nicaragua en la persona de su representante más noble y desinteresado, que en divulgarlo para que inevitablemente se asociara su muerte a manejos de los enemigos a quienes había logrado derrotar.

No obstante, existen dos versiones dignas de crédito. Las dos provienen de personajes que intervinieron en los hechos, uno como sujeto pasivo y el otro como activo. La primera se debe a Sofonías Salvatierra, a su pesar instrumento de las maquinaciones de Somoza; 4 la otra la proporciona Abelardo



4 Salvatierra, Sofonías. Op. Cit., págs, 244 y siguientes.

Cuadra 5, uno de los soldados que perpetraron el asesinato; tanto en sus detalles como en sus conclusiones no difieren mayormente.

Según ellas, en la tarde del 21 de febrero de 1934, la Guardia Nacional celebró consejo de guerra en la residencia de su jefe, Somoza. La respectiva citación advertía que se trataba de "una cosa muy importante". De ese consejo participaron el general Gustavo Abaunza, segundo jefe de la Guardia Nacional, el coronel Samuel Santos, los mayores Alfonso González, Diego López Roig, Lisandro Delgadillo, Policarpo Gutiérrez, el capitán Francisco Mendíeta, los tenientes Federico Davidson Blanco, Antonio López Barrera, Ernesto Díaz, el subteniente César Sánchez, el general Camilo González y algunos más, incluido el teniente Abelardo Cuadra, siendo en total dieciséis personas.

Al declinar la tarde apareció en la reunión Somoza, cuyas palabras fueron estas: "Vengo de la embajada (norte) americana donde acabo de sostener una conferencia con el embajador Arturo Bliss Lañe, quien me ha asegurado que el gobierno de Washington respalda y recomienda la eliminación de Augusto César Sandino, por considerarlo un perturbador de la paz del país". 6 Siguió a esto la redacción y firma de un acta, cuyo contenido comprometía a todos los presentes como autores materiales del asesinato, para el caso de que se filtrara alguna infidencia por parte de cualquiera de ellos.

El plan consistía en reunir unos treinta hombres, seleccionados de las compañías 15 y 17 de Campo de Marte y de la Guardia, y al mando de los mayores Delgadillo y Gutiérrez y los tenientes López Barrera y Federico Davidson Blanco trasladarlos en el camión "G. N. Nº 1" al campo de aviación, donde se establecerían a la espera de Sandino, que debía de pasar cerca de allí en camino de o hacia la casa del ministro Salvatierra, donde residía durante su estada en Managua. Todo se hizo conforme a este plan, pero ocurrió una variante: el pelotón fue informado de que Sandino se encontraba en el palacio presidencial, en compañía de los generales Estrada, Portocarrero y Umanzor, Santos López, Gregorio Sandino, Federico y Crisanto Sacasa, departiendo con el Presidente y con el ministro Salvatierra.
5 Bohemia, revista editada en La Habana, Cuba, Nº 7, año 41, febrero 13 de 1949, reproducida en Revolución (órgano del Partido Revolucionario Nicaragüense), San José de Costa Rica, mayo de 1954.
6 Cuadra, Abelardo. Op. Cit.

En efecto, Sandino había cenado allí. Al término de la comida, se habló de la constitución de una compañía para explotar lavaderos de oro en la región del río Coco; se trazaron sus bases, y la escritura pública de sociedad que iba a ser autorizada por el Dr. Alejo Icaza cuando regresara de Niquinohomo —adonde pensaba viajar— el general Sandino. A eso de las diez de la noche todos salieron de la casa de gobierno. El presidente Sacasa despidió a Sandino con un abrazo; éste invitó al general Portocarrero y a Calderón Ramírez, otro visitante, a hacerles compañía en el automóvil con el cual pensaban regresar. Los invitados declinaron la invitación, alegando, junto con Sacasa, que debían esperar al general Somoza para resolver en común los detalles de la delegación que debía viajar en breve a Las Segovias.

Fueron acompañados hasta la salida por el hermano del Presidente, Federico. En la parte posterior del automóvil tomaron asiento Sandino, su padre y Salvatierra; en la anterior el chofer y los generales Estrada y Umanzor. El Palacio Presidencial ocupa la eminencia de la Loma de Tiscapa, a cuyo pie está situado el Campo de Marte. Al acercarse el automóvil a una de las garitas o retenes llamado "El Hormiguero", su paso fue obstruído por un automóvil, donde aparentaban arreglar un desperfecto varios soldados, comandados por el sargento J. Emilio Canales quien, portador de una ametralladora Thompson, dio la voz de alto. El chofer frenó. Estrada y Umanzor, previendo la celada, desenfundaron sus armas, pero Sandino, en atención a que ni su padre ni Salvatierra podían usarlas ni "eran gente de pelea" les disuadió de utilizarlas.

El mayor Delgadillo, disfrazado de cabo de la Guardia Nacional, se acercó entonces notificándoles de su detención y requisando sus revólveres. Fueron conducidos a pie hasta la cárcel de "El Hormiguero", en cuyo patio permanecieron, siempre vigilados con ametralladoras de mano. Se dio la casualidad de que la hija del Presidente, Maruca Sacasa, que viajaba en otro automóvil, detrás del de Sandino, fue testigo de su detención. Protestó de la misma, alegando que el caudillo venía de cenar con su padre; al comprobar que era inútil, volvió a Palacio e informó a Sacasa de lo ocurrido. Este llamó de inmediato a Campo de Marte, pero sus llamadas, por órdenes de Somoza, no fueron atendidas.

Somoza, a todo esto, se hallaba confortablemente sentado, escuchando un recital ofrecido por la poetisa chilena Zoila Rosa Cárdenas, en Campo de Marte, donde por primera vez se

efectuaba un acto de esa naturaleza. El plan a desarrollar consistía en atacar la residencia del ministro Salvatierra, donde a la sazón se hallaba el hermano de Sandino, Sócrates, y simultáneamente asesinar al caudillo. La señal para el ataque la darían disparos hechos desde un lugar conocido con el nombre de Campo de Larreynaga.

Sandino trató de evitar su suerte, que preveía, y convenció al mayor Delgadillo para que enviara un mensaje suyo a Somoza. Según Salvatierra, Sandino dijo:
¿Por qué se hace esto, si todos somos hermanos? Hemos hecho la paz y estamos procurando el resurgimiento de Nicaragua por medio del trabajo; yo no he hecho otra cosa que luchar por la libertad de Nicaragua; hace como tres noches el general Somoza me ha dado un abrazo en señal de armonía y antes yo lo he visitado a él en su casa y el general Somoza me ha visitado a mí; el general Somoza me ha dado un retrato con su dedicatoria, y yo le he dado otro con la mía; llamen al general Somoza, que venga a decirme lo que desee, que me hable...
Delgadillo regresó de Campo de Marte notificando a Sandino que no había podido hacer llegar su mensaje a Somoza. Sandino estaba inquieto hasta ese momento, contrastando su actitud con la serenidad de Estrada y la pétrea inmovilidad de Umanzor, descendiente de indios y negros; pero cuando comprendió que su muerte había sido decidida, tornó a cobrar su calma habitual. Instantes después entró al patio un pelotón de guardias. El que lo comandaba, ordenó al padre de Sandino, don Gregorio, y al ministro Salvatierra, que permanecieran allí, en tanto Estrada, Umanzor y el caudillo eran conminados a ascender al camión "G. N. Nº 1". Salvatierra intercedió, interrogando al comandante si estaba obedeciendo órdenes del presidente de la República. Antes de que el interpelado contestara, Sandino dijo: "No, es orden militar y esa se acata inmediatamente." Lo hizo, en efecto, dirigiéndose en primer término al camión. No hubo despedidas.

El camión, en el cual viajaban en cuclillas los tres generales, tomó rumbo hacia un lugar conocido con el nombre de "La Calavera", en el campo de Larreynaga. Salvatierra comentaba después "... no creía qua mataran al general Sandino... pensé que lo sacarían del país... que le exigirían que retirara su carta al Presidente y que se comprometiera a entregar las armas sin


más palabras..."

Pero Sandino fue efectivamente asesinado. Cuando los tres sentenciados bajaron, Sandino pidió que le dieran un vaso de agua y que le permitieran orinar. Le fueron negados ambos pedidos, posiblemente por temor a que el caudillo tratara de fugar. Ello motivó a que Estrada dijera a Sandino: "No le pida nada a éstos, general, deje que nos maten." Se trató de registrar sus bolsillos. Sandino se negó; Umanzor, por su parte, se adelantó a entregar el contenido de los suyos, al sargento que ya se le acercaba.

Sandino, de pie, con las manos en los bolsillos, opinó: "Mis líderes políticos me embromaron." Luego vino la muerte. Sentados en un promontorio, los tres mártires, Sandino a la derecha, Umanzor al centro y Estrada a la izquierda, esperaron de esa forma la granizada de balas.

El mayor Delgadillo debía dar la orden, pero tuvo un escrúpulo: como era hermano masón de Sandino, no quiso presenciar la masacre; retirándose a una prudencial distancia y poniendo en manos del subteniente Carlos E. Monterrey el mando del pelotón, se contentó con disparar al aire la señal que autorizaba a éste a hacer fuego. Una bala penetró en la cabeza de Sandino, atravesando sus sienes; otra, por la tetilla izquierda. Estrada fue alcanzado por dos balas en el pecho. Umanzor, en cambio, recibió cinco tiros en la cabeza. Las balas fueron disparadas con ametralladoras. Al oírlas, en "El Hormiguero", Gregorio Sandino dijo: "Ya los están matando; siempre será verdad que el que se mete a redentor, muere crucificado." Según Salvatierra, serían cerca de las once de la noche. A la una de la mañana del día 22, "llegó a la cárcel el ministro norteamericano, señor Arturo Bliss Lañe, y nos invitó a seguirle, tomamos su automóvil y nos llevó a la Legación cuya hospitalidad nos ofreció. Le avisé por teléfono al Presidente, manifestándole que prefería irme a la Casa Presidencial. El Dr. Sacasa lo aprobó, y el diplomático extranjero tuvo la amabilidad de acompañarnos. Cuando llegué a la Casa de Gobierno lo supe todo". 7

Supo más, en efecto. Supo que hubo una segunda parte, a cargo de la mitad del pelotón, que había quedado en el aeródromo, cerca de su propia casa. Cuando se escuchó el tiroteo que había acabado con Sandino y sus dos camaradas,


7 Salvatierra, Sofonías. Op. Cit., pág. 246.

fue sometida a un asalto con ametralladoras la casa de Salvatierra, cuya esposa e hija se hallaban milagrosamente ausentes. En cambio, residían allí el yerno de aquél —Rolando Murillo—, Sócrates Sandino y el general Santos López. Este último, que se defendió con una ametralladora de mano, fue el único que consiguió, aunque herido, escapar del cerco de fuego. Los dos restantes y un niño de diez años que cruzaba en esos momentos la calle, fueron acribillados a balazos. Comandaban estas fuerzas de Somoza el mayor Policarpo Gutiérrez y el teniente Federico Davidson Blanco.

Los cadáveres fueron conducidos al campo de Larreynaga, donde fueron despojados de todos sus efectos de valor. A Sandino, además de despojarle de su traje, le quitaron un reloj, una leontina de oro y un anillo de brillantes. Sólo muerto habían podido ponerle una mano encima al caudillo... Luego, todos juntos fueron arrojados a una fosa, abierta junto al lago, "casi al frente de la parte de la primera galera que mira al lago... en la parte del hospicio Zacarías que mira al Oriente", donde "hay dos cuadras o galerones que se ocupan u ocupaban en aquel entonces para dormitorios de los soldados".

No fueron ellos los únicos masacrados. Hubo, en efecto, una tercera parte en la trama urdida por Somoza. 8 Esa misma noche, con escasa diferencia de horas, la Guardia Nacional


8 Existen muchas versiones más, entre ellas la resumida por William Krehm, que agrega datos de interés sobre el comportamiento ulterior del asesino de Sandino "Pocas semanas después Sandino llegó a Managua con un pequeño costal de rocas bajo el brazo. Estaba convencido de haber encontrado oro cerca de su colonia en Wiwilí; y con ánimo de ayudar a sus viejos compañeros de lucha se dedicaba a hacer planes para una mina en cooperativa. Comió con Sacasa esa noche —21 de febrero de 1934—, y con su padre, su hermano y dos ayudantes. Cuando Sandino y sus amigos abandonaron el Palacio del presidente fueron apresados por la Guardia Nacional; se les informó que estaban sentenciados a muerte. Recordando los abrazos entusiastas de su buen amigo Somoza de unos cuantos meses atrás, Sandino pidió hablar con el comandante. Somoza demostró su talento por teléfono. Dijo estar terriblemente confundido al oír la súplica de Sandino, pero que no podía cambiar "las órdenes de sus subordinados". Sandino y sus compañeros fueron muertos a tiros una hora después cerca de la embajada norteamericana. Sólo se salvó el viejo don Gregorio. Aquella misma noche, con poca diferencia de horas, la Guardia Nacional rodeó el campo de Wiwilí y ametralló a sus ocupantes: Trescientos hombres, mujeres y niños cayeron bajo las balas...

"(...) Sacasa no levantó la voz contra la matanza. Desaparecido Sandino, se sentía como un visitante extraño en el Palacio de Tiscapa.

Para justificar los hechos, Somoza culpó de viejas atrocidades a los sandinistas. Se metió hasta en las letras, y dio a luz un libro que, leído cuidadosamente, contiene más cargos contra el autor que contra el villano. Hasta se autocondecoró tres veces por su sanguinaria y cobarde hazaña, con la Cruz del Valor, Medalla de Distinción y Medalla Presidencial al Mérito."

completó el cerco de Wiwilí y procedió a una concienzuda matanza de las huestes de Sandino, que, desarmadas, vivían allí con sus familias. Krehm da la cifra de 300 muertos, entre hombres, mujeres y niños. Vicente Sáenz, en cambio, sostiene que la cifra es "muchas veces mayor", debiéndose agregar a ella las ocasionadas en la matanza de Jinotega, donde las tropas ni siquiera se tomaron el trabajo de enterrar a las víctimas: "...durante 24 horas los cuervos, los canes y los cerdos de los alrededores se dieron un largo festín de carne humana".

Para agregar a la biografía del asesino de Sandino existe otro dato, suministrado por José N. Castro: 9 "Algunos días más tarde en un banquete de la embajada norteamericana, ebrio como Nerón, Somoza declaraba públicamente que se había visto obligado a matar a Sandino para resguardar la paz de Nicaragua."

Esta versión no es de manera alguna antojadiza, ya el mismo Salvatierra, en su inapreciable libro, anota que cuando Sacasa pidió cuentas a Somoza por la matanza, éste respondió que "el crimen lo habían cometido unos guardias por odio a Sandino". Cuando el Presidente le exigió la individualización y castigo de los asesinos materiales, el cínico sirviente del Departamento de Estado contestó: "No lo puedo hacer, porque perdería el ascendiente que tengo sobre ellos" (sic).

Sí. Lo más probable es que despierten la risa esta clase de argumentos, que, (como el alegato de Somoza en el sentido de que "no podía cambiar las órdenes de sus subordinados") además de violentar toda lógica parecen creados por un loco para uso exclusivo de imbéciles; aparecerían, de no estar, como lo están, respaldados por un cinismo que hace tabla rasa de todo intento de comprensión racional como de toda noción ética. Cuatro días después, el 25 de febrero, Somoza reunió a su Estado Mayor y a la oficialidad de la Guardia Nacional, que en pleno reiteraron su juramento de lealtad al presidente Sacasa; al efecto, y para comprometer al asesino de Sandino en lealtad ante el cuerpo diplomático, Sacasa dictó un decreto asumiendo el comando de la Guardia Nacional, cargo del que hizo entrega Somoza en forma pública, aprovechando la oportunidad para hacer un conmovedor reproche a la Guardia por su comportamiento en la noche del 21. Como demostración de lo hondamente afectado que se sentía por tan patética requisitoria, el jefe de Estado Mayor de la Guardia comentó en voz alta a
9 Castro, José N., en la revista Sábado, Nº 132. La Habana, 1946.

otro oficial: "Vámonos, ya estos jodidos quedan contentos, vamos a mojarla." 10

Un detalle más del humor macabro de Somoza lo proporciona también Salvatierra, anotando que "...fue, poco después de muertos Sandino y los demás, a contemplar los cuerpos destrozados y profanados de sus víctimas". Por su parte, también se hizo pública en Managua la actitud del ex
10 Ese mismo constabulario fue el redactor del editorial aparecido el 8 de marzo de 1934 en El Centroamericano, de León, Nicaragua, que constituye la admisión más franca de su responsabilidad en el crimen. He aquí algunos conceptos, que ayudan a comprender por qué Somoza ordenó la muerte de Sandino.

"Sandino fue el símbolo del patriotismo, consagrado por la literatura de Latinoamérica y por el odio de nuestra raza a los Estados Unidos. Su actitud de rebeldía hacia las fuerzas interventoras en 1926 le dio carácter de patriota. Pero el mundo no quiso ver el germen de perfidia que se desarrollaba en aquel hombre. El héroe de un día se convirtió en bandido y el patriota desató sus huestes sanguinarias para empobrecer la República y llevar el incendio y la muerte a la porción más grande y más rica del país. Implantó el terror e hizo de las Segovias un lugar de espanto, cuando no de soledad, inventó la tortura y el corte de chaleco en aquellas regiones antes tranquilas y florecientes y la tierra se volvió estéril donde aquel bárbaro puso la planta.

"Cuando en Jinotega supieron la muerte de Sandino repicaron las campanas de regocijo y en Estelí enfloraron las casas. Y esos Departamentos fueron el teatro principal de las correrías vandálicas de quien en otros países, por efecto de la lejanía, aparece como el Bolívar de este siglo.

"Colocado en la categoría de malhechor por sus crímenes injustificables y por el grito angustioso de Las Segovias, dio impulso a su ambición y logró constituir un verdadero peligro para el Estado. Amparado en la reconocida buena fe del señor Presidente de la República obtuvo el control de cuatro Departamentos, formando así un verdadero Estado dentro del Estado de Nicaragua. El fin efectivo que perseguía era quebrantar la soberanía nacional, desprestigiar al actual Gobierno haciéndolo aparecer débil y sin apoyo y sentar las bases de un plan de absorción funesto para el porvenir del país y para las instituciones que ahora rigen en Centro América.

"En este caso, el Ejército, sostén del Gobierno constituido, cumplió con su deber de velar por el decoro nacional y por la tranquilidad pública. Y la Guardia cortó un mal para evitar una hecatombe. Usó del derecho de legítima defensa y salvó a Nicaragua de una sangrienta guerra civil, demostrando su lealtad al señor Presidente de la República, aun a costa de sacrificios.

"Como Sandino era un peligro para la paz fue deber del Ejército quitar ese peligro, para afirmar el objeto de su misión, como es el de ser la columna robusta que sostiene viva la fe de los nicaragüenses en la paz y en su soberanía. Sandino, además, estaba fuera de la ley. En la última declaración que dio a los periódicos sentó que en Nicaragua sólo había tres poderes. El Presidente de la República, la Guardia Nacional y él. Eso es declararse en abierta rebelión contra la majestad del Estado, porque de hecho se llamó poder en pugna con los poderes constituidos. La Guardia nunca ha declarado tal cosa, no podría hacerlo sin dar una nota de rebelión. La Guardia Nacional es, si se quiere, la fuerza robusta del poder público organizado conforme nuestra Carta Fundamental pero nunca el poder mismo, porque desvirtuaría entonces su alta misión de ser sostén de las instituciones y garantía de la paz. Desde el instante, pues, en que Sandino se llamó Poder, declaró la guerra al Gobierno y se declaró fuera de la ley."


presidente Moncada, que en la misma noche en que se perpetraba la matanza, brindó por ella, asegurando que "solo matando a Sandino podía haber seguridad", lo que encajaba perfectamente con la declaración que formulara el 11 de marzo a La Noticia, recomendando el acuerdo entre Sacasa y la Guardia como el medio más adecuado para evitar la guerra civil. El día 24 de febrero de 1934, Somoza, con la seriedad que corresponde a todo un jefe de la Guardia Nacional, ordenó organizar un tribunal de investigaciones "para averiguar los

deplorables sucesos ocurridos en la noche del 21 de febrero".

Siguiendo días en los cuales los festejos y homenajes que se tributaron al asesino de Sandino, precisamente por su asesinato, mediatizaron por su brillo y duración a aquellos celebrados con ocasión de la Semana Somoza, instituida para conmemorar su natalicio. Lo más selecto de las sociedades de Granada y León rivalizaba en el tributo de honores y regalos, celebrando así la desaparición del único que había puesto en peligro sus intereses y privilegios, ligados indisolublemente a la extorsión imperialista.

Y en tanto el asesino se regodeaba, ufano de su hazaña, pregustando el sabor del poder que no tardaría mucho en caer maduro en sus manos, desde el Capitolio, en Washington, se hacía oír la voz del presidente Roosevelt, erigiendo con una frase el monumento más grande que podía esperar Sandino:
De haber sido latinoamericano, también yo habría tomado las armas contra la intervención.

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